Benito Pérez Galdós La familia de León Roch. Primera parte ************ Índice La familia de León Roch Primera parte - I - De la misma al mismo - II - Herpetismo - III - Donde el lector verá con gusto los panegíricos que los españoles hacen de sus compatriotas y de su país - IV - Siguen los panegíricos dando a conocer en cierto modo el carácter nacional - V - Donde pasa algo que bien pudiera ser una nueva manifestación del carácter nacional - VI - Pepa - VII - Dos hombres con sus respectivos planes - VIII - María Egipcíaca - IX - La marquesa de Tellería - X - El marqués - XI - Leopoldo - XII - Gustavo - XIII - El último retrato - XIV - Marido y mujer - XV - Un convenio como los que la diplomacia llama " modus vivendi " - XVI - De crematística - XVII - La desbandada - XVIII - El asceta - XIX - La marquesa se va a la música - XX - Un drama viejo, viejísimo - XXI - Batiéndose con el ángel - XXII - Vencido por el ángel ***************** [5] - I - De la misma al mismo Ugoibea, 30 de agosto. Querido León: No hagas caso de mi carta de ayer, que se ha cruzado con la tuya que acabo de recibir. La ira y los pícaros celos me hicieron escribir una serie de desatinos. Me avergüenzo de haber puesto en el papel tantas palabras tremebundas mezcladas con puerilidades gazmoñas... pero no me avergüenzo, me río de mí misma y de mi estilo y te pido perdón. Si yo hubiera tenido un poco de paciencia para esperar tus explicaciones... otra tontería... [6] ¡Celos, paciencia!, ¿quién ha visto esas dos cosas en una pieza? Veo que no acaban aún mis desvaríos; y es que después de haber sido tonta, siquiera por un día, no vuelve a dos tirones una mujer a su discreción natural. Mientras recobro la mía, allá van paces y más paces y un propósito firme de no volver a ser irascible, ni suspicaz, ni cavilosa, ni inquisidora, como tú dices. Tus explicaciones me satisfacen completamente: no sé por qué veo en ellas una lealtad y una honradez que se imponen a mi razón, y no dan lugar a más dudas, y me llenan el alma, ¿cómo decirlo?, de un convencimiento que se parece al cariño, que es su hermano y está junto con él, abrazados los dos, en el fondo, en el fondo... no sé acabar la frase; pero ¿qué importa? Adelante. Decía que creo en tus explicaciones. Una negativa habría aumentado mis sospechas; tu confesión las disipa. Declaras que, en efecto, amaste... No, no es ésta la palabra... que tuviste relaciones superficiales, de colegio, de chiquillos, con la de Fúcar; que la conoces desde la niñez, que jugabais juntos... Yo recuerdo que me contabas algo de esto en Madrid, cuando por primera vez nos conocimos. ¿No era ésa la que te acompañaba a recoger azahares caídos debajo de los naranjos, la que tenía miedo de oír el chasquido de los gusanos [7] de seda cuando están comiendo, la que tú coronabas con florecillas de Don Diego de Noche? Sí; me has referido muchas monadas de esa tu compañera de la infancia. Ella y tú os pintabais las mejillas con moras silvestres y os poníais mitras de papel. Tú gozabas cogiendo nidos y ella no tenía mayor placer que descalzarse y meter los pies en las acequias, andando por entre los juncos y plantas de agua. Un día, casi a la misma hora, tú te caíste de un árbol, y ella fue mordida por un reptil. Era la de Fúcar, ¿no es verdad? Mira qué bien me acuerdo. Si sería yo capaz de escribir tu historia. La verdad, yo no había puesto mucha atención en estos cuentos de bebés... pero cuando vi a esa mujer, cuando me dijeron que la amabas... Hace de esto diez días y aún se me figura que me estoy ahogando como en el momento en que me lo dijeron. Créemelo: me pareció que se acababa el mundo, que el tiempo se detenía (no lo puedo explicar) y se doblaba mostrando un ángulo horrible, un lado desconocido donde yo... otra frase sin concluir. Adelante. Ahora me acuerdo de otra aleluya de tu infancia, que me contaste no hace mucho. ¡Cómo se quedan presentes estas tonterías! Cuando fuiste pollo y empezaste a estudiar esa [8] ciencia de las piedras que no sé para qué sirve; cuando ella (y sigo creyendo que sería otra vez la de Fúcar) no metía los pies en las acequias, ni te pintaba la cara con moras, ni se ponía tus mitras de papel, jugasteis a los novios con menos inocencia que antes, pero... vamos, lo concedo, siempre con inocencia. Ella estaba en un colegio donde había muchas lilas y un portero que se encargaba de traer y llevar cartitas. Asómbrate de mi memoria. Hasta me acuerdo del nombre de aquel portero: se llamaba Escóiquiz. Basta de historia antigua. Lo que no me dijiste nunca, lo que yo no sabía hasta hoy, cuando he leído tus explicaciones, es que... (pues repito que no me hace gracia, caballero), es que hace dos años os encontrasteis otra vez allí donde florecen los naranjos, mascan los gusanillos y corren las acequias; que hubo así como un poquillo de ilusión; que desde entonces tuviste para ella un afecto sincero, y que ese afecto fue creciendo, creciendo hasta... (aquí entro yo), hasta que me conociste... Muchas gracias, caballero, por la retahíla de galantería, de finezas, de protestas, de amorosas palabras que vienen en seguida. Esta lluvia de flores lleva una carilla. Hay carillas que parecen caras divinas y ésta me hace llorar de contento. Gracias, gracias. Esto es muy [9] hermoso; y lo que dices de mí muy exagerado. Más vales tú que yo... Vives para mí... ¡Ay!, León, lo mejor que se puede hacer con estas frases de novela es creerlas. Ábrete, corazón, y recíbelo todo. Yo soy buena católica y me he educado en el arte de creer. ¡Si seré tonta que he vuelto a leer la bendita carilla...! ¡Oh!, está muy bien... Que un amor verdadero, elevado, profundo, borró aquel capricho, no dejando rastro de él: muy bien... Que las ilusiones infantiles rara vez persisten en la edad mayor: perfectamente... Que tus sentimientos son sinceros y tus propósitos formales; sí, sí... Que la voz que llegó a mi oído haciéndome creer en el fin del mundo fue una de tantas conjeturas que lanza la frivolidad del mundo para que las recoja la malicia y haga con ellas armas terribles; eso es, eso es... Que la de Fúcar es hoy para ti tan indiferente como otra cualquiera; divino, delicioso... En fin, que yo y sola yo... que a mí y sólo a mí... ¡Oh!, ¡qué dulce es ponerse la mano en el pecho y apretarse mucho diciendo con el pensamiento: "a mí, a mí sola, a nadie más que a mí!". ¡Qué argumento tan poderoso me ocurre en favor suyo! La de Fúcar es inmensamente rica, yo soy casi pobre. Pero cuando se tiene fe no se necesitan argumentos, y yo tengo [10] fe en ti... Cuantos te conocen dicen que eres un modelo de rectitud y de nobleza, un caso raro en estos tiempos. Estoy tan orgullosa como agradecida. ¡Qué bueno ha sido mi Dios para mí al depararme un bien que, al decir de las gentes, anda hoy tan escaso en el mundo! No quiero dejar de manifestarte, aunque esta carta no se acabe nunca, la impresión que me causó la de Fúcar, dejando aparte el rencorcillo que despertó en mí. Después de pasado el temporal, puedo juzgarla fríamente y con imparcialidad, y si cuando me dijeron lo que sabes pareciome tener grandes perfecciones, ahora la veo en su verdadero tamaño. No hay que hablar del lujo escandaloso de esa mujer: es un insulto a la humanidad y a la divinidad. Papá dice que con lo que ella gasta en trapos en una semana podrían vivir holgadamente muchas familias. No carece de elegancia, pero a veces es extravagantísima y parece decir: "Señores, me pongo así para que vean todos que tengo mucho dinero". Mamá dice que no habrá hombre alguno que se case con ese mostrador de maravillas de la industria. Los Rotchilds no abundan, y la de Fúcar causa terror a los pretendientes. Esa muchacha pródiga, voluntariosa, llena de caprichos y pésimamente educada, tendrá al fin por dueño [11] a cualquier perdido. Así lo dice mamá, que conoce el mundo, y yo lo creo. No la encuentro yo tan graciosa como dicen y como a mí me pareció cuando me estaba muriendo de celos. Es demasiado alta para ser esbelta, demasiado flaca para airosa. El bonito color no puede negársele, pero es preciso un microscopio para encontrarle los ojos: ¡tan chicos son! Cuentan que habla con mucho gracejo: yo no lo sé, porque nunca la he tratado ni quiero tratarla. La vi de lejos en la playa y en el balcón de la casa de baños, y me pareció de maneras desenvueltas y libres. Creo que me miró de un modo particular. Yo la miré queriendo darle a entender que me importaba poco su persona: no sé si lo hice bien. Estuvo aquí tres días. Yo no salí de casa. Nunca he llorado más. Al fin, se fue esa loca. El gozo que me causó dejar de verla se anubla un poquito cuando considero que ahora está donde tú estás. He pensado ayer todo el día en que debiera haber aquí una torre muy alta, muy alta, desde la cual se viese lo que pasa en Iturburúa. Yo subiría a ella de un salto... Pero confío en tu lealtad... Y si le dices que me amas a mí sola; si ella te conserva algún afecto y al oírlo rabia... ¡Oh!, si rabia, avísamelo: quiero tener ese gusto. El lunes te esperamos. Papá dice que si [12] no vienes no eres hombre de palabra. Está muy impaciente por hablar contigo de política, pues según él, aquí hay una plaga de gente ministerial que le apesta. Si al fin le hicieran senador... y francamente, temo por su razón si no consigue ese bendito escaño. Sigue con la manía de mandar sueltos a los periódicos. En los de estos días hemos encontrado algunos, y también artículos. Ya sabes que mamá los conoce en que casi invariablemente empiezan diciendo: "Es de lamentar...". Hoy entró muy orgulloso mostrándome la obra que has publicado. Él hacía elogios ardientes, y le leyó a mamá los primeros párrafos. Era cosa de risa. Ni él, ni mamá, ni yo comprendíamos una sola palabra; y, sin embargo, todos encarecíamos mucho la sabiduría del libro. Figúrate lo que entenderemos nosotros del Análisis del terreno plutónico en las islas Columbretes, ni qué interés pueden tener para mí las capas cuaternarias, los terrenos pirógenos, azoicos... Hasta el escribir estas palabrotas me cuesta trabajo y tengo que ir trazando letra por letra. Sin embargo, basta que hayas hecho tú esta monserga de sabidurías oscuras para que me cautive. He pasado algunos ratos leyendo tus páginas, como si leyera el griego, y... no lo creerás, pero es cierto que sin saber la causa, yo leía y leía, llevada de un no [13] sé qué de admiración y respeto hacia ti. Entre tantos nombres endiablados, he encontrado algunos preciosísimos y que han despertado en mí simpatías, tales como sienita, pegmatita, variolita, anfibolita. Todas estas niñitas me parecen nombres de hadas o geniecillos que han jugado alrededor de tu cabeza cuando estudiabas la obra de Dios en las honduras de la tierra. Pero sin quererlo me estoy volviendo poetisa, y eso es inaguantable, señor mío. ¡Y esta pícara carta que no quiere dejarse acabar!... Mamá me está llamando para ir de paseo. Está muy aburrida. Dice que éste es un lugar de baños eminentemente cursi, y que antes se quedará en Madrid que volver a él. Ni casino, ni sociedad, ni expediciones, ni tiendas de chucherías, ni gente de cierta clase. La verdad es que no hay dos Biarritz en el mundo. Leopoldo también está aburridísimo. Dice que éste es un pueblo salvaje y que no comprende cómo hay persona decente que venga a bañarse entre cafres. Así llama a los pobres castellanos que inundan estas playas. Gustavo ha pasado a Francia para visitar al santo y angelical Luis Gonzaga, que está algo delicado. ¡Pobre hermanito mío! Hace días nos visitó de parte suya un clérigo italiano, un tal [14] Paoletti, hombre amabilísimo, muy instruido y que cautiva con su conversación... Pero quiero darte cuenta de todo y no puede ser. El papel se acaba y mamá me llama otra vez. Adiós, adiós, adiós. Que no faltes el lunes... Hablaremos de aquello, ¿sabes?, de aquello. Anoche, cuando rezaba, le pedía a Dios por ti... No pongas esa cara de pillo. Hay en tu alma un rinconcito oscuro que no me gusta. No digo más por no parecer doctora de la Iglesia, por no anticipar una empresa gloriosa que tendrá su... quédese también esta frase sin concluir... Abur, perdido... Memorias a las sienitas, pegmatitas y anfibolitas, únicas señoritas de quienes no tiene celos la que te quiere de todo corazón, la que tiene la simpleza de creer todo lo que dices, la que te espera el lunes... Cuidado con faltar. Hasta el lunes. Si no, verás quién es tu MARÍA. [15] - II - Herpetismo El que leyó esta carta paseaba, mientras leía, por una alameda de altísimos árboles. En uno de los extremos de ella había una construcción baja, de cuyo pórtico con pretensiones greco-romanas salían tibios vapores sulfurosos, harto desagradables, y en el otro uno de los edificios falansterianos a que concurren los españoles durante el estío para reproducir en el campo la vida estrecha, incómoda y enfermiza de las poblaciones. Escabrosas montañas, de yerba y musgo vestidas, daban con el pie al establecimiento, como para arrojarlo al río, y éste, que intentaba disimular su pequeñez haciendo ruido (a semejanza de muchos hombres que son Manzanares de cuerpo y Niágara de voz), se encrespaba junto al muro de sostenimiento, jurando y perjurando [16] que se llevaría falansterio, alameda, cantina, médico, fondista y veraneantes. Éstos cojeaban tosiendo en la alameda, o formaban desiguales grupos bajo los árboles y en los bancos de césped. Oíanse monografías de todos los males imaginables: cálculos sobre digestiones hechas o por hacer; diagnósticos ramplones; recuentos de insomnios, de acedías y de hipos; inventarios de palpitaciones cardíacas; disertaciones varias sobre las travesuras del gran simpático; sutiles hipótesis sobre los misterios del sistema nervioso, iguales a los de Isis en lo impenetrables; observaciones erigidas en aforismos por un pecho optimista; vaticinios de aprensivo que cuenta por sus toses los pasos de la muerte; esperanzas de crédulo que supone en las aguas la milagrosa virtud de resucitar difuntos; sofocados ayes del atacado de gastralgia; soliloquios del desesperado y risas del restablecido. El que no ha vivido siquiera tres días en medio de este mundo anémico y escrofuloso, compuesto de enfermos que parecen sanos, sanos que se creen enfermos, individuos que se pudren a ojos vistos carcomidos por el vicio, y aprensivos que se sublevarían contra Dios si decretara la salud universal, no comprenderá el fastidio e insulsez de esta vida falansteriana, tan ardientemente adoptada por nuestra [17] sociedad desde que hubo ferro-carriles, y en la cual rara vez se encuentran los encantos y el plácido sosiego del campo. Sin embargo, no faltan atractivos en la sociedad herpética. La renovación constante de tipos; las bellezas que entran cada día, acompañadas de más mundos que un sistema planetario; el lujo, las tertulias, la delicada ambrosía de la murmuración, servida a cada instante y pasada de boca en boca sin saciar jamás a ninguna ni agotarse con el diario consumo; los improvisados o redivivos noviazgos, los rozamientos morales, ora ásperos, ora de dulce suavidad; los mil cabos que se atan o se desatan, el bailoteo, las expediciones para ver alguna gruta, panorama o golpe de ruinas, que ya se vieron el año pasado, y que se han de gozar uniendo la voz al coro de la admiración colectiva; los juegos inocentes o venialmente criminales, las bromas, los complots, las galanas intrigas con que algunos se atreven a romper la monotonía de la felicidad colectiva, de aquel esparcimiento colectivo, de aquella higiene colectiva, de aquella vida eminentemente colectiva, que tiene en medio de sus esplendores un no sé qué reglamentario y lúgubre a estilo de hospital, dan atractivos a estos sitios, al menos para ciertos caracteres, que son los que más abundan. Por eso van allá todos los españoles, [18] unos con su dinero, otros con el ajeno, y desde que apunta julio son puestos en prensa el administrador o el prestamista para que alleguen los caudales que reclama aquel importante fin de la vida moderna. Parece que hay cierto afán de embriagarse con aguas de azufre, y para cantar esta sed elegante se echa de menos un Anacreonte hidropático. El que leía la carta era un joven vestido de riguroso luto. Leídos y guardados los tres pliegos, quiso seguir paseando, mas le fue preciso atender a los saludos de sus compañeros de fonda. Era la hora