Los Cien Mil Hijos de San Luis Benito Pérez Galdós ********* Para la composición de este libro cuenta el autor con materiales muy preciosos. Además de las noticias verbales, que casi son el principal fundamento de la presente obra, posee un manuscrito que le ayudará admirablemente en la narración de la parte o tratado que lleva por título Los cien mil hijos de San Luis. El tal manuscrito es hechura de una señora, por cuya razón bien se comprende que será dos veces interesante, y lo sería más aún si estuviese completo. ¡Lástima grande que la negligencia de los primeros poseedores de él dejara perder una de las partes más curiosas y necesarias que lo componen! Sólo dos fragmentos, sin enlace entre sí, llegaron a nuestras manos. Hemos hecho toda suerte de laboriosas indagaciones para allegar lo que falta, pero inútilmente, lo que en verdad es muy lamentable, porque nos veremos obligados a llenar con relatos de nuestra propia cosecha el gran vacío que entre ambas piezas del manuscrito femenil resulta. Este tiene la forma de . Su primer fragmento lleva por epígrafe De Madrid a Urgel, y empieza así: I En Bayona, donde busqué refugio tranquilo al separarme de mi esposo, conocí al general Eguía. Iba a visitarme con frecuencia, y como era tan indiscreto y vanidoso, me revelaba sus planes de conspiración, regocijándose en mi sorpresa y riendo conmigo del gran chubasco que amenazaba a los francmasones. Por él supe en el verano del 21 que Su Majestad, nuestro católico Rey D. Fernando (Q. D. G.), anhelando deshacerse de los revolucionarios por cualquier medio y a toda costa, tenía dos comisionados en Francia, los cuales eran: l.º El mismo general D. Francisco Eguía, cuya alta misión era promover desde la frontera el levantamiento de partidas realistas. 2.º D. José Morejón, oficial de la secretaría de la Guerra y después secretario reservado de Su Majestad, con ejercicio de decretos, el cual tenía el encargo de gestionar en París con el Gobierno francés los medios de arrancar a España el cauterio de la Constitución gaditana, sustituyéndole con una cataplasma anodina hecha en la misma farmacia de donde salió la Carta de Luis XVIII. Yo alababa estas cosas por no reñir con el anciano general, que era muy galante y atento conmigo; pero en mi interior deploraba, como amante muy fiel del régimen absoluto, que cosas tan graves se emprendieran por la mediación de personas de tan dudoso valer. No conocía yo en aquellos tiempos a Morejón; pero mis noticias eran que no había sido inventor de la pólvora. En cuanto a Eguía, debo decir con mi franqueza habitual que era uno de los hombres más pobres de ingenio que en mi vida he visto. Aún gastaba la coleta que le hizo tan famoso en 1814, y con la coleta el mismo humor atrabiliario, despótico, voluble y regañón. Pero en Bayona no infundía miedo como en Madrid, y de él se reían todos. No es exagerado cuanto se ha dicho de la astuta pastelera que llegó a dominarle. Yo la conocí, y puedo atestiguar que el agente de nuestro egregio Soberano comprometía lamentablemente su dignidad y aun la dignidad de la Corona, poniendo en manos de aquella infame mujer negocios tan delicados. Ella asistía la tal a las conferencias, administraba gran parte de los fondos, se entendía directamente con los partidarios que un día y otro pasaban la frontera, y parecía en todo ser ella misma la organizadora del levantamiento y el principal apoderado de nuestro querido Rey. Después de esto he vivido muchas veces en Bayona y he visto la vergonzosa conducta de algunos españoles que sin cesar conspiran en aquel pueblo, verdadera antesala de nuestras revolucione, pero nunca he visto degradación y torpeza semejantes a las del tiempo de Eguía. Yo escribía entonces a D. Víctor Sáez, residente en Madrid, y le decía: "Felicite usted a los francmasones, porque mientras la salvación de Su Majestad siga confiada a las manos que por aquí tocan el pandero, ellos están de enhorabuena". En el invierno del mismo año se realizaron las predicciones que yo, por no poder darle consejos, había hecho al mismo Eguía, y fue que habiendo convocado de orden del Rey a otros personajes absolutistas para trabajar en comunidad, se desavinieron de tal modo, que aquello, más que junta parecía la dispersión de las gentes. Cada cual pensaba de distinto modo, y ninguno cedía en su terca opinión. A esta variedad en los pareceres y terquedad para sostenerlos llamo yo enjaezar los entendimientos a la calesera, es decir, a la española. El marqués de Mataflorida, proponía el establecimiento del absolutismo puro; Balmaseda, comisionado por el Gobierno francés para tratar este asunto, también estaba por lo despótico, aunque no en grado tan furioso; Morejón se abrazaba a la Carta francesa; Eguía sostenía el veto absoluto y las dos Cámaras a pesar de no saber lo que eran una cosa y otra, y Saldaña, nombrado como una especie de quinto en discordia, no se resolvía ni por la tiranía entera ni por la tiranía a media miel. Entretanto el Gobierno francés concedió a Eguía algunos millones, de los cuales podría dar cuenta si viviese la hermosa pastelera. Dios me perdone el mal juicio; pero casi podría jurar que de aquel dinero, sólo algunas sumas insignificantes pasaron a manos de los pobres guerrilleros tan bravos como desinteresados, que desnudos, descalzos y hambrientos, levantaban el glorioso estandarte de la fe y de la monarquía en las montañas de Navarra o de Cataluña. Las bajezas, la ineptitud y el despilfarro de los comisionados secretos de Su Majestad, no cesaron hasta que apareció en Bayona, también con poderes reales, el gran pájaro de cuenta llamado D. Antonio Ugarte, a quien no vacilo en designar como el hombre más listo de su época. Yo le había tratado en Madrid el año 19. Él me estimaba en gran manera, y, como Eguía, me visitaba a menudo; pero sin revelarme imprudentemente sus planes. Desde que se encargó de manejar la conspiración, seguíala yo con marcado interés, segura de su éxito, aunque sin sospechar que le prestaría mi concurso activo en término muy breve. Un día Ugarte me dijo: - No se encuentra un solo hombre que sirva para asuntos delicados. Todos son indiscretos, soplones y venales. ¿Ve usted lo que trabajo aquí por orden de Su Majestad? Pues es nada en comparación de lo que me dan que hacer las intrigas y torpezas de mis propios colegas de conspiración. No me fío de ninguno, y en el día de hoy, teniendo que enviar a Madrid un mensaje muy importante, estoy, como Diógenes, buscando un hombre sin poder encontrarlo. - Pues busque usted bien, Sr. D. Antonio - le respondí -, y quizás encuentre una mujer. Ugarte no daba crédito a mi determinación; pero tanto le encarecí mis deseos de ser útil a la causa del Rey y de la Religión, que al fin convino en fiarme sus secretos. - Efectivamente, Jenara - me dijo -, una dama podrá desempeñar mejor que cualquier hombre tan delicado encargo si reúne a la belleza y gallarda compostura de su persona un valor a toda prueba. En seguida me reveló que en Madrid se preparaba un esfuerzo político, es decir, un pronunciamiento, en el cual tomaría parte la Guardia real con toda la tropa de línea que se pudiese comprometer; pero añadió que desconfiaba del éxito si no se hacían con mucho pulso los trabajos, tratando de combinar el movimiento cortesano con una ruidosa algarada de las partidas del Norte. Discurriendo sobre este negocio, me mostró su grandísima perspicacia y colosal ingenio para conspirar, y después me instruyó prolijamente de lo que yo debía hacer en Madrid, del arte con que debía tratar a cada una de las personas para quienes llevaba delicados mensajes, con otras muchas particularidades que no son de este momento. Casi toda mi comisión era enteramente confidencial y personal, quiero decir que el conspirador me entregó muy poco papel escrito; pero, en cambio, me repitió varias veces sus instrucciones para que, reteniéndolas en la memoria, obrase con desembarazo y seguridad en las difíciles ocasiones que me aguardaban. Partí para Madrid en Febrero del 22. II Emprendí estos manejos con entusiasmo y con placer; con entusiasmo porque adoraba en aquellos días la causa de la Iglesia y el Trono, con placer porque la ociosidad entristecía mis días en Bayona. La soledad de mi existencia me abrumaba tanto como el peso de las desgracias que a otros afligen y que yo no conocía aún. Con separarme de mi esposo, cuyo salvaje carácter y feroz suspicacia me hubieran quitado la vida, adquirí libertad suma y un sosiego que después de saboreado por algún tiempo, llegó a ser para mí algo fastidioso. Poseía bienes de fortuna suficientes para no inquietarme de las materialidades de la vida; de modo que mi ociosidad era absoluta. Me refiero a la holganza del espíritu que es la más penosa, pues la de las manos, yo, que no carezco de habilidades, jamás la he conocido. A estos motivos de tristeza debo añadir el gran vacío de mi corazón, que estaba ha tiempo como casa deshabitada, lleno tan sólo de sombras y de ecos. Después de la muerte de mi abuelo, ningún afecto de familia podía interesarme, pues los Baraonas que subsistían, o eran muy lejanos parientes o no me querían bien. De mi infelicísimo casamiento sólo saqué amarguras y pesadumbres, y para que todo fuese maldito en aquella unión, no tuve hijos. Sin duda Dios no quería que en el mundo quedase memoria de tan grande error. Fácilmente se comprenderá que en tal situación de espíritu me gustaría lanzarme a esas ocupaciones febriles que han sido siempre el principal gozo de mi vida. Ninguna cosa llana y natural ha cautivado jamás mi corazón, ni me embelesó, como a otros, lo que llaman dulce corriente de la vida. Antes bien yo la quiero tortuosa y rápida, que me ofrezca sorpresas a cada instante y aun peligros; que se interne por pasos misteriosos, después de los cuales deslumbre más la claridad del día; que caiga como el Piedra en cataratas llenas de ruido y colores, o se oculte como el Guadiana, sin que nadie sepa dónde ha ido. Yo sentía además en mi alma la atracción de la Corte, no pudiendo descifrar claramente cuál objeto o persona me llamaban en ella, ni explicarme las anticipadas emociones que por el camino sentía mi corazón, como el derrochador que principia a gastar su fortuna antes de heredada. Mi fantasía enviaba delante de sí, en el camino de Madrid, maravillosos sueños e infinitos goces del alma, peligros vencidos y amables ideales realizados. Caminando de este modo y con los fines que llevaba, iba yo por mi propio y verdadero camino. Desde que llegué me puse en comunicación con los personajes para quienes llevaba cartas o recados verbales. Tuve noticias de la rebelión de los Guardias que se preparaba; hice lo que Ugarte me había mandado en sus minuciosas instrucciones, y hallé ocasión de advertir el mucho atolondramiento y ningún concierto con que eran llevados en Madrid los arduos trámites de la conspiración. Lo mejor y más importante de mi comisión estaba en Palacio, adonde me llevó D. Víctor Sáez, confesor de Su Majestad. Muchos deseos tenía yo de ver de cerca y conocer por mí misma al Rey de España y toda su real familia, y entonces quedó satisfecho mi anhelo. Hice un rápido estudio de todos los habitantes de Palacio, particularmente de las mujeres, la Reina Amalia, D.ª Francisca, esposa de don Carlos, y D.ª Carlota, del Infante D. Francisco. La segunda me pareció desde luego mujer a propósito para revolver toda la Corte. De los hombres, D. Carlos me pareció muy sesudo, dotado de cierto fondo de honradez preciosísima, con lo cual compensaba su escasez de luces, y a Fernando le diputé por muy astuto y conocedor de los hombres, apto para engañarles a todos, si bien privado del valor necesario para sacar partido de las flaquezas ajenas. La Reina pasaba su vida rezando y desmayándose; pero la varonil D.ª Francisca de Braganza ponía su alma entera en las cosas políticas, y llena de ambición, trataba de ser el brazo derecho de la Corte. D.ª Carlota, que entonces estaba embarazada del que luego fue Rey consorte, tampoco se dormía en esto. Los palaciegos, tan aborrecidos entonces por la muchedumbre constitucional, Infantado, Montijo, Sarriá y demás aristócratas, no servían en realidad de gran cosa. Sus planes, faltos de seso y travesura, tenían por objeto algo en que se destacase con preferencia la personalidad de ellos mismos. Ninguno valía para maldita la cosa, y así nada se habría perdido con quitarles toda participación en la conjura. Los individuos de la Congregación Apostólica, que era una especie de masonería absolutista, tampoco hacían nada de provecho, como no fuera allegar plebe y disponer de la gente fanática para un momento propicio. En los jefes de la Guardia había más presunción que verdadera aptitud para un golpe difícil, y el clero se precipitaba gritando en los púlpitos, cuando la situación requería prudencia y habilidad sumas. Los liberales masones o comuneros vendidos al absolutismo y que al pronunciar sus discursos violentos se entusiasmaban por cuenta de este, estaban muy mal dirigidos, porque con su exageración ponían diariamente en guardia a los constitucionales de buena fe. He examinado uno por uno los elementos que formaban la conspiración absolutista del año 22 para que cuando la refiera se explique en cierto modo el lamentable aborto y total ruina de ella. NOTA DEL AUTOR. A continuación refiere la señora los sucesos del 7de Julio. Aunque su narración es superior a la nuestra, principalmente a causa de la graciosa sencillez y verdad con que toda ella está hecha, la suprimimos por no repetir, ni aun mejorándolo, lo que ya apareció en otro volumen. III Después de los aciagos días de Julio, mi situación que hasta entonces había sido franca y segura, fue comprometidísima. No es fácil dar una idea de la presteza con que se ocultaron todos aquellos hombres que pocos días antes conspiraban descaradamente. Desaparecieron como caterva de menudos ratoncillos, cuando los sorprende en sus audaces rapiñas el hombre sin poder perseguirlos, ni aun conocer los agujeros por donde se han metido. A mí me maravillaba que D. Víctor Sáez, hombre de una obesidad respetable, pudiese estar escondido sin que al punto se descubriese su guarida. Los palaciegos se filtraron también, y los que no estaban muy evidentemente comprometidos, como por ejemplo, Pipaón, dieron vivas a la Constitución vencedora, uniéndose a los liberales. Tuve además la desgracia de perder varios papeles en casa de un pobre maestro de escuela donde nos reuníamos, y esto me causó gran zozobra; pero al fin los encontré no sin trabajo, exponiéndome a los mayores peligros. La seguridad de mi persona corrió también no poco riesgo, y en los días 9 y 10 de Julio no tuve un instante de respiro, pues por milagro no me arrastraron a la cárcel los milicianos, borrachos de vino y de patriotería. Gracias a Dios, vino en mi amparo un joven paisano y antiguo amigo mío, el cual, en otras ocasiones, había ejercido en mi vida influencia muy decisiva, semejante a la de las estrellas en la antigua cábala de los astrólogos. Pasados los primeros días pude introducirme en Palacio a pesar de la formidable y espesa muralla liberalesca que lo defendía. Encontré a Su Majestad lleno de consternación y amargura, principalmente por verse obligado a poner semblante lisonjero a sus enemigos y aun a darles abrazos, lo cual era muy del gusto de ellos, en su mayoría gente inocentona y crédula. No me agradaba ver en nuestro Soberano tan poco corazón; pero si en él hubiera concordado el valor con las travesuras y agudezas del entendimiento, ningún tirano antiguo ni moderno le habría igualado. Su desaliento y desesperación no le impidieron que se enamorase de mí, porque en todas las ocasiones de su vida, bajo las distintas máscaras que se quitaba y se ponía, aparecía siempre el sátiro. Temerosa de ciertas brutalidades, quise huir. Brindeme entonces a desempeñar una comisión difícil, para lo cual Fernando no se fiaba de ningún mensajero; y aunque él no quiso que yo me encargase de ella, porque no me alejara de la Corte, tanto insté y con tales muestras de verdad prometí volver, que se me dieron los pasaportes. El mes anterior había salido para Francia D. José Villar Frontín, uno de los intrigantes más sutiles del año 14, aunque como salido de la academia del cuarto del Infante D. Antonio, no era hombre de