Benito Pérez Galdós La familia de León Roch. Segunda parte ************* Índice La familia de León Roch Segunda parte - I - Si el tiempo lo permite - II - Memorias. Tristezas - III - María Egipcíaca se viste de pardo y no se lava las manos - IV - El mayor monstruo, el "crup" - V - La madre - VI - El marqués de Fúcar recibe nuevos favores del cielo - VII - Erunt duo in carne una - VIII - En que se ve pintada al vivo la invasión de los bárbaros. Resucitan Alarico, Atila, Omar - IX - La crisis - X - Razón frente a pasión - XI - Esperar - XII - Donde se trata de la hidalguía castellana, de las leyes morales, de todo lo que hay de más venerando y de otras cosillas - XIII - Una figura que parece de Zurbarán y no es sino de Goya - XIV - La revolución - XV - ¿Cortesana? - XVI - El deshielo *************** [5] - I - Si el tiempo lo permite El cielo estaba en revolución, ni limpio ni oscuro; por un lado, azul y risueño; por otro, ceniciento y torvo. Creeríase que en él iban a dar una gran batalla la cerrazón y la serenidad, pues una y otra se miraban desde contrapuestos horizontes, amenazándose y disputándose palmo a palmo el cielo. El Sol, neutral en esta disputa, alumbraba a ratos la Tierra, y a ratos se escondía dejándola en glacial penumbra. Sin embargo, el gentío de la Plaza de Toros no temía que descargase el mal tiempo. Era una tarde, como la mayor parte de las [6] de marzo y abril en el suelo madrileño, arisca y ventosa; pero con más amenazas que malicias, más polvo que agua, amagando mucho y no haciendo nada, antes que a remojar botas, atendiendo a levantar faldas y arrebatar sombreros. La Plaza estaba llena y triste. Excepto en cortos ratos, toda ella era sombra. Más triste que nunca era entonces el alto armazón de hierro pintado de color de plomo, cuyo elegante aspecto de arquitectura industrial no se acomoda bien con el carácter desordenado, chillón, embriagador y maleante de la fiesta española. La uniformidad de los trajes que crece de día en día, con perjuicio de la estética, daría al público el aspecto de una congregación de personas sensatas, reunidas en patriótico meeting, si no trastornaran el cuadro las voces, que ora son murmullo impaciente, ora roncos bramidos de pasión, ira; deleite, frenesí, hórrida música de aquella ópera sangrienta cuya letra o drama está en el redondel. Los pañuelos de crespón van siendo cada vez más raros: con todo, algunas manchas rojas y amarillas mariposeaban aquel día sobre la gran mancha oscura del público, y los abanicos animaban con su constante aleteo las largas filas de hombres y mujeres. Los tendidos de sombra y especialmente el célebre número [7] 2, centro de muchachos alegres y bulliciosos estudiantes, presentaban un gentío espeso, con alineación apretada como la de los granos de una mazorca. Más claros los de sol, daban cabida a los inquietos grupos de la gente jornalera, a los paletos, a un centenar de gandules cuyas maneras y traje parecen la exageración más grotesca de la caricatura del torero, a infelices artesanos que van a buscar en aquella orgía de impresiones fuertes un descanso a la insulsez metódica del trabajo. La esclarecida sociedad de los mataderos, de las carnecerías, de las fábricas de curtidos, los industriales del Rastro y los mercaderes de la Cebada hervían allí como potaje en el fuego, y su murmullo, unido al cascado son de un cencerro, hacía la ilusión de andar por allí un animal que relinchaba coceando. Como el chisporroteo de la fritanga de sangre que está puesta a la lumbre y bulle y apesta, así salía de allí un lenguaje germanesco y nauseabundo. Lanzaba su ronca imprecación la chula, que, insolente y procaz, se abría paso entre el gentío, dejando atrás un olor complejo de almizcle y cebolla, y el zafio ganapán a quien Naturaleza dio el empleo de lavar tripas de cerdo, porque no sirve ni servirá para otra cosa, hacía de su mano un caracol, lo ponía en la fiera boca, y por él arrojaba, con el [8] vaho del aguardiente, un chorretazo de injurias a la Presidencia, donde sin duda estaba algún edil de la capital de España, el gobernador o quizás el presidente del Consejo. La delantera de gradas ofrecía un espectáculo mejor. Allí había no pocas mantillas blancas prendidas en hermosas cabezas, donde lucían, tan propiamente cual si en ellas hubieran nacido, rosas y camelias, quier blancas como leche, quier como sangre rojas. Las entretenidas, con su aire especial, característico, y que parece un aire de familia, su lujo chillón y su belleza comúnmente llamativa, ocupaban buena porción de la vasta fila, codeándose aquí y allí con otras hembras de virtud no ya dudosa, sino completamente juzgada. Había caras de peregrina belleza, otras que querían fingirla de impropia manera con aplicaciones de blanquete, carmín y corcho quemado. Honradas familias de la clase media se mostraban también allí, en doméstica fila que empezaba por el padre (comerciante, bolsista incipiente, jefe de negociado, contratista de tocino para los Asilos de Beneficencia, comandante de Infantería, magistrado cesante, barítono de zarzuela, agente de exhortos, habilitado de Clases pasivas, notario, profesor de piano; en fin, lo que se quiera hacer de él), y acababa con el más pequeño de los niños, alumno [9] en San Antón, y de trecho en trecho se observaba la figura nacional de la chula rica, guapa hembra, vistosa, generalmente gorda y con cierta hinchazón de matrona romana unida a la desenvoltura de la maja castiza; orgullosa de sus ojos negros y de sus anillos, que aprietan la carne enchorizada de sus dedos; esparciendo a un lado y otro miradas altivas; queriendo dar a entender que es muy señora, que tiene mucho dinero, que su prendería de ricos muebles, o su carnicería o su casa de préstamos son un segundo Banco Nacional, y que mientras ella viva no pasará necesidades éste o el otro de aquellos feos circenses que están abajo, ya de verde y oro, ya de amaranto y plata, con los bárbaros trastos en la mano y el corazón lleno de heroísmo. Hay en la fofa gordura de estas mujeres y en su aspecto de hartazgo, en su mirada altiva y a veces cínica, mayormente si son tratantes en ganadería humana, un no sé qué de la depravada estampa de Vitell, Otón o Heliogábalo; sólo que suelen perder el color al oír el morituri te salutant. Tras de la delantera, cuatro grandes filas de gente modesta, dominando el género entretenido al género honrado. Mujeres equívocas, personas sencillas, feas, bonitas o insignificantes, llenaban la grada en la región de sombra. En los palcos de arriba había también [10] mantillas blancas, algunas sobre caducas cabezas, otras en lindísimos tipos de juventud y elegancia; claveles llenos de rubor, jazmines salpicados sobre pelo, ojos negros y azules, rosas blancas, pestañas como mariposas, labios rosados, un morir voluble como el cabeceo de las florecillas agitadas por el viento, sonrisas que enseñaban dientes de marfil, y el imprescindible abaniqueo, lenguaje mudo, charla de mil colores, que es embeleso mareante en las grandes reuniones de gente española, lo mismo en los palcos de un teatro que en los balcones de las calles, cuando hay procesión o parada, o cuando entra un rey o sale a relucir una Constitución nueva. Veíanse caras ajadas que a la legua revelaban el empeño de no querer parecerlo; otras fresquísimas que se escondían tras el abanico al empezar la nauseabunda suerte de varas; mucho lujo, una atmósfera de elegancia que se creería emanaba del modo de vestir, del modo de mirar, del modo especial de ser bonita o de no serlo, y que se extendía a todos los objetos, compañeros o accesorios de semejante gente, desde la flor hasta el blanquete, desde la guedeja rubia que el aire hacía temblar sobre la sien, hasta el medallón atento a las palpitaciones del seno, y el guante cuyas costuras reventaban con el aplaudir de las manecitas. [11] Los grupos de hombres solos también abundaban en los palcos, todos de negro, con los codos en la barandilla, el sombrero encasquetado; nada de resabios manolescos en el vestir, pero sí un lenguaje entre parlamentario y chulesco, do aparecían revueltas, como berzas y flores en una cesta de compra, las frases de discurso, los conceptos agudos y los voquibles que tienen el picor de la cantárida y la sonoridad del escupitajo. Era un lenguaje fútil y escéptico como el de quien no cree ya ni en los toros, y con la puntería de gemelos atisbando arriba y abajo, a la corrida y a las damas, coincidían comentarios brutales sobre algunas de éstas. Virtud y volapiés se confundían en una sola crítica, y llegaban juntamente al oído, como el oro y el cobre entrando juntos por la hendidura de un cepillo. Una misma boca expelía juicios técnicos sobre la brega y casi con las mismas palabras descabellaba a una familia. Allí había hombres que en los días feriados se ocupaban en hacernos leyes, y otros que diariamente nos surten de decretos y reglamentos; aristócratas empobrecidos, plebeyos llenos de dinero, ricos primogénitos de provincia, toreros recogidos, viejos bien conservados, algún extranjero curioso. Pero lo más florido de la juventud adinerada estaba abajo [12] en las localidades de barrera, sitio predilecto del dilettantismo, donde tiene su asiento un ilustre senado de señores cuyos nombres engalanan las páginas de la historia patria, de jóvenes a quienes no falta cultura ni aun talento, de periodistas que suelen mojar su pluma en la sangre abrasada del toro para escribir una especie de prosa impregnada, como la atmósfera del tendido de sol, de un heterogéneo tufillo de ajos crudos, almizcle y aguardiente. Estaba en el circo Sacristán, arrogante bestia de Aleas, berrendo en negro, bien armado, de muchos pies, querencioso. Al clamor olímpico que acogió la fiereza de su primera embestida al caballo, uniose bien pronto un susurro de descontento, y todas las miradas, ¡cosa inaudita!, se apartaron del redondel, por cuya arena ensangrentada un espectro de caballo paseaba sus tripas, como la cometa sin aire pasea su rabo antes de caer en la tierra... Siguió adelante la suerte, y las gotas seguían cayendo; pero al fin cuando Higadillos, vestido de grana y oro, los trastos en la acerada mano, brindaba delante de la Presidencia, viose un movimiento general, una gran agitación del público. Levantábase la gente; aquí gritaban, allá gruñían, y en los tendidos oscilaban las cabezas y se entrecruzaban los brazos y zancajeaban las piernas. ¡Paso, paso, dispersión general! [13] Horrible trueno retumbó en los aires, y al mismo tiempo, cual si se abriera una catarata en las negras nubes suspendidas sobre la plaza, empezó a caer agua, pero ¡qué agua!... Una lluvia gorda, torrencial, formidable, que azotaba como latigazo. Espantoso fue el desorden, y la ira y el buen humor lanzaron de consuno imprecaciones y agudezas. En los tendidos, el más fuerte se abría paso a codazos y el más ligero saltaba sobre el obeso, y la mujer pedía auxilio, y el chico berreaba, y la cabeza de la chula parecía esponja, y la gorra del hombre cabeza de tritón. Abriéronse aquí y allí algunos paraguas que chocaban unos contra otros, enganchándose con sus uñas de murciélago. En el redondel, los toreros mojados seguían lidiando, y el animal, acobardado y huido, no estaba de humor de bromas. El agua quería lavar y no dejar huella de sangre. Los caballos moribundos aspiraban con anhelo el aire húmedo que refrescaba su agonía. Era imposible seguir la corrida; llovían banderillas de agua; apenas se veía de un lado a otro de la plaza. Sonó de pronto el cencerro de los pacíficos cabestros, y Sacristán, siguiéndolos, se fue al corral. El público, huyendo del agua como se huye de un incendio, se aglomeró en los pasillos, que [14] no podían contenerle, a pesar del gran desahogo del monumental circo. Las escaleras estaban obstruidas. Como nadie se atrevía a salir mientras la lluvia no cediera, la enorme crujía circular era un gran barril de sardinas mojadas. No cabía ni una cabeza más. Las mujeres sacudían sus mantones, y los hombres maldecían a las nubes, y otros pedían su dinero. ¡Qué gritos, qué risas, qué agudezas, qué patadas, qué sacudir de sombreros chorreando agua, qué de estornudos y escalofríos! Algunos jóvenes abonados a barrera trataban de abrirse calle a codazos para ganar la escalera y subir a los palcos. -Vamos arriba -decía uno de ellos-. Creo que está León. Nos cederá su coche, y que se vaya con el ministro. -Y si él no está nos iremos en el coche de la de Fúcar... Pero señores, hagan el favor... Anda, Polito, ¿por qué te quedas atrás? -¡Cascarones!, aguarda... ¿no ves que me ahogo? Si estoy como una sopa... Déjame que tome una pastilla de brea... ¡Qué plancha!, ¡qué corrida! A duras penas y molestando a muchos y oyendo quejas, lograron subir a los palcos. Arriba también era grande el jaleo, porque como la dirección oblicua de la lluvia inundaba la mitad de los palcos de la plaza, la gente [15] de éstos buscaba abrigo en el corredor. -Allí está León. ¡Eh!, ¡León! -dijo Polito, acercándose a un grupo donde había diputados y algún ministro-. ¿Nos cedes tu coche? -Sí, tomadlo..., no me hace falta. -¡Bravísimo!, ¡chúpate ésa! Ya tenemos coche... abur. Y entre los hombres se veían señoras en parejas, en grupos, en bandadas, que esperaban el buen tiempo para tornar a sus carretelas. Allí todo era buen humor, risotadas, observaciones agudas, porque semejante público, si asiste con alegría a las corridas, no se enoja por una suspensión que tanto contraría a los de abajo. Lo imprevisto les seduce más que lo anunciado, y siempre harto de goces, anhela los cambios bruscos y las situaciones raras. Además, la lluvia no es cosa insoportable para quien tiene coche. -¡Cómo estará esa pobre gente de los tendidos! -dijo una dama que en compañía de otra y de un señor mayor salía de su palco-. Tienen razón al pedir que se les devuelva el dinero. Ellos han pagado asiento para ver la corrida y no para mojarse. Sin embargo, como es función de Beneficencia... Detuviéronse luego las dos damas para contestar a los saludos de tanta y tanta gente conocida. [16] -¡Qué chasco!... ¡Qué corrida!... Es delicioso... ¿Y usted se va? Pues qué, ¿se ha mojado usted?... Piden que les devuelvan el dinero... ¡Cuánto se habrá alegrado Higadillos, que estaba muerto de miedo!... Parece que ya afloja... Pero la plaza está inundada... Yo me voy... La dama que quería irse tocó ligeramente el brazo de un caballero que estaba en el grupo de los hombres de pro, mucho banquero, mucho diputado, algún ministro. -¿Vienes a comer? -Iré -replicó León-. Pero ¿ya?... He quemado mis naves... Me he quedado sin coche. -Ven con nosotras -dijo la dama, tomando el brazo que le ofrecía León-. Yo no tengo paciencia para esperar más. -Llueve mucho... Será preciso esperar a la puerta, y el turno de los coches será largo. -No importa. Vámonos. La otra dama les seguía, tomando el brazo del galán viejo. -Yo te hacía en Suertebella. Como me dijiste que no venías hasta la semana que entra... -He venido esta tarde, porque me escribió papá anunciándome su llegada con un banquero francés, y es preciso disponer algunas cosas en la casa. [17] -Cuando te vi en el palco pensé ir a saludarte y a preguntarte si has tenido noticias de Federico. -¿Yo? -dijo la dama con sorpresa y disgusto-. A mí no me escribe ni puede escribirme. Por sus primos sé que se disponía a salir de Cuba para ir... qué sé yo adónde... ¡Oh!, no irá a buena parte. -Y tu niña, ¿cómo está? -No he querido traerla..., la he dejado allá..., ¡alma mía!, no está bien, hace días que está delicadilla... ¿Cuándo vas a verla? ¡Cuánto deseo volverme allá! No puedo estar separada de ella... No estaría yo aquí esta tarde si papá no me hubiera hecho este encargo fastidioso. Vamos a tener en casa una especie de asamblea de banqueros... Ya sabes tú... es para eso del empréstito nacional. Don Joaquín Onésimo te lo explicará...; pero más vale que no le digas nada -aquí bajó la voz para que no la oyese el galán viejo, que dando el brazo a la otra dama, los seguía de cerca-, más vale que no le digas nada, porque nos mareará hablando de la Deuda pública, de la materia imponible y de la amortización de bonos. Ese hombre es un Diluvio administrativo. Papá me ha encargado que le obsequie mucho. Esta noche comeremos los cuatro solos..., casi en familia. No quiero ruido. Acostumbrada