TANGO DEL MUDO Luis Benítez PRIVATE **************** Capítulo1 El 4 de enero de 1997 Pascual Contursi sacudió tres veces el mate ya cargado y, mirándome con satisfacción, virtió la proporción justa de agua y se tomó el primero. Desde el amplio ventanal de su piecita podíamos ver aquella esquina para la que alguna vez había escrito unos versos que desechó después. En los meses que llevábamos de amistad nunca me los había leído, pero sí se había referido a ellos con el desdén que sentía por cuanto no lograba concretar. -Me da bronca, che- me dijo, extendiéndome el mate. -¿Qué?- respondí rechazándole el ofrecimiento, como siempre. Reparó en el café que él mismo me había preparado como si viera por primera vez una taza y se tomó el segundo después de soltar un largo suspiro de los suyos. -Lo de los giles éstos, que no la vieron ni por asomo- respondió. Yo sabía la que se venía. Iba a contarme de vuelta cómo sus compañeros de fábrica habían sido persuadidos por el delegado socialista, cómo en la asamblea general -todo había sucedido unos dos años antes, pero para Contursi el paso del tiempo no existía- su propuesta solitaria de lanzar la huelga general por tiempo indeterminado había sido recibida con silbidos primero e insultos después, bajo la mirada socarrona de su rival. El tipo siempre le hacía lo mismo: lo dejaba hablar y con eso bastaba para ponerle a todo el mundo en contra. Contursi era el único que había seguido ácrata, cuando todos se habían pasado al socialismo. Las abundantes citas que hacía de Bakunin y Kropotkin no contribuían a ganarle las voluntades de los desertores. Menos todavía la furia que lo invadía a medida que se escuchaba y percibía que los demás iban, paulatinamente, dejando de hacerlo. Entonces, y era más fuerte que él, terminaba injuriando a la audiencia y, en varias ocasiones, los socialistas se habían tenido que poner en el medio para que no le rompieran la cara sus mismos compañeros. Paternales, llenos de compasión por aquel a quienes ellos llamaban -nunca en su presencia, por supuesto- el "loco Contursi". Contursi, un hombre que comía solo, de pie, a un costado de los demás, cuando tenía qué comer. Contursi no se enojaba por grados: explotaba como una garrafa. Por eso no moví un párpado cuando, ya decididamente engranado, clavó el mate sobre las hojas de "La Prensa" que habitualmente le servían de mantel en aquella única habitación y derramó la mitad del contenido sobre el diario: "Ahora viene lo de Betinotti", pensé. Y vino lo de Betinotti, como parte de un libreto que su mente se obstinaba en repetir. "El Tano", como le decía Contursi, había sido el único que no había votado en contra de su moción de huelga, pero lo habían internado al día siguiente en el Muñiz, tras unas escupidas de sangre y otro desmayo. En el hospital, cuando recuperó el conocimiento, lo único que preguntó fue si el "Loco" había logrado imponer su propuesta. Le mintieron que sí. Contursi, ya furioso del todo, daba vueltas por la pieza perdido en su monólogo. Cada tanto se paraba delante del reloj de pared, lo único que había heredado de su padre y que daba clavadas las once de la noche cuando lo miré. En sus ataques de furia, Pascual increpaba al mecanismo que, en su imaginación, vaya a saber uno quién venía a personificar entonces, si uno de los delegados socialistas o uno de los desertores, como él llamaba a los demás. Aproveché para volver a mí mismo, Contursi iba a seguir solo hasta, por lo menos, la una de la madrugada. A las cuatro teníamos que tomar al vapor de la carrera que nos llevaría hasta Colonia, donde teníamos que actuar ese mismo día, conque había tiempo y, además, ya habíamos decidido no dormir aquella noche. Los montoncitos de yerba húmeda habían tapado las noticias de la semana anterior, las amenazas de un avance alemán sobre algún punto de las fronteras, la crónica de las apresuradas evacuaciones, las contradictorias especulaciones sobre una inmimente declaración de guerra y el prudentísimo comentario del periodista local sobre lo que todos ya empezábamos a llamar "la Guerra Europea". De soslayo, miré de nuevo a Contursi, por las dudas. Mi amigo seguía increpando al reloj. Todo estaba bien. Podía recordar yo sin problemas mis propios libretos, no menos increíbles que los de él. Lo sabía: en las próximas dos horas no iba a prestarme la más mínima atención. Había comenzado a llover y el ruido del chaparrón, pese a los gritos de Contursi que lo tapaban de tanto en tanto, era agradable. Sin embargo mi cabeza, como la de Pascual, ya estaba en otra parte. En un día de sol de invierno, cuando le firmé al cartero el telegrama de despido que venía presintiendo desde que los avisadores, de a uno en fondo, habían comenzado a irse de la revista. Que me iban a rajar lo sabía, pero no esperaba que fuera tan pronto. Recuerdo que subí hasta mi departamento pensando ya en el juicio inútil, en las veces que iba a tener que ir a Tribunales, en las palabras de aliento que iba a intentar darme mi abogado, aquel atorrante que en la escuela primaria se copiaba de mí y que terminó siendo el único de nosotros que se recibió de algo. Hice un bollo con el papel ese y lo tiré al tachito de la basura. Iba a ser estúpido de mi parte iniciar el juicio, no iba a poder embargar nada, pues todo en aquella pretenciosa oficina era alquilado y, encima, yo no tenía un solo recibo de sueldo. Me la habían hecho de vuelta, como siempre. Con el paso de las semanas comprendí que nada iba a lograr tomándome la poca ginebra que me quedaba, ya desde la mañana, y que al ir a hacer la única comida del día en lo de mi tía su marido me miraba mal y se callaba. Cuando ayudaba a mi tía a levantar la mesa el tipo también se callaba, pero yo sabía que conocía cuánto me daba ella en la intimidad de la cocina, mientras lavaba los platos, metiendo sus manos arrugadas en el delantal y buscando el monedero. Seguramente el tipo se callaba sólo cuando estaba yo. Una vez hizo una referencia lateral a uno de sus compañeros de oficina y manifestó que un hombre que a los cuarenta años no tiene hecha una carrera y un pasar ya no levanta más la cabeza y dejé de ir. Esa tarde puse sobre la mesa de mi comedor todo lo que me quedaba y pensé que había aguantado bastante con tan poco. Casi un mes. No me quedaba para tanto, consideré, y me serví un vaso grande de ginebra, en el chop que usaba sólo cuando se imponía meditar sobre importantes decisiones. Pero la cabeza se me fue hacia Leonor. Traté de volver a lo questaba pensando antes pero volvió su cara, volvieron sus manos, volvió la única noche que habíamos tenido, a escasos veinte días de haber comenzado yo a trabajar con ella en la revista. Retornaron sus palabras de despedida, dichas en el bar de la vuelta, sintéticas, exactas, irrefutables como todo rechazo de mujer y me vacié el chop y me serví otro y me lo mandé en dos tragos y después me acordé de que me había metido los cuernos en los meses subsiguientes con media oficina -me obstinaba diciéndome que me había metido los cuernos y obviando que antes había tenido la atención de mandarme al carajo con aquellas sus palabras exactas e irrefutables- y me serví más ginebra. Quizá ella seguiría trabajando allí, pensé, aunque prefería imaginar que la habían despedido como a mí y que al quedarse en la calle me había destinado algún recuerdo, aunque ni se molestó en saludarme cuando me echaron a la calle. El teléfono me lo habían cortado hacía ya dos semanas, pero había tenido tiempo y no había tenido ganas, me dije, y fui por el cuarto chop, y por los pocos otros recuerdos que de ella podía guardar, a la cocina. No sé si puse la radio o si sólo fue la ginebra, pero la cara estúpida y segura de sí misma de Leonor diciendo aquellas precisas palabras ocupó toda mi mente y me largé a llorar como un idiota. No compré ese día el "Clarín" para ver qué había en los avisos clasificados, no me saqué definitivamente a Leonor de la cabeza ni tomé ninguna otra decisión. Tampoco lo hice al día siguiente y cuando encontré el sobre que me había pasado mi tía por debajo de la puerta, dos días después, seguía igual. Las facturas de la luz, del gas y de Obras Sanitarias las usé un tiempo como posavasos, para no marcar la mesa del comedor y después las tiré a la mierda, mientras que las latitas de paté de foie, vacías, las fui guardando quién sabe para qué. Cómo se me ocurrió escribirle una carta, una carta de amor a Leonor, no lo recuerdo, aunque puedo acordarme de lo que metí en el sobre con total exactitud: Buenos Aires, l3 de octubre de 1996 Leonor querida: Ya ves, te escribo una carta de amor. Y no me da vergüenza, porque sé que vos vas a entender lo que te digo. Todo este tiempo que pasó, como una pesadilla, fue un infierno para mí. Verte y que no me hablaras, verte y que ni siquiera me miraras, no fue algo que me hiciera amarte más de lo que ya te amo, porque creo que no puedo ir más allá. Sí, lo que hizo fue mostrarme que el horror de no tenerte podía ser mayor. Y no quiero volver a pasar por eso, porque sé que no lo voy a poder resistir mucho más. No puedo estar sin vos; aunque no seas mi pareja, aunque no me quieras, por favor hablame, dirijime la palabra, porque yo me muero si vos no estás en mi vida, aunque de una manera tan mínima como la que antes, cuando me dejaste, me propusiste: ser nada más que compañeros de trabajo. Vos no sos para mí eso. Sabés muy bien que para mí sos el amor de mi vida, que yo estoy loco por vos y que lo único que quiero es que, alguna vez, me dejés quererte como yo te quiero. Pienso todo el día en vos, no hago más que tenerte en mi mente y ver tu cara, tu linda carita que me persigue y donde se resume todo mi ser. Nada me importa que pensés en otro, yo igual te amo. Hacé lo que vos quieras, de todas maneras no vas a poder evitar que mi corazón sea todo tuyo y que yo me muera por vos. Amor mío, no sé de dónde saco tanta confianza para decirte esto, cuando sé que no me querés y que no te importa nada que yo esté loco por vos. Sé que el cretino que lleva esta carta ignora lo que lleva; sé que el cartero tiene en su bolso, como esta, muchas otras cartas de amor, escritas por otros hombres para otras mujeres, pero también sé que ninguno está tan enfermo de amor como yo. Y es por vos. No sé qué tenés que me volvió loco desde el primer día que te vi, esa tarde en que te conocí, antes de empezar a trabajar en la revista. Cuando te diste vuelta y me miraste, allí mismo me di cuenta de que nunca más iba a poder sacarte de mi corazón. Cuando nos presentó Giménez y después me fui, con la condición de empezar a trabajar al otro día, sentí que estaba ansioso por dos cosas: porque te iba a volver a ver y porque, después de pasarla muy fulera tras mi regreso a Buenos Aires, tenía un nuevo laburo más cerca de lo que a mí me gusta hacer. Pero en ese orden. Y lo demás ya bien lo conocés: además, como vos con toda crueldad bien me lo dijiste, cuando te hablo de amor vos te aburrís, porque repito las mismas palabras. Pero, aunque te molestes, aunque te aburras, son siempre las mismas: que te amo, te extraño, que no puedo estar sin vos. Que ya no sé como hacer para que, al menos, me dés un espacio de lo más mínimo en tu corazón, cuando en realidad lo quiero todo. ¡Cómo quisiera que vos me amaras! Cómo sería de feliz si vos estuvieras conmigo. Apenas me puedo imaginar cómo sería si fueras mi pareja, mi mujer. Porque yo lo que quiero es vivir con vos, comprenderte y tenerte y que vos me comprendas y me tengas -aunque ya me tenés y soy todo tuyo, vos sabés cuál es la diferencia- y hacer que todo lo que fue dolor en tu vida y en mi vida, se transforme en otra cosa: en aquel ideal que vos y yo soñamos con otras personas y que ahora sólo yo sueño con vos. Porque no te estoy diciendo que lo que quiero con vos es salir solamente, ni estar un rato. Yo a vos te quiero para toda la vida. Para entenderte y quererte como vos te lo merecés; que no hace falta que te diga que sos una gran mina, la más linda y la más dulce mujer que yo conocí -aunque conmigo seas tan, tan cruel, precisamente porque sabés que te quiero tanto. No me dejés, porque todo lo que yo soy no vale nada si vos no me querés. No me importa que me hayas abandonado; no me importa que continuamente me digás, con palabras y con actitudes, que yo no soy nada en tu vida. Amor de mi vida, vos sabés la valentía que hay que tener para decirle esto, para entregarse tanto, a otra persona. Por tu sensibilidad, por todo eso maravilloso que sos, por lo que más quieras, dejame quererte y no me niegues tu corazón, que vos y yo nos merecemos el uno al otro. Por favor, quereme cmo yo te quiero o dame aunque sea una esperanza, porque yo me estoy muriendo por vos y vos no te das cuenta o no te animás a que te quieran tanto y a que vaya en serio. Porque entendí que tratar de olvidarte es imposible: probé con otras mujeres, con Marcela, con Graciela, con Gabriela (que sigue intentando que yo esté con ella, buscando cualquier excusa para hablarme) pero es imposible. Perdoname, pero muchas veces, con otras, deseé no quererte tanto, no estar pensando en vos cuando estoy con otra. Pero no puedo. Sencillamente, me quedo mirándolas y pienso en lo feliz que yo sería si en vez de ésa, fueras vos quien estuviera enfrente mío, conmigo. Incluso fui al mismo hotel donde estuvimos juntos y me puse a llorar con otra, porque ella no eras vos. Y estoy tan desesperado que ya no sé qué hacer, porque vos no me querés y yo no quiero a otra que no seas vos. Por favor, no te molestés por todo esto que te declaro, amor mío, porque lo último que quiero es que vos estés mal. Quiero que seas feliz, pero que lo seas conmigo. No quiero molestarte, no quiero que me sientas como a un pesado que te fatiga reiterándote que te amo, que te amo y que te amo. Pero por favor, entendeme, yo no puedo estar sin vos y ya no sé cómo hacer para bancarme todo lo que me pusiste en el corazón. Te amo, te amo, te amo, te lo repito sin esperanza y con todas las esperanzas del mundo. Una historia de amor, de todas las que fueron, tiene que terminar bien. Y quiero que sea esta. La tuya y la mía. Te quiero y te querré siempre. Quereme vos también. Te adora, Severiano. Cuando mucho después de escribirla o mucho antes, se la recité a Pascual Contursi, la carta le mereció un juicio tan generoso que comprendí que por entonces ya éramos amigos. Esa semana Leonor no contestó mi carta. Tampoco lo hizo lo siguiente. Sí recibí una carta de mi tía, con pocas faltas de ortografía. Parecía que se la habían dictado, porque ella no era capaz de hablar así. Pobre vieja, lo que le habría costado escribirla. Y como el paté de foie y la ginebra se estaban terminando, rompí su carta en tres partes y me serví los últimos cinco chops bebiéndolos con cautela. Tenían que durar hasta la seis de la mañana. A esa hora el vecino de abajo recibía el "Clarín". Se lo robé tres días seguidos. Fui dos veces a buscar trabajo como vendedor, pensando que Felisberto Hernández había sido corredor de medias en alguna oportunidad. Nunca recibí respuesta. Algunos días después decidí convertirme en repositor de un supermercado. Me rebotaron por la edad. No es prudente tener cuarenta años y ningún empleo. El vecino de abajo, que además de lector del matutino era el administrador del edificio, me saludó mirando a otra parte, mientras subía las escaleras peinándose una inexistente cabellera. Cuando llegué a casa encontré el detalle de los gastos del edificio, que alojé prolijamente debajo de un chop cuyo contenido rebajé con agua para acrecentarle la duración. Esa noche le volví a robar el "Clarín". La fila de tipos doblaba la esquina. Aquella semana, mientras llenaba formularios y volvía una y otra vez a formar la fila que cada vez exhibía menos caras conocidas pero que era igual de larga, llovió dos veces y yo era casi el único que tenía paraguas. Donde comenzaba la fila, tapando la entrada, un gordo de uniforme azul -que terminó haciéndose el simpático con nosotros- repetía una y otra vez que los que no fueran argentinos nativos no tenían ninguna chance. Había dos hermanos paraguayos que, sin embargo, seguían cada día esperando por las dudas. Cuando los rechazaron me tocó el turno a mí. Esperé todavía cuatro horas más, en una sala repleta, a que nos llamaran