Valentino Valentino
En cierta ocasión, gracias a mi ortodoxia literaria y cansado de la hipocresía del mundo editorial, decidí organizar mi propia exhibición de libros. Estaba harto de sus mentiras. “La literatura deber ser sincera consigo misma, debe ser honesta y, por ende, transformadora”, me convencí con grandilocuencia. “Debe contener en ella todo un universo holístico para el lector”, afirmé con la mayor de mis seriedades. “Debe enseñarle a desarrollar las capacidades de opinión y criticismo apropiados y llevarlo hacia el Camino de la Verdad.” Ansioso por lo que iluminaba mi mente, empecé a caminar de un lado a otro en la sala: “¡Por qué cuántas veces no he leído un mal título promocionado con gran abigarramiento y espectacularidad, y para cuando al fin lo lees resulta ser una reverenda mierda, aun cuando quieres convencerte de que es un gran clásico! Y no, resulta ser lo que es, una reverenda mierda.” “Yo digo ¡basta!”, grité pegando un puñetazo en la mesa. “¡No más engaño! ¡Yo seré un escritor real!” “Haré que la gente pueda llegar a la literatura por convicción y no por estafas publicitarias!” Prendí un cigarro, con mi vista fija en el horizonte.
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