EL QUE ACECHA EN EL UMBRAL H. P. LOVECRAFT Y AUGUST DERLETH **************** I. El Bosque de Billington Al norte de Arkham se alzan colinas sombrías, salvajes, cubiertas de bosques y vegetación. Cerca de uno de los limites de la zona boscosa corre el río Miskatonic hacia el mar. Los viajeros que atraviesan esta región rara vez se sienten impelidos a adentrarse en los bosques, a pesar de que existe un camino que penetra entre ellos y probablemente los atraviesa, así como las colinas y el propio Miskatonic, hasta llegar de nuevo a campo abierto. Las casas desiertas que han resistido los estragos del tiempo presentan una apariencia, sorprendentemente uniforme, de desolación: Aunque la zona boscosa propiamente dicha muestra signos de gran vitalidad, la comarca circundante no parece fértil. Realmente, un viajero que recorriera la carretera general del Aylesbury Pike, que es prolongación de la River Street de Arkham, y luego se alejara de las casas antiguas y puntiagudas de esta ciudad en dirección oeste y noroeste hacia la extraña y solitaria comarca de Dunwich, pasado Dean's Comer, no podría por menos de sentirse impresionado por lo que a primera vista parece repoblación forestal intensiva, pero que, observado con más detenimiento, resultan ser retoños nuevos de árboles seculares que habrían debido sucumbir ya al paso del tiempo. Los habitantes de Arkham han olvidado casi todo lo que se refiere a aquello. Hubo leyendas, sombrías y vagas, que las viejas contaban al amor de la lumbre, y algunas de ellas se remontaban a los tiempos de la caza de brujas. Pero, como tan a menudo sucede en relatos de este tipo, con el tiempo se fueron disgregando hasta desaparecer por completo. Y nada quedó de ellos, salvo que el bosque siguió llamándose "bosque de Billington" y las colinas eran "las de Mr. Billington", igual que toda la finca, incluido un caserón que no se veía pero que allí estaba, sin embargo, en lo más profundo del bosque, sobre una loma apacible y, según se decía, "cerca de la torre y el círculo de piedras". Los árboles, añosos y retorcidos, no invitaban a los curiosos ni el bosque atraía a ningún viajero, ni siquiera a los buscadores de antigüe dades, leyendas o costumbres olvidadas, que habrían podido sentir interés por el viejo caserón de Billington. Todos esquivaban ej bosque. El viajero casual pasaba de largo, como con prisa, espoleado por una extraña sensación de desagrado que no se podía explicar, por fantasías e imaginaciones que le hacían dejar sin pena aquellos parajes y llegar de nuevo sano y salvo a casa, igual si venia de Arkham o Boston que de los perdidos villorrios de la zona rural de Massachussetts. Al "viejo Billington" se le recordaba en Arkham por los recuerdos que hablan dejado ancianos fallecidos hacía mucho tiempo. Se había llamado Alijah Billington y habla vivido como un hacendado a principios del siglo XIX. Había nacido en aquella misma casa, que antes había sido de su abuelo y de su bisabuelo, y en sus viajes había partido con rumbo a la madre patria, estableciéndose en la campiña inglesa, al sur de Londres. Desde entonces no se había vuelto a saber de él, si bien sus impuestos eran debidamente pagados por una agencia de abogados, cuya dirección en Middle Temple Lane prestaba dignidad a la leyenda del viejo Billington. Pasaron varios decenios y era de suponer que Alijah Billington se había reunido con sus antepasados, igual que sus abogados. También era seguro que su hijo, Laban, alcanzó la mayoría de edad y que los hijos de sus abogados siguieron repitiendo idéntico esquema de conducta, pues, aunque los decenios pasaban, el pago de los impuestos anuales correspondientes a la deshabitada heredad se seguía efectuando a través de un banco de Nueva York. La finca seguía llevando el nombre de Billington, a pesar de que a principios del siglo xx se dijo que el último de los Billington varones, que sin duda era el hijo de Laban, no había dejado ningún heredero masculino, pasando la sucesión a su hija. No se sabía cómo se llamaba ésta, salvo el apellido de su marido, que era Dewart; pero estas habladurías carecían de interés para los vecinos de Arkham y pronto fueron olvidadas, En efecto, ¿qué representaba para ellos una tal Mrs. Dewart, a la que nunca habían visto, en comparación con el recuerdo cada vez más lejano del viejo Billington y sus "ruidos"? Estos ruidos eran lo que más se recordaba del viejo Billington, especialmente por parte de los descendientes de unas pocas familias de notables de la comarca que se habían atribuido la misión de conservar en lo posible las tradiciones locales. Pero tan eficaces habían resultado las incursiones del tiempo que no había sobrevivido ningún relato de hechos concretos; sólo se decía que a menudo se oían ruidos al anochecer, o ya de noche, entre las boscosas colinas donde vivía Billington. No estaba muy claro, sin embargo, si el propio Alijah era responsable de los ruidos o si éstos tenían otro origen: En suma, Alijah Billington habría sido olvidado por completo de no haber sido por sus temibles bosques, por la salvaje y enmarañada vegetación de sus tierras, por las marismas ocultas en lo más hondo del corazón del bosque, junto a la casa, de las que en las noches primaverales se elevaban extraños sonidos y cantos de ranas como jamás se habían oído en parte alguna en un radio de cien millas a partir de Arkham, y en las de verano brotaba un resplandor casi sobrenatural que danzaba y se proyectaba en las nubes bajas cuando el tiempo era tormentoso. Era de común aceptación que tal luminosidad era producida por miríadas de luciérnagas que habían invadido el lugar en tiempo inmemorial, junto con las ranas, los insectos y otros bichos. Los ruidos habían cesado al marcharse Alijah Billington, pero las ranas seguían croando y no habían disminuido el resplandor de las luciérnagas ni, en las noches estivales, el canto de los chotacabras. Después de tantos años de abandono, un día de marzo de 1921 llegó la noticia de que el gran caserón volvería de nuevo a abrir sus puertas, lo cual despertó interés y curiosidad crecientes entre los habitantes de la comarca. En las columnas del Arkham Advertiser se publicó una noticia breve- y sucinta anunciando que Mr. Ambrose Dewart solicitaba técnicos y operarios para reparar y acondicionar la "Casa Billington" y que éstos podían ponerse en contacto personal con él en su habitación del Hotel Miskatonic, especie de residencia estudiantil que se alzaba en los terrenos de la Universidad, dominándola desde una altura del terreno. Mr. Ambrose Dewart resultó ser un hombre de rostro aquilino y mediana estatura, mirada penetrante y labios finos, cuyo rasgo más llamativo era una cabellera roja que le daba cierto aire clerical. Era extraordinariamente correcto y poseía un humor severo que causó una impresión favorable a los obreros que contrató. Antes de que transcurriera un día más se supo en Arkham que Ambrose Dewart era efectivamente descendiente directo de Alijah Billington, que había efectuado una peregrinación al país que sus antepasados habían adoptado durante tres generaciones o más, y que ahora pretendía regresar allí. Tenía unos cincuenta años de edad y era de tez morena. Durante la gran guerra había perdido a su único hijo y, como no tenía otro heredero, su interés se habla volcado en América, donde pensaba pasar el resto de sus días. Había llegado a Massachussetts hacía quince días para examinar su propiedad y lo que allí había encontrado le había satisfecho sin duda, pues en seguida habla decidido restaurar el caserón y devolverle sus glorias pasadas. Pronto se percató, sin embargo, de que por el momento tendría que prescindir de algunas comodidades modernas, como la luz eléctrica, ya que la línea más próxima pasaba a varias millas de distancia y había que vencer muchas dificultades mecánicas antes de instalar la electricidad en la casa. Pero no había razón alguna para demorar el resto de sus planes y durante toda aquella primavera se realizaron trabajos, la casa fue restaurada y se construyó una carretera que atravesaba la finca hasta la casa y que después llegaba hasta el linde del bosque. Para el verano, Mr. Ambrose Dewart tomó solemne posesión de la casa, tras abandonar su alojamiento en Arkham, y sus obreros fueron despedidos con una generosa prima, para que regresaran a sus lugares de origen llenos de asombro y maravillados por las muchas cosas hermosas que contenía la casa del viejo Billington y por su semejanza con la Casa Craigie, de Cambridge, habitada durante mucho tiempo por el poeta Longfellow, por su bellísima escalera de madera tallada, por el despacho de techo altísimo que tenía una enorme ventana de cristales multicolores que daba a poniente, por la biblioteca que había permanecido abandonada durante tantos años sin que manos humanas manejasen los antiguos volúmenes, y por los innumerables objetos que, según Mr. Dewart, poseían inmenso valor para un amante de las antigüedades. Poco tardaron en reanudarse las habladurías y volvieron a desenterrarse recuerdos del viejo Billington, a quien, según decían, su descendiente se parecía bastante. En el curso de las conversaciones subsiguientes se mencionaron de nuevo los "ruidos" relacionados con el viejo Billington y diversas anécdotas de índole bastante siniestra, cuyo origen nadie conocía a ciencia cierta, salvo que procedían de aquellas zonas de la comarca de Dunwich donde vivían los Whateley, los Bishop y otras familias históricas que se hallaban en mayor o menor grado de decadencia y desintegración. Los Whateley y los Bishop también llevaban viviendo durante muchas generaciones en aquella zona de Massachussetts y habían sido contemporáneos, no sólo del viejo Billington, sino del primer Billington, del que había construido la vieja casona del "rosetón", como llamaban a la ventana de la biblioteca a pesar de que no lo era. Era de suponer que las historias que contaban les habían sido transmitidas de generación en generación y que, si no exactas, por lo menos debían aproximarse bastante a la realidad, de modo que se volvió a despertar el interés por el Bosque de Billington y por el propio Mr. Dewart. Ambrose Dewart, sin embargo, permanecía felizmente ajeno a las habladurías que su llegada había provocado. Era un hombre de naturaleza solitaria y disfrutaba de la soledad en que ahora se hallaba. Su primer interés era informarse lo más detalladamente posible de las ventajas que ofrecía su finca y a tal finalidad se consagró con asiduidad, sí bien hay que señalar, en honor a la verdad, que apenas sabía por donde empezar. Su madre no le había dicho nunca nada de la finca, excepto que la familia poseía "una propiedad" en Massachussetts y que sería "prudente" no venderla, sino conservarla siempre en el seno de la familia, hasta el punto de que, si le ocurría algo a él o su hijo, debería heredarla un primo suyo de Boston, a quien no conocía, llamado Stephen Bates. En realidad, toda la información que había recibido se limitaba a unas cuantas instrucciones misteriosas que sin duda procedían en última instancia de aquel Alijah Billington que había abandonado la finca para trasladarse a Inglaterra. Era una serie de instrucciones y normas que él no acababa de entender bien, sin duda porque aun no se hallaba lo bastante familiarizado con aquellas tierras. Se le conjuraba, por ejemplo, a que no permitiera que el agua dejara "de manar alrededor de la isla", a no "alterar la torre", a no "implorar a las piedras", a no "abrir la puerta que conduce a tiempo y espacio extraños" y a no "tocar la ventana ni intentar modificarla en su menor detalle". Estas instrucciones no significaban nada para Dewart, pero le tenían fascinado. Desde que las habla leído no podía quitárselas de la cabeza, pues volvían una y otra vez a sus pensamientos, como un hechizo, y poco a poco le fueron obligando a hurgar e investigar por la casa y los bosques, entre las colinas y las marismas, hasta que por fin descubrió que la casa no era el único edificio de la finca, pues en ella había también una antiquísima torre de piedra que se alzaba en lo que parecía haber sido en tiempos una islita rodeada por las aguas de una corriente que en su día debió descender de las colinas y desembocar en el Miskatonic. El arroyo tenía ahora aspecto de permanecer seco durante todo el año excepto en los meses de primavera. Descubrió todo esto en una tarde de agosto e inmediatamente quedó convencido de que aquélla era la torre a que se referían las instrucciones de su antepasado. En consecuencia, la examinó con la máxima atención y observó que se trataba de una torre cilíndrica de piedra, rematada por una cubierta cónica, de unos doce pies de diámetro y veinte de alto, que parecía haber tenido en tiempos una abertura en la parte superior, lo que sugería que en su origen la torre habla carecido de tejado. Pero en la actualidad la abertura estaba tapiada. Dewart, que poseía algunos conocimientos de arquitectura, quedó sumamente intrigado ante el extraño edificio. No hacía falta estar muy versado en la materia para advertir que las piedras eran antiquísimas, mucho más - al parecer- que la propia casa. Consigo llevaba una pequeña lupa, que le habla servido para estudiar ciertos antiquísimos textos latinos en la biblioteca de la casa, y con su ayuda examinó de cerca los sillares de la torre, descubriendo que estaban tallados, mediante una técnica sorprendente y desconocida, con un diseño geométrico análogo, aunque más pequeño, al que figuraba en la superficie de las piedras utilizadas para tapiar la entrada. También le resultaba singularmente fascinante la base de la torre, que era de notable grosor y daba la impresión de hallarse profundamente hundida en las entrañas de la tierra. Dewart achacó esto último a que probablemente el nivel del suelo se había elevado desde los tiempos de Alijah Billington. ¿La había, pues, construido Alijah? Parecía, por lo menos en parte, mucho más antigua, pero en tal caso ¿quién la había erigido? Este problema intrigó a Dewart y, como había observado la existencia de numerosos documentos antiguos entre