para la revisación médica. Y después, las huellas digitales. Finalmente un tipo con cara de rata, que también escribía a máquina con dos dedos, cebaba mate y atendía el teléfono, nos separó en grupos de diez y nos introdujo en los secretos del trabajo como personal de seguridad. Mi grupo lo componíamos ocho hombres y dos mujeres de unos treinta años, que se habían sentado siempre juntas. Una de ellas, cuando el cara de rata sacó un revólver con ademán de suficiencia e hizo girar el tambor vacío, diciendo dramáticamente "Esto es un arma y espero que no tengan que usarla nunca...", tomó su cartera gastada y se retiró. La otra primero dudó en seguirla, pero siguió allí. El cara de rata ni miró a la desertora. Todo parecía entrar en sus cálculos. -Vamos por partes, dijo el descuartizador- se hizo el gracioso Cara de Rata- el que quiera irse lo puede hacer ahora o en cualquier otro momento, antes de que les asignemos sus destinos. Ninguno de nosotros se movió. Con satisfacción o algo parecido, Cara de Rata siguió con su discurso; un petiso que estaba detrás suyo lo interrumpió enseguida para manifestar que sabía artes marciales. Alguno se rió. No supe con qué expresión Cara de Rata lo miró al petiso karateca, porque cuando se volvió hacia los que estábamos delante lucía la misma y siguió explicando el correcto manejo de un 32 largo, cuándo y cómo había que emplearlo, en qué condiciones debíamos mantener el uniforme marrón que él mismo vestía y cuánto nos iba a descontar la empresa si perdíamos alguna de las prendas. Un tipo más joven que yo preguntó si era obligatorio usar la gorra con visera y logotipo, imitación de las policiales, y Cara de Rata le contestó que sí. El petiso marcial preguntó por el sueldo y Cara de Rata le respondió que de ese detalle y de otros se iba a ocupar no sé quién cuando él terminara. Me fijé en que entonces, mientras hablaba, miraba seguido su reloj pulsera. Luego agregó dos o tres párrafos sobre el honor que representaría para nosotros llevar el uniforme y las insignias de una de las empresas más antiguas y prestigiosas del rubro vigilancia y dio por concluida su tarea, indicándonos que devíamos pasar al siguiente salón. Detrás nuestro entró otro grupo de diez tipos y Cara de Rata volvió a sacar su revólver descargado. Como fui el último en salir, escuché cómo empleaba con ellos exactamente las mismas palabras que había usado con nosotros. En el siguiente salón llenamos nuevos formularios y se los entregamos a una mujer de unos cincuenta años que, con expresión de furia contenida, nos iba tomando el talle de chaqueta y pantalón, y preguntando máquinalmente cuánto calzábamos. Una chica de uniforme, a su lado, anotaba todo en una planilla y una tercera le alcanzaba a la cincuentona camisas amarillas, pantalones y camperas marrones y zapatos oscuros de los estantes que se extendían por toda la habitación. Las prendas lucían gastadas y algunas estaban remendadas. Uno se quejó y lo hicieron salir. No volvió a entrar y nadie preguntó más nada. Firmamos recibos por todo lo que nos llevábamos y luego, siempre en fila, pasamos de a uno por una oficinita donde un tipo, con aires de suficiente y vestido de civil, me miró por encima de los anteojos. -El cabello muy largo, che- dijo tocándose la nuca. -No hay problema. Me lo corto antes de ir a trabajar- me oí decir. -Bien. Muy bien- aprobó el tipo y aceptó un mate que le extendía una chica de uniforme que ni siquiera me miró- pero acá decimos ir a 'tomar servicio"- sonrió paternal - no se preocupe, ya se va a acostumbrar a hablar como nosotros. ¿Dónde vive, che?- Le dije. -Entonces le conviene, digo, por lo cerca, el Hogar de Ancianos "Bernardo de Monteagudo". Buen ambiente -no me dejó contestarle y prosiguió- pocos líos, lo tiene cerca... ¿Qué turno eligió, mañana, tarde o noche? Le dije. -Ahhh, le gusta dormir... bueno, de 14 a 22 y empieza mañana. Váyase media hora antes -anotó mi nombre en una lista y lo tildó- véalo a Valentini, el jefe de turno, de mi parte. Listo, ya tiene trabajo. Quiere saber cuánto va a ganar, seguro. Le dije. Cuando me informó la cifra creo que no expresé nada, ni con palabras ni con gestos. -Sabemos que es poco, pero se habla de un aumento desde hace seis meses y, además, piense que no va a hacer mucho más que pasear. Los viejitos, ya le digo, no traen problemas ¿vio? y además, che, tome en cuenta que le van a dar de morfar. Se ahorra el morfi... Bueno, qué hago ¿lo borro o lo dejo? Ya lo anoté y necesito uno en el Hogar... Le dije. --¡Macanudo!- me extendió una mano pequeña y blanda y se dirigió a la chica inexpresiva de los mates, mientras me sacudía apenas la mía- Chichi, hacé pasar al que sigue. Chau, Cárdenas Severiano... Cuando iba a salir volvió a llamarme de esa manera, pero sin sonreír. -Cárdenas Severiano, el cabello, acuérdese. Y estése media hora antes. No se olvide- Mientras recordaba cómo había salido de aquel lugar, con la ropa que me habían dado doblada dentro de una bolsa de residuos, volví a mirar a Contursi. Se había callado y, sentado frente al ventanal -seguía lloviendo- había desenfundado una de las guitarras y comenzaba a rasguear un cielito. Pero lo dejó con gesto de disgusto y atacó los primeros compases de una milonga campera, con aquel gesto abstraído que tan bien le conocía. Adiviné que el motivo de su ensimismamiento no estaba en Buenos Aires ni en Colonia, sino en Montevideo, donde teníamos también contratada una presentación, a cumplir luego de pasar por Colonia. Pascual había insinuado algo cierta vez, pero, como no se explayó más, yo tampoco le pregunté. El café estaba frío, conque fui a calentarme más en la cocinita a querosén donde también preparábamos las dos comidas del día. Cuando yo no venía a hacerle compañía, Pascual Contursi camina veinte cuadras hasta la Calle de la Victoria, donde un menú económico y un ambiente de trabajadores, ladrones y gigolós de poca monta le estimulaban la imaginación y las ganas de comer. Otras veces, se olvidaba de arrimar algo a su estómago y seguía hasta el día siguiente a mate y galleta. Un estómago de hierro y la falta absoluta de noción del tiempo que le había invadido desde aquel día, ya lejano, en que había dejado para siempre la tejeduría Bernasconi para dedicarse de lleno a la guitarra y los versos, le permitían mantenerse con ese régimen incluso -yo lo comprobé al hacernos más amigos- durante tres días seguidos. Tampoco le importaba mucho dormir o no hacerlo por igual período. -Che, Cárdenas- me dijo, dejando de lado la guitarra. -Sí, viejo- le respondí. -Che, Cárdenas, fíjese si quedó algo potable en el aparador, ya que está parado- Fui hasta el mueble y abrí la puertita de arriba a la izquierda, que Contursi llamaba "el arsenal". Detrás de un paquete de yerba había un porrón de Llave, de barro, que saqué y sacudí cauteloso. -¿Medio lleno?- preguntó. -Así, así- -¿Da para charlar un rato?- -Como hasta las tres y pico- -Salimos a las tres y media y vamos caminando hasta el puerto. Va a parar- vaticinó- traiga para acá. Tomé dos vasos y acercándome a la mesa, donde él ya estaba acodado, serví generoso. Contursi miró su ginebra como calculando palabras y luego, sin decir nada, se puso el contenido del vaso entre pecho y espalda de un solo trago. Le gustaba hacer todo así, de un solo trago. -Para ser anarquista, no le hace demasiado asco al dios espirituoso- dije, saboreando lo que tenía en la mano. -Eso se lo dejamos a los socialistas- bostezó - nosotros entendemos un poco más de cosas espirituales- Si venía con tantas fintas, siendo de costumbre tan directo, la cosa venía cargada, pensé. -Largue- -¿Largar, qué?- repuso. -Si piensa seguir así hasta que haya que embarcar, me voy nadando y lo espero en Colonia- -No rompa, Cárdenas. Siempre está jodiendo- simuló enojarse- y póngame más que la compré yo- -¿No era que no creía en la propiedad privada y todo eso? ¿Ahí?- -¡Qué ahí ni ahí! No ahorre... bueno, ya es bastante- También se la mandó de un solo trago. -Hace dos noches estuve en el Petit, con ese cajetilla de Marconi- -Ajá- dije, simulando ver llover. -Charlamos de todo un poco, como siempre, y me contó del Tano- -¿Cómo anda Betinotti?- -Marconi le consiguió algo...- musitó mirando para abajo y dando golpecitos rítmicos con las uñas en el vaso vacío. Me quedé callado. Con Pascual, a veces, quedarse callado era la mejor decisión. -Le consiguió un número en el circo de Frank Brown, después de la ecuyére y antes de los trapecistas... son variedades ¿sabe? Está bien visto... El circo llegó al baldío de Liniers hace dos meses y se llena de gente casi todos los días. Ese yankee sí que sabe hacer lo suyo- -¿Y desde cuándo a usted le importa que algo esté bien o mal visto por nadie? -No, pare, hermano, no me interprete mal... -No lo interpreto mal, creo que lo interpreto correctamente: usted lo quiere bien al Tano y le hace sufrir que tenga que actuar allí, mientras los enanos revolean los bolos... Repentinamente, Contursi me parecía un desconocido. -No. No es eso- se recuperó- es que me molestó tanto la cara de benefactor de la humanidad que puso Marconi cuando me contó lo que había hecho, que me levanté y me fui... -Mal hecho. Tenía que haberse quedado -le dije- después de todo, Marconi será un cajetilla, un engrupido y un atorrante, pero acuérdese de que fue él quien le consiguió tocar en aquella fiesta por el Maldonado y que así zafó casi un mes...- -Sí, sí- se fastidió- ya sé que tiene razón. Tiene razón, está bien -repitió, por la cara que le puse- usted sabe que a mí también me importa un carajo dónde hay que rascar la bordona si de ganarse el buyón se trata... Pare, escúcheme ahora que arranqué... Usted sabe que el Tano, después de Gabino Ezeiza, por supuesto, debe ser el mejor payador que pasó por este criollo mundo... -Después de Gabino, sí, no tengo ninguna duda- admití. -Bueno... ¿y a usted le parece que hay justicia en este mundo, cuando está pidiendo aplausos en un circo, aunque sea el de Frank Brown?- Dicho esto, Contursi pegó un puñetazo sobre la mesa yllevaba dados varios esa noche. Vivía reprochándole cosas a este mundo. Siempre tenía razón. -¿No le parece, Pascual, que peor estaba hace seis meses, como usted me dijo, tirado en una cama, sin fuerzas ni para apretar los trastes?- repuse - además, si el tipo quiere presentarse en público, es que tiene intenciones de volver por sus fueros, a la larga, en otro escenario- -No, Cárdenas. Usted no entiende nada. Marconi me dijo que él lo fue a ver hace una semana y que la tisis seguía su curso. -La tisis siempre sigue su curso, Pascual. Ir, no se va sino una vez. Y se lo lleva a uno con ella. El Tano también lo sabe. Déjelo que haga lo que más le gusta hacer, mientras pueda. -Póngame otra... ahí nomás. La mitad, así. La madre me mandó un recado por Marconi, además. Dice que el Tano quiere verme... -¿Y usted? Vaciló antes de contestarme, sin tomar su trago. -Yo pienso ir cuando volvamos del Uruguay. No, al circo no. Voy a ir allá, a la casa. Al mismo lugar donde, tantas tardes, me asombró improvisando sobre cualquier tema que le propusiera.. Lástima que no quiera grabar. Le conté cuántas veces Marconi se ofreció para hacerle de intermediario con alguno de lo que conoce en la RCA. -¿Betinotti ahí?- dije, señalando el fonógrafo que descansaba al lado de la cama, su único lujo y, por otra parte, regalo de una señora muy amiga -si usted mismo me dijo... -Sí, pero me parece que está equivocado. Me parece que tendría que arrimarse al fogón... Cuando... bueno, cuando pase lo que tiene que pasar, Betinotti va a quedar acá -se señaló la cabeza y luego el corazón- y también acá, pero su voz y lo que hace con las seis cuerdas se habrán perdido para siempre... -Como Gabino Ezeiza...- le dije -¿usted se imagina si lo tuviésemos grabado al Negro Ezeiza? -Sí. como Ezeiza. Lo único, que Ezeiza nació en tiempos mejores para la música criolla. Eso también lo está matando al Tano. Sabe que la payada está condenada a muerte, como él por la tisis. Que se va. La última vez que lo vi, vencido en aquella cama de hospital, volvió a repetir lo de siempre. Escucharlo partía el alma, hermano. Decía que él había nacido entre dos épocas. La que se fue o que se está yendo, con esas milonguitas de la guerra del Paraguay, con esto...- tomó la guitarra de un zarpazo y soltó unos compases apurados. -...Usted leyó eso ayer, en El Nacional. Y le digo más, lo firmaba un tal Caraffa- le interrumpí. Cómo decirle que tenía razón. Cómo decirle que yo sabía lo que iba a pasar, quién iba a ser él y otros más a los que Contursi, en ese momento en que hablábamos, en una madrugada de aquel comienzo de siglo, aún no había conocido. No me prestó atención y siguió con lo suyo. -No. Se siente en el aire. Está en las cosas- dijo, y volvió a rascar las cuerdas con esos dedos finos, largos, nerviosos, crispados como su frente y todo él. -Me va a hacer el verso ese de que ustedes, los poetas, ven el futuro antes de que suceda... ¡Qué mandaparte que son, viejo!- intenté embromarlo. Mis palabras le causaron tanta gracia como a mí mismo. Me sentí vacío. -Betinotti lo sabe, Cárdenas. Y eso lo está matando tanto como su enfermedad. De alguna manera, no quiere grabar no sólo porque, como dice, un disco de esos modernos, de pasta, no puede registrar la voz ni el espíritu de la payada criolla, sino también porque él quiere desaparecer con su época- -Es joven, che, ¿cuánto tiene? Si usted me dijo que apenas...- aventuré, por decir algo. Por decir algo que sonó estúpido. -Eso no importa. No es su edad, es la edad de su mundo. Esto que nos rodea ya no es su mundo, Cárdenas- Me mordí los labios, como otras veces, para no decirle nada a Contursi. La tentación tenía que ser vencida cada vez, aunque sabía que nadie, ni Contursi, me creería nada si dijera aquello. -Y...-arriesgué- ¿usted qué cree que va a pasar...?- En ocasiones, sí, me parecía estar hablando con él como con un fantasma, aunque en realidad el fantasma venía a ser yo. Aquella era una de esas ocasiones. Y la ginebra fuerte no ayudaba, entonces. Sentí un calor que, muy probablemente, ningún otro hombre había sentido antes. -Yo no sé qué pasará- murmuró Contursi. -¿Le gustaría saberlo?- dije, sin pensar. -No- me contestó, y pasó a otro tipo de rasgueo, que me puso sin quererlo los pelos de punta. No era el mismo de antes, no tenía nada del lloro dulzón que hacíamos en las matinés de los café-bares para entretener a la tertulia. No se asemejaba a las lentitudes melodiosas que íbamos a interpretar a la tarde siguiente. pensé, allá en Colonia y luego en Montevideo. Era otra cosa aquello que rasgueaba Contursi, mirándome a los ojos. Cómo iba a hablarle a aquel hombre, el 4 de enero de 1997 o de 1914, según la hoja abierta de La Prensa permitía deducir, de Aníbal Troilo o de Astor Piazzolla. Cómo iba a hacerlo alguna vez, si me animaba. Capítulo 2 -Pero anímese, hombre, no sea zonzo- insistió Valentini, mirando con qué torpe cuidado intentaba poner en la cartuchera, que todavía colgaba vacía a mi costado, el Rubí Extra calibre 32 que ya el petiso experto en artes marciales lucía donde correspondía. Lo había asignado al mismo objetivo, como le decían los vigiladores, aprendí, a sus lugares de trabajo. -Oiga, allá en la central, ¿nadie le dijo que tenía que cortarse el pelo?- me señaló Valentini. Lo miré con más atención. Estábamos a la entrada del Hogar de Ancianos "Bernardo de Monteagudo", apiñados en un cuarto diminuto, donde cabíamos los tres y un escritorio angosto. Detrás de él, Valentini, que andaba por los 60 largos y que me cayó simpático de entrada, parecía una gran lechuza gorda, con anteojos negros y una boquilla donde nunca faltaba uno encendido. Miró con deleite apenas disimulado su reloj pulsera y dijo, sin que yo hubiera contestado a su pregunta: -Les falta conocer a Pepita la Pistolera- sonrió de su propia broma- la señora Cerqueiro, que se encarga de revisar a las damas, pero que siempre llega tarde- Adiviné una cierta discordia entre Valentini y Cerqueiro, que confirmé después. -Si quieren mate cocido, hasta las tres de la tarde pueden pedir en la cocina, así toman algo caliente. Ahora, en cuanto llegue la vieja, paso el parte por radio a la central y nos vamos de recorrida, así conocen el Hogar- indicó Valentini, mientras prendía otro cigarrillo con lo que restaba del que tenía en la boquilla y lo colocaba en su lugar. Miré por la ventanita y vi, parados al comienzo de la escalera corta que llevaba hasta nuestra guarida, a tres de los internados, apenas algo mayores que Valentini, que nos miraban con curiosidad. Aprendería que en el aburrimiento del asilo donde estaban terminando de vivir, cualquier cosa, incluyendo nuestra llegada, servía para marcar el paso de otro día. Una pequeña cucaracha se hundió en la negrura del hueco que había dejado en la pared un tomacorriente arrancado. Había escapando hábilmente del palmetazo de Valentini. -¡Qué lo parió, llega el verano y esto se llena de bichos, carajo!