gran iniciativa, sino muy plegadizo y servicial en bajas urdimbres. Llevaba órdenes para que el marqués de Mataflorida formase una Regencia absolutista en cualquier punto de la frontera conquistado por los guerrilleros. Estas instrucciones eran conformes al plan del Gobierno francés, que deseaba la introducción de la Carta en España y un absolutismo templado; pero Fernando, que hacía tantos papeles a la vez, deseaba que sus comisionados, afectando ser partidarios de la Carta, trabajasen por el absolutismo limpio. Esto exigía frecuentes rectificaciones en los despachos que se enviaban y avisos contradictorios, trabajo no escaso para quien había de ocultar de sus ministros todos estos y aun otros inverosímiles líos. Yo me comprometí a hacer entender a Mataflorida y a Ugarte lo que se quería, transmitiéndoles verbalmente algunas preciosas ideas del Monarca, que no podían fiarse al papel, ni a signo ni cifra alguna. Ya por aquellos días se supo que la Seo de Urgel había sido ganada al Gobierno por el bravo Trapense, y se esperaba que en la agreste plaza se constituyera la salvadora Regencia. A la Seo, pues, debía yo dirigirme. La partida y el viaje no eran problemas fáciles. Esto me preocupó durante algunos días, y traté de sobornar, para que me acompañase, al amigo de quien antes he hablado. A él no le faltaban en verdad ganas de ir conmigo al extremo del mundo; pero le contenía el amor de su madre anciana. Mucho luché para decidirle, empleando razonamientos y seducciones diversas; mas a pesar de la propensión de su carácter a ciertas locuras y del considerable prestigio que yo empezaba a ejercer sobre él, se resistía tenazmente, alegando motivos poderosos, cuya fuerza no me era desconocida. Al fin tanto pudo una mujer llorando, que él abandonó todo, su madre y su casa, aunque por poco tiempo y con la sana intención de volver cuando me dejase en parajes donde no existiese peligro alguno. El infeliz presagiaba sin duda su desdichada suerte en aquella expedición, porque luchó grandemente consigo mismo para decidirse, y hasta el último momento estuvo vacilante. Aquel hombre había sido enemigo mío, o más propiamente, de mi esposo. Desde la niñez nos conocimos; fue mi novio en la edad en que se tiene novio. Sucesos lamentables que me afligen al venir a la memoria, caprichos y vanidades mías me separaron de él, yo creí que para siempre; pero Dios lo dispuso de otro modo. Durante mucho tiempo estuve creyendo que le odiaba; pero el sentimiento que en mí había era más que rencor una antipatía arbitraria y voluntariosa. Por causa de ella, siempre le tenía en la memoria y en el pensamiento. Circunstancias funestas le pusieron en contacto conmigo diferentes veces, y siempre que ocurría algo grave en la vida de él o en la mía tropezábamos providencialmente el uno con el otro, como si el alma de cada cual viéndose en peligro pidiese auxilio a su compañera. En mí se verificó una crisis singular. Por razones que no son de este sitio, yo llegué a aborrecer todo lo que mi esposo amaba y a amar todo lo que él aborrecía. Al mismo tiempo mi antiguo novio mostraba hacia mí sentimientos tan vivos de menosprecio y desdén, que esto inclinó mi corazón a estimarle. Yo soy así, y me parece que no soy el único ejemplar. Desde la ocasión en que le arranqué de las furibundas manos de mi marido no debí de ser tampoco para él muy aborrecible. Cuando nos encontramos en Madrid, y desde que hablamos un poco, caímos en la cuenta de que ambos estábamos muy solos. Y no sólo había semejanza en nuestra soledad, sino en nuestros caracteres, principal origen quizás de aquella. Hicimos propósito de echar a la espalda aquel trágico aborrecimiento que antes nos teníamos, el cual se fundaba en veleidades y caprichosas monomanías del espíritu, y no tardamos mucho tiempo en conseguirlo. Ambos reconocimos las grandes y ya irremediables equivocaciones de nuestra primera juventud, y nos maravillábamos de hallar tan extraordinaria fraternidad en nuestras almas. ¡Ser de este modo, haber nacido el uno para el otro, y sin embargo haber estado dándonos golpes en las tinieblas durante tanto tiempo! ¡Qué fatalidad! Hasta parece que no somos responsables de ciertas faltas, y que estas, por lo que tienen de placentero, pueden tolerarse como compensación de pasados dolores y de un error deplorable y fatal, dependiente de voluntades sobrehumanas. Pero no: no quiero eximirme de la responsabilidad de mi culpa y de haber faltado claramente, impulsada por móviles irresistibles, a la ley de Dios. No: nada me disculpa; ni las atrocidades de mi marido, ni la espantosa soledad en que yo estaba, ni los mil escollos de la vida en la Corte, ni las grandes seducciones morales y físicas de mi paisano y dulce compañero de la niñez. Reconozco mi falta, y atenta sólo a que este papel reciba un escrupuloso retrato de mi conciencia y de mis acciones, la escribo aquí, venciendo la vergüenza que confesión tan penosa me causa. Salimos de Madrid en una hermosa noche de Julio. Cuando dejamos de oír el rugido de la Milicia victoriosa, me pareció que entraba en el cielo. Íbamos cómodamente en una silla de postas con buenos caballos y un hábil mayoral de Palacio. Yo había tomado un nombre supuesto, diciéndome marquesa de Berceo y él era nada menos que mi esposo, una especie de marqués de Berceo. Mucho nos reímos con esta invención, que a cada paso daba lugar a picantes comentarios y agudezas. No recuerdo días más placenteros que los de aquel viaje. ¡Cuántas veces bajamos del coche para andar largos trechos a pie, recreándonos en la hermosura de las incomparables noches de Castilla! ¡Cómo se agrandaba todo ante nuestros ojos, principalmente las cosas inmateriales! Nos parecía que aquella dulce vagancia no acabaría nunca, y que los días venideros serían siempre como aquel cielo que veíamos, dilatados, serenos y sin nubes. En tales horas o hablábamos poco o vertíamos el alma del uno en la del otro alternativamente por medio de observaciones y preguntas acordes con el hermoso espectáculo que veíamos fuera y dentro de nosotros, pues de mi alma puede decirse que estaba tan llena de estrellas como el firmamento. Han pasado muchos años: entonces tenía yo veintisiete, y ahora... no lo quiero decir por no espantarme; pero creo que he traspasado el medio siglo. Entonces mis cabellos eran de oro, ahora son de plata, sin que ni una sola hebra de ellos conserve su primitivo color. Mis ojos tenían el brillo que es reflejo de la inteligencia despierta y de los sentimientos bullidores; ahora no son más que dos empañadas cuentas azules, de las cuales se escapa alguna vez fugitivo rayo. Mi cara entonces respiraba alegría, salud, y el alma rielaba sobre mis facciones como la luz sobre la superficie de las temblorosas aguas; ahora es una máscara que me sirve para disimular los pensamientos y que a muchos deja ver todavía huellas claras de la gran hermosura que hubo en ella. Entonces era muy hermosa; ahora soy una vieja que debió haber sido guapa, aunque, si he de creer a don Toribio, el canónigo de Tortosa, todavía puedo volver loco a cualquiera. En suma; todo ha pasado, mudándose considerablemente, e infinitas personas han pasado a ser recuerdos. Lo que siempre está lo mismo es mi país, que no deja de luchar un momento por la misma causa y con las mismas armas, y si no con las mismas personas, con los mismos tipos de guerreros y políticos. Mi país sigue siempre a la calesera. Pues bien: en todo el tiempo transcurrido entre estas dos épocas, no he visto pasar días como aquellos. Fueron de los pocos que tiene cada mortal como un regalo del cielo para toda la existencia, y que en vano se aguardan después, porque no vuelven. Estos aguinaldos de la vida no se reciben más que una vez. Salvador era menos feliz que yo, a causa de los deberes y las afecciones que había dejado atrás. Yo procuraba hacerle olvidar todo lo que no fuese nosotros mismos; mas resultaba esto muy difícil, por ser él menos dueño de sus acciones que yo, y aun, si se quiere, menos egoísta. Íbamos de pueblo en pueblo, sin apresurarnos ni detenernos mucho. Aquel vivir entre todo el mundo y al mismo tiempo sin testigo, era mi mayor delicia. Los diversos pueblos por donde pasábamos no tenían sin duda noticia de la felicidad de los marqueses de Berceo, pues si la tuvieran, no creo que nos dejaran seguir sin quitarnos algo de ella. IV Gracias a nuestro dinero y a nuestro buen porte podíamos disfrutar de todas las comodidades posibles en las posadas. El calor nos obligaba a detenernos durante el día, caminando por las noches, y ni en Castilla ni en Aragón tuvimos ningún mal encuentro, como recelábamos, con milicianos, ladrones o espías del Gobierno. Más allá de Zaragoza empezamos a temer que nos salieran al paso las tropas de Torrijos o de Manso. Por eso en vez de tomar directamente el camino de Cataluña subimos hacia Huesca, Salvador, cuya antipatía a los facciosos y guerrilleros era violentísima, se mostró disgustado al considerarse cerca de ellos. Entonces tuve un momento de súbita tristeza, oyéndole decir: - Cuando lleguemos a un lugar seguro o estés entre tus amigos, me volveré a Madrid. Yo deseaba que no llegasen ni el lugar seguro ni tampoco mis amigos. Pero aunque mi tristeza fue grande desde aquel instante, apoderándose de mi corazón como un presagio de desventuras, estaba muy lejos de sospechar el espantoso golpe que nos amenazaba, consecuencia providencial de nuestra falta y de mi criminal ligereza. ¡Ay!, piensa el malo que sus alegrías han de ser perpetuas, y la misma grata corriente de ellas le lleva ciego a lo que yo llamo la sucursal del infierno en la tierra, que es la desgracia y el anticipado castigo de los delitos. De Huesca nos dirigimos a Barbastro, siguiendo por un detestable camino hasta Benabarre, donde entramos al anochecer. Detuvieron nuestro coche algunos hombres, y al verles, exclamé: - Los guerrilleros. Ya estamos en casa. Salvador mostró gran disgusto, y cuando fuimos interrogados, dio algunas contestaciones que debieron de sonar muy mal en los oídos de los soldados de la fe. Yo tenía confianza en mi gente y la seguridad de no ser detenida; pero no fue posible evitar ciertas molestias. Nos hicieron bajar del coche antes de llegar a la posada y presentarnos a un rústico capitán que estaba en la venta del camino bebiendo vino juntamente con otro guerrillero, al modo de frailazo, armado de pistolas y con dos o tres individuos de malísima catadura. Sus maneras no eran en verdad nada corteses, a pesar de defender causa tan sagrada como es la del Altar y el Trono; pero con dos o tres palabras dichas enérgicamente y en tono de dignidad, me hice respetar al punto. Yo mostraba al que parecía jefe mis papeles, cuando observé que uno de los hombres allí presentes miraba a mi compañero de viaje con expresión poco tranquilizadora. Llegose a él, y poniéndole la mano en el hombro le dijo con brutal modo y expresión de venganza: -¿Me conoces? ¿Sabes quién soy? - Sí - le respondió Monsalud, pálido y colérico -. Ya sé que eres un hombre vil; tu nombre es Regato. El desconocido se abalanzó en ademán hostil hacia mi amigo, pero este supo recibirle con tanta valentía, que le hizo rodar por el suelo, bañado el rostro en sangre. Quedeme sin aliento al ver la furia de aquella gente ante el mal trato dado a uno de los suyos. Milagro de Dios fue que no pereciésemos allí; pero el capitán parecía hombre prudente, y haciendo salir de la venta al agraviado, nos notificó que estábamos presos hasta que el jefe decidiera lo que se había de hacer con nosotros. Afectando serenidad le dije que mirara bien lo que hacía, por ser yo persona de gran poder en la frontera y en Palacio; pero encogiéndose de hombros, tan sólo me permitió después de largas discusiones hablar al que ellos llamaban coronel. Salí desalada de la venta, dejando en ella la mitad de mi alma, pues allí quedó guardado por dos hombres mi ultrajado amigo, y me presenté al coronel, que era un capuchino de Cervera. Acababa de despachar un bodrio y dos azumbres que le habían puesto para que cenase, y su paternidad, después del pienso, no tenía al parecer la cabeza muy serena. Sin embargo, no me trató mal. Díjome que el Sr. Regato le había informado ya de quién era mi acompañante, y que en vista de sus antecedentes y circunstancias, no podía ser puesto en libertad. Púseme furiosa; yo me creí capaz de destrozar sólo con mis uñas a aquel tremendo fraile coronel cuyas barbas y salvaje apostura ponían miedo en el corazón más esforzado. Sin miramiento alguno le increpé, diciéndole cuantas atrocidades me vinieron a la boca y amenazándole con pedir su cabeza al Rey; pero ni aun así logré ablandar aquella roca en figura de bestia. Oyome el bárbaro con paciencia, sin duda por ser más fraile que guerrero, y resumió sus resoluciones diciéndome: - Usted, señora, puede ir libremente a donde le acomode; pero ese hombre no me sale de aquí. ¡Ay!, si yo hubiera tenido a mis órdenes diez hombres armados habría atacado al batallón, cuadrilla o lo que fuera, segura de destrozarlo, que tanto puede el furor de una hembra ofendida. Volví a la venta, resuelta a sacar de ella a Salvador con mis propias manos, desafiando las armas de sus guardianes; pero cuando entré, mi compañero de viaje, mi adorado amigo, mi pobre marqués de Berceo, había desaparecido. Le llamé con la voz ronca de tanto gritar; le llamé con toda mi alma, pero no me respondió. Una mujer andrajosa, que parecía tan salvaje y feroz como los hombres que en aquel pueblo vi, salió conmigo al camino y señalando a un punto en la oscuridad del espacio negro, dijo sordamente: - Allí. Y mirando hacia donde su dedo me indicaba, vi unas grandes sombras que parecían murallones almenados y como ruinas hendidos. Pregunté qué sitio era aquel y la desconocida me contestó: - El castillo. La mujer llevando una cesta con provisiones, marchó en dirección del castillo. Yo la seguí. No tardamos en llegar, y por una poterna desvencijada que se abría en la muralla, después de pasado el foso sin agua, penetramos en un patio lleno de escombros y de yerba. -¡Aquí, aquí le han encerrado! - exclamé mirando a todos lados como quien ha perdido el juicio. La mujer se detuvo ante mí, y señalando el suelo dijo con voz muy lúgubre: -¡Abajo! Yo creí volverme loca. Los ojos de la horrible persona que me daba tan tremendas noticias brillaban con claridad verdosa, como los de animal felino. Quise seguirla cuando subió la escalerilla que conducía a las habitaciones practicables entre tanta ruina; pero un centinela me echó fuera brutalmente, amenazándome con arrojarme al foso si no me retiraba más pronto que la vista. Estas fueron sus propias palabras. Corrí hacia el pueblo, resuelta a ver de nuevo al coronel capuchino de Cervera. Pero tanta agitación agotó al fin mis fuerzas, y tuve que sentarme en una gran piedra del camino, fatigada y abatida, porque a mi primera furia sustituyó una aflicción profundísima que me hizo llorar. No recuerdo haber derramado nunca más lágrimas en menos tiempo. Al fin, sobreponiéndome a mi dolor, seguí adelante, jurando no continuar el viaje sin llevar en mi compañía al infeliz cuanto adorado amigo de mi niñez. Desperté al capuchino, que ya roncaba, el cual de muy mal talante, repitió su fiera sentencia, diciendo: - Usted, señora, puede continuar su viaje; pero el otro no saldrá de aquí sin orden superior. Yo sé lo que me digo. ¡Pisto!, que ya me canso de sermonear. Vaya usted con Dios y déjenos en paz. Despreciando su barbarie, insistí y amenacé, y al cabo me dio algunas esperanzas con estas palabras: - El jefe de nuestra partida acaba de llegar. Háblele usted a él, y si consiente... -¿Quién es el jefe? - D. Saturnino Albuín - me contestó. Al oír este nombre vi el cielo abierto. Yo había conocido en Bayona al célebre Manco, y recordé que aunque muy bárbaro, hacía alarde de generosidad e hidalguía en todas las ocasiones que se le presentaban. No quise detenerme ni un instante, y al punto me informé de que D. Saturnino estaba en una casa situada junto al camino a la salida del pueblo en dirección a Tremp. Desde la plaza se veían dos lucecillas en las ventanas de la vivienda. Corrí allá guiada por la simpática claridad de aquellas luces semejantes a dos ojos y que eran para mí fanales de esperanza. Llegué sin aliento, agitada por la fatiga y un