los volúmenes de la biblioteca de su antepasado, confió en la posibilidad de encontrar alguna referencia a la torre en alguno de ellos. A fin de examinarlos emprendió el camino de regreso a casa, aunque no sin antes volverse una vez más para contemplar la torre desde cierta distancia. Entonces se dio cuenta por primera vez de que se alzaba dentro de lo que en tiempos debió haber sido un círculo de piedras comparable en muchos aspectos, para gran satisfacción suya, con los restos druídicos de Stonehenge. Era evidente que, en su día; había corrido agua por ambos lados de la islita, y en bastante cantidad, pues aún no habían desaparecido las señales de erosión a pesar de la espesa maleza que la invadía y de la acción de lluvias y vientos innumerables a los que ninguna barrera detenía como a los supersticiosos habitantes de la región. Dewart caminó sin demasiada prisa. Cuando llegó a la casa ya se había puesto el sol. Había tenido que bordear la zona pantanosa que se extendía entre el lugar donde se alzaba la torre y la loma donde estaba construida la casa. Se preparó la cena y, mientras comía, estuvo reflexionando sobre cuál sería la mejor forma de abordar la investigación que había decidido emprender. Los documentos que había en la biblioteca eran en su mayoría muy antiguos; algunos de ellos sería imposible leerlos, pues se le desharían entre las manos. Afortunadamente, sin embargo, había unos pocos en pergamino y sería posible manejarlos sin que se destruyeran. También había un librito encuadernado en piel que llevaba la inscripción "Laban B." trazada por una mano infantil: Debía tratarse del hijo de aquel Alijah que había abandonado esta tierra con rumbo a Inglaterra hacía más de un siglo. Después de cavilar, Dewart decidió empezar por el diario del niño, pues tal resultó ser el librito. Lo leyó a la luz de un quinqué, pues el problema de la electricidad había quedado sepultado en algún rincón oficial del que, según le prometieron, saldría algún día la solución, adecuada. El quinqué, junto con el rojizo resplandor del hogar -pues la noche estaba fría y había encendido la chimenea- daban al despacho una agradable intimidad, y Dewart pronto se perdió en el pasado que iba surgiendo de entre las amarillentas páginas que tenía ante sí. El niño, Laban - que, según calculó Dewart, debía ser su propio bisabuelo--, era sin duda una criatura muy precoz, pues cuando empezó el diario tenía nueve años y, al final del libro, once, como pudo comprobar Dewart hojeando sus últimas páginas. Se notaba que era un chico extremadamente perspicaz para captar detalles, y no sólo referentes a los acontecimientos domésticos. En seguida descubrió Dewart que el niño era huérfano de madre y que, al parecer, su único compañero era un indio Narragansett que estaba al servicio de Alijah Billington. Se llamaba Quamus o Quamis, pues de las dos maneras escribía el niño su nombre, como si no estuviera seguro de cuál de las dos formas era la correcta. Evidentemente, la edad del indio se aproximaba más a la de Alijah que a la del niño, pues en las crónicas de éste, escritas en amplia caligrafía infantil, se advertía hacia él un respeto que resultaría impropio si fuera de su misma, o parecida edad. El diario se iniciaba con un relato de la vida cotidiana del muchachito, pero después ya no volvía a referirse a ella sino para dejar constancia de que sus tareas hablan sido cumplidas. En cambio, se dedicaba a relatar lo que hacia durante las pocas horas de la tarde en que no tenía que estudiar y podía corretear a su gusto por la casa -o cuando le acompañaba el indio- por los bosques. Sin embargo, según decía, le habían aconsejado que no se alejara mucho de la casa. Del relato se desprendía que el indio era callado y poco comunicativo, excepto cuando relataba al niño algunas leyendas de su tribu, en cuyo caso se volvía locuaz. El niño era imaginativo y se complacía en la compañía del indio, a pesar de su talante, anotando a veces en el diario algunos de los relatos que le contaba. A medida que avanzaba el diario, se veía también que el indio ejecutaba para Alijah ciertos trabajos "después de la hora de cenar". Hacia la mitad del diario faltaban varias páginas que habían sido arrancadas, por lo que existía una laguna en la relación manuscrita por Laban. Inmediatamente después venía una anotación fechada el diecisiete de marzo (aunque sin precisar de qué año), que Dewart leyó con creciente interés, pues la ausencia de las páginas precedentes subrayaba la importancia de su contenido. "Hoy, después de la última hora de estudio, salimos a la nieve y Quamis se fue por la marisma y yo me quedé esperándole en un árbol caído, que no me gustaba mucho, y me pareció que sería mejor seguirle. Conque seguí las huellas que había dejado en la nieve, que había caído por la noche, y le encontré otra vez donde padre nos había prohibido que fuéramos, o sea, en la orilla del arroyo que pasa por donde la torre. Estaba de rodillas y tenía los brazos levantados y decía en voz alta palabras de su idioma, que yo no lo entiendo porque me lo han enseñado muy poco, pero decía una cosa que sonaba como Narlato o Narlotep. Yo le iba a llamar, pero me vio e inmediatamente se puso en pie y vino adonde yo estaba y me cogió de la mano y me llevó lejos de allí. Entonces le pregunté si estaba rezando o qué, y que por qué no iba a rezar a la capilla que habían hecho unos blancos que se llamaban misioneros para que fueran los indios; pero no me contestó y sólo me dijo que no dijera a mi padre dónde habíamos estado, porque si se lo decía le castigarían a él por haber ido a ese sitio, que se lo tenía prohibido su amo. Pero ese sitio está pelado, entre rocas, y es difícil llegar hasta allí porque está rodeado de agua y a mí no me interesa y no sé qué ve allí Quamis para que se atreva a desobedecer las órdenes de padre. " Durante los dos días siguientes no había sino anotaciones carentes de interés, pero a continuación figuraba una frase velada que daba a entender que Alijah había descubierto, y castigado, la desobediencia del indio, aunque el chiquillo no mencionaba en qué había consistido el castigo. Tras siete anotaciones más, banales todas ellas, el diario volvía a hacer referencia al "sitio prohibido". En esta ocasión, el niño y el indio habían sido sorprendidos por una súbita tormenta de nieve y se habían extraviado. Fueron a trompicones de un lado para otro, pues la capa de nieve era muy espesa y el sol de finales de marzo la había ablandado. Los copos se les metían en los ojos y cayeron varias veces al suelo antes de darse cuenta de que se hallaban "en un sitio que yo no conocía, pero Quamis dio un grito muy fuerte y me llevó a rastras de allí y yo me había dado cuenta de que estábamos junto al arroyo que pasa por la isla de las piedras y la torre, pero habíamos llegado por la parte de allá. No me explico cómo habíamos llegado allí, porque habíamos salido en dirección contraria, hacia el Este, pues queríamos ir dando un paseo hacia el río Miskatonic, pero la nieve había empezado a caer tan de repente que debía habernos confundido y nos habíamos desorientado. A Quamis se le veía con tanta prisa y tanto miedo que le volví a preguntar por qué se asustaba, pero me contestó lo mismo que la otra vez, o sea, que a padre "no le gusta". Quiere decir que no le gusta que yo vaya por allí, aunque me deja ir a correr por los demás sitios de la finca y también me deja, ir a Arkham, pero me tiene prohibido ir hacia Dunwich e Innsmouth y tampoco debo detenerme en la aldea india que hay en las montañas de detrás de Dunwich". Después no volvía a hacerse referencia a la torre, pero en cambio encontré ciertos párrafos que me resultaron interesantes. Tres días después de las anotaciones relativas a la tormenta de nieve, el niño dejó constancia de que se habla producido un rápido 'deshielo que "se llevó toda la nieve de la tierra". Y aquella noche, según anotó a la mañana siguiente, "me despertaron extraños sonidos que venían de las colinas, como grandes gritos, y me levanté y fui a mirar primero por la ventana que da a levante y allí no vi nada, y luego fui a mirar por la que da a mediodía y allí tampoco vi nada; y entonces reuní todo mi valor y salí de mi cuarto sin hacer ruido, atravesé todo el vestíbulo y llamé a la puerta del cuarto de mi padre, pero no me contestó y yo creí que no me había oído. Conque me atreví a abrir la puerta y entré en la habitación. Me fui derecho a la cama y me quedé muy sorprendido al ver que no estaba allí ni tampoco había señales de que hubiera estado acostado en la cama aquella noche. Entonces miré por casualidad por la ventana de su cuarto, que da a poniente, y me di cuenta de que había como una especie de resplandor azul o verdoso que salía por encima de los árboles que hay en la hoya que forman allí las colinas hacia poniente, y me quedé asombrado, pues de esa dirección venían los sonidos que había oído, y que los seguía oyendo, que eran como grandes gritos, pero no gritos humanos ni tampoco de ningún animal que yo conociera. Y, mientras estaba allí, en la ventana medio abierta, paralizado de miedo y asombro, me pareció que de lejos venían otras voces parecidas, de la parte de Dunwich o Innsmouth, que se quedaban en el aire como un eco. Al cabo de un rato se fueron callando las voces y también desapareció el resplandor del cielo. Me fui a la cama; pero esta mañana, cuando vino Quamis, le pregunté qué era lo que había hecho tanto ruido por la noche, a lo que me contestó que yo había estado soñando y que él no sabía nada, pero que de todas maneras no se lo contara a padre, y que me lo guardara para mí solo. Conque tampoco le dije lo que había visto, que bastante asustado estaba ya el pobre, como si mi padre fuera a oír lo que estábamos hablando. Estuve a punto de decirle que estaba preocupado por mi padre, que no estaba en su habitación, pero por lo que dijo Quamis, resulta que mi padre sí que estaba en casa, y además en su habitación, que se había quedado a dormir hasta muy tarde. Conque hice como si me olvidara de lo que había oído y visto, como me había dicho Quamis, y vi que Quamis se quedaba tan tranquilo y ya no parecía tan asustado". Durante los quince días siguientes, las anotaciones de Laban se referían a asuntos banales, como sus estudios o sus lecturas. Luego volvía a aparecer otra referencia misteriosa, breve esta vez, pero aguda: "Parece que los ruidos vienen de poniente, pero estoy seguro de que los contesta otro grito que viene de levante, o sea, de Dunwich o de los campos incultos de alrededor." De nuevo, al cabo de cuatro días, el chiquillo escribió que, poco después de haberse acostado, se levantó de la cama para ver la luna nueva y vio a su padre fuera de la casa. "Iba con Quamis y llevaban algo entre los dos, pero no me pude dar cuenta de lo que era. En seguida desaparecieron por la esquina de la casa, hacia levante, y yo me fui al cuarto de mi padre a mirar si los veía, pero no los vi aunque sí oí la voz de mi padre que venía del bosque." Aquella misma noche, a altas horas, había despertado de nuevo por "grandes ruidos, como los de antes, y me quedé en la cama escuchándolos, y me di cuenta de que a veces formaban como una especie de cántico y otras veces eran chillidos destemplados y terribles que daba miedo oírlos". Durante algún tiempo después había anotado observaciones análogas y de ese modo transcurrió casi un año. Su penúltima anotación era extraordinariamente intrigante. Durante toda la noche el niño había estado oyendo los "grandes ruidos" de las colinas y le parecía que todo el mundo tenía que estar oyendo aquellas voces que se alzaban en las lúgubres tinieblas. Por la mañana "no vi a Quamis y pregunté por él. Me dijeron que Quamis se había ido y que no volverla y que nosotros también nos iríamos antes de que volviera a ser de noche. Que llevaríamos muy poco equipaje y que fuera preparando mis cosas. Mi padre parecía tener unas ganas terribles de irse, aunque no decía adónde. Pero yo suponía que nos íbamos a ir a Arkham o, como mucho, a Boston o Concord y no se lo pregunté. Me apresuré a obedecerle, sin saber qué coger para llevarme y por fin he cogido cosas que me pueden hacer falta en un viaje, como pantalones limpios y cosas así. Estoy muy preocupado por la prisa de mi padre, que quiere que nos vayamos a media tarde como mucho y dice que le quedan muchas cosas que hacer antes de irnos. Pero sí ha tenido tiempo de preguntarme varias veces si estaba preparado, si había terminado de hacer mi equipaje y cosas así". La última anotación del diario, tras de la cual sólo quedaban algunas páginas en blanco, había sido escrito aquella misma tarde: "Mi padre dice que nos vamos a Inglaterra. Atravesaremos el océano en un barco e iremos a visitar a los parientes que tenemos en ese país. Ya es media tarde y padre casi ha terminado ya de hacer sus cosas." A continuación, con una caligrafía ornamental, había añadido: "Este es el diario de Laban Billington, hijo de Alijah y de Lavinia Billington, de once años cumplidos hoy hace una semana." Dewart cerró el libro con cierta perplejidad y, sin embargo, lleno de interés. Tras las insólitas palabras que allí había escrito el muchacho se ocultaba un enigma trascendental, del cual desgraciadamente el niño no había averiguado lo suficiente para proporcionar a Dewart ninguna pista útil. La escueta narración, sin embargo, contenía datos que explicaban por qué en la casa habían quedado libros y documentos que lógicamente no deberían estar allí. En efecto, la apresurada partida de Alijah y su vástago no le habla permitido preparar la casa para una larga ausencia. Tampoco había ninguna indicación, por otra parte, de que Alijah tuviera intención de regresar; pero debió pensar que no era muy posible que así fuera, pese a llevarse tan pocas cosas consigo. Dewart volvió a tomar el diario y lo hojeó rápidamente, releyendo párrafos aquí y allá, y de este modo tropezó con otra misteriosa anotación en la que antes no había reparado por hallarse en medio de unos párrafos, aparentemente banales, dedicados a describir con cierto