en que la mayor parte de los bañistas bajaban a beber el agua y a pasearla. Veíanse caras desconsoladas y escuálidas, unas de viejos verdes y otras de jóvenes achacosos; sonrisas mustias que se confundían con las contracciones de dolor; y no se oía más que un preguntar y responder constante sobre las distintas formas y maneras de estar malo. La chismografía patológica es insoportable, y así debió comprenderlo el de la carta, que afortunadamente estaba bien con Esculapio, porque tomó el camino de la fonda para salir del establecimiento; pero fue detenido por un grupo compuesto de tres personas, dos de las cuales eran de edad madura, de aspecto grave y hasta cierto punto majestuoso. -Buenos días, León -dijo el más joven de [19] los tres en tono de confianza íntima-. Ya te vi desde mi ventana leyendo los tres pliegos de costumbre. -Hola, amigo Roch; usted siempre tan madrugador -indicó el más viejo, que era también el más feo de los tres. -Leoncillo, buena pieza... alma de cántaro, ¿no paseas hoy con nosotros? -dijo el de aspecto más imponente, que ocupaba entonces como siempre el centro del grupo, de tal modo que los otros dos parecían ir a su lado con un fin puramente decorativo para hacer resaltar más su importancia física y social. El joven vestido de negro se excusó como pudo. -Bajaré dentro de una hora -dijo evadiéndose con ligereza-. Hasta luego. El grupo avanzó por la alameda adelante. ¿Será preciso describir esta trinidad ilustre, la cual es, si se nos permite decirlo así, una constelación que se ve en España a todas horas, a pesar de ser muy turbio el cielo de nuestro país? Aquí el lector, lo mismo que el autor, dirá forzosamente: Son ellos; dejémosles que pasen. Pero esta constelación no pasa ni declina jamás; no baja nunca hacia el horizonte, ni es oscurecida por el sol, ni se nubla, ni se eclipsa. Siempre está en alto, ¡ay!, siempre resplandece [20] con inextinguible claridad pavorosa en el zenit de la vida nacional. ¿Quién no conoce al marqués de Fúcar, de quien ha dicho la adulación que es uno de los pocos oasis de riqueza situados en medio del árido desierto de la general miseria? Así como ocupa el primer lugar en la constelación citada, también es el alpha de la sociedad española. ¿Quién no conoce a don Joaquín Onésimo, ese fanal luminoso de la Administración, que está encendido en todas las situaciones, iluminando con sus rayos a una pléyade de Onésimos que en diversos puestos del Estado consumen medio presupuesto? Alguien dijo que los Onésimos no eran una familia, sino una epidemia; pero no puede dudarse, ¡cielos!, que si esa luminaria se apagase quedarían a oscuras los ámbitos de la buena administración, y reducidos a revuelto caos el orden, las instituciones y la sociedad toda. El tercer ángulo de este triángulo lo formaba un acicalado y muy bien parecido joven, en cuyo semblante pálido y linfático parecían extinguidas prematuramente la frescura y la energía propias de sus treinta y dos años. Eran sus maneras perezosas y su aspecto de fatiga y agotamiento, como es común en los que han derrochado la riqueza moral [21] en la mala política, la intelectual en el periodismo de pandilla, y la física en el vicio. Este tipo esencialmente español y matritense, nocturno, calenturiento, extenuado, personificación de esa fiebre nacional que se manifiesta devorante y abrasadora en las redacciones trasnochantes, en los casinos que sólo apagan sus luces al salir el sol, en las tertulias crepusculares y en los mentideros que perpetuamente funcionan en pasillos de teatro, rincones de café o despachos de Ministerio, parecía muy fuera de su lugar propio en aquel ambiente puro y luminoso, a la sombra de gigantescos árboles. Se podría creer que le causaba molestia hallarse lejos de sus antros de corrupción y malevolencia, y que para las esplendentes gracias de la Naturaleza no había en su corazón un latido, ni una mirada en sus turbios ojos sin viveza, de párpados turgentes, embolsados y rojos por el hábito del insomnio. Federico Cimarra, que era el joven, don Joaquín Onésimo (a quien se creía próximo a llamarse marqués de Onésimo) y don Pedro Fúcar, marqués de Casa-Fúcar, luego que midieron dos o tres veces la alameda, se sentaron. [22] - III - Donde el lector verá con gusto los panegíricos que los españoles hacen de sus compatriotas y de su país -Ya es evidente que León se casa con la hija del marqués de Tellería -dijo Federico Cimarra-. No es gran partido, porque el marqués está más tronado que los cómicos en Cuaresma. -Ya sólo le queda la casa de la calle de Hortaleza -apuntó Fúcar con indiferencia-. Es buena finca, construida en tiempos del marqués de Pontejos... Al fin se quedará también sin ella. Dicen que en esa familia todos, desde el marqués hasta Polito, tienen la cabeza a pájaros. -Pero ¿no le queda a Tellería más que la casa? -preguntó el hombre de Administración con curiosidad que parecía el afán celoso del Fisco buscando la materia imponible. [23] -Nada más -repitió el de Fúcar, demostrando conocer a fondo el asunto-. Las tierras de Piedrabuena han sido vendidas en subasta judicial hace dos meses. Con las casas y la fábrica de Nules se quedó mi cuñado en febrero último. En fondos públicos no debe de tener nada. Me consta que en junio tomó dinero al 20 por 100 con no sé qué garantía... En fin, otra torre por los suelos. -Y esa casa fue poderosa -dijo Onésimo-. Yo le oí contar a mi padre que en el siglo pasado estos Tellerías ponían la ley a toda Extremadura. Era la segunda casa en ganados. Tuvieron medio siglo las alcabalas de Badajoz. Federico Cimarra se puso en pie frente a los otros dos, y abriendo las piernas en forma de compás, empezó a hacer el molinete con su bastón. -Es increíble -dijo sonriendo- la calaverada que va a hacer ese pobre León... Cuidado que yo le quiero... Es mi amigo... Pero ¿quién se atreve a contradecirle? Váyase usted a argumentar con estas cabezas de piedra que se llaman matemáticos. ¿Han conocido ustedes un solo sabio que tenga sentido común? -Ninguno, ninguno -exclamó el marqués de Fúcar riendo a borbotones, que era su especial manera de reír-. ¿Y es cierto lo que [24] me han dicho?... ¿que la chica es algo mojigata? Sería cosa muy bufa a un libre-pensador de mares altos pescado con anzuelito de padrenuestros y avemarías. -No sé si es mojigata; pero sí sé que es muy bonita -afirmó Cimarra paladeando-. Pase lo de santurrona por lo que tiene de barbiana... Pero su carácter no está formado... es una chiquilla, y después que está enamorada no piensa en santidades. La que me parece en camino de ser verdadera beata es la marquesa, que no podrá eludir la ley por la cual una juventud divertida viene a parar en vejez devota. ¡Qué desmejorada está la marquesa! La vi la semana pasada en Ugoibea y me pareció una ruina, una completa ruina. En cambio, María está hecha una diosa... ¡Qué cabeza!... ¡Qué aire y que trapío! En el lenguaje de Cimarra se mezclaban siempre a la fraseología usual de la gente discreta los términos más comunes de la germanía moderna. -Eso sí -dijo el marqués de Fúcar con expresión y sonrisa de sátiro-. María Sudre vale cualquier cosa... Yo creo que el matemático ha perdido la chaveta y se ha dejado enloquecer por aquellos ojos de fuego. Esa chiquilla no me gustaría para esposa... Hermosura superior, fantasía, tendencia al romanticismo, [25] un carácter escondido, algo que no se ve... en fin, no me gusta, no me gusta. -¡Caramba! -exclamó el hombre de Administración dándose una palmada en la propia rodilla-. Todo menos hablar mal de María Sudre. La conozco... es un portento de bondad... es lo mejor de la familia. -Hombre -dijo el marqués de Fúcar descuadernando su cara en una risa homérica-. La familia es la familia de tontos más completa que conozco, sin exceptuar al mismo Gustavo, que pasa por un prodigio. -¡Ah!, no, la chica vale, vale -afirmó Onésimo-. No diré lo mismo de León. Es un sabio de nuevo cuño, uno de estos productos de la Universidad, del Ateneo y de la Escuela de Minas, que maldito si me inspiran confianza. Mucha ciencia alemana, que el demonio que la entienda; mucha teoría oscura y palabrejas ridículas; mucho aire de despreciarnos a todos los españoles como a un hatajo de ignorantes; mucho orgullo, y luego el tufillo de descreimiento, que es lo que más me carga. Yo no soy de ésos que se llaman católicos y admiten teorías contrarías al catolicismo; yo soy católico, católico. Se dio dos palmadas en el pecho. -Hombre, sea usted todo lo católico que quiera -dijo Fúcar, riendo con menos estrépito, [26] o si se quiere con cierta tendencia a la seriedad-. Todos somos católicos... Pero no exageremos... ¡Oh!, la exageración es lo que mata todo en este país. Dejemos a un lado las creencias, que son muy respetables, pero muy respetables. Lo que digo es que León es un hombre de mucho, de muchísimo mérito. Es lo mejor que ha salido de la Escuela de Minas desde que existe. Su colosal talento no conoce dificultades en ningún estudio, y lo mismo es geólogo que botánico. Según dicen, todos los adelantos de la Historia natural le son familiares, y es un astrónomo de primera fuerza. -¡Oh!, León Roch -exclamó Cimarra con el tono de hinchazón protectora que toma la ignorancia cuando no tiene más remedio que hacer justicia a la sabiduría-, vale mucho. Es de lo poco bueno que tenemos en España. Somos amigos, estuvimos juntos en el colegio. Verdad es que en el colegio no se distinguía; pero después... -No me entra, repito que no me entra; no le puedo pasar... -dijo Onésimo como quien se niega a tomar una pócima amarga. -Mire usted, amigo Onésimo -indicó el marqués en tono solemne-, no hay que exagerar... La exageración es el principal mal de este país... Eso de que porque seamos católicos [27] condenemos a todos los hombres que cultivan las ciencias naturales, sin darse golpes de pecho, y se desvían... Yo concedo que se desvíen un poco, mucho quizás, de las vías católicas... Pero ¿qué me importa? El mundo va por donde va. Conviene no exagerar. Para mí la falta principal de Leoncillo... Yo le conozco desde que era niño: él y mi hija se criaron juntos en Valencia... Pues su gran falta es comprometer su juventud, su riqueza, su porvenir, en ese enlace con una familia desordenada y decadente que le devorará sin remedio. -¿Es rico León? -¡Oh!, ¡mucho! -exclamó Fúcar con grandes encarecimientos-. Conocí a su padre en Valencia, el pobre don Pepe, que murió hace tres meses, después de pasarse cincuenta años trabajando como un negro. Yo le traté cuando tenía el molino de chocolate en la calle de las Barcas. La verdad es que en aquel tiempo el chocolate del señor Pepe era muy estimado. Me acuerdo de ver entonces a León tamaño, así, con la cara sucia y los codos rotos, estudiando aritmética en un rincón que había detrás del mostrador. En Navidad vendía don Pepe mazapanes... Pero si los ha vendido hasta hace quince años, y no hace treinta que trasladó su industria a Madrid... Después que tuvo capital, entrole el afán de aumentarlo considerablemente. [28] ¡Oh!, es incalculable el dinero que se ha ganado en este país haciendo chocolate de alpiste, de piñón, de almagre, de todo menos de cacao. Estamos en el país del ladrillo, y no sólo hacemos con él nuestras casas, sino que nos lo comemos... El señor Pepe trabajó mucho: primero a brazo; después con aparato de fuerza animal, al fin con máquina de vapor. Resultado (el marqués de Fúcar se alzó su sombrero hasta la raíz del pelo): que compró terrenos por fanegadas y los vendió por pies; que el 54 construyó una casa en Madrid: que se calzó los mejores bienes nacionales de la huerta; que negociando después con fondos públicos aumentó su fortuna lindamente. En fin, yo calculo que León Roch no se dejará ahorcar por 8 ó 9 millones. -Lo mejor de la biografía -dijo Cimarra, sentándose junto a sus dos amigos- se lo ha dejado usted en el tintero. Hablo de la vanidad del difunto don Pepe. Lo general es que estos industriales enriquecidos, aunque sea envenenando al género humano, sean modestos y no piensen más que en acabar tranquilamente sus días, viviendo sin comodidades, con los mismos hábitos de estrechez que tuvieron cuando trabajaban. Pero el pobre señor Pepe Roch era célebre hasta no más. Su chifladura consistía en que le hiciesen marqués. [29] -Diré a ustedes -manifestó gravemente el marqués, cortando con un gesto de hombre superior esta tendencia a las burlas-. Don José Roch era un infeliz, un hombre bondadoso y simple en su trato social. Le conocí bien. Él haría chocolate con la tierra de los tiestos que tenía su mujer en el balcón, según decían las malas lenguas del barrio; pero era un buen ganapán, y tenía en tan alto grado el sentimiento paterno, que casi era una falta. Para él no había en el mundo más que un ser: su hijo León; le quería con delirio. Tenía por enemigo declarado al que no le diese a entender que León era el más guapo, el más sabio, el primero y principal de todos los hombres nacidos. Todo el orgullo y la vanidad del pobre Roch estaba en ser autor de su hijo. El año pasado nos encontramos una noche en la Junta de Aranceles. Yo quise hablarle de una subasta de corcho... porque tiene mucho corcho... pero él no hablaba más que de su hijo. Casi con lágrimas en los ojos, me dijo: "Amigo Fúcar, para mí no quiero nada, me basta un hoyo y una piedra encima con una cruz. Mi único deseo es que León tenga un título de Castilla. Es lo único que le falta". Yo me eché a reír. ¡Apurarse por un rábano, es decir, por un título de Castilla!... Señor don José, si usted me dijera "quiero ser bonito, quiero ser joven..." [30] pero ¿qué desea usted?, ¿ser marqués?... A las coronas les pasará lo que a las cruces, que al fin la gente cifrará su orgullo en no tenerlas. Pronto llegaremos a un tiempo en que, cuando recibamos el diploma, tendremos vergüenza de dar un doblón de propina al portero que nos lo traiga... porque también él será marqués. Fúcar, al decir esto, soltó la risa. Empezaba ésta por un hipo chillón y terminaba en un arrugamiento general de sus facciones y una especie de arrebato congestivo. Pasados los golpes de hilaridad, aún tardaba su cara una buena pieza en volver a su color primero y a su normal aspecto de seriedad majestuosa. -Señores -dijo seguidamente y con cierto enfado la lumbrera de la Administración, enojo que podría atribuirse a sus proyectos marquesiles-, por mucho que se hayan prodigado los títulos de nobleza, no creo que estén ahí para que los tomen los chocolateros. Pues no faltaba más... -Amigo Onésimo -objetó el marqués con flemática ironía-, yo creo que están para el que quiera tomarlos. Si don Pepe no tomó el título de marqués de Casa-Roch fue porque su hijo se opuso resueltamente a caer en esa ridiculez hoy tan en boga. Es hombre de principios. [31] -¡Oh!, sí -exclamó el hombre administrativo, en quien las instituciones venerandas tenían siempre poderoso apoyo-. Por lo común, estos sabios que tanto manosean los principios en el orden científico, carecen de ellos en el orden social. No faltan ejemplos aquí. Yo creo que todos los sabios son lo mismo. Ya hemos visto cómo gobiernan el país cuando éste ha tenido la desgracia de caer en sus manos. Pues lo mismo gobiernan sus casas. En la vida privada, señores, los sabios son una calamidad, lo mismo que en la pública. No conozco un sabio que no sea un tonto, un tonto rematado. -Aquí no salimos de paradojas. -Es la verdad pura. -Vivimos en el país de los vice-versas. -No exageremos, no exageremos, señores -dijo el marqués, removiéndose y tomando el tono particularísimo que reservaba para su protesta favorita, que era la protesta contra la exageración-. Aquí abusamos de las palabras, y calificamos a los hombres con mucha ligereza. La envidia por un lado, la ignorancia... ¿Qué, qué hay? Esto lo dijo interrumpiendo su discurso y mirando con expresión de miedo a un criado que hacia los tres avanzaba apresuradamente. -La señorita llama a vuecencia. Está mala otra vez. [32] -Vamos, mi hija está hoy de vena -dijo el marqués de mal humor, levantándose-. Ustedes me preguntarán que qué tiene Pepa, y yo les diré que no lo sé, que no sé nada absolutamente. Voy a verla. Sus dos amigos callaban, mirándole partir. El marqués de Fúcar andaba lentamente a causa de su obesidad. Había en su paso algo de la marcha majestuosa de un navío o galeón