dulce presagio de buen éxito que me llenaba el corazón. El centinela me dijo que no se podía pasar; pero apelando a mis bolsillos, pasé. En la escalera, en el pasillo alto, fui repetidas veces detenida; pero con el mismo talismán abríame paso. - Ahí está - me dijo un hombre señalando una puerta detrás de la cual se oían alteradas voces en disputa. Sin reparar más que en mi afán empujé la puerta y entré. Albuín, que estaba en pie, se volvió al sentir el ruido de la puerta, y me interrogó con sus ojos, que expresaban sorpresa y cólera por mi brusca entrada. Otro guerrillero estaba junto a la mesa con los codos sobre ella, encendiendo un cigarro en la luz del velón de cobre que alumbraba la estancia. -¿Qué se le ofrece a usted, señora? - me dijo Albuín moviendo con gesto de impaciencia su única mano. Yo no había dado cuatro pasos dentro de la habitación, cuando observé que más allá de la mesa había otro hombre, apoltronado en un sillón, con los pies extendidos sobre una banqueta, inclinada la cabeza sobre el hombro y durmiendo tranquilamente con ese sueño del guerrillero cansado que acaba de recorrer dos provincias y marear a dos ejércitos. Al verle ¡Santo Dios!, me quedé yerta, muda, como estatua; no pude pronunciar una palabra, ni dar un paso, ni respirar, ni huir, ni gritar. El terror me arrancó súbitamente del pensamiento mis angustias de aquella noche. Aquel hombre era mi marido. -¿Qué se le ofrece a usted, señora? - volvió a preguntarme el Manco. Pasado el primer instante de terror, en mí no hubo otra idea que la idea de huir, de desaparecer, de desvanecerme como el humo o como la palabra vana que se lleva el viento. - Pero, ¿qué se le ofrece a usted, demonio? - repitió el guerrillero. -¡Nada! - contesté, y a toda prisa salí de la habitación. Yo creo que ni un relámpago corre como yo corrí fuera de la casa. No veía más que el camino, y mi veloz carrera nunca me parecía bastante apresurada para llegar al centro del pueblo donde había dejado mi coche. A lo lejos, detrás de mí, sentí voces burlonas que decían: -¡La mujer loca, la mujer loca! Eran los bravos a quienes yo había dado tanto dinero para que me dejasen pasar. A cada instante volvía la cabeza por ver si mi marido venía corriendo detrás de mí. Llegué medio muerta a donde estaba mi coche, y tirando del brazo del cochero para que despertase, grité: -¡Francisco, Francisco, vuela, vuela fuera de este horrible pueblo! Y me metí en el coche. -¿Adónde vamos, señora? - me preguntó el pobre hombre sacudiendo la pereza. -¿Estás sordo? Te he dicho que vueles... ¿Hablo yo en griego?, que vueles, hombre. Mata los caballos, pero ponme a muchas leguas de aquí. -¿A dónde vamos, señora? ¿Hacia la Seo? - Hacia el infierno si quieres, con tal que me saques de aquí. Mi coche partió a escape, y siguiendo el camino en dirección a Tremp, pasé junto a la malhadada casa donde había visto a mi esposo. Entonces los bárbaros reunidos junto a la puerta me aclamaron otra vez, arrojando algunas piedras a mi coche. Su grito era: -¡La mujer loca, la mujer loca! En efecto, lo estaba. ¡Ah! ¡Benabarre, Benabarre, maldito seas! En ti acabó mi felicidad; en las espinas de tu camino dejé clavado mi corazón chorreando sangre. Fuiste mi calvario y la piedra resbaladiza de mal agüero donde caí para siempre, cuando más orgullosa marchaba. Fuiste el tajo donde el cielo puso mi cabeza para asegurar el golpe de su cuchilla; pero con ser obra del cielo mi castigo, ¡te odio, execrable pueblo de bandidos! ¡Sepulcro de mi edad feliz, no puedo verte sin espanto, y mientras tenga lengua, te maldeciré! V Llegué a la Seo el 14 de Agosto. ¡Qué viaje el de Benabarre a la Seo! Si antes todo se adaptaba al lisonjero estado de mi alma, después todos los caballos eran malos, todos los caminos intransitables, todas las posadas insufribles, todos los días calorosos, y las noches todas tristes como los pensamientos del desterrado. Mi alma sin consuelo, mientras más gente veía, más sola se encontraba. Mi pensamiento no podía apartarse de aquel lugar siniestro donde habían quedado mi amor y mi suplicio, mi falta y mi conciencia, representados cada una en un hombre. Casi antes de desempeñar mi comisión traté de ocuparme de salvar al infeliz que había quedado cautivo en Benabarre; pero Mataflorida me dijo sonriendo: - Luego, luego, mi querida señora, trataremos de ese asunto. Infórmeme usted de lo que trae, pues no hay tiempo que perder. Hoy mismo constituiremos la Regencia. Más de dos horas estuvimos departiendo. Él, como hombre muy ambicioso y que gustaba de ser el primero en todo, recibió con gusto las instrucciones reservadísimas que le daban gran superioridad entre sus compañeros de Regencia. Eran estos el barón de Eroles y don Jaime Creux, arzobispo de Tarragona, ambos, lo mismo que Mataflorida, de clase humildísima, sacados de su oscuridad por los tiempos revolucionarios, lo cual no era un argumento muy fuerte en pro del absolutismo. Una Regencia destinada a restablecer el Trono y el Altar, debió constituirse con gente de raza. Pero la edad revuelta que corríamos los exigía de otro modo, y hasta el absolutismo alistaba su gente en la plebe. Este hecho, que ya venía observándose desde el siglo pasado, lo expresaba Luis XV diciendo que la nobleza necesitaba estercolarse para ser fecundada. De los tres regentes, el más simpático era Mataflorida y también el de más entendimiento; el más tolerante Eroles, y el más malo y antipático, D. Jaime Creux. No puede decirse de estos hombres que habían marchado con lentitud en sus brillantes carreras. Eroles era estudiante en 1808 y en 1816 teniente general. El otro de clérigo oscuro pasó a obispo, en premio de su traición en las Cortes del año 14. Yo no tenía mi espíritu en disposición de atender a las ceremonias con que quisieron celebrar los triunviros el establecimiento de la Regencia. Después de publicar su célebre manifiesto, proclamaron solemnemente al Monarca, restituyéndole a la plenitud de sus derechos, según decíamos entonces. Levantóse en la plaza de la Seo un tablado, sobre el que un sacristán vestido de rey de armas gritó: "¡España por Fernando VII!" y luego dieron al viento una bandera en la cual las monjas habían bordado una cruz y aquellas palabras latinas que quieren decir: por este signo vencerás. Los altos castillos que coronan los montes en cuyo centro está sepultada la Seo hicieron salvas, y aquello en verdad parecía una proclamación en toda regla. Después de la ceremonia política hubo jubileo por las calles y rogativa pública, a que concurrió el obispo con todo el clero armado y el cabildo sin armas. Era un espectáculo edificante y al mismo tiempo horroroso. Daba idea de la inmensa fuerza que tenían en nuestro país las dos clases reunidas, clero y plebe; pero los frailes armados de pistolas y los guerrilleros con vela en la mano, el general con crucifijo y el arcediano con espuelas, movían a risa y a odio juntamente. El ejército de la fe, uniformado sólo con el gorro catalán habría parecido un ejército de pavos, si no estuviera bien probado su indomable valor. Yo veía aquella procesión chabacana, horrible parodia del levantamiento nacional de 1808, y aquellas espantosas figuras de curas confundidas con guerreros, como se ven las ficciones horrendas de una pesadilla. Tal espectáculo era excesivamente desagradable a mi espíritu, y la bulla del pueblo me ponía los nervios en el más lastimoso desorden. Semejante Carnaval en Urgel, que es sin disputa el pueblo más feo de todo el mundo, era para enfermar y aun enloquecer a cualquiera. Mi privilegiada naturaleza me salvó. Y pasaban días sin que me fuera posible hacer nada de provecho por mi amado prisionero de Benabarre. Obtenía, sí, promesas y aun órdenes de la Regencia; pero como no podía trasladarme yo misma al lugar del conflicto, era muy difícil que tuviesen cumplimiento. Antes me dejara morir que encaminarme a paraje alguno donde hubiese probabilidades de encontrar la persona o siquiera las huellas de mi esposo; y según mis averiguaciones, este no había abandonado el bajo Aragón. Al fin supe que mi cara mitad, uniéndose a Jeps dels Estanys, había pasado a la alta Cataluña. Llena de esperanza entonces corrí a Benabarre, cargada de órdenes de Mataflorida y del mismo Eroles que acababa de ponerse a la cabeza de la insurrección catalana. Ningún obstáculo podían oponerme ya los guerrilleros; mas por mi desgracia, cuando llegué al funesto pueblo de Aragón ni un solo partidario del realismo quedaba en su recinto; el castillo había sido volado, y el mísero cautivo, según me dijeron, trasladado a otro punto. -¿Vivo? - pregunté. - Vivo y cargado de cadenas - me contestó la misma mujer de aquella horrenda noche de Agosto -. Se iba muriendo por el camino; pero le daban comida y bebida para que no acabase de padecer. No tuve tiempo para entregarme a inútiles lamentaciones, porque corrió por todo el pueblo esta horrible voz: ¡los liberales!, ¡que vienen los liberales!, y tuve que huir. Con mucho trabajo y gastando bastante dinero pude escapar a Francia por Canfranc. NOTA DEL AUTOR. Aquí concluye el primer fragmento de las curiosas Memorias. Como el segundo se refiere a sucesos ocurridos en la primavera del 23, resultando una interrupción de siete meses, nos vemos en la necesidad de llenar tan lamentable vacío con relaciones propias, que abreviaremos todo lo posible para que no se echen de menos por mucho tiempo las aventuras de la dama viajera, contadas por ella misma. VI La primera determinación del Gobierno popular que sucedió al de Martínez de la Rosa, después de las jornadas de Julio, fue nombrar general del ejército del Norte al rayo de las guerrillas, al Napoleón navarro, D. Francisco Espoz y Mina. En medio de su atolondramiento, los siete Ministros, a quienes la Corte llamaba los Siete niños de Écija, no carecían de iniciativa y de cierta arrogancia emprendedora que por algún tiempo les permitió sostenerse en el poder con prestigio. El nombramiento de Mina y aquella orden que le dieron de hacer tabla rasa de las provincias rebeldes no pudieron ser más acertados. El gran guerrillero no necesitaba muy vivas excitaciones para sentar su pesada mano a los pueblos. Navarros y catalanes le conocían. Pero antaño había hecho la guerra con ellos, y ahora debía hacerla contra ellos, lo cual era muy distinto. Antes se batía contra tropas regulares y ahora con ellas perseguía las partidas. Bien se ve que el coloso de las guerrillas estaba fuera de su natural esfera y asiento. Iba a hacer el papel del enemigo durante la guerra de la Independencia. A pesar de esta desventaja empezó con muy buen pie su campaña. No podía decirse propiamente que había partidas en el Norte, sino que todo el Norte desde Gerona hasta Guipúzcoa, y desde el Pirineo hasta las inmediaciones del Ebro, ardía con horrible llamarada absolutista. Quesada, a cuyo lado despuntaba un precoz muchacho llamado Zumalacárregui, dominaba en Navarra, juntamente con Guergué y D. Santos Ladrón; Albuín y Cuevillas y Merino, asolaban la tierra de Burgos; Capapé, el Aragón; Jeps dels Estanys, el Trapense, Romagosa y Caragol, a Cataluña, donde el barón de Eroles trataba de formar un ejército regular con las desperdigadas gavillas de la fe. Muchos frailes del país, empezando por los aguerridos capuchinos de Cervera que habían escapado del furor de las tropas liberales, y concluyendo por los monjes de Poblet que tanto trabajaron en la conspiración, formaban en las filas del Manco, o de Capapé o de Misas. Mina tomó el mando de las tropas de Cataluña, y al poco tiempo el aspecto de la campaña principió a mudarse favorablemente a nuestras armas. En 24 de Octubre, después de obligar a los facciosos a levantar el sitio de Cervera, arrasó a Castellfollit, poniendo sobre sus ruinas el célebre cartel que decía: "Aquí existió Castellfollit. Pueblos, tomad ejemplo, y no deis abrigo a los enemigos de la patria". En Noviembre tomó a Balaguer. En el mismo mes obligó a muchos facciosos a pasar la frontera en presencia del cordón sanitario con que nos amenazaban los franceses. En 20 de Enero, uno de los suyos, el brigadier Rotten, jefe de la cuarta división del ejército de Cataluña, hacía sufrir a San Llorens de Morunys el tremendo castigo de que había sido víctima Castellfollit, diciendo a las tropas en la orden del día: "La villa esencialmente rebelde llamada San Llorens de Morunys será borrada del mapa". Aquel destructor de ciudades señalaba a cada regimiento las calles que debía saquear antes de dar principio a la operación de borrar del mapa. No de otra manera procedió Hoche en la Vendée; pero este sistema de borrar del mapa es algo expuesto, sobre todo en España. El 8 de Diciembre puso Mina sitio a la Seo de Urgel, mientras Rotten iba convenciendo a los rebeldes catalanes con las suaves razones que indicamos, y en uno de los pueblos demolidos y arrasados, precisamente en aquel mismo San Llorens de Morunys, llamado también Piteus, ocurrió un suceso digno de mencionarse y que causó maravilla y emoción muy viva en toda la tropa. Fue de la manera siguiente: Para que el saqueo se hiciera con orden, Rotten dispuso que el batallón de Murcia trabajase en las calles de Arañas y Balldelfred; el de Canarias, en las calles de Frecsures y Segories; el de Córdoba, en la de Ferronised y Ascervalds, dejando los arrabales para el destacamento de la Constitución y la caballería. Lo mismo en la orden de saqueo que en la de incendio, que le siguió, fueron exceptuadas doce casas que pertenecían a otros tantos patriotas. El regimiento de Córdoba funcionaba en la calle de Ferronised, entre la consternación de los aterrados habitantes, cuando unos soldados descubrieron un hondo sótano o mazmorra, y registrándolo, por si en él había provisiones almacenadas para los facciosos, vieron a un hombre aherrojado, o más propiamente dicho, un cadáver viviente, cuya miserable postración y estado les causaron espanto. No vacilaron en prestarle auxilio cristianamente sacándole de allí en hombros, después de quitarle con no poco trabajo las cadenas; y cuando el cautivo vio la luz se desmayó, pronunciando incoherentes palabras, que más bien expresaban demencia que alegría. Rodeáronle todos, siendo objeto de gran curiosidad por parte de oficiales y soldados, que no cesaban de denostar a los facciosos por la crueldad usada con aquel infeliz. Este parecía haber permanecido bajo tierra mucho tiempo, según estaba de lívido y exangüe, y sin duda, era víctima del furor de las hordas absolutistas, y más que criminal castigado por sus delitos, un buen patriota condenado por su amor a la Constitución. Un capitán ayudante de Rotten, llamado D. Rafael Seudoquis, se interesó vivamente por el cautivo, y después de mandar que se le diera toda clase de socorros, le apremió para que hablase. El hombre sacado del fondo de la tierra parecía joven, a pesar de lo que le abrumaba su padecer, y se sorprendió muy agradablemente de ver los uniformes de la tropa. Las primeras palabras que pronunció fueron: -¿En dónde están? -¿Los facciosos? - dijo Seudoquis riendo -. Me parece que no les veremos en mucho tiempo, según la prisa que llevan... Ahora, buen amigo, díganos cómo se llama usted y quién es. El cautivo hacía esfuerzos para recordar. -¿En qué año estamos? - preguntó al fin mirando a todos con extraviados ojos. - En el de 1823, que parece será el peor año del siglo, según como empieza. -¿Y en qué mes? - En Enero y a 15, día de San Pablo ermitaño. Si usted recuerda cuándo le empaquetaron puede hacer la cuenta del tiempo que ha estado en conserva. - He estado preso - dijo el hombre después de una larga pausa -, seis meses y algunos días. - Pues no es mucho, otros han estado más. No le habrán tratado a usted muy bien: eso es lo malo; pero descuide usted, que ahora las van a pagar todas juntas. El pueblo será incendiado y arrasado. -¡Incendiado y arrasado! - exclamó el cautivo con pena -. ¡Qué lástima que no sea Benabarre! - Sin duda, el cautiverio de usted - dijo Seudoquis, intimando más con el desgraciado -, empezó en ese horrible pueblo aragonés. - Sí señor, de allí me trajeron a Tremp y de Tremp a Masbrú y de Masbrú aquí. -¡Oh!, ¡buen viaje ha sido! ¡Y seis meses de encierro, bajo el poder de esa canalla! No sé cómo no le fusilaron a usted seiscientas veces. - Eran demasiado inhumanos para hacerlo. Lleváronle