detalle una visita que el niño había realizado a Arkham en compañía del indio Quamis. "Me extrañó mucho que en todas partes nos trataban con mucho respeto y casi con miedo. Los comerciantes eran con nosotros más obsequiosos de lo normal y nadie se metió con Quamis como suelen meterse con los indios por las calles de las ciudades. Una o dos veces me di cuenta de que había unas viejas hablando de nosotros en voz baja y oí que decían la palabra Billington con un tono que parecía como si no fuese un apellido decente, porque lo decían con desconfianza, y no me equivoco ni mucho menos porque lo oí muy bien, pero al volver a casa Quamis me dijo que me lo había imaginado." Así, pues, el viejo Billington era temido o mal mirado y lo mismo sucedía a cualquier otra persona relacionada con él. Este descubrimiento adicional provocó en Dewart un estado de excitación casi febril. Aquélla era una aventura fantástica que no se parecía nada a las habituales investigaciones genealógicas. Allí había un misterio profundo e insondable, algo fuera de lo común y ajeno a toda rutina. Estimulado por el aroma del misterio, Dewart se sentía dominado por la emoción de la caza. Avidamente se lanzó al cúmulo de papeles y documentos, pero no tardó en sentirse vivamente decepcionado, pues la mayoría de ellos parecía referirse a materiales de construcción y contratos de trabajo, y algunos otros a listas de libros que Alijah Billington había comprado en ciertas librerías de Londres, París, Praga y Roma. Casi había alcanzado el punto culminante de su desilusión cuando, por casualidad, topó con un manuscrito apenas legible que llevaba un título de lo más sugerente: De las malignas brujerías llevadas a cabo en Nueva Inglaterra por Demonios sin Forma Humana. Parecía haber sido copiado de un original perdido, o que al menos no se hallaba allí, y era evidente que no todo el original había sido copiado y que no todo lo copiado resultaba inteligible. Sin embargo, el documento podía descifrarse en líneas generales, si bien merced a esfuerzos considerables. Dewart lo fue leyendo lentamente, con muchas dudas y vacilaciones y parándose a menudo a reflexionar. Pero el texto le fascinó de tal manera que cogió papel y pluma y se puso copiarlo laboriosamente. El manuscrito empezaba, por lo visto, en mitad del original. "Mas para no hablar demasiado Extensamente de tan hórrida cuestión, sólo añadiré lo que suele referirse acerca de un Suceso ocurrido en Nuevo Dunnich cincuenta años ha, en los tiempos en que Mr. Bradford era Gobernador. Dícese que cierto Richard Billington, habiendo sido instruido en parte por Malos Libros y en parte por un antiguo Mago de los Indios Salvajes, tanto se alejó de las buenas Costumbres Cristianas que no sólo se declaraba Inmortal en la carne sino que construyó en los bosques un vasto Redondel de Piedras en cuyo interior decía Oraciones al Diablo y lo llamaba Espacio de Dragón y cantaba ciertos Ritos de Magia que son abominados por las Sagradas Escrituras. Habiendo llegado estos Hechos a conocimiento de los Magistrados, negó todo trato Blasfemo, mas al poco tiempo mostró en privado signos de gran Temor por alguna Cosa, que él mismo la había invocado de Noche y había bajado de las Alturas en horas de Oscuridad. En aquel año se cometieron siete muertes violentas en los bosques próximos las Piedras de Richard Billington y los muertos estaban todo quebrados y deshechos como nunca ha sido visto por el Hombre. Cuando se dijo de hacer un Juicio, Billington se perdió de Vista y no volvió a oírse Palabra acerca de él. A los dos meses de entonces, de Noche, oyóse una Banda de Salvajes Wampanaug que vino con Cánticos y Aullidos a estos Bosques y es de parecer que tiraron Abajo el Circulo de Piedras e hicieron muchas más cosas además. Al poco, su Jefe Misquamacus, que era aquel Mago de quien Billington había aprendido algunas de sus Brujerías, se vino a la ciudad y relató a Mr. Bradford algunas Cosas extrañas: a saber, que Billington había cometido un Daño que no podía repararse por completo y que a no dudar había sido devorado por una Cosa que él había hecho bajar del cielo mediante Conjuros e Invocaciones. Y dijo que no existía ningún Medio de devolverla al Sitio de donde había Venido, visto lo cual el Sabio Wampanaug la había capturado y aprisionado en el Lugar donde anteriormente se había alzado el Círculo de Piedras. "Habían cavado tres Anas de profundidad y dos de ancho y Allí habían hechizado al Demonio con Hechizos de ellos sabidos, y lo habían cubierto con (aquí venía un renglón ilegible)... labrado el que denominan Signo Ancestral. En éste, ellos... (de nuevo había unas cuantas palabras ilegibles)... extraído del Abismo. El anciano Salvaje afirmaba que en Modo alguno debía alterarse o tocarse este lugar, no fuera a quedar suelto otra vez el Demonio, lo cual sucedería si se quitaba del Lugar la Piedra plana que llevaba labrado el Signo Ancestral. Habiendo sido interrogado sobre la forma que tiene el Demonio, Misquamacus se cubrió el Rostro salvo los Ojos e hizo una Narración muy curiosa y Detallada, diciendo que a veces es pequeño y sólido como un enorme Sapo del Tamaño de muchos Tejones juntos y otras veces grande y nebuloso, sin Forma, pero con un Rostro lleno de Serpientes. "Se llama Ossadagowah, que significaba (esta palabra había sido corregida para dejarla en "significa") el hijo de Sadogowah, y se le tiene por un Espíritu Espantoso del que los Antiguos decían que había venido de las Estrellas y habla sido adorado anteriormente en las Tierras del Norte. Los Wampanaug y los Nanset y los Nahriganset sabían cómo hacerlo bajar del Cielo pero nunca lo hicieron, pues conocían Su gran Malignidad. También sabían cómo capturarlo y aprisionarlo, pero no sabían cómo hacerlo volver al Lugar de donde venía. Se declaró que las antiguas Tribus de Larnah, que vivían bajo la Osa Mayor y habían sido destruidas hace mucho tiempo por su Maldad, sabían cómo tratar con El en todos Sentidos. Muchos hombres presuntuosos decían poseer Conocimiento de estos y otros Secretos Exteriores, pero ninguno en Estas Partes pudo dar Prueba alguna de dicho Conocimiento. Decían algunos que Ossadogowab a veces regresaba al Cielo por propia voluntad sin que nadie le enviara, pero que no podía bajar a la Tierra si no era Invocado. "Todo esto dijo el anciano Brujo Misquamacus a Mr. Bradford, y desde entonces Nadie ha vuelto a tocar el Montículo que hay en los Bosques cerca de la Charca, al sudoeste de Nuevo Dunnich, y lo han dejado en Paz. En estos veinte años ha desaparecido la Piedra Alta, pero el Montículo está señalado por la Circunstancia de que ni hierba ni arbusto crecen en él. Gentes serias dudan que el malvado Billington fuera devorado, como creen los Salvajes, por lo que él mismo invocara en el Cielo Nocturno y algunos Ociosos refieren que ha sido visto en diversos lugares. El Mago Misquamacus dijo que no desconfiaba de que Billington hubiera sido Arrebatado, mas no diría que había sido devorado como creen otros de entre los Salvajes, pero si afirmaba que Billington ya no estaba en esta Tierra, por lo que había que dar Gracias a Dios." Como apéndice de este curioso documento figuraba una nota garrapateada evidentemente a toda prisa que decía: "Cf. Prod. Tau. del Rev. Ward Philips." Dewart supuso acertadamente que debía tratarse de alguna referencia a uno de los libros de la biblioteca. Sin pérdida de tiempo acercó la lámpara a las estanterías y se puso a examinar los títulos de los volúmenes. Había una notable diversidad de obras y la mayoría le eran totalmente desconocidas. Allí estaban la Ars Magna et Ultima de Lulio, la Clavis Alchimiae de Fludd, el Liber Ivonis, obras de Alberto Magno, la Clave de la Sabiduría de Artephous, los CuItes des Goules del conde d'Erlette, De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn y otros muchos volúmenes deteriorados por los años y relacionados con la filosofía, la taumaturgia, la demonología, la cábala, las matemáticas y temas afines, entre ellos varios tomos de Paracelso y Hermes Trismegisto que tenían señales de haber sido muy usados. Fascinado por estos títulos pero decidido a dominar su deseo de sacarlos uno a uno para examinarlos, Dewart tardó algún tiempo en descubrir el libro que buscaba. Por fin lo encontró, casi escondido en un rincón de una estantería situada a cierta distancia de donde él había estado sentado. Se titulaba Prodigios Taumatúrgicos Ocurridos en el Canaán de Nueva Inglaterra y su autor era el Rev. Ward Phillips, descrito en el frontispicio de la obra como "Pastor de la Segunda Iglesia de Arkham, en la Bahía de Massachussetts". El volumen era sin duda una reimpresión de una obra anterior, pues estaba fechado en Boston en el año 1801. No era un volumen precisamente delgado y Dewart supuso que el Rev. Ward Phillips, al igual que muchos clérigos, había sido incapaz de reprimir sus afanes moralizadores mientras desarrollaba sus tesis. El libro carecía de índices o registros y, como se acercaba la medianoche, Dewart no sintió ningún entusiasmo ante la perspectiva de mirar página por página todo aquel volumen, que además había sido imprimido con eses largas y otros signos tipográficos en desuso que dificultaban su lectura. En cambio, se le ocurrió la brillante idea de que, si Alijah Billington había usado mucho ese volumen lo más probable es que la encuadernación del lomo hubiera cedido por algunas partes y el libro se abriera solo por las páginas que su dueño soliera consultar con más frecuencia. Llevó, pues, el libro y el quinqué a la mesa y tras depositar éste en un lugar conveniente, colocó el libro sobre su desgastado lomo de piel y dejó que se abriera por sí mismo, lo que efectivamente ocurrió, tras ayudarle con unos golpecitos, por un lugar correspondiente aproximadamente a los dos tercios de su grosor. Estaba impreso en una imitación de letra gótica que resultaba un tanto extraña pero que no era tan difícil de leer como el documento que Dewart acababa de descifrar. Además había una nota escrita al margen -Cf. narr. de Rich. Billington- que indicaba sin ninguna duda que aquél era el pasaje que buscaba. No era muy largo, aunque de índole episódica, y no iba precedido ni seguido por ningún párrafo especialmente relacionado con el tema, pues el Rev. Ward Phillips había aprovechado la ocasión para endilgar un breve sermón sobre los "daños de asociarse con Demonios, Familiares & Demás". Pero el pasaje en sí era extrañamente inquietante. "Pero con respecto a la General Infamia; ningún Informe más terrible ha llegado a mi Conocimiento que el relativo a lo que la Dama Doten, Viuda de John Doten de Duxbury, en las Antiguas Colonias, trajo de los Bosques de la Candelaria de 1787. Afirmaba esta Dama, como asimismo sus vecinas, que el Monstruo le había nacido a ella y declaró bajo juramento que no sabía de qué forma había Ocurrido, pues no era Bestia ni Hombre sino una especie de Murciélago con rostro humano. No emitía sonido alguno pero lo miraba todo con ojos funestos. Había, sin embargo, quienes aseguraban que se parecía horriblemente al Rostro de un fallecido de antiguo llamado Richard Bellingham o Bollinhan, de quien se afirma que desapareció por completo tras asociarse con Demonios en la comarca de Nuevo Dunnich. La horrible Bestia Humana fue examinada por el Tribunal y quemaron a la bruja por Orden del Sherif Superior el 5 de junio del año 1788." Dcwart volvió a leer varias veces este pasaje. Contenía ciertas implicaciones pero ninguna estaba clara. En circunstancias ordinarias tales implicaciones podrían haber sido pasadas por alto; pero leídas inmediatamente después de lo que Alijah habla titulado "narr. de Rich. Bíllington", y de la aparición del nombre "Richard Bellingham o Bollinhan", apuntaban sin equivocación posible a Richard Billington. Desgraciadamente, por mucho que se esforzó Dewart; fue incapaz de imaginar ninguna explicación del enigma. El pasaje del Rey. Ward Phillips podía sugerir que un tal Richard Bellingham, suponiendo que fuera Richard Billington, no había sido destruido -"devorado por una Cosa que él había hecho bajar del cielo mediante Conjuros e Invocaciones"- como creía la superstición popular, sino que se había internado con sus malignas prácticas en las profundidades del bosque, cerca de Duxbury, y allí había engendrado un linaje secundario cuyo último descendiente había sido el monstruo descrito por el reverendo. Por otra parte, cuando la Dama Doten trajera al mundo al horrible mutante todavía no había transcurrido un siglo desde los tristemente célebres juicios de brujas, y bien pudiera ser que las supersticiones de aquella época todavía siguieran arraigadas entre los incrédulos, clérigos o laicos, que vivían por entonces en la zona de Duxbury y "Nuevo Dunnich", que seguramente era el pueblo que ahora se llamaba Dunwich y que efectivamente se hallaba en la misma comarca. Dewart se fue a la cama excitado y deseoso de proseguir sus investigaciones. Sin embargo; cayó dormido en seguida, aunque, como había sospechado, se pasó las horas nocturnas soñando con extrañas criaturas parecidas a serpientes y murciélagos. En cambio, sólo se despertó una vez en toda la noche. Durante unos momentos tuvo la clarísima sensación de que le estaban vigilando desde arriba. Pero no le fue difícil apartar estas fantasías y volverse a dormir. A la mañana siguiente, considerablemente repuesto por el descanso, Amhrose Dewart se lanzó a descubrir todo lo que pudiera de su antepasado Alijah en otras fuentes que su propia biblioteca. Cogió el coche y se fue a Arkham, centro urbano que siempre le recordaba a ciertos pueblecitos antiguos de Inglaterra, y allí se recreó en sus puntiagudos tejados apiñados, llenos de ventanucos y buhardillas, en sus portales de montante semicircular y en los estrechos callejones, paralelos al Miskatonic, que conducían de calles escondidas a olvidadas plazoletas; Inició su búsqueda en la Biblioteca de la Universidad del Miskatonic, donde consultó los preciados volúmenes encuadernados del Arkham Advertiser y la Arkham Gazette de hacía un siglo. La mañana era clara