a vivir en [18] Suertebella con mi hija, la sociedad me fastidia y me pone mala. Con gran trabajo abriéronse camino las dos parejas. La multitud mojada que espera la conclusión del llover no gusta de abrir paso a los afortunados que van en busca de su coche. -Permitan ustedes, señores... ¿Hace usted el favor?... Cada súplica de éstas les permitía avanzar unos cuantos pasos. Una vez en el ancho atrio mudéjar de la plaza, respiraron como el que concluye un largo y pesado viaje. Allí muchas personas impacientes veían el gotear incesante de los ladrillos del alero y alargaban la mano para ver si disminuía el temporal. Unos se arriesgaban con paraguas, otros corrían a los ómnibus. Los coches de lujo aguardaban a sus amos. El de Pepa tomó a las dos señoras y a los dos caballeros, y rodó salpicando barro por la ancha calzada que empalma con la carretera de Aragón. Poco después entraba en el jardín del palacio de Fúcar y en seguida en el vestíbulo cubierto. Era un gran recinto con columnas de escayola y dos enormes candelabros vestidos con fundas, que más que candelabros parecían frailes cartujos. Dejando a un lado la gran escalera de honor, larga y oscura, los señores entraron en las magníficas habitaciones del piso bajo, que eran las destinadas a la [19] vida. Lo alto, es decir, lo más ventilado, lo más alegre, lo más claro, lo más suntuoso y rico, pertenecía al público de las grandes recepciones. Así lo manda la vanidad, gobernadora de la higiene. [20] - II - Memorias. Tristezas Aquella noche sólo se sentaron a la mesa, como Pepa dijo, cuatro personas. Gozosa de verse entre amigos, que además de ser buenos eran pocos, la hija del millonario demostró graciosa y discretamente su alegría durante el curso de la comida. Más tarde las dos parejas pasaron a las hermosas salas de aquella parte del palacio donde tenían su asiento las reuniones de confianza. Allí había juntado Pepa a las raras maravillas de arte mil cachivaches de exportación francesa, aliando lo magnífico con lo bonito y lo bello con lo nuevo, tan bien dispuesto todo para mover a sorpresa o a gozo, que no lo presentara mejor el mismo palacio del capricho. La tertulia en cuarteto se prolongó hasta la hora en que la condesa de Vera se despidió para irse al Teatro [21] Real, a donde quiso acompañarla don Joaquín Onésimo. Los otros dos se quedaron solos. Sentados en un diván rojo al pie de un cuadrito de género, que representaba inmundo muladar poblado de borricos y sucios gitanos (la moda ensalza hoy grandemente y compra a peso de oro esta casta de pinturas), no lejos de un tibor japonés, que tenía por escabel pesada trípode de cabezas de elefante y por corona las hojas peludas de una begonia, estaban Pepa y León Roch, ella muy comunicativa, él, cabizbajo y mudo. -Lo que yo había previsto sucedió -decía Pepa-. Federico, lejos de enmendarse en La Habana, fue de mal en peor. Bien se lo decía yo a papá. Si aquí le comprometió en negocios disparatados y de mala fe, allá, donde parece que la distancia hace peores a los hombres... Me da vergüenza decirlo: no me puedo acostumbrar a la idea de que el autor de ciertas fechorías sea mi marido. En La Habana le fue preciso esconderse y huir, porque los corresponsales de mi padre le quisieron meter en la cárcel... Cuando pienso que una locura o necedad mía, una ceguera inexplicable, una cosa que no tiene nombre ha traído a mi casa tanta ignominia... Todo el mal se deriva del infame, del maldito hábito del juego...; pero ¿quién podría luchar con aquello que está en [22] su sangre, en lo más profundo de su alma?... ¡Ay! -añadió después de una pausa, llevándose la mano a los ojos-, te aseguro que he pasado horas de angustia horrible y me he visto en grandes conflictos, porque tenía que ocultar a papá ciertas cosas y al mismo tiempo me era preciso contar con él para salir de las situaciones apremiantes en que Federico me ponía cuando sus pérdidas eran atroces... En fin, se ha padecido, se ha padecido bastante, señor de Roch. No creo que los corazones sean de fibra y carne y sangre, como dicen los médicos; creo que son de granito y bronce y que jamás pueden romperse, puesto que el mío no se ha roto. Tantas lágrimas han salido de aquí -volvió a llevar la mano a sus ojos chiquitos-, que pienso no tener más para cuando vuelva a ser desgraciada... ¿No se habían de acabar las rarezas y los antojos mimosos de aquellos tiempos? La realidad amansa... vivir es aprender... ¡Dios mío, qué cara me has hecho pagar la formalidad!... Se ha padecido, se ha sufrido mucho, León. Este palacio tan alegre para los demás, está lleno para mí de tristeza. No hay en él un objeto que no tenga en sí, como estampado, un gemido mío. No hay un sitio en que no pueda decir: "Aquí lloré tal día; aquí pensé morirme de dolor". Y si fuera a contarte todo... ¡Ah!, no acabaría nunca. [23] Pepa indicó con lentas ondulaciones de su mano derecha la inmensidad de cosas que podría contar a su amigo, si quisiera ser indiscreta. -Pues cuéntamelo todo. ¿No sé ya lo más negro, no sé lo verdaderamente incomprensible, que fue tu casamiento con ese bergante de Cimarra? Que tú, enferma de la imaginación y dañada de atrofia moral, aun siendo buena, cayeras en ese error inmenso, se comprende; pero que consintiera en ello tu padre... Verdad es que cuando subió al poder el partido verdinegro y me hicieron a Federico gobernador de provincia, mi hombre se corrigió y parecía regenerado. Era todo lo que se llama un hombre de importancia. Luego ocupó un alto puesto en el Ministerio de Hacienda... Nadie conocía a Federico en aquel funcionario riguroso, puntual, casi catoniano. Era tal su afán de parecer hombre sesudo y de peso, que hacía reír. Yo creo que tu padre se dejó alucinar por aquella máscara... Además, el amigo Fúcar tendría negocios en Hacienda por aquellos días... Oí hablar de un empréstito sobre la sal, de la incautación de salinas... En fin, Pepa, la verdadera incauta fuiste tú, cayendo en poder de ese bandido. Tus desgracias sucesivas no me sorprendieron. ¡Cuánto te compadecí! Cuando tú te casaste, [24] yo era feliz todavía. Después... En resumen, yo conozco lo peor de tu triste historia. Si algo ignoro, no tengas reparo en contármelo. Pepa se echó a reír. Dirigiéndose luego a su amigo con ademán de maestro que va a echar una reprimenda, le dijo: -Pero me hace gracia tu frescura... Siempre estás "cuenta, cuenta, cuenta" y tú no me cuentas nada. Y no es porque falten en tu casa magníficos capítulos, y grandes dramas y hasta poemas, sino porque eres un guardador de secretos que no tiene igual. Ya sabes tú tragar, tragar amarguras sin que lo sepa nadie..., pero yo estoy muy enterada de lo que pasa en tu casa: sé que María y tú no os veis más que en la mesa, y eso no todos los días. ¡Oh!, si tú eres discreto, tu suegra no lo es; responde a todo lo que le preguntan... ¿Y Polito? Ése dice lo que hay y también lo que no hay. León dio un suspiro. Conteniendo la risa, o más propiamente dicho, ocultándola con su abanico, Pepa dijo a su amigo. -Tienes una familia deliciosa. Después estuvieron los dos largo rato sin decir nada, contemplando las pintadas flores de la alfombra. En el palacio solitario y sin ruido alguno, había una atmósfera de tristeza y como de somnolencia que convidaba a la meditación. [25] Pepa se levantó, dando algunos pasos por la estancia, como quien busca la fórmula de algo muy importante que en la mente bulle y hormiguea queriendo ser dicho. Ya sabe el lector que no era guapa; ¿para qué hemos de repetir esto, que por lo desagradable cae en los protectores dominios del silencio? Pero no hay cosa mala que no tenga algo bueno, ni mujer alguna que no tenga algo bonito. Además, Pepa no carecía de encantos, y para algunos teníalos en grado eminente; sus ojos eran de buen efecto, resultando éste de la pequeñez combinada con la viveza y con cierta expresión sentimental y cariñosa. Lo que más se notaba en ella era el pelo rojo y abundante y la tez blanca y clorótica, que la hacía parecer una imagen de alabastro y oro. Delgada y un poco huesuda, atenuábase este defecto con la buena proporción de miembros y con su encantadora ligereza de andares. Bajo su volubilidad de lenguaje se escondía la gravedad de su pensamiento. Parecía no tener orgullo, y sus maneras, algo rebeldes a la etiqueta, tenían no sé qué lenguaje de franqueza muy propicio a la amistad. En sus caprichos y excentricidades había variado tanto desde que la vimos en los baños de Iturburúa, que casi no parecía la misma. Ese gran domador que [26] se llama la desgracia había blandido mucho su látigo sobre ella, y de tantas fierezas apenas quedaban pasajeros resabios. Después volvió a su asiento, y durante algunos instantes observó con atención respetuosa la fisonomía inteligente y melancólica del hombre que había sido su amigo de la infancia. León estaba profundamente abstraído, como un matemático que busca en insondable mar de cálculos. -¿En qué piensas? -le dijo Pepa interpelándole repentinamente. Necesitaríamos tres capítulos para decir lo que pensaba León en aquel instante. -En nada -repuso con afectada indiferencia-, en miserias y farsas del mundo. -No puedes arrancar de la memoria a tu querida mamá política -dijo Pepa riendo-. ¿No vas a sus reuniones? Las ha empezado con gran lujo al llegar la época de alivio por la muerte de Luis Gonzaga, que acaeció hace siete meses, si no me engaño. Tengo presentes las principales fechas de tu familia. No creas... van adquiriendo fama esas reuniones. -Ya lo creo... adquirirán fama. -Me dijo el conde de Vera que anteanoche les dio de cenar admirablemente... ¿Qué pensabas tú, que tus suegros no habían de dejar bien puesto el pabellón de Tellería?... Ya [27] ves... hay familias que no saben qué hacer del dinero... Los dos rompieron a reír. Pasando bruscamente de la risa a la pena, León dijo: -Deja ese tema, que me hace daño. -Tu suegra ha encontrado la piedra filosofal -añadió Pepa, inexorable-. Debes estar orgulloso de tener en tu familia una doctora tan consumada en eso que Valera llama la Crematística... Por cierto que he sabido..., por los criados se saben cosas muy saladas..., ellos se cuentan todo unos a otros... ¡Oh!, un detalle graciosísimo. ¿Te lo cuento? -No, por favor. -Vamos, que te lo cuento. -Lo adivino... que el día de la gran cena no tenían qué comer..., que hubo un escándalo en la casa porque llegó cualquier abastecedor o confitero con una cuenta de veinte o treinta duros... Todo eso me es conocido... es el entremés de todos los días. -Pero no sabrás los escándalos de la de San Salomó con Gustavo en la misma casa de tus padres políticos. Me ha dicho Vera que se les ve siempre solos en un ángulo del salón, charla que charla, con mimo y secreteo, con una imprudencia, un descaro... Así lo dicen... Quizás sea calumnia. ¡Se miente tanto!... -¡Tanto! [28] -¿Y qué has oído del poeta? -añadió la de Fúcar con sagaz malicia-. ¿El marqués no te ha hablado de él? Este inspirado poeta, cuyos versos no hablan más que de cándidas palomas, de iris de paz de la familia cristiana, de la cumbre del Sinaí o de Siná, de las vírgenes del Señor, de ansias pías, de azul empíreo, del querub tartáreo, de arroyos parleros y de la... alma virtud; este egregio poeta cristiano tiene por Beatrice a tu adorada suegra. Pepa no podía contener la risa. -Ella es la que le inspira esas cosas tan divinas, tan evangélicas, tan por lo metafísico que escribe... A mí me carga lo que no puedes figurarte. Es un tipo. Leer sus versos y después hablar con él, es como caer desde las nubes al fondo de un pozo de cieno. No hay sólo dramas en tu familia, también hay sainetes. -Por Dios, Pepa, no me martirices -dijo León mostrando deseos de marcharse-. Ya sabes que no puedo acostumbrarme a ciertas cosas que otros ven con indiferencia cuando no pasan en su propia casa. No pasan en la mía, pero sí en la de personas que al nombrarme me llaman hijo. Esto me abruma... Yo no puedo vivir aquí. Decididamente me voy, me voy. [29] -¿A dónde? -A cualquier parte. Sólo me falta un pretexto: lo buscaré -afirmó el joven con afanosa prontitud-. Ya sé que mi destino es vivir solo, sin familia... yo no puedo tener familia... Pues bien, viviré solo: no hay cosa mejor que la soledad... -¿Te vas fuera de España? -preguntó Pepa, dominando su emoción. -No sé aún... -¿Nada te llama aquí?... -No, no saldré de España. Parece que después de lo que ocurre en mi casa y de la soledad en que vivo, nada debiera interesarme, y sin embargo, basta que me considere ausente de Madrid para sentirme lastimado. Tengo amigos... -Voy a proponerte un hermoso retiro -dijo Pepa con agitación-. ¿Sabes que junto a Suertebella, casi tocando a Carabanchel Alto, se alquila una casa preciosa? -Junto a Suertebella... -murmuró León, gozando mentalmente con esta idea-. Lo pensaré; veré la casa. -Allí puedes dedicarte al estudio. Nadie te molestará... Es tan bonito aquello..., ahora que están crecidos y verdes los trigos... ¡Si vieras cuántas amapolas!... Se ve nuestro parque, el de Vista-Alegre, y después llanadas [30] preciosas, por donde vienen a veces las ovejas... La casa está bañada de sol y luz... Si vieras qué alegre... y luego tan chiquitita, tan proporcionada para una sola persona... ¡Qué magnífica sala para estudiar, para andar a bofetadas con los libros y entretenerte con papeles, con apuntes, con números, y para clavar alfileres a los pobres insectos!... ¡Qué bien estarás allí! Los amos de la casa son personas discretas, pacíficas, honradas... y luego hay un silencio, un silencio, una paz... Pepa cruzaba las manos y las apretaba mucho para expresar la intensidad de aquel silencio, de aquella paz. -No te darán muy bien de comer; pero tú no eres gastrónomo. El día en que quieras comer bien, irás a casa. No tienes más que bajar a la corraliza, abrir una puerta... dos pasos... -¡Dos pasos! -dijo León, algo extático con aquella acabada pintura. -Dos pasos, y estarás en la vaquería y después en el jardinillo donde juega Monina. -¿Dónde juega Monina? Los dos estaban muy cerca uno de otro, y con la viveza de los ademanes, correspondiente a la animación del diálogo, sus manos daban a veces una con otra, como los pájaros que revolotean enamorándose. -Monina quizás te haga algún ruido mientras [31] estudias; pero tú la perdonarás, ¿no es verdad? Al decir esto, Pepa pestañeaba mucho para evitar que se le saliese de los ojos una lágrima. -Sí, se lo perdonaré... ¡Oh!, Pepa, te juro que tengo unas ganas de comérmela a besos... -Hace quince días que no la ves, bandido. -Mañana voy a verla -afirmó León, y de su semblante irradiaba el gozo, como antes la fúnebre tristeza. -Mañana... ¿De modo que te espero? -dijo Pepa, dejando que se inclinara suave y maquinalmente su cuerpo a medida que su codo se hundía en el cojín. -Sí, espérame... ¿Dices que está delicada tu niña? -preguntó León algo inquieto. Pepa iba a contestar, cuando entró apresuradamente un criado que acababa de llegar cansado y jadeante de Suertebella. Pepa le miró con terror. ¿Qué sucedía? Una cosa muy sencilla. Que la niña se había puesto repentinamente mala, muy malita. -¡Dios mío! -exclamó la de Fúcar, saltando de su asiento-. Y yo aquí tan sosegada... Corro al instante... el coche... Lola, mi abrigo... Lola, vamos... Pero ¿qué es?..., ¿qué ha tenido?... ¿tos seca?..., ¿ahogo?... ¿Se ha caído?... ¿Se ha enfriado?... ¿Se ha mojado en el parque?... [32] ¡Pobre alma mía! Un médico... Hay que avisar sin tardanza a Moreno. -Yo me encargo de eso... Vete tú al instante -dijo León, no menos agitado que ella-. Será un aire, quizás el... Y luego añadió con severidad: -Ya he dicho una y mil veces que hay que tener mucho cuidado..., los criados dan a los niños cuanto se les antoja... Quién sabe si la habrán sacado sin abrigo al jardín... Vete pronto, corre, no te detengas..., yo haré que vaya en seguida Moreno Rubio. Irá en mi coche... a escape... Quizás no sea nada... Pepa salió y León corrió a casa del médico. No conviene pasar adelante sin declarar que entraba en el palacio de Fúcar como amigo del marqués, como amigo también leal y verdadero y honesto de Pepa. No frecuentaba sólo aquella casa; frecuentaba otras muchas, llevado por su anhelo de buscar distracción en el ameno trato social y en las amistades honradas. Pero la verdad es que en aquel palacio eran más largas