Valentino Valentino
Era yo todavía muy joven e inseguro, pero engreído y ambicioso. Comenzaba a escribir y mis cuentos eran –siendo sincero aún lo son– francamente ridículos y sensibleros; sin embargo, para mí, en mi anublada cabeza eran los mejores del mundo; ya existía la internet, por cierto, y los publicaba de manera anónima como recién salidos del horno con un eficiente copy-paste de Word a la página web. Por los números que acumulaba, me creía un genio. Recuerdo que había llegado por casualidad a un post de Facebook –sí, ya existía Feisbuk– de uno de los escritores contemporáneos más renombrados de mi pueblo, y que en ese momento radicaba en París; sus libros habían sido publicado por todas las editoriales conocidas del planeta, tales como Seix Barrial, Mondadori, etc, y tenía reseñas literarias del New York Times, el Boston Globe, El País, el Bild , Le Monde, y muchos más. Yo me había convertido en uno de sus lectores y comentadores recurrentes, ya que sus posts, en su mayoría, eran sardónicos y hasta divertidos. A mí, no obstante en honor a la verdad, de todos sus libros sólo uno me gustaba, “Los pendejos se hacen a sí mismos por convicción”. Era un escritor mordaz y picapleitos; en cambio, tenía un alma tan dulce y samaritana que cualquiera se animaba a verle la cara de tonto. Solo tenía un defecto: era endiabladamente pretencioso y narcisista, ah, y a pesar de ser un excelente prosista, era una nulidad como poeta. Yo no lo sabía.
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