y brillante y Dewart disponía de todo el tiempo que le hiciera falta. En muchos aspectos, Dewart era un investigador nato; se lanzaba a las investigaciones lleno, de entusiasmo, aunque rara vez las proseguía hasta el final. Se acomodó en un rincón lleno de luz, con una mesa de lectura para él solo, y comenzó a recorrer pausadamente los semanarios de cuando vivía su tatarabuelo, que estaban llenos de noticias curiosas que llamaban su atención y le hicieron olvidarse varias veces del tema que había ido a investigar. Recorrió los números correspondientes a varios meses antes de dar con el nombre de su antepasado, y por pura casualidad, pues él lo había estado buscando en las columnas de noticias y donde lo encontró fue en la sección de cartas al director. Su comunicación era corta y ruda. "Señor: he leído en su periódico una noticia firmada por un tal John Druven, Esq., sobre cierto libro del que es autor el Rey. Ward Phillips de Arkham, la cual noticia habla de dicho libro en términos muy elogiosos. Cuenta me doy de que es costumbre dedicar finas palabras a los miembros del clero, pero John Druven Esq. habría hecho mayor favor al Rey. Ward Phillips si hubiera señalado que hay cosas en la existencia que es mejor dejar en paz y mantenerlas alejadas de las habladurías del vulgo. Su seguro servidor, Alijah Billington." Inmediatamente Dewart se puso a buscar la contestación y la encontró en el número de la semana siguiente. "Señor: dícese que el comunicante Alijah Bi]lington sabe perfectamente de qué escribe. He leído el libro y le estoy agradecido, declarándome, pues, por partida doble su obediente servidor en nombre de Dios. Rev. Ward Phillips." No encontró más comunicaciones de Alijah, aunque las buscó minuciosamente en muchos números siguientes. A pesar de sus afanes moralizadores, el Rev. Ward Phillips no parecía menos templado que Alijah Billington. Luego pasó cierto tiempo sin hallar mención alguna del nombre de Billington, transcurriendo varias horas - y varios años del Advertíser y la Gazette- aptes de verlo citado de nuevo. Se trataba esta vez de una breve noticia. "El Sherif Superior se sirve notificar a Alijah Billington, domiciliado cerca de Aylesbury Pike, que cese y desista de los trabajos en que ocupa sus noches en especial que haga cesar los ruidos que allí se producen. El Squire Billington ha solicitado ser escuchado por el Tribunal del Condado que se reunirá en Arkham el mes próximo." No venía ninguna otra noticia sobre el tema hasta que Alijah Billington se presentó ante los magistrados. "El acusado Alijah Billington declaró que no ocupa sus noches en trabajo alguno, que él no produce ruidos ni los origina de ninguna otra forma, que respeta las leyes del Estado y que desafía a cualquiera a que demuestre lo contrario. Se presentó a sí mismo como víctima de personas supersticiosas que querían causarle molestias y que no comprendían que viviera solo desde que falleciera su llorada esposa hacía siete años. No permitió que su criado indio Quamis, fuera citado a declarar. En repetidas ocasiones reclamó la presencia de su denunciante, pero se observó que éste no deseaba comparecer y, al no presentarse nadie, el mencionado Alijah Billington quedó justificado y se ordenó la invalidación de la noticia divulgada por el Sherif Superior." Era evidente que los "ruidos" mencionados en el diario del niño Laban no habían sido fruto de su imaginación. Este incidente sugería además que quienes habían presentado la denuncia contra Alijah Billington temían enfrentarse directamente con él. Pero daba la sensación de que en este temor había algo más que la habitual repugnancia de los calumniadores a verse cara a cara con la víctima de su calumnia. Si el niño había oído los ruidos y el anónimo denunciante también, era evidente que otras personas tenían que haberlos oído. Pero nadie se atrevió a declarar que había oído ruidos ni a imputárselos a Alijah Billington. No cabía duda de que Billington inspiraba temor, si no miedo. Probablemente había sido un hombre directo y osado que podía llegar a la agresividad, sobre todo en defensa propia. A Dewart esto le pareció digno de encomio y excitó aún más su interés por el creciente misterio. Supuso que el asunto de los ruidos recibiría a partir de entonces mayor atención de la prensa y, en cierto modo, así fue, en efecto. Al cabo de un mes escaso apareció en la Gazette una carta bastante impertinente de un tal John Druven, que probablemente era el autor de la reseña del libro del Rev. Ward Phillips. Sin duda había debido sentirse ofendido por el seco comentario crítico de Alijah Billington y a continuación se interesaba por los disgustos de Billington con el Sherif Superior. "Señor: con ocasión de un paseo que di esta semana por el oeste y noroeste de Arkham, la noche me sorprendí en los bosques próximos a Aylesbury Pike conocidos con el nombre de Bosque de Billington. Mientras me esforzaba en orientarme para salir de allí, percibí no mucho después de caída la oscuridad un terrible sonido sobre cuya índole me siento incapaz de dar explicaciones, el cual provenía al parecer de los pantanos que se extienden detrás de la casa de Alijah Billington. Durante algún rato permanecí escuchando el mencionado clamor, que me alteró sobremanera, pues en algunos momentos me pareció reconocer en él los inconfundibles de una criatura abrumada por el dolor o la enfermedad y, de haber sabido qué dirección tomar, me habría dirigido hacia él, pues soy hombre sensible al sufrimiento ajeno. Los ruidos continuaron durante un período de media hora o tal vez algo más y luego fueron cesando hasta quedar todo en silencio y yo reanudé mi camino. Su seguro servidor, John Druven." Dewart deseó vivamente que esta comunicación hubiera provocado una airada réplica de su antepasado, pero habían transcurrido las semanas sin que nada apareciera en la prensa. Sin embargo, parecía estar cristalizando cierta oposición a Billington, pues, a falta de respuesta por parte de éste, se publicó una carta abierta del Rev. Ward Phillips en la que éste se ofrecía voluntario para encabezar un comité encargado de investigar el lugar de los ruidos a fin de averiguar sus causas y ponerles fin al instante. La carta estaba perfectamente calculada para provocar a Billington y consiguió su objetivo. Mi antepasado. ignoró en su réplica al ministro y al autor de la reseña del libro y publicó el siguiente anuncio: "Se hace saber que cualquier Persona o Personas que traspasen los límites de la Finca conocida como Bosques de Billington o los Pastos y Tierras adscritos a los mencionados Bosques de Billington, serán detenidos como allanadores y puestos bajo Arresto para ser Juzgados. Alijah Billington ha comparecido en el día de hoy ante el Magistrado y declarado ante él que sus propiedades se hallan debidamente señaladas contra toda clase de Allanadores y Vagabundos y que está prohibido entrar en ellas sin Permiso." Este anuncio motivó una inmediata réplica del reverendo Ward Phillips, quien escribió que "al parecer nuestro Vecino Alijah Billington no desea que se lleve a cabo investigación alguna sobre los ruidos y prefiere seguir siendo el único que tenga Conocimiento de los mismos". Concluía su artera comunicación preguntando sin rodeos a Alijah Billington por qué "temía" que los ruidos y sus causas fueran investigados o suprimidos. Alijah, sin embargo, no era hombre que se dejara abatir por tales maniobras. Poco después contestó que no tenía intención de permitir que le acusaran de ese modo; tampoco tenía razones para suponer que "el autodenominado Rev. Ward Phillips o su protegido el caballero John Druven" se hallaran debidamente capacitados para llevar a cabo tal investigación; y luego la tomaba con los que aseguraban haber oído ruidos. "En lo tocante a estas Personas, no estaría de más preguntarles qué hacían fuera a tales horas de la Noche, en que las Personas decentes se hallan en la cama o al menos en su casa, y no vagando por los Campos, ocultos en las Sombras, en pos de sabe Dios qué placeres o empeños. No presentan ninguna prueba de haber oído ruidos. El declarante Druven asegura en voz muy alta que ha oído ruidos, pero no menciona que alguien le hubiera acompañado. También, hace menos de cien años, hubo quienes, alegando oír voces, acusaron a hombres y mujeres inocentes que fueron condenados a una muerte la más horrible, por Brujos y Hechiceros; mas tampoco tenían pruebas. El declarante ¿es buen conocedor de los sonidos nocturnos del campo para distinguir entre lo que él llama los acentos inconfundibles de una criatura abrumada por el dolor y el mugido de un toro o el berrido de una vaca que busca un ternero perdido o muchos otros sonidos de análoga Naturaleza?. Preferible sería que gentes como él meditaran antes de hablar y no se dejaran engañar por sus oídos y también que no miraran hacia lo que Dios no quiere que se vea." Era desde luego una carta ambigua. Hasta entonces Billington no había puesto a Dios por testigo de su inocencia. La carta, aunque certera en algunos aspectos, mostraba indicios de haber sido escrita apresuradamente y sin la debida reflexión. En resumen, Billington daba pie para que le atacaran y era de esperar qué así lo hicieran, como efectivamente sucedió. Tanto el Rev. Ward Phillips como John Druven lanzaron contra él un ataque frontal. El sacerdote escribió, casi tan secamente como Billington, que observaba con satisfacción, "y doy por ello gracias a Dios, que ese señor Billington reconoce que existen Cosas que Dios desea que el hombre no vea, y sólo deseo que el citado Billington tampoco haya mirado hacia ellas". En cambio, John Druven ridiculizaba a Alijah. "En verdad ignoraba que el Vecino Billington poseyera toros y vacas y terneros, con cuyos mugidos el declarante se halla familiarizado por haberse criado entre ellos. El declarante añade, pues, que no oyó mugido de toro, vaca o ternero en las proximidades de los Bosques de Billington. Ni tampoco balido de cabra u oveja, rebuzno de asno ni voz de ningún animal conocido. Y ruidos los hay, eso es innegable, pues yo los he oído y otros también." La carta seguía en este tono. Habría sido de esperar algún tipo de réplica por parte de Billington, pero no sucedió así. Ninguna comunicación volvió a publicarse firmada por él en la prensa, pero a los tres meses apareció en la Gazette un carta del punzante Druven anunciando que había sido invitado a investigar a su gusto los Bosques de Billington, ya solo o en compañía, con tal de que avisara previamente a Billington a fin de que éste tomara las medidas pertinentes para evitar que fuera tratado como un intruso. Druven manifestaba su intención de aceptar a su debido tiempo la invitación de Billington. Durante algún tiempo no se supo más sobre el tema. Pero luego empezaron a salir una serie de párrafos siniestros y cada vez más alarmantes a medida que transcurrían las semanas. La primera noticia era aparentemente inofensiva. Decía únicamente que "el caballero John Druven, colaborador ocasional de esta publicación", no había entregado su colaboración a tiempo de que saliera en el número de esta semana, y que era de esperar que pudiera aparecer en el de la próxima. A la semana siguiente, sin embargo, la Gazette publicaba un suelto relativamente extenso donde comunicaba que John Druven "no ha sido localizado. No se halla en su domicilio de River Street y actualmente se está llevando a cabo una investigación para descubrir su paradero". A la semana siguiente, la Gazette revelaba que la colaboración que Druven no había llegado a entregar se refería a la visita que había efectuado a la casa y los Bosques de Billington en compañía del reverendo Ward Phillips y de Deliverance Westripp. Ambos acompañantes atestiguaban que los tres habían regresado. Pero aquella misma noche, según la mujer que le atendía, Druven habla salido de casa sin decir a dónde iba, pese a habérselo preguntado. Interrogados sobre las investigaciones que habían efectuado en torno a los ruidos oídos en los Bosques de Billington, el Rev. Phillips y Deliverance Westripp contestaron que no recordaban nada, salvo que su anfitrión se había mostrado muy cortés con ellos y hasta les habla servido un almuerzo preparado por su criado, el indio Quamis. El Sheriff Superior dirigía las pesquisas que se llevaban a cabo para aclarar la desaparición de John Druven. A la cuarta semana seguía sin haber noticias de John Druven. Lo mismo sucedió en la quinta. Y luego, silencio durante tres meses, al cabo de los cuales el Sheriff Superior desistió de continuar la investigación relativa a la extraña desaparición de John Druven. Tampoco se publicó una palabra sobre Billington. Todo el asunto de los famosos ruidos del Bosque de Billington parecía haber perdido de pronto todo interés. Ni en la sección de noticias ni en las cartas al director volvía a aparecer el nombre de Billington. Seis meses después de la desaparición de Druven, sin embargo, los acontecimientos se desencadenaron con desconcertante rapidez. Dewart observó certeramente que la prensa trataba los hechos con prudencia y moderación manifiestas, ya que hechos semejantes habrían dado origen, en la época actual, a titulares sensacionalistas. Durante un plazo de tres semanas, cuatro relatos distintos ocuparon las páginas principales de la Gazette y el Advertiser. El primero de ellos se refería al descubrimiento de un cuerpo horriblemente destrozado y mutilado a la orilla del mar, en las inmediaciones de la ciudad portuaria de Innsmouth, junto a la desembocadura del río Manuxet. El cadáver fue identificado como John Druven. "Se supone que Mr. Druven se hizo a la mar y sufrió heridas mortales al naufragar el barco en que viajaba. Cuando fue hallado el cuerpo, llevaba varios días muerto. Visitó Arkham por última vez, que se sepa, hace seis meses y desde entonces no se había sabido de él. Su cuerpo parece haber soportado grandes penalidades, pues su rostro denotaba intenso sufrimiento y tenía muchos huesos fracturados. "El segundo articulo se refería al antepasado de Dewart, al omnipresente Alijah Billington. Se hacía