desde algún tiempo sus visitas. ¿Por qué? Alguien habrá que conteste torpe y soezmente a esta pregunta; pero no acertará el que tal responda. En León había nacido, sin que él le diera importancia, un sentimiento excelso, divino, de intachable pureza, cuya explicación se verá más adelante. [33] - III - María Egipcíaca se viste de pardo y no se lava las manos Después de avisar a Moreno Rubio que vivía en el hotel inmediato al suyo, y de rogarle encarecidamente que pasara sin pérdida de tiempo a Carabanchel, para lo cual le facilitó su coche, retirose León a su casa resuelto a partir también para aquel sitio con la primera luz del día siguiente. Su casa estaba solitaria, triste, y en ella tomaban exagerado crecimiento las sombras de las figuras y el eco de los pasos. Soñoliento criado le abrió, y el ayuda de cámara siguiole medio dormido hasta su habitación. -Déjame solo -dijo el amo al criado-. No me acuesto esta noche... Oye, ¿se ha recogido la señora? -Hasta las once estaba en el oratorio... Voy a preguntarle a Rafaela. [34] -No... no preguntes nada. ¿Quién ha estado aquí esta noche? -La señora marquesa de San Joselito y doña Perfecta. -La señora marquesa de San Joselito y doña Perfecta -repitió León como un estúpido. -Ya se han ido, luego que acabaron de rezar. -Bueno... retírate. No necesito de ti esta noche. El criado se retiró observando en su amo cierto desasosiego y la especial manera de mirar que indica el tormento de una idea fija. Pero un criado no puede consolar a su amo, ni arrancarle sus melancolías por medio del cariño o de la persuasión, y se fue. León se quedó solo, y arrojado más que sentado en un sillón, con el codo en el velador y la barba entre los dedos, medio cerrados los ojos negros como la más negra noche, pensaba... sabe Dios en qué. Tal era su alejamiento de la vida exterior, que no sintió los tenues pasos de una figura parda que entró sin hacer ruido, y más parecida a fantasma que a mujer, avanzó hasta llegar a él. Al sentirse tocado en el hombro, al volver el rostro y verla, dio León un grito de espanto. Es que a veces el estado de nuestro ánimo hace que nos causen [35] terror los hechos más sencillos y las caras más familiares. -Me has asustado -murmuró. -¡Qué extraño!, ¡asustarse de mí un hombre tan valiente, un hombre de carácter y de juicio!... -dijo María con el acento rutinario y quejumbroso que había adquirido desde algunos meses. María vestía una bata de color más bien tirando a ratón que a liebre, y de exagerada sencillez y tosquedad. Estaba algo pálida, con amarillez más propia de desaliño que de mortificación; sus bonitos pies desaparecían dentro de grosero calzado de fieltro y su cuerpo carecía de contorno y gracia. Sus hermosos cabellos se ocultaban como avergonzados bajo los pliegues de una especie de escofieta de muy desgraciada forma. Después de mirarle un rato, María dijo severamente: -¡Me tienes miedo! -Sí; te tengo miedo -replicó él, apartando los ojos de su mujer y fijándolos en el suelo. -Pues qué -dijo María, sonriendo con expresión de desdén y superioridad-, ¿tan fea me he vuelto? No creas, me gusta verte temblar delante de mí... Éste es privilegio de la humildad, señor mío, de la pobre humildad que hace bajar los ojos a la soberbia. [36] Al concluir esta frase, María tomó una silla para sentarse. Bien porque sorprendiera un mohín de disgusto en la cara de su esposo, bien porque creyera sorprenderlo, dijo así: -¿Te enfada que venga a molestarte?, ya lo suponía. Por lo mismo me quedo. Mi deber es antes que nada. Mi conciencia me exige que te pida cuenta del largo tiempo que estás fuera de casa. ¡Ah!, León, tu conducta no es buena. Antes no eras cristiano, pero sabías guardar las apariencias; hoy ni siquiera eso. -Tú -replicó León fríamente- haces todo lo posible para hacerme aborrecible mi casa. Tu enfado siempre que entran en ella los amigos que más quiero, unido al prurito de llenarla con personas que no son de mi agrado; tus frecuentes ausencias... porque tú también te ausentas, y aún más que yo, para pasar el día en las iglesias; el giro que ha tomado tu carácter, pues de cariñosa y amable te has trocado en arisca y regañona, son otros tantos motivos para que yo esté aquí lo menos posible. Ésta es una casa de hielo y tristeza que oprime el corazón desde que se entra en ella. -¡Oh!, ¡qué iniquidades dices! -exclamó María mirando al cielo con unción, juntando las manos y llevándoselas a la barba. -Créelo, mujer; yo no sé ocultar la verdad; tú has hecho de mi casa un antro solitario, [37] árido y oscuro, y yo quiero luz, luz. Ante la energía con que dijo esto, María se acobardó un tanto. Después, pestañeando con gran viveza como quien va a llorar, dijo: -No creas que tus brutalidades apurarán mi paciencia. Hace tiempo que me hablas como si yo fuera uno de ésos que discuten contigo en los clubs, en los ateneos..., qué sé yo cómo llaman eso. ¡Luz, luz!, ¿quieres luz?... Muy bien. ¡Pobre hombre! ¿Te cansa al fin la ceguera de tu ateísmo?... ¿Pues qué quiero yo darte sino luz?... ¡y tú empeñado en que no, en que no, en que has de estar siempre ciego!... Bueno, hombre, no te apures. Muy consolador sería para mí que nos salváramos juntos; pero tú te empeñas en perderte... Por mi parte, hasta el último momento, hasta la hora de la muerte, te diré: "León, León, mira que...". ¿Te ríes? También me he acostumbrado a tus risas. Dios me da paciencia, y sabré ser mártir de tus burlas como lo soy de tu desdén y de tu enojo. Ríete de mí todo lo que quieras... búrlate de mí. Si no me importa, si lo deseo; si mi afán, mi anhelo constante es padecer, padecer. -¡Padecer! -exclamó León con amargura-. No es ciertamente ése mí deseo; pero si mí destino. Dios ha querido que allí donde creí encontrar paz y amor, encuentre una guerra [38] constante, hastío y tedio. Yo esperé cargar una suave cruz, y cayó sobre mis hombros un madero horrible, que me fatiga, que me anonada, que me hunde. -¡Y ese madero soy yo! Gracias -dijo María, no pudiendo sofocar el mundano despecho que pugnaba por sobreponerse a su misticismo-. Ese madero es tu mujer, soy yo. -Eres tú. No puedo menos de decirte las cosas claramente. Debo decírtelas. -Pues arroja, arroja esa carga insoportable -clamó la esposa con nerviosa inquietud, colorado el semblante, animados los ojos-. ¡Te peso y no me tiras al suelo!... Pues mátame, mátame de una vez... Tengo la vocación del martirio. León miró con desdén a su esposa, y le dijo solemnemente: -Yo no mato... por eso. -Pues ¿por qué? Yo creo que matas por todo... No se mata sólo a puñaladas; se asesina también por disgustos. -Si se matara a disgustos, María, ya estaría yo muerto y enterrado. Este infierno de fuego lento, este constante disputar, esta recriminación nuestra, motivada por la radical discordancia en nuestro modo de pensar sobre las cosas de la otra vida y aun de ésta, son golpes sucesivos que matan, sí, matan más que el [39] hierro y el plomo. Y este dolor de la separación de dos seres; esto de sentir que dos almas ya casi soldadas se separan, tirando cada cual de su lado..., porque duele, duele mucho, hija..., y esto de sentir el hueco solitario y frío allí donde estaba la forma y el calor de la persona amada, y verse solo, solo... Profundamente conmovido, León dejó de hablar. -De esa separación -dijo María- tienes tú la culpa, tú, por tu carácter rebelde a todo convencimiento, por tu ceguera, por tu obstinación de ateo y materialista. ¿Pues qué he hecho yo sino ofrecerte paz y unión? -¿Qué has de ofrecer tú, si toda eres espinas, toda sequedad y dureza? ¿Qué ofreces tú, sino una paz parecida a la de los sepulcros, la paz de una devoción embrutecedora, rutinaria, absurda? ¡Si en ti no hay verdaderos sentimientos, sino afanes caprichosos, una terquedad horrible y un misticismo árido y quisquilloso que excluye el amor verdadero!... No hables de paz tú, que te has revuelto contra mí, azuzándome y destrozándome el corazón con las garras de un fanatismo feroz, porque me haces el efecto de una harpía que en vez de veneno tiene una cosa que llamas fe, y con esa fe verdaderamente diabólica me has emponzoñado. [40] -¡Oh! -gritó María, dándose apariencia de mártir- insúltame a mí todo lo que quieras, pero no insultes mi fe; no blasfemes. -Yo no blasfemo; yo digo que tú, tú sola, has hecho de nuestro matrimonio un grillete de presidiario. ¡Tú, María, tú! Parece que no es nada, y, sin embargo, ¡qué horrible cosa! Cuando nos casamos, tú creías a tu modo, yo al mío; tú tenías tus ideas, yo las mías... Es tan grande mi respeto a la conciencia ajena, que no traté de arrancarte tu fe; te di libertad completa; jamás me opuse a tus devociones, ni aun cuando empezaron a ser exageradas y a enturbiar la alegría de mi casa. Llegó un día en que te volviste loca, y lo digo así porque no hallo mejor palabra para expresar la espantosa recrudescencia de tu mojigatería desde que murió en tus brazos, hace siete meses, ahí, en mi jardín, tu desdichado hermano, y entonces ya no fuiste mujer: fuiste un basilisco de displicencia y acritud; fuiste una inquisición en forma de mujer, y no sólo me martirizabas perdiendo toda amabilidad, haciéndote insoportable con tus pretensiones de santidad, sino que me perseguiste con la necia exigencia de hacer de mí un menguado beatón, un ente irrisorio. Yo procuraba apartarte de tu desvarío por medio de la persuasión; a veces hasta llegué a someterme un poco [41] a tu ardiente capricho; pero tú pedías tanto que era imposible, imposible descender hasta esa santidad de sainete en que caíste. Llegó el momento de proceder con energía: hice esfuerzos sobrehumanos para librarte de tu propio fanatismo, y ya sabes que me fue imposible. He luchado tenazmente contigo; he empleado todos los medios, argumentos de razón, de sentimiento, hasta de fuerza: todo ha sido inútil. Tu espíritu está deplorablemente sometido a una atracción poderosa, irresistible, y vive sujeto a influencias oscuras que yo no puedo vencer. Hay en la sociedad redes subterráneas, alianzas invisibles, lazos que atacan y tijeras que rompen lazos sin que nadie lo vea. No se puede nada contra esto. Me declaro vencido, María. Mi única palabra no puede ser sino un adiós sincero, un adiós que te doy recordando que me has querido, que hemos sido felices algún tiempo. Este adiós es triste, muy triste: no hay esperanza. María estaba tan impaciente de hablar, que antes de que él concluyera dijo: -También yo tengo mi capítulo de cargos, y de cargos tremendos. Yo fui criada en la religión divina y me enseñaron a practicar mi fe sinceramente y con verdad. Me casé contigo, te quise, te encontré bueno y honrado, sin comprender el horrible vacío de tu alma; pero [42] te quise y te quiero, porque mi deber es quererte y respetarte. Pronto empecé a comprender que al enamorarme de ti había cedido a un afecto liviano; que mi elección había sido un desacierto; que tú eras incapaz de verdadera virtud; que mi alma corría grandísimo peligro de contaminarse; que no podíamos entendernos; que tus sabidurías eran muy sospechosas; que a tu lado y dejándome influir por ti y tus pestilentes ideas podría llegar a ser muy desgraciada y a perder mis creencias... Me puse en guardia. Reconozco que fuiste tolerante conmigo, que nunca afeaste mi devoción ni te burlaste de la fe, como has hecho más tarde. ¡Ah!, no puedes negarme que en la libertad que me dabas había cierto desprecio. Sonreías de un modo cuando yo te hablaba de mis devociones... Pero en fin, así íbamos pasando. Un día me dije: "Soy una tonta si no le convierto. ¿Por qué no he de encender luz en esa alma apagada?". ¡Oh!, entonces me diste a entender que yo era una loca, me diste a entender que éramos locos todos los que creíamos. Tú te sonreías, te sonreías, ¡cómo te sonreías!... y con aquella apariencia de bondad hacías burla de los dogmas sagrados. Tú me decías: "Deja las cosas como están, mujer, que cada cual se salvará como pueda". Esto me enojaba y me hacía llorar, porque no hay, no [43] hay, repito mil veces que no hay sino una manera de salvarse... Llegaron después aquellos días críticos, lo que yo llamo la Semana Santa de mi hermano Luis, los días de la agonía de aquel serafín, a quien Dios permitió que viniese a mi lado por unos días para dirigirme por el camino del Cielo... Veo que te irrita este recuerdo. Necio, no puedes olvidar tu humillación en aquellos días, cuando la presencia sola de mi hermano era para ti un motivo constante de remordimientos... León no contestó a su mujer ni con una mirada. Encontraba en ella un no sé qué de repulsivo que hacía retroceder sus ojos lo mismo que su cariño. -Yo también sentí entonces remordimientos, o mejor dicho, dolor muy vivo de mis culpas, y un afán ardiente de parecerme a aquel ángel, en cuya compañía quiso Dios que yo naciera. Me consideré destinada a un fin tan glorioso como el suyo. ¡Cómo se encendió entonces mi alma en un fuego celestial, puro, muy distinto, por cierto, de estos nuestros amores! ¡Qué placeres sentí, qué músicas del Cielo oí, que cosas imaginé, qué apariciones vi, qué ansiedades sufrí, qué afanes de ser miserable en la Tierra para ser dichosa allá arriba! ¡Qué ardiente deseo de morirme para gozar una parte siquiera de aquel gozo [44] santo, santo, santo, en que está deleitándose mi hermano! Yo rezaba y soñaba, y mi hermano se me aparecía, no sé si en sueños o despierta, lleno de dicha y hermosura; llamábame a su lado y me repetía las exhortaciones del último instante de su vida... Después, no pasa noche sin que yo sienta su voz en mis oídos... No creerás en esta elevación ni en este ensueño de mi alma, porque estás ligado a la materia y no ves más que con los ojos del cuerpo. ¡Pobre hombre! ¡Pobre puñado de barro miserable! ¡Y es lo que llama el mundo un sabio, porque se ha enterado de cuatro cosas de la Naturaleza que nada le importan a nadie! ¡Pobre y desgraciado hombre! ¡Más desgraciado aún si no tuviera quien intercediese por él, quien pidiese a Dios misericordia para él, para él, que no la merece! -Gracias -dijo León secamente, y como su mujer se le acercara, apartó vivamente la mano para evitar el roce del vestido pardo. El especial olor de aquella lana burda le atacaba los nervios. -Tu ironía -exclamó la esposa- no me hará retroceder ni vacilar. Sé que tu rebeldía concluirá; me lo dice una voz secreta de mi corazón, me lo dice mi Dios cuando me quedo aletargada pensando en Él; me lo dice el bendito patriarca San José, que es mi amigo, mi [45] abogado, mi patrón amantísimo, cariñosísimo y piadosísimo -María Egipcíaca daba a su voz el tono más acaramelado al pronunciar aquellos superlativos de sermón-; me lo dice todo lo que ven mis ojos más allá, en ese cielo esplendorosísimo... Señor -añadió, elevando los ojos y cruzando las manos, cuyas uñas no tenían la refinada pulcritud de otros tiempos-, sálvale, sácale de la pestilente secta atea en que ha caído, llévalo a tu gloria, hazle aborrecer sus condenadas doctrinas. Después siguió rezando en voz baja. Tocándole luego en el hombro, le amenazó con la mano, y en voz muy baja silbó en su oído estas palabras: -Has de venir a pedirme perdón; te arrojarás a mis pies; me has de rogar con lágrimas y suspiros que te enseñe a rezar; te arrastrarás como yo delante de los altares llenos de polvo, sin cuidarte de que se te ensucien las manos; te vestirás de la manera más deslucida; vivirás como yo en perpetuos escrúpulos de conciencia; creerás que una sonrisa, una mirada, una idea fugitiva son pecados; querrás abandonar todos los bienes del mundo y te deleitarás con el culto constante, con el rezar sin fatiga, con el descuido de todo lo exterior, con despreciar el esmero del cuerpo, con la penitencia... Sí, tú te has de salvar; mis santos [46] patronos no podrán menos de hacerme este favor; intercederán con Dios, y Dios te perdonará, te llamará a sí por mi conducto... ¡Oh!, ¡qué triunfo tan grande, qué victoria! Aquí alzó la voz, y poniéndose en medio de la estancia en actitud imponente, con la mano alzada, la mirada radiante, la cabeza erguida, exclamó: -¡Miserable ateo, te salvarás aunque no quieras! León la miró salir y callaba. El largo padecer iba haciéndole estoico. Tanto se había martillado sobre su corazón, que éste parecía convertido en insensible yunque. Después dejó caer el puño sobre el brazo del sillón con