Valentino Valentino
2020
El pervertido del señor Pichai Cohen gozaba tranquilamente de un deleitable y aromático cigarro de tabaco copaneco; colgaba sus pies en el escritorio de su oficina, mientras yo redactaba las últimas noticias sobre la peste que abatía a Europa y Estados Unidos, la que, inmisericorde, se había cobrado al menos unos tres mil muertos en una sola y aciaga noche. Una tragedia, sin duda. Muchos, incluso yo, habíamos tenido al menos una perdida irreparable. Al señor Cohen aquello lo tenía sin cuidado. Su patrimonio se incrementaba. Por supuesto, el muy ávaro hijo de puta tenía que agradecerle por ello al embajador Akram, cuya alianza fraternal y diplomática, finalmente producía grandes frutos: como socios, se habían hecho de algunas imprentas en los otrora poderosos centros editoriales del centro de Lombardía y de algunos edificios comerciales en Madrid. Incluso, se compraron una fábrica agrícola que pertenecía a unos americanos que la explotaban en la bella provincia de Hubei, al sur de China, conocida por ser la tierra del arroz y el pescado. Estaba inaguantable con su estúpido “ni hao” que empleaba como su nueva muletilla lingüística. Un hombre trigueño y barbudo cruzó el pasillo de la oficina. Abrió la puerta y se sentó de frente a su escritorio en un absoluto silencio. Al parecer era un creyente musulmán, inferí, ya que podía ver el kufi de su cabeza sobresalir al ras del durmiente de la ventana. Enseguida habló unas cuantas palabras con el puto señor Cohen y este se levantó, dio dos pasos hacia las cortinas, me apuntó con su dedo siniestro y, haciendo una seña con la palma encombada, me llamó. Abandoné el escritorio y recorrí el espacio comunal del departamento de redacción. Cuando llegué, espumajeó: –Querido Bergámo –se sentó con la seguridad de un hombre consumado–, mi señor. Es necesario que escuché al enviado del embajador Akram. –Oh –exclamé sin ningún asombro–. ¿Diga? –le pregunté al invitado dejando a un lado las formalidades. Éste se levantó con bastante grave
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