Libro Contreras Manuel Salazar ****** Capítulo 1 LAS HORAS FINALES -¡No iré a la cárcel! -¡Yo no voy a ir a ninguna cárcel mientras no haya una justicia real! El tono desafiante del general (R) Manuel Contreras dejó perplejos a los chilenos aquella noche del martes 30 de mayo. Tres horas antes se había conocido el fallo definitivo de los jueces que integraban la Cuarta Sala de la Corte Suprema de Justicia y que, en un sentencia unánime, ratificaba la condena que el juez Adolfo Bañados había impuesto al ex director de la DINA y a su jefe de operaciones, el brigadier Pedro Espinoza, como autores intelectuales del asesinato de Orlando Letelier, perpetrado en Washington el 29 de septiembre de 1976 Varias decenas de abogados y activistas defensores de los derechos humanos, con las gargantas apretadas y lágrimas en los ojos, cantaron el himno nacional en los pasillos del Palacio de Justicia tras escuchar la sentencia condenatoria. Afuera de la sede del Poder Judicial, cientos de personas de todas las edades y condiciones sociales celebraban también la decisión de los jueces. Las barreras ubicadas por la policía no lograron contener la alegría de los manifestantes. Una anciana, con una bandera chilena en sus manos y una fotografía de su hijo desaparecido veinte años atrás, lloraba en silencio. A tres cuadras de allí, en el Palacio de La Moneda, el Presidente Eduardo Frei se acomodó en su sillón y miró los rostros de los ministros del Interior, de Defensa, de la Secretaría General de la Presidencia y de Justicia, que lo acompañaban.frente al televisor. Se veían serenos. Parecía el final esperado, sin sorpresas, sin sobresaltos, pero en las horas siguientes el escenario sufriría un brusco cambio y el país empezaría a vivir la crisis más grave desde el retorno de la democracia. El juicio se había iniciado 17 años antes, el 1º de marzo de 1978, cuando el pleno de la Corte Suprema designó al juez Marcos Libedinsky para que investigara las eventuales irregularidades en la entrega de pasaportes oficiales a dos chilenos presuntamente involucrados en el crimen de Letelier. La batalla legal, probablemente la más ardua en la historia judicial chilena, se dió sin tregua durante casi dos décadas. Por un lado los defensores de Contreras y Espinoza, tratando de que el proceso se sobreseyera definitivamente; por el otro, los querellantes, intentando mantenerlo abierto y buscando nuevas pruebas para incriminar a los responsables. A mediados de julio de 1991, el Pleno de la Corte Suprema, por nueve votos contra siete, acogió una petición del gobierno del Presidente Patricio Aylwin y designó a un juez de ese mismo tribunal, en calidad de ministro en visita, para que se hiciera cargo del polémico caso y llegara a una conclusión definitiva. La responsabilidad recayó en el magistrado Adolfo Bañados, quien dos semanas más tarde reabrió el proceso. Casi 18 meses después, el 12 de noviembre de 1993, Bañados dictó sentencia y abrió el capitulo final de la historia. En las horas siguientes, el entonces candidato presidencial de la Concertación de Partidos por la Democracia, el senador Eduardo Frei, afirmó: ''La justicia tarda, pero llega". El general Contreras, en tanto, al presentarse al tribunal para ser notificado, aseguró: ''Yo no iré a la cárcel". Así, cuando aquella noche del martes 30 de mayo el ex jefe de la DINA apareció con lentes, vistiendo una camisa blanca a rayas y chaleco celeste ante la pantalla de televisión, reiterando con voz fuerte que no iría a la cárcel, los chilenos percibieron que la hora de la gran verdad había llegado. En el predio maderero ''Viejo Roble", ubicado a casi mil kilómetros al sur de la capital chilena, el general Manuel Contreras se sentó en su escritorio y empezó a escribir su respuesta al fallo de la justicia. A escasos metros, los técnicos del canal de televisión de la Universidad Católica afinaban los últimos detalles del improvisado estudio desde donde el ex jefe de la DINA hablaría al país. -Siempre he creído en la justicia, pero no en la justicia que se ha llevado a cabo en este momento. Y por eso quiero destacar las irregularidades y anormalidades de este proceso político como también denunciar en qué forma los mismos comunistas, socialistas y toda esa ralea marxista que traicionó la patria, siguen co-gobernando en este país y actúan a mansalva, fundamentalmente en busca de la destrucción de las Fuerzas Armadas y de Orden. -¡No iré a la cárcel! Esa frase pronunciada por Contreras fue la síntesis de la entrevista de diez minutos que le hizo en directo el periodista Pablo Honorato. Al día siguiente, el Ejército guardó un hermético silencio. En el interior del edificio de las Fuerzas Armadas, junto a la Plaza Bulnes, a unos cien metros del Palacio Presidencial, el jefe del Comité Asesor de la Comandancia en Jefe, el general Víctor Lizárraga, sostenía breves reuniones separadas con los oficiales de la Guarnición de Santiago. Cerca del mediodía salieron del recinto el director del Comando de Instrucción, general Hernán Núñez; y el brigadier Miguel Krasnoff Marchenko, adscrito al Estado Mayor. Ambos habían sido miembros de la DINA. Krasnoff, ex jefe de la temida Brigada Halcón, había sido amnistiado recientemente en el proceso por la desaparición y muerte del dirigente del MIR Alfonso Chanfreau. Los periodistas sabían que con el grado de coronel, integraba el Estado Mayor de la IV División, con asiento en Valdivia, después de haber comandado durante dos años el Regimiento ''Tucapel", de Temuco. Los dos oficiales se dirigieron con paso rápido al vehículo que los esperaba. Una reportera trató de obtener una reacción: -¿Coronel..........? -Brigadier.........señorita-, fue la única respuesta de Krasnoff antes de cerrar la puerta del automóvil. El jueves 1º de junio, 27 generales se reunieron entre las 14 y 15 horas en el mismo edificio, ante la expectación de la prensa. A la salida, uno de los pocos que hizo algún comentario fue el genersal Núñez. -General ¿la institución está molesta? -¿Qué cree usted-, dijo, lacónico. Otro de los que decidió opinar fue el general Sergio Espinoza Davies, jefe del Comando de Ingenieros, el arma de Contreras. -¿Se analizó el fallo, general? -Por supuesto. Nosotros no analizamos partidos de fútbol-, expresó. En la tarde, entre las 16 y las 19.30 horas, los diez principales jefes de la Guarnición de Santiago, encabezados por el general Augusto Pinochet, se reunieron en el Club Militar de Lo Curro con el ministro de Defensa, Edmundo Pérez Yoma. Al término de la cita, los oficiales abandonaron de inmediato el recinto sin hacer declaraciones. Las cámaras se concentraron en Pérez Yoma. -El Ejército acata el fallo-, afirmó. -Todo el mundo está contento y cree que en definitiva no va a haber problema-, agregó. El viernes 2, otra vez la atención se concentró en las puertas de edificio de calle Zenteno 45, donde Pinochet presidía una nueva reunión de generales. Al término, vistiendo uniforme de campaña, habló el general Eugenio Videla, comandante de la II División, la más poderosa del país, y juez militar de Santiago. -El Ejército tiene un mandato constitucional. Y ese mandato lo vamos a respetar. Pero para ello el Ejército tiene que existir-, manifestó el oficial. Esa tarde, Pinochet voló al norte para visitar las instalaciones del Primer Cuerpo del Ejército, con asiento en Iquique, y concurrir a un nuevo aniversario del Día de la Infantería, que se celebraría junto al morro de Arica. Pinochet viajó solo, aunque se había anunciado que lo haría junto al ministro de Defensa. En los pasillos que circundan el gabinete de Pérez Yoma, se comentó en esos días la sorpresa que sufrió el ministro cuando el jefe del Ejército le comunicó que era mejor que no lo acompañase. El domingo 4 de junio, el general Pinochet, entrevistado por en televisión por la periodista Blanca Bulnes, hizo una afirmación temeraria: -Yo le creo a Contreras. Yo siempre le he creído a Contreras. En los tribunales, los defensores de Contreras agotaron todos los recursos legales posibles. Sólo consiguieron que a los condenados se les descontase de su pena el período que habían pasado detenidos en el Hospital Militar a fines de los años 70. Las reuniones se sucedieron en los cuarteles militares y en los salones del gobierno, mientras decenas de reporteros se mantenían en las afueras del fundo de Contreras, tratando de que no se les escapara ningún detalle. Cerca de las cuatro de la madrugada del día 13 empezaron a sonar los teléfonos de ministros, oficiales de las todas las Fuerzas Armadas y de Orden, de abogados y periodistas: Contreras había abandonado su fundo con rumbo desconocido. La salida del fundo ''Viejo Roble" había sido cuidadosamente planificada por la Dirección de Inteligencia del Ejército, DINE, al mando del general Eugenio Covarrubias. Era lo que en jerga militar se denomina como una ''operación especial de inteligencia''. Participaron en ella medios de los destacamentos de inteligencia de la IV y III divisiones del Ejército, con asiento en Valdivia y Concepción respectivamente, incluyendo un avión Citation, helicópteros, diversos tipos de vehículos terrestres, un agente que simuló ser Contreras y decenas de otros hombres. Coincidente o no, a la misma hora en que el Citation llegaba al aeropuerto de Los Cerrillos, otra nave igual empleada por Carabineros lo hizo en el el aerodromo de Tobalaba. La operación se había iniciado en la tarde del día anterior, casi a la misma hora en que el ministro de Defensa aseguraba a los principales dirigentes de los partidos de la alianza gubernamental que el Ejército había garantizado el traslado de Contreras a Santiago y que ''todo está controlado''. Durante casi seis horas, nadie en el gobierno supo con certeza qué había pasado con el general condenado. El Presidente Frei y los ministros de La Moneda pedían explicaciones a Pérez Yoma, el que no lograba articular respuesta y progresivamente se sumía en una notoria depresión. -Tenemos informaciones contradictorias-, reconoció el ministro del Interior, Carlos Figueroa, a los periodistas que se le fueron encima al término de una ceremonia en el Edificio Diego Portales, cerca de las 10 de la mañana de aquel martes 13. La impecable maniobra de inteligencia y la aparición de Manuel Contreras en el Hospital Naval ubicado en el puerto militar de Talcahuano, hizo temer lo peor. Los analistas insistieron en que no existían las condiciones para un golpe de Estado, pero ninguno se atrevía a predecir cual sería la conducta que seguiría el Ejército. Brúscamente, la ciudadanía comprobó que la transición hacia la democracia aún no concluía. Esa noche el Presidente de la República habló al país, pero su intervención no tuvo la fuerza ni la claridad que muchos esperaban. Al editor general de uno de los principales periódicos chilenos, le pareció que el mensaje de Frei era demasiado críptico y pidió a sus reporteros que buscaran a algún ministro que pudiera explicarlo. Y cuando aún se analizaban las razones de la conducta del Ejército y los dirigentes políticos se atrevían a esbozar alguna opinión, el propio Pinochet jugó una nueva carta concediéndole una entrevista exclusiva a la periodista María Eugenía Oyarzún, parte de la cual apareció en el diario La Tercera de la Hora el jueves 5. En ella, Pinochet hizo cuatro afirmaciones relevantes: -Al general Contreras se le fabricó un tribunal ad hoc, simular al tribunal de Nuremberg, por razones políticas. -¡Este fue un proceso que fue injusto! -Había que sacar al general Contreras y evitarle una humillación. Estábamos con un circo armado y había que evitarlo. ¡No podemos dejar que un general de la República sea vejado! -Lo más justo sería que se le diera un lugar de detención seguro, honorable y pacífico. Pinochet agregó, en su peculiar estilo socarrón y ladino, que el operativo para sacar a Contreras del fundo y llevarlo al Hospital Naval había sido ''así, chiquitito, sólo se trata de eficiencia". En el adelanto que publicó La Tercera de la Hora, prometiendo una versión completa para el domingo siguiente, Pinochet no hizo ninguna alusión a los padecimientos que afectaban a Contreras, razón principal, según se dijo, para internarlo en el Hospital Naval. Contreras había sufrido de hipertensión arterial en los últimos 15 años, y de bruscos aumentos de la glicemia, males que no indicó pocos días antes del fallo, cuando los expertos de Gendarmería le solicitaron que señalara sus enfermedades, en el transcurso de las entrevistas para elaborar un informe psicosocial pedido por el Corte Suprema. En el cuestionario que llenó el ex jefe de la DINA sólo reconoció que sufría de un cáncer al colon. El ingreso al Hospital Naval de Talcalhuano pareció ser sólo una parte de la cuidadosa estrategia diseñada para dilatar el cúmplase de la condena. El primer gesto ya se había hecho el miércoles 25 de enero, día en que se efectuaron los alegatos finales ante los ministros que integraron la Cuarta Sala de la Corte Suprema. Poco antes de iniciarse la esperada sesión que sería transmitida en directo por la televisión a todo el país, ingresaron a la sala de plenarios cuatro brigadieres generales vestidos de civil: el auditor general, Fernando Torres Silva; el director de Operaciones, Jorge Lagos Silva; el director de Institutos Militares, Sergio Moreno Saravia; y, el comandante de la II División y juez militar de Santiago, Eugenio Videla Valdebenito. A la salida, el general Videla contó que había sido ayudante de Contreras. ''Con eso lo dijo todo'', resumió. Al día siguiente, sin embargo, al concluir la segunda y última sesión de alegatos, Videla habló duro y golpeado: -¿Qué opina del hecho de que hoy haya muerto Bernardo Leighton?-, le consultó un periodista. -Bueno, es lamentable y todos lo sentimos. ¿Usted cree que nosotros no sentimos todo lo que pasó el año 73? Nosotros, los militares, somos humanos que tenemos sensibilidad y corazón. Nosotros sentimos todo lo que pasó, lo que sí decimos es que no somos grandes responsables de lo que ocurrió el 73. Los responsables son otros. -¿Quiénes? -Nosotros somos los instrumentos. El Ejército fue un instrumento, los lautaristas, también, pero los responsables centrales y los grandes responsables de lo que ocurrió el año 73 no somos nosotros. -¿Quiénes son? -Se andan paseando algunos por ahí... Al abandonar el edificio, con voz trémula y conteniendo la ira, afirmó: -Ví representada en una persona la suprema cobardía y la suprema deslealtad; y nosotros, como miembros del Ejército, a los desleales y a los cobardes los despreciamos. Horas después el ministro Pérez Yoma le representó al general Pinochet la molestia del gobierno por las declaraciones de Videla. ¿Quién era ese general? ¿Había perdido la compostura? ¿Por qué dijo lo que dijo? En diciembre de 1972, cuando el entonces coronel Contreras llegó al tomar el mando de la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes, una de sus primera órdenes fue que el capitán Eugenio Videla pasara a desempeñarse como su ayudante. Oriundo de San Fernando, Eugenio Videla era el mayor de tres hermanos que optaron por la profesión militar. Eugenio escogió el arma de Ingenieros; los otros dos, la de Infantería y la de Caballería. De modales simples, pocas palabras y sonrisa fácil, el sobrenombre de ''Queno'' y sus numerosas especialidades secundarias lo hicieron ampliamente conocido y popular en el ambiente militar y, en especial, en los regimientos de ingenieros. En 1967, realizó el curso de Educación Física en el Ejército de Brasil. Antes -en 1966- había obtenido la piocha de paracaidista militar y la muy codiciada boina negra. Durante 1971, debió hacer el curso de requisito para capitanes -entonces llamado Curso Avanzado para el Oficial Subalterno- en la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes. En aquel año fueron memorables las discusiones del capitán Videla con el oficial del mismo grado, Arturo Venegas,. entusiasta partidario de la Unidad Popular. La diferencias entre ambos eran de origen obvio: Videla había realizado, el año anterior, el curso de "Paraskuda'' -buzos tácticos paracaidistas- en la Canal Zone de Panamá. Los mensajes antiallendistas de sus instructores eran frecuentes. Vergara, por su parte, era hijo del gobernador de Arica -nominado por Allende- y no ocultaba su