tanta fuerza, que se estremeció ligeramente el piso. Parecía decir: "Ya no más, ya no más". [47] - IV - El mayor monstruo, el "crup" Por la mañana muy temprano, León se dirigió en su coche a Carabanchel. Era el aire fresco a causa de la lluvia que no había cesado de caer en toda la noche, y el fango del suelo, como un espejo turbio, reproducía suciamente todos los objetos. Trabajadores de todas clases y carreteros que blasfemaban como señoritos (valga la inversión de los términos de este símil), transitaban por el puente y el camino, cruzándose con arrieros de Fuenlabrada y hortelanos de Leganés o Moraleja. Por allí arrojaba también Madrid, en aquel amanecer triste, algunos de sus muertos pobres, que eran llevados en hombros hacia San Isidro o Santa María. Pasado el primer Carabanchel, León traspasó la verja de una magnífica finca, que está [48] como vamos al segundo Carabanchel o Alto, el cual, si urbanamente considerado es tan poco bueno como el Bajo, le gana en vastos horizontes y en agradables vistas. La posesión de Suertebella es una de éstas que el capital abundante y la paciencia han hecho en las proximidades de Madrid, y sostiene digna rivalidad con las célebres Vista-Alegre, Montijo, Alameda de Osuna, Bedmar en Canillejas. Tenía extenso y frondoso arbolado de olmos, acacias, gleditchas, soforas, con su gran planicie de costoso césped, donde se veían gallardas sequoias, nísperos del Japón, magnolias y otras especies exóticas; magníficas estufas llenas de fuchsias y gomeros, helechos arborescentes, cactus y araucarias; corrales poblados de castas diferentes de gallináceas; cuadras donde los caballos vivían como caballeros, con la añadidura de establos y pajarera, y sin que faltase un poco de ría para pasear en barquichuelo, un tiro de pichón, un juego de crocket, una gruta, un estanquillo de piscicultura, hasta algo de ruinas con su imprescindible pincelada de hiedra y musgo. El palacio, aunque construido de prisa con ladrillo y revoco, era suntuoso y elegante, sobre todo en su parte interior, donde una mano pródiga y muy ducha en elegir reunió cuanto de rico, raro y bonito producen las artes [49] suntuarias de nuestros días. Era de planta baja, constituido por larga serie de grandes salones en fila, decorados primorosamente. Quien haya visto las viviendas de la aristocracia bancaria, comprenderá que no faltaba el salón árabe, obra delicada de Contreras, ni el japonés, ni el gótico-sajón, ni menos el rutinario Luis XV. El marqués de Fúcar se pirraba por todo lo que fuera carácter, y la cosa más bella del mundo no era de su devoción si no estaba absolutamente impregnada por todos los cuatro costados de aquella calidad que le hacía decir: "¡Oh!, vean ustedes qué carácter". León atravesó uno tras otro aquellos salones anchos, solitarios, vacíos de gente, lúgubres y vestidos de seda como príncipes amortajados, y en su grandiosa capacidad parecía que alguna enorme boca bostezaba. Las alfombras, cuya blandura habrían envidiado los colchones de algunas casas, apagaban sus pasos; los ricos bronces niquelados, que todavía olían a embalaje, y el charol de los cuadros de almoneda, reflejaban fugitivos rayos de luz, y algún reló decía su monólogo impertinente, turbando el silencio de aquellos antros cubiertos de joyas. Vio retratos históricos que fruncían el ceño; figuras poussinescas de risueños colores que bailaban en los tapices con pastoril juego; Cristos muertos de exagerada [50] amarillez cadavérica en brazos de la Madre Dolorosa; centenares de torerillos, mujerzuelas y chulos de los que crea la moderna escuela menuda de España, y que tanto gustan a los aficionados de hoy; barros graciosísimos y acuarelas representando escenas un tanto libres; gordinflonas ninfas de Rubens y flacos corceles de turf retratados con tanto esmero como se retrataría a Cavour o a lord Byron; preciosos gatitos de porcelana, que hacían mimos en el borde de un jarro, y jardineras sostenidas por horrendos hipopótamos, grifos o cosa semejante. Vio también criados en cuyo semblante se pintaba la consternación, y criadas que tenían los ojos encendidos de llorar. Algunas palabras rápidas y angustiosas le pusieron al corriente de la situación. Vio después que delante de muchos santos ardían velas primorosas, tan bonitas, que parecían hechas por manos de ángeles, y oyó rezos y llantos. Por último, llegó a donde estaba el centro de tanta tristeza, una cámara silenciosa, fúnebre, medio a oscuras. Se acercó, cual si en ella estuviera pasando el hecho más trascendental de la historia humana. Lo que allí pasaba era un dramita, la muerte de un ser pequeño, una catástrofe menuda de esas que no tienen ningún eco en el mundo, porque no le arrebatan ni hombre [51] grande ni mujer útil, pero que llenan de turbación y congoja a las familias. En pos de aquella muerte no vendría orfandad, ni viudez, ni ruinas, ni herencias, ni trastornos, ni siquiera luto; no habría sino un episodio más de la eterna hecatombe de chiquillos con que la Providencia, matándoles en la puerta de la vida, llena de aflicción a las madres. Parece que le es necesario recortar todos los días a la raza humana, codiciosa de crecer demasiado. Pepa, vestida aún con el traje que llevó a los toros, estaba arrojada en una silla, con las manos cruzadas, la mirada atónita. Su desesperación silenciosa causaba vivísima pena a cuantos estaban allí, y los que no podían contenerla se salían fuera a llorar. Junto a ella estaba el lecho tan bonito, que las hadas no lo fabricaran mejor con sus dedos maravillosos. Era como una canastilla de cañas de oro destinada a ostentar las flores más delicadas, y sus cortinas blancas con lacitos de rosa y encajes eran de tanta gracia y belleza, que no las desdeñarían los ángeles para jugar al escondite entre sus pliegues. León se acercó hasta ver la cabeza de la moribunda, que hundía suavemente con su peso la pequeña almohada. La almohada estaba llena de rizos dorados y de lágrimas. León sintió escalofríos de pavor y como un [52] puñal partiéndole el corazón al ver a Monina con la cara lívida y descompuesta, los labios violados, los ojos muy abiertos, pestañeantes y lagrimosos, el cuello entumecido, tirante, hinchado por el infarto de los ganglios, y padeció más al oír aquel gemido estertoroso, que no era tos ni habla, sino algo semejante a voz de ventrílocuo, una nota aguda, desgarradora, agria como chirrido de un pito en boca de un demonio y parecida a la inflexión del canto de un gallo, de donde viene, según algunos, el nombre de crup (crow). La vio contraerse sofocada, llevándose los dedos al cuello para clavárselos, con ansia de agujerearse para dar paso al aire que faltaba a su garganta obstruida. ¡Espectáculo horrible! La muerte de un niño por estrangulación, sin que nadie lo pueda evitar, sin que la ciencia ni el cariño materno puedan distender la invisible garra que aprieta el cuello inocente, antes blanco como lirio y ahora cárdeno como un pedazo de carne muerta; aquella vida pura, inofensiva, amorosa, angelical, que se extingue de manera trágica, con las convulsiones del criminal ahorcado y el espanto de la asfixia, es uno de los más crueles ejemplos del dolor inexorable que acompaña, como prueba o castigo, a la vida humana. En aquella agonía sin igual, Monina volvía [53] sus ojos acá y allá y miraba a su madre y a los criados, como pidiéndoles que le quitasen aquella cosa apretadora, aquella pupa, más terrible y dolorosa que todas las pupas posibles. ¡Bárbaro drama de la Naturaleza! La desolación era inmensa. Los corazones manaban sangre. Ya de tanto padecer, ni siquiera se lloraba. Por la mente de todos pasaba como relámpago infernal una idea sacrílega: la idea de que no hay, de que no puede haber Dios. León no sabía qué decir, y por un instante sus ojos, aturdidos como los de un insensato, vagaron de la hija a la madre y se fijaron en cosas insignificantes, en el velador lleno de medicinas, en los juguetes sembrados por el suelo, muñecas sucias y sin vestir, caballos sin patas y gatos sin cola. Todos parecían tener en sus caras de pasta tanta expresión de desconsuelo como los seres vivos. El examen de Monina y el del semblante de Moreno Rubio, que no se apartaba de allí, indicaron a León un desenlace funesto. Pepa le miró, llena de lágrimas los ojos, y con dolor profundo, sin bulla, sin declamación, pudo tartamudear estas palabras: -¡Se me muere! León, por decir algo, afirmó que no había motivo para tanto. Pepa añadió: -No hay esperanza... Moreno Rubio ha [54] dicho que no hay esperanza..., que ya... No concluyó la frase, porque acometida de una congoja, derramó lágrimas sin fin. La pena que sentía León era para él desconocida, pena grande y nueva que había estallado y caído sobre él como rayo del cielo. Había conocido a Monina algunos meses antes y encontrado en su angelical travesura placeres inefables. Esto sólo no bastaba, quizás, a explicar que le hirieran tan en lo vivo el padecer físico de una niña que no era su hija y el dolor de una madre que no era su mujer. Para que el crup sea más cruel, tiene sus traidores descansos, precursores siempre de una crisis mayor, el infame afloja su dogal para que la víctima respire y vea cuán bueno es el aire, cuán dulce la vida. Después vuelve a apretar, hasta que concluye todo. Cuando pasa un violento acceso de tos, suelen venir lo que los médicos llaman falsas mejorías. Bajo la acción del tártaro entibiado, Monina logró expulsar algo de las falsas membranas que se la habían formado en las amígdalas, en la epiglotis y en la laringe. Aliviada un tanto, respiró con holgura y movió con viveza y animación sus ojos. Hubo un movimiento general de esperanza y alegría. Pepa acudió a cubrirla y arreglar su ropa, porque con la violencia de la tos se había desabrigado. Cuando Monina [55] vio a León, gimió con ese lloro displicente y mimoso que emplean los chicos enfermos si ven alguna persona al lado de su madre o de la enfermera que los cuida. Es esto en ellos el lenguaje de la envidia, uno de los primeros sentimientos de la criatura en la tierra. -Alma mía... es León... ¿no le quieres? Pues que se vaya. Vete de aquí, bribón. Se oyó un débil gemido, que decía: -Bibón. -Vete, vete... Voy a castigarle. Hija mía, escupe. Pepa le puso la mano en la boca, y Monina, con los ojos cerrados, movió los labios para escupir en la mano. Después parecía delirar y decía: "Más, más, más". Es la palabra que nunca sueltan de la boca los chicos cuando les están enseñando un libro de estampas, o pintando muñecos, o haciéndoles algo que les entretiene. Como nunca se satisfacen, no cesan de pedir más y más. Después, siguiendo en el delirio, hizo un movimiento cuya vista produjo en todos agudísimo dolor. Fue que extendió una mano fuera de las almohadas, cerrando y abriendo el puño como cuando se amasa algo. Así saludan ellos cuando se despiden. Era un ademán de gracia, que en aquel momento era un gesto trágico. Transcurrido un minuto reapareció con más fuerza la [56] tos seca y metálica, la estrangulación, la desesperación convulsiva de la pobre niña y el alarido agudo, semejante al canto de un gallo. El que oye aquel son, cree que una aguja candente le traspasa el cerebro. La niña se ahogaba, se moría. Pepa dio un grito y cayó al suelo sin sentido. La llevaron a su habitación. León se quedó junto a la niña. ¡Cuántas cosas pensó en un minuto, en un solo minuto! Él mismo se maravillaba de que la pena que sentía fuera bastante grande para llenar por entero su alma, como si la pobre Monina fuese todo lo que el mundo contenía de amable e interesante. Después de la muerte de su padre no había sentido él que su espíritu se aferrase tan fuertemente a un ser querido en el momento último. Ningún parentesco tenía con la madre ni con el padre de Monina, y, sin embargo, sentía lo mismo que si aquel morir doloroso le arrebatara algo que era suyo, muy suyo, íntimamente suyo. Sin duda, la madre y la hija se confundían en aquel sentimiento de compasión inmensa, entrañable, que ocupaba su alma no dejándole hueco para ningún otro sentimiento. Pocos meses antes del ataque de crup [57] había intimado con Monina, entablando con ella esas amistades que jamás son desinteresadas por la parte menuda, pues exigen frecuentes visitas a la Mahonesa y la casa de Schropp. Muchas veces le aconteció abandonar quehaceres graves sólo por ir al palacio de Fúcar a jugar con Monina. ¡Era tan linda, tan alegre, tan vivaracha, tan sabedora; era tan elocuente y expresiva su media lengua sin gramática!... ¡Hacía observaciones tan agudas y mostraba tanto despejo y gracia, junto con tanta amabilidad y dulzura!... De poco tiempo databa su amistad; pero en este corto período León había jugado con Monina en todos los juegos de que es capaz un hombre con barbas: la había paseado en sus brazos; había intentado enseñarla a hablar, a hacer limosnas, a perdonar las ofensas, a compadecer a los pobres, a no castigar a los animales, a obedecer a su mamá, a responder derechamente a las preguntas, a no llorar sin motivo. Por su parte, él se había acostumbrado a verla sonreír y difícilmente podía pasarse ya sin aquella sonrisa. ¿Y cómo no adorar tan hermoso lucero, si él estaba rodeado de lobregueces? Monina tenía dos años y un mes; su nombre derecho era Ramona, por su abuela materna, la difunta marquesa de Fúcar. Poco se parecía a su madre, porque era muy linda, rubia, con ojos y mirar de querubín, [58] llena de seducciones la boca parlera, de cuerpo esbelto y desarrollado, inquieta y saltona como un pájaro. Aquel picoteo suyo haciendo regulares todos los verbos (con lo cual reconstruyen los chicos el lenguaje), seducía. Y si le entraba aquella comezón de no estar quieta en ninguna parte, circulando como mariposilla y zumbando como abeja, los ojos marcados no podían apartarse de ella. El juego encendía auroras en sus mejillas, la vida parecía rebosar en ella de tal modo, que hablando reía, y andando volaba, y pidiendo castigaba, y enredando decía alguna frase pasmosa, de esas frases absolutamente lógicas con que los niños asustan a los sabios. ¡Qué espantosa transformación! El término de un día había bastado para hacer de aquel conjunto hechicero de inocencia y hermosura un miserable cuerpo enfermo. Bien pronto, de la pobre Monina no quedaría en la tierra más que un objeto marchito, un envoltorio ajado y desagradable del que se apartarían los ojos con pena... Esta idea atormentaba a León de tal modo que no podía resignarse a ella. No, Monina no debía morir: a él le hacía falta aquella preciosa vida. ¿Por qué? No sabía por qué; sólo sabía que en lo más íntimo de su ser había una fibra, un nervio, un hilo doloroso, fijo, clavado, del cual tiraba Ramona al quererse [59] partir para el Cielo. Días antes, aquel sentimiento le había parecido superficial, ligero y sin consecuencia; aquel día lo encontraba adherido con fuertes raíces, que si se rompían, ¡ay!, arrancarían un pedazo muy grande de su alma. Pasado unos minutos de meditación, habló con el médico. La invasión de la difteritis traqueal era tan violenta que no había esperanzas de vida. La niña, según Moreno Rubio, no vería la luz del día siguiente. No había señales de que el tártaro determinase la acción sudorífica y detersiva; que si las hubiera, podría esperarse algo. Atento a cumplir con su deber, Moreno Rubio dispuso aplicar la disolución cáustica sobre la mucosa enferma. Un rato después se vio que el resultado era nulo. -¿No hay otra cosa? -dijo León, que parecía un muerto. -El mercurio en fricciones. Allí no se descansaba un segundo. El médico inventaba, León disponía con febril actividad, y todos, el aya, las doncellas, los criados, ejecutaban con presteza. Vuelta en sí del accidente que la privara de sentido, Pepa acudió al lado de su hija. No podía estar dignamente en otra parte, sino allí, junto al gran peligro, vigilando las últimas palpitaciones [60] de aquella vida preciosa y previniendo la sed, el desabrigo, la convulsión, y prodigando cuidados, cariños, agua, besos, auscultaciones, miradas. Se conocía en su semblante los heroicos esfuerzos que necesitaba hacer para que su dolor de madre no entorpeciera su acción de enfermera. Atenta, cuidadosa, sin distraerse un momento, sin ocuparse de sí misma ni de cosa alguna, toda su alma estaba en el bracito que se descubría, en el golpe de tos, en