fuera del pueblo en una camilla y a presencia del brigadier, que le interrogó. Desde el cuartel general vio las llamas que devoraban San Llorens, y entonces dijo: - Arde lo inocente, las guaridas y los perversos lobos están en el monte. El bravo y generoso Seudoquis fue encargado por el brigadier de vestirle, pues los andrajos que cubrían el cuerpo del cautivo se caían a pedazos. Al día siguiente de su maravillosa redención, hallose muy repuesto por la influencia del aire sano y de los alimentos que le dieron, y aunque le era imposible dar un paso, podía hablar sin acongojarse como el primer día por falta de aliento. -¿Qué ha pasado en todo este tiempo? - preguntó con voz débil y temblorosa al que continuamente le daba pruebas de generosidad e interés -. ¿Sigue reinando Fernando VII? - Hombre, sí, todavía le tenemos encima - dijo Seudoquis atizando la hoguera, alrededor de la cual vivaqueaban juntamente con el cautivo cuatro o cinco oficiales -. Gotosillo sigue nuestro hombre; pero aún nos está embromando y nos embromará por mucho tiempo. -¿Y la Constitución, subsiste? - También está gotosa, o mejor dicho, acatarrada. Me parece que de esta fecha enterramos a la señora. -¿Y hay Cortes? - Cortes y recortes. Pero me parece que pronto no quedarán más que los de los sastres. - Y qué, ¿hay revolución en España? - Nada: estamos en una balsa de aceite. -¿Qué Ministerio tenemos? - El de los Siete niños de Écija. ¿Pues qué, vamos a estar mudando de niños todos los días? -¿Y ha vuelto la Milicia a sacudir el polvo a la Guardia Real? - Ahora nos ocupamos todos en cazar frailes y guerrilleros, siempre que ellos no nos cacen a nosotros. -¿Y Riego? - Ha ido a Andalucía. -¿Hay agitación allá? - Lo que hay es mucha sangre vertida en todas partes. - Revolución completa. ¿Dónde hay partidas? - Pregunte usted que dónde hay españoles. - Toda Cataluña parece estar en armas contra el Gobierno. - Y casi todo Aragón y Navarra y Vizcaya y Burgos y León y mucha parte de Guadalajara, Cuenca, Ávila, Toledo, Cáceres. Hay facciones hasta en Andalucía, que es como decir que hasta las ranas han criado pelo. -¡Qué horrible sueño el mío - dijo lúgubremente el cautivo -, y qué triste despertar! - Esto es un volcán, amigo mío. -¿Pero qué quieren? - Confites. Piden Inquisición y cadenas. -¿Y quién los dirige? - El Rey y en su real nombre la Regencia de Urgel. - Una Regencia... - Que tiene su Gobierno regular, sus embajadores en las Cortes de Europa y ha contratado hace poco un gran empréstito. ¡Si no hay país ninguno como este! Espanta el ver cómo falta dinero para todo menos para conspirar. -¿Y qué hace el Gobierno? -¿Qué ha de hacer? Boberías. Trasladar los curas de una parroquia a otra, declarar vacantes las sillas de los obispos que están en la facción, fomentar las sociedades patrióticas, suprimir los conventos que están en despoblado y otras grandes medidas salvadoras. -¿No ha cerrado el Gobierno las sociedades patrióticas? - Ha abierto la Landaburiana, para que los liberales tengan una buena plazuela donde insultarse. -¿Siguen los discursos? - Sí; pero abundan más los cachetes. -¿Y qué generales mandan los ejércitos de operaciones? - Aquí Mina, en Castilla la Nueva O'Daly, Quiroga en Galicia, en Aragón Torrijos. -¿Y vencen? - Cuando pueden. - Es una delicia lo que encuentro a mi vuelta del otro mundo. - Si casi era mejor que se hubiese usted quedado por allá. Así al menos no sufriría la vergüenza de la intervención extranjera. -¿Intervención? -¡Y se asusta! ¿Pues hay nada más natural? Según parece, allá por el mundo civilizado corre el rumor de que esto que aquí pasa es un escándalo. - Sí que lo es. - Los Reyes temen que a sus Naciones respectivas les entre este maleficio de las Constituciones, de las sociedades Landaburianas, de las partidas de la Fe, de los frailes con pistolas, y nos van a quitar todos estos motivos de distracción. Lejos del mundo ha estado usted, y muy dentro de tierra cuando no han llegado a sus oídos las célebres notas. -¿Qué notas? - El re mi fa de las Potencias. Las notas han sido tres, todas muy desafinadas, y las potencias que las han dado, tres también como las del alma: Rusia, Prusia y Austria. -¿Y qué pedían? - No puedo decírselo a usted claramente porque los embajadores no me las han leído; pero si sé que la contestación del Gobierno español ha sido retumbante y guerrera como un redoble de tambor. - Es decir que desafía a Europa. - Sí señor, la desafiamos. Ahora se recuerda mucho la guerra de la Independencia; pero yo digo, como Cervantes, que nunca segundas partes fueron buenas. -¿De modo que tendremos otra vez extranjeros? - Franceses. Ahí tiene usted en lo que ha venido a parar el ejército de observación. Entre el cordón sanitario y el de San Francisco, nos van a dar que hacer... Digo... y los diputados el día en que aprobaron la contestación a las notas fueron aclamados por el pueblo. Yo estaba en Madrid esa noche, y como vivo frente al coronel San Miguel, las murgas no me dejaron dormir en toda la noche. Por todas partes no se oyen más que mueras a la Santa Alianza, a las Potencias del Norte, a Francia y a la Regencia de Urgel. Ahora se dice también como entonces "dejarles que se internen"; pero la tropa no está muy entusiasmada que digamos. Con todo, si entran los interventores no les recibiremos con las manos en los bolsillos. - Tremendos días vienen - dijo el cautivo -. Si los absolutistas vencen, no podremos vivir aquí. O ellos o nosotros. Hay que exterminarles para que no nos exterminen. - Diga usted que si hubiera muchos brigadieres Rotten, pronto se acababa esa casta maligna. Fusilamos realistas por docenas, sin distinción de sexo ni edad, ni formalidades de juicio... ¡Ay del que cae en nuestras manos! Nuestro brigadier dice que no hay otro remedio, ni entienden más razón que el arcabuzazo. Ayer hicimos catorce prisioneros en San Llorens. Hay de toda casta de gentes: mujeres, hombres, dos clérigos, un jesuita que usa gafas, un escribano de setenta años, una mujer pública, dos guerrilleros inválidos; en fin, un muestrario completo. El jefe les ha sentenciado ya; pero como esto no se puede decir así, se hace la comedia de enviarles a la cárcel de Solsona, y por el camino cuando viene la noche y se llega a un sitio conveniente... pim, pam, se les despacha en un santiamén, y a otra. - Si no me engaño - dijo el cautivo -, aquellos paisanos que por allí se ven, son los prisioneros de San Llorens. En una loma cercana, a distancia de dos tiros de fusil se veía un grupo de personas, custodiadas por la tropa. Parecía un rebaño que se había detenido a sestear. - Cabalmente - dijo Seudoquis -, aquellos son. Dentro de una hora se pondrán en camino para la eternidad. ¡Y están tan tranquilos!... Como que no han probado aún las recetas del brigadier Rotten... - Ojo por ojo y diente por diente - dijo el cautivo contemplando el grupo de prisioneros -. ¡Ah, gran canalla!, no se entierran hombres impunemente durante seis meses, no se baila encima de su sepultura para atormentarle, no se les insulta por la reja, no se les arroja saliva e inmundicia, sin sentir más tarde o más temprano la mano justiciera que baja del cielo. Después callaron todos. No se oía más que el rasgueo de la pluma con que uno de los oficiales escribía, teniendo el papel sobre una cartera y esta sobre sus rodillas. Cuando hubo concluido, el cautivo rogó que se le diese lo necesario para escribir una carta a su madre, anunciándole que vivía, pues, según dijo, en todo el tiempo de su ya concluida cautividad no había podido dar noticia de su existencia a los que le amaban. -¿Vivirán como yo - dijo tristemente -, o afligidos por mi desaparición habrán muerto? - Dispénseme usted - manifestó Seudoquis -, pero a medida que hablamos, me ha parecido reconocer en usted a una persona con quien hace algunos años tuve relaciones. - Sí, Sr. Seudoquis - dijo el cautivo sonriendo -. El mismo soy. Conspiramos juntos el año 19 y a principios del año 20. - Señor Monsalud - exclamó el oficial abrazándole -, buen hallazgo hemos hecho sacándole a usted de aquella mazmorra. ¡Ya se ve! ¿Cómo podría conocerle, si está usted hecho un esqueleto?... Además en estos tiempos se olvida pronto. ¡He visto tanta gente desde aquellos felices días!... porque eran felices, sí. Aunque sea entre peligros, el conspirar es siempre muy agradable, sobre todo si se tiene fe. - Entonces tenía yo mucha fe. -¡Ah! Y yo también. Me hubiera dejado descuartizar por la libertad. -¡Con qué afán trabajábamos! - Sí; ¡con qué afán! -¡Nos parecía que de nuestras manos iba a salir acabada y completa la más liberal y al mismo tiempo la más feliz Nación de la tierra! - Sí, ¡qué ilusiones!... Si no estoy trascordado, también nos hallamos juntos en la logia de la calle de las Tres Cruces. - Sí; allí estuve yo algún tiempo. En aquello nunca tuve mucha fe. - Yo sí; pero la he perdido completamente. Vea usted en qué han venido a parar aquellas detestables misas masónicas. - Nunca tuve ilusiones respecto a la Orden de la Viuda. - Pues nosotros - dijo Seudoquis riendo -, tuvimos hasta hace poco en el regimiento nuestra caverna de Adorinam. Pero apenas funcionaba ya. ¡Cuánta ruina, amigo mío!... ¡Cómo se ha desmoronado aquel fantástico edificio que levantamos!... Yo he sido de los que con más gana, con más convicción y hasta con verdadera ferocidad han gritado: ¡Constitución o muerte! Hábleme usted con franqueza, Salvador, ¿tiene usted fe? - Ninguna - repuso el cautivo -, pero tengo odio, y por el odio que siento contra mis carceleros, estoy dispuesto a todo, a morir matando facciosos, si el general Mina quiere hacerme un hueco entre sus soldados. - Pues yo - manifestó Seudoquis con frialdad -, no tengo fe; tampoco tengo odio muy vivo; pero el deber militar suplirá en mí la falta de estas dos poderosas fuerzas guerreras. Pienso batirme con lealtad y llevar la bandera de la Constitución hasta donde se pueda. - Eso no basta - dijo Monsalud moviendo la cabeza -. Para este conflicto nacional se necesita algo más... En fin, Dios dirá. Y empezó a escribir a su madre. VII Después de dar noticia de su estupenda liberación, exponiendo con brevedad los padecimientos del largo cautiverio que había sufrido, escribió las frases más cariñosas y una patética declaración de arrepentimiento por su desnaturalizada conducta y la impía fuga que tan duramente había castigado Dios. Manifestando después su falta de recursos y que más que un viaje a Madrid le convenía su permanencia en el ejército de Cataluña, rogaba a su madre que vendiese cuanto había en la casa, y juntamente con Solita, se trasladase a la Puebla de Arganzón, donde pasaría a verlas, pidiendo una licencia. Concluía indicando la dirección que debía darse a las cartas de respuesta, y pedía que esta fuera inmediata para calmar la incertidumbre y afán de su alma. Aquella misma tarde habló con el brigadier Rotten, el cual era un hombre muy rudo y fiero, bastante parecido en genio y modos a don Carlos España. Aconsejole este que viera al general Mina, en cuyo ejército había varias partidas de contraguerrilleros, organizadas disciplinariamente; añadió que él (el brigadier Rotten) se había propuesto hacer la guerra de exterminio, quemando, arrasando y fusilando, en la seguridad de que la supresión de la humanidad traería infaliblemente el fin del absolutismo, y concluyó diciendo que pasaba a la provincia de Tarragona con todas las fuerzas de su mando, excepción hecha del batallón de Murcia, que le había sido reclamado por el general en jefe para reforzar el sitio de la Seo. Monsalud, sin vacilar en su elección, optó por seguir a los de Murcia que iban hacia la Seo. Salió, pues, Murcia al día siguiente muy temprano en dirección a Castellar, llevando el triste encargo de conducir a los catorce prisioneros de San Llorens de Morunys. Seudoquis no ocultó a Salvador su disgusto por comisión tan execrable; pero ni él ni sus compañeros podían desobedecer al bárbaro Rotten. Púsose en marcha el regimiento, que más bien parecía cortejo fúnebre, y en uno de sus últimos carros iba Monsalud, viendo delante de sí a los infelices cautivos atraillados, algunos medio desnudos, y todos abatidos y llorosos por su miserable destino, aunque no se creían condenados a muerte, sino tan sólo a denigrante esclavitud. Camino más triste no se había visto jamás. Lleno de fango el suelo; cargada de neblina la atmósfera, y enfriada por un remusguillo helado que del Pirineo descendía, todo era tristeza fuera y dentro del alma de los soldados. No se oían ni las canciones alegres con que estos suelen hacer menos pesadas las largas marchas, ni los diálogos picantes, ni más que el lúgubre compás de los pasos en el cieno y el crujir de los lentos carros y los suspiros de los acongojados prisioneros. El día se acabó muy pronto a causa de la niebla que, al modo de envidia, lo empañaba; y al llegar a un ángulo del camino, en cierto sitio llamado los tres Roures (los tres robles), el regimiento se detuvo. Tomaba aliento, porque lo que iba a hacer era grave. Salvador sintió un súbito impulso en su alma cristiana. Eran los sentimientos de humanidad que se sobreponían al odio pasajero y al recuerdo de tantas penas. Cuando vio que la horrible sentencia iba a cumplirse, hundió la cabeza sepultándola entre los sacos y mantas que llenaban el carro, y oró en silencio. Los ayes lastimeros y los tiros que pusieron fin a los ayes, le hicieron estremecer y sacudirse, como si resonaran en la cavidad de su propio corazón. Cuando todo quedó en lúgubre silencio, alzando su angustiada cabeza, dijo así: -¡Qué cobarde soy! El estado de mi cuerpo, que parece de vidrio, me hace débil y pusilánime como una mujer... No debo tenerles lástima, porque me sepultaron durante seis meses, porque bailaron sobre mi calabozo y me injuriaron y escupieron, porque ni aun tuvieron la caridad de darme muerte, sino por el contrario, me dejaban vivir para mortificarme más. El regimiento siguió adelante, y al pasar junto al lugar de la carnicería, Salvador sintió renacer su congoja. - Es preciso ser hombre - pensó -. La guerra es guerra, y exige estas crueldades. Es preciso ser verdugo que víctima. O ellos o nosotros. Seudoquis se acercó entonces para informarse de su estado de salud. Estaba el buen capitán tan pálido como los muertos, y su mano, ardiente y nerviosa temblaba como la del asesino que acaba de arrojar el arma para no ser descubierto. -¿Qué dice usted, amigo mío? - le preguntó Salvador. - Digo - repuso el militar tristemente -, que la Constitución será vencida. VIII Hasta el 25 de Enero no llegaron a Canyellas donde Mina tenía su cuartel general, frente a la Seo de Urgel. Habían pasado más de sesenta días desde que puso sitio a la plaza, y aunque la Regencia se había puesto en salvo llevándose el dinero y los papeles, los testarudos catalanes y aragoneses se sostenían fieramente en la población, en los castillos y en la formidable ciudadela. Mina, hombre de mucha impaciencia, tenía en aquellos días un humor de mil demonios. Sus soldados estaban medio desnudos, sin ningún abrigo y con menos ardor guerrero que hambre. A los cuarenta y seis cañones que guarnecían las fortalezas de la Seo, el héroe navarro no podía oponer ni una sola pieza de artillería. El país en que operaba era tan pobre y desolado, que no había medios de que sobre él, como es costumbre, vivieran las tropas. Por carecer estas de todo, hasta carecían de fanatismo, y el grito de Constitución o muerte hacía ya muy poco efecto. Era como los cumplimientos, que todo el mundo los dice y nadie cree en ellos. Un invierno frío y crudo completaba la situación, derramando nieves, escarchas, hielos y lluvia sobre los sitiadores, no menos desabrigados que aburridos. Delante de la miserable casilla que le servía de alojamiento solía pasearse D. Francisco por las tardes con las manos en los bolsillos de su capote, y pisando fuerte para que entraran en calor las entumecidas piernas. Era hombre de cuarenta y dos años, recio y avellanado, de semblante rudo, en que se pintaba una gran energía, y todo su aspecto revelaba al guerreador castellano, más ágil que forzudo. En sus ojos, sombreados por cejas muy espesas, brillaba la astuta mirada del guerrillero que sabe organizar las emboscadas y las dispersiones. Tenía cortas patillas, que empezaban a emblanquecer, y