Benito Pérez Galdós La familia de León Roch. Tercera parte *************** Índice La familia de León Roch Parte tercera - I - Vuelve en sí - II - ¿Se morirá? - III - León Roch hace una visita que le parece mentira - IV - Despedida - V - A almorzar - VI - El clérigo miente y el gallo canta - VII - Fuegos parabólicos - VIII - Sorbete, jamón, cigarros, pajarete - IX - También yo despeino - X - Latet anguis - XI - Excesos del apostolado - XII - La verdad - XIII - La batalla - XIV - Vulnerant omnes, ultima necat - XV - La sala Increíble - XVI - Los imposibles - XVII - Visitas de duelo - XVIII - El cónyuge inocente - XIX - Tres por dos - XX - Final - XXI - Del marqués de Fúcar al marqués de Onésimo ************ [5] - I - Vuelve en sí Solo y sin calma estaba León Roch junto al lecho en que había sido convenientemente acostada su mujer. Fijos los ojos en María, observaba cuanto en la mudable fisonomía de ésta pudiera ser síntoma del mal, anuncio de mejoría o señal de recrudescencia. A ratos desviaba de la enferma su atención para traerla sobre sí mismo, mirando la situación penosísima en que le habían puesto sucesos y personas. ¿Cómo no pudo evitarlo? ¿Cómo no tuvo previsión para impedir llegase por tan diabólicos caminos aquella conjunción de los dos [6] círculos de su vida, cada cual sirviendo de órbita al giro de contrapuestos sentimientos? Al formular estas preguntas pareciole que un reír burlón estallaba en el fondo de su alma, repitiendo en caricatura aquellos propósitos suyos, contemporáneos de su noviazgo y casamiento. Los que hayan conocido al hijo del señor Pepe Roch en los días correspondientes al principio de esta verídica historia recordarán que tenía planes magníficos, entre ellos el de dar al propio pensamiento la misión de informar la vida, haciéndose dueño absoluto de ésta y sometiéndola a la tiranía de la idea. Pero los hombres que sueñan con esta victoria grandiosa no cuentan con la fuerza de lo que podríamos llamar el hado social, un poder enorme y avasallador, compuesto de las creencias propias y ajenas, de las durísimas terquedades colectivas o personales, de los errores, de la virtud misma, de mil cosas que al propio tiempo exigen vituperio y respeto, y finalmente, de las leyes y costumbres con cuya arrogante estabilidad no es lícito ni posible las más de las veces emprender una lucha a brazo partido. León se compadecía y a ratos se reía de sí mismo, diciendo: "Es verdaderamente absurdo que la piedra se empeñe en dar movimiento a la honda". Pensando estas y otras cosas, no cesaba de [7] atender a la enfermedad de su mujer con solicitud. María Egipcíaca había vuelto de su estado comático varias veces durante el día, pero su mente seguía turbada; no conocía a persona alguna, ni acertaba a formular una frase con sentido. Quejándose de un dolor inmenso sin poder determinar en qué sitio o entraña de su cuerpo estaba, quería lanzarse del lecho. Fue preciso emplear bastante fuerza para impedirlo. Por la noche su inquietud cesó, aunque no la fiebre. El médico pudo observar cierta tendencia a la regularidad en las pulsaciones. En su sueño decía no pocas palabras claras y precisas, indicando cierta coherencia en las visiones y, por último, oprimió las manos contra su pecho y dijo en un grito: -¡No, a ése no, a ése no: es mío! Después abrió los ojos, y revolviéndolos, miró a las paredes, al techo, a la cama, a los muebles, cual si a todas aquellas partes pidiese noticias del lugar donde se encontraba. Su hermosa mirada sin extravío revelaba ya un pensamiento sereno, que volvía, no sin cansancio, al carril de la cordura. Vio a un hombre junto al lecho, atento, vigilante, y al conocerle, los ojos de la enferma expresaron un sentimiento dulce. -¿Tú? -dijo sonriendo. León se acercó, inclinándose hacia ella. [8] Cuando metía la mano entre las sábanas para buscar las de ella y tomarle el pulso, María se apoderó del brazo de su marido, y estrujándolo sobre su seno, dijo con un gemido: -¡Ay!, ¡qué gusto saber que era sueño lo que vi! Te habían pinchado en unos... así como grandes tenedores, y te iban a meter en un horno lleno de fuego. Yo me moría de pena... Sentí una opresión..., grité... El espíritu de la infeliz esposa, después de agitarse en horrendos desvaríos sin determinación y de ser arrastrado en torbellino de visiones, que por tener todos los colores y las formas todas, casi no tenían ni forma ni color, había caído en unas profundidades pavorosas, donde no había nada, a no ser la idea pura de lo cóncavo, de lo oscuro, y el asombro de tanta hondura y oscuridad. Pero al sentirse en el término de aquel bajar rápido y creciente como el de la piedra lanzada al abismo, vio con claridad pasmosa. Aquello era el Infierno. Bien se comprenderá que la mística dama no podía ver aquel lugar temido y sus horribles habitantes tales y como los había imaginado en la vida real, guiándose por descripciones escritas y por ingeniosas estampas. Pero como quiera que nuestras apreciaciones de lo sobrenatural se apoyan siempre en ideas corrientes y revisten forma semejante a las que [9] vemos aquí con nuestros propios ojos carnales, de tal modo que, según las edades, varía la concepción de lo eterno, a María Egipcíaca se le representaban las zahúrdas infernales como inmensos túneles de ferrocarril, o bien como el recinto de una fábrica de gas, llena de humo y pestilencia, o también cual negro taller de fundición y forja, donde mil máquinas gruñían entre resoplido de fuelles, machaquería de martillos y polvareda de ascuas y carbón. Los demonios, sin perder su histórica traza de hombrezuelos con pezuña y rabillo de innobles bestias, tenían no poca semejanza con maquinistas de ferrocarril o poceros de alcantarilla, con los manipulantes de la compañía del gas o los infelices jornaleros de minas carboníferas, con los cíclopes de Birmingham y Sheffield, y aun con otros industriales de menor importancia, aunque no de mayor limpieza. Todos estaban empapados en pringoso sudor, semejante a la infecta grasa de las máquinas. Era una gran cavidad formada del cruzamiento de infinitos túneles, galerías, chatas crujías de hierro, y por todo ello corría un hálito sofocante de hulla, azufre, gas de alumbrado y tufo de petróleo, que eran los olores más aborrecidos de nuestra simpática heroína. En aquel centro había un barullo, un estrépito, [10] un vértigo del cual la dama no habría podido dar adecuada definición sino diciendo que era como si mil trenes a gran velocidad convergieran en un punto y en él chocaran, haciéndose pedazos y desparramándose después coches y máquinas en todas direcciones para volver a reunirse. Las locomotoras eran en la mente de la delirante lo principal de la maquinaria del Infierno. Las veía pasar y correr volando con patas y alas de hierro untado de aceite hediondo, dando gruñidos y resoplidos, revolviendo sus rojas pupilas y expeliendo humo negro y aliento de vapor y chispas. Siendo del mismo tamaño de las que se ven en el mundo, allí parecían como un enjambre infinito de inmensas moscas, que zumbaban en un recinto infinitamente ancho y vaporoso. En los primeros meses de su matrimonio, María había hecho con León un viaje por Alemania. Entre otras cosas notables, visitaron la ya célebre fábrica metalúrgica de Krupp en Essen. Esta visita, que impresionó mucho a la dama, no se borró jamás de su memoria, y en aquella hora de alucinación, la imagen del colosal establecimiento tenía gran parte en la construcción fantástica del horrible presidio eterno a donde es llevado el hombre por sus culpas. Otros talleres que había visto en Barcelona [11] y en Francia prestaban algún elemento para rematar el horrible cuadro. Ella veía que algunos precitos eran puestos en el torno mecánico y torneados como cañones, o bien pasados por laminadores, de donde salían como tiras de papel. Llevados luego a los hornos de luz blanca, tornaban a su forma primera. Los propagadores de ciertas ideas muy bellacas eran sujetos entre cadenas, y puesta la cabeza sobre un yunque, el martillo pilón de cincuenta toneladas les machacaba los sesos. Era de ver cómo los diablillos menores, o sea, la granujería del Infierno, se entretenían en abrir agujeros con un berbiquí en el cráneo de algunos infelices, para introducirles con embudillo y cuchara un metal derretido, producto de un gran guisote de libros puestos al fuego en barrigudo perol negro, lleno de ideas heréticas. A otros, que habían hablado mal de cosas sagradas, les estiraban la lengua unas diablas muy feas, y juntándolas todas, es decir, centenares o millares de lenguas, las ponían al torno para torcerlas y hacer una soga, que luego colgaban de la bóveda, de tal suerte que los discursistas parecían manojos de chorizos puestos al humo. En otros se ejercía un peregrino tormento que casi parece incomprensible en nuestro mundo terrenal, a pesar de que está lleno de telares, y es que tejían unos [12] con otros a los condenados, enlazando piernas con brazos y brazos con cabezas, para formar una cuerda o ristra, la cual se entretejía con otra hasta formar una gran tela de dolor y lamentos. Esta tela se sometía a una especie de torno, donde se la estiraba hasta que su tamaño crecía desde kilómetros a leguas, y crujían huesos, como si por sobre un infinito montón de nueces corriesen infinitos caballos, y se desgarraban las carnes entre alaridos. Arrojado después todo al fuego, volvían los individuos a su forma primera, y de su forma prístina a la repetición del mismo entretenido tormento. Todo esto lo vio María con indecible espanto. Ella estaba allí y no estaba; no podía gritar, ni tampoco respiraba. Pero llegó un momento en que el dolor se sobrepuso al pánico. Entre los muchos condenados por imperdonables picardías, vio a uno que parecía tener grandes merecimientos pecaminosos según lo mucho que le atendían los incansables y feísimos diablos y aun las asquerosas diablesas. Era León. María vio cómo se apoderaban de él, cómo le estrujaban entre las horribles manos pringosas, cómo le revolvían en cazuelas hirvientes, sacándole con espumadera y metiéndole con cuchara. Por último, le pincharon con un tridente y le acercaron a la boca de un horno [13] cuyo fuego era tal que el fuego de nuestro mundo parecería hielo al lado suyo. Entonces María sacó de su pecho un grito, alargó el brazo, la mano..., brazo y mano que tenía una lengua... Sus dedos se quemaban cercanos al horno... -¡No, no; a ése no..., es mío! Aquí tuvo fin la visión. Desapareció como los renglones del libro que se cierra de un golpe. Pero la idea quedaba. [14] - II - ¿Se morirá? María se vio en una habitación grande y desnuda. Su esposo estaba allí delante de ella entero y vivito. Ella desconocía el lugar, pero se sentía bien acompañada. -¿Qué casa es ésta? -preguntó... -La mía... Tranquilízate..., estoy aquí; ¿no me ves? María seguía recorriendo con sus ojos las paredes y el elevado techo. -¡Qué cuarto tan triste! -murmuró, dando un suspiro-. Y yo..., ¿he venido aquí? Se calló, reconcentrada en sí, escudriñando en sus turbios recuerdos. Aquella mañana, después del suceso que bien puede llamarse catástrofe, León había tratado con el marqués de Fúcar y con Moreno Rubio del mejor modo de llevarse a su mujer a Madrid. [15] Don Pedro encontró peligrosa la idea, y el médico se opuso resueltamente a ella, diciendo que en el estado de la enferma, la traslación, aun hecha con todas las precauciones posibles, podría ser causa de un desenlace tan rápido como funesto. Muy contrariado estaba León con esto, y casi se hubiera atrevido a poner en ejecución su pensamiento, si Moreno Rubio no le amenazara con retirarse, declinando toda responsabilidad. No pudiendo sacar del palacio de Suertebella a quien por ningún motivo debía estar en él, juzgó que convenía desfigurar el aposento, y con permiso del generoso dueño quitó los cuadros, objetos de arte, porcelanas y baratijas que en él había. De este modo la habitación, que era de las menos lujosas y no tenía tapicerías, sino papel del más común, parecía modesta. -Sí; viniste aquí -le dijo el marido, tocándole la frente-. Te has puesto un poco mala; pero eso pasará: no es nada. -¡Ah! -dijo María, herida de súbito por un recuerdo doloroso-. Me trajeron mis celos, tu infidelidad... Pero ¿es ésta aquella casa...? -Es mi alcoba. -Estas paredes, este techo tan alto... ¿Por qué no me has llevado al instante a nuestra casa? -Iremos cuando te repongas un poco. [16] -¿Qué me ha pasado? -Una desazón que no traerá consecuencias. -¡Ah!, sí; ya recuerdo..., te has portado infamemente conmigo... ¿Qué te dije yo? ¿Te dije que te perdonaba? Si no te lo dije, ¿es que lo he soñado yo? -Sí, me perdonaste -le dijo León por tranquilizarla. -Tú me prometiste no querer a otra, me juraste quererme, y para que lo creyera me diste pruebas de ello. ¿Esto es verdad o lo he soñado yo? -Es verdad. -Y también me dijiste que estás resuelto a abjurar de tus errores y a creer lo que creo yo. ¿Es también sueño esto? -No, es realidad. Haz por serenarte. -Y luego nos reconciliamos... ¿No ha pasado así? -En efecto. -Y volvimos a querernos como en los primeros días de casados. -También. -Y me probaste que era mentira lo de tus relaciones con... María se detuvo, mirando con fijeza a su esposo. -No vuelvas sobre lo pasado -le dijo éste con bondad-. Es preciso que hagamos un esfuerzo [17] para devolverte la salud. Tú debes ayudarnos, María. -Ayudaros, ¿a qué? -A salvarte. -¿Pues qué, no he de salvarme yo?... ¡Dios mío, he pecado!... Y demostró un dolor muy hondo. -Me refiero a tu vida, a tu salud corporal, que está amenazada. -¡Oh!... No estimo yo la salud del cuerpo, sino la del alma, que veo en peligro... Hace poco, no sé cuándo, creí que me había muerto. Ahora viva estoy; pero sospecho que he de morir pronto... ¡Estoy en pecado mortal! -Lo has soñado, hija, lo has soñado. Tranquilizate, no temas nada. -¡Estoy en pecado mortal! -repitió María, llevándose las manos a la cabeza-. Dime, ¿es también sueño lo que me dijiste...? -¿Yo? -¿Que no me querías? -¿Pues qué podía ser sino sueño? María le echó los brazos al cuello y atrajo suavemente hacia su rostro el de su marido. -Dímelo otra vez para que se me quite el amargor que me dejó aquel mal sueño. Los esposos hablaron un instante en voz baja. -Dame una prueba de tu cariño -le dijo [18] María-. Pues estamos lejos de Madrid, pues no debo salir de tu casa en algunos días, hazme el favor de avisar al padre Paoletti. Quiero hablar con él. -Yo mismo le traeré. -¿Tú mismo? -¿Por qué no? Nada que te agrade puede serme molesto. A la sazón entró el médico. León había creído prudente confiarle algunos de sus secretos, pues siendo la dolencia de María motivada por causas morales, convenía suministrar a la ciencia datos de aquel orden delicado. Moreno Rubio y León Roch estaban unidos por una amistad sincera, fundada en la bondad del carácter de ambos, y principalmente en la concordancia de sus opiniones científicas. Aquella mañana, cuando León hizo a su amigo las revelaciones que eran indispensables para un acertado diagnóstico, sostuvieron un interesante diálogo, del cual mencionaremos lo más sustancial. -De modo que usted no quiere a su mujer ni poco ni mucho -dijo Moreno Rubio, que tenía el don de expresar los temas con grandísima claridad. -La mentira me ha sido siempre muy odiosa -replicó León-. Por tanto, declaro que María no me inspira ninguna clase de cariño. [19] Dos sentimientos guarda aún mi alma hacia ella, y son: una lástima profunda y un poco de respeto. -Perfectamente. Esos dos sentimientos no bastan a hacer un buen marido; pero hay en su alma otros que pueden hacer de usted, y lo harán de seguro, un hombre benéfico... Respuesta al canto: ¿usted desea que viva su mujer? León se agitó como el que recibe un ultraje. -Me ofende usted preguntándomelo. La misma zozobra en que se halla mi conciencia me impele a desear que María no muera. -Bien, muy bien. Pues si usted quiere que María no muera -dijo Moreno, poniéndole la mano en el hombro-, es preciso calmar en ella la irritación producida por los celos, harto fundados, por desgracia; es preciso que su espíritu, terriblemente desconcertado, vuelva a su normal asiento. Cada vida tiene su ritmo, con el cual marcha ordenada, pacíficamente. Un trastorno brusco y radical de ese ritmo puede ocasionar males muy graves y la