saber en él que Billington y su hijo Laban habían partido para visitar a sus parientes de Inglaterra. Una semana después, el indio Quamis, que había trabajado para Alijah, era "requerido por el Sheriff Superior para ser interrogado, pero no ha podido ser hallado. Han sido enviados dos alguaciles a casa de Alijah Billington, pero a nadie encontraron allí. Dado que la casa estaba cerrada y sellada, no pudieron entrar en ella por carecer del correspondiente mandamiento judicial". Las pesquisas efectuadas entre los indios que todavía quedaban por entonces en la comarca de Dunwich, al noroeste de Arkham, no dieron resultado. Los indios ni sabían ni querían saber nada de Quamis, e incluso dos de ellos "negaron que tal Persona perteneciera a su tribu y aun que existiera". Finalmente, el Sheriff Superior dio publicidad a una carta inconclusa que el difundo Druven había empezado a escribir la noche de su extraña e inexplicable desaparición, hacía ya siete meses aproximadamente. Iba dirigida al Rev. Ward Phillips y presentaba indicios de haber sido "redactada apresuradamente" según el comentario de la Gazette. Había sido descubierta por la casera de Druven y entregada al Sheriff Superior, quien hasta ahora no había revelado su existencia. La Gazette la reprodujo íntegramente. Al Rev. Ward Phillips Iglesia Baptista French Hill, Arkham Mi estimado amigo: Le escribo para comunicarle que me veo asaltado por un sentimiento de Grave Extrañeza e Intensidad tal que el recuerdo de los Hechos que presenciamos esta misma tarde parece disgregarse y desvanecerse de mi Memoria. Me es imposible dar razón de lo Sucedido, pero aún debo añadir que me veo forzado a pensar más en nuestro anfitrión de hoy, el temible Billington, como si tuviera que volver a él. Paréceme asimismo ingrato suponer que mediante artes Mágicas añadiera a la Comida que juntos compartimos algún Artificio concebido para deteriorar la Memoria. No piense mal de mí, mi buen Amigo, pero me es difícil recordar lo que vimos en el circulo de Piedras del bosque, y a cada instante que pasa mis recuerdos se tornan más confusos... Así terminaba la carta; esto era todo. La Gazette la reproducía tal como había sido encontrada, absteniéndose de sacar cualesquiera conclusiones de ella. El Sheriff Superior se limitó a declarar que, a su regreso, Alijah Billington sería debidamente interrogado. Y nada más. Poco después se publicó la noticia del entierro del desdichado Druven y, al cabo de algún tiempo, una carta del reverendo Ward Phillips comunicando que algunos feligreses suyos que vivían en el campo cerca del Bosque de Billington le habían informado de que no habían vuelto a oírse ruidos nocturnos desde que Alijah Billington se había marchado al extranjero. En los seis meses siguientes de ambas publicaciones no volvía a registrarse mención alguna de Billington y Dewart decidió suspender la lectura. A pesar de lo fascinante que le resultaba esta investigación, tenía los ojos muy cansados; además se había olvidado por completo de comer y ya era media tarde. Realmente no tenía hambre, pero le pareció preferible no seguir abusando de la vista. Los relatos que acababa de leer le habían dejado estupefacto. Hasta cierto punto se sentía decepcionado, pues le hubiera gustado encontrar una información más precisa. Lo que había leído estaba impregnado de sutil vaguedad, de brumas casi míticas, y resultaba aún menos tangible que los crípticos fragmentos descubiertos en la biblioteca de Alijah Billington. Los informes periodísticos en sí no decían nada concreto. Realmente, la única prueba - y circunstancial- de que los detractores de Alijah Billington habían oído de verdad ruidos por la noche era el diario de Laban. Por lo demás, la imagen que de Billington daba la prensa era la de un truhán irascible y casi pendenciero, que no temía en absoluto verse cara a cara con sus acusadores. Había salido bien librado de todas las escaramuzas periodísticas, si bien el Rev. Ward Phillips le había atinado en el blanco una o dos veces. No cabía duda de que el libro cuya reseña había provocado la airada réplica de Alijah era Prodigios Taumatúrgicos Ocurridos en el Canaán de Nueva Inglaterra; y, aunque no había ninguna prueba concreta que hoy en día pudiera admitir un tribunal de justicia, sí que había una coincidencia muy notable en el hecho de que el más acerbo crítico de Alijah, John Druven, hubiera desaparecido de modo tan extraño. Además, la inconclusa carta de Druven planteaba ciertos problemas estremecedores. De ella podía deducirse que Alijah había echado algo en la comida para que sus invitados el comité investigador- olvidaran lo que habían visto; ergo habían visto algo que sustanciaba las veladas acusaciones formuladas por Druven y el Rev. Ward Phillips. Pero en aquel fragmento epistolar había algo aún más esencial: "como si tuviera que volver a él". Pensar en esta frase le daba angustia a Dewart, pues parecía dar a entender que Billington, mediante algún procedimiento, se las había arreglado para atraer hacia sí al más agrio de sus críticos y le había producido la muerte tras haberle hecho desaparecer de escena en primer lugar. Claro que todo esto no eran sino suposiciones, pero Dewart no dejó de darles vueltas en su magín mientras regresaba a la casa del bosque. Al llegar a ella volvió a buscar los documentos que había leído la noche anterior y permaneció durante un rato estudiándolos e intentando por todos los medios establecer una relación entre el Richard Billington del documento y el temido Alijah. No es que buscara una relación de parentesco, pues era evidente que pertenecían a la misma familia aunque se hallaran separados por varias generaciones, sino una conexión sustancial entre los increíbles acontecimientos descritos en el documento y las noticias publicadas en los semanarios de Arkham. Tras considerar minuciosamente el asunto, llegó a la conclusión ineludible de que dicha conexión tenía que existir, aunque no fuera más que por la coincidencia de que en ambas relaciones de hechos, separados entre sí por más de un siglo en el tiempo y varias millas en el espacio, pues unos habían tenido lugar en "Nuevo Dunnich" que sin duda era el Dunwich actual (a menos que entonces se llamara así a toda la comarca) y otros en los Bosques de Billington, en ambas relaciones -repito- se hacía mención de un "círculo de piedras" que inevitablemente le traía a la memoria los restos druídicos que circundaban la torre de piedra que se alzaba en el lecho de un arroyo seco, afluente del Miskatonic. Dewart se preparó varios emparedados, deslizó una naranja y una linterna en sendos bolsillos de la chaqueta y partió, a la luz del atardecer, con intención de contornear la zona pantanosa y caminar hasta la torre. Llegó, entró y comenzó inmediatamente a examinarla de nuevo. En su interior, formando una amplia espiral pegada al muro, ascendía una escalera de piedra extremadamente estrecha y tosca. Por ella fue subiendo Dewart, no sin cierto recelo, observando que a todo lo largo de la misma corría una especie de decoración primitiva pero impresionante, consistente en un bajorrelieve que, según observó en seguida, estaba compuesto por un único motivo ornamental repetido y encadenado hasta la parte superior de la escalera, la cual terminaba por fin en una pequeña plataforma tan próxima al tejado que apenas dejaba espacio para que Dewart se mantuviera allí en cuclillas. La luz de la linterna le permitió observar que el bajorrelieve esculpido a lo largo de la escalera también aparecía en la plataforma y se inclinó hacia él para examinarlo de cerca. Así descubrió que se trataba de un diseño intrincado formado de círculos concéntricos y líneas radiales que, cuánto más atentamente lo miraba, más perplejidad le producía, como un laberinto óptico que parecía cambiar de forma y dibujo de un momento a otro. Dewart dirigió hacia arriba la luz de la linterna. En su anterior examen de la torre le había dado la impresión de que en la parte del techo que parecía de origen más reciente había también algo esculpido, pero ahora vió que sólo una piedra portaba tal decoración. Era un bloque enorme y plano de piedra caliza del mismo tamaño aproximado que la plataforma en que él se hallaba agachado. Sin embargo, el motivo esculpido no repetía el diseño de los bajorrelieves de la escalera sino que representaba toscamente una estrella en cuyo centro aparecía como un ojo único y gigantesco; pero no era un ojo sino más bien un rombo quebrado con ciertas líneas que sugerían llamas o acaso un solo pilar de fuego. Para Dewart este diseño no poseía más significado que el del bajorrelieve de la escalera. Lo que le interesó fue observar que el cemento que sujetaba el bloque había sucumbido en parte a las inclemencias del tiempo y se le ocurrió que con un poco de maña podría quitar el que quedaba y sacar la piedra de su sitio para dejar una abertura en el techo cónico. Además, al pasear la luz de la linterna por la cara interna del techo, se dio cuenta de que en su origen la torre había sido construida con una abertura allí, la cual más tarde había sido obturada mediante el bloque plano en cuestión. Este se distinguía de las restantes piedras del edificio en que era menos tosco y tenía un tinte grisáceo que podía deberse a que era más reciente que los demás sillares o también, en parte, a la oscuridad que reinaba en el interior de la torre. Mientras permanecía allí agachado, Dewart llegó a la conclusión de que debía devolver a la torre su estructura original. Cuanto más pensaba en esta restauración, más le obsesionaba, hasta que decidió efectuar el cambio deseado y quitar el bloque, lo que le permitiría poder ponerse de pie en la plataforma. Barrió con la luz de la linterna el suelo de tierra y, viendo un trozo de piedra que le podría servir de cincel, bajó cuidadosamente por la escalera para cogerlo. Tras sopesarlo y probarlo brevemente, volvió a subir a la plataforma y se puso a estudiar el modo de llevar a cabo sus propósitos sin peligro. La piedra no era tan grande que no pudiera por lo menor desviaría para que cayera fuera de la plataforma, pero pesaba demasiado para sostenerla en vilo. En vista de ello se acurrucó junto al muro y empezó a picar cuidadosamente el cemento, iluminándose con la linterna que había fijado precariamente al bolsillo de la chaqueta. Al cabo de poco estaba seguro de que conseguirla aflojar y sacar la piedra. Vio que primero tenía que desprender el cemento de la parte más próxima a él, de tal modo que el bloque de piedra no cayera encima de la plataforma ni de él, sino que se estrellara en el suelo de tierra del interior de la torre. Se concentró en su tarea y al cabo de media hora cayó la piedra como había previsto, sin rozar la plataforma, lo que le exigió un esfuerzo físico considerable. Entonces Dewart pudo ponerse en pie y se encontró contemplando, a través de la abertura, las marismas que se extendían al este de la torre. Así se dio cuenta por primera vez de que la torre se hallaba en línea con la casa, pues más allá de las marismas y de los árboles que había detrás vio la luz del sol poniente reflejándose en una de las ventanas de la casa. Durante unos momentos se preguntó qué ventana sería, pues nunca había visto la torre desde abertura alguna de la casa, pero se dijo que en realidad tampoco había intentado averiguar si se veía desde allí. Además, a juzgar por las dimensiones de la ventana, no podía tratarse sino de la vidriera de colores del despacho, a través de la cual no se había asomado nunca. Dewart no conseguía imaginarse para qué habían construido allí esa torre. Mientras estaba allí, apoyé las manos en el borde de la abertura recién practicada y observó que se hallaba por encima del techo de la torre, incluso por encima de su misma cúspide, y que su vista abarcaba toda la bóveda celeste. Quizá la hubiera construido un primitivo astrónomo. Desde luego era un buen observatorio para contemplar el giro de los cuerpos celestes en las alturas. También observé Dewart que el techo cónico estaba construido con sillares de piedra tan gruesos como los de los muros, de más de un pie de espesor, quizá de quince pulgadas. El hecho de que el tejado - o, mejor dicho, la bóveda que cerraba la torre por su parte superior hubiera permanecido intacta durante tantos años testimoniaba la pericia del primitivo arquitecto que la había construido, así como tal vez otros edificios, para luego desaparecer sin dejar constancia alguna en la historia. Pero la explicación de que la torre hubiera sido erigida con fines astronómicos no le satisfacía plenamente, pues no estaba situada en una colina, ni siquiera en una loma elevada, sino en una isla, o en lo que en tiempos había sido una isla, hacia la cual descendía el terreno circundante por tres de sus cuatro lados y sólo por el restante bajaba la cuesta suavemente hacia el Miskatonic, que discurría a cierta, distancia entre los árboles. Además, era pura casualidad que la torre dominara los cielos, pues no crecían árboles en sus inmediaciones, ni tampoco, por cierto, matorrales ni hierbas de ningún tipo. Aun así, el horizonte quedaba oculto tras los árboles de las colinas que lo cerraban, de tal manera que las estrellas sólo eran visibles cuando ya estaban bastante altas y desaparecían de la vista un rato antes de ponerse por occidente, lo que no era ciertamente la situación ideal para un astrónomo. Al cabo de un rato, Dewart volvió a descender las escaleras, se ocupó de apartar a un lado la enorme piedra que había dejado caer y salió de la torre por el arco vacío que no oponía obstáculo de ningún tipo al viento y a la intemperie, circunstancia ésta que hacía que la obturación de la abertura del techo resultase más sorprendente aun. No se detuvo a cavilar, sin embargo, sobre este particular, pues la luz disminuía a medida que el sol se iba hundiendo por detrás del cinturón de árboles. Mientras se comía el último emparedado que le quedaba, emprendió el camino de regreso, volvió a contornear la linde del pantano y subió la cuesta que conducía a la casa, cuyos cuatro grandes pilares