el sofoco laríngeo, en el grito desgarrador, indefinible, más trágico que todos los gritos trágicos del mundo antiguo y moderno, que a veces se aguzaba como chirrido de metales rozándose sin aceite, a veces se apagaba como un murmullo de tenues notas, como una música, como un lenguaje, como un soliloquio en sueños. Transcurrieron horas, ¡qué horas! El día pasó como pasa un instante. Llegó la noche. Nadie tenía allí noción del tiempo. Hubo un momento en que no se oía sino un sollozar apretado y suspiros contenidos. Los corazones mugían estrujados bajo una prensa horrible. La angustia habitaba el palacio, llenándolo todo. Llenábalo también el olor de la cera ardiente delante de los santos y de la Virgen. La nena de la casa se moría. Ya ni siquiera se llevaba las manos a la garganta para arrancarse aquello. Iba quedando [61] fatigada, inerte, vencida en la desesperante lucha, y su cabeza hacía un triste hoyo en la almohada, cual si fuese una piedra de enorme peso, y sus manecitas no empuñaban la sábana para hacerla trizas. Si al menos el infame verdugo la dejara morir tranquila... Pero no: aún aflojo la soga para concederle un instante de alivio. En su estado comático, Monina dijo: "Más". -Sueña que le estás dibujando muñecos -murmuró Pepa, que oprimiendo el pañuelo contra su boca, como quien se aplica una mordaza, dejaba sus lágrimas correr a chorros por entre los dedos. Después Monina llamó a Tachana, una niña con quien jugaba diariamente. Después nombró a Guru, hijo, como Tachana, del administrador de Suertebella. Vino un nuevo ataque diftérico, que parecía ser el último por su violencia. Pepa lanzó un grito desgarrador. -¡Se muere, se muere! Y se arrojó sobre el cuerpo de la niña, rodeándolo con sus brazos. Después, presa de un delirio insensato, la madre se llevó las manos a su propia garganta y se apretó como si quisiera estrangularse. Era el movimiento natural, primario, instintivo, de la abnegación, queriendo apropiarse el mal del ser amado. [62] Quisieron retirarla de allí; pero no fue posible arrancarla de la cabecera del lecho. León se acercó León al médico, y le dijo al oído: -¿Por qué no intenta usted la operación de la traqueotomía? Moreno Rubio repuso con voz sepulcral: -En esta edad es casi un asesinato. -Conviene intentarlo todo, hasta el asesinato. Parecían dos espectros secreteando al borde de sus tumbas. -¿Usted lo quiere? -Lo quiero. -Consultemos a la madre. -No es preciso: yo lo mando. Moreno Rubio alzó los hombros. Después se retiró detrás de las cortinas del lecho, donde había una mesa. -¡Hija de mi corazón! -exclamó Pepa-. ¿Por qué te mueres?... ¿Por qué me dejas sola, tan sola como estoy?... ¡Oh!, Dios mío, Virgen de los Dolores, ¿por qué me quitáis a mi niña, lo único que tengo?... ¡Monina, Mona...! Diciendo esto, la madre no sospechaba lo que trataban León y el médico; no vio que tras de las cortinas brillaba un acero, una herramienta lúgubre, más siniestra que el hacha del verdugo. [63] -¡Monina, angelito mío, serafín mío!... ¡abre los ojitos, mírame! Su pena rayaba ya en fiereza, y el ascua siniestra de su mirada delirante, sus labios secos, pálidos y temblorosos, el nervioso arqueo de sus brazos, todo parecía indicar esa suprema crisis del dolor que da a la madre las convulsiones de la euménide. -¡Monina, paloma, niña mía! -prosiguió-. Yo me muero contigo; yo no quiero que te separes de mí. Y al besarla parecía que quería devorarla. -Pepa -le dijo León-, vamos a intentar lo último..., no te asustes. -¡Mi hija está muerta, muerta! Como si quisiera responderle, Monina dio un violento salto, y en un acceso de horrible tos expulsó un pedazo de falsas membranas. Después quedó otra vez inmóvil y reapareció el gemido estertoroso. -Si se enfría, si está helada el alma mía... -gritó Pepa-. Doctor, doctor. Moreno acudió prontamente. -Helada, no -dijo León, tocando a la niña-. Al contario, parece que suda. -¡Suda! -murmuró Moreno, después de una larga pausa. Sus manos tentaban a la moribunda, y su mirada perspicaz y acostumbrada a leer las [64] oscilaciones de la vida, se clavaba en aquélla, que después de oscilar se detenía, sin duda, para extinguirse en calma. -Suda -volvió a decir León. -Suda -repitió Pepa con un rugido. Los tres callaron. Parecía que un débil rayo de esperanza había estallado en medio de aquel grupo, hiriendo al mismo tiempo los tres corazones. Pero no era posible, no. -Abrigadla bien -dijo Moreno, brusca, imperiosamente, con voz de piloto que manda una maniobra salvadora; y sin poderse contener, soltó un terno terrible. Seis manos arreglaron la cama de Monina con febril presteza. León y Pepa miraban a Moreno; pero no se atrevían a preguntarle nada. Más valía dudar, que es algo parecido a esperar. El semblante del médico no indicaba nada claramente, a no ser un vago dudar también. -¿Sigue sudando? -¡Oh!, sí. -¡Sí! -¡Sigue! -¡Ahora más! Se observaba la ligera humedad de aquella fina piel como si de ella dependiera la continuación o la ruina del universo existente. [65] -Pero esto ¿no es un síntoma favorable? -dijo al fin León. -Favorable es, pero aún... -Ayudemos a la Naturaleza -dijo Pepa. -Ella no necesita de nuestra ayuda en el caso presente... -Pero... -¿Será posible que...? -¿Doctor...? -Todavía nada, nada. -¡Suda más! -¡Más! -¡Hija de mi alma!... ¡Oh! ¡Si vivieras!... Detrás de la silla en que estaba Pepa había una imagen de la Virgen Dolorosa con dos velas encendidas. Pepa dio un salto, se arrodilló, se postró, besó el suelo. Durante un rato se oyeron sus gemidos sofocados contra la alfombra. Seguro de que la madre no podía oírle, Moreno acercó los labios al oído de León y le dijo: -Si la acción detersiva sigue y llega a tomar importancia, es posible que se salve... Pero sólo hay cuatro probabilidades favorables contra noventa y seis adversas... No digamos nada a Pepa. "¡Cuatro probabilidades!... -pensó Roch-. Ya es algo... El corazón me dice...". Y todo su interior se sacudía con un palpitar [66] loco, frenético. Toda la vida humana estaba allí delante de sus ojos, pendiente de un hilo, de un soplo. Pasó un rato. Pepa volvió junto al lecho. Saltaba de una parte a otra como leona herida. No necesitaba preguntar: bastábale ver las miradas, las actitudes. Había allí algo de extraordinario y novísimo, un como giro total en los inmensos círculos del universo. Los dos hombres estaban ansiosos, no abatidos. -¿Qué hay? -dijo la madre. -Esperanza -replicó León, sin poderse contener. -Poca -balbució Moreno. Pepa cruzó las manos, elevando al cielo una mirada de ferviente gratitud. -No, señora, no tenga usted grandes esperanzas -dijo el médico-. Esta reacción no es todavía suficiente ni mucho menos. Puede ser una falsa mejoría, como antes... Retírese usted a descansar un momento. -¡Yo descansar!... descansar... ¡cuando mi hija se salve! -Todavía... -Suda más -exclamó Pepa, con los ojos tan abiertos que más parecía aterrada que alegre. -Sí, suda, y mucho. -¡Muchísimo! -exclamó la madre, cuya imaginación sobreexcitada agrandaba el fenómeno [67] sudorífico de tal modo que la humedad de la piel de Monina le parecía un río-. ¡Si Dios quisiera, si Dios quisiera conservarme mi tesoro...! Y se arrodilló junto a la cama. Extendía sobre la niña sus manos sin atreverse a tocarla. Apenas respiraba, temiendo que su aliento turbase aquella bendita reacción. Monina reposaba tranquila, y su respiración empezaba a suavizarse. -¿Será posible?... Doctor... -Nada, nada -declaró el inflexible Moreno-. La esperanza es muy exigua todavía. Veremos si sigue... -¡Oh!... ¡Si la Virgen Santísima se apiadara de esta pobre madre sola! León, ¿qué opinas tú? -¡Yo!... No sé -replicó León con ansia-. No sé... parece que me dice el corazón... Pero no me atrevo, no me atrevo. Tengo una corazonada... Quién sabe... quién sabe... Es posible... Pepa se comprimió la boca para no gritar de alegría. -¡Oh!, ¡qué turbación!... ¿Vivirá?... y si nos engañáramos..., y si nos equivocáramos... ¡Dios mío, Virgen mía!, ¿por qué me dais esperanza, si luego me habréis de dejar sin mi único tesoro, sin lo mejor de mi vida, de mi casa, de mi alma? [68] Dio varias vueltas como persona inquieta, desasosegada, demente, que no sabe qué hacer. -Recemos, recemos -dijo al fin-. La Virgen me ha oído... Le rogaré más, más y más, hasta que me quede sin sentido. Recemos, León, ¿por qué no rezas tú también? -También rezo -replicó León inclinando la frente. -¿También tú, tú?... Todo el que llama con fervor y humildad será oído. ¿De qué modo rezas tú? Y tomándole del brazo, le impulsó con energía hacia la imagen iluminada. Pepa tenía en aquellos momentos de frenesí una poderosa fuerza muscular. -Como tú quieras -dijo León, que no era dueño de sí mismo. Él no se dio cuenta de cómo se dejó llevar, de cómo puso una rodilla en tierra, de cómo alzó los ojos, exclamando con voz conmovida: -Señor, que no se muera Monina. ¡Es lo único que amo en el mundo! ¡Una niña que se muere, una madre que se desespera, un hombre que cae de rodillas y reza a su modo!... Voy creyendo que es tontería contar estas cosas que nada tienen de particular. [69] - V - La madre ¡Qué horas las de aquella noche! En ellas no pasaba nada, y, sin embargo, transcurrían llenas de interés, como los años de la historia preñados de pasmosos acontecimientos. La excitación nerviosa de Pepa era tan grande, que parecía tocada de locura; llorando, parecía reír, y sus palabras entrecortadas, sueltas, incoherentes y sin sentido anunciaban el extraordinario desvarío de su alma, vacilante entre la desesperación y la esperanza. A veces temblaba como una vieja decrépita; a veces iba de aquí para allí como una niña que no sabe lo que hace. Y Monina, después de expeler mayor cantidad de falsas membranas, seguía sudando copiosamente. Aquel sudor semejaba un rocío del cielo. El color amoratado de su rostro iba desapareciendo, [70] y en sus mejillas alboreó ligero tinte rosado. Daba alegría ver cómo apuntaban las flores de la vida en aquello que había sido yermo de muerte. Su respiración era blanda, y en sus labios mudos, ligeramente dilatados, apuntaba también el capullo de la más hermosa flor de la infancia que es la risa. No se podía verla sin esperanza: no era posible desechar aquella esperanza que se apoderaba del alma como una inspiración del Cielo. Aclaraba el día cuando Moreno se volvió hacia Pepa y le habló así: -Ya es hora de poder decir algo positivo. -¿Sí? Mi hija... -Pues la niña -añadió el médico, estrechando la mano de Pepa- está fuera de peligro. Una reacción sudorífica, precedida de la expulsión de las membranas, nos la ha salvado. León quería intentar la traqueotomía... La disolución cáustica, obrando sobre la mucosa, nos ha devuelto la joya que creíamos perdida. Pepa le besaba las manos, llenándoselas de lágrimas. -No he sido yo, señora; ha sido la Naturaleza y el tártaro y la disolución cáustica... en una palabra, la Naturaleza sola, o mejor dicho, [71] Dios solo. Ahora es tiempo de que yo descanse un poco. Después de dar breves instrucciones, se retiró. Pepa se había quedado muda. La alegría no le permitía decir nada. Se puso a rezar y estuvo en oración más de media hora. León estaba junto al lecho, apoyada la frente en las manos. De pronto sintió una voz que le llamaba. Miró y vio a Pepa junto a él. -¡Qué día y qué noche has pasado! -le dijo ésta-. Horas de ansiedad, de muerte y, después, de alegría. Tú no eres padre; si lo fueras, ¡bienaventurados tus hijos!... El interés que has mostrado por esta niña de una familia amiga, pero extraña, de una familia que no es la tuya... -Ese interés es un cariño irresistible, que aun aquí no me puedo explicar. Paréceme una aberración, una locura. -¡Locura!... eso no.. Yo quiero que ames a mi hija. Mira, León, si vivo mil años, no olvidaré estas horas en que tanto ha padecido y trabajado mi pobre alma, y lo que menos olvidaré será aquel momento, que fue el más solemne y crítico de esta noche, y aquellas palabras que oí y que están en mi memoria como si las hubieras estampado con fuego. -No sé qué dices. [72] -Ni yo tampoco -replicó la de Fúcar, inclinándose hacia León-. Creo que la alegría me ha vuelto demente... Noto en mi cerebro no sé qué aberración o desquiciamiento... Pero ¿es verdad que tengo a mi hijita?... ¿Es verdad que conservo a este ángel para que me acompañe en mi soledad? Miró a la niña, y acercándose despacio, la besó en la frente con mucho cuidado para no turbar su tranquilo sueño. Cuando se volvió hacia el amigo, éste pudo observar una extraña iluminación en los ojos de Pepa. -Tú estás muy excitada -le dijo-. Debes acostarte y dormir un poco. ¡Pobre madre!, has padecido mucho desde anteanoche. -Mucho -repitió Pepa-. He padecido mucho; pero no ha sido sólo ahora, sino antes, antes... Estoy familiarizada con el padecer. -Cálmate... Tienes calentura. -Pues como te decía -indicó la dama, pasando bruscamente de una indecisión sombría a una claridad sonriente-, no olvidaré jamás aquellas palabras...: "Señor, que no se muera Monina. Es lo que más amo en el mundo". ¡Lo que más amas en el mundo! León bajó los ojos. -Yo agradezco mucho que quieras a mi hija de ese modo -dijo Pepa, pronta a llorar-. Al fin, no soy yo sola quien la quiere... Eres [73] un buen amigo, amigo mío desde la infancia... Siempre te he apreciado, y ahora más que nunca... En fin, al ver el interés que has tomado por mi niña, interés verdadero, profundo; al ver esto, siento un deseo irresistible de romper un silencio que me ahoga, de quebrantar un secreto que no cabe en mí, y decirte que... Dejó caer desplomada su cabeza sobre el hombro de León, y lo regó con abundantes lágrimas. Él no decía nada. Sentía el peso de aquella cabeza y el calor de aquel aliento y la humedad de aquellas lágrimas y callaba, torvo y reconcentrado en sí mismo. Parecía que la dama lloraba sobre una piedra. Un sentimiento de dignidad o de pudor estalló súbito en el alma de Pepa. Incorporándose, ruborizada, lanzó una exclamación que parecía significar: "¿Qué estoy haciendo?... ¡Qué escándalo!". -Pepa -dijo León, estrechándole cariñosamente una mano-. Tu niña se ha salvado. Yo me retiro. En aquel momento sorprendioles a entrambos una voz fresca, argentina, angelical, una voz del cielo, que gritaba: -Mama, mama... Pepa se la comió a besos. Monina resucitaba, pedía chicha (carne), melutita (merluza), bichichi (roast-beef), cayamelo (caramelos), [74] panimiteca (pan y manteca), todo junto, todo a un tiempo, y en gran cantidad, y después de esto, no sabiendo más nombres, pedía cosas. Con esta palabra comprendían los niños su insaciable deseo de posesión. Es el vocablo sintético de su codicia y de su gula. [75] - VI - El marqués de Fúcar recibe nuevos favores del cielo Desde entonces la enfermedad de Ramona no ofreció cuidado, y, conocido en Madrid el buen término de ella, llenose el palacio de amigos que corrían a felicitar, como antes habían ido a compadecer. Hay gentes que viven así, felicitando y compadeciendo todo el año, y que se morirían de tedio, si no hubiera muertes y bautizos, coches y tarjetas. León partió a Madrid cuando los blasonados coches empezaban a entrar en el parque de Suertebella. A medio camino volvió para advertir que no olvidara dar a la convaleciente una medicina que ordenó el médico. Esto le preocupaba tanto, que en todo el día no cesaba de decir para sí: "Si la levantarán antes de tiempo..., si no la abrigarán..., si echarán [76] demasiado cloral en el jarabe..., si le darán golosinas...". Aquella tarde despachó en su casa varios asuntos, hizo luego algunas visitas indispensables, y por la noche se retiró temprano. No vio a su mujer, ni su mujer hizo por verle a él. A la mañana siguiente tomó el camino de Suertebella, donde una grata sorpresa le esperaba. El marqués de Fúcar acababa de llegar acompañado de un ilustre extranjero, el barón de Soligny, que era el gran Fúcar de la nación vecina; hombre que andaba olfateando las naciones en busca de esos negocios enormes, fáciles, que nacen más espontánea y frondosamente en el seno de los pueblos desgraciados. Del mismo modo crecen ciertos árboles en los terrenos muy cargados de basura. No tardaría en venir de Madrid el señor don Joaquín Onésimo, ya marqués de Onésimo, llamado por Fúcar para conferenciar sin pérdida de tiempo sobre el proyectado empréstito nacional. León encontró al