pérdida de la misma vida. El ejemplo le tenemos muy cerca. Apresurémonos, pues, a devolver a ese organismo tan pronto y tan hábilmente como sea posible el compás que ha perdido, y triunfaremos de la espantosa revolución [20] del sistema nervioso que afecta y destroza la región cerebral. Es urgente que desaparezcan los celos en la medida posible, para que, entrando los sentimientos de la enferma en un período de calma, recobre toda la máquina su saludable marcha. Es preciso que las escenas que originaron su mal se borren de su mente. Si vive, tiempo hay de que sepa la verdad. Es necesario que no se reproduzcan ni la cólera ni el despecho, haciéndole creer que no ha pasado nada; y, sobre todo, amigo mío, es urgentísimo tratarla como a los niños enfermos, dándole todo lo que pida y satisfaciendo todos sus caprichos, siempre que éstos pertenezcan al orden de los entretenimientos. Su mujer de usted, bien lo conozco, pedirá amor y devoción: en ninguno de estos apetitos hay que ponerle tasa. Después de este sustancioso discurso, León indicó otra vez la necesidad apremiante de sacarla de Suertebella, a lo que se opuso decididamente Moreno por las razones antes indicadas. Desechado el plan de traslación por homicida (ésta era la expresión del médico), ambos determinaron desfigurar la estancia, traer de Madrid los criados que rodeaban constantemente a María, y otras cosas secundarias y menudas, pero indispensables para el [21] buen propósito de León Roch. Antes de separarse, éste dijo a su amigo: -Hábleme usted con franqueza: ¿Se morirá mi mujer? -No puedo decir nada aún. Es muy posible que así suceda. Déjeme usted que determine bien la especie de fiebre con que tenemos que luchar. Aquella noche, cuando María volvió a su natural ser, después de pasearse con la fantasía por los infiernos, llenos de horribles máquinas y diablos fabricantes, entró Moreno a verla, como hemos expuesto. -¡Hola, hola! -dijo riendo al observar que marido y mujer se miraban muy de cerca-. ¿Estamos como tórtolos? ¿Qué tal, mi querida amiga?... El pulso no va mal... Debemos procurar un reposo completo del cuerpo y del alma. María frunció el ceño mirando a su marido. -No, no ponga usted mala cara a este hombre querido, que está enamorado de su mujer como un novio de primavera. Me consta... Dentro de unos días saldrán ustedes por ahí a coger lilas y a mirar las mariposas... Una mujer discreta no debe hacer caso de hablillas malignas. Cabeza llena de dicharachos de la envidia, ¿que hará sino desvariar? Ahora, [22] querida amiga, vamos a entrar en un período razonable, vamos a celebrar unas paces duraderas, vamos a querernos mucho... Lo digo por ustedes... En fin..., veamos esa lengüecita... Después preparó por sí mismo algunas medicinas. León y Rafaela le ayudaban. Mientras esto ocurría junto a la enferma, el marqués de Fúcar, dando de la mano por un momento al grandioso asunto del empréstito, ya casi ultimado, se llegaba a su querida hija y muy seriamente le decía: -Los pronósticos de Moreno son muy tristes. Creo que tendremos en casa una lamentable desgracia. Pero no hay que desesperar. La ciencia puede hacer mucho todavía, y Dios más aún. A nosotros nos corresponde auxiliar a la ciencia en la medida de nuestro escaso poder e implorar el auxilio de la Providencia. Alzando del suelo sus ojos llenos de turbación, Pepa mostró al marqués su rostro, que parecía un rostro de cera. Como quien se aprieta la herida para que arroje más sangre, echó de sí esta pregunta. -¿Se morirá? -De esto te hablaba y no me has oído -dijo don Pedro, que también tenía en aquel día su sangrienta herida-. Nuestro deber es hacer todo lo posible para demostrar a esos infelices [23] huéspedes la parte que tomamos en su desgracia. Conduzcámonos como corresponde a nuestro nombre y a esta casa. ¿Conviene que demostremos con un acto religioso nuestro sincero anhelo de ver fuera de peligro a María Egipcíaca? Pues hagámoslo con esplendor y magnificencia. Tenemos aquí una capilla que me ha costado al pie de ochenta mil duros, y que hubiera costado menos cuando los artistas valían más y no tenían tantas pretensiones. Pues bien: es preciso celebrar mañana una misa solemne de rogativa y que asista toda la servidumbre de Suertebella, presidida por ti. Te autorizo para que me gastes en cera lo que se te antoje. Que venga mañana a decir la misa ese bendito cura de Polvoranca, y si quieres traer más curas, vengan todos los que se puedan haber a mano. Dijo y retirose dando un gran suspiro. Él, que también guardaba un pesar hondo en su alma, ¿quería implorar del Cielo favor y misericordia para sí? No sabemos todavía cuáles eran las cuitas que tan de improviso habían cambiado la jovial sonrisa del marqués de Fúcar en mohín de displicencia. El empréstito, lejos de navegar mal, arribaría en aquel mismo día al puerto de la realización, después de surcar con buen viento el piélago turbio de nuestra Hacienda, y era seguro que entre Fúcar, [24] Soligny y otros pájaros gordos de Francfort, Amsterdam y la City se tragarían un puñado de millones por intereses, corretaje y comisión. Entonces, ¿qué...? La capilla de Suertebella era un hermoso monumento construido en un ángulo del palacio, alto de cimbra, grueso de paredes, brillante cual si le hubieran dado charol, con mucho yeso imitando mármoles y pórfidos de diferentes colores, oro de purpurina y panes, que hacía el efecto de una pródiga distribución de botones y entorchados de librea por las impostas, entablamentos y pechinas de aquella arquitectura greco-chino-romana, con muecas góticas y visajes del estilo neoclásico de Munich que nuestros arquitectos emplean en los portales de las casas y en los panteones de los cementerios. El imitado jaspe, el oro, los colorines, parecían moverse circulando en el agua de su redoma. Por el techo corrían ángeles honestos que antes fueron gentílicas ninfas en el taller del escultor, y en las pinturas de los tímpanos había virtudes teologales que habían sido livianas musas. Todo tenía el deslumbrante lustre que [25] la albañilería moderna da a nuestras alcobas, y que en éstas cuadra a maravilla. Ningún atributo ni alegoría cristiana se les quedó en la paleta, o en el molde de escayola, a los artistas encargados de decorar aquella gran pieza. Más adelante conoceremos a un chusco que, al decir de la gente, se entretuvo cierto día en dar una explicación humorística y a todas luces irreverente de las figuras que hermoseaban la capilla. Tal matrona de vendados ojos, con un cáliz en la mano, era España, quien los hacendistas habían puesto de aquella manera para que apurase sin protesta la amargura de su ruina; aquella otra que tenía un ancla y volvía los desconsolados ojos al cielo, representaba el abatido Comercio, y la que hacía caricias a unos niños era la Beneficencia, símbolo hermoso del interés que a los Fúcares merecen la propiedad y la industria, y de la tierna solicitud con que las conducen por el fácil camino de los hospicios. Los doctores, en número de cuatro y representados en actitud de escribir gravemente con el aquilífero pincel, que reza fray Gerundio, eran la Prensa, siempre dispuesta a elogiar a los grandes empresarios, que antes de hacer de las suyas se amparan de las volubles plumas. Aquel barquichuelo que naufragaba en las aguas de Tiberíades era la nave del Estado, [26] donde los oradores y articulistas hacen tantas travesías: los multiplicados panes eran copia gráfica de la entrega y recepción de algunos artículos de contrata; y, por último, las atónitas sibilas que no hacían nada, como quien está en Babia, eran la Administración pública. El sacrílego intérprete de estos símbolos y pinturas bíblicas daba versiones muy atroces de los letreros que corrían por frisos y arquitrabes para edificación de los creyentes, y leía: "Yo soy Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi casa. Dadme a mí lo que es del César y lo que es de Dios". Por este estilo profano lo explicaba y traducía todo. La capilla, admitido con indulgencia el gusto moderno en construcciones religiosas, era bonita. Su suelo estaba al nivel de la planta baja y tenía puerta al jardín, por donde entraba el Pueblo; su techumbre sobresalía del tejado del palacio, ostentando su poco de torre con campanas. Habíanla dedicado a San Luis Gonzaga, cuya imagen, bien esculpida, ocupaba el altar mayor bajo la gran escena del Calvario. Hízose la piadosa ceremonia tal y como don Pedro la había dispuesto. No bien despuntara el día, fueron encendidas sobre el altar grande, así como sobre los pequeños, cantidad de finísimas velas; y mil y mil flores olorosas, [27] aprisionadas en elegantes búcaros, tributaban a la idea religiosa la doble ofrenda de su belleza y de su fragancia. Luces y aromas disponían al fervor, hiriendo los sentidos con fuerte estímulo, y llevando el alma a una región de dulce embeleso, donde le era fácil orar y sentir. La servidumbre toda asistía, desde el administrador hasta el último marmitón de las cocinas, desde el jardinero mayor hasta el último groom o mozo de caballos. Decía la misa el cura de Polvoranca, humildísimo varón protegido de la casa, viejo, un poco ridículo en apariencia, por reunir a la fealdad más acrisolada ciertas excentricidades y manías que, a más de perjudicarle mucho en su carrera eclesiástica, le dieron cierta celebridad en todo aquel país. Gozaba en Suertebella de una mezquina renta que Don Pedro le señaló por celebrar el divino oficio los domingos para edificación de las mujeres y de la servidumbre, y por confesar una vez al año a todos los criados, costumbre piadosa que el prócer millonario mantenía en su casa, atento a evitar de este modo muchas trapisondas y latrocinios. En la tribuna que los señores de Suertebella tenían en su capilla al nivel de las habitaciones del palacio, oyó [28] la misa de rogativa Pepa Fúcar, juntamente con sus doncellas, el aya y Monina, quien no comprendiendo la razón de tanto recogimiento y mutismo estuvo a punto de alzar la voz y dar un grito en lo más solemne del oficio santo. Sabe Dios las cosas que se habrían oído si el aya no la contuviera, ya tapándole la boca, ya amenazándola con que el Señor le iba a quitar la lengua. Esto hizo efecto y Monina tuvo paciencia hasta el fin. Pepa Fúcar estaba de rodillas en su reclinatorio, junto al antepecho de la tribuna. ¿Quién podrá saber lo que pensaba durante aquella hora patética, ni lo que a Dios pedía su alma afligida? La misa de rogativa llegó a su fin. Salieron todos, y Pepa se quedó en su puesto, observando la actitud recogida que había tomado desde el principio. Apoyada la frente sobre el reclinatorio, medio oculta la cara entre las cruzadas manos, no se le había sentido voz ni suspiro. Cuando alzó el rostro para levantarse, miró al altar un rato sin expresar sentimiento alguno que pueda definirse. Quedaba el reclinatorio como si en él se hubiera derramado un vaso de agua. La señora dejó la capilla para dirigirse a sus habitaciones. Iba taciturna, los ojos enrojecidos, la boca ligeramente entreabierta, como la de quien necesita respirar [29] mucho y fuerte para no ahogarse. En la puerta de su cuarto encontró al marqués de Fúcar. Advirtamos que el grave don Pedro, si no había asistido corpóreamente a la misa, había dejado ver su cara por cierto ventanuco que se abría en la Galería de la Risa y daba a la capilla, en la pared lateral de ésta y en el sitio mismo donde estaba pintado San Lucas, el evangélico toro, según reza el de Campazas. Desde allí observó Fúcar la puntual asistencia de sus criados, sin que faltase ninguno, y admiró la magnificencia de la cathedrale pour rire (según el chusco mencionado), y según el dueño, monísima basílica, toda llena de carácter, pues no podía negarse esta cualidad artística a las decoraciones cristianas que había pintado el gran escenógrafo de los teatros de Madrid. Pero hay motivos para pensar que el espíritu del buen marqués pasó de este orden de consideraciones a otro más elevado. Él estaba apenadísimo aquel día, y sin duda cuando asomó su impotente rostro por el ventanillo, de tal modo que bien pudo confundirse con el de un evangelista o doctor, tuvo en su mente ideas de oración y pidió algo al Autor de todas las cosas. Pero éstas son hipótesis que no tienen valor real, y que sólo se exponen aquí para llenar el vacío que deja la falta absoluta de datos. [30] Lo que sí no tiene duda es que al encontrar a su hija la detuvo diciéndole: -Ya sé que han asistido todos. -¿Y cómo está hoy?... ¿Se sabe algo? -preguntó Pepa con tan poca voz que parecía haber consumido ella misma, por abrasadora sed de sus pulmones, la atmósfera en que respiraba. -Hay esperanza, hija mía. Esa desgraciada pasó bien la noche y está mejor, según ha dicho Moreno. -De modo que vivirá... -Es muy posible -dijo don Pedro, demostrando con la indiferencia de la frase que pensaba en otro asunto-. Ciertamente, hija, parece que Dios quiere echar sobre nosotros todas las calamidades. Diciendo esto, el pobre señor no pudo dominar su emoción. Abrió los brazos para recibir a su hija, que se arrojaba en ellos, y con voz ahogada exclamó: -Hija de mi corazón, perla mía; ¡qué desgraciada eres! Pepa derramó sobre el pecho de su padre las lágrimas que le sobraron de la misa. Después, don Pedro, reponiéndose de su emoción, dijo: -Pero no exageremos... Todavía no hay nada seguro... Mañana... [31] Pepa entró en su habitación y el marqués se fue a la suya, donde examinó por vigésima vez diversas cartas y telegramas que el día anterior habían hecho hondísima impresión en su ánimo, casi siempre sereno y claro como el sol y el ambiente de primavera. [32] - III - León Roch hace una visita que le parece mentira Consecuente con su natural generoso, y deseando cumplir cuanto antes la promesa que a su mujer había hecho, León fue a Madrid y al mismo San Prudencio en busca del padre Paoletti. Cosa inverosímil en verdad era que él pusiese su planta en aquellos lugares, y así, cuando el fámulo le rogó que esperase en la desnuda y pobre sala destinada a locutorio, tuvo tiempo de echar sobre ésta y sobre sí mismo incrédula mirada, sacando en consecuencia que una de las dos cosas, o él o la sala, eran pura ilusión de la fantasía. Muy necio o muy soberbio es el hombre que se hace juramento de no traspasar jamás el umbral de ésta o la otra puerta, sin prever que el rápido giro de la vida trae las puertas [33] a nosotros, las abre y nos mete por ellas, sin que nos ocupemos de evitarlo. León no pudo entregarse por mucho tiempo a estas reflexiones, porque apareció ante él un clérigo pequeño, pequeñísimo, de mediana edad, blanco y un sí es no es pueril de rostro, de ojos grandes, vivos y tan investigadores, que no parecía sino que su cara toda era ojos. Con lo exiguo de su cuerpo contrastaba la gravedad de su paso, largo y cadencioso, golpeando duro sobre el suelo, como resultaría del constante uso de zapatos de plomo. Saludó Paoletti a su visitante con exquisita urbanidad, y León, que no estaba para fórmulas, expuso en breves palabras el objeto de su presencia en aquella casa. Paoletti, sentado con cierta tiesura de creyente humilde frente al fatigado ateo, le oía con benevolencia confesional, bajos los ojos, enlazados los dedos de ambas manos y volteando los pulgares uno sobre otro. Debe advertirse que las manos del padre eran finísimas y pulcras como las de una señorita. -Vamos allá -dijo alzando los ojos y parando el molinete de los dedos pulgares-. Yo tenía noticia de su viaje a Carabanchel, de su desazón; pero no sabía que estuviese grave ni que la hubieran llevado a Suertebella..., ¿al mismo palacio de Suertebella? [34] -Al mismo -dijo León sombríamente. -Supongo -indicó Paoletti refinadamente- que la hija del señor marqués de Fúcar se habrá trasladado a Madrid con su preciosa niña. -Lo hará hoy. -¿Y usted? -No pienso separarme de María mientras continúe enferma. -Me parece muy bien, caballero -dijo el italiano agraciando a León con un golpecito en la mano-. Sin embargo, la situación de usted con respecto a esa bendita mártir es muy singular y poco agradable para entrambos. -Esa situación es tal -dijo León-, que he creído necesario venir yo mismo, con objeto de hacer a usted algunas revelaciones que sólo a mí me corresponden, y rogarle que me ayude. -¿Yo? -Sí..., que usted me ayude a conllevar la