antiguo, cargado de pingüe esquilmo de las Indias. También él parecía llevar encima el peso de su inmensa fortuna, amasada en veinte años, de esa prosperidad fulminante que la sociedad contemplaba pasmada y temerosa. [33] - IV - Siguen los panegíricos dando a conocer en cierto modo el carácter nacional Frente a la gruta donde los bañistas tragaban vaso tras vaso, ávidos de corregir el oidium de su naturaleza, había una glorieta. Eran las diez, hora en que escaseaban ya los bebedores, y un nuevo grupo se había instalado en aquel ameno sitio. Formábanlo don Joaquín Onésimo, León Roch y Federico Cimarra, que oprimía los lomos de una silla, caballero en ella, y haciéndola crujir y descoyuntarse con sus balanceos. -¿Sabes tú, León, lo que tiene la hija de Fúcar? -Anoche se retiró temprano del salón. Está enferma. Después de decir esto León miró atentamente al suelo. [34] -Pero su enfermedad es cosa muy rara, como dice el marqués -añadió Onésimo-. Veamos los síntomas. Ya saben ustedes que colecciona porcelanas. El mes pasado, cuando volvía de París, estuvo dos días en Arcachón. Las hijas del conde de la Reole le regalaron tres piezas de Bernardo Palissy. Dicen que son muy hermosas. A mí me parecen loza de Andújar. Además, trajo de París ocho piezas de Sajonia, de una belleza y finura que no pueden ponderarse. Estas obras de arte parecían ocupar por entero el ánimo de Pepa. No hablaba más que de sus porcelanas. Las guardaba, las sacaba sesenta y dos veces al día. Pues bien: esta mañana cogió los cacharros, subió a la habitación más alta de la fonda, abrió la ventana y los tiró al corral, donde se hicieron treinta mil pedazos. Federico miró a León Roch, que sólo dijo: -Sí, ya lo oí contar. -Ayer tarde -prosiguió Onésimo-, cuando volvíamos de la gruta (que, entre paréntesis, tiene tan poco que ver como mi cuarto), se le cayó una de las gruesas perlas de sus pendientes de tornillo. La buscamos; al fin la distinguí junto a una piedra; me abalancé a cogerla, como era natural; pero, más ligera que yo, púsole el pie encima... y la aplastó, diciendo: "¿Para qué sirve eso?". Además, cuentan que [35] ha hecho un picadillo de encajes. Pero ¿no la vieron ustedes anoche en el salón? Yo juraría que está loca. León no dijo nada, ni Cimarra tampoco. -¿Saben ustedes -añadió el fanal de la Administración- que va a estar fresco el que se case con esa niña? ¡Qué educación, señores, pero qué educación! Su padre, que tan bien conoce el valor de la moneda, no le ha enseñado a distinguir un billete de mil pesetas de una pieza de dos. Es una alhaja la señorita de Fúcar. Ya me habían dicho que era caprichosa, despilfarradora; que tiene los antojos más ridículos y cargantes que pueden imaginarse. ¡Pobre marido y pobre padre!... Si al menos fuera bonita; pero ni eso... Ya le dará disgustos a don Pedro. Luego no quieren que truene yo y vocifere contra estos hábitos modernos y extranjerizados que han quitado a la mujer española su modestia, su cristiana humildad, su dulce ignorancia, sus aficiones a la vida reservada y doméstica, su horror al lujo, su sobriedad en las modas, su recato en el vestir. Vean ustedes las tarascas que nos ha regalado la civilización moderna. Comprendo la aversión al matrimonio que va cundiendo, y que, si no se ataja, obligará a los gobiernos a dar una ley de novios y una ley de casamientos, estableciendo un presidio de solteros. [36] -¡Graciosísimo! -exclamó Cimarra, poniendo bruscamente su mano sobre el hombro de León-. Del carácter y de las rarezas de Pepa podrá hablarnos éste, que la conoce desde que ambos eran niños. León dijo fríamente: -Si la enfermedad y las rarezas de Pepa consisten en romper porcelanas y destrozar vestidos, no importa. El marqués de Fúcar es bastante rico, inmensamente rico, cada día más rico. -Sobre este tema -indicó el fénix burocrático-, sobre la colosal riqueza del señor marqués, la frase más característica la debemos al amigo Cimarra, que es el hombre de las frases. -Yo no he dicho nada, nada, de don Pedro Fúcar -replicó Federico con aspavientos de honradez. -¡Lengua de escorpión! ¿No fue usted el que en casa de Aldearrubia..., yo mismo lo oí..., a propósito de la escandalosa fortuna de Fúcar, soltó esta frase: "Es preciso escribir un nuevo aforismo económico que diga: 'La bancarrota nacional es una fuente de riqueza'"? -¡Eso se puede decir de tantos! -manifestó León. -De muchos, de muchísimos -dijo Cimarra prontamente-. Como Fúcar ha labrado su [37] rica colmena en el tronco podrido del Tesoro público... ¿qué tal la figura?... pues digo que, habiendo centuplicado su fortuna en las operaciones con el Tesoro, no será el único a quien se podrá aplicar aquello de la bancarrota nacional... El señor de Onésimo se turbó breve instante. Mas reponiéndose, añadió: -Yo he oído hacer a usted, querido Cimarra, un despiadado análisis de los millones del marqués de Fúcar. A los hombres de ingenio se les perdona la murmuración... No venga usted con arrepentimientos; ya sé que ahora es usted muy amigo de su víctima de aquél a quien supo pintar, diciendo: "Es un hombre que hace dinero con lo sólido, con lo líquido y con lo gaseoso, o lo que es lo mismo, con los adoquines, con el vino de la tropa y con el alumbrado público. El tabaco de sus contratas es de un género especial, teniendo la ventaja de que si amarga en la boca, puede servir para leña; y también son especiales su arroz y sus judías, las cuales se han hecho célebres en Ceuta: los presidiarios las llamaban píldoras reventonas del boticario Fúcar". -Hablar por hablar -replicó Cimarra-. Sin embargo de esto, yo aprecio mucho al marqués. Es un hombre excelente. Todos hemos dado algún alfilerazo al prójimo. [38] -Ya sé que esto es pura broma. Aquí se sacrifica todo al chiste. Somos así los españoles. Desollamos vivo a un hombre, y en seguida le apretamos la mano. No critico a nadie; reconozco que todos somos lo mismo. El marqués de Fúcar apareció en la glorieta. -¿Y Pepa? -le preguntó León. -Ahora está muy contenta. Pasa de la tristeza a la alegría con una rapidez que me asombra. Ha llorado toda la mañana. Dice que se acuerda de su madre, que no puede echar del pensamiento a su madre... qué sé yo... No la entiendo. Ahora quiere que nos vayamos de aquí, sin dejarme tomar los baños. Yo no quería venir, porque me apestan estos establecimientos horriblemente incómodos de nuestro país. ¡Caprichos, locuras de mi hija! De buenas a primeras, y cuando nos hallábamos en Francia, se le puso en la cabeza venir a Iturburúa. Y no hubo remedio... a Iturburúa, a Iturburúa, papá... ¿Qué había yo de hacer?... Al fin, ya me había acostumbrado a esta vida ramplona, y la verdad, tanto como me contrarió venir, me contraría marcharme sin haber tomado siquiera seis baños... Eso sí, aguas como éstas no creo que las haya en todo el mundo... ¿Y a dónde vamos ahora? Ni hay para qué pensarlo, porque las genialidades y [39] los arrebatos de mi hija burlan todos los cálculos... Apenas tengo tiempo de pedir el coche-salón... Pepa está tan impaciente por marcharse como lo estuvo por venir... Ha de ser pronto, hoy mismo, mañana temprano a más tardar, porque estas montañas se le caen encima, y se le cae encima la fonda, y también el cielo se viene abajo, y le son muy antipáticos todos los bañistas, y se muere, y se ahoga... Mientras don Pedro expresaba así, con desorden, su paterno afán, los tres amigos callaban, y tan sólo Onésimo aventuró algunas frases comunes sobre las perturbaciones nerviosas, origen, según él, de aquellas y otras no comprendidas rarezas que a la más bella porción del género humano afligen. El marqués tomó del brazo a Federico Cimarra, diciéndole: -Querido, hágame usted el favor de entretener un rato a Pepa. Ahora está contenta, pero dentro de un rato estará aburridísima. Ya sabe usted que se ríe mucho con sus ocurrencias ingeniosas. Ahora me dijo: "Si viniera Cimarra para murmurar un poco del prójimo...". Bien comprende que es usted una especialidad. Vamos, querido. Ahora está sola... Adiós, señores; me llevo a este bergante, que hace más falta en otra parte que aquí. Quedáronse solos don Joaquín Onésimo y León Roch. [40] -¿Qué piensa usted de Pepa? -preguntó el primero. -Que ha recibido una educación perversa. -Eso es: una educación perversa... Y ahora que recuerdo... ¿es cierto que se casa usted? -Sí, señor... Llegó mi hora -dijo León sonriendo. -¿Con María Sudre?... -Con María Sudre. -¡Lindísima muchacha!... ¡Y qué educación cristiana! Francamente, amigo, es más de lo que merece un hereje. Benévola palmada en el hombro de León terminó este corto diálogo. [41] - V - Donde pasa algo que bien pudiera ser una nueva manifestación del carácter nacional Había avanzado la noche, y el modesto sarao de los bañistas principiaba a desanimarse. Los últimos giros de las graciosas parejas se extinguieron en los costados del salón, como los últimos círculos del agua agitada mueren en las paredes del estanque; se deshicieron aquellos abrazos convencionales que no ruborizan a las doncellas, y al fin tuvo la condescendencia de callarse el piano homicida que dirigía con su martilleante música el baile. No faltó una beldad que quisiera prolongar aún la velada sacando de las cuerdas del instrumento un soporífero Nocturno, que es la más insulsa y calamitosa música entre todas las malas; pero este alarde de ruido elegíaco duró felizmente poco, porque las madres se impacientaron [42] y alegres tribus de señoritas empezaron a desfilar sobre el piso de madera lustrosa. Resbalaban con agrio chirrido las patas de las sillas; al pío-pío de la charla juvenil se unía un sordo trompeteo de toses. Las bufandas se arrollaban como culebras en la garganta carcomida de los hombres graves, oradores, abogados y políticos, que eran la flor y el principal lustre del establecimiento. En la pieza inmediata, las fichas abandonadas y revueltas del tresillo y del ajedrez hacían un ruido como de falsos dientes que riñen unos contra otros fuera de la encía. Las toses y carraspera arreciaban con la salida de los últimos, que eran los más viejos, y después, aquel murmullo compuesto de chácharas juveniles y del lúgubre quejido de la decrepitud prematura, que a lo más florido de la actual generación aqueja, se fue perdiendo en el largo pasillo, luego atronó la escalera y se extinguió poco a poco, distribuyéndose en las habitaciones del edificio celular. Podía existir la ilusión de considerar a éste como un gran órgano, en el cual, después de que la gran sinfonía tocada por el viento volvía cada nota, profunda o aguda, a su correspondiente tubo. En la sala del tresillo estaba el marqués de Fúcar leyendo periódicos. Su postura natural para este patriótico ejercicio era altamente [43] tiesa, manteniendo el papel a bastante distancia y ayudando su vista con los lentes, que colocaba casi en la punta de la nariz y le oprimían las ventanillas. Si tenía que mirar a alguien, miraba por encima y por los lados de los vidrios. Frecuentemente reía en voz alta durante la lectura, sin dejar de leer, porque era muy sensible al aguijón punzante del epigrama, sobre todo si, como es frecuente en nuestra prensa, el aguijón estaba envenenado. A su lado leían otros dos. En el salón grande cuatro o cinco hombres charlaban, reclinados perezosamente en los divanes. Federico Cimarra, después de pasear un rato con las manos metidas en los bolsillos, entró en la sala de tresillo a punto que el marqués de Fúcar apartaba de sí el último periódico y arrancaba de su nariz los lentes para doblarlos y meterlos en el bolsillo del chaleco. -¡Qué país, qué país! -exclamó el ilustre negociante, conservando en su fresco rostro la sonrisa producida por el último chiste leído-. ¿Sabe usted, Cimarra, lo que me ocurre? Aquí todo el mundo habla mal de los políticos, de los gobiernos, de los empleados de Madrid...; pues voy creyendo que Madrid, los empleados, los gobiernos y la gavilla de políticos, como dicen, son lo mejor de la nación. [44] Malos son los elegidos; pero creo que son más malos los electores. -Donde todo es malo -dijo Federico, con frialdad filosófica que podría pasar por el sarcasmo de un corazón muerto y de una inteligencia atrofiada, metidos ambos dentro de un cuerpo enfermo-, donde todo es malo, no es posible escoger. -Y la causa de todos los males es la holgazanería. -¡La holgazanería!, es decir, la idiosincrasia nacional; mejor dicho, el genio nacional. Yo digo: holgazanería, tu nombre es España. Poseemos grande agudeza, según dicen; yo no la veo por ninguna parte. Somos todos unos genios; yo creo que lo disimulamos... -¡Oh! Si hubiera gobiernos que impulsaran el trabajo... Cimarra puso una cara muy seria: era su modo especial de burlarse del prójimo. -¡El trabajo!... Ya ni siquiera sabemos tejer paño pardo. Van desapareciendo las alpargatas, los botijos son cada vez más raros, y hasta las escobas vienen ya de Inglaterra... Pero nos queda la agricultura. ¡Ah!, éste es el tema de los tontos. No hay un solo imbécil que no nos hable de la agricultura. Yo quiero que me digan qué agricultura puede haber donde no hay canales, y cómo ha de haber canales [45] donde no hay ríos, y cómo ha de haber ríos donde no hay bosques, y cómo ha de haber bosques donde no hay gente que los plante y los cuide, y cómo ha de haber gente donde no hay cosechas... ¡Horrible círculo del cual no se sale, no se sale!... Cuestión de raza, señor marqués... Ésta es una de las pocas cosas que son verdad: la fatalidad de la casta. Aquí no habrá nunca sino comunismo coronado por la lotería...; éste es nuestro porvenir. Que el Estado administre toda la riqueza nacional y la reparta por medio de rifas... ¿Qué tal?, esto sí que tiene sombra... ¡Oh! Verá usted, verá usted... ¡Magnífico! Éste es un ideal como otro cualquiera. Consúltelo usted con don Joaquín Onésimo, que pasa por una lumbrera de la Administración, y es, a mi juicio, una de las mayores calabazas que se han criado en esta tierra. -¿No está por ahí? -dijo Fúcar, riendo y mirando en derredor-. Que venga para que oiga su apología. -Está hablando del orden social con don Francisco Cucúrbitas, otra gran eminencia al uso español. Es de esos hombres que hablan mucho de administración y de trámites, es decir, de expedientes... ¡Oh!, ¿qué sería del mundo sin expedientes? Dios ha criado a estos señores para realizar el quietismo social, que [46] después de todo, no es malo... Nada, señor marqués: mi sistemita de comunismo y rifas. Las contribuciones lo recogen todo y la lotería lo reparte. ¡Pistonudo! ¿Sabe usted, amigo, que aquí se aburre uno lindamente? Durante la pausa que siguió a esta frase, acercose Federico a la puerta del salón para llamar a los que aún quedaban en él; después volvió junto al marqués, y sacando de su bolsillo una baraja, la arrojó sobre la mesa. Las cartas se extendieron, pegadas unas a otras y resbalando como una serpiente cuadrada. -¡Hombre, también aquí! -dijo Fúcar con expresión de disgusto. Cimarra volvió al salón que ya estaba apagado. Empujados por él entraron cuatro caballeros. León Roch se paseaba solo en el salón, medio a oscuras. Después de hablar en voz alta con el mozo, Cimarra tomó el brazo de su amigo y paseó con él un rato. Entre los dos se cruzaron palabras apremiantes, agrias; pero al fin León subió a su cuarto, bajando diez minutos después. -Toma, vampiro -dijo con desprecio a su amigo dándole monedas de oro. Después se quedó solo. Acercándose a la puerta de la sala de tresillo, pudo ver el cuadro que en el centro de ésta había, formado por seis personas, algunas de las cuales tenían un nombre [47] no desconocido para la mayoría de los españoles. Es verdad que había entre ellos quien gozaba de reputación poco envidiable; pero también había alguien que la ganara ventajosa con sus bellos discursos, en los cuales no faltaban palabrejas muy sonoras contra el desorden social, los vicios y la holgazanería. El marqués de Fúcar era, de los allí presentes, el único que parecía tomar la ocupación como un verdadero juego, y apuntaba sonriendo las cartas, acompañando de picantes observaciones cada pérdida o ganancia. Cimarra, con el sombrero en la corona, el ceño fruncido, los ojos atentos y brillantes, la expresión entre alelada y perspicua, con cierta seriedad de adivino o de estúpido, tallaba. Sus delicados labios murmuraban a cada instante sílabas oscuras, que