- murmuró nuestro jefe y anfitrión, mirando de nuevo el reloj. -Usted sí tiene experiencia en vigilancia, ¿no?- le dijo al petiso. El tipo hinchó el pecho y soltó un sí de comisaría bajo inspección general. Creí ver una semisonrisa en los labios finos de Valentini. Estaba midiendo al petiso y ello lo divertía. -Cárdenas, lo que le dije del pelo es porque acá cae el jefe de zona cuando quiere, de sorpresa, y seguro que le va a tirar la bronca... A mí primero y después a usted. Ya sabe lo que tiene que hacer. Y usted, Ramírez -dijo, dirigiéndose al petiso- a ver si sale un momento que ahí viene la Cerqueiro y cuatro no entramos en este cuchitril- -Huy, huy, huy, tenemos compañeritos nuevos- dijo la mujer, cargada con dos bolsos, mientras saludaba en mitad de la escalera al petiso Ramírez. Era menuda, pasaba de los cincuenta y llevaba el cabello recogido en un pequeño rodete. Se podía adivinar la silueta de una olla abultando uno de los bolsos que traía. Se movía con rapidez, segura de sí misma y de donde estaba. Luego yo me enteraría de que había sobrevivido a muchos cambios del personal de seguridad de ese lugar, ese objetivo, digo, a otros y que era algo así como respetada y odiada por todo el mundo allí en el asilo. Cuando se presentó a sí misma mirándome de arriba abajo sin el menor disimulo. Lucía afable o eso parecía creer ella de sí. Abajo, parado como en posición de firmes al pie de la escalera, sacando pecho y mirando al infinito, ese Ramírez era escrutado a fondo por los viejos pensionistas, aunque sin asombro. Repetinamente, la Cerqueiro asomó la cabeza por la ventanita y le gritó al petiso: -¡Ramírez, auto! ¡Abra de raje el portón! El portón estaba pasando unos jardines de pasto crecido que, con la entrada que vigilábamos nosotros, formaban el frente del asilo. En total, unos treinta metros que el petiso cruzó como una luz, mientras que desde el auto que estaba tras las rejas surgían repetidos bocinazos. Los viejos volvieron la cabeza para verlo correr y luego siguieron mirando cómo abría el portón y registraba el baúl del coche. -Acá revisamos todos los coches que entran y salen, por las dudas- me dijo Valentini, mirando de reojo a la Cerqueiro, muy posiblemente molesto por la invasión que había hecho a sus atribuciones y que, comprobaría yo después, era una práctica contante que apenas se detenía allí, al borde del choque emocional. -Bueno, pibe, no te preocupés por el primer día- me dijo ella sonriendo siempre- después el señor Valentini te va a esplicar todo lo que tenés que hacer- -Si usted me deja, Pepita, con gusto- repuso él, sacándose la boquilla de la boca y mirándola fijo. -¿Ya pasó el parte a central, Valentini, o quiere que lo haga yo?- dijo la Cerqueiro sin sonreír. -Venga, Cárdenas- me guiñó un ojo con disimulo él, sin darse por aludido- paso el parte por teléfono desde la recepción, así la señora se puede cambiar- Cuando bajábamos la escalera, Valentini agregó: -Esta vieja de mierda ya me tiene podrido. Es un plomo imbancable- Paró a Ramírez, que volvía también corriendo y lo dejó de guardia hasta que volviera conmigo de una recorrida general. -No suba que la vieja se está cambiando. Además, allá arriba mucho no va a tener para ver...- El petiso se quedó en su puesto sin saber si tenía que sonreír o no y empezamos a caminar hacia la lejana entrada al interior del asilo. Noté que el hombre de la boquilla me miraba los zapatos mientras caminábamos en un estudiado silencio, hasta que poco antes de llegar me preguntó: -Y vos, pibe, ¿de qué trabajabas antes de entrar en la vigilancia?- lo dijo sin mirarme, como al descuido. Le dije. -Traéte unos timbos más de entrecasa, si tenés. Acá pateando se gasta zapatos a lo loco y esos que tenés puestos son buenos. Flor de souliers para andar por estos lados...- injertó la palabra como una clave para empezar a decirme quién era, despacio, ya que habría bastante tiempo. -Vos sabés que, cuando no hay para reponer banca, es un pecado estropear lo que tenés en existencia- agregó dirigiéndose hacia el mostrador de la recepción para pedir un teléfono. El tipo que se lo extendió desvió la vista cuando lo miré, no así los ancianos que, sentados en rueda en los gastados sillones de aquella recepción, no me sacaban los ojos de encima. Aquellos hombres y mujeres inmóviles parecían estar allí desde la fundación misma del asilo y haber entrado a él con la misma edad que tenían en ese momento. Junto a la puerta batiente de la entrada, un busto del prócer que daba nombre al establecimiento no permitía saber cuándo había sido inaugurado, pues alguien se había robado la placa de bronce, silueteada en un color más claro en el centro de la base de cemento. Al parecer, faltaba un integrante de la guardia, pues Valentini reclamaba "un masculino" a la central. Luego yo comprendería que era habitual que así sucediera en todas partes. Cuando el hombre de la boquilla colgó, se volvió hacia mí moviendo pesadamente la cabeza y, tomándome del brazo, me invitó a visitar el resto del lugar. Atravesamos otra puerta batiente que daba a los interiores e ingresamos en un larguísimo corredor lateral, gris y ancho, donde media docena de hombres y mujeres jóvenes molestaban a los viejos para baldear y pasar sus enormes secadores. Reían y se hacían bromas entre sí. Las chicas parecían mayores de lo que seguramente eran y no nos miraban más que a escondidas. Cada diez metros, debajo de una ventana cuadrada y alta, un banco de plaza colmado por cinco o seis internados, todos de aspecto bastante semejante: viejos, torvos, frágiles, mal vestidos, algunos francamente sucios. Entre ventana y ventana, protegidos por la altura a la que estaban instalados, unos parlantes grandes y mudos, como si fueran redondas bocas negras, abiertas en la madera de sus cajas toscas. Y aquel olor, que se acrecentaba en intensidad a medida que avanzábamos por ese enorme corredor que finalizaba en la enfermería. Aquel olor a meada, a desinfectante, a acaroína inútil, a olvido rancio. En uno de los bancos, por el medio del corredor, un hombre de una edad impensable sostenía un amasijo de papeles sobre sus rodillas. Tenía una pierna vendada con unos trapos que alguna vez habían sido blancos. Al lado de su banco reposaba una gastada silla de ruedas. El hombre estaba solo, sentado en su banco. -La puta que los parió- nos saludó al pasar. -No se preocupe, Cárdenas. Es su frase favorita- aclaró Valentini, pegándome después un codazo- mire, acá es la cocina. Sin puerta, se abría una gran entrada en la pared derecha, que continuaba en una especie de tierra de nadie embaldosada hasta el fondo, donde un mostrador separaba del mundo unos grandes fogones donde hervían unas ollas de medida militar, abolladas y sin tapa, atendidas cada tanto por unos hombres pequeños y concentrados como hormigas, uniformados de manera distinta que los jóvenes que fregaban el piso del corredor. Al costado de la boca aquella, de donde salían unos olores indefinibles que se mezclaban con el tufo general, una pizarra lucía escrito con tiza el menú del día. -Cárdenas, preste atención, porque este es el momento más importante en la jornada del vigilador argentino- señaló jovial Valentini- cada vez que haga la primera ronda, me informa al volver a la guardia qué menesunda prepara el chef para el día en curso. Es una orden- -¿Cuál es la especialidad del Gato Dumas local?- dije. Valentini me miró sonriendo. -¡El Gato Dumas! Bien, Cárdenas, muy bien. ¡El Gato Dumas! Mire, ahí tiene la especialidad de la casa: hors d'oeuvres- Leí: "GUIZO DE FIDEO. SOPA. NARANJA." -Diga que de acá nos fichan todos, que si no me traigo una tiza de casa, borro y anoto alguna barbaridad, como asado de tira o parrillada completa. ¿Sabe cuánto hace que los jovatos no ven un bife? A propósito, a las seis hay que venir con la vianda a retirar el morfi. Si quiere, se lo manda acá. Si no, se lo lleva para casa, como quiera, no hay problema. Ojo con las naranjas- Valentini se puso confidente y hasta me guiñó un ojo- ahí la cagamos a la vieja, por eso no la dejo venir nunca a retirar la comida. Le voy a dar dos bolsitas: en una pone cinco naranjas y las lleva para la guardia. Las demás las pone en la otra bolsita y las encanuta donde le voy a mostrar. Después repartimos entre usted y yo, ¿vio?- Asentí, mirándolo fijo. -Che, no me entiendas mal. La atorranta esa que tenemos de compañera, a las siete, avisa que se va al baño o de recorrida por el sector de las mujeres, donde nosotros no podemos entrar, le aviso, y va levantando todo lo que dejan las viejitas. ¿Sabe cuánto es eso, en dos pabellones? Y no reparte un carajo. Está arreglada con una de las enfermeras, la Fanny, y encanuta todo en su cofre. Después le debe dar algo y lo otro se lo lleva. Cuando hay empanadas, el vestuario de las enfermeras parece una rotisería por el olor. ¡Qué tipa tan guacha! Y cuidate vos, que a la vieja le gustan los pendejos, ¡guarda! -Lo voy a tomar en cuenta- sonreí. -No le dés mucha conversación, porque después no va a haber forma de que te la saqués de encima. Te va a batir que es evangelista, que va a la iglesia los francos, cosa que es cierta, pero acá ya se volteó a unos cuantos...- refirió Valentini, parpadeando nerviosamente. -¿Y usted no se la trincó, don Valentini?- inquirí. El hombre de la boquilla me miró sorprendido. -¡Avisá, gilazo! ¡Ni con guita encima! En bolas debe ser como el mago Fa Fa: "nada por aquí, nada por allá"- subrayó con unos gestos graciosos. Tenía manos pequeñas, nerviosas como todo él, las uñas teñidas por la nicotina. Al reír se le cayó la ceniza del cigarrillo, se atoró con el humo y comenzó a toser, mientras los ojos se le enrojecían por el ahogo. -¡Qué te parió!- me dijo- ¡me hiciste reír, atorrante!- luego, controlando la tos, se puso más serio y agregó- vas a ver que, acá, reírse de lo que se pueda es lo más importante... Meneando la cabeza, repentinamente clavó la mirada en algún punto a mis espaldas. -Bueno, Cárdenas, se acabó lo que se daba. Vamos para allá que hay quilombo. Al fondo del salón, desde una ventana interior del primer piso, que daba al corredor, una mujer de guardapolvos nos hacía señas enérgicas de que nos acercáramos. Cuando llegamos al pie de la ventana, la mujer la abrió y gritó: -Don Valentini, ¡buenas tardes! métale que adelante se armó, llamó por teléfono la Pepita, dice que vaya urgente- luego cerró de golpe y se alejó de nuestra vista. -¡Qué lo parió!- sintetizó Valentini- Bueno, pibe, vos hacéte una recorrida por el corredor, de punta a punta, salime al patio, subí al primer piso, que te vean nomás y no les dés mucha bola a los viejos que te van a dejar sin fasos. Que te vean nomás, es suficiente. Si te perdés, jodete. A eso de las cuatro venite para adelante que yo voy a ver qué mierda pasa. ¡Chau!... ¡Ah! y andame siempre despacito, que acá lo que sobra es tiempo. Luego se alejó, sin apresurarse demasiado, moviendo pesadamente su gran cabeza entre nuevas nubes de humo azul. Me quedé solo en el gris del corredor. Solo en su extensa horizontalidad. Pensé en Leonor. Pensé en sus ojos azules. Pensé en su pelo rubio y ondeado, mirando a una vieja que arrastraba la pierna izquierda derecho hacia mí, sin mirarme. Pensé en que algún día Leonor iba a ser vieja, muy vieja. Y yo también. La anciana pasó a mi lado. Por suerte, tenía ojos marrones. Como no sabía qué papel iba a jugar en mi vida posterior esa vieja, la aprecié como una más de las tantas que poblaban el asilo. Cuántas veces hacemos lo mismo con gente que luego... Ese luego. Vestía la vieja un batón de algodón percudido, con grandes flores estampadas. Esa mujer había sido bella, muy bella, aprecié. Detrás de sus rasgos ajadísimos se adivinaba una joven terrible, como antes -en mi vida pasada, esa que había sucedido tan lejos y hacía tanto tiempo, entonces me parecía- yo había conocido y sufrido y amado. Linda mujer había sido aquella. Casi como Leonor, me dije, avanzando un poco. En la nariz, en la frente entonces marchita, en la curva de su cabello quebrado, aún vivía aquella muchacha. Sentí un escalofrío en medio del verano.Cuál sería el origen de ese frío que me hacía estremecer, me pregunté. Entonces, a través de la ventana que daba al parque inmenso que constituía el fondo de aquel lugar, vi la pequeña sala de la morgue. Una pieza de material que tenía su puerta abierta, a través de la cual, desde donde yo estaba, se podía ver la pila de ataúdes reservados, baratos, listos para los pensionistas que fueran abandonando, uno a uno, aquel vivero de almas muertas. Aquel conservatorio de vidas rendidas, fracasadas, liquidadas. Ataúdes baratos, apilados, juntos, que irían empleándose al mismo ritmo de las semanas, porque todas las semanas alguien salía y alguien entraba. Pensando en todo esto había llegado más o menos a la mitad del largo corredor. Entonces de alguna parte salió el sonido de algo como un carraspeo, de algo como un problema de flemas en la garganta, de algo semejante a una tos de máquina y luego cesó. Después, hubo como un segundo sonido inexpresable y a continuación, de todas partes, salió esa voz, cantando: y batime vos, chitrula disfrazada de serena, cuando no me dabas corte si no la pasabas bien. Personaje de opereta, fruto flor de la pavada, si hoy me ves bajás la jeta porque sabés que perdés. El tanguito desconocido me fue acompañando hasta pasar cerca del banco del viejo taciturno y solitario, a cuyo frente se abría el ascensor mugriento y la escalera, no menos descuidada, que abrían de llevarme al primer piso. -La puta que te parió- oí y sonreí llevando dos dedos a la gorra de reglamento. La escalera era un abandono de roña en cada escalón. Subí despacio, recordando que tenía todo el tiempo. Además, algo en aquel tango propalado por los afónicos parlantes conectados a la radio, lo sabría después, de 15 a 19, algo en aquel tango me resultaba familiar, sin poder creerlo demasiado. No era de ninguno de los autores que conocía, aunque después de todo, aún no era tan aficionado al género como lo sería después. Sí estaba seguro de algo: aquella era la voz del Mudo, inconfundible. No, no conocía ese tango del Zorzal Criollo, como le decía, supe después que esa era su expresión favorita, el fumante Valentini. Por falluta y mentirosa, por histérica y marmota, porque sos menos confiable que sonrisa de botón... Alguna rareza rescatada de una grabación poco conocida, pensé durante un momento y luego me olvidé, mientras los ecos del tango ignorado se perdían despacio detrás mío. El ruinoso ascensor había sido montado en su caja para subir un piso. Pasé delante de él sin mirarlo casi, sólo tomando en cuenta el dato para despúes; no supe ciertamente para qué podía serme útil pero, a fin de cuentas, todo lo estaba averiguando ese día. El primer piso del asilo lucía vacío: un salón grande, todo era grande y casi inhabitado en aquel lugar, arrancaba desde la boca del ascensor que crucé despacio. Muy despacio. Telas de arañas se bordaban de polvo en el techo altísimo y en los rincones de las paredes laterales. Una pareja de viejos tomaba mate sentada en un banco de plaza anaranjado e ilógico, ubicado en la todavía lejana mitad de aquella habitación única e inmensa. Me miraban, esperando que los saludara. Me escabullí por una puerta lateral al patio interior, una especie de corredor al aire libre recorrido por nadie. No quería saludarlos, ni siquiera hacer el más mínimo gesto. ¿De qué hablarían?, me pregunté distraídamente. Conjeturé que de cosas sucedidas cuarenta o cincuenta años atrás, cuando aún ellos y sus asuntos tenían sentido. Uno, al