marqués muy pensativo y un sí es no es preocupado, vacilando entre la tristeza y la alegría, cosa difícil de explicar, porque los negocios más arduos no alteraban jamás la pasta dulce y blanda de aquel carácter enteramente mundano. Al hablarse de la enfermedad de Monina y de su milagrosa curación, don Pedro, que quería muchísimo [77] a su nieta, se mostró muy contento; después miró al suelo, frunciendo ligeramente el ceño, se sonrió un poco, volvió a ponerse serio, y, tomando a León por un brazo y llevándole a otro aposento, le dijo: -Es preciso preparar a Pepilla para una mala noticia. -¿Mala noticia? -Sí, y digo mala por... qué se yo por qué. Realmente, la noticia de una muerte, quien quiera que el difunto sea, es una noticia deplorable. Y el marqués revolvió sus bolsillos llenos de papeles, o sobres de cartas, tarjetas, todo cubierto de números trazados rápidamente con lápiz en el wagón, en el hotel, en el coche. -Aquí está el parte... Es un acontecimiento terrible: el naufragio de un vapor americano entre Puerto Cabello y Savanilla... Los periódicos de aquí no han dicho nada todavía; pero mi corresponsal de La Habana... ¿Ves el telegrama?... vapor City of Tampico. León palideció al leer el parte. -De modo que Pepa... -murmuró. -Pst... silencio... Puede oír y no está preparada. Efectivamente, mi hija se ha quedado viuda. León Roch estaba perplejo. -Aquí, en confianza de amigos -dijo don [78] Pedro, acercando sus labios al oído del joven para hablarle secretamente-, aparte de lo lamentable de la catástrofe, es una suerte para mi hija y para mí. Si Federico vuelve a Europa, acaba con ella y conmigo. Parece que Dios ha querido resolver de un modo trágico y brusco la situación comprometida en que mi querida hija se puso y me puso a mí casándose con ese perdido, jugador, falsario. Aquí tienes un capricho de la niña que a todos nos salió muy caro. Mira, León: hazme el favor de cerrar esa puerta para que podamos hablar con libertad; me carga el secreteo. León cerró la puerta. -Usted -dijo éste- es el más a propósito para darle la noticia. -No habrá más remedio... Entre paréntesis, no creo que el dolor de Pepa sea muy grande, ni aun creo que sea un dolor pequeño...; será más bien una sorpresa dolorosa..., menos, tal vez. Aquí entre los dos -y diciendo esto bajó mucho la voz a pesar de estar la puerta cerrada-, yo creo que Pepa quiere a su marido lo menos que se puede querer a un marido, ¿me entiendes tú? Puede ser que sus sentimientos hacia ese chalán de alto vuelo corran parejas con los míos, y yo no oculto a nadie que le aborrezco, que le aborrecía con todo mi corazón... Pepitinilla no derramará [79] muchas lágrimas..., ¡qué demonio!, es muy posible que no derrame ninguna. El marqués se frotó las manos una contra otra, como hacía siempre que remataba un gran negocio. ¡Ah!, la Hacienda pública temblaba en lo profundo de sus arcas hueras cuando sentía aquel fregoteo de manos. -Ha sido una suerte, una verdadera suerte para ella y para mí -repitió cual si hablara consigo mismo-. La Providencia nos ha salvado... Si ese hombre vuelve a Europa... Y habría vuelto cuando se le hubiera acabado el dinero... ¡Ah!, ¡vampiro! No te contentaste con saquearme en Madrid, sino que levantaste todos los fondos de mi corresponsal de La Habana. No te contentaste con falsificar aquellas letras para sacarme los treinta mil duros que tenía en Londres en casa de Fergusson Brothers, sino que, cuando te enviamos a Cuba, aún abusaste de mi nombre... ¡Maldito, execrable juego! Pero Dios castiga... Dios no consiente que los pillos... Con un puño cerrado machacaba en la otra mano, abierta. Después, como si volviera en sí, recordando el deber que imponían la dignidad humana y la caridad, dijo: -Pero ha llegado el momento de perdonar. Yo perdono de todo corazón. Su castigo ha sido terrible. ¡Qué espantosos son los incendios [80] de esos buques americanos! Después de que los hacen de madera, tienen la poca aprensión de cargarlos de petróleo... Ya se ve... En el incendio y naufragio del City of Tampico no se salvaron más que dos grumetes y un cuáquero loco. Federico se había embarcado en él para ir a Colón con objeto de pasar a California, tierra propicia a los aventureros; había sacado de La Habana todos los fondos que tengo allí... ¡Qué sabiamente atajó la Providencia sus criminales pasos! Luego diréis los libre-pensadores que Dios es demasiado grande para mezclarse en nuestras miserias. Yo digo que se mezcla, yo digo que se mezcla... Conviene no exagerar: no sostendré yo que Dios esté siempre atento a tanta cosilla como se le pide. Ya ves; mi hija llenó de velas de cera la casa cuando Moninilla estaba enferma... Se expidieron memoriales a todos los santos. Ya tendrían faena los de arriba si hicieran caso de las madres siempre que un chico tose o tiene calentura. Pero los grandes crímenes, las grandes estafas... León no quiso decir nada sobre aquella interpretación de los trabajos de la Providencia. -En fin -añadió Fúcar-, bastante ha deshonrado mi nombre, bastante ha mortificado a la tontuela de mi hija... Séale la tierra ligera, séale el agua ligera... Hay una cosa que nunca [81] he podido comprender, que siempre, siempre será un misterio para mí. -Lo adivino -indicó León prontamente-. El misterio es por qué se casó Pepa con Cimarra. Ella es bondadosa, tiene ingenio, gran sensibilidad. Federico fue siempre un perdido sin corazón, y bastaba hablar con él media hora para comprender la podredumbre y el vacío horrible de su alma. -Exactamente... ¡Ah! Yo reconozco que eduqué mal a mi hija. Pepa ha variado mucho: lo que yo no supe hacer lo ha hecho la desgracia. Pero hace cuatro años era tan caprichosa... en fin, tú bien la recuerdas... Verdaderamente, sin su buen corazón, sin aquel corazón de oro, mi hija hubiera sido una calamidad, lo reconozco... Pero ¡qué alma la suya, qué sentimientos tan elevados, qué manantial de ternura bajo las apariencias de versatilidad y mimitos que no eran más que las burbujas, las burbujas, no encuentro otra palabra, de su espíritu, rico en dones morales! Te digo una cosa que es para mí como el Evangelio. Mi hija, casada con un hombre de bien, discreto, agradable, a quien ella hubiera amado de veras, habría sido la mujer por excelencia, habría sido modelo de esposas, de madres... -Lo creo -dijo León, poniéndose sombrío. [82] -Y al considerar esto -añadió Fúcar, cruzando los brazos sobre el pecho-, me explico menos su preferencia por Cimarra, y digo preferencia, porque no encuentro otra palabra; ni se justifica su casamiento por el efecto que hace siempre en las mujeres una buena figura; y aunque Cimarra era lo que se llama un hombre hermoso... -Seguramente. -Pues, a pesar de eso, no me explico... En Pepilla no hubo esa ilusión, esa fascinación..., ¿cómo decirlo?... A mí me pareció muy mal su preferencia; pero no quise oponerme, no tuve valor para oponerme. Siempre he tenido esa debilidad... Cuando Pepa era niña, me daba latigazos, y yo me reía. Ya siendo mujer me gastaba un millón en cacharros, y yo... me reía también. Cuando Federico me pidió su mano, cuando la consulté sobre esto y me dijo que aceptaba... no tuve gana de reír; pero consentí ¡qué había de hacer! La verdad es que Pepa no me pareció muy enamorada; pero Federico le gustaba para marido... En fin, que se casaron en un día infausto. Me gasté más de cien mil duros en la boda. ¡Qué día! Por las calamidades que cayeron después sobre mí, paréceme que en aquel día negro se casó todo el género humano. Mi pobre hijita fue desgraciada desde entonces. Parecía que la infeliz estaba devorada [83] interiormente por un mal muy agudo, un mal moral, un mal físico, un mal de no sé qué clase. Entrole un delirio espantoso por las fiestas, por el lujo... ¡qué desvarío!, ¡qué muchachas las del día! Se casan para divertirse más, para gastar más, para aturdirse más. Lo particular es que ni aun en los días de luna de miel vi a Pepa cariñosa con su marido. "Eso es casarse con un maniquí", decía yo. Pepa estaba a veces taciturna, a veces borracha... no encuentro otra palabra, borracha de fiestas, de bailes, de novedades, de vestidos. Todos los días necesitaba algo nuevo; pero ni las maravillas de Las mil y una noches hubieran vencido su tristeza. ¡Pobre niña loca!... Por supuesto, de Federico no hacía más caso que de una silla. Le trataba como se trataría a un idiota. Amigo León, éste es un mundo muy raro. Deberíamos decir de él que es un valle de equivocaciones. -Lo cual no niega, sino antes bien afirma, que sea un valle de lágrimas. -Exactamente. Pues como decía, llegué a preocuparme seriamente de la salud y aun de la razón de mi Pepilla. Felizmente, fue madre, y desde entonces data su regeneración. Desde entonces dejó de ser casquivana y gastadora... Se consagró al cuidado de su hija y adquirió aquel aplomo, aquella noble majestad... no hallo [84] otra palabra mejor..., aquella noble majestad que ves en ella. Precisamente cuando fue madre, empezó Cimarra a ser el más canalla de los hombres. Tú sabes, como lo sabe todo Madrid, sus infamias, sus estafas, sus escándalos. Ese gandul me ha quitado diez años de vida. ¡Cuántas lágrimas ha derramado mi pobre niña aquí, en este mismo despacho! Cuántas veces me ha dicho: "¡Perdón, perdón, papaíto, por haberte dado por hijo a ese bandido! Yo estaba loca, yo no sabía lo que hacía". Mi yerno me arruinaba; pero mi hija me daba besos y me pedía perdón. "Váyase lo uno por lo otro", decía yo... En fin, todo ha concluido... Dios... la Providencia... Es preciso que tú la prepares para recibir la noticia. -¿Yo? -Sí. Tú tienes arte... Yo no sabría sino llegar y decirle: "Pepa, tu marido se murió...". Tú vas, coges un periódico y haces que lees y dices: "¡Qué espantoso naufragio!". -Yo no, yo no. Permítame usted que no hable de naufragios. Eso corresponde a usted o a otra persona de la familia. -Hombre, hazme el favor... Tú eres amigo antiguo. Abriose la puerta bruscamente y entró Pepa con alborozado semblante y fresca sonrisa. León Roch tembló al verla, creyendo hallar en [85] su persona una hermosura superior, que instantáneamente se le revelaba, causándole alegría. Era un fenómeno de júbilo y sorpresa, como los que causa el recuerdo feliz cuando viene a la memoria, o la idea inspirada cuando aparece en el entendimiento, llenándolo de claridad. La miró un rato sin hablar, y... no podía dudarlo... estaba rodeada de una aureola; no era la misma para él, y sus insignificantes facciones, sin cambio alguno visible, se acomodaban, por arte milagroso, al tipo indeciso de la mujer ideal. -A tiempo vienes, Pepitinilla. -Papá -dijo la marquesita-, Monina se ha despertado. Ven a verla. Buenos días, León. -Mira, chica: León tiene que hablarte... Quiere leerte no sé qué periódico donde ha visto... -Es broma de don Pedro. Yo no he leído nada... -¡Qué día tan hermoso! -dijo Pepa, acercándose a la ventana, por donde entraba un sol espléndido-. Mira, León, ¿ves allí, entre los árboles, un techo?... Es la casilla de que te hablé. No sabes, papá, este ladrón anda buscando un lugar solitario para retirarse de las vanidades del mundo. Yo le he recomendado la casa de Trompeta, ¿sabes?, allí donde vivió el cura de Polvoranca. [86] -Es hermosa, sí..., a dos pasos de casa... ¿De veras te vienes a estos barrios?... Verdaderamente, chico, si buscas un escondrijo para dedicarte a roer libros... -No sé aún, no he decidido -dijo León, mirando con estupor el techo que allá a lo lejos, entre los árboles, se veía-. Pero vamos a ver a Mona. -Vamos. Pepa salió delante. -¿Conque está mi hombre aburridito? -dijo Fúcar al joven en tono de confianza jovial, poniéndole la mano en el hombro-. Ya sé que tu mujer... ¡Deplorables resultados de la exageración! Y si no, ahí tienes: la piedad es una virtud; pero exagérala, ¿y qué resulta?, el horror de los horrores. Y más adelante, apoyado en su brazo, le dijo al oído: -Lo mismo que tu mujer era mi pobre Ramona... No se la podía aguantar... Pero, hijo, la infidelidad con Dios hay que tolerarla, hay que perdonarla. Yo pregunto: ¿qué puede hacer un hombre en este tremendo, irresoluble caso? Cuando una esposa es honrada y fiel, no hay motivo, ni siquiera pretexto razonable, en nuestra sociedad, para la separación... y sin embargo, es tal que no se la puede resistir. Te compadezco. Acuérdate de lo [87] dicho: esto es un vallecito de equivocaciones. Poco después salió León de la casa. Iba tan metido en sí, que no saludó a don Joaquín Onésimo, que pasaba por el parque con el barón de Soligny, hablando del próximo empréstito con el interés que ciertas personas ponen en las calamidades públicas. En Madrid dejó su coche para andar a pie por las calles, y recorrió varias como un sonámbulo, sin ver ni oír nada más que aquella sonora voz interior que le decía: "¡Viuda!". [88] - VII - Erunt duo in carne una Pasaron algunos días durante los cuales no fue a Suertebella sino una sola vez, a dejar la tarjeta de pésame. En aquella breve temporada vivía la mayor parte de las horas fuera de su casa, y dando completamente de mano a los estudios, no se ocupaba de sus libros más que para empaquetarlos en grandes baúles. Iba con frecuencia a círculos y reuniones, donde sus amigos le hallaban taciturno, insensible al interés de la charla, de la noticia, del comentario. Hablaba tan sólo de su viaje, sin decir a dónde; de una ausencia larga, y si otro tema a su boca venía, tratábalo con cruel sarcasmo y amargura, modos bien distintos de aquella su antigua manera serena y elevada, de ver las cosas de la vida, los hechos y las personas. [89] Una noche (empezaba ya el mes de abril) entró en su casa después de las once. Abriole la puerta el ayuda de cámara. -¿Por qué no me abrió la puerta Felipe, como de costumbre? -preguntó León. -Felipe ya no está en casa, señor. -¿Pues dónde está? -La señora lo ha despedido. -¿Por qué? ¿Ha hecho alguna travesura? -La señora se enfadó porque no quiso ir a confesar. -Y tú, ¿te has confesado? -Yo sí, señor; todos los meses. La señora no se descuida en esto. Como no le traigamos la papeleta, nos planta en la calle. Para eso Ventura, el cochero, tiene un amigo sacristán, que le da todas las papeletas que quiera, y así contenta a la señora, y, haciéndole creer que va al confesonario, se va por ahí a correrla... Si no fuera por el señor, yo y mi mujer nos habríamos marchado ya de esta casa, donde hay tantas obligaciones y ni un momento de descanso. Eso de que esté un hombre trabajando toda la semana, y cuando llega el domingo por la tarde, en vez de dejarle salir a paseo, le manden a la doctrina... Mi mujer dice que no aguanta más... Pues digo, con el espantajo que la señora nos ha metido ahora en casa... Esta mañana, cuando despidió a Felipillo, [90] dijo que al instante iba a dar a otro su plaza. Yo creí que colocaría a mi hermano Ramón. Pero no: la señora escribió una carta a los de San Prudencio, y un rato después vimos entrar uno como sacristán, gordo, colorado, sin barba, con faldones hasta el suelo, un sombrero chato y negro, una carilla de santurrón con malicia, y unos modaletes así como entre hombre y mujer. La señora dice que yo pasaré a hacer el servicio que hacía Felipe; que el portero ocupará mi puesto, y que el señor Pomares, así se llama el recomendado de allá, será desde hoy portero, vigilante de los demás criados y mayordomo. -Tú no sabes lo que te dices. ¿Desde cuándo necesito yo mayordomo en mi casa? -Mayordomo. La señora lo dijo así mismo, y el de los faldones largos se reía y nos miraba con sus ojos de besugo, como diciéndonos: "Ya os pondremos las peras a cuarto". Después nos echó un sermoncillo, y, poniendo cara de arrope pasado y cruzándose las manos sobre el pecho, nos llamó hermanos, nos dijo que nos quería mucho. -¿Está en el oratorio la señora? -preguntó León levantándose. -Creo que está en su cuarto. Entró León en el cuarto de su mujer, y la halló conversando con doña Perfecta, amiga [91] de confianza, que solía acompañarla por las noches. Sobrecogiose esta venerable dueña al ver entrar al marido de su amiga, sin duda porque con su delicado instinto comprendió que se preparaba una escena y se despidió. Cuando se quedaron solos, el marido habló a su mujer, sin enojo ni altanería, en estos términos: -María, ¿es cierto que has despedido al pobre Felipe? -Es cierto. -Antes de echarle