un inocente habría tomado por fórmulas de evocación para atraer espíritus. Era el tenebroso lenguaje del jugador, el cual, con gruñidos o sólo con el ardiente resuello, mantiene un diálogo febril con las cuarenta personas de cartón que se deslizan entre sus manos, y ora le sonríen, ora se mofan de él con hórridos visajes. La contienda con el azar es una de las luchas más feroces a que puede entregarse el hombre inteligente. La casualidad, que es el giro libre y constante de los hechos, no ha [48] de ser hostigada; no se la puede mirar cara a cara; jugar con ella es locura. Revuélvese con las contorsiones y la fuerza del tigre, y ataca y destroza. Sus caricias, pues también las tiene, despiertan en el hombre un hondo anhelo que le consume como llama interior. El espíritu de éste se pierde y delira con sueños semejantes a los del borracho, porque el ideal indeciso de aquella misma casualidad que con él forcejea, le penetra todo y hace de él una bestia. Atleta furibundo y desesperado en las tinieblas, el jugador es víctima de pesadilla horrenda, y se siente lanzado en una órbita dolorosa, como piedra que voltea en la honda sin salir nunca de ella. El marqués decía a cada rato: -Señores, que es tarde; que tenemos que madrugar. Bueno es divertirse un poco; pero no exageremos... [49] - VI - Pepa León Roch no quiso ver más y salió del salón y del establecimiento. La noche tibia y calmosa convidábale a pasear por la alameda, donde no había alma viviente ni se oía otro ruido que el de los sapos. Después de dar cuatro vueltas, creyó distinguir una persona en la más próxima de las ventanas bajas. Era una forma blanca, mujer, sin duda, que apoyando su brazo derecho en el alféizar, mostraba el busto. León se acerco, y viendo que la forma no se movía se acercó más. Habría ésta parecido una estatua de mármol, a no ser por el pelo oscuro y el movimiento de la mano, que jugaba con las ramas de una planta cercana. -Pepa -dijo él. -Sí, soy yo... Aquí me tienes hecha una [50] romántica, mirando a las estrellas... Es verdad que no se ve ninguna; pero lo mismo da. -Está muy negra la noche; no te había conocido -dijo León poniendo sus dedos en el antepecho de hierro-. La humedad puede hacerte daño. ¿Por qué no cierras? No esperes a tu padre. Ese ladrón de Cimarra ha puesto banca. Allí están entretenidos... Retírate. -Hace calor en el cuarto. León no pudo distinguir bien, por ser oscurísima la noche, las facciones de la hija de Fúcar; pero observaba la fisonomía de la voz, que suele ser de una diafanidad asombrosa. La voz de Pepa gemía. Su cabeza, echada hacia atrás, se apoyaba en la madera de la ventana. Tenía en la mano una flor (a León le pareció una rosa) de palo largo. A cada instante se lo llevaba a la boca, y arrancando un pedacito, lo escupía. León vio todo esto, y comprendiendo la necesidad de decir algo apropiado al momento, buscó en su mente, rebuscó; pero no hallando nada, nada dijo. Ambos estuvieron callados un rato: León, atento e inmóvil, con ambas manos fijas en el frío antepecho; ella, arrancando y escupiendo palitos. -Se cuentan de ti estos días no pocas rarezas, Pepa -indicó él, considerando que para llegar a decir algo de provecho era preciso empezar [51] diciendo una tontería-. Dicen que rompiste las porcelanas, que cortaste en pedazos los encajes, no sé qué encajes... -¡Qué tipo!... -exclamó Pepa, rompiendo a reír con un desentono que hizo temblar a León-. La pobre señora no sale de las sacristías... ¿No entiendes?... parece que eres idiota. Hablo de tu futura suegra, de la marquesa de Tellería... Cuando estuve en la playa de Ugoibea tuve el gusto de verla. Me contaron las picardías que habló de mí. Lo de siempre... que soy muy mal criada; que derrocho; que tengo modales libres y hábitos chocantes... chocantes, justamente... ¡La pobre señora ha cambiado tanto desde que empezó a marchitarse su hermosura!... Ya se ve: no se puede llevar una vida mundana cuando se tiene un hijo santo... Pues qué, ¿no te has enterado?, ¿no sabes que Luis Gonzaga, el hermano gemelo de tu novia, el que está de colegial en el Sagrado Corazón de Puyoo, tiene fama de ser un ángel con sotana? Chico, vas a vivir en medio de la corte celestial. Hasta tu suegra usa cilicio. ¿No lo crees?, pues créelo, porque lo han dicho sus amantes. Al decir esto, Pepa escupió un palito de rosa con tanta fuerza, que fue a chocar en la frente de León. -Pepa -indicó éste con enojo-. No me gusta [52] que las personas que estimo hablen así de una familia respetable. -Se puede hablar de mí y llamarme loca, voluntariosa... Yo no puedo hablar... es verdad. En mí todo es informalidad, desenfreno, desorden, ignorancia... Pasemos a otra cosa. León, sentí mucho no ver cara a cara a tu futura esposa, María Egipcíaca. Dicen que está muy guapa: siempre fue guapa. En Ugoibea sale poco; ella y su tontísima mamá se van solas a tomar los aires puros. Cuentan que están muy tronadas; pero tú eres rico, y el marqués... ¡Oh!, dicen que es el único mentecato que no ha logrado hacerse un puesto en la política. -Pepa, por Dios, no digas disparates. Me lastimas en lo más delicado con tu charla imprudente. Pepa seguía escupiendo palos. El tallo de la rosa estaba reducido a la cuarta parte. -Sí, soy yo muy mal educada -dijo con amarga ironía-. Además ahora han descubierto que tengo muy mal corazón, un corazón cruel, un carácter rebelde y caprichoso... -Eso no es verdad; pero has de hacer lo posible para que la gente no lo crea. -Sí, mucho cuidado me da a mí la gente. ¿Acaso yo necesito de nadie? -¡Qué orgullosa eres! [53] -Dicen que no encontraré un hombre razonable que se case conmigo -exclamó, repitiendo el desentonado reír que parecía una conmoción espasmódica-. Esto como que da a entender que hay hombres razonables... Yo no soy de ésas que se fingen santas y modestas para encontrar marido... Por mi parte, aseguro desde hoy que no me casaré con ningún sabio... Me repugnan los sabios. La suprema felicidad consiste en tener mucho dinero y casarse con un tonto. -Veo que esta noche estás de humor de disparatar -le dijo León familiarmente-. Tú no crees lo que dices, y tus ideas son mejores que tu lenguaje. Ya porque sus ojos se habituaran a la oscuridad, ya porque aclarase un poco la noche, León empezó a distinguir las facciones de Pepita Fúcar destacándose en el negro cuadrado de la ventana como la figura borrosa y pálida de un lienzo antiguo. La blancura de su tez, sus cabellos bermejos, la viveza de sus ojos pequeñuelos, en cuyas pupilas brillaba una brasa diminuta, el mohín mimoso de sus labios, la graciosa ferocidad de sus dientes partiendo palitos, y principalmente su enfado, casi la hacían aparecer bella estando algo distante de serlo. -A otros podrías hacerles creer que tienes [54] esas ideas extravagantes -dijo León-; pero no a mí, que te conozco desde que éramos niños, y sé que tu corazón es bueno. Una madre cariñosa habría formado en ti ciertos hábitos de que careces y corregido muchos defectos que te hacen parecer peor de lo que eres; pero has vivido en gran abandono; pasaste la niñez entre personas mercenarias y después, en la edad en que se forma el carácter y se hace, por decirlo así, la persona, tu padre te lanzó bruscamente a la vida en un torbellino de lujo, de frivolidades y riquezas. De tus caprichos hizo leyes, y no supo o no quiso poner tasa a tus genialidades dispendiosas. Tú sabes mejor que yo lo que ha sido tu palacio durante mucho tiempo, un maremágnum de desorden, la anarquía doméstica en su último grado. Confiada a ti alguna vez la dirección de tu casa, los criados se convertían en señores. Fue preciso que los extraños te llamasen la atención para que comprendieras el saqueo infame que allí reinaba, y echases de ver que te consumían en una semana los fondos de un trimestre. Tu padre, ocupado en ganar dinero, no pensó en enseñarte a conocer su valor, porque tu padre es también un delirante, un insensato que no piensa más que en los negocios, así como el jugador no piensa más que en la carta que ha de venir... ¡Pobre Pepa, tan rica [55] y tan sola!... Ahora me explico muchas excentricidades de tu vida que el público comentaba de un modo desfavorable para ti y en las cuales yo te disculpo, sí, te disculpo... Hiciste construir una gran estufa en tu jardín, y una vez armada, la mandaste quitar de la fachada de oriente para ponerla en la del norte. Concluida de poner estaba, cuando la hiciste desmontar y la cambiaste por una colección de porcelanas. En un mismo año variaste tres veces todo el mueblaje y tapicería de tus habitaciones, y hoy comprabas bronces, tallas y telas carísimas, para venderlo todo mañana por la cuarta parte de precio. En tus viajes has gustado de comprar preciosidades, pero no en tanto número como las chucherías sin arte, ni elegancia, ni valor alguno. Reuniste una colección de pájaros para regalarlos después uno por uno. He oído contar que solicitada por otros deseos y antojos, estuviste dos días sin echarles de comer. Estableciste en tu casa un fotógrafo para que te sacara vistas del jardín, de la escalera y retratos de los caballos, y en tanto que así protegías las artes, no había en tu casa un solo libro, ni uno solo, como no fuera algún almanaque estúpido o alguna mala novela que pedías prestada a tus amigas. Haces limosna, amparas a los desvalidos, porque tienes un corazón excelente; pero oye cómo [56] son tus caridades; es preciso que oigas esto, Pepa, y que luego medites. Un día se te presentó una mujer que pedía para celebrar una novena: sacaste de tu gaveta dos mil reales y se los pusiste en la mano. El mismo día se te presentó, la viuda de un albañil muerto en las obras de tu palacio, la cual se quedó con cinco hijos y sin recursos: a ésa le diste un duro. No conoces el valor ni la extensión de las penas humanas, ni alcanzas la medida de las necesidades. Gran peligro es no ver jamás el fondo de esa arca de dinero en la cual metes sin cesar la mano para satisfacer tus gustos a cada instante renovados. ¡Pobre Pepilla!... No extrañes que use contigo este lenguaje, un poco duro, muy distinto de las adulaciones que oyes sin cesar, pero es sincero, leal y está inspirado en el deseo de tu bien. Es el lenguaje de un hermano que quiere verte corregida y en camino de ser feliz... porque temo por ti, Pepa, temo que han de venir para ti días muy amargos y hechos graves que te enseñarán con abrumadora prontitud y realidad lo que aún no sabes. La realidad, cuando hemos descuidado sus lecciones, viene súbitamente a sorprendernos en medio de los goces, y nos instruye a golpes... Tengo un sentimiento profundísimo al verte tan descarriada, tan sola, querida Pepa, en medio de este frío páramo [57] de tus riquezas, y no poder conducirte fuera, porque nuestros destinos son distintos: a ti y a mí nos ha llevado Dios por sendas diferentes. Tengo un sentimiento grande, y si quieres que te lo diga claro, como deben decirse las cosas, te tengo lástima, sí, lástima... Yo te estimo, te aprecio mucho. ¿Cómo he de olvidar que hemos jugado juntos en nuestra niñez, que nos hemos tratado en todas las épocas de nuestra vida y aun..., ¿por qué no decirlo?, que hemos tenido el uno para el otro estas inclinaciones superficiales, pasajeras, que nos hacen novios a los ojos del vulgo?... Esto no puede olvidarse. Siempre he sido y seré siempre para ti un buen amigo. Pepa pilló fuertemente entre sus dientes el palo ya muy mermado de la flor, y tirando de ésta la deshojó. Volaron las hojas en la ventana, y algunas fueron a posarse en la barba y cabeza del joven que hablaba. Después, Pepa se llevó su pañuelo a la boca. -¡Sangre! -dijo León cogiéndole la mano que oprimía el pañuelo. -Es que me he clavado una espina en el labio -dijo Pepa, con voz tan hondamente transfigurada, que León Roch se estremeció de pena. Después de una breve pausa, la de Fúcar volvió a hablar, y con acento más seguro, dijo: [58] ¿Sabes que en tu nueva casa vas a estar divertido?... -¿Por qué? Pepa rió, oprimiendo con las dos manos su seno agitado. -Porque cuando tu cuñado, Luis Gonzaga, el que está aprendiendo para misionero, empiece a echar sermones por un lado, y tú empieces a soltar herejías por otro, no habrá quien pare en la casa. León, lo dicho, dicho: eres un sabio insoportable, y tu talento da náuseas. -Ya sé que el verdadero juicio tuyo sobre mi persona no es tan poco benévolo. Pepa se inclinó un poco hacia afuera. León sintió próximo a su rostro un aliento abrasado que le quemaba como una lámpara cercana. -El que no ha estudiado otra ciencia que la de las piedras -dijo Pepa con la voz más amarga que puede oírse-, es un idiota. -Tal vez eso sea verdad... Ahora, querida Pepa, amiga a quien profeso un cariño puro y fraternal, dame tu mano. Pepa se puso bruscamente en pie. -Dame tu mano y despídete de mí lealmente... ¿No te dice tu corazón que algún día necesitarás de mí..., quizás un leal consejo, quizás esa ayuda que los desgraciados se prestan unos a otros en los inevitables naufragios de la vida? [59] Pepa arrojó con violencia los restos de la rosa, cuyo roído tallo fue a azotar la frente del joven. Este creyó sentir un latigazo. -¡Yo necesitar de ti...! -exclamó-. ¡Vanidoso!... Verdaderamente me pareces un estúpido... Puede ser que si algún día veo que se me acerca un pedante dando el brazo a una simplona, le pregunte: "¿quién es usted?". ¡Despedirme de ti! Bueno: lo mismo me da que sea hasta mañana o hasta la eternidad. -Como tú quieras -dijo León, alargando su mano-. Adiós. Te vas mañana con tu padre. Yo no voy a Madrid por ahora. Quizás no nos veamos en mucho tiempo. Pepa le volvió la espalda con brusco movimiento, y desapareció en las tinieblas de su cuarto. León miraba hacia dentro sin ver nada. Perfume delicado y tan ligero que parecía una ilusión del olfato, era lo único que de la persona de la marquesita de Fúcar había quedado en la ventana junto al sabio perplejo. Era como un hueco conservando la forma de la figura ausente. -Pepa, Pepilla... -dijo León con acento cariñoso. Pero no tuvo respuesta ni distinguió nada en aquel cuadro de tinieblas profundas. Después oyó un débil gemido. Largo rato estuvo en la ventana llamando a intervalos sin obtener [60] contestación. Pero los gemidos seguían, anunciando que en el fondo de aquella oscuridad existía un dolor. Esperó más; al fin, se alejó, paso a paso, turbado como un pecador y tétrico como un asesino. [61] - VII - Dos hombres con sus respectivos planes Tropezó con un bulto, sintiendo al mismo tiempo fuerte palmetazo en el hombro, acompañado de estas palabras: -¡La bolsa o la vida! -Déjame en paz -dijo León, apartando a su amigo y siguiendo adelante. Pero Cimarra se pegó a su brazo y le retuvo, haciéndole girar sobre un pie. Por un instante se habría podido ver en aquel grupo el paso vacilante y el vaivén de un grupo de borrachos. Pero suposición tan fea se hubiera desvanecido al oír a Cimarra, el cual, muy serio, ceñudo y con la voz ronca y airada, dijo a su amigo: -¡Suerte deliciosa!... Estoy luciéndome en Iturburúa. -Déjame, tahúr -replicó León con ira, sacudiendo el brazo en que hacia presa su amigo-. [62] No tengo humor de bromas ni intención de prestarte más dinero... ¿Se ha retirado del juego el marqués de Fúcar? -Ahora va a su cuarto. Es hombre de una suerte abrumadora. Así está el país... ¡Infeliz España!... Solís ha ganado mucho. Desde que le han hecho gobernador de provincia tiene una suerte loca; las víctimas somos Fontán, el jefe de la Caja de X... y yo... Es temprano, León, sube a tu cuarto y trae guita. León no dijo nada porque su espíritu estaba en gran confusión y desasosiego, muy distante de la esfera innoble en que el de su amigo se agitaba. En vez de subir, como Federico quería, entró con él en la sala de juego. Una de las víctimas antes mencionada roncaba en un diván. La otra se disponía a salir con gesto y voz que indicaban un humor de todos los demonios, andando perezosamente y tomando precauciones contra el fresco de la noche. Los dos amigos se quedaron solos. -No juego -dijo León bruscamente. Conociendo el genio poco voluble de León Roch, Cimarra pareció resignarse, y sentado junto a la mesa acariciaba con sus dedos finos y esmeradamente cuidados la baraja. El grueso anillo que ceñía su meñique despedía pálidos [63] reflejos a la luz ya mortecina del quinqué, y fijos los cansados