menos. Luego, aquel sentido y ellos se habían licuado en el tiempo y entonces yo los encontraba allí. Tampoco tenía ningún sentido entrar, aunque fuera por un instante, en sus vidas. En realidad, nada parecía tener el más mínimo sentido allí. Y ese sinsentido estaba depositado sobre sus recuerdos y sobre los recuerdos de todos los albergados por el asilo, desde hacía décadas. Como el polvo sobre la obra de las arañas que habrían cesado de existir tres o cuatro meses después de hilarla, cuarenta, cincuenta años atrás, quién sabe en qué rincón perdido del Hogar Bernardo de Monteagudo. Un establecimiento que, probablemente, sólo figuraría en algunos mapas urbanos. Para otros, no existiría en absoluto. Como los viejos, como las arañas. Armando mi plano mental del edificio, deduje que estaba caminando sobre el techo del largo corredor, prolongado en toda su extensión por esas baldosas anaranjadas. Pensé en mi vida anterior, que antes me parecía tan aburrida, y sentí un escalofrío. El imaginar que quizá caminara esa misma ruta todos los días, a la misma hora, durante veinte o treinta años, si el destino quería que siguiera allí por tanto tiempo, me hizo sentir un segundo escalofrío. "No puede ser verdad", me dije, y seguí de largo al pasar por otra puerta igual, cerrada, despintada, inútil. Una puerta que no llevaba, seguramente, a ninguna parte, pero que yo quería franquear, más o menos conscientemente. Me estaba asaltando algo que no me gustaba nada. Algo que, dadas mis circunstancias, atravesaba mi espíritu como una ráfaga helada. Como algo que se evita ya sabe uno por qué y, a la vez, sin querer saberlo. A mi derecha, un muro que me llegaba a la altura del pecho separaba mi solitario camino de baldosas del vacío donde se abría el amplio panorama de unos baldíos. Esos terrenos se extendían hasta las vías del ferrocarril, con intermitencias de basurales humeantes. No se veía a nadie, pese a que, desde mi elevación, podía mirar muy lejos. A mi izquierda, otro muro igual y el ancho parque del asilo, cuyo verde raído de a trechos se ocultaba tras las alas irregulares del edificio. Podía ver a algunos de los internados, siempre solos, como separados por quién sabe qué añejos rencores, haciendo cosas vagamente sospechosas y como cuidándose los unos de los otros. Todo bajo un cielo nublado que hacía más deprimente ambos cuadros. Entonces lo vi, a mi izquierda. Me lo había ocultado hasta entonces el sector del edificio asignado a las mujeres, pintado de un rosado desteñido y sucio. Pero detrás de él, al cambiar mi ángulo de visión por el avance de mi camino, surgió ante mí la gran masa negra de un pabellón quemado. El fuego había mordido sus paredes hasta el techo, que se había derrumbado, y la multitud de ventanas lucía los estragos que había hecho el desastre en sus maderos a medias calcinados. Parecían dientes carcomidos por las caries pero empecinados en seguir allí, clavados a sus encías arrasadas. El viento, que se había levantado de golpe, batía esas cosas horribles y dejaba entrever con mecánicos movimientos el interior siniestro. Pensé en la gran cantidad de inválidos que albergaba el establecimiento. Pensé en el momento en que se habría producido el incendio. En las corridas, los gritos, las llamas. En los que no se habrían enterado nunca de lo que estaba pasando. Así llegué hasta la misma boca de ese sector abandonado, que se abría a un costado de mi sendero descubierto. El piso, hasta donde podía ver, seguía cubierto de hollín y de mugre. Al parecer, lo utilizaban de basurero, pues por todas partes lo tapizaban residuos. Las vigas del techo, de hierro, habían resistido y los pocos escombros apenas necesitaron ser corridos contra las paredes. Por entre las vigas se veía el cielo ya decididamente encapotado y listo para llover. Las palomas se habían adueñado del lugar, usando las gruesas vigas como soporte de sus muchos nidos y manchando de puntos blancos las paredes, el piso varias veces ultrajado. El olor era casi insoportable, aunque yo seguía con medio cuerpo afuera, sin atreverme a entrar. Y no lo haría ese día. Lo oí venir cuando ya faltaba poco para tenerlo encima. No me asusté, creo, pero sí me di vuelta muy rápido y me pegué con mi mismo revólver al rebotar la cartuchera contra el marco de la puerta inexistente. Era el inefable petiso Ramírez, al galope de sus cortas piernas. -¡Flaco, flaco!- me dijo parándose delante de mí y tratando de recuperar el aire -hace como una hora que te estamos buscando por todas partes. ¡Vení que se armó adelante! -Vamos- respondí. Por suerte Ramírez ya no quería trotar, pero sí apuramos el paso cuando las primeras gotas empezaron a caer. Faltaba un buen tramo para llegar a la boca donde se hallaba aquel ascensor inútil. -¡Qué quilombo, flaco!- comenzó a explicar Ramírez- con lo tranquilo que parecía este cementerio. ¡Dejame de joder! Mandaron uno de la central ¿viste que tenemos que ser cinco, no? Bueno, el tipo vino en pedo, se encerró en la cabina de la guardia y no quiere salir. El viejo...- -Valentini- dije. Ya veía la boca del ascensor. -Sí, ¡el jovato!- se impacientó Ramírez, mirándome rápido y de soslayo- no sabe bien qué hacer. A mí de entrada me pareció demasiado blando. ¿Qué hacemos, vamos por las escaleras? Asentí con la cabeza y comencé a bajarlas con un poco más de apuro, rodeando la caja del ascensor. -El viejo alcanzó a sacar los bufosos de la guardia, que si no... - continuó él- ¿Vos te imaginás la que se arma? Y además, ¡cómo queda la empresa con el cliente!- Decididamente, Ramírez no me gustaba. -¿Tan en curda vino el tipo?- dije con sequedad. -¡Y no! ¡Si tiene un aliento que voltea! Y un pendejo, no sabés. Empezó a putear con que lo tenían de acá para allá, que no pagaban desde qué sé yo cuándo, que los iba a cagar a tiros a todos... El lío se armó cuando el viejo no le quiso asentar el presente ni darle la reglamentaria. El tipo empezó a patear las paredes, a putear y revoleó un par de sillas... Bueno, para qué te voy a contar que la vieja salió a noventa. Se mandó para la recepción y no sé qué habrá dicho. -¿Y Valentini?- pregunté. Pasábamos delante del viejo solitario en su banco del corredor. -¡Qué guacho este viejo puto! -reflexionó Ramírez al cruzar frente a él- ¡ya me puteó de ida y ahora me putea de vuelta!- -¿Qué hizo Valentini?- insistí. -Y... ahí sí, lo que había que hacer- respondió el petiso deportista, acelerando el paso- cazó las armas como pudo, y salió él también para las recepción- -Hizo bien- -Sí, hizo bien, pero adentro de la guardia quedó el radio y el choborra, ahora que vine para acá, está meta carajearlos a todos por la frecuencia de la empresa. Primer día de laburo y este quilombo... ¡a ver si nos cagan a todos, Cárdenas! ¡El julepe mío es ése! Ni lo miré y crucé la puerta vaivén de la recepción, con el petiso atrás. Todo el mundo lucía bastante asustado. Valentini estaba pegado al teléfono, desde donde parecía estar informando a la central de todo. Los viejos sentados en los sillones miraban con miedo hacia la lejana oficina de la guardia, a la entrada, y charlaban excitados entre sí. A la Cerqueiro no se la veía por ninguna parte. Valentini me saludó con un gesto rápido y colgó enseguida. -Bueno, pibe -me dijo- se armó. El tipo está loco. Es de la banda que estuvo acá antes de que levantaran el servicio y los mandaran a ustedes. No sabés los despelotes que armaban esos atorrantes. Los rajaron a todos, al final, pero se olvidaron de éste y encima me lo mandan de vuelta, ¡carajo!- -¿Y qué se hace en estos casos?- dijo el petiso Ramírez, casi recuperada su antigua posición de firmes y observando fijo al hombre de la boquilla, quien ponía otro en ella mientras lanzaba nerviosas miradas hacia la entrada. -¿Y qué se va a poder hacer?- se impacientó Valentini- casi nada. Avisar a la central y que decidan ellos -luego se dirigió a mí- están recalientes porque dicen que el tipo agarró el equipo de comunicaciones y les dice de todo y que se oye en todos los objetivos. Encima, un par de guachos que nunca falta agarraron también sus radios y le dan manija- Advertí entonces que, en el fondo, la situación divertía a Valentini. Sin duda, quebraba su rutina de años de servicio de vigilancia. Como le sucedía con cualquier otro hecho a los viejos internados. Había una casi sonrisa en sus labios. Repentinamente, la cara se le iluminó. Creí o quise ver que me hacía un guiño casi imperceptible, antes de que se volviera hacia donde estaba el petiso. -¡Ramírez!- bramó de golpe, adoptando un aire marcial y desusado en él. El aludido se sorprendió aun más que yo. Se cuadró y vi claramente, entonces, que el hombre de la boquilla apenas podía contener la risa. Inclusive se volvió y dió unos pasos en dirección opuesta a nosotros, como afectando el aire de uno que tiene que informar que ha adoptado una importante decisión. Sin embargo, en el reflejo de una ventana yo vi que su expresión era otra, completamente distinta. -¡Ramírez!- repitió al darse vuelta. Era un buen actor y, en lo que adiviné que haría, recordé a un compañero del colegio primario que físicamente no se le parecía en nada. Sólo en el hacer, a cada rato, cosas como aquella que iba a perpetrar. -Mande, jefe- respondió virilmente el petiso. -Se impone reducir a ese hombre- reflexionó Valentini -y la empresa que representamos, por mi intermedio, necesita de un tipo capaz como usted. Este- ahí me miró a mí con total complicidad- es un civil demasiado blandito todavía. Al petiso no parecía agradarle mucho mi condición de incompetente para el servicio que iban a imponerle a él, pero siguió mirando al frente y sacando pecho. -Mande, mi jefe- repitió, aunque su voz se oía un tanto trémula. -Ramírez, marche a la guardia y reduzca a ese hombre- ordenó el atorrante de Valentini. La rueda de viejos miraba ahora a Ramírez. Habían entendido todo y esperaban el siguiente acto de la función del día. Juro que vi a Ramírez tragar saliva. Pero después de dos segundos respondió: -A la orden, mi jefe- -Proceda y reprima, de ser necesario- dijo el de la boquilla, afectando un aire de mariscal Rommel de entrecasa. Ramírez comenzó a marchar hacia la guardia, aunque sin apretar mucho el paso. Transpiraba, aunque no hacía demasiado calor. Valentini temblaba por el esfuerzo de contenerse y los viejos miraban, como yo. El hombre de la boquilla me pegó un codazo y señalando a Ramírez, me dijo por lo bajo: -El negro que está en la guardia mide como dos metros. Cuando este se acerque va a rajar como una cucaracha, ¡ya vas a ver!- y soltó una ahogada risita. Sí, definitivamente se parecía mucho a aquel compañero del colegio que ponía chinches en la silla del maestro y pegamento rápido en la baranda que llevaba al patio, escaleras abajo. -Pero- aventuré- ¿no será peligroso todo esto? De golpe Valentini se golpeó la frente y gritó en dirección al petiso: -¡Ramírez! ¡El arma! ¡Entrégueme el arma antes de proceder! El petiso se dio vuelta como un resorte y retrocedió hasta donde estábamos nosotros. Afectaba una expresión épica y parecía algo pálido. Sin decir palabra, sacó el Rubí Extra de la cartuchera y se lo entregó a Valentini tomándolo por el caño, como nos había enseñado el Cara de Rata que había que hacerlo. -Como usted sabe karate, no va a necesitarla- afirmó Valentini con su mejor cara de chanta- además- agregó- es prioridad evitar accidentes, ¿vio? Ramírez no respondió. Miraba a la eternidad, como si estuviera próxima. Luego dio media vuelta y marchó hacia su misión marcando el paso. Supuse que lo había visto en alguna película. Cuando se alejó unos diez metros y le faltaban como treinta hasta su objetivo, Valentini comenzó a reírse como nunca, señalándolo y sin poder hablar. Yo también me reí, intentando imponerme alguna mesura. No lo conseguí. Algunos de los viejos también se rieron, otros no parecían comprender exactamente qué estaba pasando pero sonreían, por las dudas que alguien hubiera contado algo gracioso. Era evidente que el petiso iba disminuyendo el paso a medida que se aproximaba a la oficinita de la guardia. -¡Mirá, Cárdenas! ¡Mirá!- me señalaba Valentini- ¡Si está recagado en las patas el enano ése!- tosía y me sacudía el brazo Valentini. Otra vez tenía los ojos llenos de lágrimas- ¡si me iba a pasar a mí el muy boludo! -¿Qué hace ahora?- pregunté al observarlo. Estaría a unos diez metros de la entrada al asilo. -¡Se paró, no puede seguir!- carcajeó el hombre de la boquilla, riendo siempre y soltando una escupida sobre uno de los cuadrados de metal con arena que había por todos los rincones. Nuestro hombre se había efectivamente detenido y lucía más pequeño todavía, por la distancia y por la situación. De pronto se abrió la puerta de la guardia y salió el monstruo. No podíamos oírlo por la lejanía del lugar donde estaba sucediendo todo, pero sí vimos que avanzaba gritando hacia donde estaba el héroe indeciso. Súbitamente, el petiso se volvió hacia nosotros, nos miró y salió corriendo hacia donde estábamos muriéndonos de risa. Los viejos nos acompañaron en un solo coro. El monstruo se detuvo bruscamente cuando vio parar al patrullero delante de la entrada. Salieron dos policías del vehículo y avanzaron hacia él. Mientras tanto el petiso, que no había visto nada de lo que sucedía a sus espaldas, seguía corriendo a toda velocidad hacia nosotros. Cuando cruzó la puerta vaivén Valentini se puso serio y yo también. Los viejos seguían riéndose, todavía con más fuerza que antes. El héroe se plantó frente a Valentini, desencajado y temblando y musitó, cuadrándose: -¡Vigilador Ramírez Ricardo en retirada estratégica presente, señor!- Además hizo la venia y se quedó esperando. Valentini gesticulaba, se atoraba, tosía. Finalmente se alejó por una de las puertas que daban al interior del Hogar de Ancianos Bernardo de Monteagudo y oímos sus fuertes carcajadas tronando por los corredores. Yo fui tras él. Hacia la recepción venía un sargento de policía, morochazo y de bigote grueso, marcando él también el paso, a levantar el informe de lo sucedido. Hasta pasados unos minutos Valentini no estaría en condiciones de colaborar con él. Capítulo 3 -Haga fuerte los nudos, che, o quiere que me rompa el alma. -Es un piso, Pascual- repuse casi divertido, sentado sobre el colchón de la cama. Manchado y finito, el cotín tenía estampadas unas grandes flores de lis raídas, sobre un fondo que alguna vez había sido azul y entonces apenas lucía un celeste lavado. Las sábanas eran nuevas y, además, Contursi se distinguía por lo flaco y esmirriado. Iban a aguantar. La única valija, de cartón prensado, que habíamos llevado a esa desastrosa excursión por el Uruguay, la iba llenando Contursi a manotazos. -No se olvide la brocha y de paso alcése con los jabones del baño, que quién sabe qué nos espera en Montevideo- le dije, mientras tironeaba de dos sábanas para probar su resistencia. -Déjese de joder, Cárdenas, que fue lo primero que puse en el fondo de la valija- se molestó Contursi. No estaba del mejor humor y tenía razón. Yo embromaba, por mi parte, para borrarme de la cabeza la situación. Inclusive me burlaba de mí mismo pensando que, de alguna manera, eso no estaba sucediendo muy del todo, ya que faltaban varias décadas para que yo naciera en el hospital Rivadavia, allá, en la remota Buenos Aires. Todo había salido mal. Llegamos tarde. El tipo que nos había contratado estaba demorado, no se sabía por qué causa, en una comisaría de Canelones y, como era fin de semana, no iba a ver al juez hasta el lunes. Imposible siquiera pensar en contar con él. Finalmente arreglamos como pudimos con el dueño de "El Gatazo" -tal el nombre del primer punto de nuestra gira artística, en esa Colonia nublada por un temporal que nos había acompañado durante el cruce del río como perro de sulky, fiel y seguidor- para cantar y tocar por la propina. Una propina que no llegó nunca, porque la hostilidad del público se pronunció a poco de arrancar Pascual Contursi con un estilo y se incrementó cuando, en mitad de la pieza siguiente, tuvo la mala suerte de que se le rompiera la bordona. Quise cubrirlo con mi acompañamiento pero fue inútil. Menudearon los abucheos, alguien arrojó una silla al improvisado escenario y tuvimos que irnos por los fondos. No quiero acordarme de lo que fue cruzar