una piel bronca; las mandíbulas, así como la parte inferior de la cara, muy pronunciadas; la cabeza cabelluda y no como la de Napoleón, sino piriforme y amelonada a lo guerrillero. No carecía de cierta zandunga su especial modo de sonreír, y su hablar era como su estilo, conciso y claro, si bien no muy elegante; pero si no escribía como Julio César, solía guerrear como él. No le educaron sus mayores sino los menores de su familia, y tuvo por maestro a su sobrino, un seminarista calaverón que empezó su carrera persiguiendo franceses y la acabó fusilado en América. Se hizo general como otros muchos, y con mejores motivos que la mayor parte, educándose en la guerra de la Independencia, sirviendo bien y con lealtad, ganando cada grado con veinte batallas y defendiendo una idea política con perseverancia y buena fe. Su destreza militar era extraordinaria, y fue sin disputa el primero entre los caudillos de partidas, pues tenía la osadía de Merino, el brutal arrojo del Empecinado, la astucia de Albuín y la ligereza del Royo. Sus crueldades, de que tanto se ha hablado, no salían, como las de Rotten, de las perversidades de un corazón duro, sino de los cálculos de su activo cerebro, y constituían un plan como cualquier otro plan de guerra. Supo hacerse amar de los suyos hasta el delirio, y también sojuzgar a los que se le rebelaron como el Malcarado. Poseía el genio navarro en toda su grandeza, siendo guerrero en cuerpo y alma, no muy amante de la disciplina, caminante audaz, cazador de hombres, enemigo de la lisonja, valiente por amor a la gloria, terco y caprichudo en los combates. Ganó batallas que equivalían a romper una muralla con la cabeza, y fueron obras maestras de la terquedad, que a veces sustituye al genio. En sus crueldades jamás cometió viles represalias, ni se ensañó, como otros, en criaturas débiles. Peleando contra Zumalacárregui, ambos caudillos cambiaron cartas muy tiernas a propósito de una niña de quince meses que el guipuzcoano tenía en poder del navarro. Fuera de la guerra, era hombre cortés y fino, desmintiendo así la humildad de su origen, al contrario de otros muchos, como D. Juan Martín, por ejemplo, que, aun siendo general, nunca dejó de ser carbonero. Salvador Monsalud había conocido a Mina en 1813, durante la conspiración, y después en Madrid. Su amistad no era íntima, pero sí cordial y sincera. Oyó el general con mucho interés el relato de las desgracias del pobre cautivo de San Llorens, y a cada nueva crueldad que este refería, soltaba el otro alguna enérgica invectiva contra los facciosos. - Ya tendrá usted ocasión de vengarse, si persiste en su buen propósito de ingresar en mi ejército - le dijo, estrechándole la mano -. Yo tengo aquí varias partidas de contraguerrilleros, compuestas de gentes del país y de compatriotas míos que me ayudan como pueden. Desde luego le doy a usted el mando de una compañía; ¿acepta usted? - Acepto - repuso Salvador -. Nunca fue grande mi afición a la carrera militar; pero ahora me seduce la idea de hacer todo el daño posible a mis infames verdugos, no asesinándolos, sino venciéndolos... Este es el sentimiento de que han nacido todas las guerras. Además yo no tengo nada que hacer en Madrid. El duque del Parque no se acordará ya de mí y habrá puesto a otro en mi lugar. He rogado a mi madre que venda todo y se traslade a la Puebla con mi hermana. No quiero Corte por ahora. Las circunstancias, y una inclinación irresistible que hay dentro de mí desde que me sacaron de aquel horrible sepulcro, me impulsan a ser guerrillero. - Eso no es más que vocación de general - dijo Mina riendo. Después convidó a Monsalud a su frugal mesa, y hablaron largo rato de la campaña y del sitio emprendido, que según las predicciones del general, tocaba ya a su fin. - Si para el día de la Candelaria no he entrado en esa cueva de ladrones - dijo -, rompo mi bastón de mando... Daría todos mis grados por podérselo romper en las costillas a Mataflorida. - O al arzobispo de Creux. - Ese se pone siempre fuera de tiro. Ya marchó a Francia por miedo a la chamusquina que les espera. ¡Ah! Sr. Monsalud, si no es usted hombre de corazón, no venga con nosotros. Cuando entremos en la Seo, no pienso perdonar ni a las moscas. El Trapense, al tomar esta plaza, pasó a cuchillo la guarnición. Yo pienso hacer lo mismo. -¿A qué cuerpo me destina mi general? - A la contraguerrilla del Cojo de Lumbier. Es un puñado de valientes que vale todo el oro del mundo. -¿En dónde está? - Hacia Fornals, vigilando siempre la Ciudadela. Los contraguerrilleros del Cojo han jurado morir todos o entrar en la Ciudadela antes de la Candelaria. Me inspiran tal confianza, que les he dicho: "no tenéis que poneros delante de mí sino para decirme que la Ciudadela es nuestra". - Entrarán, entraremos de seguro - dijo Monsalud con entusiasmo. - Y ya les he leído muy bien la cartilla - añadió Mina -. Ya les he cantado muy claro que no tienen que hacerme prisioneros. No doy cuartel a nadie, absolutamente a nadie. Esa turba de sacristantes y salteadores no merece ninguna consideración militar. - Es decir... - Que me haréis el favor de pasarme a cuchillo a toda esa gavilla de tunantes... Amigo mío, la experiencia me ha demostrado que esta guerra no se sofoca sino con la ley del exterminio llevada a su último extremo. Salvador, oyendo esto, se estremeció, y por largo rato no pudo apartar de su pensamiento la lúgubre fase que tomaba la guerra desde que él imaginó poner su mano en ella. Mina encargó al novel guerrillero que procurara restablecerse dándose la mejor vida posible en el campamento, pues tiempo había de sobra para entrar en lucha, si continuaba la guerra, como era creíble en vista del estado del país y de los amagos de intervención. Otros amigos, además del general, encontró Salvador en Canyellas y pueblos inmediatos; relaciones hechas la mayor parte en la conspiración y fomentadas después en las logias y en los cafés patrióticos. IX La Seo de Urgel está situada en la confluencia de dos ríos que allí son torrentes: el Segre, originario de Puigcerdá, y el Balira, un bullicioso y atronador joven enviado a España por la República de Andorra. Enormes montañas la cercan por todas partes y tres gargantas estrechas le dan entrada por caminos que entonces sólo eran a propósito para la segura planta del mulo. Sobre la misma villa se eleva la Ciudadela; más al Norte el CASTILLO; entre estas dos fortalezas, el escarpado arrabal de Castel-Ciudad, y en dirección a Andorra la torre de Solsona. La imponente altura de estas posiciones hace muy difícil su expugnación, es preciso andar a gatas para llegar hasta ellas. El 29 Mina dispuso que se atacara a Castel-Ciudad. El éxito fue desgraciado; pero el 1.º de Febrero, operando simultáneamente todas las tropas contra Castel-Ciudad, Solsona y el Castillo, se logró poner avanzadas en puntos cuya conquista hacía muy peligrosa la resistencia de los sitiados. Por último, el día 3 de Febrero, a las doce de la mañana, las contraguerrillas del Cojo y el regimiento de Murcia penetraban en la Ciudadela, defendida por seiscientos hombres al mando de Romagosa. Aunque no se hallaba totalmente restablecido, Salvador Monsalud volvía tan rápidamente a su estado normal, que creyó de su deber darse de alta en los críticos días 1.º y 2.º de Febrero. Además de que se sentía regularmente ágil y fuerte, le mortificaba la idea de que se le supusiera más encariñado con la convalecencia que con las balas. Tomó, pues, el mando de su compañía de contraguerrillas, a las órdenes del valiente Cojo de Lumbier, y fue de los primeros que tuvieron la gloria de penetrar en la Ciudadela. Sin saber cómo, sintiose dominado por la rabiosa exaltación guerrera que animaba a su gente. Vio los raudales de sangre y oyó los salvajes gritos, todo ello muy acorde con su excitado espíritu. Cuando la turba vencedora cayó como una venganza celeste sobre los vencidos, sintió, sí, pasajero temblor; pero sobreponiéndose a sus sentimientos, recordó las instrucciones de Mina y supo transmitir las órdenes de degüello, con tanta firmeza como el cirujano que ordena la amputación. Vio pasar a cuchillo a más de doscientos hombres en la Ciudadela y no pestañeó; pero no pudo vencer una tristeza más honda que todas las tristezas imaginables, cuando Seudoquis, acercándose a él sobre charcos de sangre y entre los destrozados cuerpos palpitantes, le dijo con la misma expresión lúgubre de la tarde de los tres Roures: - Me confirmo en mi idea, amigo Monsalud. La Constitución será vencida. Al día siguiente bajó a la villa de la Seo, que le pareció un sepulcro del cual se acabara de sacar el cuerpo putrefacto. Su estrechez lóbrega y húmeda, así como su suciedad hacían pensar en los gusanos insaciables, y no se podía entrar en ella con ánimo sereno. Como oyera decir que en los claustros de la catedral, convertidos en hospital, había no pocas personas de Madrid, se dirigió allá creyendo encontrar algún amigo de los muchos y diversos que tenía. Grande era el número de heridos y enfermos; mas no vio ningún semblante conocido. En el palacio arzobispal estaban sólo los enfermos de más categoría. Dirigiose allá y apenas había dado algunos pasos en la primera sala, cuando se sintió llamado enérgicamente. Miró y dos nombres sonaron. -¡Salvador! -¡Pipaón! Los dos amigos de la niñez, los dos colegas de la conspiración del 19, los dos hermanos, aunque no bien avenidos de la logia de las Tres Cruces, se abrazaron con cariño. El buen Bragas, que poco antes, viendo malparada la causa constitucional, había corrido a la Seo a ponerse a las órdenes de la Regencia, cual hombre previsor, padecía de un persistente reúma que le impidió absolutamente huir a la aproximación de las tropas liberales. Confiaba el pobrecito en las infinitas trazas de su sutilísimo ingenio para conseguir que no se le causara daño, y como tuvo siempre por norte hacerse amigos, aunque fuera en el infierno, muy mal habían de venir las cosas para que no saliese alguno entre los soldados de Mina. A pesar de todo, estuvo con el alma en un hilo hasta que vio aparecer la figura por demás simpática de su antiguo camarada, y entonces no pudiendo contener la alegría, le llamó y después de estrecharle en sus brazos con la frenética alegría del condenado que logra salvarse, le dijo: -¡Qué bonita campaña habéis hecho!... Habéis tomado la Seo como quien coge un nido de pájaros... Si he de ser franco contigo, me alegro... no se podía vivir aquí con esa canalla de Regencia... Yo vine por cuenta del Gobierno constitucional a vigilar... ya tú me entiendes; y me marchaba, cuando... ¡Qué desgraciado soy! Pero supongo que no me harán daño alguno, ¿eh?... ¿Tienes influencia con Mina?... Dile que podré ponerle en autos de algunas picardías que proyectan los Regentes. Te juro que diera no sé qué por ver colgado de la torre al arzobispo. Monsalud después de tranquilizarle pidiole noticias de Madrid y de su familia. Pipaón permaneció indeciso breve rato, y después añadió con su habitual ligereza de lenguaje: -¿Pero dónde te has metido? ¿Te secuestraron los facciosos? Ya me lo suponía, y así lo dije a tu pobre madre cuando estuvo en mi casa a preguntarme por ti. La buena señora no tenía consuelo. Se comprende. ¡No saber de ti en tanto tiempo!... ¿Vive mi madre? - preguntó Salvador -. ¿Está buena? - Hace algunos días que falto de Madrid y no te puedo contestar - dijo Bragas mascullando las palabras -, pero si recibieses alguna mala noticia no debes sorprenderte. Tu ausencia durante tantos meses y la horrible incertidumbre en que ha vivido tu buena madre, no son ciertamente garantías de larga vida para ella. - Pipaón, por Dios - dijo Monsalud con amargura -, tú me ocultas algo; tú, por caridad no quieres decirme todo lo que sabes. ¿Vive mi madre? - No puedo afirmar que sí ni que no. -¿Cuándo la has visto? - Hace cuatro meses. -¿Y entonces estaba buena? - Así, así... -¿Y Sola estaba buena? - Así, así. Las dos parecían tan apesadumbradas, que daba pena verlas. -¿Seguían viviendo en el Prado, donde yo las dejé? - No, volvieron a la calle de Coloreros... Comprendo tu ansiedad. Si no hubiera huido con la Regencia una persona que se toma interés por ti, que te nombra con frecuencia, y que hace poco ha llegado de Madrid... -¿Quién? - Jenara. -¿Ha estado aquí?... No me dices nada que no me abrume, Pipaón. - Marchó con el arzobispo y Mataflorida. ¡Qué guapa está! Y conspira que es un primor. Sólo ella se atrevería a meterse en Madrid, llevando mensajes de esta gente de la frontera, como hizo en la primavera pasada, y volver locos a los Ministros y a la camarilla... Pero te has puesto pálido al oír su nombre... Ya, ya sé que os queréis bien. Ella misma ha dejado comprender ciertas cosas... ¡Cuánto ha padecido por arrancar de la facción a un hombre secuestrado en Benabarre! Ese hombre eres tú. Bien claro me lo ha dado a entender ella con sus suspiros siempre que te nombraba, y tú con esa palidez teatral que tienes desde que hablamos de ella. Amiguito, bien, bravo; mozas de tal calidad bien valen seis meses de prisión. A doce me condenaría yo por haber gustado esa miel hiblea. Y prorrumpió en alegres risas, sin que el otro participase de su jovialidad. Reclinado en la cama del enfermo, la cabeza apoyada en la mano, Monsalud parecía la imagen de la meditación. Después de larga pausa, volvió a anudar el hilo del interrumpido coloquio, diciendo: -¿Conque ha estado aquí hace poco? - Sí; ¿ves esta cinta encarnada que tengo en el brazo?... Ella me la puso para sujetarme la manga que me molestaba. Si quieres este recuerdo suyo te lo puedo ceder en cambio de la protección que me dispensas ahora. Salvador miró la cinta, pero no hizo movimiento alguno para tomarla, ni dijo nada sobre aquel amoroso tema. -¿Y dices que hizo esfuerzos por rescatarme? - preguntó. - Sí... ¡pobre mujer! Se me figura que te amó grandemente; pero acá para entre los dos, no creo que la primera virtud de Jenara sea la constancia... Si tanto empeño tenía por salvarte, ¿por qué no te salvó, siendo, como era, amiga de Mataflorida, del arzobispo y del barón? Con tomar una orden de la Regencia y dirigirse al interior del país dominado por los arcángeles de la fe... Pero no había quien la decidiera a dar este paso, y antes que meterse entre guerrilleros, me dijo una vez que prefería morir. - Y ¿crees tú que ella podría darme noticias de mi familia? - Se me figura que sí - dijo Pipaón poniendo semblante compungido -. Yo le oí ciertas cosas... No será malo, querido amigo, que te dispongas a recibir alguna mala noticia. - Dímela de una vez, y no me atormentes con tus medias palabras - manifestó Salvador lleno de ansiedad. - De este mundo miserable - añadió Bragas con una gravedad que no le sentaba bien - ¿qué puede esperarse más que penas? -¡Ya lo sé! Jamás he esperado otra cosa. - Pues bien... Yo supongo que tú eres un hombre valiente... ¿Para qué andar con rodeos y palabrillas? - Es verdad. - Si al fin había de suceder; si al fin habías de apurar este cáliz de amargura... ¡Ah, mi querido amigo, siento ser mensajero de esta tristísima nueva! -¡Oh, Dios mío, lo comprendo todo!... - exclamó Salvador ocultando su rostro entre las temblorosas manos. -¡Tu madre ha muerto! - dijo Pipaón. -¡Oh, bien me lo decía el corazón! - balbució el huérfano traspasado de dolor -. ¡Madre querida!, ¡yo te he matado! Durante largo rato estuvo llorando amargamente. X Creyendo ahora conveniente el autor no trabajar más por cuenta propia, vuelve a utilizar el manuscrito de la señora en su segunda pieza, que concuerda cronológicamente con el punto en que se ha suspendido la anterior relación. Los lectores perdonarán esta larga incrustación ripiosa, tan inferior a lo escrito por la hermosa mano y pensado por el agudo entendimiento de la señora. Pero como la seguridad del edificio de esta historia lo hacía necesario, el autor ha metido su tosco ladrillo entre el fino mármol de la gentil dama alavesa. El segundo fragmento lleva por título: DE PARÍS A CÁDIZ, y a la letra dice así: A fines de Diciembre del 22, tuve que huir precipitadamente de la Seo, que amenazaba el cabecilla Mina. No es fácil salir con pena de la Seo. Aquel pueblo es horrible, y todo el que vive dentro de él se siente amortajado. Mataflorida salió antes que nadie, trémulo y lleno de zozobra. No podré olvidar nunca la