ojos en las cartas, las pasaba y repasaba, mezclándolas y remezclándolas de todas las maneras posibles. Eran en sus manos como una masa blanda que aceptaba la forma que le querían dar. -Yo no tengo la culpa, yo no tengo la culpa -dijo lúgubremente León, que se había sentado en un diván, mostrando hallarse muy agitado. -¿De qué? -preguntó Federico, mirándole con asombro-. A ti te pasa algo, bandido. ¿En dónde has estado? -No estoy enfermo. Lo que me pasa no puedo confiártelo... Es una pena singular, un remordimiento... no, remordimiento no, porque en nada he faltado... Una pena, un sentimiento... Tú no comprenderías esto aunque te lo explicase: eres un libertino, un depravado, un corazón muerto, y tus emociones son de un orden profundamente egoísta y sensual. -Gracias. Si no soy digno de recibir, la confianza de un amigo... -Tú no eres mi amigo; no puede haber verdadera amistad entre nosotros dos. El acaso nos hizo amigos en la infancia; la Naturaleza nos ha hecho indiferentes el uno al otro. En esta región frívola, de pura fórmula cuando no de corrupción, en que tú has vivido [64] siempre, no puedo yo respirar ni moverme. Llevome a ella la vanidad de mi pobre padre, cuyo cariño hacia mí ha tenido extravíos y alucinaciones. Mi carácter y mis gustos me inclinan a la vida oscura y estudiosa. Mi padre, que ganó una fortuna con el sudor de su frente en el rincón de una chocolatería, quiso hacer de mí un ser infinitamente distinguido y aristocrático, tal como él lo concebía en su criterio errado, y me dijo: "Sé marqués, gasta mucho, revienta caballos, guía coches, seduce casadas, ten queridas, enlázate con una familia noble, sé ministro, haz ruido, pon tu nombre sobre todos los nombres". Sus palabras no eran éstas, pero su intención, sí. La agitación de su alma no permitía a León permanecer sentado por más tiempo, y se levantó. Hay situaciones en que es preciso aventar los pensamientos para que no se aglomeren demasiado y anublen el cerebro, formando en él como una negra nube de espeso, humo. -¿Y a qué viene eso? -preguntó Federico con hastío-. No hables tonterías y echemos un... -Dígote esto porque estoy decidido a desertar... Me son insoportables los caracteres de esta zona social a donde mi padre me hizo venir. No puedo respirar en ella; todo me entristece y fastidia, los hechos y las personas, las costumbres, [65] el lenguaje... y las pasiones mismas, aun siendo de buena ley. Sí, me entristecen también los afectos disparatados, el sentimiento caprichoso y enfermizo que se ampara de todas aquellas almas no ocupadas por una indiferencia repugnante. -Enérgico estás -dijo Cimarra, tomando a risa el énfasis de su amigo-. A ti te ha pasado algo grave; tú has recibido una picada repentina, León. A prima noche te vi tranquilo, razonable, cariñoso, un poco triste, con esa melancolía desabrida de un hombre que se va a casar y vive a ocho leguas de su novia... De repente, te encuentro en la alameda, alterado y trémulo; te oigo pronunciar palabras sin sentido; entramos aquí, y noto una palidez en tu cara, un no sé qué... ¿Con quién has hablado? El jugador le observaba atentamente sin dejar de remover las cartas entre sus dedos. -No te diré -indicó León, ya más sereno- sino que mi cansancio va a concluir pronto. Yo labraré mi vida a mi gusto, como los pájaros hacen su nido según su instinto. He formado mi plan con la frialdad razonadora de un hombre práctico, verdaderamente práctico. -He oído decir que los hombres prácticos son la casta de majaderos más calamitosa que hay en el mundo. [66] -Yo he formado mi plan -prosiguió León, sin atender a la observación del amigo-, y adelante lo llevo, adelante. No puede fallarme; he meditado mucho, y he pensado el pro y el contra con la escrupulosidad de un químico que pesa gota a gota los elementos de una combinación. Voy a mi fin, que es legítimo, noble, bueno, honrado, profundamente social y humano, conforme en todo a los destinos del hombre y al bienestar del cuerpo y del espíritu; en una palabra, me caso... Federico le miraba y le oía con expresión de malicia socarrona. -Me caso, y al elegir mi esposa... no está bien dicho elegir, porque no hubo elección, no; me enamoré como un bruto. Fue una cosa fatal, una inclinación irresistible, un incendio de la imaginación, un estallido de mi alma, que hizo explosión, levantando en peso las matemáticas, la mineralogía, mi seriedad de hombre estudioso y todo el fardo enorme de mis sabidurías... Pero esto no impide que antes de decidirme al matrimonio no haya hecho una crítica fría y serena de mi situación y de las cualidades de mi novia. Debo hacer lo que voy a hacer, Federico, debo hacerlo; estoy en terreno firme; este paso es acertadísimo. María me cautivó por su hermosura, es verdad; pero hay más, hay mucho más. Yo [67] procuré dominarme, acerqueme con cautela, miré, observé científicamente, y en efecto, hallé dentro de aquella hermosura un verdadero tesoro, no menos grande que la hermosura misma que lo guardaba. La bondad de María, su sencillez, su humildad, y aquella sumisión de su inteligencia, y aquella celestial ignorancia unida a una seriedad profunda en su pensamiento y en sus gustos, me convencieron de que debía hacerla mi esposa... Te hablaré con toda franqueza: la familia de mi novia es poco simpática. Pero ¿qué me importa? Yo me divorciaré hábilmente de mis suegros... No me caso más que con mi mujer, y ésta es buena; posee sentimiento y fantasía, y esa credulidad inocente, que es la propiedad dúctil en el carácter humano. Su educación ha sido muy descuidada, ignora todo lo que se puede ignorar; pero si carece de ideas, en cambio hállase, por el recogimiento en que ha vivido, libre de rutinas peligrosas y de los conocimientos frívolos y de los hábitos perniciosos que corrompen la inteligencia y el corazón de las jóvenes del día. ¿No te parece que es una situación admirable? ¿No comprendes que un ser de tales condiciones es el más a propósito para mí, porque así podré yo formar el carácter de mi esposa, en lo cual consiste la gloria más grande [68] del hombre casado?... Porque así podré hacerla a mi imagen y semejanza, la aspiración más noble que puede tener un hombre y la garantía de una paz perpetua en el matrimonio. ¿No te parece, así? -¿Me consultas a mí, que soy un egoísta corrompido?... -dijo Federico con ironía- León, tú estás loco. -Te consulto como consultaría a ese banco -dijo León volviéndole la espalda con desprecio-. Hay situaciones en que el hombre necesita decir en voz alta lo que piensa para convencerse más de ello. Haz cuenta que hablo solo. No me contestes si no quieres... Sí, lo haré a mi imagen y semejanza; no quiero una mujer formada, sino por formar. Quiérola dotada de las grandes bases de carácter, es decir, sentimiento vivo, profunda rectitud moral... Conocimientos muy extensos del mundo, y la ridícula instrucción de los colegios, lejos de favorecer mi plan, lo embarazarían: tendría que demoler para edificar sobre ruinas; tendría que ahondar mucho para buscar buena cimentación. Entonces hubo un cambio de actitudes. Arrojó Federico la baraja sobre la mesa, levantose, y después de dar algunas vueltas alrededor de León, que permanecía sentado, le puso la mano en el hombro, y en voz baja le dijo: [69] -Señor sabio, también los ignorantes depravados fijan su mirada en el porvenir, también forman sus planes, no con matemáticas pero quizás con más garantías de seguridad que los hombres prácticos. Digamos, entre paréntesis, que el burro es un animal práctico... No condenan el matrimonio, al contrario, le consideran necesario para el adelantamiento de las sociedades y el perfeccionamiento de las condiciones... Dio otras dos vueltas y después añadió: -De las condiciones del individuo. Ya comprenderás lo que quiero decir... Por acá no somos sabios, ni después de enamorarnos como cadetes hacernos un estudio exegético de las cualidades de las dignas hembras que van a ser nuestras mujeres... No aspiramos tampoco a fabricar caracteres: esta manufactura la tomamos como está hecha por Dios o por el Demonio. Eso de casarse para ser maestro de escuela, es del peor gusto. A otra cosa más que al carácter debemos atender en estos apocalípticos tiempos que corren. La desigualdad de fortuna entre los seres creados, y el desgraciado sino con que algunos han nacido; el desequilibrio entre lo que uno vale y los medios materiales que necesita para luchar con y por la vida, ¡oh!, el pícaro struggle for life de los transformistas es mi pesadilla... la falta [70] de trabajo que hay en este maldito país, y la imposibilidad de ganar dinero sin tener dinero... ¿Oyes lo que digo?... Pues estas causas todas y otras más nos obligan a considerar antes que el mérito de nuestras futuras... -¿Qué?... Cimarra hizo con los dedos un signo muy común, diciendo: -El trigo. Como se ve, de su agraciada boca afluía el lenguaje completo de ciertos jóvenes del día, y mezclaba el idioma de los oradores con el de los tahures, las elegantes citas en habla extranjera con los vocablos blasfemantes que aquí no se pueden decir... -La vida moderna -añadió- se hace cada vez más difícil; los ricos como tú pueden echarse a volar por el mundo de las moralidades y no poner en su corazón deseo que no sea puro, ni tener pensamiento que no sea la quinta esencia del éter más delicado. Pero no hay que exagerar, como dice Fúcar. Yo sostengo que eso que los tontos llaman el vil metal puede ser un gran elemento de moralidad. Yo, por ejemplo... -¡Tú!, ¿de qué eres ejemplo tú...? Yo... quiero decir que hallándome en posesión de una fortuna, sería un modelo de patricios, y quizás pasaría a la posteridad con [71] el calificativo de ilustre. ¿Pues no es ya frase de cajón, frase hecha, llamar ilustre a don Francisco Cucúrbitas? -Aunque quieras disimularlo, en ti hay un resto de pudor -le dijo Roch-. Tu relajación no es tanta como quieres hacer creer. -Todo es al respective, como dice, siempre que bromea, mi amigo Fontán -repuso Cimarra alzando los hombros-. No se puede juzgar así, tan a la ligera, a un hombre que vive entre ricos y es pobre. Fíjate bien en esto. A ti se te puede hablar con franqueza. Mis proyectos no son todavía más que ante-proyectos, querido... Allá veremos... Se me figura que he empezado bien. El tiempo lo dirá. Puede que algún día, cuando vivas olvidado de mí en medio de tu felicidad de marido pedagogo, oigas decir que este perdido de Cimarra se ha casado. A eso vamos, a eso marchamos. Este pobre tiene también sus planes y sus filosofías. Todos somos galápagos, y otros tienen más conchas que yo... No creas que me desentiendo de las prendas morales de mi mujer; y estoy seguro de que no me caso con un monstruo. Habrá honradez, señor sabio; habrá honradez, hijos y hasta nietos. -¿Has elegido? -He elegido... Te advierto que no doy gran valor a la belleza física: los hombres superiores [72] no se dejan seducir y enloquecer como tú por unos ojos más o menos grandes y una boca que luego han de afear los años... La hermosura tan sólo vive, ¡ay!, como dijo el poeta, l´espace d'un matin... Hay un conjunto agradable y simpático, maneras distinguidas, cierta discreción, cierta travesura agradable, chiste y hasta sandunga... De educación no estamos bien; pero no pensamos poner cátedra... Hay mucho bueno, algo que no lo es tanto; abundan las genialidades tontas, los caprichos, los hábitos de despilfarro... León se puso pálido, fijando en su amigo una mirada ávida. -A mí me importa poco que rompa platos que no valen nada, que haga pedazos un cuadro de Murillo, que haga picadillo de encajes... Hay cosas en que los maridos no deben meterse. Roch miró con estupidez el hule verde de la mesa en que apoyaba sus codos. -¡Hombre, cómo se va el tiempo!... -dijo bruscamente, levantándose y abriendo la ventana-. ¡Si es de día!... La claridad de la mañana entró en la sala. Iluminados por aquélla, los dos rostros parecieron melancólicos y pálidos. La luz de la lámpara brillaba aún lacrimosamente dentro del tubo y alargaba fuera una lengüeta negra, delgada, hedionda. [73] -¡Qué vida para reparar la salud! -dijo León. Miró luego por la ventana el cielo turbio y lloroso, cuya tristeza servía de cuadro sombrío a la tristeza de los dos trasnochadores. León empleó un rato en la contemplación vaga de que apenas se da cuenta el espíritu en horas de cansancio y que fluctúa entre el sueño y la pena, no siéndonos posible decir si dormimos o padecemos. En aquel momento Federico halló en su amigo un aspecto excesivamente triste, pues todo en él era negro, la ropa y la barba; y su hermosa fisonomía, de un moreno subido, tenía cierto tinte acardenalado, a causa del insomnio. Su ancha frente, llena de majestad, mas revelando brumosas cavilaciones, dominaba su persona como un cielo cerrado y opaco que guardaba en sí la luz y sólo muestra las nubes. Volviéndose repentinamente hacia su amigo, León dijo: -Pues buena suerte. -Siento no poder dormir un poco -manifestó Federico-. Me muero de sueño; pero tengo que ponerme en camino con Fúcar. -¿Te vas? -¿No te lo había dicho? Se han empeñado en que les acompañe... Vamos adelante, adelante con los faroles. [74] Cimarra aderezó sus palabras con una sonrisa maliciosa. -Buen viaje -dijo León, volviéndole la espalda. Sintiose más tarde el ruido de los coches del marqués, que estaban ya dispuestos para llevar a los viajeros a la estación de Iparraicea. Subió Federico a su cuarto para arreglarse precipitadamente, y al poco rato oyose en el falansterio el estrépito que acompaña a la salida y entrada de huéspedes, arrastre de equipajes, ruido de mozos, chillar de criados. León permaneció en la sala de juego, y aunque sentía la voz del marqués y de su hija que entraban en el comedor para desayunarse, no quiso salir a despedirlos. Media hora después partió un ómnibus cargado de mundos y de criados, seguido de la berlina que llevaba a los tres viajeros. León vio el primer coche pasar junto a su ventana; pero antes de ver el segundo, dio media vuelta y marchando de un ángulo a otro con las manos en los bolsillos, dijo para sí: "Debo estar tranquilo: yo no tengo culpa". Salió después al pasillo, donde empezaban a aparecer, arrebujados y claudicantes, los bañistas de más fe. Los bañeros, con sus mandiles recogidos, entraban en los calabozos donde yacen las marmóreas tinas, y con el vaho sulfuroso [75] salía por las puertecillas ruido de los chorros de agua termal y el de las escobas fregoteando el interior de las pilas. Después salió a la alameda, y como viese a lo lejos los dos coches que subían por el cerro de Arcaitzac, dio un suspiro y dijo para sí: "¡Desgraciados los que no logran encadenar su imaginación!". Descansó dos horas en su cuarto y a las nueve ocupaba un asiento en el coche de Ugoibea. Su semblante había cambiado por completo y parecía el más feliz de los hombres. [76] - VIII - María Egipcíaca Pasaron algunos meses después de aquel verano en las provincias, y León Roch se casó el día señalado, a la hora señalada y en el lugar señalado para tan gran suceso, sin que cosa alguna contrariase el plan formado a su debido tiempo y con todo rigor cumplido. Su alma gozaba de aquel contento que viene tranquilo, manso y sin ruido, como el soplo de primavera; contento que recrea la vida sin embriagarla, y que ofreciéndose al alma en dosis mesuradas, no la deja satisfacerse por entero, y así la pone a salvo del tedio. Filósofo y naturalista, León creyó que ningún estado mejor podía ni debía ambicionar. La belleza de María Egipcíaca tomó desarrollo admirable después de la boda, y en este aumento de hermosura vio el esposo un como [77] gallardo homenaje tributado por la Naturaleza a la idea del matrimonio, tan sabia y filosóficamente llevada de la teoría a la práctica. "Somos un doble espejo -decía-, en el cual mutuamente nos recreamos, y a veces no sabemos si la imagen contemplada es la mía o la de ella. De tal modo se confunden nuestros sentimientos". El amor de María Egipcíaca, que era al principio tímido y frío, como corresponde a un Cupido bien educado que se acaba de quitar la venda, fue bien pronto arrebatado y ardoroso. La pasión que primero había estado detrás de la cortina, presentose después con su tea incendiaria, su cáliz divino, su dogal de ansias perpetuas que producen una estrangulación deliciosa, por lo que el marido estuvo durante