aquellos campos, por suerte sin alambrar, hasta llegar como pudimos a ese hotelito de sábanas fuertes que no podíamos pagar. Iba acercándose el momento, fijado para las 23. Entonces, la conserjería sólo estaría habitada por su titular, un tal Gimone o Mamone, no recuerdo, pero ciertamente desprovista de otros testigos, cuya ausencia convenía tener en cuenta por si algo salía mal. Estos detalles y otros que también convenía apreciar al tomar habitación en cualquier parte me los hizo conocer Contursi. Hasta entonces nunca había tenido que fijarme en ellos. -Usted salga por adelante, no silbe ni sobreactúe, que eso nos delata como argentinos atorrantes. Salga despreocupadamente, como aburrido, y espéreme atrás- me dijo Pascual, forsejeando con las correas de la hinchada valija depositada sobre el cotín pelado. Tironeé nuevamente de la larga ristra de sábanas anudada a la pata de la cama. Estaba bien segura. No iba a haber ninguna caída inesperada. Pensé en algo que había leído alguna vez, un artículo que se llamaba "La nariz de Cleopatra", creo, porque hablaba de lo que podía suceder si un mero detalle de la historia se cambiaba. Si la nariz de Cleopatra hubiese sido un par de centímetros más larga, decía el artículo, Julio César no se hubiese enamorado de ella, conque la historia de Occidente hubiese sido distinta. Por un pequeño detalle como ese, nada de lo que conocemos como consecuencia de otras consecuencias hubiera existido nunca. Si Contursi, en aquella noche de 1914, se hubiese roto la crisma contra ese piso que lo esperaba a cuatro metros de donde terminaba la ventana, nunca El Mudo hubiese estrenado en aquel teatro "Mi noche triste", que Pascual aún no había escrito. Tal vez hubiese sucedido otra serie de cosas reenganchando los acontecimientos para el mismo desarrollo de la historia, finalmente, pero no era nada seguro, pensando de esa forma, que fatalmente todo hubiese sucedido igual. Quizá nunca Azucena Maizani se hubiera vestido de hombre para estrenar un tango, quizá jamás Osvaldo Pugliese hubiera grabado "El choclo". Tal vez el mismo Mudo no hubiera muerto en Medellín.En una de ésas Enrique Santos Discépolo no hubiese escrito unas letras tan detonantes. Todo eso pensé en aquel momento, mientras tironeaba por última vez de las sábanas en aquel oscuro arrabal de Colonia, cerca ya de la medianoche. Y a Contursi, que estaba muy ocupado llenándose los bolsillos de papel higiénico, todo aquello no se lo podía decir. Le guiñé un ojo a Pascual y, calándome el sombrero, bajé las escaleras despacito después de cerrar la puerta de la habitación. El "17", La Desgracia, como lo interpretaba Contursi, muy aficionado a las cábalas de la quiniela, lucía en aquella plancha de madera deslustrada. Abajo, a la luz de un solo quinqué, el conserje repasaba la página de policiales. Había olor a noche entrada y en un sofá alguien había dejado de esperar a alguien y dormitaba a cabezazos. Ningún peligro para lo que tenía que hacer. -Buenas- saludé, requintando el ala del panamá. -Buenas. Sale tarde- me junó de rabo el encargado, alzando rápidamente los ojos de la noticia. Estaba seguro de que me había oído cerrar la puerta. -No se preocupe que ya soy mayor de edad- repuse canchereando - Diga, ¿llegó la sexta?- fingí interés adelantando el mentón. El tipo me miró hacer y prefirió hacerse el confiado. -La estoy leyendo. Si quiere, se la guardo para la vuelta- mintió. -Se estima la atención- respondí. Sabía que él sabía, pero cómo darle las gracias sin violar ese convenio mudo. -Siempre me gusta leer algo antes de dormir- agregué y salí. El tipo sonrió apenas, moviendo con pesar esa cabeza. Estaba ya acostumbrado. Di la vuelta con sigilo y observé que no pasaba ninguna ronda policial. De nuestra ventana pendía la ristra de sábanas y me parecía que brillaba como un cartel de neón. De todos modos, aún el neón no se había inventado, pensé. Tironeé dos veces de la sábana que apenas me llegaba a la cara. Pascual iba a tener que saltar. Primero bajó las guitarras, bien envueltas en los paños negros que usábamos por toda funda, con cuidado, sin golpearlas contra el muro. Despacio, infinitamente despacio para mí que esperaba abajo. Antes de su flaca figura, vino la gorda y cuadrada de la valija. Cuando desenganché la maleta y la puse en tierra, literalmente en tierra, porque no había vereda ni empedrado, me di vuelta y vi a un vecino que nos miraba hacer desde su ventana a oscuras. Lo saludé con un gesto y me devolvió la atención sin decir nada. Al parecer, todo el mundo sabía que nos estábamos fugando. Nos fuimos andando despacio, sin doblar en las esquinas. A dos cuadras de allí volvimos la cabeza y vimos la ventana de la habitación iluminada, la única de todo el edificio. Pascual había dejado las luces prendidas. Media hora después habíamos llegado al centro de Colonia, donde, en una plaza desierta, esperaban unos cochecitos de caballos y dos Ford de alquiler. Los conductores mateaban todos juntos en la esquina. Uno, cada tanto, volteaba la mirada por ver si aparecían clientes. Después de un rato dejaron de observarnos. Pascual tenía tres pesos. Yo ninguno. Había que llegar a Montevideo de cualquier manera, pensábamos los dos, pero ninguno decía nada. No era necesario. Ni siquiera nos mirábamos. No hacía falta. Un perrazo que venía oliendo el cordón de la vereda se paró a olfatearnos con desconfianza. Le hice un gesto amistoso y me ladró sin demasiada convicción. Estaba en eso cuando lo espantó una serie de fuertes bocinazos. Venía un coche y atrás otro. Largos, brillantes de luces y de colores, las capotas rebatidas sobre los baúles. Al frente de cada uno, el mismo hombre de uniforme y gorra repetido en dos. El primero era un espléndido sedán de cuatro puertas, un Daimler gris metálico que estacionó bruscamente aunque sin ruidos mayores. Contursi estaba rígido, con los ojos clavados en la máquina. El segundo era un Chevrolet de no menores dimensiones, rojo, cubierto de salpicadoras de barro hasta la mitad. Estacionó detrás del Daimler. Dentro de él, alguien hacía sonar alegremente la bocina del pasajero, sin un llamado preciso, sin motivo. Del Daimler nos llamaron con gestos y con voces y Contursi se acercó con ese andar, mezcla de desconfianza y de interés, que tienen todos los miopes. Yo me quedé donde estaba, cuidando la valija y las guitarras. Al poco rato volvió Pascual adonde yo estaba, con cara agria, explicándome con cierta vergüenza que conocía a esa gente y que querían que fuéramos con ellos para amenizar una fiesta privada. Algo, para variar, le molestaba. Huidizamente, me explicó que no comulgaba con ellos. -Son unos burgueses de mierda, che- sintetizó. -Pero hay que llegar a Montevideo...- insinué. Ni aquello que nos brindaba la suerte iba a ser fácil con aquel hombre, pensé. -Sí- me dijo, mirando para otro lado- hay que llegar, pero fíjese a qué precio. Estos tipos...- masculló sin terminar la frase. Me fijé en que eran todos bien mayores y lucían opulentos y contentos. Nos hacían señas, eran una media docena repartida entre los dos cochazos y un par de ellos ya lucían impacientes. -Me parece que no piensan esperar mucho...- sugerí. Pascual movió la cabeza con porfía. -En fin... haga el favor, vaya y arregle usted- me invitó, siempre sin mirarme. El Chevrolet rojo arrancó de repente y pasó delante de nosotros como un golpe de viento, haciendo volar los papeles que aquí y allá tapizaban la calle sucia. Los cocheros de la esquina lo vieron pasar con admiración. Alguno del grupo dijo algo y varios se rieron fuerte. Llegué al lado del Daimler y encaré al tipo que había llamado a Contursi. Me miró con curiosidad, después habló él. -Che, como se llame, dígale a su amigo que se deje de joder la paciencia y suba, que no tenemos toda la noche para esperarlo, por más artista que se crea- me dijo con jovialidad. Era gordo, lucía un sombrero mucho mejor que el mío apenas bajado sobre los ojos y apoyaba las manos señorialmente sobre la empuñadura de un bastón bien grueso. Tendría unos cincuenta años, calculé, dentro de su traje de novecientos pesos. Otro tipo muy parecido a él, que estaba sentado a su lado, me hacía gestos amigables. Los dos parecían bien bebidos. El que habló fue el de los gestos cordiales. -Si vienen, porque se nos mancó el cantor y el acompañante y sólo por eso, les damos doscientos por la noche. Además del convite, se entiende... Su compañero, el del bastón, soltó una risita paternal. -Y les debe de hacer falta un revolcón a estos artistas...- se rió. Fui hasta donde estaba Contursi, encaprichado en mirar para otra parte y cruzado de brazos. -Pascual, no sea niño, que hay doscientos por una noche- susurré, tomándole del hombro y mostrándome muy conciliador. Contursi no dijo nada, pero tomó la valija, yo las guitarras y fuimos. El Daimler arrancó en cuanto nos sentamos, frente a los dos sujetos y sosteniendo nuestras cosas contra el cuerpo. -Que había sido porfiado el cantor- susurró el de los gestos afables dirigiéndose a su compañero. -Pero de lo mejorcito, creáme, don Miguel. Perdónenme, olvidé hacer las presentaciones- dijo el gordo, afectado- Don Miguel Washington Martínez, jefe de policía, Pascual Contursi, cantor criollo... ¿y usted, mocito...?- se dirigió a mí paternalmente, mientras Contursi y el jefe de policía se reconocían con un gesto parco uno y graciosamente medido el otro.. -Cárdenas, Cárdenas, Severiano- me incliné, pero muy poco. Me estrechó la mano con la suya, grande y cálida como un pesado bife de chorizo. -Saldívar, de Tacuarembó. De la hacienda "La Martina", no sé si conoce...- se presentó. -Quién no lo conoce- mentí. El cincuentón movió la cabeza como agradecido y luego me tendió una petaca de plata que sacó de su bolsillo. -Eche, eche un trago, muchacho, y olvídese de las formalidades que andamos de noche liviana y nos gusta alternar con los artistas. Probé lo que me convidaba. Era un brandy de lo mejor y le di dos besos largos, sostenidos como un do de pecho. El jefe de policía me miró fijo, repentinamente devuelto a su profesión y luego me sonrió de nuevo, ya seguro de no conocerme por ese lado. Confianzudo, el hacendado Saldívar palmeó la rodilla de Contursi y lo invitó a beber. -Ah, Contursi, qué noche que vamos a pasar. ¿Se acuerda de aquella en Buenos Aires, cuando nos presentó aquel amigo suyo, Betinotti, el guitarrero? ¡Qué muñeca, amigazo! ¿Fue por Tagle, allá, en el Armenonville, no?- No- repuso Contursi- nos conocimos de casualidad en lo de la polaca Reneé, por el lado del Retiro- El buen humor del hacendado no parecía hacer mella en la dureza de Contursi y por un momento temí por la fortuna que nos había sacado de la indigencia y nos prometía una actuación fuera de programa, mejor paga que todo lo previsto -A propósito, Contursi, ¿qué fue de ese muchacho, Betinotti?- inquirió Saldívar. -Agoniza en un hospital, por la tisis- contestó roncamente mi amigo, mirándolo fijo y rechazándole el trago. Saldívar limpió con cuidado el pico de la petaca antes de beber y respondió, con tono distraído: -¡Qué se le va a hacer, m'ijo! La vida del artista... lástima che, que cantaba lindo el tanito ese. ¡Todo un criollazo! A esto, ¡ya llegamos!- El Chevrolet rojo se encontraba estacionado, formando fila con otros dos, a la puerta de un edificio de dos pisos, de estilo francés, totalmente iluminadas las ventanas y el patio corto y cuadrado. El chofer detuvo disciplinadamente el Daimler detrás del coche rojo y bajamos. El jefe de policía y Saldívar, que parecieron olvidarse por completo de nosotros, iban adelante tomados del brazo y haciendo chistes. Entraron y saludaron con confianza. El chofer nos llamó con suavidad cuando quisimos avanzar hacia la puerta. -Si permiten los señores, me acompañan por aquí- sugirió con cierta firmeza. La puerta de servicio estaba a la vuelta del edificio y el chofer golpeó tres veces la aldaba. Nos presentó a un tipo muy alto, impecablemente vestido de terciopelo verde y con una ostentosa traba de corbata de oro. Entramos y el chofer nos abandonó a él. El tipo nos condujo a un pequeño salón lleno de sillas, donde tres o cuatro aguardaban junto con sus instrumentos. Los colegas nos miraron con respeto, saludando con el ala del sombrero pero sin hablar con nosotros. -Enseguida viene el mucamo por lo que gusten beber- dijo el tipo de verde al alejarse hacia una puerta blanca, con muchos dorados. Tenía una sonrisa muy desagradable el tipo aquel y, al volverse muy rápido hacia la puerta vislumbré que en la cintura calzaba una treinta y ocho de cachas nacaradas. -¿Y este quién es?- le pregunté a Contursi, quien parecía distenderse un poco en aquel ambiente. -El Flaco Magallanes- repuso mi amigo, con cara de asco- el bacán de la dueña de casa- -Ah- dije- ¿Y dónde se supone que andamos, en esta noche que promete?- -Ahí viene el mucamo, pida lo que quiera y pregunte menos. Tocamos y nos vamos, ¿entendió?- Yo encargué un whisky y Contursi siguió fiel a sus ginebras. -Diga, no me haga adivinar, que no me va a asustar de todas formas- insistí. Contursi, por primera vez en varias horas, le permitió a una sonrisa deslizarse por sus labios finos y repuso, haciéndose el fastidiado: -Magallanes es el fiolo de Madame Albert, la dueña de casa- repitió, por no decir más- Estamos por tener el honor de tocar en un lugar de gente bien, así que compórtese- bromeó después. El mucamo trajo lo nuestro y, además de servirlo, hizo pasar a tres de los músicos con bastante amabilidad. Era afeminado y muy joven, no tendría más de dieciocho años y modales delicadísimos. Cuando se iba, uno de los colegas que se habían quedado con nosotros le manoseó las nalgas mientras pasaba junto a su silla. El muchacho se volvió y le soltó un cachetazo que el otro evitó diestramente, dedicándole al mismo tiempo una grosería. Luego hubo un portazo. Los dos músicos festejaron ruidosamente la ocurrencia, haciéndonos gestos de complicidad que no respondimos. El que entró después de un rato para hacer pasar al dúo de chistosos fue el mismísimo Flaco Magallanes, serio como una bóveda. Se limitó a mover bruscamente la cabeza para indicarles que era su turno de actuar. Al parecer no tuvieron mucho éxito, porque al poco rato fuimos nosotros quienes traspusimos la puerta de adornos dorados. El salón era muy grande. Estaba en penumbras y lo acotaban por aquí y por allá unos pesados cortinados rojos, de terciopelo, que permitían cierta necesaria intimidad. Impresionaba como una catedral: una doble fila de señores como Saldívar, unas repeticiones de Saldívar y de su amigo, el jefe de policía, poblaban esas sillas tapizadas de brocato. Por entre ellos andaban las pupilas, bien ofertando lo suyo, bien sirviendo los tragos. Alguna que otra ocupaba asiento, ya elegida. Pero eran las menos. Saldívar, el auténtico, por ejemplo, descansaba la vista en nosotros, solo, clavados los ojos en el pequeño entarimado al que habíamos salido, semicircular y apenas ocupado por una pianola y dos o tres banquetas de cuero repujado. La pianola no terminaba nunca de pasar el rollo, me pareció, y Saldívar seguía mirándonos mientras nos acomodábamos en las banquetas y sacábamos las guitarras de las fundas. Ahí recién nos avivamos de que a una de ellas, la de Contursi, le faltaba una cuerda. Con una seña, Pascual me indicó que largaba -y seguiría- solo con la voz. Yo iba de algo más que de acompañamiento. La gente aquella se iba impacientando. Las milongas nos miraban con curiosidad, como a dos de un número de circo esperando pista. La pianola, mientras, seguía desenrrollando papel. Atrás, en el fondo del salón, vi al Flaco Magallanes discutiendo vaya uno a saber qué con su querida. Algo había, escondido, de no femenino en Madame Albert. Contursi, cuando volví los ojos a él, soltó una risita comprensiva y me dijo, por lo bajo, que atacáramos con un aire campero para aquellos hacendados de huelga por la Guerra Europea. Qué otra cosa podían hacer que escucharnos a nosotros, mientras aguardaban a que el bloqueo les permitiera mandar salazón, cueros y conserva más allá del Atlántico. Sabía que iban a esperar semanas, meses, años. Ellos también. Y gastaban, mientras tanto. La pianola se llamó a silencio y a nosotros no nos anunció nadie. Contursi entonó y soltó con alguna corrección, después