simpatía por el Partido Comunista. El capitán Videla había adquirido en Panamá un flamante automóvil Mercedes Benz. Durante 1971, en circunstancias que se desplazaba en el vehículo, acompañado por su esposa , Marcela, entre Tejas Verdes y San Antonio, ofreció trasladar a dos subtenientes. En la calle Centenario del puerto se encontró con otro Mercedes Benz que circulaba en sentido contrario. Videla se apresuró a hacer dos toques de bocina a modo de saludo. El otro conductor respondió. -Estos dueños de Mercedes son enfermos de arribistas. No veo para que se saludan-, comentó su esposa, -Es la hermandad de los Mercedes Benz, Marcelita-, respondió el capitán Videla. Videla llevaba poco tiempo casado con la deslumbrante Marcela del Real, hermana de Gonzalo del Real, tambien miembro del arma de Ingenieros, y que ocupaba hasta hace poco la comandancia del Regimiento de Ingeniería de Puente Alto. Después de efectuado el Curso Avanzado para el Oficial Subalterno, el capitán Videla fue destinado como oficial de planta a la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes. En 1972 fue jefe del curso de buzos tácticos que se impartió en ese plantel y que dirigía técnicamente Dimitri Schumilov,un comerciante de Llolleo de origen ucraniano y que había combatido en la Segunda Guerra Mundial. Videla fue especialmente duro con los futuros buceadores. El teniente Francisco Javier Labbé ha recordado que el capitán le hizo pasar ''dos meses infernales''. En San Antonio, varias personas que hoy tienen entre 40 y 45 años, recuerdan a Videla con enorme gratitud. Se trata de ex militantes del Frente Nacionalista Patria y Libertad y del Comando Rolando Matus que, en julio de 1973, poco despúes del levantamiento de los blindados en Santiago, enfrentaban una turba amenazante de partidarios de la Unidad Popular en pleno centro de San Antonio. La llegada del capitán Videla, al mando de una sección antimotines, salvó a los derechistas, a lo menos de unas cuantas contusiones. ''Mi capitán Videla ordenó armar bayoneta y cargar a la carrera en contra de los comunistas'' recordó años más tarde ''Titín'' Moraga un comerciante de San Antonio que en aquel epísodio estaba con uniforme. En 1974, Videla cursó el primer año del Curso Regular de Estado Mayor en la Academia de Guerra, graduándose a fines de 1976. Años después retornaría a ese instituto para dictar la codiciada cátedra de Inteligencia donde -dicen sus exalumnos- abusaba de la retroproyectora para hacer sus clases. También todos los oficiales que le conocen recuerdan su especial afecto por el general (R) Contreras, quien lo adiestró en muchos de los secretos de la inteligencia militar. En 1978 fue designado secretario de estudios de la Academia de Guerra, cargo del que salió destinado como comandante del Regimiento de Ingeniería Nº 4 ''Arauco'', de Osorno. Desde 1985 fue director de la Escuela de Tejas Verdes y gobernador de San Antonio, donde recién llegado le tocó enfrentar las consecuencias del terremotode marzo de ese año. En 1990, ya como general de brigada, asumió la jefatura del Comando de Apoyo Administrativo del Ejército, hasta que en 1994 fue designado jefe de la II División. El general Videla es, además, primo hermano de María Teresa Valdebenito Stevenson, la ex mujer de Contreras. Por todos estos antecedentes, que lo transformaban en el general en servicio más cercano al ex jefe de la DINA, es que Pinochet le pidió que acudiera el domingo 28 de mayo, dos días antes de conocerse el fallo, al fundo ''Viejo Roble'' para darle cuenta personalmente al oficial retirado de la posición que adoptaría el Ejército tras la sentencia de la Corte Suprema. En el alto mando del Ejército había generales que no deseaban ver a Contreras en una prisión pues el ''Mamo'', mucho más que Espinoza, era una figura emblemática de la gesta del 11 de septiembre de 1973, que a todos los comprometía por igual. El 1º de junio, en una prolongada y tensa reunión en Lo Curro, varios generales así se lo habían manifestado al ministro de Defensa. Entre los más locuaces destacaron Carlos Krumm Rojas, comandante de la Guarnición de Santiago; y, Javier Salazar Torres, director general de Movilización Nacional. Krumm, paracaidista, profesor de la Academia de Guerra en Geopolítica e Inteligencia, subsecretario general de gobierno militar entre 1984 y 1985, agregado militar en Uruguay en 1987 y director de Televisión Nacional de Chile, en 1988, empleó un duro tono frente a Pérez Yoma. Lo mismo hizo Salazar, uno de los oficiales más brillantes de su generación, a quien desde muy joven todos sus camaradas lo vieron con la envidiada aureola del ''perfume a general", grado al que llegó con 49 años en octubre de 1989. Salazar pertenece al arma de Ingenieros. En 1984, recién ascendido a coronel, se transformó en asesor de los generales Santiago Sinclair y Sergio Valenzuela en el Ministerio Secretaría General de la Presidencia. En 1987 coordinaba a todos los asesores directos del general Pinochet y mantenía muy estrechos vínculos con el ministro Sergio Melnick y el grupo de economistas e ingenieros que la prensa bautizó como ''Los Tucanes". Entre 1985 y 1987, el coronel Salazar presidió los directorios de las empresas Chilmetro y de Acero Comercial, filial de la Compañía de Aceros del Pacífico, CAP. También fue vicepresidente de la empresa eléctrica Pehuenche. A fines de 1987 fue destinado como agregado militar en Londres. De los cuatro generales que asistieron a los alegatos ante la Cuarta Sala, el de mayor antigüedad -decimosegundo en el escalafón del alto mando- era Jorge Lagos Silva- ex subdirector de la Escuela de Paracaidistas, cuando el director era el general (R) Carlos Parera, oficial que no pidió permiso al Presidente Aylwin para iniciar la Parada Militar de 1990, actitud que le costó su salida del Ejército, y que había formado parte de la DINA. Lagos, entre sus muchas destinaciones, fue director de la Escuela de Alta Montaña de Río Blanco, gobernador de Colchagua y ex jefe del Estado Mayor del Comando de Institutos Militares. Otros de los oficiales que han mantenido un recuerdo imborrable de Contreras y que además pertenecen al arma de Ingenieros, son el comandante de Institutos Militares, Sergio Moreno; el hasta hace poco director de Fábrica y Maestranza, Luis Irazaval Lobo; y, el jefe del Comité Asesor del Comandante en Jefe del Ejército, Víctor Lizárraga Arias, oficial que estuvo en el fundo ''Viejo Roble'' la noche en que el general Contreras fue sacado hacia el Hospital Naval. Estos generales pertenecen a las promociones de 1962, 1963 y 1964, desde donde el coronel Contreras eligió en 1973 a varios de los oficiales que ocuparon mandos medios en la DINA, como Rolf Wenderoth Pozo, Gerardo Urrich González, Gerardo Huber Olivares y Francisco Ferrer Lima, por nombrar a algunos de los más conocidos. La mayoría de los oficiales que sirvieron en la DINA regresaron a los cuarteles al disolverse aquella organización y se encargaron de mantener vivo su recuerdo. En los últimos 15 años crearon una leyenda retocando la historia verdadera y agregándole capítulos que jamás ocurrieron. Sorprende revisar la evolución de los ex oficiales de la DINA en los mandos del Ejército. Raúl Eduardo Iturriaga Neumann, por ejemplo, condenado a fines de junio de 1995 en Italia a 18 años de cárcel por el atentado en contra de Bernardo Leighton ocurrido en octubre de 1975, fue nombredo en 1980 comandante de la guarnición de Putre, en la Región de Tarapacá; en 1983, agregado militar en la embajada de Chile en Francia; en 1985, secretario de coordinación de la Dirección de Personal del Ejército; en 1986, comandante de la IV División, con asiento en Valdivia; y posteriormente, comandante de la VI División, con asiento en Iquique, base del poderoso Primer Cuerpo de la institución. En esa misma época, con el grado de teniente coronel, Cristoph Willeke Stoel, tenía bajo su mando el Regimiento de Ingenieros ''Huamachuco''; el coronel José Zara dirigía la Escuela de Fuerzas Especiales y Paracaidistas; el teniente coronel Gerardo Huber, estaba a cargo del complejo químico del Ejército en Talagante; el teniente coronel Miguel Krassnoff, comandaba el Regimiento de Infantería Nº 8 ''Tucapel'', en Temuco; y, así, estos y otros ex agentes de la DINA seguían ascendiendo en las filas. No puede sorprender entonces que en el Ejército exista malestar e inquietud, pues sus oficiales no sólo están unidos por tradiciones y lealtades diversas, como las que se crearon en la DINA, sino también por vínculos familiares, como las tres hijas del general Contreras, casadas con el coronel Orlando Carter Cuadra y los mayores Sergio Varela y Carlos Moller Richie. Los altos mandos del Ejército tienen muy claro que Contreras y Espinoza saben demasiado sobre hechos, situaciones y personas que han protagonizado la historia chilena en los últimos 25 años. Por lo tanto -sostienen- el lugar donde cumplan su condena debe satisfacer las más altas exigencias de seguridad, condición que sólo los militares están en situación de garantizar. Ese argumento comenzó a ser escuchado a fines de junio por el gobierno, abriéndose la posibilidad la posibilidad de una vigilancia mixta para los condenados, incluso con el concurso de militares en retiro o activos, pero encubiertos. El otro aspecto crucial en las difíciles conversaciones fue llegar a un acuerdo para obtener un definitivo punto final en el problema de los derechos humanos. No un punto aparte, ni el término de otro capítulo, sino el epílogo, el cierre definitivo de un libro que se desea enterrar para siempre. A fines de junio se percibían algunas coincidencias. Una era el no reabrir los casos sometidos a la Ley de Amnistía que se dictó en 1978. Es decir, al culminar el proceso por el asesinato Letelier, el único que se mantenía en sumario, se sellaba definitivamente la persecución de responsabilidades por los crímenes ocurridos entre 1973 y 1978. Representantes de la Iglesia Católica sugirieron que al interior de las Fuerzas Armadas y de Orden se realice un nuevo esfuerzo para conseguir los datos que permitan ubicar el paradero de los cuerpos de los detenidos desaparecidos, la gran herida que sigue abierta y que impide el perdón y el olvido. Otro de los aspectos conversados era el eventual pase a retiro en un plazo prudente y gradual de los todos los oficiales vinculados a casos de violaciones a los derechos humanos. El último de los temas relevantes era tratar de precisar qué casos deberían ser aclarados por la justicia, identificando a los culpables y dictando las penas correspondientes. Y aquí, los casos concretos están sobre la mesa. -El secuestro y asesinato del sindicalista Tucapel Jiménez, ocurrido en febrero de 1982. -Los secuestros y asesinatos ocurridos en las horas siguientes al atentado en contra del general Augusto Pinoche, en septiembre de 1986, cuyas víctimas fueron José Carrasco, Abraham Muskablit, José Vidaurrázaga y Felipe Rivera -La ''Operación Albania'', consistente en el el secuestro y asesinato de 16 personas vinculadas al Frente Patriótico Manuel Rodriguez, el 15 y 16 de junio de 1987. -El asesinato del dirigente mirista Jéckar Neghme, perpetrado en septiembre de 1989. En todos ellos, los antecedentes hasta ahora recopilados por la justicia apuntan hacia un equipo especial de la Central Nacional de Informaciones, la CNI, organismo que reemplazó a la DINA, y que funcionó bajo diversos directores entre 1977 y febrero de 1990. Los abogados querellantes en cada uno de estos procesos creen que la mayoría de los responsables directos e indirectos que pertenecían a las Fuerzas Armadas y de Orden se encuentran ya en retiro, aunque no descartan que algunos pocos aún permanezcan vistiendo uniforme. Probablemente, la condena a Contreras y a Espinoza sea el último nudo dramático de esta historia, cuyos capítulos ahora empezamos a recordar. Capítulo II LO LLAMARON ''MAMO" Los visitantes europeos que llegan a la zona costera de Osorno, en el tramo que va desde La Barra, en la desembocadura del Río Bueno, por el norte, hasta Manquepamu, por el sur, cerca de la bahía de San Pedro, no logran entender como en esas tierras, tan distantes de su continente, puedan encontrar los mismos paisajes de algunas comarcas alemanas. Cerca de Pucatrihue, en Puaucho, en los alrededores de Purranque, en Río Negro y en los Tres Esteros, los fundos de los descendientes de los colonos alemanes que poblaron la zona exhiben orgullos sus hileras de pinos de Pascua, con múltiples tonos grises, a la entrada de los predios. Las casas pocas veces se observan desde los caminos, semiocultas entre el exhuberante follaje y las sinuosidades del terreno. A fines de los años 30 en las provincias del sur de Chile se apreciaba el entusiasmo que ejercía entre los descendientes de muchos colonos alemanes el auge del nascismo en Europa. En mayo de 1939, el periodista Raúl Morales Alvarez, a través de las páginas de la revista Ercilla , afirmaba que las formas de vida observadas en esa zona hacían pensar en una campaña de "deschilenización'' y en un intento de penetración nazi ''que podría traer consecuencias lamentables para la soberanía del país". Morales Alvarez recorrió varias ciudades indagando sobre la comunidad alemana, sus instituciones y sus costumbres, así como su relación con los chilenos que vivían en medio de la exuberante geografía que se extiende desde Temuco hasta el golfo de Reloncaví, donde la cordillera de Los Andes empieza a desmembrarse. Su paso por Puerto Montt le entregó algunas claves que lo inducían a suponer la presencia de un exacerbado orgullo alemán, desapegado del territorio y del carácter de los chilenos. ''Zonas de ocupación'', denominaban los colonos alemanes a las ciudadas que contaban con más de mil germanos. En cada una de esas ''zonas'' había un Ortsgruppe o Asociación Nazi Local a cargo de un jefe. ''Herr'' Schicketanz, por ejemplo, era el jefe de la Ortsgruppe de Puerto Montt y contaba con un archivo secreto en el que llevaba la estadística exacta de los alemanes residentes en la zona a su cargo. El archivo catalogaba por edad y riqueza a todos los miembros o ''súbditos alemanes'', sobre los que el jefe local mandaba a nombre del Fuhrer. ''Cada miembro de la Ortsgruppe figura clasificado en una boleta tipo kárdex en la que se anota su edad, el tiempo que reside en Chile, las labores a que se dedica y el monto anual de sus negocios incluyendo ganancias o pérdidas'', relataba el periodista Morales Alvarez. Los Ortsgruppe consideraba alemán a ''todos los hijos de padre y madre alemanes'' Aún cuando hubiesen nacido en Chile, si eran nietos o bisnietos de alemanes se les consideraba alemanes ''siempre que por sus venas corra sangre pura, no mezclada con la raza nativa''. Al firmar los registros de la Ortsgruppe, estos hijos o nietos de alemanes prometían fidelidad al Fuhrer y obediencia al jefe local en cualquier orden que este impartiera. La Ortsgruppe de Puerto Montt era una de las tantas existentes entre las ciudades sureñas, dedicándose como todas sus semejantes a mantener vivo el sentimiento hitlerista, la mística nazi y el orgullo de la superioridad racial dealemana. A través de conferencias, discursos y opropaganda, las Ortsgruppe difundían estos principios mostrando sin tapujos sus convicciones, que desencadenarían poco después la Segunda Guerra Mundial abiertamente. El 1º de mayo de 1938, los nazis desfilaron por las calles de Puerto Montt vistiendo el uniforme de las S.S., las tropas de asalto hitleristas. Jóvenes y no tan jóvenes vestián camisas pardas y cinturón terciado; llevaban dagas y al costado derecho del cinturón, un revólver. En el izquierdo, un laque de goma fundida. Los revólveres eran de un solo tipo. Algo similar se vivía en Osorno, donde los muchachos de los colegios alemanes, acompañados por sus profesores marchaban a menudo por el centro de la ciudad. Un niño de nueve años, alumno de tercera preparatoria del Liceo de Osorno, observaba a menudo esos desfiles. Su nombre era Juan Manuel Guillermo Contreras Sepúlveda. Ya adolescente, Juan Manuel decidió ingresar a la Escuela Militar, donde llegó en 1944. Uno de los tenientes del curso milutar era Augusto Pinochet Ugarte. El cadete Contreras se distinguió desde un comienzo como un aspirante preocupado, bien dispuesto