Valentino Valentino
2021
Cuando la niña era desvaciada del vientre de la madre, Oluta advirtió que sus ojivas tenían la forma de ojos de sierpe y que su boca, balbuceante, mostraba dos perfectos dientes, otra palmaria señal que le confirmaba la llegada de un conflicto a gran escala, “un final de los tiempos, un terrible cataclismo nahua”. A esta atrocidad hipotética, le añadía el horror de una mancha roja parecida a una flor de huauhtli que se esparcía oronda por la frente fina de la niña. “Estamos acabados”, se dijo. Preocupado por esto, Oluta, el cacique de Xaltipa, quiso aplacar este infortunio haciendo nombrar a la niña “flor para hacer cordeles”, Malintzin, en honor a la diosa Malinalxóchitl, bella señora de las serpientes, escorpiones y alimañas del desierto, azote de los aztecas, a quienes acostumbraba a devorar el corazón y partía en dos sin piedad. “Con amor se vence al mal de ojo”, se consolaba. Malintzin tenía el poderoso don mágico del mal augurio y la regeneración infinita del infortunio, y su padre lo sabía. Aunque la amaba, la ocultaba y la mantenía en el oscuro ostracismo; el sacerdocio y la magia le estaban negados. Pero su poder iba más allá de esas mezquindades patriarcales; de forma natural, Malintzin conoció el uso de la magia, de las hierbas y de todas las lenguas, porque se le desbordaban de las manos, de la boca y de su vivo espíritu. Sin que lo pidiera, descubrió alegre que poseía además la capacidad innata de transformarse en su animal de poder, su alter ego, la esencia misma de los nahuales. Asimismo, supo que tenía la capacidad de conectarse oníricamente con la energía del Universo cuando, jugando al totoloque, apilaba pequeñas estructuras en forma de cuerda que vibraban en un espacio-tiempo para ella comprensible y que le daba acceso a todos los entes y dimensiones auténticas; en una palabra, era capaz de manipularlo todo.
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