Valentino Valentino
–Será divertido, Bergámo –dijo Kevin–. Ya vas a darte cuenta. –Miráme –le respondí sacándome las bolsas del pantalón–. No recibo trabajo desde hace dos semanas, por la cuarentena; estoy en la quiebra. No puedo siquiera salir de mi casa. Yo trabajaba como periodista y editor freelance de un puto y deleznable periódico local que era de esos típicos que cuando no recibía los cheques por publicidad de parte del Gobierno, lo demolía a golpes con una sarta de campañas sucias hasta conseguirlos. Se ubicaba enfrente del gimnasio donde me ejercitaba. Me pagaban una mierda, y a forzadas; al puto y maldito de su dueño, el señor Pichai Cohen, le parecía gracioso mantenerme andrajoso y se vanagloriaba ante sus amiguetes de ello, diciéndoles mientras bebía un whisky que “sólo porque soy un hombre altruista y porque me da pena ver al Bergámo andar por ahí aplanando calles”; semejante ávaro enano hijo de puta; como si nadie supiera que era uno de los mayores lavadores de activos de la ciudad. Mis artículos eran incendiarios y me gustaba atacar especialmente al periódico con mayor tiraje nacional, La Prensilla, cuyo editor, un mulato que había tenido la suerte de haberse casado con una rica y deliciosa árabe argelina, se creía blanco. “Todos los negros toman café” era el eslogan con el cual los firmaba al pie de la página, manipulando con ello el orgullo cobrizo de mi contrincante. El siempre ignaro populacho adoraba mis escritos y rápidamente catapultó el periodicucho del señor Cohen al respetable segundo puesto de los más leídos de la nación. A mí me valía verga. Era tan fácil engañar a los pencos. Pero ni esta hazaña fue digna de tomarse en cuenta para que el señor Cohen me ofreciera una plaza permanente, el muy desgraciado hijo de puta. Solo escribía en su pasquín porque aquel puestecito me daba el status necesario para aparentar y hacerme valer como autoridad ante mis conocidos, y algunos tontos. Todos esos ilusos tenían el valor de escucharme. Qué idiotas. El malnacido de Kevi
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