y que además que conseguía buenas calificaciones. Al año siguiente, sus esfuerzos se vieron recompensados al encargársele vigilar la disciplina de una sección de los nuevos alumnos. En 1946, destacaron en el curso militar los brigadieres Guillermo Clericus Etchegoyen, que llegaría a ser rector de la Universidad de Concepción al iniciarse la década de los 80; Humberto Gordon Rubio, que dirigiría la Central Nacional de Informaciones y sería integrante de la Junta Militar de Gobierno; Rodolfo Villalón Holcomb; y, Horacio Toro Iturra, que en 1990 sería nombrado director de la Policía de Investigaciones de Chile. Ese año, el primero después del término de la Segunda Guerra Mundial, el Cuerpo de Brigadieres y Cadetes Distinguidos estuvo conformado como sigue: Curso Militar Brigadier Mayor..............Guillermo Clericus Etchegoyen Brigadier...............................Rodolfo Villalón Holcomb Brigadier...............................Jorge Cruz Badilla Brigadier...............................Humberto Gordon Rubio Brigadier...............................Boris Lopicich Davidson Sub-brigadier...................Jorge Calvo Portales Sub-brigadier...................Tomás Amenábar Vergara Sub-brigadier...................José Mela Toro Sub-brigadier...................Patricio Kellet Patronio Sub-brigadier...................Horacio Toro Iturra Batallón de Cadetes 1.a Compañía (Cuartos años) Brigadier Mayor..............Manuel Contreras Sepúlveda Brigadier...............................Hernán Latorre González Brigadier...............................Ghunter Rochefort Ernst Brigadier...............................Jorge Rodríguez Swanston Sub-brigadier...................Jorge León Leyton Sub-brigadier...................Florencio Zambrano Román Sub-brigadier...................Carlos Ziegele Stolzembach 2.a Compañía (Sextos años) Brigadier Mayor..............Enrique Valdés Puga Brigadier...............................Roger Soto Rocco Brigadier...............................Luis Abarca Inostroza Brigadier...............................Hernán Escudero Ortúzar Brigadier...............................Charly Haensel Krauss Sub-brigadier...................Renato Alvis Fernández Sub-brigadier...................Roberto Yunge Williams Sub-brigadier...................Carlos Hormazábal Ascuí Sub-brigadier...................Uros Domic Bezic 3.a Compañía (Quintos años) Brigadier Mayor..............René Hameau Uribe Brigadier...............................Federico Puga Concha Brigadier...............................Miguel Otero Lathrop Brigadier...............................Bhory González Pizarro Sub-brigadier....................Santiago Sinclair Oyaneder Sub-brigadier....................Sergio Arredondo González Sub-brigadier....................Luis García Montero Cadetes Distinguidos: Alejandro Herbach Fouslocher Federico Lorca Fuller Osvaldo Vogel Yufer Sergio Neveu Terzage Osvaldo Norero Muller Luis Danús Covián Jorge Covarrubias Lyon Gustavo Rodríguez Salfate Oscar Sanhueza Urzúa. De estos 42 cadetes incluídos en el cuadro de honor de la Escuela Militar, sólo seis llegaron a general: Humberto Gordon Rubio, Horacio Toro Aránguiz, Manuel Contreras Sepúlveda, Enrique Valdés Puga y Luis Danús Covian. Algunos alcanzaron hasta los grados de mayor, teniente coronel o coronel, como José Mela, que llegó a ser edecán del Presidente Salvador Allende; otros, hasta capitán, pero la mayoría se retiró de las filas luego de obtener las precillas de teniente. Dos de ellos, Tomás Amenábar y Florencio Zambrano, siguieron la carrera diplomática, escalando altos puestos en la Cancillería. El brigadier Hernán Latorre murió poco después de egresar, en un confuso accidente en el Regimiento ''Coraceros'' de Viña del Mar. Otro de los que prometían una brillante carrera, el brigadier Rodolfo Villalón, hoy es un próspero empresario que participa además actívamente en movimiento Schoensttat. El fallecido capitán (R) de Ejército, Alejandro Barros Amengual, relató en marzo de 1991 a la periodista Alejandra Matus un aspecto inédito hasta entonces de las vivencias de Contreras como brigadier mayor de la primera compañía en 1946. -El recuerdo que tengo de él me resulta muy ingrato, porque su trato con los cadetes que recién ingresábamos a la Escuela Militar era prepotente, perverso, explosivo y desalmado, por decir lo menos. ''Contreras hacía mal uso de su autoridad y nos sancionaba, a escondidas de sus superiores, cada vez que incurriamos en alguna falta a la disciplina, con medidas inhumanas y desproporcionadas'', relató Barros. ''Recuerdo muy bien que nos obligaba a introducir la cabeza en las tazas de los baños y después tiraba la cadena, acción que él, graciosamente, llamaba 'El shampoo'. En otras oportunidades nos sujetaba la cabeza y nos introducía en la boca el pitón de la manguera, que usábamos en los baños matinales y, en forma repentina y violenta, abría el chorro de agua fría, dándole toda la intensidad, con el peligro de provocarnos un daño acústico o de otra naturaleza, rememoró entonces el ex oficial. Barros Amengual se alejó del Ejército en 1963 e ingresó a estudiar Derecho, casándose con la hermana del comandante Sergio Badiola, edecán del Presidente Salvador Allende y quien llegó a ser uno de los oficiales más cercanos al general Augusto Pinochet. Después del golpe militar de 1973, Badiola llamó a su cuñado para que se desempeñara en el Edificio Diego Portales como Jefe de Personal de la Junta Militar de Gobierno. Otros ex oficiales del Ejército tienen recuerdos muy diferentes a los de Barros y no pueden evitar sonreir cuando evocan las muy bien regadas fiestas que a menudo terminaban en lupanares ubicados en diversos barrios de Santiago, y en las cuales el teniente Contreras era uno de los protagonistas principales. El 23 de diciembre de 1948, Contreras egresó del instituto matriz de los oficiales de Ejército con la primera antiguedad de su curso. Eligió el arma de Ingeniería y fue destinado al Regimiento de Ingeniería Nº 2 ''Aconcagua'', con base en Quillota. Al verano siguiente conoció a María Teresa Valdebenito Stevenson, estudiante de las Monjas Inglesas que pasaba sus vacaciones en casa de unos familiares en Quillota El apellido Valdebenito era muy conocido en la ciudad de las paltas y de las chirimoyas. Entre 1938 y 1939, Vasco Valdebenito García había sido su alcalde y más tarde diputado por Valparaíso en representación del Partido Socialista. Luego presidió una comisión encargada de crear una nueva fábrica de cemento en Polpaico. En 1952, proveniente del Regimiento ''Aconcagua'', en teniente Contreras Sepúlveda llegó destinado a la Escuela Militar, donde pasó a integrar la Compañía de Ingenieros como instructor de zapadores. En el arma de Caballería, los instructores eran Enrique Boettiguer Picasso y Horacio Toro; en Infantería, Hernán Fuenzalida Vigar, gran amigo de Contreras, y ''El tigre'' Enrique Morel Donoso; en Artillería, Enrique Valdés Puga. Entre los capitanes destacaban Hernán Sepúlveda Caña, Eduardo Cano Quijada, Hans Kobrich y Jorge Carrasco Vilches, a quien sus subalternos apodaban ''La raquelita". Un año después, en 1953, el teniente Contreras contrajo matrimonio con María Teresa Valdebenito, poco antes de marchar hacia su nuevo destino militar, la recién inaugurada Escuela de Ingenieros de San Antonio. Ese mismo año, el Presidente Carlos Ibáñez del Campo, nombró como subsecretario de guerra al coronel Benjamín Videla Vergara, que sólo tres años antes, con el grado de teniente coronel, había sido el director de la Escuela de Ingenieros. Videla Vergara fue designado ministro de Obras Públicas en 1954 y ministro de Defensa en 1955. Su hijo Manuel Ernesto Videla Cifuentes, también ingeniero, llegaría a ser general en 1986 y tendría un papel relevante en el Ministerio de Exteriores durante la década de los 80. Contreras permaneció seis años en la Escuela de Ingenieros, cultivando muy buenas relaciones entre algunas familias que habitaban en el litoral central. Se marchó en 1959 con el grado de capitán y siendo padre de tres hijas. En 1960 ingresó al curso de oficial de Estado Mayor en la Academia de Guerra, donde el subdirector era el coronel Augusto Pinochet, que se transformó en su primer profesor de Estrategia. Las principales discusiones de los alumnos que pocos años después conformarían la cúpula militar chilena, giraban en torno a la revolución cubana producida en 1959 y a las eventuales consecuencias que tendría en el continente americano, al sur del Río Grande. Los militares estadounidenses, con un eventual foco de conflicto a sólo 200 kilómetros del apacible estado de Florida, pusieron en práctica una rápida ofensiva destinada a ''acaramelar'' sus relaciones con los ejércitos latinoamericanos. En muchos casos empezaron a condicionar su ayuda económica y apoyo técnico a la presencia de misiones militares en las naciones del sur. Entre 1960 y 1962 los militares norteamericanos consiguieron a tener representaciones en 19 países, redoblando además los programas de asistencia, los denominados PAM (Military Assistance Programs). Los PAM eran conocidos en Chile desde 1953, existiendo batallones con ese nombre dotados enteramente con elementos bélicos procedentes de Estados Unidos. La ayuda era coordinada por el Comando Sur, uno de los cuatro grandes centros de mando de las fuerzas armadas estadounidenses, cuya sede fue trasladada a la Zona del Canal de Panamá (Canal Zone) en 1963. El grueso de la ayuda militar norteamericana se encauzó entre 1963 y 1966 a Chile y Argentina con 69,5 y 56,1 millones de dólares, respectivamente. En el caso de Chile, la ayuda en el período 1969-1972, cayó a 30,5. La influencia estadounidense se apreció además en el abrupto aumento de los cursos destinados a aspirantes militares extranjeros, conocidos como FMT (Foreign Military Trainees). Uno de las escuelas más celebres fue la US Army School of the Americas (Usarsa) creada en 1963 en Fort Gulick, donde en portugues y en español se dictaban cursos la ideología anticomunista y las doctrinas contrasubversivas. Las escuelas ubicadas en territorio estadounidense eran mixtas y otorgaban un prestigio a los oficiales latinoamericanos que acudían a ellas. En Chile, cualquier aspirante al alto mando, ya fuese del arma de Caballería, de Ingeniería, de Infantería o Artillería, prefería obviamente ir a Fort Leavenworth, al Inter-American Defense College, a Fort Clayton o a Fort Benning, en Giorgia, que ir a la canal Zone. Manuel Contreras egresó en 1962 como el mejor alumno de su curso en la Academia de Guerra, instituto superior al que volvió en 1966 como profesor de Inteligencia, en una época en que los tres grandes maestros de las principales disciplinas militares allí impartidas eran René Schneider, en Táctica; Carlos Prats, en Estrategia; y, Mario Sepúlveda Squella, en Inteligencia. Un año después, en 1967, Contreras consiguió una de sus mayores ambiciones: viajar a Fort Benning para realizar el curso de post grado de Estado Mayor. Su paso por el reputado fuerte norteamericano, donde también se adiestraban los temibles rangers que eran enviados a la guerra de Vietnam, dejó una anécdota que enriqueció el repertorio de leyendas que empezó a rodear al capitán Contreras y que el mismo disfrutaba años después repitiendo en los casinos militares. Al finalizar el curso en 1969, se sometió a los alumnos a un examen final consistente en un ejercicio sobre apreciación de situación estratégica y a su consiguiente resolución de mando. El escenario elegido fue Vietnam; y el supuesto estratégico el eventual empleo de armas nucleares de uso táctico. Los oficiales disponían de dos horas para emitir su resolución. En el intertanto, se les hacían llegar variables que alteraban la situación planteada originalmente, aumentando el nerviosismo de los alumnos: Por ejemplo: Informe de Inteligencia Nº 64: La Brigada Brite debe ser retirada de inmediato del teatro de operaciones. Numeroso contingente de fuerzas irregulares del Vietcong cortaron absolutamente el abastecimiento de agua. Antes de las dos horas de plazo prevista para el ejercicio, el capitán Contreras hizo entrega de su resolución. -Capitán, considere que su resolución va a ser cotejada con la que entregue la computadora-, le advirtió un coronel estadounidense. -Con todo respeto, mi coronel, en Chile no trabajamos con computadoras. Esta es mi resolución y creo que es la correcta-, respondió Contreras. -Muy bien capitán. Si usted insiste...-, replicó el coronel. El Estado Mayor Conjunto que tenía el mando de las fuerzas militares en el hipotético escenario bélico, tras dos días de deliberaciones y pesar a las ponencias en contrario de los demás alumnos, determinó que la resolución del capitán chileno garantizaba mayores posibilidades de victoria que la entregada por el complejo equipo computacional IBM y por los otros alumnos En 1969, siendo secretario de estudios de la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes y teniendo el grado de mayor, Contreras hacía clases de su auto adquirida especialidad de inteligencia en el Curso Avanzado de Oficial Subalterno que se impartió durante ese año. Gastón Aubry Tormen, uno de los tenientes que asistían, relató a algunos oficiales que uno de los ejercicios prácticos que Contreras les exigió realizar consistió en una muy compleja situación de ''guerra interna'', en la que los alumnos debieron desarrollar técnicas de contactos de espionaje, desciframiento de códigos e infiltración de instalaciones enemigas. También durante ese año, Contreras fue uno de los más entusiastas impulsores del Movimiento Gremialista Militar que culminó conn el acuartelamiento del Regimiento de Artillería Nº 1 ''Tacna'', protagonizado por el general Roberto Viaux. Actuando sin la autorización del director de la Escuela de Ingenieros, el coronel Herman Hutt Gunther -oficial que siempre quiso ignorar la efervescencia existente en el Ejército- el mayor Manuel Contreras alentó la presentación de las renuncias de los oficiales subalternos, actitud que le significó un reproche más bien paternal del subdirector de ese instituto, el teniente coronel Manuel de la Fuente Borge. -¿Por qué me ignoraste a mí, Mamo? ¿Acaso no sabes que yo soy un hombre pobre y leal?