de casa, debiste considerar que he tornado cariño a ese muchacho por su aplicación, su deseo de instruirse y el fondo de bondad que se le descubre en medio de sus puerilidades y travesuras. Le traje de casa de tu madre porque siempre que venía aquí se quedaba extasiado delante de mis libros. -A pesar de esas bellas cualidades, me he visto obligada a despedirle -dijo María secamente. -Pues qué, ¿te ha faltado al respeto? -De un modo horrible. Hace mucho tiempo que le obligo a confesar. Hoy le reprendía por no haberlo hecho el domingo pasado ni tampoco éste, y el muy tuno, en vez de llorar, volviose a mí y me dijo con mucho descaro: [92] "Señora, déjeme usted en paz; yo no quiero nada con cuervos". -¡Pobre Felipe! En cambio -añadió León sin dejar conocer su intento-, ha entrado en la casa un señor muy venerable... -¡Ah! Sí... el señor Pomares. Estaba esperando a que llegaras esta noche para obtener tu consentimiento. Es un hombre de grandísima bondad y delicadeza, que de todo entiende... -Lo creo. -Que puede él solo trabajar más que dos o tres de esos desalmados bergantes. Es persona de absoluta confianza, y a quien puede confiarse sin recelo casa, intereses, asuntos delicados. -Quiero verle. Llámale. María llamó y no pasaron cinco minutos sin que se presentase el personaje de los ojos dulzones y la carátula arrebolada, tal y como fielmente le pintara el ayuda de cámara. Contemplole un rato León de pies a cabeza, y después le dijo reposadamente: -Bien, señor Pomares. Voy a dar a usted mis primeras órdenes. -¿Qué me manda el señor? -dijo el novel mayordomo con meliflua voz y arqueando las cejas. -Que se plante inmediatamente en la calle. [93] -¡León! -exclamó María, leyendo el enojo en las facciones de su marido. -¿Me ha oído usted? Tome usted su baúl, y, sin pérdida de tiempo, se va usted de mi casa. -La señora me ha mandado venir y estar aquí -repuso el venerable con acentuación algo firme, sintiéndose muy fuerte con el amparo de la señora. -Yo soy el amo de mi casa y le mando a usted que se vaya -dijo León en un tono que no tenía réplica-. Advirtiéndole a usted que si vuelve a poner los pies aquí y le veo yo, no saldrá usted por la puerta, sino por la ventana. El hombre enfaldonado hizo una profunda reverencia, y desapareció. -¡Dios mío! -murmuró María cruzando las manos-. ¡Qué vergüenza! Tratar así a un hombre tan bueno, tan humilde, tan respetable... -Desde este momento -dijo León, encarándose enérgicamente con su mujer- todo ha cambiado en esta casa. Ha llegado el caso de que me es absolutamente preciso intervenir en tus actos, arrancarte de grado o por fuerza, de esta vida ridícula y oscura en que has caído, y curarte como se cura a los locos, ausentándote de todo lo que ha constituido tu locura. Mi benignidad nos ha perjudicado a los [94] dos; ahora mi energía, que llegará quizás hasta el despotismo, (y no es culpa mía), enderezará un poco esta senda torcida por donde corres. -Resignada a padecer -dijo María con unción postiza y mimosa que había aprendido-, acepto el cáliz que me ofreces. ¿Cuál es? ¿Qué quieres de mí? ¿Quieres matarme? ¿Quieres una crueldad mayor aún, que es apartarme de los hábitos de piedad que he contraído? ¿Quieres aún arrancarme mi fe? -Yo no quiero arrancar tu fe; otras cosas son las que yo quiero arrancar ¡ay de mí!... Se detuvo, como si realmente no supiese lo que quería. La verdad era que María estaba serena y hacía bien su papel de víctima, mientras que León parecía desasosegado y vacilante en su papel de verdugo. -Esta noche no quiero discutir contigo -dijo-. Durante mucho tiempo hemos batallado, sin conseguir nada. Ahora me ocurre que un poco de acción es conveniente para salir de este horrible estado. Perdóname si no te explico nada y te asusto mucho; si en vez de persuadir, mando; si en vez de disputar contigo, te niego toda réplica. -¿Qué quieres? Dilo de una vez. -Yo necesito ausentarme de Madrid. -¿Por qué motivo? ¿Te has cansado de teatros, de toros, de casinos, de tertulias ateas? [95] ¡Ah! Si deseas salir de aquí, no será para ir a un yermo, sino a París, a Londres, a Alemania. -Tú me has abandonado exclamó León con dolor-, tú has huido de mí, arrojándome a las frivolidades de la vida, y encastillada en tu perfección chabacana, has destruido lo que debía ser el encanto y la paz de mi vida; me has hecho odiosa mi propia casa. María se estremeció. -Pues bien -añadió León con extraordinaria energía-, ya me he cansado de no tener casa, y estoy resuelto a tenerla. -Pues ¿no estás en ella? Por mi parte, aquí estoy siempre -dijo María, tan glacial como si por su boca la misma nieve hablase. -¡Aquí estás! Sí; ¿y quién eres tú? Un ser desapacible y erizado de púas. De aquí en adelante... -Tú eres el que mandas, y estás más agitado que yo. Mi resignación me da serenidad y a ti tu soberbia de tirano te hace vacilar y palidecer a cada instante. En una palabra, León, ¿qué quieres? -Yo me voy de Madrid. Esto es para mí una necesidad imprescindible. -¿Qué te pasa? -Que no quiero, no debo seguir aquí. Carezco de todo arrimo y calor en mi propia casa; [96] estoy sin familia, porque la compañera de mi vida, en vez de encadenarme con la piedad y el amor, se ha envuelto en un sudario helado. Ella, en los delirios de su fe extravagante, y yo, en la triste soledad de mis dudas, no formamos, no podemos formar una pareja honrada y feliz. Otro vegetaría en esta existencia árida; yo no puedo. Mi espíritu no se satisface con el estudio; pero no teniendo otro alimento que el estudio, preciso es que se harte de él. -¿Por qué no estudias aquí? -¿Aquí? -exclamó León, asombrado de la propuesta-. Aquí no puede ser. Ya te he dicho que necesito emigrar. -No te comprendo. -Lo creo, sí; fácil es que no me comprendas... ¡Y quién me comprenderá, quién! Lanzando un gemido de desesperación, se oprimió con ambas manos la cabeza. María, respetando el incomprensible dolor de su esposo, no se atrevió a hacer las observaciones impertinentes que le eran propias en semejantes casos. Por último le dijo, repitiendo una idea anterior: -Aquí puedes estudiar todo lo que quieras. Vivamos juntos. Ni tú me molestarás a mí en mis devociones, ni yo a ti en tus sabidurías. Seremos dos cenobitas: yo cenobita de la fe, tú cenobita del ateísmo. [97] -¡Deliciosa vida me propones!... Yo no quiero claustro, sino familia, no me inclino al desprecio de la vida, sino al uso prudente, recto y juicioso de ella; no quiero una existencia de imaginación acalenturada, sino la existencia real, única donde caben los verdaderos méritos humanos, los deberes bien cumplidos, el régimen de la conciencia, la paz y el honor. Yo quiero lo que quise fundar cuando me casé contigo, ¿lo entiendes? -Lo entiendo, sí; lo que no entiendo es que para que tú tengas familia te sea preciso salir de Madrid. Y salir contigo. -¡Conmigo! -Tu deber es seguirme. -¡San Antonio!, si apelas a mi deber... -dijo María con resignación artificiosa-. ¿Y adónde me llevas? -A donde tú quieras. Una vez establecidos en el sitio que elijamos para residencia, tu vida cambiará por completo. -Veamos cómo. -Estableceré un método que se cumplirá con escrupuloso rigor. Te prohibiré ir a la iglesia en días de trabajo; en mi casa no entrará una nube de clérigos y santurrones como los que hasta aquí la han tomado por asalto; haré un expurgo en tus libros, separando de los que [98] contienen verdadera piedad los que son un fárrago de insulseces y de farsas ridículas. -Sigue, hombre, sigue... ¿y qué más?... -dijo María Egipcíaca con sarcasmo. -Sólo una cosa me resta que decir, y es que optes entre este plan y la separación absoluta y radical para toda la vida. María se puso pálida. -Eres atroz... eres terrible... Déjame siquiera reflexionar un poco... ¿Y todo eso se ha de hacer fuera de Madrid? -Sí; fuera. Elige tú el sitio. -Vamos, no me vuelvas loca con tus majaderías -dijo de improviso, tomando la cosa a burla-. Yo no salgo de Madrid. -Pues adiós -dijo León levantándose-. Desde hoy eres dueña de esta casa. Queda establecida nuestra separación, no por la ley, sino por mí. Mañana se te presentará mi apoderado y te dará a conocer la renta que te señalo. Adiós. En estos asuntos me gustan la concisión y la prontitud. Todo ha concluido. Dio algunos pasos hacia la puerta. -Aguarda -dijo María corriendo hacia él. Y después, arrepintiéndose de aquel movimiento, cruzó las manos y elevó los verdes ojos traicioneros. -Señor... Virgen Santa, hermano mío, inspiradme; decidme lo que debo hacer... [99] León esperaba. Ambos se miraron sin decir nada. Como si obedeciera a una inspiración, él se acercó a ella y le tomó la mano con respetuoso afecto, diciéndole: -María, ¿es posible que yo no represente nada en tu memoria, en tu espíritu, en tu corazón? Mi nombre, mi persona, ¿no te dicen nada? ¿No soy capaz de despertar en ti ni siquiera una idea, ni siquiera un eco? ¿El fanatismo religioso ha matado en ti hasta el último y más débil sentimiento? ¿Ha secado hasta la compasión y la caridad? ¿Ha apagado hasta la idea de la conveniencia, del deber? María se tapaba los ojos con la mano, como el que se goza en una visión interior. -Respóndeme a la última pregunta. ¿Ya no me amas? María descubrió sus ojos ligeramente enrojecidos, pero secos, y, dejando caer sobre su esposo una mirada fría, desapasionada, como limosna que se arroja para librarse de un pobre importuno, le dijo con despacioso y seco tono: -Desgraciado ateo, mi Dios me manda contestarte que no. León bajó los ojos sin decir nada y se retiró a su cuarto. Toda la noche estuvo en vela, arreglando sus asuntos y empaquetando libros, ropa y papeles. Al día siguiente [100] salió, después de echar sobre la casa la postrera mirada, no por cierto de indiferencia, sino de congoja. Su casa no era para él un simple asilo que le echaba de sí: era la esperanza desvaneciéndose, el ideal de la vida desplomándose como catedral desquiciada por el terremoto. Una fibra existía aún en su corazón, uniéndole con aquellos queridos escombros; pero, despiadado consigo mismo, se la arrancó y la tiró lejos. [101] - VIII - En que se ve pintada al vivo la invasión de los bárbaros. Resucitan Alarico, Atila, Omar -Date prisa, Facunda, que el señor don León vendrá pronto de su paseo a caballo, y se incomodará si no está arreglado su gabinete... Pero ¡quia!, si él no se incomoda nunca... Hombre mejor no ha nacido de mujer. "¿Cómo va, Facunda, ha echado usted de comer a las gallinas? Y el señor Trompeta, ¿cómo está?". "Pues vamos pasando, señor don León". Esto es lo único que hablamos... ¡Bah, bah!... Y Trompeta me porfiaba ayer que aquí hay al pie de doscientos libros. Y también dos mil... El señor don León Roch (y repito que este apellido me parece mismamente un estornudo... apellido ordinario, como el nuestro...), pues sí, siempre que va a Madrid trae el coche lleno de libros, y después hace estas láminas. "Pero, señor [102] don León, ¿usted me quiere decir para qué sirve esto?". Pues no deja de ser bonito. Rayas encarnadas y verdes, manchas y fajas de todos colores... A bien que si yo supiera leer me enteraría de todo ello, pues se me alcanza que aquí, al borde, hay letras y hasta renglones... Pero date prisa, mujer; Facunda, ¿qué haces ahí como una boba? Date prisa a barrer y quitar el polvo; que viene, que viene el señor... Ahora, Facundita, bájate a la cocina y cómete la magra que dejaste en la sartén. Luego tomarás un poco de sol. La que así hablaba era Facunda Trompeta, que tenía la costumbre de hablar consigo misma siempre que estaba sola, y de llamarse por su nombre y de reprenderse o adularse. Siempre empleaba el gesto y los visajes para estas auto-conversaciones, y algunas veces la palabra. Era bienaventurada esposa de un honradísimo carbonero de Madrid llamado José Trompeta, que habiendo hecho modesta fortuna en tiempos en que aún se hacían fortunas con carbón, se retiró a Carabanchel a pasar tranquilamente el resto de sus días. No hay noticia de una existencia más tranquila, más dulce y reposada que la de aquel par de viejos sin hijos. Ambos eran de natural manso y pacífico y se querían entrañablemente en su vejez, con estimación fina y delicada, no incompatible [103] con el frío de los años. Habían comprado una casa, en cuya planta baja vivían, reservando la alta para alquilarla por buen dinero a alguna de las prolíficas familias madrileñas que van allá huyendo de la tos ferina o del sarampión. A principios de abril la arrendó un caballero que frecuentaba el palacio de Suertebella, y parecía muy bien educado, aunque no se reía casi nunca y hablaba lo menos posible. La habitación de León era una gran pieza que parecía la celda de un prior, espaciosa, alta, ventilada, tal como no se hallan ya sino en las casas antiguas. Por las ventanas del Naciente se veía a lo lejos la pomposa arboleda de Vista-Alegre, y más cerca, el parque de Suertebella, cuya vaquería se comunicaba por medio de un portalón, casi siempre abierto, con la corraliza de la finca de Trompeta. Por el Poniente veíase el pintoresco camino de Carabanchel Alto, con la Montija, y los términos azulados y las verdes lomas de aquellos campos, que desde marzo hasta principios de junio no carecen de belleza. Junto a la gran estancia, que era sala, despacho y gabinete de estudio, había una alcoba y dos cuartos pequeños. En uno de éstos habitaba el criado. Pocos y cómodos muebles, traídos de Madrid, muchos libros, piedras, láminas, [104] atlas, mesa de dibujo con aparatos de acuarela y lavado, un microscopio, algunas herramientas de geólogo y los más sencillos aparatos químicos para el análisis por la vía húmeda y por el soplete, llenaban la vasta celda. "¡Ea!, ya tiene usted su cuarto arreglado, señor don León -dijo Facunda, sentándose sin aliento en el sillón de estudio-. Ya puede usted venir cuando quiera. No se quejará de que le he revuelto estas baratijas". Como se ve, la excelente señora, cuando estaba sola, además de hablar consigo misma, hablaba con los demás. "Y dígame usted, señor don León, ¿es cierto que antes iba usted a comer muy a menudo a Suertebella? Aunque ahora va usted muy poco por allá, me parece que le gusta más de la cuenta la señorita marquesa... Como es tan rica, no importa que no sea guapa... Ahora no va usted al palacio por aquello de respetar el luto. Conozco yo bien a mi gente...". Y Facunda, no sólo hablaba con los demás, sino que se figuraba oír a sus interlocutores. No sólo había discursos, había discusión. "¿Conque digo disparates?... ¿Conque no es cierto que le gusta a usted la marquesita?... Y esos mimos a la nena ¿qué significan?... Ya; usted qué ha de decir... ¡San Blas! Si no fuera usted casado... Pero entre la gente grande no [105] hay escrúpulos. Díganmelo a mí, que he servido veinte años a una señora condesa, y he visto unas cosas... Pero ¿qué haces aquí, Facunda, hecha una boba? Despabílate..., piernas al aire... No has puesto el puchero todavía... ¡Oh! ¿Qué ruido es ése? ¿Quién viene?". Oíanse risotadas infantiles y un delicioso traqueteo de piececitos en la escalera. Eran Monina, Tachana y Guru, que después de corretear por el parque, pasaron a la vaquería, de ésta a la corraliza de Trompeta, y una vez allí, decidieron hacer una excursión en toda regla por los dominios altos de la casa. El aya de Monina les acompañaba. Sabemos quién era Monina; pero no conocemos a esos dos personajes que se nombran Tachana y Guru. La primera tenía tres años y era hija del administrador de Suertebella, Catalina de nombre, de rostro lindísimo, muy reservadita y poco traviesa. Acompañaba en sus juegos a Ramona, y aunque regañaban tres veces en cada hora, acometiéndose algunas con mujeril coraje, eran buenas amigas y cada cual lloraba siempre que se hacían demostraciones de castigar a la otra. Se comprenderá fácilmente cómo, en las transformaciones lexicológicas que sufren los nombres en boca de los niños, pudo Catalina o Catana llegar a llamarse Tachana; lo que no se comprenderá, [106] aunque pongan mano en ello todos los lingüistas del mundo, es cómo un chico nombrado Lorenzo llegó a llamarse Guru en boca de Monina; pero así era, y hemos visto casos más raros todavía de corrupción de vocablos. Guru, rayaba en los seis años y era hermano de Tachana, formalito como aquélla, estudioso como pocos, apuesto y gallardo chico que ya tenía sus novias, su reló, gabán