situación, y aun a salir de ella lo mejor posible. Paoletti frunció el ceño. Se había levantado para partir; mas volvió a sentarse, tornando a girar los pulgares uno sobre otro. -Ante todo -dijo en tono de quien acostumbra simplificar las cosas-, revéleme usted los pensamientos que le han traído aquí. Es [35] singularísimo que venga usted a confesarse conmigo, ¿no es verdad? Se sonreía con expresión de triunfo humorístico que hacía más daño a León Roch que una burla declarada. -A confesar con usted..., es cierto. -¡Oh!, no, señor mío -dijo Paoletti con cierta dulzura relamida que a la legua revelaba la casta italiana-. No confesará usted. ¡Ojalá lo hiciera! No me revelará usted su conciencia ni renegará usted de sus errores... No hará otra cosa que contarme lo que ya sé, lo que sabe todo el mundo... Y todo para que le ayude... Paoletti repitió las versiones de la tertulia de San Salomó. -En eso hay algo de verdad y mucho de calumnia -dijo León-. Es falso que Monina sea mi hija; es falso que yo tenga relaciones criminales con Pepa Fúcar; pero es cierto que la amo; es cierto que en mi corazón se ha extinguido todo cariño hacia mi pobre mujer, y en él no queda sino una estimación fría, un respeto ceremonioso a las virtudes que reconozco en ella. -¡Estimación, respeto! -dijo Paoletti-, ¡reconocimiento de virtudes!... Eso es algo, caballero. La grande y purísima alma de María Egipcíaca merece más, mucho más; pero si pudiéramos [36] contar con que esa estimación y ese respeto crecían y se purificaban... Paoletti volvió a acariciar con su mano de frío marfil el puño de León, y le dijo: -¿No podríamos intentar una reconciliación? -Es imposible, de todo punto imposible. Hace algún tiempo hubiera sido fácil... ¡Cuántos esfuerzos hice para llegar a esa deseada reconciliación!... Usted debe saberlo. Mirando al suelo, el hombre diminuto hizo signos afirmativos con la cabeza. -Usted lo sabe todo... -añadió León con sarcasmo-. El dueño de la conciencia de mi mujer, el gobernador de mi casa, el árbitro de mi matrimonio, el que ha tenido en su mano un vínculo sagrado para atarlo y desatarlo a su antojo; este hombre, a quien hoy veo por primera vez después de aquellos días en que iba a visitar al pobre Luis Gonzaga, muerto en mi casa; este hombre, que, a pesar de no tener conmigo trato alguno, ha dispuesto secretamente de mi corazón y de mi vida, como puede disponer un señor del esclavo comprado, no puede ignorar nada. -Ese lenguaje mundano y soberbiamente filosófico me es conocido también, caballero -dijo Paoletti, tomando un tono de reprensión evangélica-. Si quiere usted que entre [37] en ese terreno y le dé contestación cumplida, lo haré. -No... No he venido aquí a disputar. La tenebrosa batalla en que he sido vencido después de luchar con honor, con delicadeza, con habilidad y aun con furia, ha concluido ya. Mis juicios están formados hace tiempo y no pueden variar... La ocasión no es propia para cuestionar. Nos hallamos en presencia de un hecho terrible... -Que María se muere. Refirió León a Paoletti la visita de María Egipcíaca a su esposo y la escena que precedió al desmayo y enfermedad de la santa mujer. Después de una pausa, el padre dijo severamente: -Todo me indica que María le ama a usted, y que aquí el verdadero traidor al matrimonio, el culpable de hoy, es el mismo que lo fue ayer, el culpable de siempre; en una palabra: usted. No apruebo, sin conocerlo bien, el paso dado por mi ilustre penitente; pero ese paso, ese traspié, dado que lo sea, anuncia que aún conserva en su corazón y en su voluntad dulcísimos favores para quien ni uno ni otros merece. -Usted, que todo lo sabe, debe saber que mi mujer no me tiene amor, y si los que no entienden de sentimientos nobles y puros se [38] empeñan en dar aquel nombre a lo que no lo merece, yo me apresuro a constituirme en juez de los afectos de mi pobre mujer y a declarar que no me satisfacen, que los rechazo y los pongo fuera de juego en el problema de nuestra separación o de nuestras paces. Paoletti meditaba profundamente. -Entre los dos -añadió León- no existe ya ningún lazo moral. María y yo, estas dos personas, ella y yo, se me pintan en la imaginación como un discorde grupo representando la idea del divorcio. -Un grupo, una obra de arte -dijo Paoletti, deslizando en medio de la nube negra de su severidad, un relampaguillo de malicia. -Una obra de arte, sí..., que, como tal, no se ha creado por sí sola, sino que tiene autores. Mi mujer no me ama; creo que habría podido amarme, como yo deseaba, si las grandes imperfecciones de su carácter, en vez de disminuir, sometidas a mi autoridad y a mi cariño, no hubieran aumentado, sometidas a otras corrientes, y a otra autoridad. No me ama, ni yo la amo a ella tampoco. Por consiguiente, la reconciliación es imposible. -No dirá usted -manifestó Paoletti con severidad mezclada de tolerancia- que no le escucho con paciencia. -¿Paciencia? Más he tenido yo. [39] -Aunque uno no quiera, siempre tiene en sí algo de cristiano, caballero. Para concluir, señor de Roch, usted no ama a su mujer ni ella le ama a usted; usted no quiere reconciliarse con ella; usted la respeta y la estima... ¿Qué significa esto? O mejor dicho, ¿a qué ha venido usted aquí? -María me ha rogado que le lleve su confesor. Lejos de oponerme a esto, lo hago con gusto. -Pues vamos -dijo Paoletti levantándose. -Falta lo principal -dijo León, tocando la sotana del reverendo-. Fácilmente comprenderá usted, en su claro talento, que para avisarle no era menester que viniera yo mismo. He venido para decir a usted cosas que sólo yo puedo decirle. Considere ante todo que el estado moral es la parte verdaderamente delicada en la dolencia de María. -Sí. -Debo declarar que deseo su restablecimiento -dijo León con calmosa voz-. Pongo a Dios por testigo de esta afirmación: quiero absolutamente y sin ninguna clase de reserva que mi mujer viva. -Comprendo muy bien su propósito. Usted desea que se salve, es decir, que no muera. Usted desea que se calme su irritación nerviosa, para lo cual es preciso que no la turbe ningún pensamiento [40] de los que motivaron su trastorno. Es preciso que las ideas optimistas y lisonjeras desembrollen esta madeja enredada por el despecho y por la pasión no satisfecha; es preciso que la dirección espiritual proceda con cierto arte mundano, fomentando las ilusiones de la penitente y quitando de sus ojos la triste realidad; es preciso que el confesor sea médico, y médico de amor, que es lo más peregrino, y que aplaque los celos y fomente esperanzas y aprisione de este modo una vida que se escapa, que se escaparía sin remedio si persistieran en ella las causas morales que la han puesto en peligro. León admiraba la sagacidad del ilustre maestro de conciencias. -Pues bien -dijo Paoletti con energía-, yo haré en este particular todo lo que sea posible. Nada puedo afirmar sin conocer de antemano el estado espiritual de mi querida hija en Dios. -María está en Suertebella. -Sí. -Y es necesario que no comprenda que está allí. -Bueno..., pase -dijo Paoletti, mirando al suelo y soltando las palabras por un ángulo de la boca-. Es un engaño que puede disculparse. [41] -María persiste en mostrarme el especial cariño tardío que siente ahora por mí. -Tampoco veo culpa en esto. Puede admitirse, entendiendo que este cariño no está bien juzgado por usted. -María debe arrojar de sí, mientras continúe en ese estado febril, la idea de que amo a otra mujer. -Alto ahí -dijo Paoletti, extendiendo su blanca mano, como una pantalla de marfil-. Eso no pasa, caballero. He pasado por el ojo de la aguja hilos un poco gordos; pero el camello, señor mío, no cabe, no cabe. Lo que usted propone es una impostura. -Es caridad. -La verdad lo prohíbe. -Lo manda la salud. -Una exigencia física a la que no podemos dar valor excesivo. Mi ilustre amiga sabrá morir cristianamente, despreciando las menudas pasiones del mundo. -Nuestro deber es siempre y en todo caso impedir la muerte. -Siempre que podamos hacerlo sin comedias indignas. ¡Y a esa pobrecita mártir se la hará creer en la inocencia de su marido, cuando está albergada en la propia vivienda de su rival, de la amada de su esposo!... Doy por cierto, si usted quiere, que no habrá en la casa escenas [42] licenciosas, ni aun siquiera entrevistas; admito que no se dará el caso de que dos enamorados adúlteros se digan ternezas en una sala, mientras la infeliz esposa legítima agoniza en la inmediata. Pero, aun concediendo que habrá circunspección y decoro, la horrible verdad subsiste. Yo no se la diré si ella no quiere saberla; pero si me pregunta..., y preguntará, preguntará... -¡Sí! -exclamó de súbito León, impresionado por aquellas graves palabras-. Tal comedia es indigna de ella y de mí. La verdad me espanta, la ficción me repugna; pero aquélla es la muerte y ésta puede ser la vida... No irá usted conmigo a Suertebella. Llevaré un clérigo cualquiera, el cura de la parroquia, el capellán de la casa. Se marchaba ya y Paoletti le llamó con un cecé de reconciliación. -Al claro talento de usted -dijo, devolviendo un piropo recibido poco antes- no se ocultará que la asistencia de otro sacerdote no agradará a la pobre mártir tanto como la nuestra. Si usted no insistiera en intervenir en lo que no le importa, yo iría de buen grado a consolar a esa desgraciada. Hay más -añadió con un arranque sentimental-, no puedo ocultar a usted que lo ansío ardientemente. ¡Es tan buena, tan santa!... No sólo la admiro, [43] sino que la respeto, la venero como a un ser superior. -¿Y qué le dirá usted? -Lo que deba decirle -contestó Paoletti, clavando en León sus dos ojos, que parecían doscientos-. Es por demás extraño que quien declara haber roto moralmente el lazo matrimonial se ocupe tanto por la conciencia de su esposa. -No me ocupo de su conciencia, sino por su salud -dijo León, sintiéndose muy abatido. -¿No dice usted que no la ama ni es amado por ella? -Sí. -Entonces su cuerpo y sus mortales gracias podrán pertenecer a un hombre; su purísima conciencia, no. -Es verdad -dijo León, apurando el cáliz-. Su conciencia, yo la entrego a quien la ha formado. No quiero apropiarme esa monstruosidad. -Perdono la expresión -replicó Paoletti bajando los ojos-. Para concluir, señor mío, ¿voy o no voy? -¿La matará usted? -¡Yo! -Y después de exhalar un suave suspiro, añadió: -Le preguntaremos quién es su asesino. [44] León sintió su alma llena de espanto. Meditó un rato. Después hirió el suelo con el pie. A veces, de un pisotón sale una idea, como una chispa brota del pedernal herido. León tuvo una idea. -Vamos -dijo con resolución-. A la conciencia de usted dejo este delicado asunto. -Y en prueba de esa confianza -manifestó el otro, no ocultando su gozo por ir-, prometo a usted conciliar en lo posible la veracidad con la prudencia, y hacer los mayores esfuerzos por no turbar las últimas horas, si el Todopoderoso dispone que sean las últimas, de mi amadísima hija espiritual. Seguro estoy de que mi presencia le dará mucho consuelo. -Vamos. -Soy con usted al instante -dijo el clérigo pequeñísimo corriendo, con el paso duro de sus pies de plomo, a buscar capa y sombrero. Mas deteniéndose en la puerta y poniendo en su cara una sonrisa cortés, añadió: -Es muy temprano y es posible que no se ha usted desayunado. ¿Quiere usted tomar chocolate? -Gracias -repuso León inclinándose-, gracias. Una hora después ambos se apeaban de un coche en el pórtico de Suertebella. [45] - IV - Despedida Ya había concluido la misa de rogativa; ya había entrado Paoletti en la estancia donde moraba entre sombras de fiebre y duda su bendita amiga espiritual, cuando León, pasando apresurado de sala en sala, buscaba a la hija del marqués de Fúcar. Al fin la halló en la habitación de Ramona. Deseaba decirle una cosa muy importante. Creeríase que Pepa esperaba la enunciación de la importante cosa, porque estaba en pie, con la anhelante mirada fija en la puerta, atendiendo a los pasos que se acercaban, y así que le vio entrar, retirose a un ángulo de la pieza, indicando a su amigo, con el lenguaje singular de cuatro o cinco pasos (pues también los pasos hablan), que allí estarían mejor que en ninguna otra parte. Monina corrió al encuentro de León y se abrazó a [46] sus piernas, echando la cabeza hacia atrás. Él la tomó en brazos, y al verse arriba la nena, se empeñó en hacerle admirar la perfección artística de un cacharrillo de barro con asa y pico, obsequio reciente del cura de Polvoranca, y luego se entretuvo en la difícil operación de colgárselo de una oreja. -Estate quieta, Mona; no seas pesada -dijo Pepa-. Ya, ya me figuro a qué has venido y lo que vas a decirme... Hija, estate quieta... Ven aquí... Arrancó a Monina de los brazos de León para tomarla en los suyos. -No necesitas decirme nada... Lo comprendo, lo adivino -prosiguió-. Debo marcharme de aquí. Ya estaba decidida, aunque tuviera que irme sin verte. -Agradezco tu delicadeza -dijo León-. Márchate a tu casa de Madrid, y por ahora..., no te acuerdes de que existo. -Eso no será fácil... Hija, por Dios, no me sofoques -dijo Pepa, en cuya oreja continuaba la criatura su penoso trabajo-. Ponte en el suelo... Me marcharé sin preguntarte siquiera cuándo nos volveremos a ver. Tengo miedo de hacer la pregunta, y respeto tu vacilación en contestarme. León bajó los ojos sin decir nada. No conocía palabra tierna, ni frase amistosa, ni concepto [47] de esperanza que al pasar de su mente a sus labios no llevase en sí un sentido criminal. Callar pareciole más decoroso aún que la misma protesta contra toda intención de escándalo. Ambos se quedaron mudos por largo rato, sin osar mirarse, temerosos cada cual de la fisonomía del otro, como si fuese claro espejo de su propio pensamiento. -No me preguntes nada, no me digas nada -manifestó al cabo León-; no pronuncies nombre alguno que pueda interesarme. Llena tu corazón de generosidad y vacíalo de esperanza. Pepa quiso hablar algo; pero tanto temblaba su voz, que prefirió decir para sí estas palabras: "Todo lo echaré de mí, menos la idea triste, la idea vieja y lúgubre: que ella, rezando, rezando, se salvará; yo, esperando, esperando, me moriré". León, que parecía leer los pensamientos en el contraído entrecejo de su amiga, le dijo, cara a cara: -En los trances duros se conoce la índole generosa o egoísta de las almas. Pepa tembló de pies a cabeza. Después, sosteniendo su frente en un dedo, rígido como clavo de martirio, dijo, mirando a sus propias rodillas, donde tocaban el piano los diminutos dedos de Ramona: [48] -No sé si la mía será generosa o egoísta. Yo sé que he derramado hace poco algunas lagrimillas, pidiendo a Dios que no matara a nadie por culpa mía. ¡Qué sabor tan amargo sacan a veces nuestras oraciones, y cómo se acongoja nuestro pensamiento luchando para que las flores que quieren echar de sí no se conviertan en culebras!... Yo he rezado hoy más que ningún día de mi vida; pero no estoy segura de haber rezado bien y con limpieza de corazón. Horrible batalla había dentro de mí. Creo que las palabras y las ideas que andaban por mi cerebro variaban de sentido a cada instante, y que decir Dios era decir demonio, y decir amor era decir odio, y decir salvarse era decir morirse. La idea sentida y la idea pensada se combatían, arrebatándose una a otra el vestido de su palabra propia. Yo creo que no he rezado nada, que no soy buena; y sin embargo, quiero serlo. ¡Me siento con tan poco de santa y tanto de mujer!... Y sin embargo, yo no seré tan mala cuando he tenido alma para pedir claramente que muriéramos las dos, y así todo quedaría bien... Se levantó, añadiendo: -En fin, me voy. Ya sabes que obedecerte es el único placer de mi vida. -Gracias -murmuró León, tomando en brazos a la nena. [49] -Despídete de ese... -dijo Pepa, contemplando con amor a su hija y al que la besaba. León estrechó en sus brazos a la chiquilla y le dio mil besos, considerando que las manifestaciones de su cariño no eran escandalosas recayendo en la inocente persona de un ángel tan bonito. Dio con ella en brazos dos o tres paseos por la estancia, ocultando así, con estas idas y venidas, la emoción que sentía y traspasaba los límites del alma para salir al rostro. Sin mirar a la buena mamá, ésta podía vanagloriarse, allá en el ángulo de la pieza, de ser bien contemplada. La pasión tiene su