-, le dijo. En 1970, Contreras fue designado secretario del Estado Mayor del Ejército y al año siguiente viajó a Osorno para asumir el mando del Regimiento de Ingenieros Nº 4 ''Arauco''. A fines de diciembre de 1972 retornó del sur para asumir la dirección de la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes, mando militar que compartía con sus obligaciones docentes en la Academia de Guerra. Allí, junto a otros coroneles y la colaboración de algunos capitanes empezó a diseñar un aparato de inteligencia que permitiera desarticular los partidos políticos y organizaciones que eran los pilares de la Unidad Popular. Contreras ya se había contactado con varios de los agentes de la CIA en Chile, que le proporcionaban manuales de otras policía secretas que habían ayudado a crear, como la KCIA, en Corea del Sur; la Savak, en Iran; y, el Servicio Nacional de Informacion, en Brasil. Los oficiales de la Academia de Guerra efectuaron cuidadosos planes para anular los ''cordones'' industriales, bloquear las comunicaciones y enfrentar la evidente resistencia que opondría el MIR, algunos socialistas y otras brigadas de choque de la Unidad Popular. Simultáneamente, Contreras recabó toda la información necesaria que le permitiría el día del golpe militar controlar en cuestión de horas el puerto de San Antonio y todas las zonas adyacentes En la noche del 10 de septiembre de 1973, el coronel Contreras y su ayudante, el capitán Videla, comieron en la casa del comerciante Enrique Manzur en las Rocas de Santo Domingo. Casi a la misma hora, un destructor de la Armada llegó a la rada del puerto de San Antonio. Coincidencia o no, el mando de esa nave lo ejercía el capitán Jorge Contreras Sepúlveda, su hermano. En las semanas siguientes, se abocó a revisar informes de inteligencia y documentos encontrados en las sedes de los partidos de izquierda. Pidió listas de prisioneros, sugirió órdenes de arresto, ordenó allanamientos, recomendó métodos para interrogar... Uno de los documentos que el coronel Contreras recibió a fines de 1973, cuando afinaba los planes para el trabajo de la DINA, fue un informe elaborado por un médico militar que llegaría a ser Ministro de Salud del gobierno militar. El informe se titulaba ''Políticas a seguir con los miembros de la Unidad Popular'' y en parte de él decía: Se cree que el contingente de la Unidad Popular en el país alcanzó, en el período de su auge, un porcentaje cercano al 50 % de los votantes, cantidad ésta que fue progresivamente disminuyendo hasta que alcanzó el 43,5 en las elecciones de marzo de 1973. Aquellos que tomaron parte en este contingente pueden ser clasificados, en orden decreciente de peligrosidad y activismo, en varias categorías. En primer lugar tenemos a los extremistas, elementos fanáticos, desequilibrados, altamente peligrosos por su agresividad y capaces de matar sin titubeos. Pueden ser extranjeros o chilenos. Tienen serias inestabilidades mentales y carecen de espíritu de autocrítica, así como de una clara comprensión de sus acciones. generalmente, no son inteligentes y no poseen buena preparación técnica. Son irrecuperables. El segundo grupo está compuesto por activistas de alta peligrosidad e inteligencia, que son técnicamente dotados y ejercen una influencia enloquecedora sobre sus grupos de trabajo. En un momento dado pueden llegar a ser violentos. Son irrecuperables. El tercer grupo está compuesto por activistas ideológicos, quienes, mientras reflejan características de los grupos antes descritos en cuanto a peligrosidad, odian la violencia directa, prefiriendo ejercerla a través de terceros... Este grupo debiera ser analizado meticulosamente, para determinar cuales de ellos podrían ser usados técnicamente, sobreentendiéndose que deben estar bajo estricta vigilancia. El cuarto grupo está compuesto por los militantes de los partidos de la Unidad Popular, los cuales, aún cuando no son inmediatamente recuperables, es posible que con el tiempo puedan apaciguarse. Constituyen ellos una fuente de trabajo que es altamente aprovechable en este país. El quinto grupo es aquel de los simpatizantes de la UP que sin ninguna peligrosidad, y con más razón que el grupo mayoritarios, pueden ser ganados con una inteligente y exitosa política. A nadie cabe duda alguna acerca de la aplicación absoluta de la norma que establece que cualquier jefe de servicio identificado con la UP, cualquiera sea el grado de su compromiso, debería ser removido de su cargo. Si deseamos una patria fraternalmente unida, sin ganadores ni perdedores, ocupada exlusivamente en su rápida restauración, no deben permanecer en el país o libres por mucho tiempo, extremistas o activistas, sean chilenos o extranjeros. Los extremistas y activistas más peligrosos deben ser deportados y otros neutralizados en algún lugar dentro del territorio nacional. Aquellos que son utilizables a causa de su menor peligrosidad y de su mayor capacidad técnica, deben ser cambiados de su lugar de trabajo. Que quede en claro que estamos en una firme e inexorable actitud de eliminar todos los elementos desequilibrantes de nuestra Patria. En los meses que siguieron, Contreras estructuró los soportes de la DINA y los planes para la limpieza política del país. No obstante, también vigiló de cerca a los oficiales de su propia institución. Las severas restricciones internacionales impuestas a Chile casi de inmediato, significaron insospechados esfuerzos por adquirir material de guerra que pudiera minimizar el colosal poderío de medios blindados del Perú, país que evidenciaba estar realizando ingentes aprestos bélicos. Ese año, una comisión de la Dirección de Logística del Ejército logró la adquisición en Alemania de una importante partida de misiles filoguiados -dirigidos por cables- destinados a tratar de detener la temida ofensiva de los tanques peruanos. Pero las primeras pruebas demostraron que los artefactos eran perfectamente inútiles. ¿Apresuramiento? ¿Falta de rigor técnico en los exámenes preliminares? ¿Sencillamente venalidad? No es fácil establecerlo. La superioridad del Ejército quiso guardar silencio sobre el delicado tema, pero la Junta Calificadora de OIficiales de 1974 hubo de pasar a retiro a los integrantes de la comisión compradora de los misiles. ¿Qué había ocurrido? Que la DINA entregó al general Pinochet una completa carpeta donde se establecía que había existido pago indebido a oficiales chilenos de comisiones por parte de la industria abastecedora germana. La tarea prioritaria de la DINA, sin embargo, era el frente interno; y Contreras empezó a buscar colaboradores civiles entre los grupos nacionalistas que desde hacía varios años luchaban en contra del marxismo. Capítulo 3 Bombas, balas y cuartelazos Hasta la década de los años 60 no se hablaba en el Ejército de Chile de la Inteligencia como función primaria del mando. Existía sólo el Servicio de Informaciones, en esa calidad, así como son simples servicios los de Transportes, Intendencia, Sanidad y Material de Guerra. La creciente influencia estadounidense en los ejércitos americanos indujo a los mandos a transformar el Servicio de Informaciones, otorgándole la función de inteligencia, tal como, por ejemplo, en el contexto de esa misma influencia, la tradicional arma de Zapadores pasó a llamarse de Ingenieros. No obstante, la mentalidad conservadora que parece caracterizar a todos los ejércitos del mundo dificultó el florecimiento de la nueva función primaria. Al alto mando de entonces no le hacía mucha gracia la existencia de militares que usaran el cabello un poco largo y que vistieran de civil.. En 1967, el teniente coronel Luis Alvarado y el mayor Sergio Fernández fueron comisionados para seguir un curso especial de inteligencia de nueve meses de duración en Fort Gulick, Canal Zone, Panamá. Esos oficiales son considerados los pioneros de la inteligencia militar chilena contemporánea. Desde 1968, se empezaron a impartir los primeros cursos de inteligencia para personal de suboficiales, los que tendían fundamentalmente a enseñar la doctrina de seguridad militar y el empleo de claves para el cifrado de mensajes secretos. El mayor Sergio Fernández, aún cuando tenía el grado de capitán, inventó y consagró un criptógrafo, una máquina de claves: el Capfer, sigla del capitán Fernández. Cuando se hubo contado con suficiente personal capacitado en los rudimentos de la Inteligencia, se empezó a hablar oficialmente de Servicio de Inteligencia Militar (SIM). La guerra de Vietnam hizo que los estadounidenses redoblaran sus recomendaciones y entonces, en el Estado Mayor del Ejército chileno se empezó a mirar con preocupación los brotes subversivos representados por Espartaco, primero, y luego por el MIR. Al mismo tiempo se observaba con desconfianza la labor de la Policía Política de Investigaciones, institución que, en el ambiente castrense, se reputaba como corrupta. Por tales razones, los cursos de inteligencia empezaron a incluir temas como la subversión y la contrasubversión y, con no pocas dificultades, se comenzó a infiltrar personal militar en entidades estatales como Corfo, Cora, Indap y en algunos ministerios. El descubrimiento en 1968 de una célula del MIR en la Escuela de Paracaidistas y Fuerzas Especiales del Ejército en Colina, terminó de convencer al alto mando militar de la necesidad de subir a la categoría de función primaria al servicio de Inteligencia. Nació así la Dirección de Inteligencia del Ejército, DINE, y se empezó a entrenar a oficiales en tal subespecialidad. El primer revés importante de la Dirección de Inteligencia del Ejército estuvo constituído por el hecho de que el llamado ''acuartelamiento del Tacna'', el 21 de octubre de 1969, tomó por sorpresa al mando militar de entonces. No obstante, no es descartable que los medios de inteligencia de ese tiempo ''no hayan querido saber'' lo que era un secreto a voces: el indiscutido liderazgo del general Roberto Viaux Marambio sobre la oficialidad y suboficialidad del Ejército y sus frecuentes reuniones clandestinas previas a la ocupación del Regimiento Tacna. Superado el levantamiento del general Roberto Viaux, en las postrimerías del gobierno del Presidente Frei surgió como una posibilidad cierta una eventual victoria electoral de la izquierda. Entonces, los grupos de ultraderecha empezaron a converger en busca de acuerdos y de estrategias comunes. Conocido el triunfo de Salvador Allende, tomaron la decisión de impedir su ratificación por el Congreso Pleno. A partir del 5 de septiembre de 1970, los bombazos y atentados a las vías férreas y sistemas de electrificación sacudieron al país. Irrumpió una autodenominada Brigada Obrero Campesina, de misterioso origen, que se abjudicó varios de los ataques. Más tarde se conocerían los nombres de los comprometidos en ese verdadero ente fantasma. Surgió también un Frente Cívico dirigido por el abogado Pablo Rodríguez, que a partir de marzo de 1971 pasó a llamarse Frente Nacionalista Patria y Libertad, y que pronto llegaría a tener cerca de tres mil integrantes, la mayoría secretamente compartimentados. Una comisión política oculta dirigía los diversos frentes del movimiento: un aparato de inteligencia, grupos de apoyo y de choque distribuidos en doce unidades territoriales y tres jefaturas nacionales, en el norte, centro y sur del país. Los militantes eran adiestrados en códigos, manejo de armas, defensa personal, manipulación de explosivos, sistemas de enlace y otros conocimientos necesarios para el trabajo clandestino de subversión. El aparato militar estaba construido sobre la base de núcleos, pelotones y escuadras, dirigidos y adiestrados en muchos casos por ex oficiales de las Fuerzas Armadas. En Santiago operaban 20 grupos de choque, de 25 miembros cada uno. Disponían de un servicio de inteligencia con cerca de 25 vehículos provistos de radios para captar las transmisiones de Carabineros, Investigaciones e incluso del Ejército. El financiamiento de estas actividades provenía de importantes empresarios y connotados dirigentes sociales, quienes, a su vez, recibían apoyo del exterior. El Partido Nacional, en tanto, surgido de la fusión de conservadores, liberales y nacionalistas, creó el comando Rolando Matus, que encabezó el presidente de la juventud, Juan Luis Ossa. Nacieron, además, grupos como Solidaridad, Orden y Libertad, SOL; La Unión Cívica Democrática, creada a fines de 1971 con 186 firmas, 28 de las cuales correspondían a oficiales en retiro de las Fuerzas Armadas; el Partido Viauxista, presidido por el capitán (R) Víctor Catalán, y con el abogado Carlos Miranda Arrau como secretario; y, la Junta Unificadora Nacionalista, dirigida por el general (R) Alfredo Canales, entre otros grupos. En el otro bando, los partidos y movimientos de izquierda se aprestaban a defender como fuese el triunfo popular. La tensión era creciente y mientras cientos, miles de chilenos, vendían sus bienes y abandonaban Chile huyendo del régimen marxista, se produjo un hecho que sacudió al país hasta sus cimientos. Aquella mañana sonó el teléfono en las oficinas de la agencia United Press International, en el noveno piso de un edificio ubicado en calle Nataniel, frente a la Plaza Bulnes. El director de la agencia, el periodista Roberto Mason, tomó el fono y al escuchar se puso pálida. -¿Dónde? ¿A qué hora? ¿Cómo? ¿Cuántos eran? ¿Cómo está? ¿Quiénes fueron?..... Colgó y se sentó frente a su máquina de escribir. Las palabras empezaron a salir veloces... En rápida operación comando, terroristas dispararon hoy contra el comandante en Jéfe del Ejército, general René Schneider, hiriéndolo de gravedad, 48 horas antes de la reunión del Congreso Pleno que debe proclamar Presidente electo al doctor Salvador Allende, socialista. Schneider fue sometido a operaciones de urgencia en el Hospital Militar, para extraerle tres proyectiles que tenía alojados en el cuello, en el tórax y en un antebrazo. El Ministerio de Defensa anunció que debido al atentado, el general Carlos Prats asumií el comando en jefe del Ejército, como subrogante. Agregó que ''el Ejército deplora esta cobarde agresión y reitera a la ciudadanía que continuará inalterable en el cumplimiento de su misión''. El atentado ocurrió cuando el general Schneider se dirigía en automóvil desde su residencia en el barrio alto hacia el ministerio de Defensa. Tres autómóviles interceptaron el vehículo del jefe militar y varios terroristas luego de romper los vidrios del coche dispararon con revólver hacia el interior. Era la mañana del 22 de octubre de 1970 y la noticia hizo repiquetar las campanillas de los teletipos en las salas de redacción de todo el mundo. América, Asia y Europa miraban atentamente el proceso político chileno. Era la primera vez que una alianza marxista llegaba al poder a través de las urnas. Schneider murió a las 7:52 del 25 de octubre, a consecuencia de dos heridas de bala en el abdomen y en el tórax, además de una grave lesión en el hígado. Casi ocho meses después, el fiscal militar Fernando Lyon Salcedo entregó su dictamen sobre el homicidio del general Schneider. En 12 páginas y 27 acápites, Lyon resumió la conspiración, la planificación y el asesinato del jefe del Ejército. Según la resolución, el general (R) Roberto Viaux Marambio, previa concertación con su suegro Raúl Igualt Ramírez, y con el fin de ''alzarse contra el gobierno constituido'', encargó a Juan Diego Dávila Basterrica la misión de coordinar a diversos grupos de personas que se pusieron a su disposición para estudiar y preparar el secuestro de los cuatro generales de mayor antiguedad. Estos eran René Schneider Chereau, Carlos Prats González, Pablo Schaffhauser Acuña y Manuel Pinochet Sepúlveda. Inicialmente los conspiradores decidieron secuestrar a los generales Schneider y Prats el día 19 de octubre, luego de una comida que el cuerpo de generales de la guarnición de Santiago ofrecería a su comandante en jefe. El intento falló pues Schneider salió de la reunión en su vehículo personal no el que usaba habitualmente, de cargo a la comandancia de la institución. Los conjurados intentaron secuestrar a Schneider nuevamente el día 20 de octubre. El intenso tránsito impidió que la maniobra se realizara. Finalmente, el día 22 de octubre, a las 7:30, instalados en varios automóviles, esperaron al general en el lugar elegido para el secuestro, en las inmediaciones de Américo Vespucio con Martín de Zamora. Cerca de las 8 horas salió el automóvil de Schneider, que fue seguido hasta el sector de la emboscada. En un momento, varios vehículos interceptaron al del oficial. De ellos bajaron varios hombres que destrozaron los vidrios de las ventanas traseras. A continuación, a lo menos cuatro de los secuestradores dispararon diversas armas hacia el interior, hiriendo gravemente al comandante en jefe del Ejército. Los que dispararon fueron identificados por el fiscal Fernando Lyon como Jaime Melgoza, Juan Luis Bulnes Cerda y Diego Izquierdo Menéndez. El fiscal no logró precisar quién disparó el revólver cuyas balas impactaron en el cuerpo del oficial. Varios de los responsables argumentaron en su defensa que ellos obedecían órdenes de una secreta organización, cuyos presuntos jefes aún permanecían en las sombras. En junio de 1972, el juez militar de Santiago, general Orlando Urbina, dictó sentencias en primera instancia sobre el asesinato de Schneider. Las penas impuestas fueron las siguientes: José Melgoza Garay: A presidio perpetuo e inhabilidad absoluta de sus derechos políticos y ciudadanos, como autor del homicio calificado del comandante en jefe del Ejército; y a tres años y un día de relegación en su grado máximo a Achao, como autor de delitos en contra del orden público. Roberto Viaux Marambio: 20 años de presidio mayor en su grado máximo, e inhabilitación absoluta de derechos políticos y cargos públicos, como autor del delito de secuestro con resultado de muerte del general Schneider. Y cinco años de extrañamiento menor por delitos varios dentro de la Ley de Seguridad Interior del Estado. Raúl Igualt Ramírez: A diez años y un día de presidio e inhabilitación de sus derechos como ciudadano mientras dura la condena, como autor del delito de secuestro con resultado de muerte del general Schneider, y a tres años de extrañamiento. Luis Gallardo Gallardo: A quince años y un día de presidio mayor e inhabilidades ciudadanas, y tres años