de mi entrada: Milonga de los misterios que sembrados por la Tierra van llenándome de asombro y me nublan la cabeza... Creo que le pifié a una nota, entonces, porque aprovechando la pausa Pascual me miró a los ojos y siguió haciéndolo hasta el final de la canción, que los contertulios siguieron con mediano interés. Lo vivo, por qué respira, qué hay más allá de la muerte, por qué la noche suspira y yo me muero por verte... Los señores aquellos ya volvían a sus conversaciones, a sus pupilas, a sus tragos. Lo nuestro se convertía en un ruido de fondo con final previsto. De pronto, cuando sin aplausos íbamos a la segunda de nuestras interpretaciones de rutina, un aire titulado "El alazán dorado", una de las pupilas empujó a otra y se armó una pequeña trifulca. Dos señores discutían y las dos mujeres ya se empujaban con prepotencia, prologando los insultos que, sí, vinieron, y continuaron en un rotundo cachetazo que la más pequeña le sacudió a la otra. Allí se armó el escándalo, aunque por el sosiego que evidenciaron los presentes, aquellas rencillas por un bolsillo reconocidamente generoso nunca escaseaban en lo de Madame Albert. El Flaco Magallanes pareció entender que no caía bajo su estricta jurisdicción el evento, porque siguió reclinado y ausente, en apariencia, desde luego, acodado contra un pedestal con busto de Apolo. Fue Madame Albert quien terció entre las dos chicas, antes de que se rasgaran los vestidos breves que, seguramente, serían de su propiedad por el satén y la seda con que estaban confeccionados. Sacudió a una, empujó a la otra con unas fuerzas llamativas y mandó cambiar el rollo de la pianola, sin siquiera mirarnos. Saldívar y sus copias festejaron todo aquello como un número más de su noche privada. Contursi estaba rojo de vergüenza, pero no se hizo rogar para que dejáramos el paso a los siguientes. Nos hicieron salir por un costado y allí nos esperaba, leyendo "Crítica", el chofer de Saldívar apoyado en el Daimler. La noche estaba fresca y nos levantamos las solapas de las chaquetas, cortas, como se usaban entonces. El chofer dobló su diario tomándose su tiempo y nos alcanzó un sobre verde, sin membrete, indicándonos que estaba a disposición de nosotros. siempre y cuando pudiera recoger a su patrón antes de las ocho de la mañana, para llevarnos a donde quisiéramos. Había como un remedo de la manera de hablar del hacendado en aquel hombre apenas amable, apenas consciente de lo que hacía. -¡A Montevideo!- bramó Contursi, súbitamente animado, y se lanzó dentro del Daimler sin esperar a que el chofer abriera la portezuela. Por entonces yo había comprendido que los cambios de humor de mi amigo eran constantes. Sus ojos brillaban y sus manos, nerviosas como todo él, tamborileaban sobre sus rodillas huesudas. Y sonreía. Sonreía con no se qué de infantil impaciencia. En Montevideo sabría por qué, supuse. Aunque por quién era siempre la pregunta ante ese estado de su ánimo. Entré yo también y comprobé que la valija seguía allí donde la habían puesto, en el piso del asiento trasero. Coloqué sobre ella las guitarras y partimos. Había algo raro en mi compañero. No parecía estar allí, en aquella ruta de ripio que el coche ajeno apenas sentía en los elásticos, sino más adelante, en nuestro destino. Cómo sería Montevideo en l914, me pregunté a mí mismo. Yo había estado una o dos veces en ella, en 1978 y en 1982, creía recordar, y me había encantado. Buenos Aires vieja, pensé esas dos veces, porque la gente y las calles me recordaban algo querido que se había ido para siempre. Justamente, con mi infancia. Pero verla en 1914, llegar a ella con Pascual Contursi en un Daimler prestado, con chofer, yo nunca lo había imaginado en aquel futuro que, para mí, ocupaba entonces -sospechosamente- el espacio del pasado. En el bolsillo de mi gabán de paño había guardado el sobre de papel verde. Lo extraje cuidadosamente y lo abrí todavía con más cuidado. Conté esos grandes billetes como si se fueran a evaporar en cualquier momento. Pero no. Estaban allí, entre mis dedos, y eran doscientos exactos. Como para vivir en Buenos Aires cosa de un mes, al ritmo austero que llevábamos Pascual y yo. Repasé uno por uno los rápidos sucesos de nuestra extraña gira uruguaya: el fracaso en "El Gatazo", la huida del hotel, el otro fracaso en lo de Madame Albert, entonces aquella ida a Montevideo... Una sensación de desasosiego y de intemperie corría junto al coche, casi sin tocarnos. Como un abismo al que uno se asoma sabiendo que tiene vértigo y que la altura es grande, muy grande. Pero uno se asoma igual. El Daimler exhibía la potencia de sus elásticos desdeñando el camino poceado, fanfarroneando en las curvas, sacudiéndose apenas cuando una rama o una piedra le pasaban por debajo. La cabeza de ese chofer experto, con el pelo cortado a la americana, la gorra de servicio calada sobre los ojos y el nudo de la corbata perfecto, era todo lo que se interponía entre mi asiento y la oscuridad de aquella noche pretérita, lejanísima y profunda, que me rodeaba por todas partes. Y que era entonces, muy demostrablemente, la única realidad. Contursi velaba, tan incansable y distante como el chofer. Yo me dormí, de agotado que estaba o por irme, simplemente, a cualquier otra parte. Capítulo 4 Después de aquel incidente con el vigilador en curda, el ritmo del geriátrico cayó en un silencio de tumba que duró seis meses larguísimos. El ritmo propio del lugar, que era como una tapa que se había posado, para mí, sobre todo el edificio, cerrándolo a cualquier novedad. Cada día, a las dos de la tarde, llegaba. Cada noche, a las veintidós y a veces un poco antes, cuando los taciturnos vigiladores del turno siguiente aparecían por el asilo, yo me iba. Cada día, Valentini le robaba las naranjas a la Cerqueiro. Cada semana, uno de los suplentes que nos enviaban de la central tenía que volver a ella, por presentarse borracho o por no llegar a tiempo, con cualquier excusa. Cada hora la tristeza, la mugre y el olvido me iban construyendo dentro otro edificio, exactamente igual a ese del asilo, también poblado por fantasmas pero que eran míos, sólo míos. Mi vida pasada se iba disolviendo, al mismo tiempo, y ya me parecía que siempre había trabajado allí, exacto como el reloj de la recepción, siempre en el mismo lugar, haciendo siempre lo mismo. Algo que se parecía a la resignación de las ruinas humanas que habían llegado allí para morirse, me miraba en el espejo rajado del largo corredor del asilo. Comencé a evitar mirarme en él, cuando forzosamente pasaba a su lado en mi sempiterna ronda diaria. Después, evité también hacerlo en los vidrios de las ventanas y, cuando llovía y envuelto en una capa de goma, tenía que recorrer el parque desierto bajo el aguacero, también evitaba los charcos de agua que podían reflejarme. Afeitarme todos los días, como lo mandaba el reglamento, se convirtió en una de las operaciones más peligrosas de la jornada. Porque yo, al cabo de seis meses, ya no reconocía la cara de ese extraño al que le sacaba unos pelos ralos de las mejillas y el mentón. Unos ojos hundidos y opacos que rehuían su propia mirada. Una boca sumida que no reía nunca, que parecía no haberlo hecho jamás. Las bromas que intentaba Valentini, para mí o para sí mismo, mejor, es más exacto pensarlo así, ya no surtían efecto. Los mismos colores de las cosas eran otros. Como si una paleta baja se hubiera encargado, imperceptiblemente, como crece un árbol, de degradarlos en los objetos y en la gente, mezclándole a todo un gris amarillento y sucio. Como los muros del Hogar de Ancianos Bernardo de Monteagudo. El mundo entero se había transformado en el Hogar de Ancianos Bernardo de Monteagudo. Y yo odiaba al mundo entero. Sobre todo, odiaba a los viejos. Me lo había negado a mí mismo infinitas veces, llevado por la piedad que, finalmente, como todo lo demás, se había ido quién sabe a dónde. Entonces, transcurridos seis meses en aquel lugar, el asco y la repulsión que sentía por mi vida miserable y sin ningún motivo para seguir siendo, se había transformado en un aborrecimiento total por aquellos escuálidos desgraciados que se arrastraban por los pasillos grises que yo, si lo deseaba, todavía podía recorrer a paso rápido o corriendo. Cada eczema de sus caras, cada pústula de sus manos, cada borbotón de saliva de sus bocas desdentadas era para mí, en aquel momento, como una justificación de mi horror hacia ellos. Nada me importaban sus vidas ni sentía respeto alguno por sus cabellos blancos. Los odiaba, como si fueran los responsables directos de mi permanencia allí. Deseé innumerables veces que un incendio como el que había arrasado años antes el pabellón en ruinas, envolviera a todo el edificio, con ellos dentro, y acabara de una vez y para siempre con ese sumidero de vidas muertas, incluyendo a la mía propia. Pero no era por piedad hacia ellos que deseaba que murieran todos juntos. Decididamente, no. En cuántas ocasiones, frente a uno de los viejos, balbuceante en una media lengua que difería absolutamente de la de los niños, yo había acariciado furtivamente la culata de mi revólver, pensando -y repasando con un deleite bien perverso cada recoveco de ese pensamiento- en asestarle dos o tres balazos al infeliz, al indefenso que tenía delante. Dos o tres balazos que cambiarían mi vida borrando la suya. Así, al menos, sucedería algo. El odio que sentía por los viejos también lo sentía por mí. Cierta vez busqué un recodo de la pared eterna que daba a las vías del tren, donde el muro encerraba con un costado del edificio un pequeño jardincito arrasado. Había un árbol desgajado y seco en él, cubierto de hongos blancos hasta la altura de un hombre. Estando allí nadie podía verme. Nadie iba interrumpirme, ya que se suponía que me encontraba haciendo mi ronda interminable. Me descubrí a mí mismo, como saliendo de un sueño, con el revólver en la mano. Negro, liviano. Aquel pedazo de acero podía sacarme de allí. Como jugando, lo fui levantando en cámara lenta, despacio, muy despacio, hasta que flexioné el codo y giré la mano hacia dentro, apuntándome al rostro. El dedo en el gatillo traspiraba y dudaba. Tenía el caño del revólver tan cerca de la cara que podía oler ese aroma único, el del metal aceitado de un arma, inconfundible. Aspero y absolutamente cierto allí donde siempre está, a un segundo exacto de la muerte. Y sonreí, porque supe que no iba a matarme nunca, pero que esa ceremonia secreta, absolutamente íntima, que podía repetir cada vez que fuera necesaria, iba a salvarme la vida, siempre, un segundo antes. Lo que ofrecía el revólver era una forma final de la esperanza. Capítulo 5 La navidad de aquel año me encontró en el mismo lugar. Se sorteó quién de nuestro turno cubriría el faltazo de uno de la noche que ni siquiera avisó y, naturalmente, el honor me correspondió a mí. Iba a pasarme toda la noche, hasta las seis de la mañana, recorriendo el edificio. Desde las dos de la tarde. Estaba autorizado a un breve descanso cada dos o tres horas. A las dieciocho les habían servido la cena a los internados, como todos los días. Y como todas las noches, a las veinte, estaba la mayoría de ellos durmiendo en sus pabellones. Las visitas habían sido pocas. Algún que otro culposo, con un paquetito bajo el brazo. Azúcar, yerba, quizá cigarrillos, lo que ocasionaría envidias, puteadas, disputas, hurtos irresolubles y sollozos. Esa tarde, durante la cena, uno de los viejos le había abierto la cabeza a otro con su muleta, por una cuestión real o imaginaria. El herido había sido alojado en la remota enfermería, desde donde llegaban sus gritos espaciados. No iban a dormirlo sólo porque no había con qué. Cada grito parecía ser el último, pero siempre volvía a oírse el siguiente, tras unos pocos minutos de miserable suspenso. A las veintidós oí los primeros fuegos artificiales, que venían de afuera. Afuera. Quedaba muy lejos ese afuera. Los gritos del herido me estaban pudriendo los sesos y definitivamente habían acabado conmigo cuando pasé por enésima vez frente al banco del viejo solitario y puteador. Desde hacía unas semanas el banco estaba vacío. Nadie había querido sentarse en él. Me senté yo, después de controlar que nadie hubiera escupido sobre su madera oscura. Miré a un lado y al otro. No había nadie. Saqué la petaca que acostumbraba llevar conmigo desde hacía unos meses y eché un trago largo, delicioso, de esos que sólo se degustan cuando, al mismo tiempo, se está controlando que nadie, desde ninguna parte, pueda vernos hacer algo que está, que tiene que estar absolutamente prohibido. La ginebra me quemó gratamente la garganta y, aclarándola, me dije en voz alta: -Feliz navidad- Y agregué después: -La puta que los parió- Reí sin el menor motivo, como no lo hacía desde hacía tiempo. Mucho tiempo. El grito llegó desde la enfermería puntual y exacto, como sincronizado con el reloj de la recepción. Vi un bulto avanzar, lejano y lento, desde la entrada distante unos cincuenta metros y no me detuve a analizar quién era. Despacio, para no llamar la atención, guardé la botellita entre mis ropas y me puse de pie. No, no podía haberme visto o interpretado lo que estaba haciendo. Avanzando en su dirección, vi que era la vieja que tantas veces había cruzado en ese mismo corredor, invariablemente acompañada por su bolsa de plástico repleta de ovillos de lana, rengueando como una perra lastimada. Sólo tejía, tejía interminablemente, como las arañas de los muros, para sí misma o para nadie. Una vez, cuando se robaron una máquina de escribir de la administración -robo que, como cualquiera de los que se perpetraban en el establecimiento, no esclarecimos jamás- me habían mandado precintar esa oficina y quedarme de plantón frente a ella, para que nadie entrara. Inútil rutina a la que ya me había acostumbrado, como todos los demás. El único problema, además del aburrimiento, era que la forzosa permanencia en el lugar obligaba a escuchar la estúpida conversación de los viejos que, aprovechando la ocasión de tener un obligado interlocutor, se detenían a contar una selección de sus andanzas y sus quejas que hacía aborrecer el haber nacido. De nada valía entonces mirar para otro lado, no contestar o hacerlo. Los monólogos se repetían iguales y todos terminaban en lamentos y en amenazas dirigidas a gente que había muerto o que no se recordaba exactamente quién era. Cuestiones que, si alguna vez habían tenido alguna importancia, la habían perdido décadas atrás, al tiempo que se fijaban para siempre en las memorias desquiciadas de aquellos infelices, donde se mezclaban y enriquecían con otros recuerdos desfigurados, convirtiendo al asunto central en un collage de sinsentidos, único tesoro del monologuista. Y, si agotada la narración tras repetirla más o menos igual tres o cuatro veces, de adelante hacia atrás y de atrás para adelante, el alucinado o la alucinada se iba, detrás suyo venía otro. Y otro. Y otro más, hasta que terminara la guardia. Yo siempre llevaba algún libro conmigo, pues cuando me tocaba vigilar de nadie, porque nadie se asomaría jamás por allí, un depósito de cosas inservibles, el tedio era tal que se imponía leer para pasarlo, pero de guardia ante aquella oficina todos me veían y era imposible leer. En una de esas veladas obligatorias la vieja que entonces venía hacia mí, pacientemente, me había contado su historia arrugada por el uso, la razón de ser de su vida declinante. Se llamaba Adriana o la llamaban así, me había dicho la Cerqueiro, quien le tenía afecto porque siempre le daba algo. Rondaría los setenta o quizá fuera aun mayor. Me había mostrado, aquella vez, un retrato suyo tan ajado como ella entonces. Lo llevaba siempre en el bolsillo, por temor a que se lo robaran o lo usaran para "hacerle un daño", como me dijo, confidencial. No se parecía a Leonor en aquella fotografía. La foto estaba protegida por un plástico mugriento, pero se adivinaba en ella, más que se apreciaba, que la Adriana alguna vez había sido joven y casi, casi bella. Todavía guardaba algún lejano parecido con el retrato, si se abusaba uno de la imaginación. Antes de que fuera vieja y de que fuera renga, había sido amada y había amado y había sido desdeñada y había desdeñado. Según ella, un hombre que estaría seguramente muerto o en otro asilo