perspicacia nativa y un astro maravilloso para sorprender los pensamientos del ser amado, asimilárselos y alimentar el espíritu propio con aquel rico manjar extraño. En cuanto al desgraciado hombre, nunca como entonces había sentido el dominio irresistible que sobre él ejercía aquel ser pequeño y lindo, nacido de la unión de una mujer que no era la suya y de un hombre que no era él. No creía en la posibilidad de vivir contento si le quitaban de las manos aquel tesoro, ajeno, sin duda, pero que se había acostumbrado a mirar como suyo y muy suyo. Con este cariño se mezclaban el cariño y la imagen de la madre como dos luces confundidas en una sola. ¡Familia prestada que en el corazón del solitario [50] ocupaba el desierto hueco y se apropiaba el calor reservado a la propia! Él no tenía culpa de que en su cansado viaje por el páramo se le presentaran aquellas dos caras, risueña la una, enamorada la otra, ambas alegrando el triste horizonte de su vida y obligándole a marchar adelante cuando ya sin fuerzas caía sobre pedregales y espinas. En Pepa había hallado amor, docilidad, confianza, misteriosas promesas de la paz soñada y del bien con tanto afán perseguido. Era la familia de promisión, con todos los elementos humanos de ella, pero sin la legitimidad; y el no ser un hecho, sino una esperanza, dábale mayores encantos y atractivo más grande. La pasión arrebatada de Pepa y el ardor fanático con que a todo la sobreponía, lejos de infundirle cuidado, le seducían más, porque en ello veía la ofrenda absoluta del corazón, sin reserva alguna; la generosidad ilimitada con que un alma se le entregaba toda entera, sin esconder nada, sin ocultar sus mismos defectos ni estimar un solo pensamiento. Quien había sido mendigo de afectos no podía rechazar los que iban a él con superabundancia y cierto alarde bullicioso. Dábale al mismo tiempo orgullo y piedad el ver cómo aquel admirable corazón, sin dejar de ser religioso, le pertenecía enteramente, por ley que es divina a fuerza de ser humana; y al sentirse [51] tan bien amado, tan señor y rey en el corazón y en los pensamientos de ella, no podía menos de darse también todo completo. Cualquier afecto secundario y remoto que existiera antes de aquel mutuo resplandor en que ambos se veían, debía extinguirse, como palidecen los astros lejanos cuando sale el sol. Pero quizás no era ocasión de pensar tales cosas. León puso la niña en brazos de su madre y le dijo: -Ni un momento más. Adiós. Si es necesario explicar a tu padre la causa de tu traslación a Madrid, yo me atreveré a decírsela: -Se la diré yo. Con precipitación y desasosiego, salieron uno y otro por puertas distintas. [52] - V - A almorzar El narrador no cree haber faltado a su deber por haber omitido hasta ahora que los Tellería corrieron en tropel a Suertebella desde que llegó a su noticia el grave mal y estado de María. Tan natural es esto, que el lector debía darlo por cierto, aunque las fieles páginas del libro no lo dijeran terminantemente. Lo que sí conviene apuntar, por si la posteridad, siempre entrometida y buscona, tuviera interés en saberlo, es que en la mañana de aquel célebre martes (el día de la misa de rogativa, de la visita de Paoletti y de la partida de Pepa), la marquesa de Tellería, el marqués y Polito oyeron atónitos, de boca de León Roch, estas enérgicas palabras: -No se puede ver a María. -¿Hoy tampoco? ¡Lo oigo y no lo creo! [53] -exclamó Milagros, sin poder contener su ira-. ¡Prohibir a una madre que vea a su pobre hija enferma!... -¡Y a mí, a su padre!... Polito no decía nada y se azotaba los calzones con un junco que en la mano traía. -¿Qué razón hay para esto? -Alguna razón habrá cuando así lo dispongo -dijo León. -Yo quiero entrar a ver a mi hija. Yo quiero velarla, asistirla. -Yo la asisto y la velo. -¿No nos das ninguna razón, ¡por Dios!, ninguna explicación de esa horrible crueldad? -dijo el marqués poniéndose severo, que era lo mismo que si se pusiera cómico. León les habló del delicadísimo estado moral de María y del gran temor que a él le inspiraban las indiscreciones de su familia si ésta entraba en la alcoba de la enferma. -¿Está sola en este instante? -Está con su confesor. Y la marquesa llevó aparte a su yerno y le dijo: -Verdaderamente, no creí que llegaras a tal extremo. Explícate, explícame las monstruosidades que han pasado aquí... ¡Ah! Mi pobre y desventurada hija ignora, sin duda, que se halla en la misma casa de la querida [54] de su esposo... Temes que le abra los ojos, temes que la verdad salga de mis labios como sale siempre, espontánea, natural..., porque no sé fingir, por que no sé hacer comedias. -¡Oh! No, señora, yo no temo nada -dijo León, deseando cortar la disputa-. Pero usted no verá a su hija hasta que ella no se restablezca. -¿Y qué autoridad tienes tú sobre la mujer que has despreciado?... ¿O es que estás arrepentido de tu conducta y quieres...? La marquesa cambió de tono y de semblante. Aquella trágica arruga de hermosa frente desapareció como nubecilla disipada por el sol; brillaron su ojos con animación juvenil, y hasta parecía que el disecado pajarillo de su elegante sombrero aleteaba entre las gasas. -¿Acaso hay proyectos de reconciliación? -dijo entre agrias y maduras-. Si los hay, no seré yo quien los estorbe... Como vayan precedidos de arrepentimiento... -No hay ni puede haber proyectos de reconciliación -dijo bruscamente el yerno, a punto que entraba en la sala el marqués de Fúcar. Éste, sobreponiéndose a su tristeza para cumplir los deberes que le imponía su condición de castellano de aquel magnífico castillo, [55] se presentó a saludar a los Tellería, a compadecerles por la enfermedad de la pobre María, a rogarles que dispusieran de la casa y de cuanto en ella había. Y como el triste caso que allí los llevaba no era cosa de un momento, el generoso marqués de Fúcar, atento a dar a su hospitalidad un carácter grandioso y caballeresco, conforme a la resonancia europea de su nombre, invitaba a los Tellería a permanecer allí todo el día, toda la noche y todos los días y noches siguientes y a comer, cenar, tomar un lunch, un pic-nik o hispano piscolabis, a descansar, dormir, disponer de la casa entera, pues allí había mesa, despensa, bodega, servidumbre, camas para la mitad del género humano, caballos para pasear, flores en que recrear la vista, etc., etc. -¡Oh!, gracias, gracias... cuánto agradecemos... La mano de Fúcar fue estrujada por la de Tellería, que en su emoción no pudo decir nada. En las grandes ocasiones, el silencio, una mirada al cielo y un apretón de manos son más elocuentes que cien discursos sobre la generosidad con que algunos seres nos hacen olvidar que vivimos en un siglo corrompido por las ideas materialistas. La marquesa se esforzaba en dar a su cara la expresión que, según ella, cuadraba más a su occidental [56] belleza, o que mejor realzaba aquellos pálidos restos, bastante valiosos aún para lucir mucho si el arte, la coquetería, la palabra misma, discreto artífice, los combinaba bien y los presentaba en buena y proporcionada luz. Empeñando conversación mundana con Fúcar, supo llevar a éste por las vías sentimentales con tanta gracia y donosura, que el agiotista la oía con encanto. Al mismo tiempo, Tellería llevaba a León junto a la ventana para decirle con acento majestuoso: -Las cosas han llegado a tal extremo, y tu conducta es tan ruin y vituperable en apariencia, que necesitas darme una explicación completa, aunque para ello sea preciso llevarte a un terreno... -Al terreno del honor -dijo León con sarcasmo-. Vea usted: ése es un terreno al cual no será fácil que vayamos juntos... -Comprendo que un padre político... No es que yo quiera agravar el escándalo con otro escándalo mayor. Nosotros confiamos aún en tu caballerosidad, en lo que todavía queda en ti de esa hidalguía castellana que los españoles no podemos desechar aunque queramos..., y si Dios te tocase el corazón y te reconciliaras de un modo durable con mi querida hija... [57] -No me reconciliaré. -Entonces... El marqués lanzó a su hijo político una mirada que, dado el carácter promiscuo, entre cómico y serio del ilustre personaje, podía calificarse en el orden de las miradas terribles. -Entonces, yo sé lo que debo hacer. Estaban en el salón japonés, lleno de figuras de pesadilla. Por sus paredes de laca andaban, cual mariposas paseadoras, hombrecillos dorados, cigüeñas meditabundas, tarimas de retorcidos escalones, árboles que parecían manos y cabezas que parecían obleas. Las figuras humanas no asentaban sus redondos pies en el suelo, ni los árboles tenían raíces; las casas parecían volar lo mismo que los pájaros. Allí no había suelo, sino una suspensión arbitraria de todos los objetos sobre un fondo oscuro y brillante como un cielo de tinta. Los desabridos rostros japoneses parecían hacer con su estupidez castiza el comentario más elocuente de la escena viva, y las mariposas de oro y plata reproducían, por arbitrio de la fantasía en aquella especie de estancia soñada, la sonrisa jeroglífica de la marquesa de Tellería. Cacharros de color de chocolate poblaban rincones y mesas; y viendo los ídolos tan graves, tan tristes, tan feos, tan hidrópicos, tan aburridos se hubiera creído que estaban comentando [58] en teología mística asiática la tristeza indefinible de don Agustín Luciano de Sudre. Como se pasa de una página a otra en libro de estampas, así se pasaba de la habitación japonesa al gran salón árabe, donde estaba el billar, y en él Leopoldo. Con su tarugo de aspirar brea puesto en la boca, a guisa de cigarro, se entretenía en hacer carambolas. Un lacayo se le acercó: -¿Ha llamado el señorito? -dijo. -Sí -repuso el joven sin mirarle-. Tráeme cerveza. Ya se marchaba el lacayo y Polito le volvió a llamar para decirle: -¿Se servirán pronto los almuerzos? -Dentro de un momento. Y siguió haciendo carambolas. El marqués de Fúcar se retiró por un momento del salón japonés. Un maître d'hôtel rubio y grave, reclutado en cualquier cafetín de París, y que se habría parecido a un lord inglés si no lo impidiera su servilismo melifluo y su agitación de correveidile, se acercó a la marquesa para pedirle órdenes. -¡Oh!, no -dijo ésta-. Tomaré muy poca cosa... ¿Hay gateau d'écrevisses?... ¿No?, bueno, no importa. Las pechugas ahumadas no me gustan. Mi beefsteack, que esté poco hecho. [59] -No olvide usted -dijo el marqués a aquel hombre benéfico, cuyo frac negro parecía el emblema de la caridad cristiana a la cual se deben los hospicios-, no olvide usted que yo no bebo sino Haut Sauternes. Fúcar reapareció bastante melancólico, pero apresurado, indicando con esto que las tristezas no son incompatibles con el almorzar. Era un poco tarde, y los cuerpos necesitaban reparación. La marquesa, don Agustín, Polito, el señor de Onésimo, que llegó cuando los demás estaban en la mesa, hicieron honor, como se dice en la jerga gastronómica, a la cocina del marqués de Fúcar. O por delicadeza de estómago o porque la aflicción de su ánimo le cortara el apetito, ello es que Milagros apenas probó algunos platos. -No se deje usted dominar por la pena -le decía don Pedro-. Es preciso hacer un esfuerzo y tomar alimento. Yo tampoco tengo ganas; pero ¿de qué sirve la razón? Hago un esfuerzo y como. Buena prueba de los esfuerzos de don Pedro era un beefsteack que entre manos y boca traía, el cual, pedacito tras pedacito, pasaba a su estómago dejando en el plato la sangre bovina revuelta con manteca y limón. La marquesa, después de las ostras, no hacía más que picar y catar, tan pronto apeteciendo [60] como desdeñando, y el marqués se encariñaba con las cosas picantes y afrodisíacas, obsequiándolas, risueño, con una mirada galante y después con las traidoras caricias de su tenedor. Las trufas, las saucisses trufadas, la rica lengua escarlata de Holanda y otras cosillas más aperitivas se ofrecían a su paladar con provocativos encantos. -¿Y Pepa? -dijo bruscamente el marqués de Onésimo. -Está en Madrid -replicó Fúcar, sin alzar los ojos del plato, donde el solomillo parecía representar el Tesoro español por lo recortado y empequeñecido. Siguió a estas palabras un largo silencio, que rompió al fin el mismo don Pedro, diciendo a la marquesa: -¡Oh!, amiga mía..., hay que sobreponerse al dolor... Además, la situación no es desesperada... María está bien hoy... ¿Llora usted?... A ver..., esta media copa de Sauternes. La marquesa no rehusó el obsequio. Después de apurar el vino, dijo así: -Veremos si ese tigre de mi yerno me permite esta tarde ver a mi hija. Deseando Fúcar hablar de asuntos menos aflictivos, sacó a relucir las voces que corrían acerca de la próxima boda de Polito con una [61] riquísima heredera cubana, cuya familia, recién venida a Madrid, metía bastante ruido en la villa con la ostentación de una colosal fortuna. Desmintió la marquesa el rumor y Leopoldo lo confirmó indirectamente, con frases en que aparecía la modestia enmascarando a la vanidad. Los rumores eran ciertos, como lo eran el noviazgo y las pretensiones del joven, y su seguimiento cotidiano de la chica, a caballo y a pie; mas, a pesar de esta cacería ecuestre y pedestre, lo de la boda era un puro mito, sin otra realidad que la que tenía en el deseo ardentísimo de Milagros de ver a su hijo poseedor de un caudal limpio y gordo. La familia de Villa-Bojío, a pesar de tener amistad con la de Sudre, se oponía a las aspiraciones de Leopoldo; pero Milagros trabajaba en silencio con diplomacia y finura para que aquel sueño de oro fuera un hermoso despertar de plata. Agotado el tema, retirose Milagros del comedor. Un lacayo presentaba al marqués y a Polito los mejores cigarros del mundo. Era aquel artículo, digámoslo en términos de comercio, el más superfino de cuanto abastecía la casa del millonario. Sus corresponsales de La Habana le mandaban para su uso lo mejor de lo mejor, en recompensa de aquella gracia [62] y arte mágico con que se las componía con la Administración para hacer fumar al país lo peor de lo peor. Estallaron fósforos y chuparon labios. -Polito -dijo el marqués-, si quieres dar un paseo, dile a Salvador que ensille a Selika. El benemérito jinete de caballos ajenos no se hizo de rogar y bajó al punto al picadero. Don Pedro dio un suspiro, hizo una seña al marqués de Fúcar y al marqués de Onésimo, dos marqueses subalternos, el uno de raza y el otro de administración, que observando la fisonomía del marqués del dinero parecían tributarle culto idolátrico, acatándole con sus miradas e incensándole con sus aromáticos puros. Acercáronse entrambos, don Pedro bajó la voz y, con entristecida cara, les comunicó un pensamiento, una noticia, un hecho. Así, trasegando la pena de su afligido corazón al corazón de los amigos, el digno prócer se sentía aliviado, respiraba con más desahogo, hasta podía soltar un chascarrillo y reír con aquella carcajada congestiva que oímos por primera vez en la casa de baños. -¡Qué vida ésta!... ¡Qué alternativas, qué inesperadas peripecias!... Luego, esta pícara tendencia del corazón humano a exagerar las penas, pintándoselas como irremediables... Onésimo se quedó estupefacto al oír [63] el hecho referido por su insigne amigo. Creeríase que su cabeza, totalmente absorbida por las altas especulaciones bancarias y por la metafísica de hacer empréstitos, no comprendía aquel hecho vulgar. El de Tellería se llenó de alborozo oyendo las palabras tristes que salían de los labios de Fúcar, y tuvo una idea propia, una idea felicísima. Él la acariciaba en su mente, contemplando con los ojos del cuerpo las pinturas decorativas del comedor de familia, en cuyas paredes se veía representado un verdadero diluvio de animales muertos, perdices, conejos, ciervos, cangrejos, y otro diluvio de frutas, berzas, pepinos y mariposas. El roble tallado también ofrecía medallones de cacería, bocas tocando trompetas venatorias, perros corriendo, manojos de perdices y mil representaciones diversas del reino alimenticio, de tal modo que el comedor parecía el palacio de la indigestión. [64] - VI - El clérigo miente y el gallo canta Cuando María Egipcíaca vio que entraba en su cuarto el padre Paoletti lanzó un grito de alegría. Le miró con cariño, posó después los dulces ojos en León, expresándole su gratitud por aquella fineza matrimonial que rayaba en lo sublime, y alargó una mano a cada uno. Aquel