algún tiempo olvidado de sus planes pedagógicos, aunque su razón en los momentos lúcidos le hacía comprender la urgente necesidad de ponerlos en uso y de realizar en la práctica el mejor de los sistemas. Poco a poco fue recobrando su habitual equilibrio, y los sentimientos irritados descendieron al punto subalterno que les correspondía en su alma. Hallose al fin como quien sale de un letargo. Vio su espíritu como grande y hermoso país que ha estado largo tiempo ocupado por una inundación; pero ya las aguas bajaban dejando [78] ver primero los picachos más altos, después las lomas, al cabo la llanura. Entonces dijo: "Esto va pasando: necesariamente tiene que pasar. Cuando pase, yo abordaré resueltamente la temida cuestión, y empezaré a modelar -empleaba con mucha frecuencia este término de escultura- el carácter de María. Es un barro exquisito, pero apenas tiene forma". La mujer de León Roch era de gallarda estatura y de acabada gentileza en su talle y cuerpo, cuyas partes eran tan concertadas entre sí y con tan buena proporción hechas, que ningún escultor las soñara mejor. Sus cabellos eran negros y su tez blanca, linfática, con escasísimo carmín, y así se realzaba su expresión seria y apasionada en tal manera, que cuantos la veían se enamoraban y sentían envidia de su esposo. No tenía tipo español, y su perfil parecía raro en nuestras tierras, pues era el perfil de aquella Minerva ateniense que rara vez hallamos en personas vivas, si bien suele verse en España y en Madrid mismo, donde hallará el curioso un ejemplar, único, pero perfecto. Sus ojos eran rasgados, grandes, de un verde oceánico con movible irradiación de oro, y miraban con serenidad sentimental, que podría pasar por sosa aquí donde, si se reúne mucha gente y un ejército de ojos negros, se ve un verdadero tiroteo granizado [79] de saetazos. Pero las miradas de María no tenían fama de desabridas, sino de orgullosas. Sus labios eran tan rojos como recién abiertas heridas; su cuello airoso, su seno proporcionado y sus manos pequeñas y de dulce carne acompañadas, como las de Melibea. Hablaba con calma y cierto dejo quejumbroso que llegaba al alma de los oyentes, y reía poco, tan poco que cada día iba creciendo su fama de orgullo; y era tan reservada en sus amistades, que en realidad no tenía amigas. Había adquirido desde su infancia tal renombre de sensatez, que sus mismos padres la diputaban como lo más selecto que la familia había dado de sí en todo el decurso de su gloriosa existencia. Con esta belleza tan acabada que parecía sobrehumana, con esta mujer divina en cuya cara y cuerpo se reproducían, como en cifra estética, los primores de la estatuaria antigua, se casó León Roch después de diez meses de relaciones platónicas. Fue ocasión de su esclavitud un súbito enamoramiento que le sobrecogió al verla por primera vez y tratarla en una reunión de la Corte, cuando María, recién salida al mundo, se hallaba en aquel peregrino estado de pimpollo en que la belleza de la mujer se marca con un sello de inocencia y aparece matizada aún con el rocío de esa encantadora [80] mañana que se llama infancia. Se enamoró como un pastor, vergüenza da decirlo, y él mismo se asombraba de ver que el teodolito de topógrafo y el soplete de mineralogista trocábanse en sus manos en caramillo o flauta de bucólico vagabundo. Pero ¿vio en su mujer algo más que una extraordinaria belleza? ¿Qué parte tenía su corazón en aquel delirio? Sería gracioso que se dejase arrastrar por la imaginación quien tanto se jactaba de tenerla por esclava. Criose María en un pueblo próximo a Ávila, con su abuela materna, señora de grandísima terquedad y tiesura, que hablaba mucho de principios sin dar nunca a conocer de un modo concreto cuáles eran los suyos y en qué se distinguían de los ajenos. Al amparo de esta noble señora, que a los sesenta años tuvo la abnegación de trocar las vanidades del mundo por la estrechura de una casa rústica, el lujo y bullicio por la huraña soledad de un páramo, y la crónica escandalosa de Madrid por la chismografía de aldea, recibió María su primera instrucción. Sabía leer bien, escribir mal, y la doctrina la recitaba sin perder una coma. A excepción de algunas ideas gramaticales y geográficas que le inculcó una maestra de gran sabiduría, todo lo demás lo ignoraba. Más tarde [81] supo la niña, hojeando algunos libros, allegar ciertos conocimientos de ésos para cuya adquisición no se necesita gran esfuerzo. Compañero en aquel período de su vida en el páramo fue su hermano gemelo, Luis Gonzaga. La abuela les quería locamente a los dos y les llamaba los ángeles de su muerte, porque decía que teniéndolos a su cabecera en la hora tremenda, le sería más fácil enderezar a Dios con devoción profunda sus últimos pensamientos. Ellos, que también se amaban con toda su alma, compartían sus juegos, los trabajos de las lecciones, el pan y queso de las meriendas y los húmedos besos de su abuela. Paseaban juntos por los horribles pedregales avileses, y de noche se sentaban con la cabeza echada atrás para contar a competencia las estrellas que en aquel país se ven más claras que en ningún otro paraje del mundo. Se les oía decir: -Cuenta tú por ese lado, que yo contaré por éste... No me quites mi cielo ni te salgas del tuyo... Vaya, que lo de este lado me toca a mí... Medio cielo para cada uno. -Todo será para entrambos -les decía una clueca voz desde la ventana alta-. Vaya, angelitos míos, venid a cenar que es tarde. Leían a menudo vidas de santos, única lectura que en aquellas soledades era posible; y [82] tan a pechos tomaron ambos niños las estupendas historias de padecimientos, trabajos y martirios, que sintieron deseo de que les martirizaran también a ellos, y ocurrioles la misma idea que cuenta Santa Teresa en el relato de su infancia, cuando ella y su hermanito discurrieron ir a tierra de infieles para que les cortaran la cabeza. María y Luisito salieron una mañana por aquellas áridas tierras, resueltos a no detenerse hasta que no les deparase Dios un par de moros que los descuartizaran. Quedáronse dormidos al amparo de una peña, y allí el Autor de todas las cosas, Dios omnipotente, les dio un beso y les entregó a la Guardia Civil. Recogidos por la pareja, fueron llevados a la casa. Vivían en un país casi desértico, lejos de todo humano comercio. El cura les llamaba los niños del yermo, y les sentaba sobre sus rodillas para entretenerse con ellos en el juego de los dedos, en el cual cada uno de los de la mano es un personaje figurado y entre todos representan una especie de comedia o pasillo, verbi gratia: el dedo gordo es un frailazo que llega a la puerta de un convento de monjas, llama con gruesa voz, y al punto contesta el dedo anular con voz de tiple. "-Tan, tan". "¿Quién...?". "El fraile que quiere entrar". Todo se reduce a que fray Pedro va [83] en busca de unas coles, que las monjas le dan de palos y él se retira refunfuñando. Con esto se reían mucho los dos gemelos, en edad en que los chicos apetecen por lo común los muñecos más divertidos que sus propios dedos. Crecieron, y sus juegos iban siendo menos primitivos; sus lecturas las mismas y sus caracteres muy serios y formales. Luis Gonzaga cautivaba a todos por su índole reservada y juiciosa, así como por su incapacidad para travesuras. Únicamente le reprendían su afán de vagar solo por las soledades pedregosas, aspirando el ambiente fino y helado que sin cesar bate las inmensas moles graníticas, semejantes a ruinas de una colosal arquitectura, o a osamenta de un mundo cuya carne se han llevado las aguas. Gustaba de estar solo, ambicionaba apacentar las cabras sedientas y flacas que saltan de hueso en hueso sobre aquel esqueleto de una Arcadia muerta ya y seca. Despreciaba el frío, despreciaba el calor. Un día le encontraron tendido a la sombra de un pino, único ejemplar allí existente de la familia arbórea, y que, triste, pelado y vacilante, parecía decir, como el cartujo: "De morir tenemos". Luis Gonzaga escribía cosas en un papel, valiéndose de un lápiz trompudo, sin cesar mojado en saliva. Sorprendido por el cura, arrebatole éste el escrito, y vio unos [84] renglones desiguales sin rima, sin numen, sin gramática ni ortografía, que le causaron risa, porque él también entendía un poco de Humanidades. -Ni esto es verso -le dijo-, ni es tampoco prosa. No era verso ni prosa, pero era poesía; eran estrofas, renglones bíblicos, que expresaban las agitaciones de un alma contemplativa. ¡Cómo se reía el cura leyendo: "Llega el oscuro de la noche, y las ovejas del cielo se extienden por el grandísimo campo azul, guardadas por los ángeles bonitos... El Señor ha pasado ayer en un carro de truenos, del que tiraban relámpagos, que resollaban con granizo y sudaban con lluvia... Yo temblé como llama en el viento, y di mil vueltas en mi idea, como la piedrecilla arrastrada por el río... ¡Soy como el cardo seco a quien se pega fuego haciéndome humo, suelto mi ceniza y subo al cielo!". Un día la abuelita se levantó más tarde que de costumbre, el rostro encendido, el habla torpísima, las pupilas resplandecientes como dos botones viejos, a los cuales con el roce se hubiera dado brillo. Observaron con dolor todos los de la casa que la señora decía mil disparates, y aunque esto no era en absoluto una novedad, éralo por la repetición [85] constante de los despropósitos, sin ningún intervalo de discreción. Cuando el cura le tomaba el pulso, la señora se agarró de su brazo, después de echarse un mantón por los hombros, y riendo con estupidez delirante, gritó: -Al baile... ¡señor cura, vamos al baile! Hizo dar dos vueltas al reverendo y después cayó como un plomo. No le alcanzó más que la Extremaunción. Muerta y enterrada, los dos gemelos volvieron a la casa de sus padres, que estaban entonces en un período de grandísima escasez y apretura. Luis Gonzaga fue mandado a Carrión de los Condes, de donde pasó a Francia; y María, que afligió a la familia por su estado cerril, fue llevada a un establecimiento de ésos que llevan el nombre de colegio. Salió de él a los dos años con el barniz que en tales casas se da, y su madre la presentó a los amigos; entonces la familia de Tellería principió a salir del abatimiento y oscuridad en que estaba, a causa de un cambio favorable en su fortuna; al fin la marquesa abandonó aquel apartamiento que tanto le repugnaba, y durante algún tiempo se vio a madre e hija discurrir por las varias esferas de la sociedad distinguida y andar en lenguas de aduladores como en plumas de revisteros, y hartarse de palco y landó, y eclipsarse en los veranos para reaparecer en los inviernos con [86] nuevo brillo. Por último, vino un día deseado, y María se casó. Fue considerado este matrimonio como un golpe de suerte para los Tellerías, nobles de segunda fila y cuyo bienestar material no era a propósito para inspirarles grandes escrúpulos en la elección de maridos. Dígase lo que se quiera, las familias nobles del día no profesan a sus pergaminos un culto fanático, y si se exceptúan media docena de nombres que unen a su resonancia histórica un caudal sano, aquellas no vacilan en aceptar las alianzas convenientes y sustanciosas, fundiendo la nobleza con el dinero; y así vemos todos los días que las doncellas de ilustre cuna dan la mano, y la dan con gusto, a los marqueses de nuevo cuño hechos al minuto, a los condes haitianos, a los políticos afortunados, a los militares distinguidos y aun a los hijos de los industriales. La sociedad moderna tiene en su favor el don del olvido, y se borran con prontitud los orígenes oscuros o plebeyos. El mérito personal unas veces y otras la fortuna, nivelan, nivelan, nivelan con incansable ardor, y nuestra sociedad camina con pasos de gigante a la igualdad de apellidos. No hay país ninguno entre los históricos que esté más próximo a quedarse sin aristocracia. A esto contribuyen, por un lado, el negocio, haciéndoles [87] a todos plebeyos, y, por otro, el Gobierno, haciéndolos a todos nobles. La felicidad de los dos esposos no tuvo en los primeros meses otras contrariedades que la sombra que proyectaban a veces sobre ellos los parientes de María. Pasado algún tiempo, León empezó a creer que se prolongaba más de lo regular la ternura apasionada, inquieta y quisquillosa de su mujer. Esto no hubiera sido alarmante si con ello no coincidiera una resistencia acerada a plegarse a ciertas ideas y sentimientos de su marido. Grandísima tristeza tuvo León cuando vio que, sin dejar de amarle arrebatadamente, María no iba en camino de someterse a sus enseñanzas, que no eran ciertamente del orden religioso, pues en esto el discreto marido respetaba la conciencia de su mujer. ¡Estupendo chasco! No era un carácter embrionario, era un carácter formado y duro; no era barro flexible, pronto a tomar la forma que quieran darle las hábiles manos, sino bronce ya fundido y frío, que lastimaba los dedos, sin ceder jamás a su presión. Una noche, al año de casados, estaban solos en su gabinete. Habían hablado larga y cariñosamente de la conformidad de pensamientos como base inquebrantable de los matrimonios pacíficos. Agotada la conversación, el uno había tomado un libro para hojearlo junto a la [88] chimenea, y la otra rezaba. De repente, María Egipcíaca dejó el reclinatorio, y acercándose a su marido, le puso la mano en el hombro. -Tengo una idea -le dijo clavando en él su misteriosa mirada verde, que tenía entonces, con los reflejos de esmeralda y oro, dulzura extraordinaria, sin duda porque sus ojos volvían de ver a Dios-; tengo una idea que me enorgullece, León. León aguardó un rato, por no dejar interrumpido el párrafo, y después oyó a su mujer. -Voy a manifestarte mi idea -añadió ella-. Yo, mujer débil, inferior a ti en muchas cosas y principalmente en saber y experiencia, lograré un triunfo que jamás alcanzará tu orgullosa superioridad. León le tomó su mano y se la besó tres veces, diciéndole: -Yo no soy superior a nadie, y menos a ti. -Sí lo eres: esto aumenta mi gozo y me empeña más en mi empresa... Tú, con tu juicio que crees tan fuerte, aspiras a cambiar mi carácter. Yo, con mi amor, que es más grande que todos los juicios, aspiro a conquistar el juicio tuyo, haciéndote a mi imagen y semejanza. ¡Qué batalla y qué victoria tan grande! -¿Cómo lograrás eso? -dijo León riendo y rodeando con el brazo su cintura. [89] -No sé si intentarlo poco a poco... ¡o así! Al decir así, María arrebató violentamente el libro de las manos de su esposo y lo arrojó a la chimenea, que ardía con viva llama. -¡María! -gritó León, aturdido y desconcertado, alargando la mano para salvar al pobre hereje. Ella le estrechó en sus brazos, impidiéndole todo movimiento; le besó en la frente, y después volvió al reclinatorio, donde se puso a rezar de nuevo. ¿Qué decía el libro?, ¿qué decía el rezo? [90] - IX - La marquesa de Tellería Los marqueses de Tellería vivían en el principal de su casa. León Roch, atento a que entre la vivienda de sus suegros y la suya hubiese la mayor extensión posible de superficie terráquea, había alquilado una hermosa casa en lo más apartado de la zona del Este. Allí le encontraremos dos años después de su boda. -Buenos días, León... ¿Estás solo? ¿Y Mariquilla?... ¡Ah!, estará en misa; yo pensaba ir también; pero ya es tarde... Alcanzaré la de once de San Prudencio... ¿Qué tienes?... estás pálido. ¿Habéis reñido?... Pero me sentaré... Dime, ¿cuánto te han costado esas estatuas? Son hermosísimas. Tienes una linda colección de bronces... Pero dime, ¿todavía vas a meter más libros en este despacho? Esto es la biblioteca de Alejandría. ¡Oh!, ¡no es como [91] tú toda la juventud de estos tiempos!... ¡Qué chicos los de hoy! Yo no sé qué será del mundo cuando llegue a la edad madura esa multitud de jóvenes viciosos, ociosos y enfermos que hoy son el adorno principal de esta sociedad... Pues todavía hay un mal mucho peor. Pase que los muchachos sean casquivanos y sin sustancia... pero los viejos son más viciosos, más frívolos, más disipadores, más holgazanes que los chicos... He llegado al asunto delicadísimo de que quiero hablarte, querido hijo. Siéntate y atiéndeme un poco. La marquesa azotó con su hermosa mano el brazo de la butaca más próxima, y sentado en ella León, dispúsose a oír a su madre política. Era ésta una dama de gentil porte, bruscamente desmejorada después de un larguísima