Valentino Valentino
2009
–Violenta, pero Libertad al fin y al cabo –se dijo Scott al arribar al aeropuerto Baneasa, al norte de Bucarest, en Rumania, valija en mano, gozoso de pisar un suelo libre de la represión comunista. «Adiós al odio hacia la Naturaleza humana», suspiró satisfecho. Caminaba despacio, feliz, pero desorientado, leyendo los letreros de la Terminal en busca de la sala de espera. Mientras recorría aquellos pasillos, sus ojos no daban crédito a lo que veía: un edificio grandísimo, con nombres de aerolíneas desconocidas para él, «German Wings, My Air y Sky Europe», moderno y atestado de gente, muy lejano de la estrechez y el óxido en las láminas y las canaletas del techo que imaginó, burdamente, a punto de caerle en la cabeza cuando abordaba el avión de ida en Nueva York, la capital financiera del nuevo Imperio, en el aeropuerto John F. Kennedy, quizá el más visitado del mundo después del de Houston. «Soy afortunado», pensaba, «de que hoy, puestos mis pies acá en la estación, que por cierto creía primitiva, estemos ya en el ’92, a tres años de la Caída de ese tirano socialista que respondía al nombre de Nicolae Ceausescu, y he tenido el placer de pasar el registro sin haber sido esculcado desde las uñas hasta las orejas». Circulaba por los alerones de la edificación, husmeando en los quioscos, ansioso por ver si se daba el lujo de comprarse un recuerdo; pronto se topó con un busto del ex dictador. «A ver, señor adusto», le dijo mentalmente a la figura en forma sarcástica. «Sus camaradas dirán de usted que fue un personaje egregio, sin igual en el mundo, un hombre que por fuerza transcendió en la idiosincrasia de los hijos de esta nación, cuyos ojos contemplaron, (con un falso deje poético) –echó una ojeada alrededor–, lustro tras lustro, su terca voluntad erigir grandiosos complejos habitacionales, además de tejer una economía colectiva militante que consiguió sacarlos de la época medieval hacia una de implacable industrialismo. Bonito, sí, muy bonito; pero yo digo que usted,
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