Valentino Valentino
Esa mirada franca que ambos poseían, Tolstoy y mi mujer, y que tenía el poder de subyugar a cualquier voluntad, por terca que fuera, para enderezarla por el camino del bien con la dulzura de la razón y el amor, y a la que yo, un imbécil bien pagado de mí mismo, había hecho entristecer por muchos años.
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