movimiento tan natural en ella, y que no fue acompañado de ninguna observación, era la cifra de su vida, y aún podría ser la síntesis de este libro en lo que a ella, se refiere. Los dos le preguntaron a un tiempo que qué tal se encontraba, y con una sola respuesta satisfizo a entrambos: -Me parece que estoy mucho mejor. Me siento con ánimo. León le dio una palmada en el hombro, diciéndole: [65] -Ahora... yo me retiro. -No, no, no -dijo con gran presteza el padre Paoletti, que se había sentado a la izquierda de la cama-. Doña María y yo no vamos a hablar de cosas de conciencia... El médico nos ha dicho que su estado no es ni bastante grave para acudir con premura a la salvación del alma, ni bastante lisonjero para poder platicar extensamente sobre temas espirituales que, por lo mismo que son dulcísimos y preciosísimos, fatigan la atención. Departiremos un poco los tres..., sí señor, los tres..., y a su debido tiempo, cuando esa cabeza esté más serena, mi ilustre hija espiritual y yo nos secretearemos un poco. La sonrisa con que concluyó el discursillo comunicose a María, que la reprodujo como reproduce la mar el color del cielo. Era Paoletti, como se ve, un hombre afable, meloso, de palabra sencilla y llena de atractivos, de apariencia modesta y seductora en una pieza, por la reunión feliz de una figura simpática y de la voz más clara, más argentina, más conmovedora que se ha oído jamás. Era su acento firme y dulce a un tiempo mismo, formado del misterioso himeneo de dos notas que parecen antitéticas: la precisión y la vaguedad. Los resabios del decir italiano, atenuados por el largo uso de nuestra lengua, [66] daban a ésta en su boca como un son quejumbroso que hacía resaltar más de los matices vivos y el enérgico juego de consonantes del idioma español. Conocedor de su destreza para instrumento tan primoroso, se esmeraba en manejarlo, corrigiendo los pequeños defectos y concordando la idea con la palabra y la palabra con la voz de un modo perfecto. El uso de superlativos melifluos hacía un poco empalagoso su estilo. Mientras hablaba ponía también en ejercicio la singular luz, la expresión activa de sus ojos, cuyas múltiples maneras de mirar, que podrían llamarse fases, añadían y como redondeaban el lenguaje oral. De sus ojos podía decirse que eran la prolongación de la palabra, pues llegaba a donde no podía llegar la voz. Eran a ésta lo que la música es a la poesía. Indudablemente, había algo de estudio en el extraordinario empleo de estas cualidades; pero la principal causa de ellas eran un don ingénito y la dilatada práctica de bucear en conciencias y de leer en rostros con esfuerzos de agudeza y persuasión, y el usar artificio de ojeadas y reclamos de inflexiones dulces para descubrir secretos. -Según el parecer de ese sabio médico -dijo-, nuestra dulcísima amiga se restablecerá pronto. Ha sido esto una crisis nerviosa que [67] va pasando, y pronto volverá la calma primera. Estamos sujetos al traidor influjo de las bruscas impresiones morales que desatan tempestades en nuestra alma, sin que nuestra razón flaquísima lo pueda evitar. El demonio, siempre vigilante, la nefanda carne, rara vez sometida por entero, se amotinan y nos acometen, cogiéndonos de sorpresa. Aquí es el desvarío de los sentidos, que no abultan, sino que desfiguran las cosas; aquí el encenderse de la fantasía, que va a donde nunca debe ir, y todo lo ve de aquel color de sangre y fuego de que ella está vestida. El espíritu sucumbe aterrado por una apariencia vana, por una apariencia vana, mi querida amiga. Después viene el reposo, casi siempre después de un gran desorden físico, y se ven las cosas claras, se ve que no había motivo para tanto, que se hizo demasiado caso de la maledicencia, quizás de la calumnia; que se vieron muchos fantasmas, sí, muchos fantasmas... ¡Oh!, ya hablaremos de esto, mi querida amiga... Ahora procure usted reponerse pronto y llevar su alma a un estado suavísimo... Y me parece que está usted muy bien alojada en esta casita. Tuvo buena elección el señor esposo al tomar esta tranquila vivienda. A mí me gusta mucho Carabanchel... Doña María, cuando usted pueda levantarse, y su esposo la saque a usted a paseo, [68] porque la sacará a paseo, ¿no es verdad?, verá usted qué trigos tan hermosos hay por estos campos... Luego esto es una bendición para las gallinas: no da uno un paso sin tropezar con una bandada de estos animales humildísimos. Y basta de sermón por hoy, señora mía. Empecé por el alma y acabo por las gallinas. ¿Qué tal? En este momento oyose cantar un gallo. -Es el gallo de San Pedro -dijo Paoletti aparte a León. Y volviendo rápidamente los ojos a su amiga, añadió: -Empecé hablando del alma y concluí haciéndome cargo de las aves que hay en este pueblo. En otra ocasión empezaremos por el corral y acabaremos por el Cielo... Con Dios. -Pero ¿se va usted? -dijo María con verdadera aflicción. -Me pasearé por estos contornos, iré a comer y volveré luego. -¡Oh!, no, de ninguna manera -manifestó León-. Comerá usted aquí. -Gracias, gracias. Señora doña María -dijo Paoletti, inclinándose hacia la señora doña María con mundana cortesía y riendo con familiaridad-, su marido de usted es muy amable... No lo había visto desde aquellos días tristes en que subió al Cielo nuestro amadísimo [69] Luis. He tenido mucho gusto en verle hoy. María miraba a su marido vacilando entre la benignidad y el enojo. -¿Sabe usted, mi buena amiga -añadió el clérigo-, que hoy he descubierto una cosa por las vías más extraordinarias y más inesperadas? -¿Qué? -preguntó la dama con gran curiosidad. -Ya hablaremos de eso... No quiero incomodar. -Dígamelo usted -insistió María, con el tono mimoso que emplean los niños cuando piden una cosa que no les quieren dar. -Pues he descubierto -prosiguió el italiano, bajando más la voz y fingiendo que no quería ser oído de León Roch-, pues he descubierto que su marido de usted es mejor de lo que parece: que todo cuanto le dijeron a usted..., ya sé que fueron allá con mil cuentos la de San Salomó y doña Milagros..., es un puro error, equivocación... Me consta, ¿lo oye usted?..., me consta que no hay tales infidelidades... En los ojos de María brillaban con viva luz la ansiedad y el orgullo. Aquellas palabras, que en tal boca sonaban para ella como el mismo Evangelio, eran en su turbado espíritu cual bálsamo dulce aplicado por las propias manos de los ángeles. Se sentía saliendo de un negro [70] abismo a la clara luz y al grato ambiente de un hermoso día. Aunque más tarde debía venir la reflexión a aquilatar el valor de aquellas afirmaciones, por de pronto, las palabras del clérigo hicieron rápido efecto en su credulidad de penitente. Si Paoletti le dijera que en aquel momento era de noche, antes creyera en el error de sus ojos que en la verdad de la luz del día. Sin saber qué decir, ni cómo expresar su gozo, miraba al padre y al esposo y a ambos les estrechaba las manos. -Sí, mi querida amiga -añadió Paoletti-, no hay motivo para pensar en tales infidelidades, y este hombre... Volviose a oír el canto del gallo y el clérigo suspendió su frase cual si le faltara la voz. Recobrola al variar de asunto y dijo: -Conque, amiguita, a ponerse buena pronto... ¡Ah, qué función tan linda se perdió usted ayer!... Cuando vuelva usted por allá le enseñaremos las estampas que hemos recibido ayer... Tenemos agua de Lourdes fresquecita... ¡Cuánto hemos echado de menos a nuestra doña María! ¡Ah!, se me olvidaba, ya nos comimos el chocolate... Se le dan gracias cordialísimas a nuestra protectora en nombre de todos los de la casa. -Si no vale nada... ¡Por Dios!... -Doña Perfecta se ha enojado con nosotros [71] porque no quisimos admitir su donativo... Angelical señora es doña Perfecta, ¡qué alma tan pura! Pues ¿y la pobre doña Juana? Anoche nos mareó de lo lindo y hasta nos llamó déspotas porque hemos prohibido a la mujer del portero que le haga el café a ella y a las demás devotas madrugadoras que van a comulgar muy de mañana y quieren desayunarse en seguida. Francamente, la portería parece algunos domingos un restaurant. A esta sazón entró el médico, diciendo: -Mucha, mucha conversación hay aquí... Si tendré yo que venir, como un maestro de escuela, con una caña en la mano, a mandar callar... -Yo... punto en boca. Creo que he hablado más de la cuenta -indicó el confesor-, y me voy a dar una vuelta por ahí. Llevando a León al hueco de la ventana, le dijo: -¿Qué tal? -Bien -replicó León que sinceramente había admirado la habilidad histriónica del padre. Oyose otra vez el canto del gallo. -He negado a mi Dios, he faltado a la verdad -dijo Paoletti con sonrisa que parecía reprensión-. Si ese gallo sigue avisándome con su voz, que parece venir del Cielo, no tendré fuerzas para hacer traición a mi Maestro. [72] -Es caridad -le dijo León-. Los gallos no entienden de esto. -Ella y Dios me lo perdonarán. Como no la he engañado nunca, como de mis labios no ha oído jamás palabras que no fueran la misma verdad, me cree como al Evangelio. León meditó un momento sobre esta última frase, que despertaba en él, como porrazo que se da en una herida, dolores añejos. El médico hizo en voz alta lisonjeros vaticinios sobre la enfermedad. -¿Oye usted lo que afirma el facultativo? -dijo el confesor, hablando aparte con el marido-. Albricias, querido caballero: ya se puede asegurar que nos vive doña María. Aquel dichoso plural, dicho y repetido naturalmente y sin malicia, era el más cruel sarcasmo que León escuchara de labios humanos en toda su vida. Había visto con gusto la milagrosa virtud terapéutica de los consuelos del padre en la desgraciada María; pero aquella familiaridad del clérigo con su esposa, aunque encerrada dentro de la pudibunda esfera de las relaciones espirituales, le repugnaba en extremo. Fue aquél un momento de los más tristes para su espíritu, porque vio cara a cara la fuerza abrumadora con que había querido luchar durante [73] los batalladores años de su matrimonio. Se entristecía y se avergonzaba. ¡Ay! Aquel divorcio moral de que repetidas veces habló, y que, según él, estaba ya consumado, no fue completo y radical hasta aquel momento. Hasta entonces quedaba la estimación, quedaba el respeto; pero ya aquellos tenues hilos parecían, si no rotos, tan tirantes, que pronto, muy pronto, debían romperse también. Ocultando lo que en sí pasaba, se acercó a su mujer y le dijo: -El señor Paoletti y yo vamos a tomar alguna cosa... Rafaela te acompañará mientras volvemos. -¡Oh! Sí..., almorzad, almorzad... -replicó María alegremente y dulcificando su mirada-. Pero no tardes, quiero verte..., quiero hablarte... No olvides que tu deber es acompañarme, no separarte de mí ni un solo momento... Ahora que te cogemos a propósito, verás qué reprimendas, qué sobas te vamos a dar el padre Paoletti y yo. Te veo ya acobardado y humillado... ¡Pobre hombre!... ¡desgraciado ateo! Pero no tardes, quiero verte... Mira... esta noche pones ese sofá aquí, junto a mi cama, para que duermas a mi lado... Así mi reposo será más tranquilo, y si sueño algún disparate, alargaré la mano, te tocaré y me dormiré tranquila. [74] -Bien. Haré todo lo que deseas -dijo el esposo con la vacilación en la mente y el hielo en el corazón. -¡Ah! -prosiguió María, reteniéndole por la manga-, dispón que me traigan hoy mismo mi rosario, el crucifijo y todos mis libros de rezo que están sobre la mesa de mi cuarto; todos, todos los libros, y el agua de Lourdes, y mis reliquias, mis adoradas reliquias. -Rafaela irá esta tarde a Madrid y te traerá todo. -¡Cómo se conoce que estoy en el cuarto de un ateo! -observó la enferma, tomando de súbito el tono impertinente, que no había desaparecido en ella sino ante la atroz quemadura de los celos-. No hay aquí ni un solo cuadro religioso, ni una imagen, nada que nos indique que somos cristianos... Pero ve a almorzar, ve a almorzar. El buen padre estará en ayunas..., ¡pobrecito! Dale lo mejor que haya, ¿entiendes?, lo mejor. Reconoce tu gran inferioridad; humíllate, hombre. Háblale de mí, háblale de mí, y aprenderás a apreciarme mejor. Cuando León salía disimulando una sonrisa amarga, volvió a cantar el gallo. [75] - VII - Fuegos parabólicos Luego que el marqués de Fúcar entendió que pisaba los pavimentos de Suertebella la venerable planta del padre Paoletti, se apresuró a hacerle los cumplidos de rúbrica, ofreciéndole palacio, mesa, servidumbre, coches, capilla, obras de arte. Creeríase que don Pedro era poseedor de toda la creación, según la facundia y generosidad con que todo lo brindaba para goce y dicha de la humanidad menesterosa. Y arqueándose cuanto lo consentía su crasa majestad, manifestaba con reverencias y cortesías cuán inferiores son las riquezas y esplendores del mundo a la humildad de un simple religioso, sin otra gala que su sotana ni más palacio que su celda. Paoletti, que era entendidísimo en artes bellas y aun en las suntuarias, elogió mucho [76] las riquezas de Suertebella, dando así propicia coyuntura al marqués para que gustara su satisfacción predilecta, que era enseñar el palacio, sala tras sala, sirviendo él de cicerone... Largo rato duró la excursión, que bastaría a marear la más sólida cabeza, por la heterogénea reunión de cosas bonitas que contenían aquellos pintorreados muros. Paoletti lo admiraba todo con comedimiento, demostrando ser hombre muy conocedor de museos y colecciones. El marqués de Fúcar, que parecía la gacetilla de un periódico, según prodigaba sus elogios a las obras medianas o malas, solía apuntar el precio de algunos objetos, bien cuadritos tomados a Goupil o bien porcelanas adquiridas en el martillo de la calle Drouot, y que eran hábiles imitaciones. -Y aquí me tiene usted aburrido, completamente aburrido entre tantas obras de mérito -decía encarándose con Paoletti y cruzando las manos en actitud ascética-. Soy esclavo del bienestar, mi querido padre. Parece que no, y ésta es la esclavitud más odiosa. ¡Cuánto envidio a los que viven tranquilos, con esa libertad, con esa independencia que da la pobreza, sin los afanes del trabajo, sin conocer otro banquete que el que cabe dentro de una escudilla, ni más palacio que cualquier celda, choza o agujero!... [77] -¡Oh!, querido señor mío -dijo el italiano riendo y llevándose la mano a la boca para ocultar urbanamente un bostezo-, pues no hay nada más fácil que realizar ese deseo... ¡Ser pobre! Cuando oigo a los mendigos manifestar deseos de ser millonarios, me río y suspiro; pero cuando oigo a los ricos hablar de la cabañita y de un palmo de tierra en que descansar los huesos, les digo lo que me permito decir a usted en este momento: ¿Por qué no se va el señor marqués a las ermitas de Córdoba? ¿Por qué no cambia a Suertebella por cualquier celda?... Y concluyó la observación como la había empezado, con francas risas. Otra vez bostezó, haciendo pantalla de su blanca mano para cubrir la boca. -Eso... dicho así -repuso Fúcar riendo también-, parece fácil; pero... ¿y las cadenas sociales..., y el yugo de la patria, que no quiere desprenderse de sus hijos más útiles?... Ahora caigo... ¡qué descuido el mío! Es muy tarde, y usted no ha almorzado. -¡Oh!, no importa... deje usted. -¿Cómo que no importa? Puede ser que aún esté ese bendito cuerpo... -Con el triste chocolate nada más. Pero es un cuerpo misionero y sabe resistir. -León, León -dijo don Pedro llamando a su amigo, que en aquel momento pasaba por la [78] pieza inmediata-, voy a mandar que os sirvan el almuerzo en la sala del Himeneo. No querrás alejarte mucho de tu mujer... Y usted, señor Paoletti, no gustará del bullicio del comedor. Ahora están almorzando todos los que han venido últimamente... ¡Bautista, Philidor! Dando voces a los criados españoles y al maestresala francés, el marqués hacía correr a sus fieles servidores de un aposento a otro. La multiplicidad y premura de los servicios eran causa de que se sintieran crujir los finos pisos de madera y de que se oyera por todas partes el tin-tilín de botellas y copas transportadas en enormes bandejas, y el claqueteo de los platos, rumor tan caro al hambre del cortesano. Olores de guisotes y frituras recorrían los largos pasillos y las grandiosas salas, como corre el incienso por los templos de capilla en capilla. La sala del Himeneo, llamada así porque en el centro de ella había un grupo representando la