delanteros, empotrados en el muro frontal, destacaban por su blancura en la creciente oscuridad del crepúsculo. Se sentía vigorizado y satisfecho, como siempre que progresaba en algún trabajo que había emprendido. Aunque durante aquel día había descubierto en realidad pocas cosas concretas y unívocas, se había enterado de preocupaciones, leyendas y modos de pensar típicos de esa región, y también había aprendido muchas cosas de su antepasado, el providente Alijah, que tanto revuelo armara en Arkham en su tiempo para dejar luego tras de sí un misterio insondable que pocos hablan logrado igualar después. En realidad había recopilado una gran cantidad de datos, pero no sabía a ciencia cierta si correspondían todos al mismo conjunto o si, por el contrario, representaban facetas de conjuntos distintos. Al llegar a casa estaba fatigado. Resistió la tentación de volver a sumergirse en los libros de su tatarabuelo, para dar descanso a sus ojos, y en cambio se puso a planear metódicamente sus próximas investigaciones como si aquellos centenares de libros antiguos no estuvieran al alcance de su mano. Cómodamente instalado en el despacho, con un buen fuego ardiendo en la chimenea, Dewart repasó mentalmente todos los aspectos de la investigación que estaba llevando a cabo para determinar qué camino le convenía seguir a fin de obtener los resultados más rápidos y provechosos. Varias veces se acordó del desaparecido criado Quamis y de pronto se dio cuenta de que también existía cierto paralelismo entre su nombre y el del mago citado en el antiguo documento, Misquamacus. La palabra Quamis o Quamus -pues el niño la había escrito de las dos maneras- contenía, en su segunda forma ortográfica mencionada, dos de las cuatro sílabas del nombre del hechicero indio y, aunque era cierto que muchos nombres indios se parecían entre sí, también era probable que la onomástica correspondiente a las distintas familias, o clanes, mantuviera una semejanza razonablemente consistente. Estas ideas le sugirieron la posibilidad de que todavía vivieran en las colinas o en las zonas más retiradas de la comarca de Dunwich algunos parientes o descendientes de Quamis. El que hubiera sido repudiado por su pueblo hacía más de cien años no preocupaba a Dewart, pues quizá precisamente por eso era recordado más vivamente que otros personajes de más relumbrón en los que el romanticismo se habría confabulado con el tiempo para velar o difuminar los rasgos de su personalidad. Si el tiempo lo permitía, bien podría al día siguiente, orientar en este sentido sus indagaciones. Y, tras tomar esta decisión, Dewart se fue a la cama. Durmió bien, aunque en dos ocasiones se removió inquieto en el lecho y se despertó con la sensación de que las mismas paredes vigilaban su sueño. A media mañana, después de haber contestado varias cartas que llevaban algunos días esperando respuesta, salió de la casa con rumbo a Dunwich. El cielo estaba encapotado y soplaba un fino viento del Este que presagiaba lluvia. Como consecuencia de este cambio de tiempo, las colinas boscosas con sus cimas coronadas de piedra, que tan características eran de la comarca de Dunwich, aparecían sombrías y ominosas. Pocos viajeros atravesaban aquella región, pues quedaba un tanto apartada de las grandes rutas y, además, porque a los que la conocían les sugería decadencia y ruina, porque sabían que sus caminos se estrechaban a veces hasta convertirse en sendas cenagosas ahogadas por hierbajos y zarzas que crecían pujantes entre las cercas de piedra que la encajonaban. No llevaba Dewart mucho camino recorrido cuando, de pronto, fue agudamente consciente de la singularidad de aquella región, tan radicalmente distinta incluso de la que rodea la antigua ciudad de Arkham, la de los tejados puntiagudos. Pues, en contraste con las suaves colinas que bordean el Aylesbury Pike, próximo a Arkham, las montañas de Dunwich estaban quebradas por barrancos y gargantas extrañamente profundos, sobre los cuales saltaban puentes desvencijados que parecían centenarios. Las propias montañas estaban peregrinamente coronadas de piedras que, pese a la enmarañada maleza que crecía entre ellas, sugerían la intervención de la mano humana hacía decenios o siglos. Vistas ahora contra las nubes tormentosas, las montañas parecían contemplar con rostro maligno, como torvos reyes coronados de piedra, al viajero solitario que recorría en coche sus estrechos caminos cenagosos y cruzaba sus puentes destartalados. Dewart observó, con un curioso cosquilleo en el cuero cabelludo, que hasta el follaje parecía allí anormalmente crecido, y aunque interpretó este dato en el sentido de que la naturaleza reclamaba la tierra tan ostensiblemente abandonada por sus propietarios, no por ello dejaba de resultar sorprendente que las enredaderas fueran tan largas, que los matorrales crecieran tan vertiginosos. Le recordaban a ciertas remotas laderas de su país natal. El Miskatonic atravesaba la comarca corno una serpiente y, aunque Dewart se había ido alejando de él, de pronto se vio ante sus aguas sombrías, doblemente oscuras en esta región, y contempló un extraño panorama de prados con rocas y marismas lujuriantes donde todavía sonaba la flauta del sapo gigante, a pesar de la estación del año. Llevaba conduciendo tal vez una hora por aquel terreno tan absolutamente ajeno al que suele considerarse típico del este de los Estados Unidos, cuando llegó a ese racimo de casas que era Dunwich, al que ningún cartel anunciador identificaba y cuyas casas en su mayoría estaban abandonadas y en distintos grados de ruina. En la iglesia de roto campanario se hallaba instalado, según le pareció a Dewart tras un rápido vistazo, el único establecimiento comercial del poblado, y en vista de ello condujo el coche en su dirección y lo dejó estacionado junto a la acera. Había dos viejos andrajosos apoyados contra la pared y, no sin dejar de notar que ambos presentaban ciertos rasgos biológicos de degeneración mental y física, Dewart les dirigió la palabra. -¿Alguno de ustedes sabe si quedan indios por esta región? Uno de los viejos se despegó del edificio y se acercó tambaleante al coche. Tenía los ojos estrechados y hundidos profundamente en una piel que parecía cuero. Dewart observó que sus manos parecían garras y, suponiendo que el individuo se acercaba para contestar a su pregunta, se inclinó un tanto impaciente de modo que su rostro quedó claramente visible en la ventanilla del coche. Recibió, pues, una desagradable sorpresa cuando su supuesto informador retrocedió de un salto que casi dio con sus huesos en el suelo. - ¡Luther! -llamó con voz temblorosa al otro, todavía más viejo, que había quedado atrás-... ¡Luther, ven acá! - Y, cuando el otro consiguió asomarse por encima de su hombro, señaló a Dewart y dijo: ¿No te acuerdas de aquel retrato que nos enseñó un día Mrs. Giles? -Luego prosiguió, excitado: - Es él, ¡seguro que es él reencarnado! ¿A que es igual que el retrato? ¡Ha llegado el tiempo, Luther, ha llegado el tiempo que decían! Cuando él vuelva, el otro volverá también. El segundo viejo le dio un tirón de la chaqueta. - Espera un momento, Seth, no tengas prisa. Pregúntale por el signo. ¡El signo! -exclamó Seth-. ¿Tiene usted el signo, forastero? Dewart, que en toda su vida no había encontrado personajes semejantes, sintió una súbita sensación de repugnancia. Tuvo que realizar un esfuerzo consciente para no dejar traslucir su disgusto, pero no pudo evitar cierta rigidez en el tono de voz. -Estoy buscando rastros de las antiguas familias indias -dijo secamente. -Por aquí no quedan indios - dijo el llamado Luther. Dewart aventuró una breve explicación. Ya sabía que no quedaban indios. Pero sí confiaba en encontrar alguna familia que tuviera sangre india en las venas. Utilizó las palabras más sencillas que pudo. y en ningún momento dejó de percibir con inquietud la fija mirada de Seth. -Eh, Luther, ¿cómo se llamaba aquel tipo? - preguntó éste de pronto. - Billington. Así se llamaba. -¿Usted se llama Billington? -preguntó descaradamente Seth. - Mi tatarabuelo era Alijah Billington - contestó Dewart-. Y lo de las familias que le decía... Apenas se hubo identificado, ambos viejos cambiaron completamente de actitud. - Usted coge el camino de Glen y se para en la primera casa que encuentre en el lado de acá de Spring Glen. Es la casa de Bishop. Esos tienen sangre india y a lo mejor algo más que usted no pregunta por ello. Y más vale que se vaya usted de aquí antes que se pongan a charlar los chotacabras y las ranas, que se puede usted perder por alguna de estas partes y oír cosas raras que vuelan y hablan por los aires. Claro que como usted lleva sangre de los Billington a lo mejor no le importa, pero yo se lo tengo que decir si usted me lo pregunta. .¿Cuál es el camino de Spring Glen? -preguntó Dewart. - Usted coge el segundo camino a la izquierda y sigue derecho adonde le lleve el camino. No tendrá que ir lejos. Es la primera casa que se encuentra usted al lado de acá de Spring Glen. Si Mrs. Bishop está en casa, ya le contará ella lo que usted quiera saber. Dewart estaba deseoso de arrancar lo antes posible. Le desagradaba la ordinariez de aquellos viejos, que no sólo estaban sucios y descuidados, sino que además mostraban estigmas de consanguinidad que se hacían evidentes en sus orejas extrañamente malformadas y también en las cuencas de los ojos. Sin embargo; le tenía intrigado de dónde se habían sacado aquellos viejos el nombre de Billington. - Usted habló antes de Alijah Billington - dijo-. ¿Qué se dice de él por aquí? - ¡Nosotros no queríamos ofenderle, señor, no hemos dicho nada malo! -contestó apresuradamente Luther-. Usted coge el camino de la izquierda y tira hacia el Glen. Dewart mostró cierta impaciencia. Seth se inclinó un poco hacia él y dijo disculpándose: -Sabe usted, a su tatarabuelo le apreciaban aquí, y Mrs. Giles tiene un retrato de él, que lo pintó uno que conocía ella, y usted tiene un algo de él, sí, señor. Ya decían que la sangre de Billington volvería al caserón del bosque. Dewart tuvo que conformarse con esto. Se daba cuenta de que aquellos viejos desconfiaban de él, aunque él, por su parte, no dudara de la veracidad de los datos que le habían proporcionado. Giró, pues, sin novedad por el camino de Spring Glen, que ascendía entre las colinas bajo un cielo cada vez más invadido por la noche, y por fin llegó al manantial que daba nombre a la hoya . Allí volvió a girar, pues sabía que la casa de los Bishop se hallaba en las inmediaciones y, tras una breve búsqueda, dio con una casa baja, revestida de madera, que hacia mucho tiempo había sido pintada de blanco. Al principio le pareció de estilo neoclásico, pero al acercarse se dio cuenta de que era mucho más antigua. Esta era la casa de los Bishop, según rezaba el letrero, toscamente caligrafiado y apenas legible por el tiempo y la intemperie, que habla clavado en uno de los postes de la entrada. Subió por un sendero invadido por la maleza, entró cautelosamente en un porche bajo que amenazaba ruina y llamó a la puerta lleno de recelo, pues la casa tenía tal aire de abandono que le parecía imposible que alguien viviera allí. Pero le contestó una voz --una voz vieja y cascada de mujer- que le dijo que entrara y expusiera el motivo que lo traía por allí. Dewart abrió la puerta y al instante le asaltó un hedor casi nauseabundo. La habitación en que acababa de entrar estaba oscura, pero no sólo por la hora del día, sino porque las ventanas estaban cerradas y no había ninguna luz encendida. Gracias a que dejó entreabierta la puerta de entrada pudo distinguir la figura de una vieja acurrucada en una mecedora. Sus blancos cabellos casi resplandecían en las tinieblas de la habitación. --Siéntese, forastero --dijo. -¿Es usted Mrs. Bishop? - preguntó él. La vieja reconoció que, en efecto, ella era Mrs. Bishop. Y Dewart, un tanto apresuradamente, se lanzó a contarle su historia de que iba en busca de los descendientes de las antiguas familias indias de aquella región. Le habían dicho que quizá ella misma tuviera sangre india. -Y le han dicho bien, señor. Por mis venas corre la sangre de los Narragansetts y, antes que ellos, la de los Wampanaugs, que eran más que indios. -Lanzó una risita-. Y usted se parece a los Billington. -Eso me han dicho -contestó secamente-. Soy de la familia. - ¡Un Billington que viene husmeando por aquí y buscando indios! ¿No andará usted buscando a Quamis? -¡Quamis! - exclamó Dewart, sobresaltado. Pero inmediatamente llegó a la conclusión de que la historia de Billington y su criado Quamis debía haber llegado a oídos de Mrs., Bishop. --¡Ay, ya veo que se asusta, forastero! Pero es inútil que busque a Quamis, porque no volvió. Ni nunca volverá. Se fue allí y ya no quiere volver aquí nunca jamás. -¿Qué sabe usted de Alijah Billington? -preguntó bruscamente Dewart. - ¡Vaya pregunta! Yo lo único que sé es lo que me han contado los míos. Alijah sabía más que cualquier mortal -la vieja lanzó una risita sofocada-. Sabía más que lo que debe saber un hombre. Magia y ciencias antiguas. Un sabio, eso es lo que era Alijah Billington. Buena sangre le ha tocado a usted para ciertas cosas. Pero no haga usted lo que él, y tenga cuidado: deje la piedra en su sitio, y que la puerta esté bien cerrada y sellada para que los de afuera no puedan volver. A medida que hablaba la vieja, una extraña sensación de ansiedad se fue infiltrando insidiosamente en la conciencia de Ambrose Dewart. La empresa en que con tanto entusiasmo se había embarcado le alejaba ahora del mundo de los libros y revistas antiguos para introducirle en un universo real que cada vez le resultaba más siniestro y maligno. La vieja bruja, voluntariamente entapujada en las sombras de la habitación --sombras que ocultaban sus facciones, pero que la permitían ver a Dewart y reconocer, como los dos viejos del pueblo, su parecido con Alijah Billington--, empezó a parecerle demoniaca. Su risita cascada era obscena y horrible, tenue como los chillidos casi inaudibles de los murciélagos. Y las palabras que pronunciaba con tanta naturalidad