de relegación a la ciudad de Maullín, como autor del secuestro con resultado de muerte del general Schneider y por la Ley de Seguridad Interior del Estado. Juan Diego Dávila Basterrica: A diez años y un día de presidio e inhabilidades ciudadanas por el delito de secuestro y a tres de extrañamiento por la Ley de Seguridad Interior del Estado. Julio Fontecilla Rojas: A cinco años y un día de presidio mayor como autor de secuestro y a tres años de relegación en Curepto por actos sediciosos. Carlos Silva Donoso, Carlos Labarca Metzger, Jaime Requena Lever, Rafael Fernández Stuardo, Luis Hurtado Arnés y Edmundo Mario Berríos: Todos a diez años y un día de presidio mayor e inhabilidad ciudadanas mientras dure la condena, como autores de secuestro con resultado de muerte, y a tres años de relegación a diversas ciudades del país. Jorge Medina Arriaza: A diez años y un día de prisión y a tres años de relegación en Cunco. Mario Montes Tagle: A diez años y un día de presidio e inhabilidades ciudadanas mientras dure la condena, como autor de secuestro. Fernando Yarur Huerta, Julio Bouchón Sepúlveda, León Cosmelli Pereira, Raúl Igualt Ossa, Jorge Lagos Carrasco, Sergio Toperberg Volosky: Todos a tres años y un día de prisión e inhabilidades ciudadanas durante la condena como cómplices de secuestro y a todos también tres años de relegación a diversas ciudades por actos sediciosos. Camilo Valenzuela y Hugo Tirado: A tres años de extrañamiento por infringir la Ley de Seguridad Interior del Estado. Juan Enrique Prieto Urzúa, Nicolás Díaz Pacheco y Roberto Vinet Llamazares: A tres años de relegación en diversas ciudadades del país. Abdul Malak Zacur, Carlos Aravena Toro, Adolfo Ballas Ostergaard, Alejandro Cabriler Moya, Guido Poli Garaycochea, Boris Ravest Toro, Edwin Robertson Rodríguez, Mario Tapia Salazar, Edison Torres Fernández y Fernando Cruzat: A cada uno dos años de relegación a diversas ciudades del país como autores de delitos que alteraron el orden público, atentados dinamiteros y otros, producidos entre el 5 de septiembre y el 15 de octubre de 1970. Alexis Sánchez Herrera: A 541 días de relegación por delitos similares. Finalmente, el juez militar de Santiago dejó pendientes las penas que se impondrían a ocho prófugos, muchos de ellos autores materiales del homidicio del general Schneider. En ese caso estaban Juan Luis Bulnes Cerda, Julio Izquierdo Menéndez, Andrés Widow, Silan Leslie Cooper, Hiram Bey Banzán, Eduardo Maffei, Fernando Maffei y Rubén Santander. El general Urbina condenó a 42 personas, dejó pendiente la sentencia para ocho prófugos y sobreseyó de toda culpa a cinco acusados. La falla de los medios especializados en Inteligencia del Ejército se había repetido exactamente un año después del levantamiento del Regimiento Tacna. El complot previo a la intentona fue también un secreto a voces y hasta hoy el MIR se jacta de haber infiltrado la denominada ''Operación Alfa''. Se debe recordar que durante los funerales de Luciano Cruz, Miguel Enríquez dijo en su discurso póstumo que Cruz, entre muchos otros méritos personales, contaba el de haber hecho abortar el secuestro de Schneider. La frustración de aquella intentona habría consistido en que, no estando previsto en absoluto disparar en contra del general, Luciano Cruz logró infiltrar entre los conspiradores a Rachid Saladino, militante del MIR, el que aprochando su ascendencia palestina no tuvo incoveniente para hacerse pasar por nacionalista. Saladino habría logrado obtener una información completa sobre los dos planes presentados a Viaux por dos de sus colaboradores: Luis Gallardo Gallardo, autor de la ''Operación Alfa'', el que en definitiva se puso en práctica, y Juan Diego Dávila Basterrica, diseñador de la ''Operación Beta". (Ver capítulo Guerra contra el MIR). En el plano de las justificaciones posteriores, se llegó a decir que la inteligencia militar dejó hacer a los conspiradores a fin de no entorpecer el esfuerzo tendiente a impedir que el entonces presidente electo Salvador Allende asumiera sus funciones, pero, a la luz de los antecedentes disponibles y de un elemental sentido de la ética, tal versión no resiste el menor análisis. Ocho meses después, algunos servicios de inteligencia detectaron que se cometería un atentado en contra de un importante hombre público con apellido de origen yugoslavo. Una discreta vigilancia empezó a operar sobre Pedro Vuskovic, Angel Faivovich. Se ordenó también proteger disimuladamente a Eduardo Frei, al cardenal Raúl Silva Henríquez y a Jorge Alessandri. Minutos antes de las 11 de la mañana del 8 de junio de 1971, un comando armado de la denominada Vanguardia Obrera del Pueblo, VOP, asesinó al ex vicepresidente de la República , el democrata cristiano Edmundo Pérez Zújovic, luego de interceptar el automóvil en que viajaba desde su residencia en Las Condes hacia el centro de la ciudad, acompañado de su hija María Angélica, de 30 años. Pérez Zújovic había salido de su casa en calle La Bravanza a las 10:45 al volante de su automóvil Mercedes Benz rumbo a su oficina. Al doblar por calle Hernando de Magallanes, hacia el norte, fue interceptado por un automóvil Acadian Beaumont rojo, a bordo del cual viajaban tres individuos. Uno de ellos descendió del vehículo con una metralleta en sus manos y tras romper el vidrio de la ventanilla izquierda disparó una ráfaga sobre el dirigente del PDC, incrustándole las balas en el cuerpo y en la cabeza. En ese momento apareció en el lugar un automóvil Volskwagen con tres personas en su interior que presenciaron el ataque. El sujeto que empuñaba la metralleta se le acercó e intimidándolos con el arma les exigió las llaves del vehículo. Un instante después el individuo retornó al Beaumont y huyó con sus acompañantes hacia el sector norponiente de la capital. Pérez Zújovic cayó sobre los brazos de su hija, que trató vanamente de contener la sangre que brotaba de sus heridas con un pañuelo. Un testigo que vivía frente al lugar de la emboscada, el actor Julio Jung, llegó presuroso al sitio de la tragedia. Un estudiante que iba a dar un examen a su escuela, Guillermo Arthur Errázuriz, se puso al frente del volante y condujo el Mercedes Benz hacia el Hospital Militar. Diez minutos después de ingresar al centro asistencial falleció el ex vicepresidente del gobierno de Eduardo Frei. El Presidente Allende habló al país por cadena de emisoras y comparó las muertes del general Schneider y de Pérez Zújovic. ''En ambos hechos se advierte la introducción en nuestro país de prácticas absolutamente ajenas a su tradición. El móvil en los dos casos es el mismo: provocar una sensación de caos en un desesperado esfuerzo por alterar la normalidad'', dijo el mandatario. Horas más tarde la policía de Investigaciones logró identificar las huellas dactilares dejadas por los autores en el automóvil Beaumont que habían abandonado en un suburbio de Santiago. Correspondían a los hermanos Ronald y Arturo Calderón, el primero de ellos de 24 años, disidente del Comité Regional Sur de Santiago de las Juventudes Comunistas, donde había tenido responsabilidades dirigentes hasta 1966. Luego, con su hermano ingresó al MIR donde militó hasta 1969. Ese mismo día, el PDC en una declaración pública exigió del gobierno ''la inmediata disolución y sanción de todos los grupos armados que actuan en Chile al margen de la ley y la plena restitución de su autoridad a Carabineros y a la policía civil''. El PDC reclamó también del gobierno que ''para el buen éxito de la investigación y esclarecimiento de los hechos, se entregue la dirección de todas las investigaciones a los servicios de inteligencia militar del Ejército''. Cinco días después del asesinato, el 13 de junio, en una acción conjunta de militares y policías, fueron localizados en el barrio Vivaceta los autores del crimen. Ronald Rivera fue abatido por los disparos de la policía y su hermano Arturo, que había sido indultado por el Presidente Allende en enero de ese mismo año, se suicidó antes de ser apresado. El día 16, el tercer miembro del comando que dió muerte a Pérez Zújovic, Heriberto Salazar Bello, realizó un ataque suicida en contra del cuartel central de Investigaciones, matando a dos detectives, hiriendo a un tercero que luego falleció y destrozándose al activar varios cartuchos de dinamita que llevaba entre sus ropas. La investigación sobre la VOP siguió su curso en los tribunales militares hasta lograr identificar, procesar y condenar a los siguientes individuos: Julio César Carreño Hernández, Galvarino Jorquera Galaz, Luis Pérez Azócar, Juan Heriberto Marchant Berríos, Víctor Soto Alvarez, Horacio Astorga Godoy, Jorge Muñoz Espinoza, Owens Salinas Cabello, Carlos Rojas Bustamante, Hernán Torres Salinas, José Bernardo Larrocha García, Arnaldo Carvajal García, Bernardo Ledermann K., Carlos Jorquera Galaz y José Aguilera Pavez. Varios de ellos eran culpables de asesinar a los carabineros Luis Fuentes Pineda, Armando Jofré López y Tomás Gutiérrez, además de otros homicidios y diversos asaltos a bancos, supermercados y locales comerciales. El arma con que fue asesinado Pérez Zújovic, una subametralladora Carl Gustav, había sido robada al carabinero Tomás Gutiérrez, el 24 de mayo, 14 días antes, luego de ultimarlo cobardemente. En la dirección del Partido Socialista siempre hubo dudas sobre una eventual infiltración de la VOP. Tres o cuatro meses antes se habían incorporado cinco extranjeros al grupo, cuatro latinoamericanos y un japonés, que impartían instrucción militar y participaban en la elaboración de los planes de asaltos y expropiaciones. Un militante socialista se infiltró días después en la VOP y pudo comprobar que los extranjeros habían participado en la elaboración del plan para asesinar a Pérez Zújovic. No obstante, cuando la policía de Investigaciones los detuvo en un predio de la localidad de Lampa, no pudo comprobar su complicidad en el crimen. Un tribunal ordenó dejarlos en libertad 24 horas después de su detención y a las pocas horas el grupo salió del país, no volviéndose a saber de ellos. A mediados de junio de 1973 se reunieron en algún lugar de Santiago algunos oficiales del Regimiento de Blindados Nº 2, ubicado en la avenida Santa Rosa, con miembros de la dirección de Patria y Libertad. El propósito era planificar el levantamiento de esa unidad militar y el apoyo que le brindarían los civiles. El capitán Sergio Rocha Aros y el teniente Guillermo Gasset pidieron que los miembros de Patria y Libertad les ayudaran a silenciar las radioemisoras marxistas, a conseguir combustible para los tanques y a tratar de contener el avance de algunas brigadas de izquierda en los principales accesos al centro de Santiago. En la mañana del miercoles 27 de junio, el comandante de la Guarnición de Santiago y de la Segunda División de Ejército, general Mario Sepúlveda Squella, informó al comandante en jefe de la institución, general Carlos Prats, sobre actividades sospechosas en el Blindados Nº 2 y que había dispuesto la incomunicación del capitán Rocha y de algunos suboficiales, mientras se efectuaba un sumario. Ese mismo día el general Prats protagonizó un incidente en la avenida Costanera cuando creyó que iba a ser víctima de un atentado y al reaccionar amenazó con su revólver a una mujer, identificada como Alejandrina Cox Palma, que al volante de un vehículo lo había insultado. Prats se dirigió a La Moneda y presentó su renuncia ante el Presidente Allende. Luego se reunió con el consejo de generales, donde recibió claras muestras de apoyo y solidaridad. Esa noche, Allende rechazó su renuncia. El viernes 29 Prats se quedó dormido luego de que el despertador sonara a las 6.30. A las 9:00 el teléfono lo hizo saltar de la cama. Era el secretario general de la Comandancia en Jefe, coronel Rigoberto Rubio, que le informó sobre la sublevación del Blindado. Los tanques estaban atacando La Moneda y el Ministerio de Defensa, le dijo. Prats le ordenó que se mantuviera en contacto con el jefe del Estado Mayor, el general Augusto Pinochet; con el general Urbina y con el jefe de la guarnición, el general Sepúlveda. Se vistió rápido y salió hacia la Escuela Militar donde se reunió con el comandante de Institutos Militares, el general Guillermo Pickering.; y con el director de la Escuela Militar, el coronel Nilo Floody. Luego, telefónicamente aprueba las medidas tomadas por el general Urbina. El Regimiento Tacna ocuparía el Blindados para impedir el abastecimiento de los tanques. Prats sale hacia la unidad de artillería ubicada junto al Parque Cousiño. El comandante de esa unidad, el coronel Joaquín Ramírez Pineda no tiene dudas y ordena a sus tropas salir a cumplir su misión. Prats se traslada a la Escuela de Suboficiales, antiguo edificio de Escuela Militar, unidaría que avanzaría hacia La Moneda desde el sur. El director de la escuela, el coronel Julio Cannesa le dice que los oficiales no quieren salir. En minutos, impone su mando y salen rumbo a la Plaza Bulnes. Pocas horas después, la sublevación había sido controlada. Los máximos dirigentes de Patria y Libertad -Pablo Rodríguez, Benjamín Matte, John Shaeffer, Juan Eduardo Hurtado y M Welding- se asilaron en la embajada de Ecuador junto a otros dos militantes, Fernando Moro y José manuel Ruiz, que horas después saldrían de la sede diplomática con instrucciones para la militancia. Más tarde, otros dos conjurados, Patricio Jarpa y Patricio Souper, se asilarían en las embajadas de Colombia y paraguay, respectivamente. A contar del 3 de julio, el melipillano capitán Sergio Rocha Aros, autor intelectual del ''tanquetazo'', pudo contar en el cuartel del entonces Regimiento de Ingenieros de Ferrocarriles de Montaña Nº 2 ''Puente Alto'', algunos aspectos no conocidos de su frustrada empresa. Rocha llegó en calidad de arrestado a la unidad militar puentealtina y recibía diariamente indisimuladas muestras de afecto y de admiración por parte de sus camaradas del arma de Ingenieros. El capitán Rocha había entrado desde marzo de 1973 en contactos personales con uno de los jefes de Patria y Libertad, comenzando a urdir lo que muchos uniformados deseaban vehementemente, pero que no podían o no se atrevían a materializar: el golpe militar que depusiese al Presidente Salvador Allende. Según Rocha, ese jefe del FNPL le había dado plenas garantías de que un incruento cerco a La Moneda, con los tanques del entonces Regimiento de Blindados Nº 2, contaría con el apoyo del regimiento de Infantería Nº 1 ''Buin'', con la de otras unidades militares de Santiago, con la irrestricta adhesión de la Armada y con una multitudinaria manifestación callejera organizada por Patria y Libertad. En tales condiciones, el capitán Sergio Rocha -oficial impenitentemente germanista y ferviente admirador de la blietzkrieg emprendida por Hitler- dio el vamos a la operación. No obstante, la acción golpista fue detectada por el Servicio de Inteligencia Militar, SIM, instancia que, a decir de Rocha, ''hizo la vista gorda hasta donde pudo''. En realidad, exactamente hasta que el complot llegó a conocimiento del general Carlos Prats, que dispuso el arresto del capitán en dependencias del Ministerio de Defensa, así como la destitución del teniente coronel Ricardo Souper Onfray, a la sazón comandante del Regimiento de Blindados Nº 2. Para el día 29 de junio estaba prevista la entrega de mando de esa unidad militar. Como es tradicional, una comisión interventora presidida por el entonces coronel Cárol Urzua Ibáñez, debía hacer efectivo el cambio de comandante. Pero los oficiales que directa o indirectamente habían estado comprometidos con Rocha asumieron que era mejor jugarse el todo por el todo. Los subtenientes Gasset y Dimter se apersonaron ante Souper. Gasset portaba el casco de tanquista del comandante del regimiento. -Mi comandante, no vamos a aceptar su remoción; sería una humillación para todos-, le dijo Gasset, en elocuente gesto, entregó el casco al vacilante Souper. Pocos minutos después, el comandante del Regimiento de Blindados Nº 2 hacía, desde la torreta de un tanque M-36, el consabido movimiento del brazo derecho que indica ¡Adelante! Los tanques sólo llevaban munición de salvas para sus cañones y el combustible era muy escaso. El asalto a La Moneda fue rápidamente conjurado. El subteniente Erwin Dimter Bianqui -hombre conocido por su temperamento impetuoso desde sus tiempos de cadete-, comandando un viejo tanque M3 A1, rescató al capitán Rocha desde el edificio del Ministerio de Defensa. Rápidamente y sin conocer el desenlace de lo que ocurría en La Moneda, Rocha se trasladó hasta el antiguo cuartel de la calle Santa Rosa y comenzó a organizar el apoyo a la aventura. Grande fue su asombro cuando una batería de obuses del Regimiento de Artillería Nº 1 ''Tacna'', mandada personalmente por el comandante de esa unidad, coronel Joaquín Ramírez Pineda, comenzó a rodear el cuartel de los blindados. Como se estila, Ramírez exigió la presencia del mán antiguo -el de mayor graduación-. Respetuosamente, Rocha se hizo presente en la calle. -Capitán Sergio Rocha se presenta, mi coronel-, gritó, haciendo sonar los tacos de sus botas y llevando la mano a la viscera de su casco de acero. -Entregue de inmediato el regimiento, sin condiciones-, espetó cortante Ramírez. -Los blindados no nos rendimos jamás, mi coronel. -No sea tonto, amigo mío, está totalmente rodeado. ¿Acaso quiere muertes inútiles? -Estoy dispuesto a dejar salir a la gente que lo desee, mi coronel. -Conforme. Dispone de cinco minutos-, conminó Ramírez. Rocha narra que alcanzó a escuchar al coronel decir ''¡Agárrenlo!'', por lo que emprendió una veloz carrera hacia el interior de su regimiento. Pero Ramírez hablaba muy en serio. Una ráfaga de fusil ametralladora se dejó oir. Un cabo, escolta de Rocha, cayó herido de muerte. El mismo capitán alcanzó a recibir un impacto en su cintura. La ''batalla'' se prolongó durante medio hora. Los obuses de 105 milímetros dispararon en contra del cuartel de Santa Rosa, alcanzando a destruir parte del casino de oficiales y causando un número indeterminado de muertos y heridos. Febrilmente, Rocha dirigía la defensa, según lo ha contado, ''evitando disparar sobre los soldados del Tacna''. Súbitamente, alguien gritó ''¡los tanques!''