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El Corazon D Emar´Ñia, Vida Y Tiempos De La Sagrada Familia : La Biblia Del Siglo Xxi. Historia Divina De Jesucristo. Libro I

Raul Palma Gallardo

Abstract

EL VOTO DE MARÍA Como las católicas de toda la vida aquellas mujeres hebreas eran muy trágicas para lamentarse por la muerte de un ser querido. No digo que ni sea bueno ni sea malo, simplemente era así. Los romanos al contrario usaban el entierro como excusa para un banquete, el último banquete, la última cena de los Césares. El banquete de despedida de Cicerón en los frescos de la mansión del difunto en Pompeya nos muestra a sus familiares y amigos bebiendo a la salud del muerto. La corona del orador sobre sus cabezas recuerda la de laureles pero trenzada con brazos de vides. Dios santo, los romanos tenían el corazón tan duro que ni la Muerte podía arrancarles una lágrima. Necesitaban ser tocados por la vara de Baco para recordar que eran hombres, tan de carne y hueso como los demás bárbaros del orbe. Hasta que no estaban borrachos como una cuba no soltaban una lágrima. Los hebreos, inversamente a la mayoría de los pueblos, preferían velar el muerto a pelo, sacando pecho. La distancia, el alejamiento, la ausencia necesita de un tiempo de despegue. Supongo que la costumbre impone su cultura y cada cultura lo vive a su manera. Los hebreos de todas las maneras posibles eligieron la más dolorosa, no enterraban al difunto sino al tercer día de su muerte. ¡Las lágrimas estaban servidas! Y si encima se terciaba el caso que nos ocupa, un hombre joven, en la flor de la vida, casado y tan enamorado de su Viuda como el primer día, padre de seis criaturas, un hombre que nunca estuvo enfermo, un hombre que no parecía cansarse jamás, que se murió sin tener a nadie que se ocupase de sus campos, que se fue justamente cuando amainaba la tormenta, pues poned todos estos elementos en la misma coctelera, agitadla, y el resultado será explosivo. La explosión que desencadenó la muerte de Jacob de Nazaret la vais a descubrir enseguida; sus consecuencias aún perduran. Estaba la propia Viuda. Desde jovencita la madre de la Virgen fue muy pucherona. El día que su padre, Cleofás de Jerusalén

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