ruso, bastón, y llamaba a las niñas chicas. -Señora Facunda -dijo desde abajo la voz del aya-, ahí va la langosta. Cuidado no destrocen algo. Entraron en tropel: Monina, saltando; Tachana, pavoneándose con un pañuelo que se había puesto por cola, y el atildado Guru, echándoselas de padre maestro con las otras dos y recomendándoles la compostura y formalidad. -¡Que está aquí el lucero! -exclamó Facunda, tomando a Monina en sus brazos y besándola con estruendo. Ramona movía, colérica, sus piernecitas en el aire y bramaba con esa ira infantil de que nadie hace caso, diciendo: -No, no, vieja fea. -¡Lucero de tu madre!... Y tú, Catana, no des vueltas, que te mareas... Lorenzo, no tires del brazo a Monina... ¡bribón!, ¿qué haces a la niña? Déjala..., pobrecita. [107] Monina y Tachana dieron vueltas por la habitación, corriendo una tras otra. Ya venían algo fatigadas de tanto correr por el jardín, y tenían el rostro encendido, los ojos chispeantes. Los graciosos hoyuelos que hacía Mona junto a su boquilla cuando se reía, darían envidia a los ángeles, y a Tachana se le caían sobre la frente las guedejas negras, obligándole a alzar las manos constantemente para apartarlas. Pestañeaba sin cesar, como si la ofendiera la luz del sol. Monina, por el contrario, abría sus ojos con atención investigadora, insaciable, señal de la curiosidad y ambición pueril que quiere enterarse de todas las cosas para apropiárselas después. Facunda les mandó que fueran juiciosas y les habría mandado algo más si no hubiera sentido la voz del aya, que en lo bajo de la escalera charlaba con Casiana, la mujer de uno de los guardas de Suertebella. Dentro de los límites de lo posible (si bien en una posibilidad casi infinitamente remota) está que nuestro planeta, desobedeciendo a la atracción del sol que lo gobierna, se salga de su órbita y perezca inflamado si con otro cuerpo choca; pero lo que no es de ningún modo posible, ni aun en teoría, es que Facunda, oyendo que el aya y Casiana hablaban, dejase de correr a enterarse de lo que decían. Así lo hizo, dirigiéndose con paso quedo [108] y cauteloso, a la meseta de la escalera. En tanto, Monina y Tachana se habían detenido delante de la mesa donde estaban las láminas geológicas y los dibujos concluidos y por empezar. Una sonrisa de triunfo, propia de todo mortal que descubre un mundo, se pintó en el semblante de una y otra. ¡Qué cosa tan bonita! ¡Qué colores tan vivos! ¡Qué rayas! Ellas no sabían lo que aquello era, y sin duda por lo mismo lo admiraban tanto. Se parecía verdaderamente a las obras de ellas, cuando la piedad materna les ponía un lápiz en las manos y un papel delante. Ciertamente, Guru, con su caja de colores, había hecho obras por el estilo. Allí no había nenes pintados, ni caballos, ni casas, y, sin embargo, parecíales algo como nacimiento, una obra magna, brillante, esplendorosa, sin igual. Acontece que cuando se presenta a los niños un objeto cualquiera que les sorprende por su belleza, jamás lo dan por concluido, y quieren ellos poner algo de su propia cosecha que complete y avalore la obra. Sin duda tienen en más alto grado que los hombres el ideal de la perfección artística, y no hay para ellos obra de arte que no necesite una pincelada más. Así lo comprendió Monina que, viendo no lejos de la lámina un tintero, metió [109] bonitamente el dedo en él y trazó una gruesa raya de tinta sobre el dibujo. Radiante de gozo y satisfacción, se echó a reír, mirando a Tachana y a Guru. Estos dos se echaron a reír también, y animada por el éxito, Monina metió en el tintero, no ya el dedo, sino toda la mano, y la extendió sobre la lámina de un ángulo a otro. El efecto era grandioso y altamente estético. Parecía que sobre las tierras pintadas allí con delicadas tintas se cernían enormes nubarrones preñados de rayos y lluvias. Tachana era demasiado pulcra para meter su dedito en un tintero. Además, se creía maestra en el manejo del lápiz. ¡Feliz ocasión! Sobre la mesa había lápices azules, y a dos pasos, en el atril, un magnífico atlas geológico, admirable obra cromolitográfica, honor de las prensas berlinesas. Sin embargo, a aquellas hermosas hojas estampadas de vivos colores les faltaba algo, ¿quién podía dudarlo? Era evidente que las tales láminas serían más bonitas si una mano solícita las adornaba con rayas de lápiz y trazadas alrededor de todos los contornos. Así lo comprendió Tachana, que era el Rafael de las rayas, pues sabía trazarlas en todas direcciones con admirable pulso. Guru comprendió que todo aquello iba a concluir en solfa. Dijo a sus amigas que se estuvieran [110] quietas; pero al mismo tiempo, ¡qué ocasión para lucirse él, que tenía caja de pinturas y sabía hacer cuadros, casi casi tan buenos como los de Velázquez! Lo que Monina había hecho era una chapucería indecente. ¿Qué significaban aquellas nubes negras y aquellas cruces de tinta con que la muy puerca había ido decorando el margen de la lámina? Efecto tan deplorable se remediaría si en un ángulo del dibujo aparecía una casita campestre con sus dos ventanas como los dos ojos de una cara, su chimenea en la punta y un perro en la puerta. Manos a la obra. Cogió un lápiz rojo, y para no colaborar en las desastrosas pinturas de Monina, apoderose de otra lámina y empezó su casita. En poco más de cinco minutos, a la casita acompañaba un caballo, y en el caballo cabalgaba un hombre fumando en una pipa mayor que la casa. No es posible que tres artistas trabajen en un mismo taller sin que estallen ruidosas tempestades de celos. Monina quiso dar un toque a la casa de Guru; éste la apartó con un codazo. Monina agarró la lámina, diciendo: -Pa mí, pa mí. -Pa mí -replicó Tachana, que había arrojado el lápiz. La lámina grande, de sesenta centímetros, resbaló de la mesa; Tachana y Monina la cogieron [111] cada una por un lado, y... charrás... Al ver cómo se partía, ambas se echaron a reír, y Monina batía palmas con sus manos negras. -Tontas, ahora sí que la habéis hecho buena -dijo Guru palideciendo. La contestación de Monina fue coger otra lámina y sacar de ella una tira en todo lo largo. Después cogió el lápiz de Tachana, y sobre las delicadas rayas que ésta había trazado con tanto esmero en el atlas, trazó ella una especie de tela de araña, tanta era la rapidez del lápiz empuñado por la mitad y movido con verdadero furor. Guru quiso al fin contener aquel vandálico desorden y amenazó a Monina; pero ésta supo escaparse de un brinco, golpeando con sus manos, llenas de tinta, los muebles forrados de seda. En uno de sus locos giros, detúvose en la mesa donde estaba el microscopio y se quedó absorta contemplándolo. Se alzaba sobre las puntas de los pies, apoyándose con las manos en el borde de la mesa, y estiraba los dos dedos índices hacia el aparato, diciendo: -Eto. Eto quería decir ¿qué es esto? Supongo que será para mí. Veamos lo que es. -Miren la tonta -dijo Guru-. ¿Pues no quiere también el anteojo? Queriendo dar pruebas de su ciencia, Guru [112] acercó el aparato al borde de la mesa y aplicó su ojo derecho para mirar por él. -Por este vidrio se ve a Paris. Tachana había traído una silla para subir a la mesa; pero antes se subió Monina, y andando a gatas sobre ella arrojó al suelo el microscopio y los demás aparatos que en la mesa había... En este momento vieron que entraba un hombre. Los tres vándalos se quedaron convertidos en estatuas: Monina sobre la mesa, erguida la frente, la cara muy seria, los ojos muy atentos; Tachana en la silla, con el dedo en la boca y los ojos bajos; Guru mirando dónde había un rincón para esconderse. -¿Qué han hecho esos pícaros?... ¡San Blas mío, qué destrozo! -gritó Facunda entrando con León. Éste dirigió una mirada de dolor a los dibujos rotos, al atlas lleno de rayas, al microscopio en el suelo. Bastole una ojeada para conocer las formidables proporciones del desastre. -Bribonas, ¿qué habéis hecho? -exclamó dirigiéndose a la mesa-. Pero usted, Facunda, ¿en qué piensa, que deja solos a estos niños?... ¿Qué hacía usted? Sin duda oyendo la conversación. Es usted más niña que estas dos... Hirió el suelo con el pie. Después oyó gemir a Tachana. Era un gemir que partía el corazón. [113] -¿Has sido tú, Monina? -dijo León yendo hacia ella y mirándola con semblante adusto. Monina contestó que no con fuertes cabezadas. Negando con la cabeza, parecía querer arrancársela de los hombros. Al mismo tiempo su conciencia debió argüirle terriblemente, y se miró las manos, como se las miraba lady Macbeth. -Has sido tú... bien lo dicen tus manos, picarona. La niña le miró pidiendo misericordia. Dos gruesas lágrimas salieron de sus ojos. Empezaba Ramona a hacer pucheros, cuando ya los chillidos de Tachana llenaban la casa. Era una Magdalena. No había más remedio que creer en la sinceridad de su arrepentimiento. -Vaya, vaya -dijo León besando a las dos y tomando en brazos a Monina-. No lloréis más. ¡Qué bonitas tienes las manos! Si tu mamá te viera... Ven a lavarte, asquerosa. -El aya las dejó subir solas, por estarse abajo charla que charla -dijo Facunda trayendo la jofaina con agua-. Yo no puedo atender a todo. El aya tiene la culpa. Lavaron los pinceles de Monina. Después se sentó León, y poniendo una dama sobre cada rodilla, les dijo: -¡Qué destrozo me habéis hecho! ¿Y Guru? ¿Dónde está Guru? [114] Lorenzo había desaparecido. -Ése es el malo; estas pobrecitas no harían nada si él no las echara a perder -dijo Facunda. -Guru, Guru -gruñeron las dos a un tiempo, descargando sobre su ínclito amigo la espantosa responsabilidad del crimen. -Ese pícaro Guru... Como le coja aquí... Monina, perdido ya el miedo y sustituido por el descaro, tiraba de la barba a León. -¡Eh, eh!... que duele, señorita. -Lice Tachana -tartamudeó Monina-, lice Tachana. -¿Qué dice Tachana? -Que tú e mi papá. -No -dijo León mirando a Tachana, que se comía una mano-. Yo no soy su papá... Quítate la mano de la boca y contéstame. ¿Por qué dices que yo soy su papá? Lentamente y muy por lo bajo repuso Tachana: -Poque lo dició mi mamá. Monina, cuyo carácter era en extremo jovial, y que cuando cogía un tema no lo dejaba hasta marcar con él a Cristo Padre, prorrumpió en risas, y batiendo palmas y agitando los pies como si también con los pies quisiera expresar su pensamiento, repitió unas veinticinco o treinta veces: [115] -Que tú e mi papá..., que tú e mi papá. Facunda se retiraba gruñendo: -Eso bien claro se ve. No necesito yo que la nena me lo cuente. -Señora Facunda -dijo León-. Al aya, que puede retirarse. Monina y Tachana se quedan aquí. Yo las llevaré a Suertebella. [116] - IX - La crisis Una hora después, Monina y Tachana jugaban en la alfombra con cucuruchos y gallos de papel que León les había hecho, y éste ponía orden en la mesa, apartando lo que pudo salvarse de la invasión. El ruido de la puerta hízole alzar la vista, y vio delante de sí a su suegro, el señor marqués de Tellería. Parecía envejecido, y su cara, más rugosa y amojamada que de ordinario, anunciaba una perturbación nerviosa, o tal vez la ausencia de algún menjurje con que acostumbraba rejuvenecerse. Como lamparillas que por falta de aceite pestañean, esforzándose en arder con humeante llama, así brillaban sus mustios ojos, revelando lágrimas o insomnio. Su vestir únicamente no había variado nada, y era siempre correcto y pulcro: pero su voz, antes tan resuelta [117] como la de todo aquel que cree decir cosas de sustancia, era ya tímida, sofocada, hiposa, mendicante. León sintió en grado máximo lo que siempre había sentido por su suegro: lástima. Le señaló un sillón. -Tengo calentura -dijo el marqués alargando la mano para que León le tomara el pulso-. Hace tres noches que no duermo nada, y anoche... creí morir de susto y vergüenza. León pidió informes para juzgar las causas de tanta desventura y del no dormir. -Te lo contaré todo. Para ti no puede haber secretos -dijo Tellería dando un gran suspiro-. A pesar de lo que ha pasado con María y que deploro con toda mi alma... ¡Oh!, todavía espero reconciliaros... pues a pesar de eso, siempre seras para mí un hijo querido. Tanta melifluidad puso en guardia a León. -¡Ah!, nos pasan cosas horribles... Se te erizarán los cabellos cuando te cuente, querido hijo... Pero ¿no es verdad que tengo calentura? Mi temperamento delicado y nervioso no resiste a estas emociones. ¡Ojalá no conozcas nunca en tu casa lo que ha pasado estos días en la de tus padres! He venido a contártelo, y ya ves, no sé como empezar, tengo miedo, no me atrevo. -Yo lo comprendo bien -dijo León, deseando [118] poner fin al largo preámbulo telleriano-. Ha llegado el momento en que el sistema de trampa adelante se ha hecho insostenible. Todo acaba en el mundo, hasta la mentirosa comedia de los que viven gastando lo que no tienen; llega un día en que los acreedores se cansan, en que los industriales diariamente engañados, los tapiceros, los sastres, los abastecedores al por menor ponen el grito en el cielo, y ya no piden, sino que toman; ya no murmuran, sino que vociferan. -Sí, sí -dijo el marqués cerrando los ojos-, ése día ha llegado. No se quiso hacer caso de mis saludables consejos, y ahí tienes la catástrofe, catástrofe horrible, cuyas consecuencias no puedes figurarte por más que tu imaginación... En una palabra, querido hijo: el embargo está pendiente sobre nuestras cabezas... No siento yo que se lleven los cachivaches que hay en la casa y que Milagros ha ido tomando de las tiendas sin pagarlos; lo que siento es el escándalo. Anteayer, un tendero de comestibles que ha ido a casa unas doscientas veces, armó en la escalera el jaleo de los jaleos. Yo oí desde mi despacho sus horribles denuestos; salí furioso; pero él había bajado ya y continuaba su arenga en medio de la calle. Ayer el dueño del coche se ha negado a servirnos, y no es esto lo [119] peor, sino que me envió una carta insolente... Te la voy a enseñar... -No, no es preciso -dijo León deteniendo la mano trémula del marqués, que rebuscaba en los bolsillos-. Ya supongo lo que dirá ese mártir. -Ayer me citó el juez... Esos impíos tenderos, leñeros, alfombristas, tapiceros y mercachifles de todas clases, han presentado lo menos veinticinco demandas contra mí... ¡Qué horrible es referir estas miserias! Parece que me arden en la boca las palabras con que te lo cuento, y el sonrojo me quema la cara. Dime, ¿no tienes compasión de mí? -Mucha -replicó León, realmente lleno de lástima. -No me defiendo, no -dijo el marqués con voz melodramática y cerrando los ojos-. Ya se han agotado todos los recursos y se han cerrado todas las puertas. En alhajas no queda ya nada, ni las papeletas del Monte. Un prestamista a quien me dirigí ayer, el único en quien tenía alguna esperanza, porque con los demás no hay que contar ya, me recibió ásperamente, díjome palabras que no quiero recordar, y me despidió de su casa. ¡Oh! ¡Qué horribles confidencias, León! No sé cómo tengo valor para hacértelas; estoy revolviendo este muladar de miseria y deshonor en que [120] he caído y me parece mentira que sea yo, Agustín Luciano de Sudre, marqués de Tellería, hijo del mejor caballero que vio Extremadura y heredero de un nombre que atravesó siglos y siglos rodeado de respeto. -Es verdad -dijo León con severidad-, parece mentira, y más inverosímil aún es que habiendo sido sacado usted otras veces por manos generosas de ese muladar de vergüenza y miseria, se haya arrojado de nuevo en él. -Tienes razón... he sido débil; pero yo solo no tengo la culpa -dijo el marqués, humillado como un escolar-. Mis hijos, mi mujer, me han empujado para que caiga más pronto. Y si te contara lo más negro, lo más deshonroso... ¡Ah!, León de mi alma, necesito contártelo, aunque estas cosas son de las que sólo se dicen a la almohada sobre que dormimos y aun diciéndoselo a la almohada se ruboriza uno. A ti no se te puede ocultar nada. Pero es tan duro decir... Todo lo que hay en mí de esta hidalguía castellana heredada de mis padres se subleva en mi alma y siento como si una mano me tapara la boca. -Si no es absolutamente preciso para el objeto de su visita, puede usted callarlo. Te lo he de decir, aunque me amarga mucho. Ya sabes que Gustavo tiene relaciones [121] con la marquesa de San Salomó, relaciones que no quiero calificar. Pues bien, Gustavo... No creo que la idea partiera de Gustavo, creo más bien en sugestiones y astucia