. Desde el norte, los vehículos blindados que habían ''cercado'' La Moneda regresaban al cuartel. Las esperanzas de los soldados sitiados fueron efímeras: sus camaradas volvían derrotados y, en gran medida, arrastrando el estigma de ''una acción que no contó con la unidad del Ejército''. Hasta hoy, el modo con que el coronel Joaquín Ramírez cumplió la orden del general Carlos Prats en cuanto a someter a los ariscos ocupantes del Regimiento de Blindados Nº2 es condenado por quienes conocieron el episodio. Se llegó a decir que Ramírez era ''activo simpatizante de la Unidad Popular'', lo que puede ser negado por cualquiera que lo haya conocido. Ramírez alcanzó el generalato, el mando de la Misión Militar en Sudáfrica y, hasta 1989, la rectoría delegada de la Universidad de La Serena, condiciones imposibles para quien haya podido cargar con la más leve sospecha de haber simpatizado con el gobierno de Allende. Consideración aparte merece el caso del capitán Carlos Mena, oficial del regimiento ''Tacna'' que tenía el mando directo de la batería que rodeó el cuartel de la calle Santa Rosa. En forma personal y sin que le correspondiera hacerlo, Mena fue el autor del primer disparo de obús en contra de los situados que comandaba su compañero de promoción, el capitán Rocha. En Puente Alto, Rocha aseguraba que ''Mena es un comunista de mierda''. Cuando aún no se cumplía un mes desde la abortada intentona de Patria y Libertad y de algunos oficiales del Blindados Nº2, el país volvió a estremecerse ante un nuevo asesinato. En la madrugada del viernes 27 de julio, el edecán naval de Allende, el comandante Arturo Araya, cayó herido de muerte en el balcón de su casa, en el barrio de Providencia, con una bala calibre 22 disparada por una metralleta Batán. Casi 20 horas después del crimen, el electricista José Riquelme Bascuñàn, obrero de una industria filial de Corfo, iba pasando en avanzado estado de ebriedad por la puerta de la Prefectura de Carabineros de Santiago. Un policía le llamó la atención y Riquelme respondió con un insulto. Fue detenido de inmediato. Al día siguiente, varias radioemisoras de oposición y el vespertino La Segunda informaron del arresto de uno de los asesinos del comandante Araya. La Segunda, con grandes caracteres, tituló: ''Cayó asesino del edecán. Se habría entregado a Carabineros. Grupo extremista de izquierda lo ultimó. Pretendían raptarlo para convulsionar al país. FTR, MIR y PS serían los cómplices''. El capitán Germán Esquivel, miembro del Servicio de Inteligencia de Carabineros, Sicar, había logrado la confesión del detenido luego de un minucioso interrogatorio. Según el informe elaborado por Esquivel, el electricista Riquelme se había entregado porque estaba arrepentido y temía que sus compañeros lo mataran. Esquivel también dió cuenta de otros pormenores de la confesión: Riquelme había sido contratado por 12 mil escudos para realizar dos atentados terroristas; lo había contratado Domingo Blanco Torres, miembro del GAP del Presidente Allende; otros integrantes del grupo eran del FTR, del MIR y del PS; habían participado tres cubanos y habían recibido la orden de secuestrar al comandante Araya para impedir cualquier diálogo entre el gobierno y la oposición. Aparentemente no había dudas. Esa tarde el electricista Riquelme fue conducido al cuartel de Investigaciones. Pocas horas después los detectives comprobaron que la confesión extraída a Riquelme había sido obtenida bajo presión y que era falsa. La Dirección General de Carabineros emitió un comunicado, en parte del cual señalaba que la detención de Riquelme ''no tiene relación con el atentado y que su detención provisional se debió a razones de índole muy diversa, encontrándose en estado de intemperancia alcohólica''. Al día siguiente el Pleno de la Corte Suprema designó al juez Abraham Meersohn como ministro en visita para el caso, pese a la existencia de una comisión investigadora formada por el Consejo Superior de Seguridad Nacional, Consupsena, y la existencia de un juez militar, Joaquín Earlbaum, que seguía el caso y que incluso había decidido incomunicar al electricista. En las horas siguientes el Consupsena dirimió el conflicto de competencia dictaminando que correspondía a la Fiscalía Naval el sustanciar el proceso. ¿Qué había ocurrido? ¿Cuál era la verdad? ¿Quién había asesinado entonces al comandante Araya? En los días siguientes la historia sufriría un espectacular vuelco. Los agentes de Investigaciones empadronaron el lugar del homicidio. Uno de los testigos se había fijado en las patentes de algunos de los vehículos que circularon a la hora del crimen por el sector. Así, los detectives lograron ubicar a una citroneta que había sido manejada por Mario Rojas Zégers. El consiguiente arresto de Rojas y las diligencias posteriores permitieron a los policías, encabezados por Alfredo Joignant, director de Investigaciones; Hernán Romero, director de la Escuela Técnica; y, Waldo Montecinos, jefe de la Brigada de Homicidios, esclarecer el asesinato del edecán naval de Allende. Los responsables configuraban un comando integrado por René Guillermo Claverie Barbet, Edmundo Enrique Quiroz Ruiz, Guillermo Necochea Aspillaga, Guillermo Bunster Thiese, Juan Antonio Zacconi Quiroz, Miguél Víctor Sepúlveda Campos, Carlos Fernando Farías, Wilfredo y Luis Perruy González, Luis Palma Ramírez, Mario Rojas Zegers, Uka Lozano, Guillermo Schilling Rojas, José Iturriaga Aránguiz, Ricardo Vélez Gómez, Rafael Mardones Saint Jean, Odilio Castaño Jiménez, Andrés Potín Lailhacar y Alejandro Figari Verdugo. En las casas de varios de ellos se encontraron cerca de 20 armas de diferentes tipos y calibres, detonantes, cargas explosivas y municiones. Algunos afirmaron haber formado un grupo escindido de Patria y Libertad denominado ''Guerrilleros Nacionalistas'' en concomitancia con miembros del Comando Rolando Matus, brazo operativo del Partido Nacional. El día 26 de junio, Guillermo Bunster recibió instrucciones para realizar una acción destinada a crear el clima propicio para el alzamiento de una rama de las Fuerzas Armadas. El día anterior, los camioneros habían decretado un nuevo paro nacional y el país estaba en extrema tensión. Bunster reunió a una veintena de jóvenes en su casa, en Américo Vespucio Norte. Distribuyó explosivos, escopetas, metralletas y pistolas. La orden era acudir a al barrio de Providencia a provocar el mayor alboroto posible. En una camioneta amarilla de doble cabina se trasladaron a la esquina de las calles Huelén con Providencia, muy cerca de las torres Tajamar. Iban Bunster, Claverie, los hermanos Perry, Guillermo Necochea, Enrique Quiroz, Luis Palma, Odilio Castaño, Alejandro Figari y un sujeto de barba que más tarde sería identificado. En la citroneta de Rojas subieron Miguel Sepúlveda Campos y Edmundo Quiroz. Su misión era sembrar con ''miguelitos'' el sector elegido para el ataque. Otro grupo, formado por José Iturriaga Aránguiz, Uka Lozano, Guillermo Schilling y Carlos Gaymer, ocupó un Peugeot rojo. Ellos estaban encargados del apoyo logístico y de avisar en caso de peligro haciendo sonar unos pitos. Todos llevaban un brazalete blanco. Claverie, provisto de una metralleta Batán, disparó indiscriminadamente contra los vehículos que a las 0:30 pasaban por Providencia cerca de Pedro de Valdivia. Wilfredo Perry disparó se escopeta en contra de un taxibús y un bus. Bunster hizo explotar una bomba en una camionetra de Indap que estaba estacionada. Ocho miembros del comando ingresaron a la calle Fidel Oteíza. Un hombre en bata salió a un balcón a increparlos. Claverie disparó fríamente sobre él, eran ocho jóvenes dispuestos a todo. Llegaron a Pedro de Valdivia y siguieron disparando a cualquier cosa que se moviera. Enseguida abordaron sus vehículos y regresaron a la casa de Bunster. En un balcón ubicado en Fidel Oteíza, con una bala calibre 22 en su corazón, agonizaba el edecán naval de Allende. El grupo homicida, refugiado en un fundo de San Felipe, se entregó al Ejército el 12 de septiembre de 1973, siendo trasladado a Valparaíso, desde donde, luego de unos dos meses, viajaron a una clínica en Santiago. Finalmente, el grupo consiguió el indulto del general Pinochet en 1980. Los antecedentes que permitieron el indulto incluyeron una versión del escenario del crimen desconocida antes entonces. Según ella, a la misma hora en que los jóvenes extremistas de derecha empezaban a operar en Providencia, a pocas cuadras de allí, en la embajada de Cuba, se desarrollaba una violenta discusión entre los asistentes a una recepción ofrecida por el embajador. La esposa del comandante Araya increpó duramente a una de las mujeres presentes en la sede diplomática por intentar acarrear al oficial a una aventura amorosa extraconyugal. Araya, muy abochornado, pidió excusas y se retiro. Minutos más tarde, un alto funcionario de la embajada cubana llamó a tres miembros de la guardia de seguridad y les dió una orden: -Síganlo y denle una lección. Los cubanos salieron hacia el domicilio del edecán de Allende, pero antes de llegar se encontraron con los jóvenes de Patria y Libertad. Llovieron los improperios. Desde uno de los balcones se asomó el edecán para hacerlos callar. Una seguidilla de insultos lo hizo entrar a su dormitorio y salir a los segundos con una metralleta apoyada en su pecho. Uno de los ultraderechistas empleó su metralleta Batán y una ráfaga de balas se paseó por el segundo piso de la residencia del marino. Una de las balas traspasó su mano derecha y se le alojó en el corazón. Todos los que estaban en la calle huyeron de inmediato. La muerte del comandante Araya fue uno de los últimos episodios dramáticos que se vivieron durante la Unidad Popular. En los años siguientes se aseguraría a los chilenos que el golpe militar del 11 de septiembre de 1973 fue una decisión de las Fuerzas Armadas, impelidas por el clamor de la mayoría de los ciudadanos. No obstante, existen antecedentes muy serios que dan cuenta de los enormes esfuerzos desplegados desde el extranjero para conseguir que el gobierno de Salvador Allende fuera depuesto. El 11 de octubre de 1973, miembros de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, interrogaron largamente al director de la CIA, William Colby, y a su principal asesor, Frederick Dixon Davis, sobre la participación de empresas brasileñas, ligadas a compañías transnacionales, en un supuesto complot en contra de Allende. Michael Harrington, diputado demócrata, preguntó a Colby, si sabía que Jack Wyant, representante del Consejo de las Américas, una institución estadounidense privada, había viajado dos veces desde Brasil a Chile con instrucciones y dinero. -No estoy cierto-, respondió Colby. -No tengo pruebas de ésto-, dijo Dixon Davis. -Yo no excluiría eso. Francamente, no sé. Sin embargo, no puedo afirmar que eso no sucedió-, añadió Colby. El diputado Dante Fascel volvió a preguntar sobre lo mismo. -Hay evidencias de cooperación entre grupos de empresarios de Brasil y de Chile. Eso constituye sólo una pequeña proporción del auxilio financiero. La mayor parte del apoyo fue logrado internamente, en Chile. La National Congress of Latin America, NACLA, institución estadounidense dedicada a la intervención norteamericana en América Latina, publicó el 3 de octubre de 1973 en Nueva York un artículo donde identificó a ''un equipo de golpe de Estado'' de la CIA en Chile. En ese artículo, la NACLA sindicó a los siguientes estadounidenses como miembros de la red de espionaje en Chile: -Nathaniel Davis: Embajador de Estados Unidos en Chile, ex miembro de la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), predecesora de la CIA, jefe del buró para asuntos soviéticos en el Departamento de Estado durante el período más crudo de la guerra fría, alto funcionario del Cuerpo de Paz. Entre 1968 y 1971 estuvo destinado en Guatemala como jefe de la misión norteamericana para el Programa de Pacificación. -Deane Hinton: Trabajo con Davis en Guatemala en 1968 y 1969. Fue trasladado luego a EE.UU. como segundo director del Consejo sobre Política Económica Internacional (CPEI). -Frederick Latrash: Involucrado en el derrocamiento de Jacobo Arbens, en Guatemala. -Raymond A. Warren: Involucrado también el el derrocamiento de Jacobo Arbens, en Guatemala. -James E. Anderson: Presente la santo Domingo durante la invasión de los marines en 1965. -Harry Shiaudeman: Segundo jefe de la embajada de EE.UU. en Chile. Presente también en Santo Domingo durante la invasión norteamericana. En el mismo equipo, que según NACLA, operó en Guatemala en el 54, en Brasil en el 64, en Bolivia en el 71 y en Uruguay en el 73, estaban Arnold M. Isaacs, John B. Tipton, Joseph F. Mc. Manus yKeith W. Weeloock. El Presidente Gerard Ford, cuando se le preguntó, en septiembre de 1974, en una conferencia de prensa, sobre la legalidad de la operación de desestabilización de Chile por la CIA, dijo: ''No voy a juzgar si está permitido o autorizado bajo la ley internacional. Es un hecho reconocido que, históricamente tanto como en la actualidad, se realizan esas acciones para el mayor bien de los países afectados''. Hasta hoy se ignoran los detalles de la colaboración que la CIA prestó al gobierno militar del general Augusto Pinochet, y en especial a la DINA en los años siguientes al golpe. A fines de mayo y comienzos de junio de 1995, en las últimas semanas del juicio que durante casi 18 años se le siguió a Manuel Contreras y a Pedro Espinoza por el asesinato en Washington de Orlando Letelier, estos oficiales insistieron en culpar a la CIA del asesinato del ex canciller de la Unidad Popular. No obstante, hasta ahora, las pruebas que ellos u otros han aportado son insuficientes para otorgar alguna credibilidad a sus afirmaciones. Capítulo 4 EL GERMEN DE LA DINA En diciembre de 1972, el coronel Manuel Contreras se hizo cargo de la dirección de la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes, unidad militar situada junto a la desembocadura del río Maipo, a corta distancia del muy exclusivo balneario de las Rocas de Santo Domingo. A los 42 años, Contreras era un hombre de gran vitalidad y orgulloso del enorme ascendiente que tenía en el arma de Ingenieros. Se vinculó rápidamente con varios de los más decididos opositores al gobierno de Allende radicados en San Antonio, Llolleo, Cartagena y en otros poblados del litoral central. Entre