le parecían a Dewart, que de ordinario era hombre poco imaginativo, llenas de un significado extraño y terrible. Sin duda a él le correspondería, refutarías, pero le resultaba extraordinariamente difícil enfocar la situación de un modo prosaico y racional. Mientras escuchaba a la vieja se decía que no era de extrañar que un lugar tan perdido como aquellas montañas de Massachussetts abundara en extrañas supersticiones y creencias sobrenaturales. Y sin embargo en Mrs. Bishop advertía algo más que mera superstición, como un conocimiento oculto que le daba una secreta superioridad sobre él. La actitud de la anciana contenía un punto de desdén y Dewart se sintió incómodo sin saber por qué. -¿Qué es lo que sospechaban de mi tatarabuelo? --¿No lo sabe? -¿Brujería? -¿Pactos con el Diablo? - la vieja volvió a reír entre dientes-. No, no era eso. Era algo que nadie puede decir. Algo que salía vagando y gritando por los montes y formaba una música infernal. Pero de Alijah no se apoderó. Alijah Lo llamó y El vino; Alijah Le mandó ir y El se fue. Y se fue adonde está ahora, acechando y esperando que llegue Su hora y ha llegado el momento en este siglo que la puerta vuelva a abrirse para que El pueda salir de nuevo a merodear por los montes como antaño. Las oblicuas referencias de la vieja parecían aludir a alguna especie de demonio familiar. Dewart poseía ciertas nociones superficiales de brujería y demonología, pero lo que ella daba a entender le sonaba incluso ajeno a lo que de estos temas conocía él. - Mrs. Bishop, ¿ha oído usted hablar de Misquamacus? -Fue un gran sabio de los Wampanaug. Le oí a mi abuelo hablar de él. Por lo menos el asunto Misquamacus no salía por ahora del ámbito de la leyenda. - Y este sabio, Mrs. Bishop... - Oh, no me lo pregunte usted. El sabía. En su tiempo también estaba Billington y usted lo sabe perfectamente. No hace falta que se lo diga yo. Pero ya soy vieja y no me queda mucho tiempo de vida en esta tierra y no me da miedo decirlo. Lo que usted busca lo encontrará en los libros. -¿Qué libros? -Los libros que traen lo que leía su tatarabuelo de usted, ahí viene todo. Si los lee bien, le dirán cómo Aquél contestaba desde la montaña y cómo salía del aire, que parecía llegado de las estrellas. Pero usted no haga lo que él. Si lo hace, ¡que El Que No Se Puede Nombrar se apiade de usted! El Otro está esperando ahí, ahora mismo está esperando ahí, como si fuera ayer mismo cuando Le mandaron ahí. Para ésos no existe el tiempo. Ni el espacio tampoco. Yo soy una pobre mujer, una vieja, y ya no me queda mucho en esta tierra, pero le digo a usted que ahora mismo que está usted ahí sentado, veo las sombras de ésos aleteando y revoloteando a su alrededor. Están esperando, sólo esperando. ¡No se le ocurra ir a llamarlos a las montañas! Dewart la había escuchado con creciente desasosiego y se le había producido el fenómeno conocido como "carne de gallina". La vieja en si, el escenario, el sonido de su voz, todo era fantástico. Pese a saberse encerrado entre las paredes de aquella vieja casa, Dewart tenía la opresiva y ominosa sensación de que le estaban invadiendo las sombras y el ceñudo misterio de los montes coronados de piedra que la rodeaban. Sentía furtivamente la pavorosa convicción de que había alguien justo detrás de él, asomándose por encima de su hombro, como si los dos viejos de Dunwich le hubieran seguido hasta allí, acompañados por una hueste innumerable y silenciosa, y estuvieran escuchando lo que decía. De repente la habitación pareció llena de presencias vivas y en el mismo instante en que Dewart caía hasta ese punto prisionero de sus propias fantasías, la voz de la vieja se apagó transformándose en una horrible carcajada. Dewart se puso en pie bruscamente. Algún chispazo de lo que había sentido debió transmitirse a la vieja bruja, pues cortó su risa en seco y dijo con voz servil y plañidera: - No me haga daño, Maestro. Soy una vieja que no me queda mucho de vida. Esta misma prueba de que le temían llenó a Dewart de una sensación, aún más intensa que antes, de poder y alarma a la vez. No estaba acostumbrado al servilismo y en la actitud de la vieja percibía algo repugnante y terrorífico, algo completamente ajeno a él y a su naturaleza, y como además sabía que no respondía a un conocimiento de sus cualidades personales de él, sino a creencias místicas relacionadas con el viejo Alijah, la citada actitud le resultaba doblemente repelente. -¿Dónde puedo encontrar a Mrs. Giles? - preguntó secamente. - Al otro lado de Dunwich. Vive sola con su hijo, que según dicen es anormal. Apenas había puesto los pies en el porche cuando volvió a oír a su espalda aquel horrible rechinamiento que era la risa de Mrs. Bishop. A pesar del horror que le inspiraba, permaneció allí escuchando durante un momento. Las carcajadas se fueron apagando y a cambio le llegó un murmullo de palabras susurradas; pero, para mayor desconcierto de Dewart, esas palabras no pertenecían a la lengua inglesa, sino a una especie de idioma fonético que resultaba infinitamente sobrecogedor en aquel valle invadido de plantas enormes y putrescentes, entre sombrías montañas. Escuchó como si se hubiera quedado sin fuerzas, pero con gran curiosidad, procurando fijar en su memoria los sonidos que murmuraba la vieja. Eran una combinación de medias palabras gruñidas en tono nasal y bruscas oclusiones de la glotis. Intentó improvisar una transcripción gráfica en el dorso de un sobre que llevaba en el bolsillo, pero cuando terminó e intentó leer lo escrito, se encontró con una jerga sin sentido que no podía interpretar. "N'gai, .ngha'ghaa, shoggog, yhah, Nyarla-to, Nyarla-totep, Yog-Sotot, n-yah, n-yah. "Los sonidos continuaron durante algún tiempo antes de que se hiciera el silencio, pero no parecían más que repeticiones y variaciones de las inflexiones iniciales. Dewart contempló la transcripción que acababa de hacer, absolutamente desconcertado; la mujer, no había más que verla, era medio analfabeta, supersticiosa y crédula; y, sin embargo, aquellos extraños fonemas sugerían un idioma extranjero que desde luego, por lo que sabía de sus años universitarios, no se parecía a ningún idioma indio. Reflexionó amargamente que, lejos de obtener datos que contribuyeran a perfilar con más precisión la imagen de su antepasado, cada vez se veía más sumido en un creciente remolino de misterios, pues la incoherente conversación de la vieja Mrs. Bishop apuntaba hacia nuevos enigmas ignorados hasta entonces, hacia enigmas nebulosamente relacionados con Alijah Billington, o al menos con el apellido Billington, como si éste fuera un poderoso catalizador que desencadenaba una ducha de recuerdos en los que, sin embargo, faltaba una pieza central, un esquema global, que diera significado a su conjunto. Dobló cuidadosamente el sobre para proteger lo que había escrito en él y volvió a guardárselo en el bolsillo. Ahora que ningún sonido competía con el lamento del viento en los árboles, caminó de nuevo hasta el coche y arrancó. Recorrió en sentido inverso el camino que le había llevado hasta allí y atravesó el pueblo, espiado desde quicios y ventanas por miradas furtivas y cautas, por figuras sombrías que no decían nada. Paró donde suponía que debía hallarse la casa de Mrs. Giles. Había tres edificios que podían considerarse "al otro lado de Dunwich", según le había orientado Mrs. Bishop. Ensayó en la casa de en medio y, como no recibió respuesta, se trasladó a la última de las tres, que estaba al final de un largo paseo equivalente a unas tres manzanas de casas de Arkham. Su presencia, sin embargo, no pasó inadvertida. Antes de llegar a la casa vio salir, de entre los arbustos que flanqueaban el camino, una figura humana grande y corcovada que corrió hacia la puerta lanzando gritos vehementes. - ¡Ma! ¡Ma! ¡Que viene! La puerta se abrió y le devoró. Y Dewart se lanzó resueltamente tras él, si bien reflexionando sobre los signos de decadencia y degeneración cada vez más evidentes en esta aldea perdida. La casa no tenía porche; su fachada principal era una pared desnuda y lívida con una puerta en el centro; parecía menos acogedora que un granero y de ella emanaba una atmósfera de aridez y desolación que resultaba casi disuasoria. A pesar de todo, llamó con los nudillos. Se abrió la puerta y había una mujer. -¿Mrs. Giles? - dijo quitándose el sombrero. La mujer palideció. El se empezó a sentir incómodo, pero pudo más su curiosidad. - No quiero asustarla -prosiguió- Desgraciadamente ya he notado que mi persona parece asustar a la gente de por aquí. A Mrs. Bishop también, pero tuvo la amabilidad de decirme que me parecía a alguien, a mi tatarabuelo para ser sincero. Me dijo que viniera a ver un retrato suyo que tiene usted. Mrs. Giles dio un paso atrás. El color le había vuelto parcialmente a su rostro largo y estrecho. Una súbita ráfaga de aire hizo revolotear su delantal durante un instante y en ese tiempo Dewart identificó, con el rabillo del ojo, que la mano de ella allí escondida se aferraba a una figurilla análoga a los amuletos utilizados en la Selva Negra alemana o en algunas zonas de Hungría y los Balcanes: un talismán protector. - ¡No le dejes entrar, ma! -Mi hijo no está acostumbrado a los forasteros - explicó brevemente Mrs. Giles-. Si se sienta usted un momento le traigo el retrato. Lo pintaron hace muchísimos años y a mí me viene de mi padre. Dewart le dio las gracias y se sentó. La mujer desapareció en las entrañas de la casa, desde donde se la oyó intentando sosegar a su hijo. Cuyo miedo, por otra parte, era una manifestación más de la actitud de Dunwich para con él. Pero acaso esta actitud se debiera a la escasez de forasteros y se aplicara por igual a cualquiera que osara irrumpir en esta olvidada comarca montañosa. Mrs. Giles volvió con el dibujo y se lo entregó. Era tosco pero eficaz. Hasta dejó sobrecogido a Dewart, pues, teniendo en cuenta que el retrato había sido dibujado hacia un siglo por un mero aficionado, era evidente que existía una marcada semejanza entre él y su tatarabuelo. En el tosco boceto se veían los mismos rasgos, su misma mandíbula cuadrada, su misma mirada firme, su misma nariz aquilina. La de Alijah Billington, en cambio, tenía un lobanillo en el lado izquierdo, y sus cejas eran bastante más enmarañadas. Pero también era mucho más viejo que Dewart. -Podía ser usted su hijo -dijo Mrs. Giles. - En casa no teníamos ningún retrato de él - dijo Dewart-. Tenía curiosidad por verlo. -Quédeselo si quiere. El primer impulso de Dewart fue aceptar el regalo, pero se dio cuenta de que, por muy poco que significara para ella, el retrato poseía un valor documental intrínseco y él en realidad no lo necesitaba. Movió negativamente la cabeza sin dejar de contemplarlo, como para grabarse en la memoria hasta el último detalle de su tatarabuelo, y después se lo devolvió a la mujer, dándole vivamente las gracias. Cautelosa y llena de vacilación, la mole deforme del hijo se deslizó en la habitación, quedándose junto al umbral, preparado para emprender huida instantánea al menor signo de antipatía por parte de Dewart. Este le echó una ojeada y se dio cuenta de que no era ya ningún muchacho, sino un hombre de unos treinta años: Una revuelta pelambrera enmarcaba su rostro cerril, cuyos ojos miraban a Dewart medrosos y fascinados. Mrs. Giles aguardó tranquilamente a que él hiciera el movimiento siguiente. Era evidente que estaba deseando que se fuera, conque se puso inmediatamente en pie - movimiento que provocó la huida del hijo hacia el interior de la casa-, dio las gracias a la mujer y salió a la calle. Durante todo el tiempo que habla permanecido en la casa, la mujer no había soltado el talismán, o lo que fuera aquel objeto al que con tanta determinación se aferraba. Ya no le quedaba por hacer sino abandonar la comarca de Dunwich, cosa que no le desagradaba demasiado a pesar de los escasos resultados obtenidos. Lo único que le había compensado en parte el tiempo y los esfuerzos consagrados era haber visto el retrato de su antepasado dibujado por un contemporáneo. Pero la verdad era que la excursión a la comarca de Dunwich le había producido una inexplicable sensación de inquietud, junto con una especie de repugnancia física que parecía arraigada en algo más profundo que el simple mal sabor de boca que le habían dejado la decadencia y la degradación manifiestas en la región. No podía explicárselo. En sí, la gente de Dunwich era extrañamente repelente. No podía negarlo. Constituían como una raza propia que mostraba todos los estigmas típicos de repetidas uniones consanguíneas junto con ciertas características fisiológicas diferenciales, como las orejas planas, tan pegadas al cráneo que parecían completamente adheridas a él salvo en su parte posterior, donde se despegaban como alas de murciélago, y los ojos de pez pálidos y saltones, y las bocas grandes y fláccidas que recordaban las de los batracios. Pero no era sólo la gente de Dunwich lo que le afectaba tan desagradablemente, ni tampoco la comarca en sí. Había algo más, algo inherente a la misma atmósfera de la región, algo increíblemente antiguo y maligno que sugería terribles blasfemias ancestrales y horrores nunca oídos. En aquel valle escondido, el miedo y el terror y el horror parecían entidades tangibles; la lujuria y la crueldad y la desesperación parecían formar parte inevitable de la vida en la comarca de Dunwich; la violencia y el vicio y la perversión parecían asentados en su forma de vivir; pero por encima de todo flotaba la convicción de que estaban todos locos, independientemente de edad o herencia, como si en aquel ámbito se anidara una forma de locura que resultaba tanto más terrible cuanto que daba la impresión de haber sido voluntariamente escogida. Pero ni siquiera todo esto bastaba para justificar por completo la repulsión que sentía Dewart; no podía ignorar la desagradable impresión que le había producido el evidente temor que despertaba su persona entre los habitantes de la comarca. Por mucho que intentara convencerse a sí mismo de que sin duda se trataba de un miedo normal que