idea del matrimonio en un abrazo de mármol y en dos antorchas que juntaban y confundían sus llamas también de mármol, estaba próxima a la habitación que llamaremos de María Egipcíaca, pero no junto a ella. Una mesa fue traída al punto. León y el padre Paoletti almorzaban. [79] -Consommé -dijo León, mostrando a su comensal la ventruda sopera llena de un rico caldo-. Esto es bueno para usted. Y le sirvió una buena porción. -Estoy pensando, querido señor -dijo Paoletti, después de que con las primeras cucharadas puso remedio a la gran debilidad que desde una hora antes padecía-, que en toda mi vida, que no es corta ni carece de lances extraños, he visto un cuadro como el que en este momento estamos presenciando los dos. -¿Cuál es el cuadro? -Nosotros... usted y yo comiendo juntos. Ningún suceso es obra del acaso. Sabe Dios a qué plan divino obedecerá esta peregrinísima reunión nuestra. ¿Qué grandes mudanzas en los órdenes más altos nos trae a veces el encuentro, al parecer fortuito, de dos personas? Reflexione usted, querido señor: a veces una meditación breve, una observación pasajera, dan al alma claridad vivísima, y entonces... No, no, gracias; no me dé usted cosas picantes ni nada de esas fruslerías de la cocina moderna... ¿Ha meditado usted? -¿Quiere usted vino? -dijo León, poco inclinado a acompañar al padre por el antipático campo de sus observaciones. -No lo pruebo jamás. Deme usted agua pura y Dios le pague su amabilidad... Cualquier [80] tonto que juntos nos viera me criticaría a mí o le criticaría a usted... "Miren el padrazo haciéndose mieles con el liberal", dirían, o: "Miren al incrédulo partiendo un confite con el clerizonte...", sin comprender que, aunque coman juntos un poco de pan y carne, la verdad no transige nunca con el error, ni el error perdona jamás a su enemiga la verdad... ¿Fresa?, jamás la pruebo... porque la vergüenza del error es la verdad, por lo cual huye de ella, se esconde y se ciega con imaginaciones suyas, o bien se tapa los oídos con el bulliciosísimo estruendo del mundo... Pero ¿no come usted? -No tengo apetito. Paoletti almorzaba poco. León casi nada. Clavando en éste sus ojos, llenos de expresión, el italiano le dijo con patético acento: -Señor don León, la persona que conozco en todo el mundo más digna de lástima es usted... Nuestra pobre doña María no es digna de lástima, no, sino de admiración. Muerta, entrará en la región de los bienaventurados, ornada de diversas coronas, entre ellas la del martirio; viva, será ejemplo de mujeres superiores. Es un delicado lirio que en sí reúne la hermosura, la pureza y el aroma. -Era, sí, un delicado lirio -dijo León, pálido y con nervioso temblor en su lengua, en [81] sus ojos, en sus facciones todas-, un lirio que convidaba con su pureza y su aroma al amor cristiano, a los honestos goces de la vida... -Pero juntose al cardo... -No... vino el hipopótamo y lo tronchó con su horrible planta. Los ojos del padre se multiplicaron. -Es un tesoro de las más altas prendas. -Era un tesoro de las más altas prendas -dijo León, haciendo un nudo en la servilleta y apretándolo fuertemente-, mezcladas con pasiones toscas, una naturaleza al mismo tiempo contemplativa y sensual. -Vino la mano depuradora a apartar la escoria... -Vino la helada mano a arrojar fuera los diamantes y no dejó más que la pedrería falsa. -¿Por qué se descuidó el joyero? -Cuando los ladrones no entran por la puerta, sino por mina subterránea, el joyero no tiene noticia de ellos hasta que no le falta la joya. Me quitaron el amor, la generosidad, la confianza; no me dejaron más que el deber frío, la corrección moral en lo externo. Era una fuente cristalina: secaron el manantial, se estancó el agua, y cuando fui a beber, no hallé más que el sedimento impuro. Corriendo, corriendo siempre, aquella agua que amargaba un [82] poco se habría dulcificado; pero le prohibieron correr, la encerraron en un charco... -Dulce y por extremo rica era y es aquella agua, querido señor -dijo Paoletti con expresión seráfica-; agua mística, agua suavísima, regaladísima, que es la esencia del alma misma, el amor divino. Cuando esta agua corre en el mundo, justo es que Dios se la beba y arroje el vaso. -Es lo que me han dejado, el vaso. -El vaso de oro, que es lo que apetece la concupiscencia del joyero sin fe. El desgraciado esclavo de la materia para nada necesita del agua riquísima. Su sed no se aplaca con amores del alma; su sed no es más que una forma de avaricia y se sacia con la posesión del oro del vaso, con la hermosura corporal. -Para el que no conoce el amor sino por el pecado, para el que no siente el amor, sino que solamente lo oye, recibiendo aquí (y señaló la oreja) los secretos de los que aman, mucha parte de lo que corresponde al corazón es un misterio incomprensible. Él no ve más que deberes cumplidos o faltas cometidas. Esto es mucho, pero no es todo. El que no ha bebido jamás, sólo concibe el gusto insípido del misticismo o el amargor del pecado. -El que no ha bebido jamas y, sin embargo, no está sediento, puede, por la preciosa facultad [83] de asimilación, que es uno de los más hermosos dones de nuestra alma, penetrarse bien de todas las suertes del verdadero amor, desde el más noble al más impuro. El que todo lo sabe, todo lo siente... ¡Oh!, usted que nos vitupera tanto, habría podido tener amigos en los que cree enemigos y leales pacificadores de su matrimonio en los que cree perturbadores de él. -Rechazo, detesto esa colaboración. -¿Con qué derecho acusa el que por sí ha roto todos los lazos? Sólo la circunstancia de considerarse fuera de la Iglesia quita a ciertos hombres el derecho a quejarse de los inconvenientes de un lazo que es por sí religioso. "Yo no quiero religión -dicen-, yo la abomino, yo la echo de mí; no permito a la Fe que se defienda de mis ataques ni que reclame lo suyo". -Lo que no quiero que reclame es lo mío. -Que Dios tome para sí lo divino... -Y que yo quiera reservar para mí lo humano... Ninguno de los dos acabó la frase. -Lo humano es una cómoda puertecilla -dijo Paoletti con malicia- para que mi hombre se escape a la infidelidad, al adulterio, dejando a la pobre mártir sola y sin amparo. -Lo divino pone a la pobre mártir bajo el [84] amparo de los bebedores de agua espiritual. -¡Qué sería de ella si así no fuera!... ¡Pobre alma destinada a pudrirse al contacto de un alma corrompida! -No de corromperla, sino de salvarla traté yo con la persuasión, con el cariño casi siempre, a veces con la autoridad, hasta con la tiranía... -¡Lo confiesa!... ¡confiesa su despotismo! -Éste no llegó a donde podría haber llegado en manos comunes. Algunos apalean, yo solamente prohibí... Mis prohibiciones eran a cada instante violadas... Era imposible persistir en ellas sin llegar a un extremo horrible. -Y la paloma se escapaba de las garras del cernícalo -dijo prontamente y con cierta ironía meliflua Paoletti. -Sí, para caer en las del vampiro que me chupaba la savia de mi vida... Yo enseñaba a mi tesoro a creer en mí, y fuera le enseñaban a aborrecerme... Nunca combatí sus creencias ni me opuse a que tuviera un confesor discreto; pero sus amistades espirituales me repugnaban. Mi enemigo no era un hombre, sino un ejército que, llamándose celestial, se hacía formidable, teniendo por colaboradores a los santos y a los tísicos que se creían santos. Yo traté de luchar en las tinieblas, pero en las tinieblas me despedazaban. Un acto hipócrita como [85] el que a muchos débiles ha salvado, me habría salvado tal vez a mí. Ella, la pobre ilusa vendida al misticismo por la promesa de goces celestiales, me traía condiciones de paz. ¡Cosa fácil, según ella! "Humilla tu incredulidad loca; ven a nuestro campo", me decía. ¡Eso quisieran! No compraré la paz de mi casa con la impostura, ni encadenaré con fe mentirosa un corazón que se me escapa. No añadiré con mi persona una figura al escuadrón de hipócritas que forma la parte más visible de la sociedad contemporánea... Pasa el tiempo, sigue la lucha. Mi entereza exaspera a los maestros espirituales de mi mujer, ministros de la intrusión y del abuso religioso. Pero, ¿qué me importa? Prefiero ser infame a sus ojos a serlo a los míos. -El que teme miradas que no son las de Dios, no debe hablar de estas cosas. -Si no se le permite hablar, ¿qué se le permite? Es un desgraciado a quien se le viene encima una montaña. ¿Ni siquiera se le consiente gemir cuando es aplastado? -Alce las manos si puede y contenga el peñasco. -No puede, no puede; pesa como los siglos y está formado de los huesos de mil generaciones pasadas. -¡Pobre insecto!... -dijo Paoletti con ironía-. [86] Aseguro a usted que nada me inspira tanta lástima como un filósofo... Por mi parte, quisiera que me expresase usted con toda franqueza los sentimientos que le inspiro... -¿Con toda franqueza? -Con toda franqueza, sin omitir palabra dura. -Cuando viene el fiero turbión y me azota y me derriba, ¿qué puedo pensar de aquella fuerza enorme? ¿Puedo detenerla, puedo castigarla, puedo ni siquiera injuriarla? ¿Qué puedo decir contra ella, ni cómo puedo defenderme, si con ser tan formidable, no es más que aire? -Querido señor -dijo Paoletti, cruzándose las manos compungidamente sobre el pecho-, este humilde clérigo ultrajado le compadece a usted y le perdona. En seguida oyéronse los pasos largos y duros del clérigo, que golpeando el suelo con sus pies de plomo, se dirigía a la estancia de la enferma. [87] - VIII - Sorbete, jamón, cigarros, pajarete La noticia de la mejoría, volando de aposento en aposento y llegando hasta el picadero, donde estaba Polito, y hasta la estufa, donde los marqueses de Tellería y de Onésimo examinaban las piñas exóticas, haciendo discretísimas apreciaciones sobre los progresos de la aclimatación (de lo cual debía resultar con el tiempo, según don Joaquín, un gran aumento en la materia imponible); llegando también hasta la pajarera, donde estaba Milagros encantada con el piar de las pequeñuelas aves, que era un recreo muy de su gusto, esparció el júbilo por todas partes. Además de los Tellerías, mucha y diversa gente había acudido a enterarse, y algunos aceptaban los aparatosos obsequios del marqués Fúcar. Otros se volvían después de dejar una [88] tarjeta, pero las amigas íntimas quedábanse un rato para consolar a Milagros, que después de dar una vuelta por el jardín, había entrado bastante tarde y daba descanso a su fatigada persona en un sofá de la sala japonesa. Allí, entre ídolos y jarros de color de chocolate, exhalaba sus quejas y suspiros. -Ahora no se opondrá ese troglodita a que yo vea a mi hija. ¡Pst! Un lacayo que pasaba con un servicio de copas y licores se detuvo al llamamiento. -Tráigame usted un helado. -¿De qué lo quiere la señora? -De piña, si hay; si no, de plátano... Pilar, ¿no tomas nada? -¡Si acabo de tomar dulce de coco, plumpudding, Jerez y no sé qué más! Ese bendito marqués de los adoquines quiere vengarse de mis burlas haciéndome morir de empacho. Se empeña en que me quede a comer aquí, en que pasee en sus caballos y en sus coches, en que me lleve todas las camelias... Si ya sabemos, señor tratante en blancos, que tiene usted buen cocinero, buenos caballos, un gran jardinero y muchos muñecos de baratillo. El cocinero vale poco. Es un marmitoncillo que estaba en París en los Trois Freres Provenceaux... Francamente, me carga lo que no es decible este palacio de similor, tan semejante a una [89] prendería... Parece una gran librea recargada de galones... Pero, querida Milagros, ¿sabe usted que estamos aquí haciendo un papel lucido? ¿Entramos en la alcoba de María? ¿Habrá reconciliación por ahora? Los ojos de la marquesa se iluminaron como la luz de los faros giratorios cuando les llega el momento de crecer. Después se apagaron, mientras los labios decían: -¡Reconciliación! ¡Oh! ¡Desgraciadamente, no la habrá! -Y Pepa, ¿dónde está? -En Madrid. -Sería una desfachatez que se presentase en Suertebella. Todavía no me explico por qué está aquí María. -Mi pobre hija fue acometida de un violento ataque. Hallábase en un caserón sin muebles, sin camas, sin recursos. El marqués de Fúcar la hizo trasladar aquí. ¡Cuánto le agradecemos su bondad!... Pero mi bendito yerno... No puedo contenerme, voy a decirle cuatro verdades... ¡Ah!, el sorbete. La marquesa se había levantado con ciertos ademanes de femenil fiereza; pero se sosegó, volviendo a su primer asiento entre ídolos y jarrones para hacer desaparecer el sorbetillo en las profundidades inconsolables de su ser afligido. [90] Polito había vuelto al billar, donde jugaba a carambolas con su amigo Perico Nules. -¡Eh!... Philidor... -exclamó de improviso, mascullando el tarugo de aspirar brea-. Haga usted el favor de mandar que me traigan un poco de jamón en dulce y una copa... -¿De Jerez? Vaciló, rascándose la barba rala. -No, que me irrita... De Chateau-Iquem. Si yo pudiera dejar la maldita brea...; pero no, no puedo dejarla, porque me ahogo... ¡Eh!, un momento, mon cher Philidor... A éste tráigale usted también jamón en dulce o lengua escarlata y pajarete. Cuando se quedaron solos, Polito se llevó los dedos a la boca y dijo a su amigo: -¿Smoking?... -¿Fumar? Pues fumemos -dijo el otro sacando su petaca. -Hombre, no... Mira, allí está la caja... Toda la Vuelta Abajo la tenemos en casa. Los dos, bastoneando con los tacos, fueron derechos a una caja de tabacos que con su incitante olor revelaba el aristocrático abolengo de los vegueros que entre sus tablas de cedro tenía. -¡Buenos cigarros, buenos! -Mira, chico, aquí viene bien aquello de "lo que es de España...". Hagamos provisiones. [91] Y metieron la mano en la caja. -Hombre, es demasiado -dijo Perico Nules, algo escandalizado de aquella incautación. -No seamos panolis... Digamos como Raoul: chascun per se... Esto lo dijo cantando a Meyerbeer. Cada nota disminuía de un modo deplorable la riqueza tabaquina del marqués de Fúcar. -Verdaderamente, ¿qué es esto que vemos, que tocamos, que fumamos? -dijo Nules, encendiendo una cerilla-. ¿Qué recinto es éste, espléndido y rico, donde ahora estamos? Este salón lujoso, ¿qué es? Los ricos alicatados árabes de esta sala, el caballo en que has paseado esta tarde, las piñas de la estufa, los cuadros, las flores, los tapices, los vasos, ¿qué son? Pues son el jugo, la savia, la esencia de nuestro país, de nuestra amada patria..., ¿tú te enteras?, y como las cosas sacadas de su centro natural por malos caminos tienen que volver a su natural centro temprano o tarde, bien así como los seres orgánicos se asimilan por el alimento aquello mismo que pierden por el uso de la vida, resulta que... Trajeron el jamón, y la presencia del lacayo obligoles a guardar silencio. -Y como nosotros somos el país o parte del país...