juventud, por repentinas dolencias que se habían presentado cual acreedores, tanto más implacables cuanto más rezagados. Y sin embargo, aún la hermosura de la dama prevalecía resplandeciendo débilmente en su cara, y descendía hacia el horizonte entre las caliginosas brumas de un blanquete no siempre aplicado con comedimiento y habilidad. Aquella puesta de sol no era de las más espléndidas. Su cuerpo airoso, y antaño lleno de majestad, se inclinaba ya como presintiendo su bajada a las frías honduras del sepulcro, si bien el férreo costillaje [92] del corsé mantenía en aparente estado de firmeza y redondez aquella desplomada arquitectura. Sus ojos, negros y hermosos, eran lo menos muerto de aquel conjunto moribundo, y a veces se abrillantaban con gracia y embeleso, semejando a un sesgo de inspiración en medio de la oda académica llena de imágenes arcaicas y manoseadas. Su cabello, que del negro andaluz había pasado al rubio veneciano en otros días, pasaba ahora del rubio veneciano a un plateado indeciso y pulverulento. Su tez, áspera ya y sin lisura, desaparecía bajo una especie de vello artificial en que se confundían sutiles alquimias olorosas, dispuestas para engañar al espectador, bien así como en los teatros el pintado lienzo imita la verdura de los bosques y aun la diafanidad y pureza del cielo. Pero aquel efecto, conseguido hasta cierto punto en las acecinadas mejillas de la señora en decadencia, se perdía a veces, porque la comprada blancura del rostro hacía que amarilleasen un poco los dientes, todavía enteros, hermosos, iguales. Su sonrisa, llena de gracia y desdén, los mostraba a cada rato, por hábito antiguo que bien pronto habría de modificarse, si aquel lindo teclado doble comenzaba a desorganizarse como un ejército que cree haber peleado bastante. [93] Vestía gallardamente y con elegancia. Su habla era abundante, con pretensiones, no siempre inútiles, de añadir tal cual frase ingeniosa al aluvión de palabras insustanciales que forma el fondo de la conversación corriente entre personas sin médula. -Ya escucho, señora -dijo León. -No me gustan rodeos -añadió la marquesa-. Además, María te habrá hablado de esto. Tu padre político es un perdido. -Creo que es un poco exagerado lo que usted dice. El marqués gusta de divertirse... Es gusto muy general entre las personas que no tienen nada que hacer. -No, no, no le defiendas. La conducta de Agustín es indefinible... ¡A su edad!... Lo extraño es que en sus mejores tiempos ha sido un hombre recogido, prudente, callado y metido en casa. Créelo, me repugna ver al marqués hecho un viejo verde. Y no es otra cosa; aquí le tienes pintado en dos palabras: un viejo verde. Hace dos años, casi desde que te casaste con mi hija, mi querido esposo empezó a frecuentar el Círculo de los muchachos; tropezó con algunos mozalbetes que le enloquecieron, cambió de lenguaje, de modo de vestir, trasnochó, jugó... Pero ¿tú no notas que hasta parece rejuvenecido? ¿No te has reído alguna vez, confiesalo con franqueza, al ver [94] su empeño de parecer pollo? Le verás siempre en las cuadrillas de muchachuelos que mariposean por Madrid... De veras es para reír... Siempre está de flor en el ojal... Esta mañana le he dicho algunas verdades un poco duras. Yo no sé cómo se las compondrá él con su sastre, porque es un gasto de ropa que abruma... Aquí, en la confianza de la familia, se puede decir todo, León. Mi buen marido gasta lo que no tiene ni puede tener en toda su vida. Nunca fue ordenado, pero tampoco disipador; jamás escribió un número en un pedazo de papel, pero tampoco se dejó arrastrar por el afán de un lujo imposible... ¿Y quién es la víctima de esto? Yo, yo, que habiéndome sacrificado siempre, debo sacrificarme también ahora, cuando mi salud está quebrantada y necesito sosiego, descanso, paz. ¡Ay!, ¡cuánto envidio a la que reina en esta casa! ¡Con cuánto gusto aceptaría un rincón en ella, aunque fuera el más humilde!... Es un tormento mi vida. Agustín gasta lo que no tiene; Gustavo es formal y bueno, pero muy poco apegado a sus padres; Leopoldo no es ni será nunca nada, por su ineptitud y esos hábitos de ociosidad y disipación adquiridos a pesar de mis esfuerzos para evitarlo. Y gracias que el Señor, al paso que me da tales pruebas de sus rigores, me las da por otro lado clarísimas de su misericordia... ¡Qué [95] orgullo tan grande para una madre tener dos hijos como Luis Gonzaga y María!, aquél tan profundamente apegado a su carrera eclesiástica, que será, según me dicen los padres, una lumbrera de la religión, un santo, un verdadero santo; ésta, casada contigo, feliz contigo, ofreciendo contigo un modelo de matrimonios pacíficos y en completa armonía. ¡Lástima que no tengáis hijos! Al llegar aquí la marquesa, dejándose llevar de su sentimiento, dio libertad a algunas lágrimas que no llegaron a rodar por sus mejillas, tan prontamente las atajó secándolas con su pañuelo. Después siguió exponiendo las penas que afligían su corazón de esposa y de madre. Según dijo, ella había padecido mucho por el carácter ligero del marqués y la condición díscola o superficial de Gustavo y Leopoldo; había consumido su juventud y lo mejor de su vida en esfuerzos heroicos para evitar el hundimiento de la casa de Tellería; había sacrificado para este fin importantísima parte de su dote, que no era un grano de anís; pero reservaba lo mejor, sí, y lo reservaría aunque los chicoleos juveniles del marqués y los extravíos de sus hijos llegasen al último extremo. Ella no podía exponerse a una vejez de estrechura y miseria, ni a vivir de la limosna de su hija, casada con un hombre rico; [96] sus hábitos, sus principios, su dignidad, no le permitían sacrificar tampoco lo mejor de su dote al hombre imprudente que había esparcido por las mesas verdes de los casinos y por los cuartos de las bailarinas el patrimonio de Tellería... Y si ella lo dijese todo, si ella revelase lo más negro... -Sí, lo revelaré... A ti se te puede decir todo -añadió mirando a su yerno con cierto arrobo-. Eres mi hijo, eres el esposo de mi hija. No sólo tienes el deber, sino el derecho de conocer las debilidades de tus padres... Me han dicho que el marqués está enredado con... la habrás visto, habrás oído hablar de ella... ésa que llaman la Paca o la Paquira...; no vale nada, pero es graciosa y elegante. Le comió al duque de Florunda lo poco que le quedaba... Figúrate tú ese mamarracho de Agustín, que casi está con un pie en el sepulcro... Esto, más que ira, da compasión, ¿no es verdad? León meditaba. -¿En qué piensas, hijo? -En que la virtud cardinal del matrimonio es la paciencia. -Eso quiere decir que sufra y aguante... Pero si mi vida ha sido un martirio... Yo seguiría resistiendo si los despilfarros y las locuras de Agustín no me trajeran compromisos graves que tocan el buen nombre de nuestra [97] casa. Estoy apuradísima... ¿qué crees? ¡Oh! Siento mucho decirte que no puedo darte los sesenta mil reales que me prestaste y que yo debía devolverte este mes, como convinimos. -No importa -dijo León, deseando cortar delicadamente aquel asunto-. No se ocupe usted de eso. -Es que no sólo no puedo darte aquellos tres mil duros, sino que me hacen falta otros tres mil. -Tampoco importa; los tendrá usted. -¡Otros tres mil! Esto es horrible. ¡Cómo abuso de tu bondad!... Será la última vez, porque estoy decidida a montar la casa con un régimen muy estrecho... Yo te doy garantías con mi casa de Corrales de Arriba. -No es preciso garantía... Repito... -¡Gracias, gracias!... ¡Eres tan buen hijo!..., ¡te quiero tanto!... ¿Cómo te pagaré?... -dijo la marquesa, visiblemente trastornada por una emoción verdadera-. No creas, también tú tienes que agradecerme. Me ocupo de ti, de tu bien, y algunas veces me apresuro a quitar de en medio alguna nubecilla que pueda dar sombra a tu felicidad. Anoche reñí con tu mujer. -¿Con María? -Con María, sí; también ella tiene sus defectos, aunque de aquéllos que, según dicen, [98] no son otra cosa que exageración de las virtudes. Ya sabes que es muy religiosa, excesivamente religiosa. Hace tiempo comprendí que por este motivo de la religión habría en vuestro hogar algunos disgustillos. León dio un suspiro. -Algunos -dijo-, pero no graves. -Vamos, no vengas a quitar importancia a vuestras desazones -dijo la marquesa, contrariada de que León suavizase lo que a ella le convenía endurecer-. La pobre muchacha te quiere ciegamente; su amor está sobre todo; pero la atormenta mucho tu fama de ateo. Ya sabes que los pensamientos de mi hija son indóciles e indomesticables como las fieras del desierto. León hizo con la cabeza un triste signo que indicaba una respuesta afirmativa más triste aún. -Pase que no vea con gusto tu irreligiosidad... Eso es natural... Nos han enseñado una fe y en ella debemos vivir y morir. Pero que llore y se desespere porque no vas todos los días a la iglesia como ella, ni confiesas cada mes, ni gastas tu dinero en boberías..., vamos, esto es ridículo. ¡Cuánto le he predicado anoche!... ¿qué crees?... Me enfadé, le reñí, golpeé en su cabeza dura como se golpea en un yunque, y al fin... [99] -¿Y al fin?... -La convencí, sí; la convencí de que no se puede exigir a los hombres ciertas prácticas que si en nosotras están bien, en ellos serían ridículas, ferozmente ridículas. Buen trote llevan los hombres del día para que se les quiera meter en las iglesias. Yo digo una cosa: María, empleando su tiempo en devociones, y tú, gastándolo en tus estudios, podéis ser muy felices. ¿A qué entrar en honduras? ¿Acaso tú le impides que rece todo lo que quiera? Los hombres de hoy tienen sus ideas y no es posible luchar con ellos. Nadie hay más religiosa que yo; pero no quiero meterme en cosas que no entiendo. Las mujeres no somos sabias: creemos y creemos y creemos. Un matrimonio que se desavenga por esto me parece el colmo de la tontería... Pero ¿no sabes su pretensión? Aspira nada menos que a convertirte, a hacerte aborrecer tus ideas y adorar las suyas... Vamos, no pude tener la risa cuando le oí esto. ¿Sabes que dice? Que su mayor gozo sería quemarte todos los libros que tienes aquí... ¡Qué lástima!, ¡unas encuadernaciones tan bonitas!... Buen cuidado me daría a mí de que mi esposo no me imitara en mis devociones, con tal que me amase mucho y no amase a ninguna más que a mí... ¡Celos de los libros!, jamás. Eso es de [100] mujeres tontas. No puedes figurarte con qué fuerza le hablé; le dije que tú eras el hombre mejor de la Tierra... Ella convenía en esto, pero... nunca le faltaban peros. Le dije que vales más que ella, infinitamente más que ella; que eso del ateísmo es un fantasma, que aunque se habla de ateos, no hay tales ateos, así como se hablaba antes de las brujas, a pesar de no existir tales brujas. Le dije que no pensara en esa sandez de convertirte, y que lo mejor que podía hacer, para tener paz perpetua en su casa, era aflojar un poco en su monomanía, ¿no te parece?... Quizás le convenga mudar de confesor, ¿no te parece?... En esto debe imitarme. Yo soy muy religiosa; cumplo fielmente todos los preceptos; contribuyo al culto con lo que puedo; pero nada más. ¿No crees que mi hija debe imitarme? León no contestó nada. Estaba taciturno y abstraído. Bruscamente echó de sí una idea lúgubre, como quien espanta un abejón que zumba, y mirando a la marquesa, le dijo: -Hoy mandaré a usted los sesenta mil reales. -¡Ah!, ¿te ocupabas de eso? -repuso la marquesa, cuyo semblante parecía que con la irradiación del gozo, se ponía fosforescente-. Bueno, mándalo, te daré el recibo... Pero ¡cómo me estoy aquí charla que charla! Con tu buena [101] compañía me olvido de que tengo prisa, mucha prisa, muchísima. ¡Las once!... ¡Voy a perder la misa!... Levantose apresuradamente y dio la mano a su yerno. -El padre Paoletti predica hoy... Adiós... Corro a San Prudencio. ¿Qué quieres para tu mujer? Le diré que venga pronto a casa, que estás muy solo. Abur, abur. [102] - X - El marqués Era de cuerpo pequeño, rostro fino y afeminado, al cual daba por cálculo, trocado al fin en costumbre, una gravedad pegadiza, semejante a un cosmético que empleara diariamente metiendo el dedo en los botes de su tocador de viejo florido. Ojos, nariz y boca eran en él, como los de su hija, de una corrección admirable; mas lo que en ella cautivaba, en él hacía reír, y lo serio se mudaba en cómico, porque nada es tan horriblemente bufón como la fisonomía de una mujer hermosa colgada como de espetera en las facciones de un viejo mezquino. Su vestir correctísimo y elegante, sus ademanes desembarazados, su cortesía refinada y desabrida, que encubría una falta absoluta de benevolencia, de caridad, de ingenio, adornaban [103] su persona, brillando como la encuadernación lujosa de un libro sin ideas. No era un hombre perverso, no era capaz de maldad declarada, ni de bien; era un compuesto insípido de debilidad y disipación, corrompido más por contacto que por malicia propia; uno de tantos; un individuo que difícilmente podría diferenciarse de otro de su misma jerarquía, porque la falta de caracteres, salvas notabilísimas excepciones, ha hecho de ciertas clases altas, como de las bajas, una colectividad que no podrá calificarse bien hasta que los progresos del neologismo no permitan decir las masas aristocráticas. Y aquel ser vacío y sin luz tenía palabras abundantes no exentas de expresión, y manejaba a maravilla todos los lugares comunes de la prensa y de la tribuna, sin añadirles nada, pero tampoco sin quitarles nada. Era, pues, un propagandista diligente de ese tesoro de frases hechas que para muchas personas es compendio y cifra de la sabiduría. Era de los que constantemente desean que haya mucha administración y poca política; estaba convencido de que este país es ingobernable; deseaba que se conservasen las venerandas creencias de nuestros antepasados, para que volviéramos a ser asombro de propios y extraños; creía firmemente que aquí no puede haber [104] nada bueno; que éste es un país perdido, a pesar de la fertilidad del suelo, y al mismo tiempo sostenía con rutinaria devoción los dogmas inquebrantables de la hidalguía castellana, de la religiosidad nunca desmentida del pueblo español, de la tendencia materialista del siglo, etc. Tenía, además, grandísimo horror a las utopías, y para él todo lo que no entendía era una utopía. A la pandereta de su verbosidad no le faltaba, como se ve, ninguna sonaja. -¡Siempre aquí, siempre en este bendito despacho, que parece la celda de un prior por sus buenas luces y su tamaño, y habitación de un príncipe por las obras de arte que contiene!... Siempre aquí, querido León. No se te ve en ninguna parte. ¿Y María? Anoche estuvo en casa; no faltaron las lágrimas de siempre. Va a que su mamá la consuele, y Milagros y ella cuchichean... Yo creo que entre las dos te ponen como ropa de Pascuas. Allí no se piensa más que en los abonos de los teatros y en los triduos de San Prudencio. Después de misa se reúnen todas a hablar de modas... ¿Estás enfermo? Te encuentro pálido; ¿qué tienes? -¿Yo? -dijo León, mirando a su suegro como quien despierta de un sueño y se encuentra delante de un desconocido-. ¿Decía usted?... [105] -Que si estás malo. Tienes muy mala cara. Anoche se habló de ti en casa de Fúcar... Por cierto que nunca he visto al marqués de tan mal humor. Desde que Pepa se casó con Cimarra, el pobre don Pedro no hace más que tragar hiel... ¡Pobre Pepa! Se cuentan de Federico horribles bribonadas... ¡Y qué niña tan bonita tiene Pepa! ¿La has visto? ¿No vas por allá?... Tienes buenos cigarros, a fe mía... El humo de los dos habanos se juntaba subiendo al techo. Por un instante reinó profundo silencio en la hermosa pieza. Oíase tan sólo el efervescente rumor del chorro de la manga de riego con que el jardinero refrescaba los macizos del jardín. En habitaciones lejanas cantaban algunos pájaros aprisionados, cuyo charlar parecía una disputa de todas las notas musicales, discutiendo sobre el mejor modo de formar una sinfonía en un cerebro wagneriano. En el despacho, un gran atlas geológico, abierto sobre ancho atril casi tan grande como un facistol, mostraba, en franjas de colores, las edades del mundo. En la mesa veíanse flores abiertas en canal, mostrando sus ovarios misteriosos; insectos rotos en estado de autopsia; ejemplares conquiliológicos aserrados por la mitad, revelando el secreto