figura del arzobispo, montando a mujeriegas en un mulo, apoyando una mano en el arzón delantero y otra en el de atrás, y con la canaleja sujeta con un pañuelo para que no se la arrancase el fuerte viento que soplaba. Es sensible que no pueda una dejar de reírse en circunstancias tristes y luctuosas, y que a veces las personas más dignas de veneración por su estado religioso, exciten la hilaridad. Conozco que es pecado y lo confieso; pero ello es que yo no podía tener la risa. Nos reunimos todos en Tolosa de Francia. Yo resolví entonces no mezclarme más en asuntos de la Regencia. Jamás he visto un desconcierto semejante. Muchos españoles emigrados, viendo cercana la intervención (precipitada por las altaneras contestaciones de San Miguel), temblaban ante la idea de que se estableciese un absolutismo fanático y vengador, y suspiraban por una transacción, interpretando el pensamiento de Luis XVIII. Pero no había quien apease a Mataflorida de su borrica, o sea de su idea de restablecer las cosas en el propio ser y estado que tuvieron desde el 10 de Mayo de 1814 hasta el 7 de Marzo de 1820. Balmaseda le apoyaba, y D. Jaime Creux (el gran jinete de quien antes he hablado) era partidario también del absolutismo puro y sin mancha alguna de Cámaras ni camarines; pero el barón de Eroles y Eguía se oponían furiosamente a esta salutífera idea de sus compañeros. Mi amigo, el general de la coleta (ya separado de la pastelera de Bayona) quería destituir a la Regencia y prender a Mataflorida y al arzobispo. Mataflorida, fuerte con las instrucciones reservadísimas de Su Majestad, que yo y otros emisarios le habíamos traído, seguía en sus trece. La Junta de Cataluña, los apostólicos de Galicia, la Junta de Navarra, los obispos emigrados enviaban representaciones a Luis XVIII para que reconociese a la Regencia de Urgel, mientras la Regencia misma, echándosela de soberana, enviaba una especie de plenipotenciarios de figurón a los Soberanos de Europa. Nada de esto hizo efecto, y la Corte de Francia, conforme con Eguía y el barón de Eroles, puso a la Regencia cara de hereje. Por desgracia para la causa real Ugarte había sido quitado de la escena política, y todo el negocio, como puede suponerse, andaba en manos muy ineptas. Allí era de ver la rabia de Mataflorida, que alegaba en su favor las órdenes terminantes del Rey; pero nada de esto valía, porque los otros también mostraban cartas y mandatos reales. Fernando jugaba con todos los dados a la vez. ¿Su voluntad quién podía saberla? Entretanto todo se volvía recados misteriosos de Tolosa a París y a Madrid y a Verona. Eguía se carteaba con el duque de Montmorency, ministro de Estado en Francia, y Mataflorida con Chateaubriand. Cuando este sustituyó a Montmorency en el Ministerio, nuestro marqués vio el cielo abierto, por ser el vizconde de los que con más ahínco habían sostenido en Verona la necesidad de volver del revés las instituciones españolas. Necesitando negociar con él y no queriendo apartarse de la frontera de España por temor a las intrigas de Eguía y del barón de Eroles, me rogó que le sirviese de mensajero, a lo que accedí gustosa, porque me agradaban, ¿a qué negarlo?, aquellos graciosos manejos de la diplomacia menuda, y el continuo zarandeo y el trabar relaciones con personajes eminentes, Príncipes y hasta soberanos reinantes. Yo, dicho sea sin perjuicio de la modestia, había mostrado regular destreza para tales tratos, así como para componer hábilmente una intriga; y el hábito de ocuparme en ello había despertado en mí lo que puede llamarse el amor al arte. Mi belleza, y cierta magia que, según dicen, tuve, contribuían no poco entonces al éxito de lo que yo nombraba plenipotencias de abanico. Tomé, pues, mis credenciales y partí para París con mi doncella y dos criados excelentes que me proporcionó Mataflorida. Estaba en mis glorias. Felizmente yo hablaba el francés con bastante soltura, y tenía en tan alto grado la facultad de adaptación, que a medida que pasaba de Tolosa a Agen, de Agen a Poitiers, de Poitiers a Tours y a París, parecíame que me iba volviendo francesa en maneras, en traje, en figura y hasta en el modo de pensar. Llegué a la gran ciudad ya muy adelantado Febrero. Tomé habitación en la calle del Bac, y después de destinar dos días a recorrer las tiendas del Palais Royal y a entablar algunas relaciones con modistas y joyeros, pedí una audiencia al señor Ministro de Negocios Exteriores. Él, que ya tenía noticia de mi llegada, enviome uno de sus secretarios, dignándose al mismo tiempo ofrecerme un billete para presenciar la apertura de las tareas legislativas en el Louvre. Mucho me holgué de esto, y dispúseme a asistir a tan brillante ceremonia, en la cual debía leer su discurso el Rey Luis XVIII y presentarse de corte todos los grandes dignatarios de aquella fastuosa Monarquía. Confieso que jamás he visto ceremonia que más me impresionase. ¡Qué solemnidad, qué grandeza y lujo! El puesto en que me colocaron los ujieres no era el más cómodo; pero vi perfectamente todo, y la admiración y arrobamiento de mi espíritu no me permitían atender a las molestias. La presencia del anciano Rey me causó la sensación más viva. Aclamáronle ruidosamente cuando apareció en el gran salón, y en realidad, inspiraba afecto y entusiasmo. Bien puede decirse que pocos reyes han existido más simpáticos ni más dignos de ser amados. Luis XVIII tomó asiento en un trono sombreado con rico dosel de terciopelo carmesí. Los altos dignatarios se colocaron en pie en los escaños alfombrados. No se verá en parte alguna nada más grave ni más suntuoso ni más imponente. Su Majestad Cristianísima empezó a leer. ¡Qué voz tan dulce, qué acento tan patético! A cada párrafo era interrumpido por vivas exclamaciones. Yo lloraba y atendía con toda mi alma. Se me grabaron profundamente en la memoria aquellas célebres palabras: "He mandado retirar mi embajador. Cien mil franceses, mandados por un Príncipe de mi familia, por aquel a quien mi corazón se complace en llamar hijo, están a punto de marchar invocando al Dios de San Luis para conservar el trono de España a un descendiente de Enrique IV, para librar a aquel hermoso reino de su ruina y reconciliarlo con Europa". Ruidosos y entusiastas vítores manifestaron cuánto entusiasmaba a todos los franceses allí presentes la intervención. Yo, aunque española, comprendía la justicia y necesidad de esta medida. Así es que dije para mí, pensando en mis paisanos: - Ahora veréis, brutos, cómo os harán andar derechos". Pero el bondadoso Luis XVIII siguió diciendo cosas altamente patrióticas sólo bajo el punto de vista francés, y ya aquello no me gustaba tanto; porque, en fin, empecé a comprender que nos trataban como a un hato de carneros. He sido siempre de una volubilidad extraordinaria en mis ideas, las cuales varían al compás de los sentimientos que agitan hondamente mi alma. Así es que de pronto, y sin saber cómo se enfrió un poco mi entusiasmo; y cuando Luis dijo con altanero acento y entre atronadores aplausos aquello de Somos franceses, señores, sentí oprimido mi corazón; sentí que corría por mis venas rápido fuego, y pensando en la intervención, dije para mí: - No hay que echar mucha facha todavía, amiguitos. Somos españoles, señores. Pero no puedo negar que la pompa de aquella Corte, la seriedad y grandeza de aquella Asamblea, acorde con su Rey, y existente con él sin estorbarse el uno a la otra, hicieron grande impresión en mi espíritu. Me acordaba de las discordias infecundas de mi país, y entonces sentía pena. - Allá - pensé -, tenemos demasiadas Cortes para el Rey y demasiado Rey para las Cortes. El día siguiente, 1.º de Marzo, era el señalado por Chateaubriand para recibirme. Yo tenía vivísimos deseos de verle, por dos motivos: por mi comisión y porque había leído la Atala poco antes, hallando en su lectura profundo deleite. No sé por qué me figuraba al vizconde como una especie de triste Chactas, de tal modo que no podía pensar en él sin traer a la memoria la célebre canción. Pero todo cambió cuando entré en el Ministerio y en el despacho del célebre escritor que llenaba el mundo con su nombre y había divulgado la manía de los bosques de América el sentimentalismo católico y las tristezas quejumbrosas a lo René. Vestía de gran uniforme. Su semblante pálido y hermoso no tenía más defecto que el estudiado desorden de los cabellos, que asemejaban su cabeza a una de esas testas de aldeano en cuya selvática espesura jamás ha entrado el peine. En sus ojos había un mirar tan vivo y penetrante, que me obligaba a bajar los míos. Estaba bastante decaído, aunque su edad no pasara entonces de los cincuenta y dos años. Su exquisita urbanidad era algo finchada y fría. Sonreía ligeramente y pocas veces, contrayendo los casi imperceptibles pliegues de su boca de mármol; pero fruncía con frecuencia el ceño, como una maña adquirida por la costumbre de creer que cuanto veía era inferior a la majestad de su persona. Pareciome que la presencia de la diplomática española le había causado sorpresa. Sin duda creía ver en mí una maja de esas que, conforme él dice en uno de sus libros, se alimentan con una bellota, una aceituna o un higo. Debió admirarle mi intachable vestido francés y la falta de aquella gravedad española que consiste, según ellos, en hablar campanudamente y con altanería. En sus miradas creí sorprender una observación algo impropia de hombre tan fino. Pareciome que miraba si había yo llevado el rosario para rezar en su presencia, o alguna guitarra para tocar y cantar mientras durase el largo plazo de la antesala. En sus primeras palabras advertí marcado deseo de llevarme al terreno literario, porque empezó hablando de lo mucho que admiraba a mi país y del Romancero del Cid, asunto que no vino muy de molde en aquella ocasión. Yo, viéndole en tan buen terreno, y considerando cuánto debía agradarle la lisonja, me afirmé en el terreno literario y le hablé de su universal fama, así como del gran eco de Chateaubriand por todo el orbe. Él me contestó con frases de modestia tan ingeniosas y bien perfiladas, que la misma modestia no las hubiera conocido por suyas. Preguntome si había leído el Genio del Cristianismo, y le contesté al punto que sí y que me entusiasmaba, aunque la verdad es que hasta entonces no había ni siquiera hojeado tal libro; mas recordando algunos pasajes de los Mártires, le hablé de esta obra y de la gran impresión que en mí produjera. Él pareció maravillado de que una dama española supiera leer, y me dirigió varias galanterías del más delicado gusto. Por mi belleza y mis gracias materiales, yo no debía de ser de palo para el vizconde. Después supe que con cincuenta y dos años a la espalda aún se creía bastante joven para el galanteo, y amaba a cierta artista inglesa con el furor de un colegial. XI Entrando de lleno en nuestro asunto, el triste Chactas me dijo: - Ya oiría usted ayer el discurso de Su Majestad. La guerra es inevitable. Yo la creo conveniente para las dos Naciones, y he tenido el honor de sostener esta opinión en el Congreso de Verona y en el Ministerio, contra muchos hombres eminentes que la juzgaban peligrosa. En cuanto a la cuestión principal, que es la clase de Gobierno que debe darse a España, no creo en la posibilidad de sostener el absolutismo puro. Esto es un absurdo, aun en España, y las luces del siglo lo rechazan. Yo le hice una pintura todo lo fiel que me fue posible del estado de nuestras costumbres y de las clases sociales en nuestro país, así como de los personajes eminentes que en él había, haciendo notar de paso, conforme a mi propósito, que un solo hombre grande existía en toda la redondez de las Españas. Este hombre era el marqués de Mataflorida. - Reconozco las altas dotes del señor Marqués - me dijo Chateaubriand con finísima sonrisa -. Pero la conducta de la Regencia de Urgel ha sido poco prudente. Su manifiesto del 15 de Agosto y sus propósitos de conservar el absolutismo puro no pueden hallar eco en la Europa civilizada. Yo dije entonces, usando las frases más delicadas, que no era fácil juzgar de los sucesos de Urgel por lo que afirmaran hombres tan corrompidos como Eguía y el barón de Eroles, a los cuales, con buenas palabras, puse de oro y azul. Concluí mi perorata afirmando que la voluntad de Fernando era favorable a los planes de Mataflorida. - Para nosotros - dijo -, no hay otra expresión de la voluntad del Rey de España, que la contenida en la carta que Su Majestad Católica dirigió a nuestro Soberano. El pícaro me iba batiendo en todos mis atrincheramientos y me desconcertó completamente cuando me dijo: - El Gobierno francés ha acordado nombrar una Junta provisional en la frontera, hasta que las tropas francesas entren en España. -¿Y la Regencia? - La Regencia dejará de existir; mejor dicho, ha dejado de existir ya. - Pero Fernando no le ha retirado sus poderes, antes bien, se los confirma secretamente un día y otro. Al oír esto el insigne escritor y diplomático no contestó nada. Conocí que se veía en la alternativa de desmentir mi aserto o de hablar mal de Fernando, y que como hombre de intachable cortesía no quería hacer lo primero, ni como Ministro de un Borbón lo segundo. Viéndole suspenso insistí, y entonces me dijo: - Indudablemente aquí hay algo que ahora no se puede comprender; pero que andando el tiempo se ha de ver con claridad. Después, deseando mostrarme el más filantrópico interés por la ventura de nuestro país, afirmó que él había trabajado porque se declarara la guerra, sosteniendo para esto penosas luchas con Mr. de Villéle y sus demás colegas; que la resistencia de Inglaterra y de Wellington habían exigido de su parte grandes esfuerzos y constancia, y por último, que aún necesitaba de no poca energía para vencer la oposición a la guerra que las Cámaras mostrarían desde el primer día de sus sesiones. - Muchos - añadió Chactas -, me consideran loco. Otros me tienen lástima. Algunos, y entre ellos los envidiosos, preguntan si podré yo conseguir lo que no fue dado a Napoleón. Pero yo fío al tiempo la consagración de este gran hecho, tan necesario a la seguridad del orden y la justicia en los pueblos de Occidente. Habló también de las sociedades secretas y de los carbonarios, a quienes parecía tener muchísimo miedo; y yo empecé a comprender que el objeto de la intervención no era poner paz entre nosotros, ni hacernos felices, ni aun siquiera consolidar el vacilante trono de un Borbón, sino aterrar a los revolucionarios franceses e italianos que bullían sin cesar en los tenebrosos fondos de la sociedad francesa, jamás reposada ni tranquila. Prometió contestar a Mataflorida, mas sin mostrarse muy entusiasta de las altas prendas de mi amigo, ni indicar nada que trascendiese a propósitos de acceder a su petición. Bajo sus frases corteses yo creía descubrir cierto menosprecio de los individuos de la Regencia, y aun de todos los que mangoneaban en la conspiración. De un solo español me habló con acento que indicaba respeto y casi admiración, de Martínez de la Rosa. Atribuí esto a mera simpatía del poeta. Despedime de él, deplorando el mal éxito de mi embajada, y aquí fue donde se deshizo en cumplidos, buscando y hallando en su fina habilidad cortesana ocasión para deslizar dos o tres galanterías con discretos elogios de mi hermosura y del país donde florece el naranjo. Me había tomado por andaluza y yo le dejé en esta creencia. A los dos días fue a pagarme la visita a mi alojamiento de la calle del Bac, y en su breve entrevista me pareció que huía de mencionar los oscuros asuntos de la siempre oscura España. En los días sucesivos visité a otras personas, entre ellas al Ministro de lo Interior, Mr. de Corbiere, y a algunos señores del partido del conde de Artois, como el príncipe de Polignac y Mr. de la Bourdonnais. También tuve ocasión de tratar a dos o tres viejas aristócratas del barrio de San Germán, ardientes partidarias de la guerra de España y no muy bien quistas con el Rey filósofo y tolerante que gobernaba a la Francia, convaleciente aún de la Revolución y del Imperio. De mis conversaciones con toda aquella gente pude sacar en limpio el siguiente juicio, que creo seguro y verdadero. Las personas influyentes de la Restauración deseaban para Francia una Monarquía templada y constitucional fundada en el orden, y para España el absolutismo puro. Con