-dijo Leopoldo. -El país recobra lo que le pertenece [92] -añadió Nules, arremetiendo al condumio. Aquel humorístico joven era el mismo que había hecho, según crónicas fidedignas, la interpretación profana y maliciosa de las pinturas y letreros de la capilla. -La riqueza, querido Polo -dijo escanciando el pajarete-, es un círculo, ¿te enteras bien?, es un círculo...; sale y vuelve al punto de partida... El Estado saca a mi padre por contribución la mitad de sus rentas de Jerez; Fúcar le saca al Tesoro, en el feliz instante de un empréstito, la contribución de seis meses, y yo me bebo el vino de Fúcar y le fumo sus cigarros, con lo cual satisfago una necesidad que mi padre no pudo satisfacerme por causa de aquella maldita contribución. ¿Tú te enteras de este círculo infinito?... Todavía quedan algunos cigarros en la caja. Ésos se los fumarán los criados. -No lo consiento, ¡pietoso ciel! -dijo Leopoldo-. No faltaba más..., in tal periglio stremo... -¡Oh!, ¡feliz encuentro! -exclamó Nules mirando al parque por la ventana-. Ahí están las de Villa-Bojío, madre e interesantes hijas. Leopoldo se asomó para ver a las damas que del landó bajaban junto a la escalinata, y su corazón se movió en pecho con trabajoso [93] palpitar, así como la pepita de una avellana medio seca que tiembla en las ramas agitadas por el viento. -Convidémoslas a dar un paseo en coche -dijo Nules. -Sí, que enganchen. ¡Attelez!... Philidor... -dijo Leopoldo gritando-. Pero vamos a recibirlas. -Las llevaremos a dar un paseo a Leganés. -No hay nada que ver. -Aunque sea a ver a los locos. [94] - IX - También yo despeino Los progresos en la mejoría de la pobre santa y mártir siguieron por la tarde; pero al anochecer cesaron. María sintió dolor de cabeza, cierto mareo y se amparó de ella la tristeza. Paoletti la había acompañado gran parte de la tarde, hablando muy poco y de cosas sin sustancia. León pasaba largos ratos a su lado. -Oye -le dijo María-, no sé si es cosa de mi imaginación, algo extraviada por la fiebre, o engaño de mis sentidos; pero ello es que siento... -¿Qué sientes? -Como si por ahí, no sé por dónde, anduviera mucha gente... Creo oír como tropel de criados y ruido de platos, y hasta me parece que siento olores de comida que me repugnan. León quiso arrancarle aquellas ideas, mas [95] no lo consiguió. Sólo se quedó tranquila cuando Paoletti, que era para ella la verdad misma, le dijo: -Mi querida amiga, esos ruidos y esos olores, quizás sean pura aprensión. Esta vez el gallo no cantó. -Deseo rezar -dijo María-. Pero no te vayas, León, no te vayas. Supongo que, viéndome enferma, no te reirás interiormente de mí porque rece. Quiero que me oigas y que te estés callado oyéndome, porque ésa es tu obligación. El que no cree, oye y calla... Pero no: no te separes, no... -Si estoy aquí. -Siéntate, y no mires al suelo, sino a mí. Mi padre y yo rezaremos, y tú... ahí, ahí quieto. Cada palabra nuestra será un latigazo...; pero tú quieto ahí, sin moverte, mirándome..., aquí..., de modo que yo te vea bien... Y sujetándole la mano, echábale miradas amorosas. -No debes rezar -le dijo León-. Nuestro amigo el señor Paoletti rezará... Pon atención y no te fatigues. -Bueno -dijo María, tomando de debajo de la almohada una medalla que le había traído Rafaela-. Ahora hazme el favor de besar esta medalla. León la besó, no una, sino muchas veces. María la besó luego, diciendo: [96] -¡Madre mía, salva a mi ateo, y si él no quiere salvarse, sálvame a mí, y mientras viva consérvamele fiel! Sin quererlo, se pintó a sí misma en esta breve plegaria. La síntesis de su pensamiento era: "Que yo me salve, aunque para salvarme tenga que hacer pedazos la ley fundamental del matrimonio, y que mientras yo abandono lo humano para aspirar con ferviente anhelo a lo divino, mi marido, este hombre que la Iglesia me dio para mi regalo, me quiera mucho, muchísimo, guardándose muy bien de mirar a otra". En una palabra: para ella, como poseedora de la verdad, grandes libertades; para él, como esclavo del error, todos los deberes. La habitación se oscurecía lentamente, llenándose de tristeza fúnebre, en la cual no tenía poca parte el rezo cadencioso del diminuto clérigo. ¡Cosa por demás extraña! Aquella voz, tan armoniosa y dulce en la conversación corriente, tornábase un tanto áspera en la plañidera rutina de los paternostes y ave-marías. Rafaela trajo luz a punto que se acababa el rezo, y con esto y con la claridad y la transición del sonsonete al tono agradable del diálogo, se creería salir de una región sepulcral a una esfera de vida. Paoletti, después de charlar jovialmente con su ilustre hija espiritual, [97] se despidió hasta el siguiente día. Cuando León, atento a las conveniencias, le acompañaba hasta la sala del Himeneo, el clérigo le dijo con acritud: -Quiera Dios, asegurándole la salud, que me sea permitido pronto mostrarle la pura verdad. Esta comedia comienza a dejar de ser caritativa. León vio al pequeñuelo clérigo bajar con precaución la escalinata y meterse en el coche, y cuando éste rodaba por la fina arena del parque, se internó de nuevo en el palacio, diciendo para sí: "¡La verdad! ¡La verdad! ¡Que la sepa y que viva! Ése es mi deseo". En el salón de tapices, llamado así porque contenía en sus paredes hermosa colección de aquellas obras de arte, cuyas gastadas tintas y pálidas figuras parecían representar una procesión de tísicos, había placentera tertulia. León no quiso asomar por allí y volvió al lado de su mujer. Nada ocurrió en la primera noche digno de ser referido, sino que el médico, no seguro aún del buen resultado, recomendó con más energía el reposo, y puso veto a los rezos y ejercicios místicos. Serían las diez cuando María, después de dormir un poco con fácil sueño, se mostró inquieta, inclinada a hablar más de la cuenta. León, obedeciendo a [98] su mandato, había colocado un sofá junto a la cama, y en él trataba de descansar también. Pero María le hacía mil preguntas, hablándole de sí misma, de él y de los demás. Entonces oyó León repeticiones de las impertinentes homilías caseras que le habían mortificado tanto en épocas anteriores; se oyó llamar ateo, empedernido materialista, enemigo de Dios, hombre lleno de orgullo y de pecado, si bien estas duras acusaciones eran suavizadas en el orden material por la hermosa mano de María, acariciando la barba del heterodoxo, dándole golpecitos a ratos o cogiendo entre sus finos dedos la piel del cuello con tanta fuerza a veces, que se oía la voz del marido: -¡Oh!, que me haces daño. -Más mereces tú... Pero mucho te será perdonado si cumples tus sagrados deberes conmigo. Sucedía a esto una larga pausa en que los dos parecían dormitar, y de pronto María despertaba sobresaltada y decía: -Vamos a ver, marido, ¿cuál de nosotros dos vale más? -Evidentemente, tú, eso no puede dudarse. -Ayúdame a hacer memoria... ¿Es cierto que yo te dije que no te quería y que tú me dijiste también que no me querías? [99] León se quedó perplejo, sin saber qué contestar. -No recuerdo nada -respondió al fin. -¿Que no recuerdas...? ¿Lo habré soñado yo? -Es que no recuerdo. Me he consagrado a cultivar el olvido. -Pero te alejes de mí. -Si no me muevo. -Acércate más... aquí. ¡Qué pálido te has puesto!... ¡Qué ojeras tienes, querido!... Acércate más. Que tu cabecita esté cerca de mí. Después de esta insinuación cariñosa se volvió a dormir, asiendo fuertemente por los cabellos cortos y rizados la hermosa cabeza de su esposo, como pintan al verdugo cogiendo la cabeza del ajusticiado para mostrarla al público. La luz de velar enfermos, tenue, misteriosa, encerrada dentro de un cilindro de porcelana, a la cual daba transparencias de ópalo y madre-perla, trazando además en el techo un gran círculo de claridad movediza, alumbraba lo bastante para ver los bultos y la indecisa silueta de los rostros. Todo lo oscurecía aquella luz, semejante a la que debe existir en el Limbo, convidando al sosiego y a un medio sueño parecido al estupor. León no velaba ni dormía; el cansancio le impedía lo primero, y la atormentadora idea no le dejaba llegar [100] al reposo cuando caía lentamente en él. Ya muy avanzada la noche, creyó sentir ligero rumor en el cuarto y miró con asombro porque no era posible que nadie entrara allí a tal hora. Quedose helado de espanto cuando vio una sombra o fantasma que avanzaba con lento paso. Parecía un capricho óptico de la misteriosa luz encerrada en el vaso cilíndrico. Felizmente, él no podía creer en aparecidos. Quiso moverse para expulsar al intruso, a quien al punto reconoció como persona humana, pero no pudo. Estaba muy bien agarrado por los cabellos, y el más ligero movimiento habría despertado a su mujer, que dormía con sueño tranquilo. Extendió el brazo para decir algo con el brazo, ya que no podía decirlo de otra manera, pero el fantasma no hacía caso; se acercaba más, se inclinaba hacia el lecho con cierta curiosidad parecida al pavor. León sintió el extraño envolvimiento, por decirlo así, de una mirada dolorosamente expresiva. Su corazón latía y forcejeaba en el pecho, como un loco furioso dentro de su camisa de fuerza. Estaba indignado... ¡No poder hablar, no poder moverse para conjurar aquel peligro! Luego observó que el fantasma, y seguiremos dándole este nombre pueril, movía su cabeza, como quien acusa o reconviene o desprecia. Después se alejó sin cautela, precipitadamente, [101] haciendo más ruido que al entrar y dejando tras de sí un quejido como una ráfaga de viento que pasa. María se despertó sobresaltada. -¡León, León! -dijo-. Yo he visto... -¿Qué?... No delires. -Yo he visto... sí, y he oído... como el ruido de una falda de seda... corriendo. -Sosiégate... Aquí no ha entrado nadie. -Yo vi -dijo María, llevándose las manos a los ojos-. Me pareció que una mujer salía por aquella puerta. -Duérmete otra vez y no veas ni oigas lo que no existe. -¿Está el padre Paoletti? -¿Cómo ha de estar, hija? Son las doce de la noche. Vendrá mañana. -¡Oh! Yo quiero que él me explique esto. Él sólo me lo puede explicar. Después la dama se durmió profundamente, recogidas y puestas blandamente sobre el pecho las manos, con lo cual dicho está que dejó libres los cabellos de su esposo. Éste, imposibilitado ya de conciliar el sueño por las batallas de su ánimo, y porque creía sentir aún bullicio de persona viva en la habitación inmediata, levantose del sofá con toda precaución y silencio, y andando con mucha lentitud salió de la [102] alcoba. Al hallarse en el aposento próximo, un ruido singular y que con ningún otro puede confundirse le indicó la precipitada fuga de una falda de seda. Siguió tras ella, pasando de una sala a otra; pero la falda huía, como alimaña que se siente cazada y busca en la oscuridad su vivienda. Por último, en la sala llamada Incroyable o Increíble (ya la conoceremos luego), la fugitiva, cansada de correr, dio con su cuerpo en un sillón. Allí no había lámpara ni bujías, pero por el ancho tragaluz abierto sobre una de las grandes puertas entraba la claridad del farol encendido toda la noche en el ángulo de uno de los grandes corredores del palacio. Alumbraba tan poco y un sí es no es románticamente, la sala Increíble, si no tenía claridad bastante para que en ella se pudiera leer, o mirar las estampas, o hacer un detenido estudio de las porcelanas allí colocadas, teníala para que se reconocieran las personas y aun se recrearan los rostros, si la ocasión lo exigía, en su contemplación muda. Pepa Fúcar, pues no era otra la que allí fue como alma en pena, se inclinó sobre sí en el sillón, juntando la frente a las manos cruzadas y casi tocando con éstas a las rodillas. Entre gemidos pronunció estas palabras: -Ya sé lo que vas a decir, ya sé..., no digas nada. [103] -Por Dios... tu imprudencia... -murmuró León de pie ante ella. -No, no volveré más; no lo haré más... Ya sé que no tengo derecho a nada..., que mi destino es dolor y abandono..., siempre abandonada... Ya sé que no puedo quejarme, que no puedo pedir explicaciones, ni pedir nada, y que hasta el pensamiento amante me está prohibido. León se sentó junto a ella. La dama no cesaba en aquel angustioso movimiento de su cabeza y sus manos cruzadas, inclinándose acompasadamente en dirección de las rodillas. Irguiéndose luego como quien se envalentona consigo mismo y domina su corazón pisoteándolo (también hirió el suelo alternativamente con ambos pies), secó sus lágrimas con las temblorosas manos, porque no tenía serenidad bastante para hacerlo con el pañuelo (y aun se puede asegurar que había perdido el pañuelo), y dijo así: -Está bien... Estoy de más aquí... Tengo todos los sentimientos, pero me faltan todos los derechos... Soy una mujer sin honor. La esposa podría abofetearme y sería aplaudida... Adiós. León le señalaba la salida sin decirle nada. Ella le miró con patética ternura. Rápidamente extendió hacia la cabeza de León su [104] mano, a la cual la pasión daba energía formidable, hizo presa en los cabellos, tiró, trajo hacia sí la cabeza, obligando al cuerpo a una violenta inclinación, la puso sobre sus rodillas, enredó por un instante en el cabello sus diez dedos... Machacó encima... -También yo... -dijo, hablando como se habla cuando no se puede hablar-. También yo... despeino. León se incorporó, vacilante entre la severidad y el perdón. -Márchate -le dijo. -Sí, adiós... -replicó ella alejándose-. No quiero deshonrarte más... Iré despacio. Mi pecho está oprimido. El llorar y el correr me ahogan... No me acompañes... Abrió sigilosamente con llave falsa la puerta del museo pompeyano, la cual estaba en el ángulo de la sala Increíble, y desapareció en un recinto oscuro. León salió poco después por donde había entrado, regresando, como buen soldado, a su puesto de combate. [105] - X - Latet anguis En la tarde precursora de aquella noche, la de San Salomó (a quien no hemos visto desde que en el salón japonés presenciaba el cuadro interesante de la marquesa de Tellería asimilándose un sorbete de piña) fue invitada por don Pedro Fúcar a visitar la estufa, echando al paso una ojeada a los caballos ingleses, poco ha traídos de un harás de Londres. El tratante en blancos, el dije del siglo, en noble que traía su abolengo, si no de batallas contra moros, de felicísimas contratas entre fieles cristianos, conocía muy bien la poca estimación que a Pilar inspiraba, y ganoso de conquistar adeptos, no satisfecho de haber rendido a sus pies a toda la Administración y el agio de ambos mundos, abrumó a la marquesa con obsequios y amabilidades. Además de mostrarle con especial diligencia [106] las maravillas de Suertebella, le regaló algunas preciosidades de las que el palacio contenía, con la añadidura de flores vivas en tiestos de lujo, exóticas frutas, y para colmo de galantería, le dio también reliquias y objetos piadosos que en la capilla había. Con toda su habilidad cortesana no podía ocultar el prócer pecuniario que la pena le dominaba más cada día, y distrayéndose a menudo, echaba suspiros y se quedaba mirando al suelo, cual si en el suelo, escrita en misteriosos guarismos, como el binomio sobre la tumba del gran Newton, estuviese la fórmula de un negocio o empréstito que llevase a las armas fucarinas la tierra toda que habitamos. La de San Salomó, interpretando mal aquel desasosiego, lo atribuyó al escándalo del día, a la situación equívoca y deshonrosa en que estaba Pepa, a la singular instalación de León Roch y su mujer en Suertebella. Firme en este juicio, Pilar dio al marqués cuando regresaban al palacio gracias mil por sus obsequios, añadiendo: -Mucho más valor tienen hoy sus finezas, por hacerlas usted en los momentos en que se halla tan preocupado y entristecido con estas trapisondas. -¡Y qué trapisondas! -exclamó don Pedro, poniendo su alma toda en aquellas palabras-. [107] No lo sabe usted bien, Pilar... Figúrese usted cómo serán ellas para conmover esta montaña. Puso la mano en su pecho, indicando que aquella roca cuaternaria tenía también sus escondidos manantiales de sentimiento. Serían las cinco cuando Fúcar se despidió, después de reiterar a los Tellería el ofrecimiento de la casa. Él iba a Madrid a comer con su hija, y probablemente no volvería a Suertebella hasta el día siguiente. No obstante, en caso de que ocurriera alguna novedad importante, vendría a cualquier hora de la noche. Felizmente, María estaba mejor y se pondría buena sin duda alguna. Después de saludar a Gustavo, que a la sazón entraba, porque no le permitían venir antes sus tareas parlamentarias y el cuidado de su bufete, se retiró. Pilar quería marcharse pronto a Madrid, mas la detuvo Gustavo, que estaba muy afanoso por decirle no sabemos qué cosas; sólo se puede asegurar que la de San Salomó las oyó con grandísimo anhelo, regalándose mucho con aquel notición estupendo, de riquísimo gusto para su curiosidad y para su malicia. Ambos pasearon un rato por el jardín, y a veces Pilar prorrumpía en risas diciendo: -Parece una bufonada y al mismo tiempo un golpe de arriba, un castigo. Es de esos latigazos providenciales que hacen reír, mientras [108] llora el que los recibe... Aquí no cabe lástima ni conmiseración... ¡Oh!, ¡Dios omnipotente! ¡Qué grande eres y qué diligente para acudir a todo! ¡Cómo atajas los pasos de la maldad, disponiendo las cosas con arte semejante al de los que hacen las novelas, causándonos una sorpresa que da miedo y un miedo que nos obliga a pensar en ti y a decirte: "¡Señor, avísanos antes de darnos esos golpes!". A esta ensalada de profanidad y misticismo siguió otra vez la risa, y después estas dos briosas palabras: -Voy allá. -¿Tú, y a qué? -Quiero ver esas caras -repuso Pilar con el lindo pañuelo en la boca; y se frotó la punta de la lengua, como se pulimenta el filo de la hoja después de envenenarla-. Tomaré un pretexto cualquiera. Anochecía cuando Pilar entró en su berlina, mandando al cochero que fuese a Madrid y al palacio de Fúcar. Entró. Don Pedro, su hija, el