sus amigos más cercanos pronto estuvieron el empresario de transportes Cristián ''Toty'' Rodríguez; el locutor Roberto Araya Silva; el dueño del hotel La Bahía de Cartagena, Benito Tricio; Juan Basagoytía; Rafael Letelier; Manuel José Moreno; y, Enrique Manzur. Tricio y algunos otros eran de origen español y habían llegado huyendo del franquismo a fines de los años 30 y comienzos de los 40. El más cercano, sin embargo era ''El negro'' Jara, un ex oficial de Caballería que vivía en Algarrobo y que mantenía estrechos vínculos con los más activos militantes del Frente Nacionalista Patria y Libertad y el Comando Rolando Matus, que dependía del Partido Nacional. Jara le ayudó a Contreras a conocer rápidamente cómo funcionaba el gobierno provincial de la Unidad Popular en San Antonio, quién era quién entre los dirigentes comunistas y socialistas, cuáles eran los sindicalistas más activos, la presencia del MIR, la organización de las Juntas de Abastecimientos y Precios, JAP..., en fin, cada detalle, cada núcleo, cada estructura del ''puerto rojo'', nombre que los opositores daban a ese terminal marítimo. Contreras cumplió en Tejas Verdes una de sus primeras destinaciones en los albores de los años 50 y los soldados o cabos que lo habían conocido joven, y que ahora eran sargentos, se encargaron de agregar información a la verdadera leyenda que ya se estaba formando en torno a la figura del oficial. -Mi coronel entraba al casino cuando era teniente y todos los capitanes le decían ¿qué quiere Mamito? ¿qué necesita? El siempre demostró que era mejor que todos-, afirmaba uno de los sargentos. Un joven oficial de la Armada que cumplía funciones en la Gobernación Marítima de San Antonio obtuvo autorización para hospedarse en el casino de oficiales de Tejas Verdes, situación que le permitía una convivencia diaria con los mandos de la unidad. Era habitual que un grupo de oficiales se reuniera en ese lugar a disputar un juego de cacho en la cantida del casino, acompañados de algún ''borgoña'' o de varias ''piscolas'', sesiones a las que a menudo asistía Contreras. En una de esas oportunidades, Contreras se levantó de la mesa de juego e hizo varias llamadas telefónicas. Retornó al grupo y comentó: -El capitán Ubeda está en su casa con unos amigotes civiles que llegaron a bolsearle y, para variar, hablando huevadas. El teniente Garcés, botado a lacho. Janito Rodríguez, como siempre, en los brazos de su mujercita. Pero se me perdió la pista del Vitoco Lizárraga... El oficial de la Armada no podía creer lo que estaba viendo y escuchando. No resistió la tentación de preguntar. -¡Hay que saber lo que hace la propia gente!-, le dijo Contreras al verlo tan sorprendido. -¿Pero, cómo lo hace mi coronel?, preguntó el marino. -Aaaaahhhhhh...-, fue la enigmática respuesta. Años después, el teniente de la Armada, al realizar el curso especializado de Inteligencia que el Ejército dictada en la localidad de Nos, al recordar el episodio, conjeturó que Contreras había logrado mantener en Tejas Verdes una completa red de informantes, absolutamente extraoficial, que le permitía saber en cualquier momento lo que estaban haciendo sus oficiales. La Escuela de Tejas Verdes tenía en aquella época como subdirector al teniente coronel Alejandro Rodríguez Faine; en el cargo de secretario de estudios, se desempeñaba el mayor Jorge Núñez Magallanes; y, comandando el batallón de instrucción, estaba un mayor al que apodaban ''El topo'' López. Una versión entregada a la Vicaría de la Solidaridad por el ex agente Juan René Muñoz Alarcón, asesinado de 36 puñaladas en octubre de 1977, indica que en Tejas Verdes se acondicionaron lugares para recibir detenidos el 9 de septiembre de 1973, dos días antes del golpe militar. Esa versión, el denunciante la había escuchado de conscriptos que llegaron a la Escuela de Ingeniería a cumplir su servicio militar. El día del golpe, el coronel Manuel Contreras logró controlar en pocas horas toda la jurisdicción que estaba bajo su mando. En los días siguientes, en los subterráneos de Tejas Verdes, se practicaron crueles torturas a varios detenidos, utilizando incluso sopletes de acetileno para perforar los cuerpos de las víctimas. Numerosos testimonios sobre el horror que allí se vivió fueron recogidos por los miembros de la Comisión de Verdad y Reconciliación creada en el gobierno del Presidente Patricio Aylwin. El campo de prisioneros de Tejas Verdes -conocido como ''El Sheraton''- y se ubicaba al pie de un cerro donde los detenidos podían observar dos cristos, a muy escasa distancia de la ruta que ingresa a Santo Domingo, junto al río Maipo, y oculto tras una empalizadas. Hasta allí eran trasladadas personas que provenían de ''La Silla'', el cuartel secreto que funcionó en calle Londres 38, junto a la iglesia San Francisco, en pleno centro de la ciudad de Santiago. Los prisioneros llegaban con los ojos vendados los martes, jueves y viernes a bordo de un camión cerrado, usado normalmente para cargar carne. En el recinto, al mando de un teniente, había 14 cabañas, dos patios y cuatro torres de vigilancia. Tras 20 días de permanencia en ese campo, se le llevaba vendado en un camión a las instalaciones del regimiento para ser interrogado, donde se les practican diversos métodos de tortura. Ex prisioneros del lugar lograron identificar más de una docena de tormentos diversos. Uno de ellos fue relatado por Muñoz Alarcón: El ''fusilamiento''.- Es poco utilizado. Más bien corresponde a una medida extrema que se utilizó durante los meses de septiembre, octubre y noviembre. No se se sabe de haberse practicado posteriormente a estas fechas. El método es el siguiente: Luego de haber practicado diversos interrogatorios, con una diversidad de métodos, la persona es ''condenada'' al fusilamiento. Durante todo el día, personal del Ejército se preocupa de levantar una empalizada que se recubre con sacos de arena. delante se coloca un banquillo de madera. Los preparativos se hacen con bastante ruido y voces alusivas al fusilamiento. También esto sirve para amedrentar al resto de los detenidos. En la tarde o muy de madrugada, el detenido es sacado, encapuchado y amarrado de manos a la espalda. Luego sentado en el banquillo y arrlegado adecuadamente. se le acerca un miembro del Ejército (teniente u oficial) y le sugiere ''amistosamente'' que es preferible confesar todo lo que sabe que el fusilamiento el que es posible evitarlo sólo confesando culpabilidad, etc. Si existiere negativa o se mantuviere la idea de inocencia, se le da paso a un ''sacerdote'' quien, Biblia en mano, le da la extremaución al detenido. El sacerdote acompañará al detenido hasta el final. A continuación, un miembro del Ejército lee un ''decreto-ley'' que declara culpable y condenado a fusilamiento a la persona. Se escucha ruido de armas, el sacerdote que reza y que se retira lentamente. Pronto se oye la orden de mando y la descarga. Con una precisión increíble se le deja caer al detenido un fierro sobre ambos hombres y un golpe sobre la cabeza que deja inconsciente a la persona. Los momentos más brutales y dramáticos se vivieron entre septiembre de 1973 y marzo de 1974, momento en que los celadores fueron trasladados. Uno de los sargentos fue destinado al norte; el otro, a una unidad militar cercana a Santiago. Se cambiaron también los torturadores y a varios oficiales. Las notorias variaciones en el trato a los prisioneros coincide con la partida del coronel Contreras. En los primeros días de marzo de 1974, el oficial abandona Tejas Verdes y entrega el mando de la unidad al coronel Manuel de la Fuente. Desde las primeras semanas que siguieron al golpe militar del 11 de septiembre de 1973, el coronel Contreras empezó a poner en práctica sus conocimientos y habilidades en inteligencia. El era profesor de Academia en esa materia y había demostrado en Chile y en el extranjero dotes sobresalientes al respecto. En todas las unidades donde había estado destinado, puso en práctica esos conocimientos, realizando juegos de guerra y ejercicios con oficiales y clases. A fines de septiembre de 1973, Contreras concurrió a una de las reuniones de la Comunidad de Inteligencia del Estado Mayor de la Defensa Nacional, que coordinaba el general de la Fuerza Aérea Nicanor Díaz Estrada. Allí expuso de manera suscinta sus ideas sobre la necesidad de impulsar una lucha antisubversiva y de contar con los mejores recursos de las Fuerzas Armadas para la inteligencia política que era urgente realizar. Todos los presentes, oficiales de la Armada, de la FACh y de Carabineros, sabían que el coronel Contreras contaba con el respaldo personal del general Pinochet y que los propósitos expuestos se iban a transformar en una nueva entidad, más poderosa, más temible que cualquiera de los servicios de inteligencia conocidos en Chile hasta ese instante. En los días siguientes, Contreras se puso al frente de una secreta dependencia que empezó a ordenar las informaciones sobre los miles de presos que se aglomeraban en el Estadio Nacional, en el Estadio Chile y en diversas unidades militares y campos de concentración distribuídos en todo el país. Los volúmenes de documentos incautados formaban cerros, las listas de detenidos eran interminables y era urgente saber lo más posible sobre los el MIR, el GAP, el PS, el PC, los extranjeros, los marxistas que estaban tratando de pasar inadvertidos en las universidades, en las industrias, en el gobierno. El coronel requería mucha gente, los mejores hombres no sólo del Ejército, sino también de la Armada, de la FACh, de Carabineros, de Investigaciones y de civiles, de muchos civiles. Empezó a revisar los componentes de los últimos cursos de la Academia de Guerra, marcando a los que tenían alguna preparación en inteligencia. Pensó en los oficiales que le habían sido más fieles, en sus conocidos, en los amigos, en los posibles expertis civiles que sólo conocía de oídas. El paso siguiente fue empezar a pedir formalmente a las otras instituciones armadas que los pusieran a su disposición. La Contraloría General de la República procedió entonces a dar curso a las autorizaciones para que oficiales y suboficiales fueran trasladados a cumplir comisiones de servicios a la nueva y secreta instancia, donde realizarían ''actividades especiales''. Contreras seguía al mando de la Escuela de Ingenieros y tenía su casa particular en las Rocas de Santo Domingo. Decidió concentrar en esa zona a los primeros cuadros que integrarían la DINA. Las últimas seis semanas de 1973 fueron decisivas para la organización que estaba formando el coronel del arma de ingenieros. Los primeros hombres elegidos se pusieron bajo su mando; desde la sede del gobierno militar, en el Edificio Diego Portales, se ordenó transferirle a los civiles que estaban colaborando en labores de inteligencia; y, la Junta de Gobierno creo la Secretaría Ejecutiva Nacional de Detenidos, Sendet, que regularía el trato a los detenidos. En el decreto reservado que creó la Sendet se había incubado el origen legal de la DINA, como una dependencia encargada de reglamentar los interrogatorios, clasificar a los presos y coordinar las labores de inteligencia. Varios de los primereos funcionarios de la DINA comenzaron a operar desde el segundo piso del cerrado Congreso Nacional, donde hoy funcionan varias de las más importantes oficinas de Dirección de Relaciones Multilaterales de la Cancillería chilena. El 8 de diciembre de 1973, el coronel Manuel Contreras se trasladó a Marcoleta 90, muy cerca de Plaza Italia, en Santiago. Ese edificio pasaría a ser el cuartel central de la DINA. En los altos de la ex sede del Poder Legislativo, frente al Palacio de Justicia, se ubicaron los civiles que habían pasado a conformar la Brigada de Inteligencia Ciudadana, BIC, conocida como la Brigada Miraflores, encargada de recabar datos desde empresas, hoteles, líneas aéreas, medios de prensa, embajadas, reparticiones públicas, colegios profesionales, sindicatos y en cualquier otra instancia que mereciese sospechas. Al iniciarse el mes de enero de 1974, la capitán de Carabineros Ingrid Olderock, paracaidista y avezada experta en artes marciales, inició el adiestramiento del primer curso de mujeres DINA, instaladas en varias modestas cabañas que habían formado parte de una colonia de vacaciones en Santo Domingo, que el coronel Contreras decidió ocupar sin miramientos ni formalidades. Simultáneamente, varias decenas de hombres que habían recibido formación básica en inteligencia viajaron a Santiago y a otras ciudades importantes para sentar las bases de las nuevas brigadas encargadas de los arrestos, de los interrogatorios y de la verdadera cacería de los militantes de partidos de izquierda. Los oficiales fundadores de la DINA, tanto del Ejército como de las demás instituciones armadas, fueron personalmente seleccionados por el coronel Contreras y, se suponía, eran los más decididos y los más capaces. En cambio, el personal de suboficiales puesto a disposición por las Fuerzas Armadas y Carabineros fue el que, en las respectivas unidades, resultaba más conflictivo: ebrios, personas con problemas conyugales o con lios judiciales pendientes, personal calificado en listas 3 y 4, etc. En un comienzo, los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas y de Carabineros, sin perder sus respectivas identidades, operaron sin mayores problemas bajo el mando unificado de Contreras. Tal buen entendimiento se prolongó hasta 1975, año en el que se institucionalizó la Escuela de Inteligencia del Ejército y se establecío en el fundo Los Morros de Nos, en un inmueble que fuera donado al Ejército por Sergio Fernández Larraín, antiguo político conservador. El coronel Contreras -hombre muy celoso de las exclusividades- no vio con buenos ojos el que se comenzara a establecer otra doctrina de inteligencia que la impartida en la ENI, Escuela Nacional de Inteligencia, instituto de la DINA que funcionaba desde 1974 en el ex fundo La Rinconada de Maipú, y cuyas instalaciones inmuebles fueron expropiadas a la Escuela de Agronomía de la Universidad de Chile. A tal molestia de Contreras se debe agregar la creciente antipatía e incompatibilidad que, desde fines de 1974, se empezó a producir entre el coronel y el general Odlanier Mena, director de Inteligencia del Ejército. En varias oportunidades, Mena se quejó ante el general Pinochet de que resultaba inconcebible que un coronel tuviera atribuciones mayores que las de los generales, lo que, por lo demás, era rigurosamente cierto. Además, las quejas de Mena hacían referencia a que Contreras se negaba, desde comienzos de 1975, a asistir a las reuniones de coordinación de la Comunidad de Inteligencia de las Fuerzas armadas, entidad no oficial que funcionaba en el edificio situado en Alameda con Presidente Ríos, a metros de la avenida Santa Rosa. Entre 1975 y 1977, las pugnas entre la DINA y las entidades de inteligencia de las Fuerzas Armadas y Carabineros se fueron haciendo cada vez más insostenibles, llegando al extremo de entorpecerse recíprocamente en la búsqueda y evaluación de informaciones. El teniente coronel (R) Sergio Fernández, director en 1975 de la Escuela de Inteligencia del Ejército en Nos, calificó al coronel Contreras como nazi y prepotente; ello, ante la presencia de la totalidad de los alumnos de la Escuela. El secretario de estudios de la Escuela, el mayor Riveros, advirtió a su jefe que midiera sus palabras ya que en ese curso había varios oficiales pertenecientes al arma de Ingenieros y, por ellos, próximos o conocidos del coronel Contreras. Las situaciones conflictivas se sucedían a diario, llegándose a pugilatos entre oficiales alumnos de ambas escuelas de Inteligencia, particularmente cuando había de por medio algunos tragos demás. En una oportunidad, en mayo de 1975, el entonces mayor José Zara Holger, que prestaba servicios en la DINA, encañonó con su revólver cargado y amartillado a un capitán que estaba haciendo el Curso Básico de Inteligencia en Nos, al tiempo que le exigía repetir que tal curso era una mierda. El capitán no tuvo más remedio que acceder al requerimiento de Zara. En la Junta Calificadora de Oficiales de 1976, por presión ejercida ante el Cuerpo de Generales por el propio Pinochet, el general Mena fue llamado a retiro, recibiendo como premio de consuelo