de sus graciosas bóvedas, esmaltadas de rosa y nácar; láminas representando huevos en distintos grados [106] de incubación; modelo del ojo humano en cartón y del tamaño de un coco; y en medio de tales baratijas resplandecía el lente de un microscopio, reflejando un rayo de sol y enviándolo cual mirada curiosa sobre la cabeza del marqués, que, por lo desnuda de cabello, convidaba al estudio de la craneoscopia. -¿Te dedicas también a la Historia Natural? -dijo éste, con expresión de tolerancia-. Ésa parece ser la ciencia del día, la ciencia del materialismo. ¡Bonito servicio estás haciendo al género humano, arrancándole sus venerandas creencias, para darle un cambio... ¿qué?... la famosa hipótesis de que somos primos hermanos de los monos del Retiro! Riose con pueril carcajada de su propia ocurrencia y después echó una ojeada sobre los estantes de libros. -¿Sabes -dijo súbitamente- que soy ponente de la Comisión que ha de dar informe sobre la Ley de vagos? -Darán ustedes un informe brillante. -¡Oh!, es cuestión delicada -añadió el marqués, echándose atrás en la remadera, de modo que se quedó mirando al cielo y con los pies en el aire-; es la cuestión madre. Yo le he dicho varias veces al presidente del Consejo: "Mientras no tengamos una buena Ley de vagos no hay que pensar en una buena política". [107] Hay que ir al fondo de la cosa, a las causas fundamentales, ¿no te parece? De la multitud de holgazanes y gentes de mal vivir, cesantes hambrientos y pillastres que aguardan las revueltas públicas para hacer su agosto, proviene el malestar en que vivimos. Bárreme toda esa inmundicia y te respondo del orden social. -Muy bien pensado -dijo León-. Barrer, barrer es lo que importa. -Ahí lo malo es que no puedo dedicar a la Comisión todo el tiempo que deseara. Estoy muy ocupado. Y a propósito, querido León, tengo que hablarte de un negocio. Había llegado al punto que era objeto de su visita; pero abordándolo con grandísimo interés, que hacía palpitar su corazón, lo disimulaba expertamente. No podían faltar a aquel hombre enteco emociones íntimas y donosura cortesana para velarlas. -Ya sabes que soy consejero de administración del Banco de Agricultores. Es una empresa grande, patriótica. Hemos de levantar el crédito territorial del abismo en que yace. Ésta y otras frases del suelto financiero andaban por la boca del marqués de Tellería como Pedro por su casa. Dijo después de varias cosas jamás oídas, a saber: que España es esencialmente agrícola; que la riqueza agrícola no [108] puede desarrollarse por falta de capitales; que los capitales existen..., ¿pues no han de existir?..., pero que es preciso reunirlos, encauzarlos, distribuirlos convenientemente para que fertilicen..., para que beneficien..., para que fecunden... El marqués no pudo acabar la frase, que por ser de su invención y no del repertorio, se le atascó. El Banco de Agricultores estaba íntimamente ligado a la gran compañía inglesa Spanish Phosphate Limited, destinada a hacer una trasformación en nuestro país... Era una idea estupenda. ¡Capitales, abonos! He aquí los dos polos del eje sobre que ha de virar la regeneración agrícola del país. (Ésta también era frase de prospecto.) El marqués concluyó la arenga diciendo, con aparente indiferencia: -¿Qué te parece? ¿Colocarás parte de tus capitales en nuestras acciones? -Necesito mi capital para vivir -dijo León con fingida inocencia. -¡Hombre...! León le dijo algo tan crudo sobre ciertas sociedades, que el marqués perdió de súbito aquel colorete enfermizo que teñía sus mejillas y parte de su nariz, un no sé qué purpúreo como zumo de moras, que eclipsándose o apareciendo en su cara, expresaba los distintos afectos de su alma. Después de una pausa, durante [109] la cual empeñose en dar a las guías de su bigote blanquinegro el aspecto terrorífico de las astas de un toro, se levantó y se puso a observar los objetos de Historia Natural. -Bien; no hay más que hablar de este asunto -murmuró. Siguió observando, revolviendo, tocando todo, cogiendo algunos objetos para acercarlos a sus ojos, y adaptando después uno de éstos al ocular del microscopio, para decir con el singular orgullo de sí misma que caracteriza a la ignorancia: -Pues yo no veo nada... Yo no sirvo para esto... Gracias..., que te aproveche tu microscopio. Dime, ¿y con esto ven ustedes el alma?... ¡Ya!, como no la ven, sostienen que no existe. Y antes que su yerno le diese contestación, fuese a él, parósele delante, le miró un buen rato, y, moviendo la cabeza, le dijo: -Estoy pensando que a mi pobre hija no le falta razón para quejarse... No es esto decir que no seas un bendito, León; pero vamos a cuentas. Ella tiene sus creencias; tú tienes las tuyas; mejor dicho, no tienes ninguna. Tu falta de religiosidad y tu desdén por las venerandas creencias del pueblo español la ofenden, la lastiman, la afligen sobre manera. Querido -añadió, poniéndole la mano en la frente [110] con apariencias de cariño-, recuerda que el pueblo español es eminentemente religioso. Pues qué, León, ¿estamos aquí en Alemania, país de las locas utopías? León dijo algo. -No, no, no, basta que la dejes en libertad -replicole Tellería con viveza-. Es preciso que tú hagas algo. Tienes una fama de ateo que espanta. Yo te soy franco, mas querría perder mi posición y mi nombre en el mundo, que tener esa fama de ateísmo que tú mismo te has ganado. Comprendo las angustias de María; ella es religiosa; parece que, nacidos de un mismo vientre ella y su hermano, nacieron para ser santos... ¡Y concluirá por tenerte horror, y te aborrecerá, y no querrá vivir contigo...! Y si así sucede, tuya será la culpa por haberte significado demasiado en tus obras. Hombre, el que más y el que menos, todos tenemos nuestra levadurilla de herejía..., es decir, yo no tengo nada, yo soy ortodoxo hasta la medula; a mí no me vengan con filosofías... Lo que hay es que todos, aun siendo creyentes, cumplimos mal, nos descuidamos; pero somos prudentes, tenemos tacto, guardamos las apariencias..., consideramos que vivimos en un pueblo eminentemente religioso..., recordamos que las clases populares necesitan de nuestro ejemplo para no extraviarse. [111] Aquí no estamos en Alemania. ¡Oh!, te juro que aborrezco las utopías. El pueblo español tendrá muchos defectos; pero jamás ultrajará lo que ha sido causa de su gloria y del respeto que infundió a propios y extraños. Por encima de nuestras miserias descollará siempre la hidalguía castellana, para... El noble señor no pudo concluir su frase porque León le interrumpió, hablándole con viveza y energía. Oyose durante largo rato la voz de uno y otro, y allá en la pieza lejana, donde cantaban los pájaros, María y su hermano Leopoldo suspendieron su conversación para prestar oído al rumor parlamentario que del despacho venía. -Estos malditos pájaros no dejan oír una palabra -dijo el mancebo-. ¿Oyes, María? Papá y tu señor disputan... ¡Qué ganas de perder el tiempo! María puso atención, después de decir a los pájaros con acento de enojo: -Callad, tontos. Poco después, un brusco movimiento de la cortina dio paso a los bigotes corniformes del marqués, a su cara, en la cual la gravedad se hermanaba con el humorismo, como si en ella quisiera poner la Naturaleza un símbolo vivo del eterno y capital dualismo del arte. -Ya lo sabes -dijo agridulcemente, entre serio y festivo-. Yo soy un hipócrita, un vividor... [112] Tu caro esposo me lo ha dicho con buenas palabras... Un vividor, un hipócrita..., sí, eso ha querido decir. Y dio un beso a su hija. -Positivamente -añadió- la cabeza de León está un tanto perturbada... ¡Lástima grande, porque es un guapo chico!... Estos malditos pájaros no dejan hablar. -Callad, tontos. ¡Con cuánto ardor toman ellos parte en las disputas de los hombres! Entre los conceptos de la conversación acalorada o apacible arrojan sus notas para ahogar las disputas humanas en una lluvia de alegría. Mucho se habló después; pero las avecillas no lo dejaban oír. El lector tendrá paciencia para esperar a que callen los pájaros. [113] - XI - Leopoldo Una mañana trabajaba León Roch en su despacho, cuando fue bruscamente interrumpido; alzó del papel los ojos, y fijándolos en el gran espejo que delante de él estaba sobre la chimenea, vio una figura enjuta y macilenta, una mueca de calavera, en la cual la descomposición subterránea perdonara un poco de piel; dos ojos saltones con cierta viveza morbosa como la de los delirantes; un cuello delgado y violáceo, cuya piel llena de costurones parecía recientemente remendada; una nariz picuda y violácea también, de fina estampa, pero que por su agudeza iba tornando aspecto de pico y daba al rostro cierta fisonomía completamente ornitológica; una rala sembradura de pelos azafranados que rodeaban el largo óvalo de la cara, en delgada faja, semejando [114] el pañuelo que se pone a algunos muertos para que no se les caiga la mandíbula inferior; una frente estrecha y granulosa, en la cual había trazado el sombrero amoratada raya, semejante a un surco de sangre; una cabeza chata, en la cual los cabellos bermejos se partían en dos graciosas alas; una cara, en fin, que era, si así es permitido decirlo, la descomposición o la transfiguración de una cara hermosa, o, mejor dicho, la caricatura de una raza entera; y también vio unas manos metidas en bolsillos, y unos pies de mujer cuyas puntas apenas asomaban bajo las enaguas que en forma de pantalones, cubrían sus delgadas piernas; un cuerpo sin curvas, sin formas, sin donaires, como armadura hecha para la ropa; un traje de mañana rayado de arriba abajo; una corbata graciosamente anudada; un bastón que salía vertical de uno de los bolsillos, y una pomposa flor clavada sobre el pecho como el mango de un puñal cuando se acaba de consumar el asesinato. Y cuando esto vio, León dijo, bondadosamente: -¡Ah!, Polito, siéntate... ¿qué traes por aquí? El joven se dejó caer en una butaca y estiró las piernas con muestras de cansancio. Habló. Su voz, que se esperaba fuese aguda y adamada, era ronca y carraspeante, una al modo [115] de tos o gargarismo hablado, como esas voces que en la más baja escala social se forman en el pregón público y se endurecen con el frío de la mañana y el aguardiente de la noche. Después de hablar un momento, calló, para echarse en la boca un objeto medicinal. -No puedo abandonar la brea ni un instante... -dijo gruñendo-. Desde que la abandono, me ahogo... ¿Qué te haces, León? Siempre leyendo. Envidio tu vida tranquila... No, gracias, hoy no puedo fumar. Me lo ha prohibido el médico..., es preciso ver si combato los ataques epilépticos... Ahora me encuentro bien. ¿Sabes que voy a Sevilla? Los muchachos se han animado, y no puedo quedarme aquí. Vamos cuatro amigos: Manolo Grandezas, el conde-duque, Higadillos y yo. Higadillos tiene que torear los tres días de feria... ¿Por qué no te animas? A María le gustará mucho ver la feria. -Si ella quiere ir, estoy dispuesto a llevarla. -Ella no quiere ir, ése es el caso -añadió el de la ronca voz-. Y a propósito, mio caro Leone, por ahí dice la gente que sois muy desgraciados, que no congeniáis ni poco ni mucho, que tu descreimiento es un martirio para mi pobre hermana. Yo me río, León; me río de estas cosas... "Pero si es el hombre mejor del [116] mundo, si es un caballero como hay pocos", les digo yo... Aquí de mis elogios. ¡Cascarones!, ya sabes que yo no digo sino lo que pienso... Anoche dijeron las de Rosafría que no comprendían, ¡mira tú qué sandez!... que no comprendían cómo mi hermana se casó contigo. "Pero, señores, sean ustedes razonables, consideren ustedes...". Nada, nada... que eres de los de cáscara amarga, pero muy amarga. A una señora que tú conoces, y yo y todos..., no te digo quién es..., le oí decir estas mismas palabras: "Antes quisiera ver muerta a mi hija que casada con un hombre así...". No faltó quien te defendiera, aun en el bello sexo... "¡Ah!, es hombre de grandísimo mérito...". La señora decía que no con su boca, con su mano, con su abanico... "Hay cosas que no pueden ser -decía-, que no pueden ser...". Por último, querido León, yo no me atrevía a defenderte... Lo que te aconsejo, ¡cascarones!, es que no vayas a casa de ciertas personas; te expondrías quizás a recibir un gran desaire por todo lo alto, o a que te planten un par de palitos cuarteando. La de Borellano te llama la bestia negra... Sin embargo, dice que eres simpático. Pepe Fontán dijo una cosa muy chusca a propósito de la inquina que te tiene la de Borellano. "Nada, todo eso es despecho, porque de todos los hombres que conoce, León es el único [117] que no le hace el amor". Ya sabes que ha tenido un amante por año... Por eso dice Cimarra que no puede ocultar su edad... ¡Pobre Federico! Cuentan que ha reñido con su mujer y su suegro... Parece que falsificó unas letras... Nada, que me le mandan a La Habana... Pero ¿qué hora es? ¡Las once! ¿Y tu mujer no viene de misa? Te concedo que son demasiadas misas. ¡Ah!, ya sé: ella y mamá estarán de tertulia con el padre Paoletti, un italiano berrendo en negro, retinto... ¡Casca!... Si yo fuera casado... pero no; yo no seré cornúpeto, passez moi le mot... ¡Oh!, si lo fuera, mi mujer haría mi gusto, y nada más. María es buena; pero cuando se le pone una cosa en la cabeza... No creas, yo también le he dicho mis verdades por su impertinencia... Compañero, es horrible eso de tener una mujer que constantemente nos está contando el estribillo: "hombre, confiesa; hombre, comulga; hombre, ve a misa...". ¡Cascarones! Es para darse un tiro... Puesto que le das libertad, ella debiera ser prudente. Por tu parte, haces mal en tomar tan a pecho lo que vale tan poco... Mira tú, yo dejaría a mi mujer que oyese cuatrocientas veintisiete misas al día, y que tomara varas con todos los confesores. Poniéndole tasa en eso de gastarse mi dinero en Manifiestos, le llevaría el genio. ¡Bah!, siempre que ella me [118] hablara de cosas santas, yo le diría: "Sí, hija mía; todo lo que quieras. Esto, y lo otro, y lo de más allá". En fin, que no reñiríamos nunca por un dogma más o menos; y al mismo tiempo, querido León, yo me divertiría todo lo posible. Comparito, eso de irse al Infierno sin pasar antes buena vida, es lo más tonto del mundo. Aburrirse aquí entre libros, y luego condenarse allá... porque tú te condenarás, y yo también, León... allá iremos todos. Y soltó una risa tan estrepitosa como su aliento asmático se lo permitía. Después se levantó, y, poniendo ambas manos sobre la mesa, cual si su cuerpo no pudiese mantenerse derecho sin ayuda de puntales, habló así: -¿Sabes, querido, que me vas a prestar otros cuatro mil reales? León abrió una gaveta. Sonreía no sabemos por qué; pero nos consta que de todos los individuos de su familia política, aquél era, por lo inofensivo, el que le inspiraba más lástima, siendo esto, tal vez, la causa de que a veces le abriese su bolsa con paciencia y hasta con gusto, por no contrariar a un ser excesivamente miserable y desvalido. O quizás León plagiaba el sistema benéfico del vicario de Wakefield, quien siempre que quería sacudirse a algún pariente importuno le prestaba dinero, ropa, o un caballo de poco valor, "y [119] jamás -dice- se dio el caso de que volviera a mi casa para devolvérmelo". -Gracias, querido beau frère -dijo el mancebo, no ocultando la alegría que en la raza humana acompaña siempre a la adquisición de dinero-. Te lo devolveré el mes que entra con lo demás... No de una vez; te advierto que no podré dártelo junto... a plazos sí... ¡Es horrible! Si hubiera tres Semanas Santas en el año, todos los españoles tendríamos que pedir limosna... ¡Casca, casca...! ¡Vaya con los petitorios! La otra noche las de Rosafría me comprometieron a dar mil reales para el Papa... Ya ves... Si el mundo estuviera arreglado, el Papa debía darnos a nosotros... ¡Eh! ¡So tunanta!... ¡Lady Bull!... ¡Eh, venga usted aquí! Estas palabras iban dirigidas a una alimaña rastrera y oscura que había entrado en el despacho con el joven, pero que hasta entonces se había mantenido en una actitud de circunspección respetuosa. Era una perrita de la horrible raza King Charles, que tenía el color de ratón, la redondez del puerco espín, un hocico de mono entre abigarradas lanas, y una panza de sapo mal sostenida por cuatro patas pequeñas. Al fin de la conversación, su cascabelillo, hasta entonces