marqués de Onésimo y la condesa de Vera se disponían a sentarse a la mesa. Fúcar invitó a Pilar para que les acompañara; pero ella se excusó diciendo que no estaría sino el tiempo preciso para dar las buenas noticias que traía. Besó a Pepa, apretó la mano del [109] marqués, después se puso a hacer mimos y caricias a Monina. -¿Qué hay? -dijo don Pedro. -Que María está muy bien. Ya es seguro que habrá reconciliación: así me lo ha dicho Milagros. Me alegro mucho: no me gustan los matrimonios mal avenidos... Monísima, ¿no me das un beso? -No -replicó decididamente Ramona, apartando su cara y defendiéndola con sus manecitas de los labios de Pilar. -¡Oh!, ¡qué tonta, qué mala! -No te quielo. Rechazada en aquel lado, Pilar se volvió a Pepa, y echándole una mirada de compasión, le dijo: -Adiós, querida..., sabes que me asocio a tus desgracias. Al salir, acompañada por don Pedro, díjole al oído algunas palabras, que hicieron en el buen millonario el efecto de un tiro, y al despedirse de él junto al coche, la dama terminó su visita con estas palabras: -He querido prevenirle a usted para que esté con cuidado. Ahora, señor marqués, resignación, resignación cristiana es lo que hace falta. Pepa, en tanto acometida de un estupor doloroso, no sabía qué pensar ni a qué región [110] de las posibilidades volver su alma llena de presentimientos y atormentada por las conjeturas. Aquel anuncio de reconciliación había penetrado en sus entrañas como una lanza. Sentáronse los cuatro a la mesa. Para Pepa, los manjares eran un comistrajo nauseabundo que no podía pasar de los labios. El marqués no comía tampoco. En medio de su pena horrible, Pepa, que había observado desde el día anterior extraña expresión de pena y contrariedad en el rostro de su padre, notó aquella noche que estaba como fuera de sí. También don Joaquín Onésimo, poseedor de los secretos de Fúcar, estaba tétrico. ¿Qué ocurría? "¡Ah! -dijo Pepa para sí, amparándose de una idea triste, que era feliz para ella en aquel momento-. Mi padre habrá tenido algún revés grande en los negocios; estará arruinado..., nos quedaremos en la miseria". Esta idea, con ser de las más negras, la consoló. La causa de la tristeza paterna no afectaba a los grandes intereses de su corazón. ¿Qué le importaban los demás intereses, ni todo el dinero, todos los bonos, todas las obligaciones bancarias, todos los empréstitos habidos y por haber? Pepa habría pasado aquella noche junto a todo el papel fiduciario del mundo, hecho una montaña y encendido por los [111] cuatro costados, y no habría concedido a tanta riqueza perdida ni el favor de una simple mirada. Después de comer, y habiéndose retirado los amigos, don Pedro y ella se encontraron solos en la alcoba donde dormía Monina, a punto que aquel ángel, despojado de sus vestiduras arrugadas por el juego, se disponía a entrar en el rosado paraíso de su sueño inocente. El marqués tomó en brazos a su nieta, y estrechándola con más cariño que de costumbre, y siempre lo hacía con cariño, pronunció estas palabras: -¡Pobre paloma de mi casa! No, no caerás en las garras del cernícalo horrible. -¿Qué tienes, papá?, ¿qué tienes? -exclamó Pepa, uniendo su abrazo vigoroso al tierno enlace con que los brazos de Monina rodeaban el cuello de toro del marqués de Fúcar. -Nada, hija mía, nada... No te asustes, no pierdas tu tranquilidad y confía en mí, que yo lo arreglaré todo. -Pero, ¿no me explicas...? -Todavía no. -¿Has tenido algún quebranto en tus negocios? -No, pichona, no -repuso Fúcar rechazando con cierta indignación aquella conjetura que menoscababa su dignidad de negociante-. [112] He ganado diez milloncitos limpios en el último empréstito. Desecha, pues, esa idea lúgubre. -Entonces... -Nada... no te aflijas. Duerme tranquila y déjame a mí que lo arregle todo. -Pero ¿te vas? -dijo Pepa con desconsuelo, viendo que el marqués se desataba de tan cariñosos brazos. -Sí, tengo que hacer esta noche. Me esperan en el ministerio de Hacienda. A este pobre país desventurado no le basta con el empréstito que se ha hecho, y necesita hacer otro. -Me dejas llena de inquietud... ¿Qué te dijo Pilar? -¿A mí?, nada -repuso el marqués con un poco de turbación-. Nada más que lo que oíste. -Te habló al oído. No... no recuerdo. Que parece segura la reconciliación de nuestro amigo con la pobre María: no me dijo más. Yo me alegro, porque es impropio que dos personas honradas, un marido bueno y una mujer buena se desavengan por una misa de más o de menos. Esto es completamente tonto... Adiós, queridita. -¡Reconciliarse! -exclamó Pepa con los ojos llenos de fuego. [113] El marqués, que no la miraba en aquel momento, dio algunos pasos hacia la puerta. -Felicitémonos de que el bueno se reconcilie con el bueno -murmuró al salir-. Pero no tengamos paz ni perdón para el malo. Que lo perdone Dios. Pepa iba a decir algo; pero este algo debía ser de naturaleza tan escabrosa, que no dijo nada. Quedose largo rato sin moverse de aquel sitio. Después anduvo de una parte a otra de la pieza, llamó a su doncella, dio órdenes, las denegó luego, reprendió al aya, corrió por distintas partes de la casa sin saber a dónde iba. Cuando la niña se durmió, encerrose la madre en su habitación para meditar. Indudablemente un misterio la rodeaba y envolvía como las influencias eléctricas que no se ven pero que se sienten. Pero así como todo humano ser a quien un dolor atormenta, gusta de asimilar las no comprendidas penas de los extraños a la suya propia, la dama creía ver en la desazón moral de su padre una variante del mal agudísimo que ella sentía, o pensaba que los males de ambos provenían de una sola causa. La grandeza de su cuita le impedía ver otra alguna; no imaginaba que criatura nacida pudiera afligirse por cosa distinta de aquella reconciliación tan temida y tan impertinentemente anunciada. [114] Los razonamientos de que pueda ser mentira lo que muy vivamente nos hiere no bastan a desclavarnos el dardo; por el contrario, los silogismos son la peor clase de pinzas que se conoce, y cuando se meten a arrancar lo que tan sólo es una púa, parece que la centuplican. Pepa, dándose a creer que las palabras de Pilar serían falsas, se atormentaba más. Aquella reconciliación la hería, como si corrieran sobre su pecho los múltiples dientes de una sierra. La hora era muy avanzada y el marqués de Fúcar no vendría en toda la noche, porque después de salir del ministerio se iría a cultivar amistades de cierta clase que en la Villa tenía. Era hombre tan benéfico y tan protector del género humano, que sostenía tres casas en Madrid además de la suya. Concebida la idea, Pepa no vaciló en ponerla en ejecución. Fue a Suertebella, entró en el palacio por la puerta del museo pompeyano, de éste pasó a la sala Increíble, y de allí no había más que seguir habitaciones para llegar a donde quería ir. Llegó, vio; en lo demás de este lance hay una parte conocida sobre la cual no es preciso insistir; pero hay otra que conocerá todo el que tenga paciencia para seguir leyendo. [115] - XI - Excesos del apostolado León salió temprano en la mañana del miércoles a dar una vuelta por el jardín. Al regreso estaba solo en la sala de Himeneo, cuando entró Gustavo. Venía con semblante enmascarado de severidad, la vista alta, el además forense, entendiéndose por esto una singular hinchazón y tiesura debidas, aparentemente, al hervor de todas las leyes divinas y humanas dentro del cuerpo, de modo que el individuo reventaría si no tuviera el cráter de la boca, por donde todas aquellas materias flogísticas salen en tropel mezcladas con la lava de la indignación. Su cuñado comprendió al punto que venía de malas. -Estaba esperando con mucha impaciencia que fuera de día para hablar contigo [116] -dijo Gustavo con sequedad que anunciaba mucho enojo. -Cuando se tiene tanta impaciencia -replicó León con más sequedad aún-, se enciende una luz y se habla de noche. -¿De noche?... no; temía distraerte de ocupaciones gratas -dijo el orador con ironía. -Pues habla de una vez y con brevedad. Olvídate de que eres orador y de que vives constantemente entre mujeres que charlan demasiado. -Siento molestarte, pero te comunico que voy a ser largo. -Peor -dijo León con tétrico humorismo-. Ya que predicas, comienza predicándome la paciencia. -Tú la tienes para tus obras criminales -replicó Sudre exaltándose-. Lo que yo podría predicarte ahora es la resignación, si fueras capaz de ella. -Resignación... ¿pues no te oigo? -dijo Roch, que había llegado a una situación de ánimo en que le era imposible, sin reventar, hacer un misterio de la antipatía que toda aquella bendita familia suya le inspiraba. -Mucho has de necesitar, pues esa calma de escéptico, que es la mortaja de tu espíritu sin vida, no te servirá para oír lo que voy a decirte... Ya sabes que soy enemigo del duelo. Es [117] contrario a todas las leyes divinas y humanas. -Yo tampoco lo defiendo; pero creeré que el duelo es bueno si esas leyes divinas y humanas de que me hablas son las tuyas. -Las mías son, y al mismo tiempo las únicas. Aborrezco el duelo porque es absurdo, porque es pecado; pero... -Pero en estas circunstancias -dijo el otro interrumpiéndole-, te decides a condenarte por tener el gusto de batirte conmigo y matarme. -Eso no sería un gusto; soy cristiano. -Acaba -dijo León, exaltado-. ¿A qué vienes? ¿A desafiarme?... El duelo es un absurdo que se acepta; un asesinato fiado al acaso y a la destreza, que a veces se nos impone con fuerza invencible. Yo acepto ese asesinato contigo... cuando quieras, ahora, mañana, en la forma que gustes... -No, no has comprendido mi idea -indicó Gustavo, dando vueltas al tema como abogado que quiere alargar un pleito-. Decía que aunque no soy partidario del duelo, ésta sería una ocasión buena para sobreponerme a mis escrúpulos religiosos y coger una pistola o un sable... -Pues cógelos... -No. Tú has hecho el mal suficiente para que un hombre como yo atropelle todos [118] los respetos, las leyes divinas y humanas, y fíe a un arma el cumplimiento de una sentencia. Pero... -Pero... -dijo el otro, remedando la torcida argumentación de su hermano político-. Habla claro; habla y piensa derecho, como yo, y di "te odio"... -Mis ideas no me permiten decir "te odio", sino "te compadezco"; no me permiten decir "te mato", sino "te matará Dios"... -Pues no me hables entonces con tus ideas; háblame con las ajenas, con las mías. -Si te hablara con las tuyas, me pondría en oposición con las leyes divinas y humanas. Voy a concluir. No se trata de duelo, aunque la ocasión parece reclamarlo y aunque todas las ventajas estarían de mi parte. Primera ventaja: que tengo razón y tú no; que eres tú el criminal y yo el juez, que lógicamente soy el vencedor y tú el vencido. Segunda ventaja: que yo manejo todas las armas, porque me he ejercitado en el tiro y en la esgrima por higiene, mientras que tú, dedicado a la alta física y a la geología, no sabes manejar ninguna. De modo que en el terreno de la fuerza también me conceptúo vencedor. Sin embargo de esto, asómbrate... -¡Me perdonas! -exclamó León, reconcentrando la furia para dar paso a la ironía-. [119] Gracias, elefante cargado de leyes divinas y humanas. -No te perdono -dijo el letrado, dando a su hermosa voz oratoria toda la expresión patética de que era susceptible-; es que renuncio a las ventajas que tengo sobre ti, renuncio a imponerte castigo por mi mano, y te entrego al brazo justiciero de Dios, que ya está levantado sobre ti. -Gracias -repitió León, mezclando en un acento la ironía y la furia-, gracias, alguacil de Dios. Supongo que a tu familiaridad con Dios, de quien eres apóstol, deberás el conocimiento de sus altos secretos y el saber de cosas de justicia divina. -La intención divina se conoce por los deseos del mundo, cuya ordenada disposición es a veces tan clara que sólo un idiota dejaría de ver en ella un movimiento amenazador de aquel brazo terrible que antes nombré. No me tengo por profeta ni por inspirado. Para conocer tu horrible castigo me ha bastado saber alguna cosa que tú ignoras. Por eso renuncio al duelo; por eso remito tu castigo a quien lo ejecutará mejor que yo. Y así te digo: "Vas a morir". -¡Morir yo! -exclamó León, que aun despreciando a su acusador, no podía oírle sin cierto espanto. [120] -Sí, tú. Morirás de rabia. -Lo creo, sí -dijo León, trayendo a su mente en espantosa serie a todos los individuos de su familia política-. Se muere también de un empacho de parientes; y cuando el hombre que persigue con todas las fuerzas de su alma la familia ideal y sus puros y honrados goces no encuentra más que un potro donde diversos sayones le dan martirio, es fácil que reviente y se acabe; que si hay yerbas venenosas, también hay familias mortíferas. -Morirás de despecho -repuso Gustavo con crueldad-. Lo sé, lo he visto, lo tengo escrito en mi bufete en papel sellado, y cada letra de aquéllas es una gota de la mortal ponzoña que ha de destruirte. -No te entiendo -dijo León, tocado al fin de curiosidad-. ¿Y qué?, ¿es algún pleito? ¿Si creerás tú que a mí se me mata con un pleito? ¡Pobres leguleyos! Pasáis la vida envenenando al género humano con vuestros enredos y creéis que yo morderé hoy el cebo de vuestros sofismas... No quiero saber qué intriga horrible es la que estás urdiendo contra mí. -Yo no urdo intriga alguna... Aquí no hay intriga... No hay más que justicia, y aun de esa justicia no soy yo el impulsor, sino instrumento. En otras circunstancias nada habría [121] intentado contra ti; yo te creía honrado; pero después de tu comportamiento con mi pobre hermana, agravado con hechos deshonrosos, que he conocido hace poco... -¿Cuándo? -preguntó León, y su pregunta estallaba como el trueno. -¿No lo sabes? -No. ¿Qué hechos deshonrosos son ésos? -¡Y lo pregunta el hipócrita!... -¡Aquí! -¿Aquí... qué? -Disimulas; mas tu semblante lívido declara tu culpa, y ante la conciencia sublevada, hasta el cartón de tu máscara escéptica palidece. Hace poco te has revelado a mí en toda la desnudez repugnante de tu ser moral, cuya depravación raya en lo absurdo. -Explícate o te... Las manos de León se oprimían como queriendo ahogar algo. -Pues qué, ¿son un misterio para nadie tus relaciones criminales con el ama de esta casa, faltando así al amor de la mujer más santa, más pura, más angelical que Dios ha puesto en el mundo? Con todo, tu conducta hasta aquí, con ser tan contraria a todas las leyes divinas y humanas, no había llegado a la imprudencia. Si eras criminal, no habías descendido a este último escalón de la perversidad [122] en que el hombre se confunde con el Demonio. -Muéstrame ese escalón bajo en que me confundo con tus amigos -dijo León, dando otra vez a su furor el tono de humorismo, de ese humorismo que amarga y embriaga y, al mismo tiempo, hace reír, como el ajenjo. -¿Por qué quieres que te diga lo que sabes? Pero hay malvados que gustan de que se les ponga un espejo delante de su conciencia para recrearse en la fealdad de ella, como los sapos que se miran en los charcos. -Basta ya de viles rodeos y figuras hipócritas. Habla claro, refiere, explica, di las cosas con sus nombres, abogado, orador de Parlamento, ergotista sin fin, enredador de leyes divinas con miserias humanas. -Pues bien: oye lo que has hecho. Después de traer a mi pobre hermana al deplorable estado en que se halla, cualquier hombre, por malo que se le suponga, respetaría, si no la inocencia, al menos la enfermedad. En todo moribundo hay algo de ángel. Tú ni esto has respetado, y mientras la santa víctima reposa en su lecho, tranquilizada quizás por tus mentiras y creyéndote menos malo de lo que eres, tú recibes en la sala Increíble a tu querida. A la una engañas, a la otra enamoras; a la una matas lentamente, a [123] la otra das las caricias robadas al matrimonio. Comprendo estos dos crímenes, León; comprendo el uno, comprendo el otro; lo que no comprendo, porque excede a la ruindad humana, es que los dos se cometan bajo el mismo techo. Son demasiadas infamias para una sola ocasión y un solo sitio. León, antes de que su fiscal concluyera, prorrumpió en una risa franca, despreciativa, con la cual parecía que su enojo se disipaba. -Sí, ríe, ríe; no me causa sorpresa tu risa. Ya he comprendido el descarnado cinismo que se esconde bajo ese forro artificial de virtud filosófica. Tu ser moral se me ha re