tal que en Francia hubiera tolerancia y filosofía, no les importaba que en España tuviéramos frailes e inquisición. Todo iría bien, siempre que en ninguna de las dos Naciones hubiese francmasones, carbonarios y demagogos. Tenían de nuestro país una idea muy falsa. Cuando Chateaubriand, que era el genio de la Restauración, decía de España: allí el matar es cosa natural, ya sea por amor, ya sea por odio, puede juzgarse lo que pensarían todas aquellas personas que no supieron escribir el Genio del Cristianismo. Nos consideraban como un pueblo heroico y salvaje, dominado por pasiones violentas y por un fanatismo religioso semejante al del antiguo Egipto. La princesa de la Tremouille se asombraba de que yo supiera escribir, y me presentó en su tertulia como un objeto curioso, aunque sin dar a conocer ningún sentimiento ni idea que me mortificasen. Yo creo que ni uno solo de sus amigos dejó de enamorarse de mí, ilusionados con la idea de mi sentimentalismo andaluz y de mi gravedad calderoniana, y de la mezcla que suponían en mí de maja y de gran señora, de Dulcinea y de gitana. El más rendido se suponía expuesto a morir asesinado por mí en un arrebato de celos, pues tal idea tenían de las españolas, que en cada una de ellas se habían de hallar comprendidas dos personas, a saber: la cantaora de Sevilla y doña Jimena, la torera que gasta navaja, y la dama ideal de los romances moriscos. Yo me reía con esto y llevaba adelante la broma. Volviendo al asunto de la guerra de España, diré que al salir de París no tenía duda alguna acerca del pensamiento de los franceses en esta cuestión. Ellos no hacían la guerra por nuestro bien ni por el de Fernando. Poco se les importaba que después de vencido el constitucionalismo, estableciésemos la Carta o el despotismo neto. Allá nos entenderíamos después con los frailes y los guerrilleros victoriosos. Su objeto, su bello ideal era aterrar a los revolucionarios franceses, harto entusiasmados con las demencias de nuestros bobos liberales, y además dar a la dinastía restaurada el prestigio militar que no tenía. El principal enemigo de los Borbones en Francia era el recuerdo de Bonaparte, y el dejo de aquel dulce licor de la gloria, con cuya embriaguez se habían enviciado los franceses. Una Monarquía que no daba batallas de Austerlitz, que no satisfacía de ningún modo el ardor guerrero de la Nación y que no tocaba el tambor en cualquier parte de Europa, no podía ser amada de aquel pueblo, en quien la vanidad iguala a la verdadera grandeza y que tiene tanta presunción como genio. Era preciso armarla, como decimos en nuestro país; era necesario que la Restauración tuviera su epopeya chica o grande, aunque esta epopeya fuese de mentirijillas; era indispensable vencer a alguien, para poder poner el grito en el cielo y regresar a París con la bambolla de las conquistas. Dios permitió que el anima vili de este experimento fuésemos nosotros, y que la desgraciada España, cuya fiereza libró a Europa de Bonaparte, fuese la víctima escogida para proporcionar a Francia el desahoguillo marcial que debía poner en olvido a aquel mismo Bonaparte tan execrado. Mi viaje a París modificó mucho mis ideas absolutistas en principio, si bien pensando en España no podía admitir ciertas cosas que en Francia me parecían bien. Toda la vida me he congratulado de haber visto y hablado a monsieur de Chateaubriand, el escritor más grande de su tiempo. Aunque su fama se eclipsó bastante después de la revolución del 30, lo cual indica que había en su genio mucho tomado a las circunstancias, no puede negarse que sus obras deleitan y enamoran principalmente por la galanura de su imaginación y la magia de su estilo; y aún deleitarían más si en todas ellas no hablase tanto de sí mismo. Tengo muy presente su persona, por demás agradable, y su rostro simpático y lleno de aquella expresión sentimental que se puso de moda, haciendo que todos los hombres pareciesen enamorados y enfermos. Me parece que le estoy mirando, y ahora como entonces me dan ganas de llevar un peine en el bolsillo y sacarlo y dárselo diciendo: "Caballero, hágame usted el favor de peinarse". XII Ahora hablemos, ¿por qué no?, de la violentísima pasión que inspiré a un francés. Era este el conde de Montguyon, coronel del 3.º de húsares. Yo le había conocido en Tolosa, habiendo tenido la desgracia de que mi persona hiciera profunda impresión en él, trastornando las tres potencias de su alma. Era soltero, de treinta y ocho años, bien parecido y atento y finísimo como todos los franceses. Persiguiome hasta París, donde me asediaba como esos conquistadores jóvenes e impacientes que han oído la célebre frase de César y quieren imitarla. Al principio me mortificaban sus obsequios; le rechazaba hasta con menosprecio y altanería; pero al fin, sin corresponder a su amor de ninguna manera, admití la parte superficial de sus galanterías. Esto le dio esperanza; pero siempre me trataba con el mayor respeto. Deseando, sin duda, identificarse con las ideas que suponía en mi tierra, se había hecho una especie de D. Quijote, cuya Dulcinea era yo. A veces me parecía por demás empalagoso; pero después de muchos meses de indiferencia absoluta, empecé a estimarle, reconociendo sus nobles prendas. Cuando me disponía a volver a mi país, se me presentó rebosando alegría, y me dijo: - Acabo de conseguir que me destinen a la guerra de España. De este modo consigo tres grandes objetos que interesan igualmente a mi corazón: guerrear por la Francia, visitar la hermosa tierra de España y estar cerca de usted. Él pretendía que me detuviese para partir juntos; pero a esto no accedí, y me marché dejándole atrás, aunque deseosa ¿a qué negarlo?, de que no me siguiese a mucha distancia, pues a causa del fastidio de viaje tan largo, Francia, con ser tan bella, empezaba a aburrirme de lo lindo. ¿Se creerá que yo había olvidado a mi pobre cautivo de Benabarre? ¡Ah!, no, y hasta el último momento que estuve en la Seo de Urgel me ocupé de su desgraciada suerte. Cada vez que venía a mi pensamiento la idea de sus penas, me estremecía de dolor, y toda alegría se disipaba en mi espíritu. Pero este tiene en sí mismo una energía restauradora, no menos poderosa que la del cuerpo, y sabe curarse de todos sus males siempre que le ayude el mejor de los Esculapios, que es el tiempo. Voltaire, que no por impío y blasfemo dejó de tener mucho talento, escribió una historieta titulada Los dos consolados, en la cual pone de relieve las admirables curas de aquel charlatán, el único cuyos específicos son infalibles. Yo he leído esa novelita, así como otras del célebre escritor sacrílego, y esta debilidad mía, imperdonable quizás en una dama tan acérrima defensora de la religión, la confieso aquí contritamente, rogando a mis lectores que no revelen a ningún cura de mi país tan feo secreto, ocultándolo principalmente al señor canónigo de Tortosa, mi director espiritual, el cual se enfurecerá si le hablan de las novelas de Voltaire, aunque a mí me consta que él también las ha leído. Pues bien, el tiempo fue cicatrizando mis heridas sin curarlas. Yo también podía erigir una estatua con la inscripción A celui qui console, pues la ausencia indefinida y los días que pasaban rápidamente habían calmado aquel insaciable afán de mi alma. En mí reinaba la tranquilidad, pero no el taciturno y seco olvido; y una aparición repentina del ser amado podía muy bien en brevísimo instante, destruir los efectos del tiempo renovando mi mal y aun agravándolo. Desde París a la frontera no cesaba el movimiento de tropas. Por todas partes convoyes, cuerpos de ejército y oficiales que iban a incorporarse a sus regimientos. Francia podía creerse aún en los días del gran soldado. Hasta Burdeos no tuve noticias ciertas de mi querida Regencia y de mi ilustre mandatario el marqués de Mataflorida. ¡Ay! La suerte de este insigne hombre de Estado no podía ser más miserable. Eguía había triunfado, a pesar de las furiosas protestas del regente de Urgel; y para colmo de desdicha, como aún quisiera este llevar adelante sus locas pretensiones, el duque de Angulema le mandó prender juntamente con el arzobispo, confinándoles a Tours. Así acabaron las glorias de aquellos dos ambiciosos. Yo llegué a tiempo para verles, y cuando manifesté al marqués las poco lisonjeras disposiciones del triste Chactas, el atroz Regente, desairado, llamó a Chateaubriand intrigante, enredador, mal poeta y franchute. Esta fue la venganza del coloso. Bayona era un campamento cuando yo llegué. El número de españoles casi superaba al de franceses, y en todos reinaba grande alegría. Reanudé entonces mis buenas relaciones con el barón de Eroles, haciéndole ver que mi viaje a París había tenido por causa asuntos particulares, y entre risas y bromas me reconcilié con Eguía, el cual, por razón del mismo gozo y embobamiento del triunfo, estaba muy dispuesto a perdonar. En cuanto a las negociaciones, yo no tenía humor de seguir ocupándome de ellas, y deseaba retirarme a descansar sobre mis laureles diplomáticos, no sólo porque mi entusiasmo absolutista se había enfriado mucho, sino porque desde algún tiempo las conspiraciones y los manejos políticos me causaban hastío. Ya he dicho que siempre fui muy inclinada a la mudanza en mis ocupaciones. Mi espíritu se aviene poco con la monotonía, y si hubo un día en que me sedujeron las embajadas, otro llegó en que me repugnaron. ¡Mágico efecto del tiempo, cuya misión es renovar, creando las estaciones con los admirables círculos del universo! También el alma humana ve en sí la alterada sucesión de las primaveras e inviernos en sus dilataciones y recogimientos. Yo deseaba entrar en España, y tenía propósito de reanudar las diligencias para averiguar el paradero de mi cautivo de Benabarre. En Bayona, una familia francesa legitimista, con quien yo tenía antigua amistad, me convidó a pasar unos días en su casa de campo inmediata a Behobia, y unos parientes míos invitáronme a que les acompañase a Irún un par de semanas. A ambos ofrecimientos accedí, empezando por el de Behobia, aunque la frontera no me parecía el punto más a propósito para residir en los momentos en que principiaba la guerra. Pero la gente de aquel país estaba segura de que Angulema atravesaría fácilmente el Pirineo, por ser muy adicto al absolutismo todo el país vasco-navarro. Todavía no había pasado Su Alteza la raya, cuando se rompió el fuego junto al mismo puente internacional. Los carbonarios extranjeros que andaban por España, unidos a otros perdidos de nuestro país, habían formado una legión con objeto de hacer frente a las tropas francesas. Constaba aquélla de doscientos hombres, tristes desechos de la ley demagógica de Italia, de Francia y de España; y para seducir a los cien mil hijos de San Luis, se habían vestido a la usanza imperial, y ondeando la bandera tricolor, gritaban en la orilla española del Bidasoa: "¡Viva Napoleón II!" Su objeto era fascinar a los artilleros franceses con este mágico grito; mas tuvieron la desdicha de que tales aclamaciones fueran contestadas a cañonazos, y con sus banderas y sus enormes morriones huyeron a San Sebastián. Pasma la inocente credulidad de los carbonarios extranjeros y de los masones españoles. Oí decir en Behobia que los liberales franceses Lafayette, Manuel, Benjamín, Constant y otros fiaban mucho en los doscientos legionarios mandados por el republicano emigrado coronel Fabvier. ¡Qué desvaríos engendra el furor de partido! Corría esto parejas con la necia confianza del Gobierno español, que, aun después de declarada la guerra, no había tomado disposiciones de ninguna clase, hallándose sus tropas sin más recursos ni elementos que el parlerío de los milicianos y el gárrulo charlatanismo de los clubs. -XIII - Hacia los primeros días de abril vi pasar a los generales de división Bourdessoulle, duque de Reggio, y Molitor, que entraron en España por Behobia. Después pasó Su Alteza el sobrino de Luis XVIII, con todo su Estado Mayor, en el cual iba Carlos Alberto, príncipe de Carignan. No se puede imaginar cortejo más lucido. Yo no había visto nada tan magnífico y deslumbrador, como no fuera la comitiva de José Bonaparte antes de darse la batalla de Vitoria el año 13, feliz para la causa española, pero de muy malos recuerdos para mí, porque en él perdí la batalla de mi juventud, casándome como me casé. También vi pasar a mi amigo Eguía remozado por la emoción y tan vanaglorioso del papel que iba a representar que no se le podía resistir, como no fuera tomando a broma sus bravatas. Iban con él D. Juan Bautista Erro y Gómez Calderón, aquel a quien el mordaz Gallardo llamaba Caldo pútrido. El barón de Eroles, que con los anteriores tipos debía formar la Junta al amparo del Gobierno francés, entró por Cataluña con el mariscal Moncey. No recibieron a los franceses las bayonetas ni la artillería del Gobierno constitucional, sino una nube de guerrilleros, que les abrieron sus fraternales brazos, ofreciéndose a ayudarles en todo y a marchar a la vanguardia, abriéndoles el camino. Tal apoyo era de grandísimo beneficio para la causa, porque los partidarios realistas ascendían a 35.000 ¡Ay de los franceses si hubieran tenido en contra a aquella gente! Pero les tenían a su favor, y esto sólo ¡qué fenómeno!, ponía al buen Angulema por encima de Napoleón. El absolutismo español no podía hacer al hijo de San Luis mejor presente que aquellos 35.000 salvajes, entre los cuales (¡cuánto han variado mis ideas, Dios mío!) tengo el sentimiento de decir que estaba mi marido. ¡Y yo le había admirado, yo le había aceptado por esposo diez años antes sólo por ser guerrillero!... Cuando se hacen ciertas cosas, ya que no es posible que el porvenir se anticipe para avisar el desengaño, debiera caer un rayo y aniquilarnos. El conde de España mandaba las partidas de Navarra, Quesada las de las Provincias Vascongadas y Eroles las de Cataluña. ¡Cómo fraternizaron las partidas con los franceses, que habían sido origen de su nacimiento en 1808! Era todo lo que me quedaba por ver. Se abrazaban, dando vivas a San Luis, a San Fernando, a la religión, a los Borbones, al Rey, a la Virgen María, a San Miguel arcángel y a los Sermos. Infantes. Yo no lo vi, porque no quise pasar la frontera. Me repugnaban estas cosas, y los soldados de la fe habían llegado poco a poco a serme muy antipáticos. Largamente hablé de esto con el conde de Montguyon, que me perseguía tenazmente, permaneciendo en Behobia todo el tiempo que le fue posible. Él elogiaba a los guerrilleros, diciendo que, a pesar de sus defectos, eran tipos de heroísmo y de aquella independencia caballeresca que tanto había enaltecido el nombre español en otros tiempos. También le seducían por ser, como los frailes, gente muy pintoresca. Mi Don Quijote era una especie de artista, y gustaba de hacer monigotes en un libro, dibujando arcos viejos, mendigos, casuchas, una fila de chopos, carros, lanchas pescadoras y otras menudencias de que estaba muy envanecido. Debía ser próximamente el 9 de Abril cuando me trasladé a Irún para vivir con la familia de Sodupe-Monasterio, gente muy hidalga, más católica que el Papa, realista hasta el martirio y de afabilísimo trato. Frecuentaban la casa (que era más bien palacio con hermosos prados y huerta) todos los españoles que el gran suceso de la intervención traía y llevaba de una Nación a otra, y muchos oficiales franceses, de cuyas visitas se holgaban mucho los Sodupe-Monasterio, porque oían hablar sin cesar de exterminio de liberales, del trono de San Fernando y de nuestra preciosísima fe católica. Allí Montguyon no me dejaba a sol ni a sombra, pintándome su amor con colores tan extremados, que me daba lástima verle y oírle. Su acendrado y respetuoso galanteo merecía, en efecto, alguna misericordia. Le permití besar mi mano; pero no pudo arrancarme la promesa de seguirle al interior de España. Cada vez sentía yo más deseos de quedarme en Irún y en aquella apacible vivienda, donde, sin que faltara sosiego, había bastantes elementos para combatir el fastidio. Con esta resolución, mi D. Quijote, que ya parecía querer dejar de serlo en la pureza de sus ensueños amorosos, estaba desesperado. Despidiose de mí muy enternecido y besándome con ardor las manos, voluptuosidad inocente de que nunca se hartaba. ¡Cuán lejos estaba el llagado amante de que no pasarían