la embajada de Paraguay. Contreras veía así parcialmente ganada su pugna con Odlanier Mena, habiendo crecido circunstancialmente la capacidad operativa de la DINA, entidad que, en tales condiciones, sólo continuaba teniendo rivalidad con un enemigo de importancia menor: la Dirección de Inteligencia de la FACh, lo que, al menos en el futuro inmediato, no representó dificultades para el coronel Contreras. A pesar de que, desde comienzos de 1975, con la anuencia de Pinochet, había quedado claramente establecido que la DINA sólo realizaría funciones de inteligencia política y, obviamente, las tareas de represión hoy ampliamente conocidas, y que las funciones referidas a la inteligencia militar serían tarea de los respectivos servicios institucionales, el coronel Contreras no perdió oportunidad para mostrar hasta donde podían llegar los brazos de la DINA. En marzo de 1975, la capitán de Carabineros Ingrid Olderock, adscrita a la DINA, fue consultada por Contreras por la posibilidad de infiltrarse en instalaciones militares en territorio peruano. La capitán -mujer extraña y muy decidida- tardó muy poco en aceptar la misión y en exponer a Contreras su H.F, historia ficticia. Ingrid Olderock aprovecharía su verdadera condición de pastora luterana y su perfecto dominio del idioma alemán para ingresar a Perú encabezando una delegación pastoral que promevería la lectura de La Biblia. Tal delegación estaría formada por seis mujeres jóvenes que en 1974 habían efectuado el primer curso de inteligencia p en Rocas de Santo Domingo. Las muchachas debían saber tocar guitarra y cantar razonablemente bien. Para cumplir su cometido, Ingrid requirió tan sólo una camioneta adecuada que tuviera patente de Alemania Federal y un sotck apropiado de Biblias. El resto sería de su entera responsabilidad. El coronel Contreras aceptó de inmediato. Una semana más tarde la capitán Olderock recibió la camioneta y toda la documentación probatoria del origen alemán del vehículo. Frenéticamente, la capitán la cubrió de calcomanías con motivos religiosos y con lecturas tales como ''Cristo Viene'' y ''La Biblia es fuente de salvación''. El paso siguiente fue instruir aceleradamente a sus agentes sobre la naturaleza de la misión a cumplir, para lo cual contó con la eficiente ayuda de Irma Guareschi, una de las asesoras predilectas de Ingrid Olderock. La misión de infiltración fue cumplida con el más amplio de los éxitos, superando incluso las expectativas originales del general Contreras. En poco más de un mes, la delegación pastoral recorrió todo el Perú, de sur a norte y de norte a sur, ingresando en todos los ámbitos militares que quiso. Con el pretexto de ofrecer ejemplares de La Biblia al personal de oficiales, suboficiales y tropa, la delegación ingresaba a los recintos y dedicaba a los uniformados conciertos de cánticos. Además, Ingrid Olderock, experta teóloga luterana, supo manejar muy bien su fingido mal uso del español para arengar a sus auditores en cuanto a la necesidad de preparar las condiciones para la Segunda Venida de Cristo. Fue así que se pudo comprobar que el Ejército peruano estaba empleando armamento soviético de última generación y que en los ejercicios de tiro de artillería se estaban empleando cartas topográficas editadas por el Instituto Geográfico Militar de Chile, en escala 1:25.000 y 1: 50.000, de las provincia chilenas de Arica, Iquique, Antofagasta y La Serena. también se pudo evaluar el nivel de preparación de las tripulaciones de los tanques soviéticos del Ejército del Perú, el que fue calificado de muy malo en el informe de Ingrid Olderock. Quizás si el más espectacular -ya que no el más productivo- resultado de la infiltración en el Perú de la capitán Olderock y de su delegación pastoral fue el haber podido haber ingresado a la base aérea ''La Joya'' de la Fuerza Aerea Peruana y haber fotografiado las formaciones de caza-bombarderos Mirage, elemento de reserva estratégica en la esperada guerra en contra de Chile. Igualmente se pudo contar con fotografías de oficiales cubanos, húngaros y soviéticos que se desempeñaban como instructores en las Fuerzas Armadas de Perú. La pugna entre los medios de inteligencia de las Fuerzas Armadas y la DINA encuentra una pintoresca y elocuente expresión en una situación producida durante 1976 en la provincia de San Antonio. Se tenía público conocimiento de que el ex Presidente Eduardo Frei viajaba con relativa frecuencia al balneario de Santo Domingo, hospedándose en la mansión de un enigmático y acaudalado empresario de origen hebrero de apellido Klein, y haciéndose acompañar la mayor parte de las veces por su ex subsecretario del Interior, Raúl Troncoso, o por Rafael Moreno. Era también de público conocimiento que Frei sostenía habitualmente reuniones con la ex diputada Juana Dipp y con el ahora también ex parlamentario Sergio Velasco, por entonces director del DUOC de San Antonio. Ambos eran activos dirigentes del entonces ilegal Partido Demócrata Cristiano. El CIRE de San Antonio, sin la anuencia del gobernador de San Antonio y director de la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes, coronel Julio Bravo Valdés, decidió seguir los pasos de Eduardo Frei. Para tal efecto se optó por un seguimiento vehicular, el que no dió más resultados que confirmar las reuniones del ex gobernante con sus camaradas políticos. El paso siguiente fue comisionar a un cabo adscrito al CIRE para que viera la posibilidad de infiltrar la residencia de Klein, cometido que dio buen resultado ya que el mayordomo de la casa resultó ser homosexual, por lo que accedió a que el cabo prestara servicios de jardinería. Al correr de una semana, el cabo del CIRE de San Antonio se movía a sus anchas en la residencia, habiendo logrado la instalación de micrófonos inalámbricos y pudiendo conversar en varias oportunidades con el ex mandatario. La primera detección de importancia que consiguió la infiltración fue comprobar la realización de una comida entre Frei y varios generales en retiro de Carabineros, en la que hubo ácidas referencias al gobierno de Pinochet. Además y gracias al sistema de micrófonos, se pudo establecer la totalidad de los nexos sociales y políticos del ex gobernante en el área comprendida entre Melipilla, Algarrobo y San Antonio. Con tales logros, el teniente a cargo del CIRE se decidió a informar al coronel Bravo de la acción realizada. El coronel, saltándose los conductos normales y por una motivación de solidaridad entre compañeros de arma -ambos de ingeniería- informó del logro obtenido por su gente al director de la DINA, quien aprobó entusiastamente la infiltración y ofreció su colaboración para ampliarla. Pero, paralelamente y por un móvil de astucia, Bravo informó lo mismo a su superior directo, el comandante de Institutos Militares, general Julio Canessa Robert. Canessa, tras haber felicitado a Bravo por lo que estimó una proeza de inteligencia, ordenó tajantemente, luego de tres días, que se dejara sin efecto todo lo logrado. ¿Qué había ocurrido? Simplemente, que la Dirección de Inteligencia del Ejército, informada por Canessa, desaprobó absolutamente que un CIRE estuviera prestando servicios a la DINA; ello, a pesar de los obvios buenos antecedentes que se estaban obteniendo con la infiltración. Otro aspecto, esta vez casi anecdótico, tuvo como escenario también la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes. A comienzos de 1974, el sacerdote de nacionalidad estadounidense, Gerald Brown, integrante de la congregación de la Holy Cross, comenzó a servir el cargo de párroco de la iglesia de Rocas de Santo Domingo. Desde el principio, el padre Brown hizo pública ostentación de su simpatía por la Junta Militar que había derrocado al Presidente Allende, llegando a desempeñar la capellanía honoraria de la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes y oficiando una o dos veces al mes la eucaristía para el general Augusto Pinochet en el predio de Bucalemu cuando éste pasaba algunos fines de semana de descanso en tal lugar. Además, durante 1974, el sacerdote realizó un par de giras por los Estados Unidos en las que dictó conferencias en favor de la legitimidad del golpe militar chileno. En conversaciones privadas con un teniente de la Escuela de Ingenieros, el padre Brown reconoció haber sido uno de los propiciadores de la edición y venta en Chile del libro Nadie se atreve a llamarlo conspiración, texto escrito por católicos conservadores estadounidenses y que denuncia la existencia de la sinarquía, supuesta alianza de los potentados económicos de todas las nacionalidades para el dominio mundial. El concepto de sinarquía (en griego, cogobierno o gobierno conjunto) es denominado por otros tratadistas ''mundialismo'', contexto en el que existía una confabulación judeo-masónica-marxista para uniformar la vida de los pueblos del mundo, arrasando para ello con cualquier vestigio de tradición o de cultura locales. Se debe anotar que sólo una edición de Nadie se atreve a llamarlo conspiración, prologada por Gonzalo Ibáñez Santa María, circuló en Chile durante 1974. Consultado el padre Brown en torno a tal hecho, respondió en su mal español: -Es la conspiración, es la conspiración... No obstante, el sacerdote pudo obsequiar un ejemplar al general Augusto Pinochet, señalando después que éste se había sentido vivamente impresionado por el contenido de la obra. El padre Brown -antes de caer en desgracia- llegó a tener una estrecha relación de amistad con Pinochet, departiendo con éste largas sobremesas en los almuerzos de Bucalemu. Un primaveral domingo de noviembre de 1975, el ex presidente Eduardo Frei, acompañado por su ex subsecretario del Interior, Raúl Troncoso, asistió a la misa del mediodía en la parroquia de Rocas de Santo domingo. Era usual que después de cada oficio dominical el padre Gerald Brown saliera a departir con sus feligreses en el atrio de entrada de la iglesia. En esa oportunidad, el ex gobernante tuvo la obvia idea de ir a presentar su saludo al sacerdote, el que dió a Frei un efusivo apreton de manos. Tal gesto fue visto por todos los asistentes a la misa y reputado como un simple acto de cortesía. Pero Inés de Gálmez, cónyuge del entonces edil del balneario, Domingo Gálmez, no compartió la apreciación general y se apresuró a tomar inmediato contacto telefónico con Lucía Hiriart de Pinochet, su jefa en CEMA Chile, ante quien denunció la ''irresponsabilidad de este cura de mierda''. Una semana después, el entonces director de la Escuela de Ingenieros, coronel Manuel de la Fuente, recibió un oficio proveniente del jefe de la Casa Militar de la Presidencia de la República, en el que se le indicaba que, ''por haber incurrido en conductas públicas inconvenientes'', el sacerdote Gerald Brow quedaba impedido de ingresar al cuartel de la Escuela de Ingenieros y al predio de Bucalemu. El coronel de la Fuente -hombre poco dado a discutir- se apresuró a dar cumplimiento a la disposición, a pesar de ser católico observante y amigo del clérigo. Un teniente de la Escuela de Ingenieros continuó invitando a su casa al sacerdote ya que éste prestaba asistencia sacramental a su anciano padre. El coronel se percató del hecho y llamó al oficial a su despacho. -Oiga joven. ¿Usted no sabe que el padre Brown no puede ingresar al recinto de la Escuela? -Mi coronel, mi casa, aunque sea fiscal, es mi casa y ahí mando yo. Además, el padre Gerald es mi amigo y le lleva la comunión a mi padre. -De acuerdo. Entonces, la próxima vez que el padre Gerald venga a su casa, usted viene al día siguiente a firmarme su hoja de vida con un día de arresto, -A su orden, mi coronel, pero yo me veré obligado a reclamar en su contra. Afortunadamente para el teniente, el coronel de la Fuente, fuera de ser poco dado a discutir, sentía un horror enfermizo por la posibilidad de reclamos en contra. El padre Brown continuó visitando la casa del oficial. En febrero de 1976, asumió la dirección de la Escuela de Ingenieros el coronel Julio Bravo, hombre dado a hacer prevalecer sus fueros y ferviente católico. Una de sus primeras gestiones fue averiguar lo ocurrido con el padre Gerald Brown, por estimar que el personal bajo su mando necesitaba de asistencia religiosa. Enterado de toda la situación, Bravo se comunicó por el teléfono ministerial con su amigo personal, el entonces coronel Manuel Contreras, director de la Dina, y le pidió que apoyara la rehabilitación del sacerdote. Contreras, que estaba perfectamente al tanto de la injusticia hecha al padre Brown, se apresuró a comisionar a dos oficiales de su dependencia para que visitaran al clérigo y emitieran un amplio informe precisando la realidad de lo ocurrido. El 12 de abril de 1976, dos capitanes de la DINA se entrevistaron con el padre Gerald Brown en el cuartel de la Escuela de Ingenieros, asegurando posteriormente al coronel Bravo que el problema quedaría resuelto en breve plazo. Sin embargo, luego de haber transcurrido un mes, nada indicaba que se hubiera rehabilitado desde la Casa Militar al párroco de Rocas de Santo Domingo, A fines del mes de mayo de ese año, el coronel Bravo recibió aviso de que el general Pinochet pasaría dos días en el predio de Bucalemu. -Esta es nuestra oportunidad. le vamos a decir a mi general Pinochet que la DINA le dió el visto bueno al cura Brown-, comentó el oficial a su ayudante. El coronel Julio Bravo y su ayudante se trasladaron a Bucalemu a esperar la llegada del general Pinochet, quien viajaba desde Santiago acompañado de su esposa. Era la tarde de un viernes. Cuando Pinochet hubo llegado, todos los presentes se instalaron a tomar té en uno de los salones de la residencia de Bucalemu. Se comenzó hablando de temas generales, por ejemplo de cómo se estaba presentando la situación entre los portuarios de San Antonio, ámbito de tradición izquierdista. Al cabo de una hora de conversación, Pinochet impartió instrucciones sobre sus dos días de descanso. -...y me gustaría, Bravo, que se hiciera misa este fin de semana; usted sabe que hay que estar bien con el caballero de arriba-, dijo al coronel. Bravo dirigió una furtiva mirada a su ayudante. -Mi general, yo pienso que sería la oportunidad de que el padre Gerald Brown volviera por estos lados. Usted sabe que la DINA elevó un informe que... -¡Por ningún motivo, Augusto!, intervino furibunda doña Lucía. -¡Yo no voy a permitir que ese cura bolsero, que venía puro a tomarte el whisky, y que se permitió darle la mano en público a ese canalla de Frei, vuelva a pisar esta casa!-, agregó. El general Pinochet dirigió a Bravo una elocuente mirada. -Mi amigo, en esta vida hay que saber perder-, comentaría más tarde el padre Brown a su amigo teniente El personal que llegó a trabajar en la DINA se estima en varios miles de personas. Su estructura interna varió constantemente según las necesidades operativas que cambiaron varias veces entre 1973 y 1977. Poco antes de ser disuelta, en la DINA funcionaban agrupaciones, unidades, brigadas, departamentos y cuarteles, todos ellos con jerarquías y mandos muy claramente establecidos. A continuación, algunos aspectos de la estructura de la DINA: DIRECCION.- Durante toda su existencia la DINA tuvo en este cargo al coronel Manuel Contreras. Junto a él trabajaban personas de su absoluta confianza como Néliga Gutiérrez, su secretaria privada, y el oficial de Ejército Alejandro Burgos, oficial de enlace, asistente y coordinador del director. Más tarde fue reemplazado por Hugo Acevedo Godoy. ESTADO MAYOR.- Son diversas las versiones acerca del número de integrantes que tenía. Se sabe que lo integraron Rolf Wenderoth, César Manríquez Bravo, Vianel Valdivieso, Raúl Eduardo Iturriaga Neumann, Hernán Brantes Martínez, Marcelo Moren Brito, Maximiliano Ferrer Lima, Víctor Hugo Barría Barría y Germán Barriga Muñoz, entre otros, todos oficiales de Ejército. SUBDIRECCION.- Al principio fue el contralmirante Rolando García y le siguió el oficial de Ejército Gerónimo Pantoja, quien tuvo un papel más importante que su antecesor. DIRECCION DE OPERACIONES.- Este cargo fue creado cuando la DINA tuvo una estructura claramente definida y pareció necesario reemplazar el Estado Mayor. El jefe de esta instancia fue el teniente coronel Pedro Espinoza, conocido como ''Don Rodrigo'' y que antes de llegar al cargo se desempe