como aquel, la había abandonado en su juventud, en la poco creíble escenografía de una playa cuyo nombre ya no recordaba, tras haberlo ella ayudado a llevar a cabo un asesinato. La vieja sin duda desvariaba, pues hablaba de un hombre deforme, con cabeza de toro o algo por el estilo y agregaba que su seductor lo había matado y que ella había huído con el asesino. Aquel crimen, que posiblemente sólo existía en su relato, no exhibía motivo alguno o la anciana omitía aquel detalle adrede. Pensé que quizá la vieja Adriana lo había olvidado totalmente, recordando sólo la parte que le correspondía a ella. Después de algunos otros dislates, la anciana culminaba la narración contando que otro hombre, muy bueno, decía, la había encontrado en aquella playa y se había casado con ella y que habían sido muy felices durante cuarenta años, hasta el fallecimiento de su marido. Decía que el único defecto que tenía el occiso, quizá también imaginario, como todo lo demás, era ser un borracho crónico. En fin, una historia más de aquel asilo de semilocos o locos rotundos. Todo eso vino a mi memoria avanzando hacia la vieja y, por miedo a que me diera una nueva ración de sus recuerdos, fue que la esquivé diestramente, con un pase impecable, trasponiendo la puerta franca que llevaba a las escaleras y al piso superior. Lo hice justo en el instante en que la vieja, casi sobre mí, levantaba su mano y abría la boca para decirme algo. Subí las escaleras con exagerada agilidad, como para demostrarme a mí mismo que yo, todavía, nada tenía que ver con esos seres arruinados por el tiempo. Pero en el descanso de la escalera me detuve un momento y me volví. La vieja bruja estaba allí, parada frente a la puerta franca y señalando con el índice hacia arriba, hacia donde yo me dirigía. Una sonrisa, apenas insinuada en su labios resecos y finos, parecía alentarme a seguir subiendo. La miré con desprecio, quizá con genuino asco, alentado por la ginebra en ayunas -jamás comía la bazofia del asilo, aunque no tuviera un cobre- y seguí subiendo los peldaños de dos en dos. Ya arriba, frente a la caja del ascensor y en la boca de esa sala desierta como todo lo demás, sentí un escalofrío. Pensé que la aparición de la vieja Adriana me había sugestionado, me reí de mí mismo y seguí caminando. Nadie había por allí y volví a sacar mi regalo de navidad y a pegarle un trago. Podía ir a cualquier parte, que ninguno de mis actos tendría la menor importancia. Iba a aburrirme definitivamente, de todas formas. Entonces fue que pensé en visitar el pabellón quemado. No lo había hecho nunca antes pues, aunque no estaba prohibido recorrrerlo, Valentini me había prevenido contra las pulgas que se me pegarían si entraba en él. Recordé mi escalofrío de un momento antes y decidí divertirme conmigo mismo, para animar un poco aquella noche interminable. Como los chicos, cuando juegan a asustarse, pensé que aquel sitio tenebroso quizá me brindaría alguna emoción, bien que débil, al menos una para mi aburrimiento de infeliz, mi tedio de boludo. Estaba tan aburrido que hasta la mole negra del sector quemado me parecía interesante. Sin quererlo, mis pasos se dirigieron hacia allí. Hacía un frío de terror en aquella galería descubierta, conque el hedor de las cagadas de paloma, al infectarme la nariz, parecieron una bendición. Por suerte tenía una linterna, provista por la compañía. Algo, no sé si una rata, huyó de mi rayo de luz. A través de las vértebras rotas del techo, se veían las estrellas de las que nunca sabré el nombre. Tenía miedo de caerme en alguna guía rota de aquel piso no sólo podrido, sino también quemado como todo lo demás. Di unos pasos. Después unos más. Al costado se abría una fila de baños, para hombres, descubrí por la fila de mingitorios. Conque estaba en el gran meadero del pasado. Pensé en la cantidad de tipos, de vidas perdidas que habían pasado por allí para hacer lo mismo (el asilo tenía, a fin de cuentas, más de setenta años de funcionamiento, como varios de sus internados) y no pude evitarlo. Meé ruidosamente, sosteniendo cuidadosamente, con la otra mano, la linterna, que oscilaba sobre bultos difusos de escombros apilados. Creí ver un hombre dormido (sabía que, en ocasiones, los viejos buscaban el reparo de esas ruinas para emborrarcharse o bien para que no los molestara nadie) pero no era nada más que un montón de trapos. Un calentador abandonado ratificaba que sí, alguna vez el viejo meadero había sido la guarida de alguno. Quién sabe cuándo habrá sido aquello. El calentador estaba reducido prácticamente a óxido con su forma, los trapos a hilachas. Entonces, en esa penumbra que apenas rasgaba la linterna, lo vi. Primero no quise verlo, como hacemos todos con los avisos de lo que va a venir, y saqué de entre mis ropas mi botellita, ya medio vacía, y busqué un trago en esa noche interior, como uno que se anticipa a todo y que no encuentra nada. Nada encontré en la petaca vacía y el ruido que hizo al estrellarse en la cercana oscuridad fue como un gong que clausuró algo, que cerró algo. Porque avancé hacia el lugar de donde venía aquel resplandor, mitad divertido, mitad por jugar, y quise asustarme y no pude. Era una puerta que no había advertido en los pases de mi linterna pero que sí, estaba allí, y bajo ella brillaba el resplandor. Como todo en aquel lugar, estaba cubierta de mugre. Me dio impresión, un cierto asco tomar el frío picaporte. Pensé en cuántos viejos perdidos entre aquellas ruinas lo habrían hecho, atraídos como yo por el resplandor, y tiempo después pensaría en cuántos se habrían fugado por allí. Al andar esas otras calles que me aguardaban - y no lo sabía todavía- pensaría muchas veces en cuántos hombres y mujeres que encontraría por ellas serían gente que hubiera cruzado aquel umbral. ¿O habría otros, en otras partes? Empujé la puerta y la violenta luz del día me hizo cerrarla y salir corriendo de allí, de ese meadero en sombras, de esas ruinas dormidas bajo la noche estrellada. Capítulo 6 Contursi me despertó apenas íbamos llegando a las luces de la avenida 18 de Julio. Lucía tan fresco como el aire y el chofer impasible. Solamente yo parecía sacado del fondo del río. Me dolía todo el cuerpo por la posición en que había dormido y recién cuando el Daimler se detuvo, en la avenida cubierta de tolditos de uno y otro lado de la calle y Plaza de Cagancha, a la vuelta de donde debíamos actuar, comencé a entender un poco dónde estábamos y qué habíamos venido a hacer. Miré a Pascual Contursi con el mismo asombro con que, todas las veces que dormía en unahabitación de hotel o en su casa lo miraba. Necesitando de un esfuerzo extra para comprender que estaba allí y era tan real como mi mano. o el dolor de los músculos de mi espalda. Bajo el sombrero, mientras él mismo bajaba nuestras pocas cosas, sin esperar la ayuda demorada del chofer, Contursi tenía los ojos brillantes. Resté la fecha de su nacimiento a la de su muerte y recordé que tenía, en ese instante en que lo miraba hacer, veintiséis años. El chofer se fue y desapareció para siempre de ese amanecer remoto. El hotel se llamaba "El Serpentario" y, a juzgar por la confianza con que mi amigo trataba al somnoliento portero de noche y el tuteo que empleaba con el botones, más la soltura con que le daba la propina, no era la primera vez que paraba allí. La habitación estaba en los altos y las escaleras eran empinadas. La pieza era como todas las que habíamos conocido en nuestro andar por la provincia de Buenos Aires, por el sur de Santa Fe, igual a las que habíamos ocupado las dos veces que fuimos a Córdoba para animar los casamientos de otros. -Che- le oí decir desde el baño, a donde había ido a refrescarse, mientras yo empezaba a amodorrarme sobre un colchón sorprendentemente mullido- oiga, no se me va a dormir en Montevideo, ¿no?- Aquel hombre era infatigable. No, Pascual no iba a querer dormirse hasta que llegara la función vespertina, cuando teníamos que hacer lo nuestro. En ocasiones decía que permanecer sin dormir le servía para escribir, que lo inspiraba ese estar como dentro de una película, permanecer entre dos mundos. Y casi llevaba dos días sin tocar la almohada. -Salgamos, Cárdenas, ¡mire que mañana!- y abrió de golpe la ventana. El sol me dio de lleno en la cara y sentí dolor detrás de los ojos. Me sentí como un vampiro de cine, de esos que se retuercen en el cajón cuando les pega el sol de frente. Pascual se cagó de risa y sacudió la cama para despertarme. -Agarre el saco que nos vamos a almorzar- Me vestí resignado, como un mártir, como una piltrafa. -Se nota que es el mayor- dijo con sorna, mientras bajábamos las escaleras que acabábamos de subir hacía poco. -Si le digo que soy más joven que usted, no me va a creer- le respondí. -¡Este Cardenitas! ¡Este Cardenitas, carajo!- me pareció todavía más juvenil cuando dijo esto y salió a la calle respirando hondo. -Doblando la esquina, Cardenitas. Lo de Leguizamón: dos churrascos como no hay en casa y un litro de clarete- festejó. Eran las siete. En lo de Leguizamón no había más parroquianos que uno dormido de bruces sobre su mesa y Leguizamón no estaba. El dependiente nos saludó con efusión y le preguntó a Pascual por las guitarras y no sé cuánto más dijo. Le gustaba hablar al muchacho. Pascual agregó cuatro huevos fritos al pedido y exigió el vino rápido. Tenía gusto a gloria el uruguayito en jarra y me sentí mejor, mucho mejor. Contursi decía pavadas y parecía más chico de lo que era. Nunca me acostumbraría a sus cambios de estado de ánimo. Sabía que una hora después podía estar sumido en la más profunda melancolía y que, cuando fuéramos a hacer nuestro número, podía encontrarse tanto enojado como festivo. El lugar donde íbamos a actuar esa tarde no tenía nada de extraordinario. Ni siquiera era un dancing o un prostíbulo de fama. Se trataba de una academia de baile, a seis pesos la hora, donde los hombres iban a aprender a mover los pies sobre el piso y las manos sobre las señoritas encargadas de enseñarles, pacientemente, ambas cosas. Iban menores a esas veladas, me dijo Pascual, risueño. Los churrascos matinales venían jugosos en sus platos, cubiertos de aros de cebolla, nadando en un mar de salsa y arropados por los huevos fritos en manteca gruesa. Bajamos una panera y pedimos otra y otra jarra de vino y después otra jarra más. Yo era joven de nuevo y tenía doscientos pesos de la época en mis bolsillos. Era eterno, no podía morir. Como Contursi. Pedimos grapa con limón. Pascual embromaba y jodía, acordándose de todo y todo le causaba gracia, como un niño que recuerda sus travesuras: la ida del hotel aquel, lejanísimo, de Colonia (¿cúando había sucedido aquello?, me pregunté, la tarde anterior estaba en otro mundo), el encuentro con Saldívar y sus amigos, el flaco Magallanes y su amante, la sospechosa dueña de casa... Repentinamente, como le había venido aquel estado de casi euforia, Pascual se fue apagando. Dejó de hablar, se peinó de un manotazo y se tocó las polainas como si no supiera qué hacer con las manos. Me miró de soslayo, como para asegurarse de algo y pidió el sombrero y se fue, no sin antes decirme, muy serio: -Pague si tardo un poco -vaciló- cualquier cosa lo veo en el hotel... Y se quedó mirándome unos segundos, como para que adivinara lo que le pasaba. No adiviné y se fue, como un papel que sale por la puerta llevado por el viento. Desde atrás del mostrador el dependiente me miraba, pero desvió los ojos cuando le clavé los míos. El otro cliente del establecimiento seguía en lo suyo. El tipo roncaba, volcado sobre la mesa, en su rincón. Pedí otra vuelta de grapa, solo para mí, y me di cuenta de que no tenía sueño ni nada que hacer sin él. Entonces, paladeando mi copita, me acordé de la vez aquella en que había descubierto el resplandor y había salido a la noche y había pasado el resto de la guardia como un loco, yendo y viniendo de aquí para allá, de arriba para abajo del asilo, hasta poder más o menos tranquilizarme o algo parecido. Sonreí, porque con la tranquilidad que sentía en ese momento, me parecía gracioso haber estado tan asustado alguna vez. Y estar allí, en esa mañana montevideana, bien comido y mejor bebido, era para mí lo más natural del mundo. El día de mi descubrimiento no había dormido, tampoco, porque no podía. Temía volver a mi trabajo porque sabía que iba a subir a ese lugar y que iba a entrar por esa puerta donde era de día, imposiblemente, de día en medio de la noche. Por eso bendije como un premio que me destacaran en un depósito -otro del turno había faltado sin aviso y el cambio de tarea, pensé, me había beneficiado- pero ese día, el siguiente, tampoco pude cerrar los ojos. Valentini, cuando tomé la guardia, me miró de hito en hito y me preguntó si venía teniendo demasiado sexo, ya que lucía tan agobiado. Seguía intentando bromear, con algún éxito. Esa tarde me persuadí de que todo había sido un sueño, de que nada había allí arriba, de que con mi juego de asustarme para que pasara algo había caído en mi propia trampa, divirtiéndome en exceso conmigo mismo. Casi lo había logrado y con ello me había sobrevenido todo el cansancio de dos días en vela, cuando pasé por el corredor, donde unos internos y la asistente social que los dirigía estaban colgando de las paredes adornos de confección casera. Toscos, horribles, chillones sobre el gris sucio de los muros, como manchones de papel crepé. Los parlantes en esos días especiales estaban conectados casi todo el tiempo y entonces recordé que estábamos en vísperas de año nuevo. Hoy que anda revoleando sus puñaladas, el frío de tu ausencia como un matón, me da por evocarte como vos eras, antes de que me alcance el corazón. Cantaba "El Mudo" otro tango desconocido. Apenas pensé en ese detalle. Apenas, también, pensé en Leonor. Quería que se fuera diluyendo, como el resto de mi vida, y me ilusionaba pensando que así sucedía, en realidad. Entre el grupo de decoradores rengueaba la Adriana, que me miró acercarme con su sonrisa siniestra. Me miraba a los ojos, fijo, muy fijo como para no saberlo. Y cuando pasé a su lado, haciéndome el desentendido y sin saludar a nadie, rengueó tras de mí y al oírlo sentí algo correrme de nuevo por la espalda. Como el frío de la panza de una lagartija, de la nuca hasta las piernas. -Espere, querido. Espere- Quise no escuchar su voz, quise no detenerme. Me tomó del brazo con una mano minúscula, como de murciélago, y tuve que pararme. También tuve que mirar para otro lado. -Escuche, no sea zonzo, si hoy va de vuelta y entra, mejor que se lleve esto- susurró. Ahí sí que la miré. Parecía una abuelita de cuento infantil, como transfigurada, y en la mano sostenía un ovillo de lana roja. Lo tomé, creo que sin saber bien qué estaba haciendo. -¡Adriana! ¡Doña Adriana! ¡Deje de molestar a los muchachos y venga que tenemos que terminar!- la llamó la asistente social, completamente ignorante de todo y sonriendo profesional, maternalmente, a la distancia. La anciana la miró muy rápido, con una expresión de superioridad apenas perceptible y se volvió para decirme, mientras se iba en su dirección: -Vaya largando lana y acuérdese por dónde entró. Si no, seguro que se pierde- Me quedé parado allí y después comencé a caminar, guardándome el ovillo en la campera de reglamento. -¡Mire que se perdió mucha gente por ahí!