dos horas sin que cambiara diametralmente mi determinación! Pasó del modo siguiente. Al saber que yo estaba en Irún, fue a visitarme un individuo, que aún no podía llamarse personaje, y al cual conocí en Madrid el año anterior, y también el 19. Se llamaba D. Francisco Tadeo Calomarde, y era de la mejor pasta de servil que podía hallarse por aquellos tiempos. Hijo del Ministro de Gracia y Justicia, se había criado en los cartapacios y en el papel de pleitos: los legajos fueron su cuna y las reales cédulas sus juguetes. Su jurisprudencia llena de pedantería me inspiraba aversión. Tenía fama de muy adulador de los poderosos, y según se decía, compró el primer destino con su mano, casándose con una muchacha muy fea a quien dio malísimos tratos. Los que le han juzgado tonto se equivocan, porque era listísimo, y su ingenio, más bien socarrón que brillante, antes agudo que esclarecido, era maestro en el arte de tratar a las personas y de sacar partido de todo. Habíase hecho amigo de D. Víctor Sáez, y aun del mismo Rey y del Infante D. Carlos, por sus bajas lisonjas y lo bien que les servía siempre que encontraba ocasión para ello. Entonces tenía cincuenta años, y acababa de salir del encierro voluntario a que le redujo el régimen liberal. Había ido a la frontera para llevar no sé qué recados a los señores de la Junta. Me lo dijo, y como no me importaban ya gran cosa los dimes y diretes de los realistas, que no por estar tan cerca de la victoria dejaban de andar a la greña, fijeme poco en ello, y lo he olvidado. Calomarde no era mal parecido ni carecía de urbanidad, aunque muy hueca y afectada, como la del que la tiene más bien aprendida que ingénita. La humildad de su origen se traslucía bastante. Hablamos de los sucesos de Madrid que él había presenciado y prolijamente me informó de todo. - Siento que usted no hubiera estado por allá - me dijo -; habría visto cómo se iba desbaratando el constitucionalismo, sólo con el anuncio de la intervención. Si no podía ser de otra manera... Ahora están que no les llega la camisa al cuerpo, y en ninguna parte se creen seguros. Después que ultrajaron a Su Majestad, le han arrastrado a Andalucía con el dogal al cuello, como el mártir a quien se lleva al sacrificio. - No tanto, Sr. D. Tadeo - le dije -, Su Majestad habrá ido como siempre, en carroza, y mucho será que los mozos de los pueblos no hayan tirado de ella. - Eso se deja para la vuelta - indicó Calomarde riendo -. Ahora los francmasones han seducido a la plebe, y Su Majestad, por donde quiera que va, no oye más que denuestos. El 19 de Febrero, cuando se alborotaron los masones y comuneros porque estos querían sustituir a aquellos en el Ministerio, los chisperos borrachos y los asesinos del Rastro daban mueras al Rey y a la Reina. Un diputado muy conocido apareció en la Plaza Mayor mostrando una cuerda con la cual proponía ahorcar a Su Majestad y arrastrarle después. La canalla penetró hasta la Cámara real. ¡Escándalo de los escándalos! Parecía que estábamos en Francia y en los sangrientos días de 1792. El mismo Rey me ha dicho que los Ministros entraban en la Cámara cantando el himno de Riego. -¡Oh, no tanto, por Dios! - repetí, ofendida de las exageraciones de mis amigos -. Poco mal y bien quejado. - Me parece que usted, con sus viajes a Francia y sus relaciones con los Ministros del liberal y filósofo Luis XVIII, se nos está volviendo franc-masona - dijo D. Tadeo entre bromas y veras -. ¿Hay en la historia desacato comparable con el de obligar al Rey a partir para Andalucía? -¡Oh, Dios nos tenga de su mano!... ¡qué desacato!, ¡qué ignominia!... - exclamé, remedando sus aspavientos -. Es preciso considerar que un Gobierno, cualquiera que sea, está en el caso de defenderse, si es atacado. - Según mi modo de ver, un Gobierno de pillos no merece más que el decreto que ha de mandar a Ceuta a todos sus individuos. ¡Ah, señora mía, y cómo se ha entibiado el fervor de usted! Bien dicen que los aires de esa Francia loca son tan nocivos... - Creo lo mismo que creía; pero mi absolutismo se ha civilizado, mientras el de ustedes continúa en estado salvaje. El mío se viste como la gente y el de ustedes sigue con taparrabo y plumas. Si el Gobierno de pillos ha resuelto refugiarse en Andalucía, llevándose a la Corte, ha sido para no estar bajo la amenaza de los batallones franceses. - Ha sido - dijo Calomarde riendo brutalmente -, porque sabían que Madrid no tiene defensa posible; que los ejércitos de Ballesteros y de La Bisbal son dos fantasmas; que cuatro soldados y un cabo de los del Serenísimo Sr. Duque de Angulema, podían cualquier mañanita sorprender a la Villa y a los Siete Niños y al Congreso entero y al Ayuntamiento soberano y a toda la comunidad masónica y Landaburiana. Esta es la pura verdad. ¡Y qué bonito espectáculo han dado al mundo! En presencia de la intervención armada, ¿cómo se preparan esos mentecatos para conjurar la tormenta? Llamando a las armas a treinta mil hombres y disponiendo (esto es lo más salado) que con los milicianos que quieran seguir al Congreso se formen algunos batallones, recibiendo cada individuo cinco reales diarios. ¡Se salvó la patria, señora! - El Gobierno - repuse prontamente -, creyó sin duda que los franceses eran como los Guardias del 7 de Julio, es decir, simples juguetes de miliciano. -¡Ya se lo diremos de misas! - dijo frotándose las manos -. Ya pagarán su alevosía. Sólo por el hecho de obligar a nuestro Soberano a un viaje que no le agradaba, merecerían todos ellos la muerte. - Hasta los Reyes están en el caso de hacer alguna vez lo que no les agrada. - Incluso viajar con un ataque de gota, ¿eh? ¡Crueles y sanguinarios, más sanguinarios y crueles que Nerón y Calígula! Ni a un perro vagabundo de las calles se le trata peor. - Si el Rey no tenía en aquellos días ataque de gota - repliqué complaciéndome en contradecirle -. Si estaba bueno y sano. La prueba es que después de clamorear tanto por su enfermedad, anduvo algunas leguas a pie el primer día de viaje. - Bueno, concedo que Su Majestad estaba tan bueno como yo. ¿Y si no quería partir? - Que hubiera dicho "no parto". -¿Y si le amenazaban? - Haberles ametrallado. -¿Y si no tenía metralla? - Haberse dejado llevar por la fuerza. -¿Y si le mataban? - Haberse dejado matar. Todo lo admito menos la cobardía. - Amiguita, usted se nos ha franc-masoneado - me dijo el astuto intrigante dando cariñosa palmada en mi mano -. A pesar de esto, siempre la queremos mucho y la serviremos en lo que podamos. Yo estoy siempre a las órdenes de usted. Inflado de vanidad, el amigo del Rey hizo elogios de sí mismo, y después añadió: - He tenido el honor de ser indicado para secretario de la Junta que se va a formar en la frontera. -¡Oh, amigo mío, doy a usted la enhorabuena! - manifesté sumamente complacida y deplorando entonces haber estado algo dura con Calomarde -. No se podía haber pensado en una persona más idónea para puesto tan delicado. -¿Se le ofrece a usted algo? - dijo D. Tadeo comprendiendo al punto mi cuarto de conversión. - Sí; pero yo acostumbro dirigirme siempre a la cabeza - afirmé resueltamente -. Ya sabe usted que soy muy amiga del general Eguía, Presidente de la Junta. -¡Ah!, entonces... - Sin embargo. No puedo molestar a Su Excelencia con ciertas menudencias tales como pedir noticias de personas, averiguar alguna cosilla de poca monta... - Para esto es más propio un secretario tan bien informado como yo de todos los pormenores de la causa. - Exactamente. Dígame usted, si lo sabe, en dónde está ahora un pícaro de mala estofa, que se emplea en bajas cábalas del Rey y tiene por nombre José Manuel Regato. -¡Ah! ¡Regato!... Debe de andar por Andalucía con la Corte. No es de mi negociado ese caballero... ¿Qué? ¿Hay ganas de sentarle la mano? - Por sentarle la derecha daría la izquierda. - Pocas noticias puedo dar a usted del señor Regato. Tengo con él muy pocas relaciones. Quizás Pipaón, que conoce a todo el mundo, pueda indicar dónde se halla y el modo de sentarle, no una mano, sino las dos, siempre que sea preciso. - Y Pipaón, ¿dónde está? - Aquí. -¡Aquí! ¡Pipaón!... - exclamé con gozo -. Yo le dejé en la Seo muy enfermo y creí que había caído en poder de Mina. - En efecto cayó; pero él... ya usted le conoce... con su destreza y habilidad parece que encontró por allí amigos que le favorecieron. - Quiero verle, quiero verle al punto - dije con la mayor impaciencia -. Deseo mucho tener noticias de la Seo y de las facciones de Cataluña. Y entonces se realizó aquel proverbio que dice: "En nombrando al ruin de Roma...". Por la vidriera que daba a la huerta de la casa viose la mofletuda cara y el pequeño cuerpo de Pipaón, que habiendo tenido noticia de mi residencia en Irún iba también a verme. Mucho nos alegramos ambos de hallarnos juntos, y nuestras primeras palabras después de los cordiales saludos fueron para recordar los tristes días de la Seo, su enfermedad y mi abatimiento, y luego por el enlace propio de los recuerdos, que van de lo triste a lo placentero, hablamos del miedo del arzobispo, de las casacas que usaba Mataflorida y de otras cosas frívolas y chistosas, de esas que ocurren siempre en los días trágicos y nunca faltan en los duelos. Después de estos desahogos, Pipaón, tomando aquel tono burlesco que unas veces le sentaba bien y otras le hacía muy insoportable, me dijo: - Le traigo a usted noticias muy buenas de una persona que le interesa, y con las noticias una cartita. XIV Yo me puse pálida. Comprendí de quién hablaba Pipaón, pero no me atreví a decir una palabra, por hallarse delante el entrometido y curioso Calomarde, gran coleccionador de debilidades ajenas. Varié de conversación, aguardando, para saciar mi afanosa curiosidad, a que D. Tadeo se marchase; pero el pícaro había conocido en mi semblante la turbación y ansiedad que me dominaban, y no se quería retirar. Parecía que le habían clavado en la silla. ¡Ay qué gusto tan grande poder coger un palo y romperle con él la cabeza!... ¡Qué pachorra de hombre! Quise arrojarle con mi silencio; pero él era tan poco delicado que conociendo mi mortificación, se arrellanaba en el blando asiento como si pensara pasar allí el día y la noche. Pipaón con su expresivo semblante me decía mil cosas, que no podía yo comprender claramente, pero que me deleitaban como avisos o presentimientos lisonjeros. Llegó un momento en que los tres nos callamos, y callados estuvimos más de un cuarto de hora. Calomarde tocaba una especie de paso doble con su bastón en la pata de la mesa cercana. El grosero y pegajoso cortesano había resuelto quemarme la sangre u obligarnos a Pipaón y a mí a que hablásemos en su presencia. Resistí todo el tiempo que pude. Mi carácter fogoso no puede ir más allá de cierto grado de paciencia, pasado el cual, estalla y se sobrepone a todo, atropellando amistades, conveniencias y hasta las leyes de la caridad. Nunca he podido corregir este defecto, y la estrechez de los límites de mi paciencia me ha proporcionado en esta vida muchos disgustos. Forzando la voluntad puedo a veces aguantar más de lo que permite la extraordinaria fuerza de dilatación de mi espíritu; pero entonces estallo con más violencia, rompo mis ligaduras a la manera de Sansón y derribo el templo. Vino por fin el momento en que se me subió la mostaza a la nariz, como dicen las majas madrileñas, y poniéndome en pie súbitamente, miré a Calomarde con enojo. Señalándole la puerta, exclamé: - Sr. D. Tadeo, tengo que hablar con Pipaón: le suplico a usted que nos deje solos. Debían de ser muy terribles mi expresión y mi gesto, porque Calomarde se levantó temblando, y con voz turbada me dijo: - Señora, manos blancas no ofenden. ¡Manos blancas no ofenden! Diez años después Calomarde debía pronunciar esta frase al recibir un desaire más violento que el mío, la célebre bofetada de la Infanta Carlota, una Princesa que, como yo, tenía muy limitado el tesoro de su paciencia y estallaba con tempestuosas cóleras, cuando la bajeza y solapada intriga de los Calomardes se interponían en su camino. Pipaón y yo nos quedamos solos. En pocas palabras me refirió que había visto a Salvador Monsalud sano y salvo en la Seo de Urgel. Al oír esto el corazón dio un salto dentro de mí como una cosa muerta que torna a la vida, como un Lázaro que resucita por sobrehumano impulso. - Mina le salvó en San Llorens de Morunys - me dijo -, y desde que se restableció se puso a mandar una compañía de contraguerrilleros. Al decir esto, Pipaón me alargó una carta, que abrí con presteza febril, queriendo leerla antes de abrirla. Al mismo tiempo, y de una sola ojeada leí el fin y el principio y el medio. Era la carta pequeña y fría. Decíame en ella que estaba en libertad y que no pensaba salir en mucho tiempo del lugar donde estaba fechada, que era Urgel. Sentí mi corazón inundado de un torrente de sangre glacial al ver que no contenía la carta expresiones de ardiente cariño. -¿De modo que sigue en Cataluña? - pregunté a D. Juan. - No señora. A estas horas va camino de Madrid. - Pues ¿cómo dice en su carta que no piensa salir de la Seo? - Esa carta me la dio cuando nos separamos, el día 30 de Marzo, pero dos días después supe, por nuestro común amigo el capitán Seudoquis, que Mina había encargado a Salvador que fuese a Madrid a llevar un mensaje reservadísimo a San Miguel y a otras personas. -¿De modo que está?... - Sobre Madrid, como se dice en los partes militares. - Pero eso ¿es cierto? - Tan cierto como que estoy hablando con una dama hermosa. -¿Y salió?... - Según mis noticias, el 10 de este mes. No sabía qué camino tomar; pero, según me dijo Seudoquis, estaba decidido a ir por Zaragoza que es el más derecho, aunque no el menos peligroso. -¿Sabe la muerte de su madre? - Yo le di la mala noticia. - Pero ¿qué va a hacer ese hombre en Madrid? - dije sintiendo una tempestad en mi cerebro -. Si allí no hay ya Gobierno ni nada. - Pero está en Madrid el gran Consejo de la franc-masonería. Mina es de la Orden de la Acacia, señora. Ahora se trata de que la Viuda haga un esfuerzo supremo. En mi espíritu notaba yo aquella poderosa fuerza de dilatación de que antes he hablado. Unas cuantas palabras habían trastornado todo mi ser; mi pulso latía con violencia; asaltáronme ideas mil, y el ardoroso afán de movimiento que ha sido siempre una de las fórmulas más patentes de mi carácter se apoderó de mí. Sin necesidad de que yo le despidiese, dejome Pipaón, que iba en busca de Eguía para solicitar un puesto en la Junta, y después de pasada mi turbación, pude sondear aquel revuelto piélago de mi espíritu y mirar con serenidad lo que en el fondo de él había. ¡Cuán grande había sido mi engaño al creer moribunda la afición aquella que tantas dulzuras dio a mi alma en el verano del 22! La ausencia habíala escondido entre las cenizas que diariamente depositan los sucesos de cada instante, esa multitud de ascuas de la vida que van pasando sin interrupción y apagándose hora tras hora. Pero aquella ascua del verano del 22 era demasiado grande y quemadora para pasar y extinguirse como las demás. Bastó que oyera pronunciar su nombre, que me le anunciaran vivo para que se verificase en mí un brusco retroceso a los días de mi felicidad y de mi desgracia. El tiempo volvió atrás; las figuras veladas perdieron la sombra que las encubría; las apagadas palabras que sólo eran ya ecos confusos, volvieron a sonar como cuando eran la música a cuyo compás danzaba con la embriaguez de la pasión mi alma. ¡Cuánto me había engañado y qué juicios tan erróneos hacemos de nuestros propios sentimientos y de todo aquello que está lejos! Nos pasa lo mismo que al ver las lontananzas de la tierra, cuando confundimos con las vanas y pasajeras nubes los montes sólidos e inmutables que ninguna fuerza humana puede arrancar de sus seculares asientos. Fue aquello como una vuelta, como un ángulo brusco en el camino de la vida. Desde entonces vi nuevos horizontes, paisaje nuevo, y otra gente y otros caminos. ¡Y yo había creído poder olvidarle y aun poner en su altar vacío al conde de Montguyon! ¡Qué delirio!... ¡Lo que pueden la ausencia, la distancia, la ignorancia! El tiempo que me había consolado, hiriome de nuevo, y un día, un instante marcado en mi vida por cuatro palabras como cuatro estrellas resplandecientes, había destruido la obra lenta de tantos meses. Con la presteza q