- me gritó de repente la vieja Adriana, antes de que yo doblara hacia la enfermería mi camino. Y antes de que yo desapareciera del corredor, todavía volvió a gritarme una vez más: -¡Y cuídese del hombre con cabeza de toro! La asistente social, lo oí claramente, la regañó y la hizo callar. Al final de la enfermería había otra escalera que llevaba hacia arriba. La subí despacio, acariciando el ovillo de lana que llevaba en mi bolsillo, junto con un librito de historia del tango que alguna vez me había servido para mis artículos en revistas de espectáculos. Cuando entré en el pabellón quemado y busqué el baño entre las ruinas, no pensé en nada. Algo se había quedado quieto en mi cabeza y todo era extremadamente sencillo. En el baño, anudé el extremo del ovillo a un caño roto que sobresalía un metro de la pared y lo fui desenrrollando despacio, sintiendo que, de alguna manera, aquel acto ya lo había hecho antes, en un pasado lejanísimo o en un sueño. Curiosamente, abrir la puerta y ver que era de día detrás de ella no me impresionó como la primera vez, quizá porque entonces también era de día en el asilo y en cuanto lo rodeaba. Pero, llamativamente, la puerta daba a un callejón. Un callejón sinuoso, lleno de vueltas y de codos, según pude comprobar al recorrerlo como un sonámbulo. Siempre soltando lana, avancé por ese callejón desierto, casi tan sucio como el pabellón quemado de un primer piso que había dejado atrás y vi que no había nadie en él, aunque llegaban algunos ruidos hasta mí. Ruidos distintos a los que estaba acostumbrado a oír en el asilo. Ya en la esquina observé que el ovillo había perdido bastante de su tamaño y volví a mirar hacia atrás, a donde se extendía el hilo rojo, que me pareció delgadísimo. Entonces vi al chico aquel y no sé cómo no grité. Su ropa, creo que fue su ropa, aunque me parece que también me asusté tanto porque estaba voceando los diarios junto a un auto y después me percaté de que había otros, pocos, en aquella calle. Parecían recién salidos de un museo de autos antiguos. La calle también era distinta. Empedrada, sin asfalto, imposible y jalonada por unos postes que, tuve que admitir después de un rato, servían para atar caballos. El chico gritaba la quinta edición y no me prestó atención alguna. Yo sí a él. Tenía bajo el brazo la edición de "Crítica". Cuando vi a dos hombres y a una mujer pasar cerca del chico, retrocedí hasta el callejón. Sus sombreros, el bastón de uno de ellos, el vestido que usaba esa mujer. Acobardado, acuclillado en aquel callejón, con el ovillito de lana entre las manos, vi o, mejor dicho, no vi terminar de caer la tarde. La calle había quedado desierta y me animé a salir del callejón roñoso. Dejé el ovillo enganchado en una saliente de la pared. No convenía que nadie lo descubriera y, además, razoné, quedaba tan poca lana en él, que sólo podría acompañarme unos pocos metros. Fui hasta la otra esquina, atraído por la luz de un farol. Era un farol a gas que alguien, indudablemente, había prendido pasando por allí sin que yo lo hubiera visto, escondido como estaba en el callejón. En cada esquina había un farol igual y la luz que se iba apenas competía con sus llamas a unos pocos metros del poste. El hombre que pasó, acariciándose el bigote bien engomado y se descubrió al aproximarse a mí, me miró con una extraña mezcla de curiosidad y de respeto. Me extrañé de su actitud, pero llevé mi mano a la gorra para responder a su saludo. Entonces, luego de que se fue, comprendí que mi uniforme y mi arma eran el motivo de su sorpresa. Un nuevo uniforme para la policía, habrá pensando aquel anónimo paseante. Prendí un cigarrillo y al ir a guardar mi encendedor me di cuenta de que aquel pequeño objeto podía delatarme. De que también podían hacerlo otras cosas que llevaba conmigo, mi forma de hablar, mi condición de ignorante de todo lo concerniente a aquel lugar... a todo aquello que me rodeaba. Me sentí indefenso y tan asustado, que retrocedí hasta el callejón y pensé en volver mis pasos siguiendo el rastro de lana, en desandar sus vueltas hasta la puerta y tras ella, otra vez, estaría cuanto yo conocía y me conocía. Pero, cuando me disponía a hacerlo, me detuvo algo. Un deseo, un sentimiento tan fuerte y tan cierto como cuando, siendo un niño, había descubierto el mar. Como cuando, ya un poco mayor, besé a una mujer por primera vez. Una fuerza más poderosa que el miedo y que, con el miedo, sin desalojarlo pero compitiendo con él, se despertaba dentro mío y se desenrrollaba como yo había hecho con el ovillo de lana. Estaba como suspendido entre lo que era tras esa puerta mugrienta que me esperaba al final del ovillo y lo que no era allí, al final del ovillo. Muchas cosas pasaron por mi cabeza en ese instante, ya bajo la franca noche -¿la noche de cuándo? ¿la noche de dónde?, si me quedaba allí lo sabría, inevitablemente- y sentí crecer ese sentimiento en mí. Volvía a ser, de alguna manera, yo mismo o a ser el hombre en su dimensión más honda, pensé, como en una épica. Aunque no recordaba muy bien qué significaba exactamente aquella palabra, sentía que encajaba perfectamente en aquel momento y que llenaba nuevamente de sentido mi vida. Pensé en el asilo, en aquel corredor interminable, en los años que recorrería una y otra vez la misma fila de baldosas, siguiendo la misma pared manchada, hasta que sólo el uniforme me diferenciara de aquellos a los que vigilaba. Pensé en Valentini robándole naranjas a la Cerqueiro y ensayando bromas para no morirse, en la rutina de llegar y de irme siempre a las mismas horas, en mi departamento miserable, en mi vida.También pensé en Leonor, con aquel largo pedazo de lana en las manos. Si bien Leonor estaba también en el otro extremo del ovillo, lo estaba para mí, yo lo sabía, quizá lo comprendí sólo en aquel momento, tan en ese mundo como las pirámides en Egipto o una piedra en el fondo de un río desconocido. Lejos y seguramente para siempre. Pensé en que, si ella me hubiera llamado cuando yo todavía tenía teléfono y mi vida aquel sentido, hubiera remontado el curso del hilo hasta la puerta y dejado atrás el resplandor. Dudé, con remordimiento y teniendo que aceptarlo, pero preferí pensar que sí, que hubiera vuelto. Entonces, de una vez, tiré del hilo y se rompió allá a lo lejos, en alguna parte del callejón sinuoso que yo no podía ni quería volver a ver, y lo enrrollé despacio, gozando del peligro, la intemperie y la aventura que venían a mí, cada vez más cerca, con cada vuelta. Cuando reuní todo el ovillo me volví y lo tiré lo más lejos que pude a través de la calle. Lo vi rebotar y perderse, rodando hacia la nada. Comencé a caminar calle abajo y sentí unas lágrimas que, por primera vez en mucho tiempo, no eran de tristeza, bajarme por la cara mientras todo, absolutamente todo, me parecía visible por primera vez, como cuando era un niño. Quería alejarme tanto del callejón que no pudiera recordar dónde quedaba y lo logré. Llegué cerca del puerto, lo vi a lo lejos y no encontré a nadie por las calles vacías. Corría como un loco, armado y feliz, entre los puentes y las grúas abandonadas en la oscuridad. Los barcos flotaban mansos, dormidos como caballos de pie, atados a las columnas del muelle. Recorrí con la mirada los nombres pintados en sus cascos, pero no me dijeron nada. Miré cada cosa, entonces, preguntándole dónde estaba y no me respondió ninguna. Recordé una película o una serie de televisión, no sé, que había visto tanto tiempo atrás. Alguien, en la misma situación que yo, el protagonista, encontraba un diario y por sus datos se enteraba de dónde y de cuándo. Pero no había ningún pedazo de diario sobre esos adoquines y, además, aquello no era una película ni una serie de televisión sino la vida real. Podía tocar mis manos, el frío del revólver con el que alguna vez había pensado en matarme y el viento me pegaba en la cara y sentía frío y pisaba el suelo bajo mis pies. Me apoyé en una tapia para recuperar el aliento que había perdido corriendo y sentí unos gritos. Venían de una calle lateral, que bordeaba con su único muro el río lleno de barcos que no cuidaba nadie. Entonces fui hacia allí, hacia el lugar de donde venían, y vi bajo un farol a los dos hombres y al tercero tirado en el piso, que era el que gritaba insultos y trataba de protegerse de las patadas. Volví a correr, sin pensarlo, y cuando iba llegando los dos se abrieron y uno llevó las manos al bolsillo del saco. Yo saqué mi revólver y les di el alto sin disparar todavía, como me habían enseñado que había que hacerlo en el instante previo. No vacilaron. Los vi doblar la esquina y no parar. Me detuve. El hombre en el piso no parecía demasiado estropeado, pero sí completamente ebrio. Era joven, vestía bastante bien, pese a lo desordenado de sus ropas y me miraba sin comprender muy bien lo que había pasado. Su gorra estaba tirada cerca de él. La recogí y se la extendí, sin decir palabra. Se apoyó en los codos, como pudo, y a medias se incorporó.Me miró como uno que se despierta y me sonrió y después se echó a reír. Me pareció estúpido que lo hiciera. En realidad, yo tampoco sabía muy bien qué hacer. Entonces le extendí la mano y le ayudé a pararse, sin guardar todavía el revólver pero sin apuntarle. Se tambaleó un poco y entonces sí, guardé el arma. No estaba en condiciones de hacerle nada a nadie. Seguía riéndose y me miraba y al hacerlo se reía más fuerte. Qué ridículo era todo aquello. De pronto, apoyándose de mi brazo, donde no pesaba porque era extremadamente delgado, acercó su aliento a mi oído y le oí musitar, como pudo: -¡Asaltarme a mí, a mí, tan luego a mí! ¡Qué par de giles esos cosos, diga!- y se rió de nuevo y se cayó y lo levanté y allí, después de ese esfuerzo que debió de ser para él sobrehumano, hizo algo extremadamente humano. Vomitó sobre mí, el muy animal. Así conocí a Pascual Contursi y en los meses posteriores y en los años que vinieron luego, recordaríamos muchas veces aquel momento de perplejidad mía y de semiinconciencia suya. Cómo lo llevé a la casita que ocupaba entonces, cerca del puerto, por suerte, no lo sé. Recuerdo que me fue guiando equivocándose muchas veces. -Oiga, es por acá. -¡Está seguro esta vez!- me fastidiaba. -¡A seguro se lo llevaron preso!- bramó y soltó otra carcajada de aquellas, estremeciéndose.Pensé que iba a vomitar de nuevo y, por las dudas, lo aparté un poco de mí. Pareció reaccionar y, mientras extendía la mano apuntando a donde se suponía que teníamos que dirigirnos -una calle sin faroles, oscura como todo aquel momento lo era para mí- se volvió como cayendo en cuenta de todo y me preguntó de golpe: -Oiga, viejo, ¡usted es de la taquera! Sus propias palabras le causaron gracia y volvió a reírse fuerte. Iba a aclararle que no era exactamente un policía, pero no supe qué decirle algo que fuera creíble siquiera para un borracho. -No, o sí...- alcancé a expresar. -¡Ah, gracias, don salvador! ¡Me lo dijo todo! Vamos, viejo, vamos y no se me tropiece que ya casi llegamos. Acá, no, la otra puerta... Encontrarle las llaves fue bastante más difícil. Estaba tan mamado que protestaba porque le daba cosquillas que revisara sus bolsillos, buscándolas. Además, tenía que sostenerlo para que no se cayera al piso. Finalmente las encontré. Un llavero pequeño en el bolsillo superior de su chaleco. Probé las llaves una y otra vez y temí que aquel desconocido se hubiera equivocado de puerta. Pero no, finalmente una de ellas abrió y entramos. Contursi se derrumbó sobre el piso y cerré como pude, corriendo sus largas piernas que habían quedado mitad afuera de la única habitación de ese lugar. Prendí el encendedor (Contursi dormía la mona con fuertes ronquidos en el piso, conque no podía verlo ni asociar nada con él) y así me fui guiando por la pieza hasta un quinqué que había sobre una mesita de luz, junto a un catre. Luego lo arrastré hasta su cama y lo subí a ella como pude. La luz del quinqué era débil, pero encontré a un costado la puerta de un retrete. Dentro, junto a la letrina, había una mesita con una palangana y una toalla. Me lavé un poco, con repugnancia, la lanzada que me había obsequiado el padre del tango canción en nuestro primer encuentro. Mientras me limpiaba, pensaba un montón de cosas inútiles para ponerlas como origen de mi presencia allí. Terminé mi tarea y volví a la pieza principal. Contursi, sin que yo supiera que era él, dormía sobre su catre como un largo caballo herido. Me senté en el piso e hice lo mismo, por fin, después de dos días que aún no habían trascurrido para mi involuntario anfitrión. Dos días que, para él, no habrían de suceder jamás. Mientras evocaba todo esto, la grapa en lo de Leguizamón -que seguía sin aparecer- y el opíparo desayuno y el tiempo que llevaba velando hicieron su efecto y me fui, como en el momento que venía recordando, adormilando poco a poco. Pero me desperté de golpe, como siempre desde que estaba en ese remoto allí, cuando entró alguno a la fonda dando un portazo y se puso a discutir con el dependiente. Me molesté, porque lo estaba pasando bien con mi dormitar y mis recuerdos y entonces pedí la cuenta y me fui. Llegué al hotel, pregunté por Pascual y me dijeron que, desde que había salido conmigo, aún no había vuelto. No tenía por qué inquietarme por su tardanza. Muchas veces desaparecía por dos o tres días y nadie sabía dónde se había metido. Ni él mismo. Si uno le preguntaba dónde había estado, se encogía de hombros y decía algo vago, para sacárselo a uno de encima. Simplemente para eso. De todas formas, tenía que estar de vuelta antes de las cinco, para ir hasta la academia de baile donde actuaríamos. En eso no fallaba. Ya en la habitación saqué de mi bolsillo el reloj pulsera que siempre llevaba cuidadosamente escondido y miré en su cuadrante que eran las once de la mañana.Calculé que le quedarían pilas para un año más y lo guardé como si lo pudiera ver alguien en esa pieza desierta. Si me acostaba en ese mismo momento, podría dormir unas cuantas horas, lo que no me vendría nada mal. Pero entonces no tenía sueño y esperando que retornara a mí la modorra de unos momentos atrás, encendí un cigarrillo y fui hasta la ventana, que daba sobre la avenida. Volví a recordar aquellos días, cuando comenzó todo, incluída mi amistad con Pascual. Aún no lograba, pese a los dos años trascurridos, acostumbrarme a los cigarrillos sin filtro. La boca se me llenaba de hebras amargas. Tosí y seguí evocando, mientras por la avenida pasaban, siempre otros y siempre en la misma dirección, los cortos tranvías amarillos, tirados por dos yuntas de caballos. Al día siguiente de nuestro accidentado encuentro, cuando Pascual se despertó, yo ya estaba a medio vestir y tratando, desde más temprano, de hilar para él una historia más o menos creíble. Me agradeció vivamente lo que había hecho por él, aunque quitándole importancia al incidente en sí. Era ya pasado el mediodía. -Bueno, che- sonrió por encima del mate, que iba a ser inútil para quitarle el dolor de cabeza que padecía- ahora que ya le conté mi vida, cuénteme cómo llegó hasta ahí, tan justito para salvarme de esos dos atorrantes. Y se quedó mirándome muy fijo, sorbiendo apenas de la bombilla caliente. -Tengo que decirle algo, Contursi. Ya había pasado, una hora antes, mi estupor al saber con quién había ido a encontrarme, por casualidad, en una trifulca; había pasado mi alivio al enterarme de que me hallaba en Buenos Aires y también se había ido mi asombro por otros detalles de la vida de mi accidental anfitrión. Había resumido su existencia en unos trozos, unos pasajes de su historia, pero tan bien elegidos que ya sabía yo, mucho mejor que cualquiera de sus futuros biógrafos, quién había sido Pascual Contursi hasta ese entonces. -...y entonces deserté de la gendarmería y me vine a Buenos Aires- concluí. Me creyó todo. También se alegró y me dio un corto discurso sobre la necesidad de eliminar a la policía y a las fuerzas armadas para felicidad de todos. -Mire, si no tiene adónde ir, acá puede quedarse cuanto quiera, comodidad no hay, pero una manta y un mate y un churrasco no faltan. -No me quiero abusar de su agradecimiento, quizá unos días, nomás, hasta que... -¡Qué unos días ni qué ocho cuartos!- me interrumpió- si se piantó de la gendarmería, lo andarán buscando. -Seguro- -Entonces, hay que hacer unas cuantas cosas antes de que pueda salir a la calle, y menos de día. ¿Sabe si lo agarran...? Pensarlo me hizo sonreír. -Sí, hágase el guapo, nomás. Lo mandan al sur, seguro, a internar. Y no vuelve por acá por una punta larga de años. ¿De dónde me dijo que era? -Del barrio de Flores- -¿Flores de acá un par de leguas?-replicó de buen humor- ¡Qué habían sido fanfarrones estos de afuera! Si es de Las Flores, viejo, eso es un pueblito nomás, qué barrio ni barrio! Estuve tocando allí, para el casamiento de los puesteros, el año pasado, cambiamos caballos en la posta del Caballito y de ahí, meta lonja hasta las quintas. Me callé la boca, prometiéndome no volver a meter la pata de tal forma. -Diga, además de usar ese fierro-señaló mi revólver, que descansaba sobre la cómoda- ¿qué otra cosa sabe hacer? -Escribo algo... fui periodista antes de entrar en la gendarmería- calculé que mis palabras no me pondrían en una situación embarazosa. El rostro de Co