debían sentir hacia todos los forasteros, en el fondo sabía que no era así. Era plenamente consciente de que le tenían miedo porque se parecía a Alijah Billington. Además, recordaba perfectamente el inquietante comentario que había hecho el viejo haragán Seth a su compinche Luther, sobre que "él" había "vuelto". Y lo habla dicho con tanta seriedad que no cabía duda de que ambos creían que Alijah Billington podía volver, y volvería, al país de donde habla partido hacía más de un siglo para morir en Inglaterra de muerte natural. Durante el viaje de regreso a casa apenas se fijó en las ceñudas tinieblas que se extendían por las hileras de montañas, ni en los valles sombríos, ni en las nubes tormentosas, ni en el resplandor de las aguas del Miskatonic cuando la luz se reflejaba en ellas por una grieta entre las nubes. Sus pensamientos estaban ocupados por miles de posibilidades y cientos de caminos por donde podía orientar sus investigaciones. Pero además era consciente de que, por debajo y más allá de sus preocupaciones inmediatas, crecía su convicción de que debía abandonar cualquier intento de descubrir por qué Alijah Billington era tan temido, y no sólo por los actuales habitantes de Dunwich, ignorantes y degenerados, sino por gentes, cultivadas o no, que habían vivido en tiempos de su tatarabuelo. Al día siguiente, Dewart fue llamado a Boston por su primo Stephen Bates, a cuyas señas había consignado en Inglaterra el envío de sus pertenencias. Así, pues, durante dos días permaneció en dicha ciudad ocupado en organizar el traslado de sus cosas al caserón sito en las proximidades del Aylesbury Pike, más allá de Arkham. Durante el tercer día se dedicó a abrir paquetes y cajones y a distribuir sus diversas posesiones por la casa. Entre ellas se encontraba una serie de recomendaciones que le había dejado escritas su madre y que en última instancia provenían del propio Alijah Billington. Como consecuencia de sus recientes averiguaciones, Dewart se hallaba doblemente ansioso por releer este documento. Así, pues, cuando hubo instalado los objetos más voluminosos del cargamento recién recibido, se puso a buscarlo afanosamente, recordando que, cuando su madre se lo había dado, estaba guardado en un sobre de papel Manila que llevaba escrito el nombre de ella de puño y letra de su padre. Al cabo de una hora de rebuscar entre diversos documentos y una completa colección de cartas, encontró el sobre de papel Manila e inmediatamente rompió el sello con que su madre lo había cerrado tras leerle las instrucciones que contenía unos quince días antes de su muerte, ocurrida hacía varios años. Al ver el papel, decidió que no era el documento original redactado por Alijah, sino una copia, efectuada probablemente por Laban cuando ya era viejo, por lo que todavía no contaría con un siglo de edad. Sin embargo, el documento estaba firmado con el nombre de Alijah, y Dewart estaba persuadido de que Laban no lo había modificado ni alterado en el menor detalle. Se llevó al despacho un cazo de café humeante que se acababa de hacer y, mientras se lo iba bebiendo a sorbitos, se puso a leer las instrucciones. El documento no llevaba fecha, pero estaba escrito en letra firme y clara y resultaba fácil de leer. "Con respecto a la finca americana, o sea, la que poseo en el estado de Massachussetts, conmino a los que vengan después de mí a que la conserven en la familia, por razones que es preferible que ignoren. Aunque considero improbable que pongan rumbo nuevamente a las costas de América, si alguno lo hiciere y volviere a hollar aquella finca, yo le conjuro a que observe ciertas reglas, cuyo significado podrá encontrarse en los libros que quedan en la casa llamada Casa Billington, situada en el bosque también llamado de Billington. Las mencionadas reglas son: "No ha de permitir que el agua deje de manar alrededor de la isla donde está la torre ni alterar la torre en ningún detalle ni implorar a las piedras. "No ha de abrir la puerta que conduce a tiempo y lugar extraños ni invitar a El Que Acecha en el umbral ni invocar a las montañas. "No ha de molestar a ranas ni sapos, en especial a los sapos gigantes del pantano que hay entre la casa y la torre, ni a las luciérnagas ni a los pájaros llamados chotacabras, no vaya a abandonar cerrojos y defensas. "No ha de tocar la ventana ni intentar modificarla en su menor detalle. "No ha de vender o enajenar la finca sin añadir al contrato una cláusula que disponga: que la isla y la torré deben dejarse como están y que la ventana no debe ser modificada, excepto para destruirla." En vez de firma había sido copiado el nombre "Alijah Phineas Billington". Teniendo en cuenta lo que ya había descubierto, por fragmentario que fuera, el contenido de este breve documento presentaba un interés más que pasajero. Lo que no conseguía comprender era por qué a su tatarabuelo le preocupaban tanto la torre (que sin duda era la que él había visto e investigado), la marisma o zona pantanosa y la ventana, que probablemente era la del despacho. Dewart levantó la vista hacia la ventana y la observó con curiosidad. ¿Por qué habría que tener tanto cuidado con ella? Desde luego tenía un dibujo interesante, formado por círculos concéntricos atravesados por rayos que salían del centro. El cristal multicolor que rodeaba la pieza redonda central hacía parecer a ésta aún más brillante, ahora que el sol daba de lleno en la ventana. Al mirarla, sufrió de repente un extraño efecto óptico, como si los círculos concéntricos se hubieran puesto a girar y las líneas radiales a vibrar y retorcerse. Entre los vidrios de distintos colores empezó a formarse como un retrato o una escena. Inmediatamente Dewart cerró los ojos fuertemente y sacudió la cabeza, luego aventuró una mirada fugaz a la ventana. No había en ella nada extraño, salvo su misma existencia. Pero la brevísima impresión que acababa de recibir había sido tan vívida que no pudo por menos de pensar que había sufrido un mareo por exceso de trabajo o por haber bebido demasiado café, o quizá por ambas cosas a la vez, pues Dewart era uno de esos individuos, no demasiado escasos por otra parte, que empiezan a dar sorbitos a un cazo lleno de café -preferentemente solo y con mucho azúcar- y poco a poco lo dejan vacío. Dejó el documento en la mesa y llevó a la cocina el cazo del café. Al regresar, miró una vez más hacia la ventana emplomada. El crepúsculo comenzaba lentamente a invadir el gabinete de estudio, pues el sol se había empezado a ocultar tras la muralla de árboles que cerraba el horizonte de poniente y la vidriera resultaba iluminada por un resplandor dorado y cobrizo. Era muy posible -se dijo Dewart- que el juego de la luz crepuscular en los cristales le hubiera hecho ver lo que no existía. Bajó la vista y reanudó su tarea, que consistía en volver a meter la hoja de instrucciones en el sobre de papel de Manila, guardar el sobre en su sitio y seguir arreglando las cajas y los cajones de cartas y otros papeles que quedaban por sacar. Así pasó el tiempo del crepúsculo. Cuando terminó su aburrida tarea, apagó la lámpara que tenía encendida y a cambio encendió un farol pequeño en la cocina. Tenía intención de salir a dar un paseo, pues la noche era dulce y suave. Había como una neblina que era humo de haber quemado paja o rastrojo por la parte de Arkham y la luna creciente iba perdiendo altura por poniente. Pero al cruzar la casa para salir por la puerta principal, acertó a pasar por el despacho y la mirada se le quedó prendida en la vidriera. Lo que vio le hizo pararse en seco. Por algún truco o efecto de la luna en los vidrios emplomados, la ventana había adquirido la apariencia de una cabeza grotescamente malformada. Dewart la contempló fascinado. Pudo distinguir los ojos, o al menos las cuencas, una especie de boca y una frente enorme en forma de cúpula, pero ahí terminaba todo parecido humano. La nebulosa silueta se desflecaba en líneas horrendas que sugerían tentáculos. Esta vez no le sirvió de nada guiñar los ojos: la imagen grotesca y terrible siguió allí. Primero el sol, ahora la luna -se dijo Dewart- y en seguida se dio cuenta de que su tatarabuelo había diseñado la ventana para que produjera ese efecto. Pero esta rápida explicación no le acabó de satisfacer. Acercó una silla a las estanterías que había debajo de la ventana y subió de la silla a lo alto de la estantería, quedando justo enfrente de la ventana y a su misma altura. Lo que pretendía era examinarla vidrio por vidrio, pero apenas se halló en la posición descrita cuando la ventana entera pareció cobrar vida, como si la luz de la luna se hubiera convertido en una fogata de brujas y la silueta espectral estuviera animada por un poder maligno. La ilusión cesó con la misma rapidez con que había empezado. Dewart quedó bastante turbado pero entero. El cristal central de la ventana era incoloro y transparente y a través de él contempló la luna. Bañada en su luz engañosa se alzaba, allá abajo, la fantasmal blancura de la torre rodeada de árboles altos y sombríos. De toda la casa sólo se la veía desde aquel extraño ventanal. Miró fijamente a la torre. Sin duda tendría que ir a que le examinaran la vista, pues ¿ acaso no veía algo revoloteando oscuramente alrededor de la torre, no de la base que no era visible- sino de la cima cónica? Dewart meneó la cabeza. Debían ser efectos ópticos de la luna que, en combinación con vapores que tal vez se elevaban de las marismas, producían figuras y formas extrañas y desconocidas. Sin embargo, se sentía alterado. Bajó de la estantería y caminó hasta el umbral del despacho. Allí se volvió a mirar de nuevo. En la ventana sólo se divisaba un leve resplandor, nada más. E incluso mientras lo miraba, el resplandor disminuyó perceptiblemente. Esto concordaba con el hecho de que la luna se estuviera retirando y lanzó un suspiro de alivio. Era indudable que los acontecimientos de la tarde y de la noche le habían dado motivo para hallarse tan trastornado. Las inexplicables instrucciones de su tatarabuelo - se dijo- habían contribuido a ponerle en un estado de ánimo en que interpretaba erróneamente los datos que le proporcionaban la vista y el oído. Por fin salió a dar el paseo que se había prometido. Pero, como la luna se acababa de poner y la noche había quedado totalmente oscura, no se internó en el bosque, como pensaba, sino que se limitó a pasear por el camino que conducía a la carretera general del Aylesbury Pike. Sin embargo, se hallaba en tal estado de ánimo que no podía liberarse de la impresión de que le seguían y en varias ocasiones miró furtivamente por entre los árboles que se agolpaban a los lados del camino, intentando distinguir el bulto de un animal o el fulgor de unos ojos que delatasen su presencia. Pero no vio nada. En el cielo sin luna brillaban cada vez más fuertes las estrellas. Por fin el camino que seguía desembocó en la carretera del Aylesbury Pike. Sorprendentemente, la vista y el sonido de los coches que pasaban a toda velocidad le resultaron tranquilizadores. Pensó que vivía demasiado solo y que cualquier día invitaría a su primo Stephen Bates a pasar un par de semanas con él. Mientras reflexionaba inmóvil junto a la carretera divisó un leve resplandor anaranjado en el horizonte, por la parte de Dunwich, y creyó oír sonidos que podrían ser lejanos gritos de terror. Pensó que quizá se había incendiado alguno desvencijados edificios de madera que tanto abundaban en los alrededores de Dunwich, y esperó hasta que el resplandor pareció disminuir de intensidad. Después se dio la vuelta y regresó a casa por el mismo camino. Por la noche se despertó con la abrumadora sensación de estar siendo observado, si bien, en medio de todo, con cierta inexplicable benevolencia. Durmió inquieto y, cuando se despertó, se sintió cansado y desasosegado, como si no hubiera dormido y hubiera pasado gran parte de la noche en pie. Su ropa, que había dejado cuidadosamente doblada en una silla al acostarse, estaba en el más completo desorden y él no recordaba haberse levantado de noche para desarreglaría. Pese a no haber luz en la casa, Dewart tenía una pequeña radio de pilas que no solía usar con mucha frecuencia, rara vez para escuchar programas musicales, pero si boletines informativos, sobre todo una retransmisión matutina de noticias procedentes del Imperio británico, que satisfacía su latente nostalgia, pues se iniciaba con las conocidas campanadas del Big Ben y le traía muchos recuerdos de Londres, con sus nieblas amarillentas, antiguos edificios, extraños callejones y pasadizos llenos de colorido. Esta retransmisión iba precedida por un resumen de las principales noticias locales recogidas por la emisora de Boston y, aquella mañana, cuando Dewart puso la radio para oír su habitual programa de Londres, todavía estaba en antena el programa local. Hablaba de un crimen y Dewart lo escuchó distraído e impaciente. -...el cadáver ha sido descubierto hace una hora. En el momento de iniciarse este programa todavía no se había identificado, pero parece tratarse de un campesino. Tampoco se ha efectuado aún la autopsia, pero el cuerpo se halla tan mutilado y desgarrado que parece como si las Olas le hubieran golpeado durante horas contra las rompientes. Sin embargo, dado que el cuerpo ha sido hallado en la arena, lejos de donde llegan las olas, y que no está mojado, el crimen parece haber ocurrido en tierra. Parece como si el cuerpo hubiera sido arrojado o dejado caer desde un aeroplano. Uno de los médicos ha señalado ciertas similitudes entre este caso y una serie de crímenes cometidos hace más de un siglo en esta región. Esta era, al parecer, la última noticia del programa local, pues inmediatamente después el locutor anunció la retransmisión desde Londres, que probablemente se efectuaba a través de Nueva York. Sin embargo, la noticia de aquel crimen local había afectado a Dewart de una forma muy singular. No era por naturaleza hombre que se dejara influir por tales cuestiones, aunque sentía cierto interés por la criminología. Pero en este caso no pudo evitar el angustioso presentimiento de que el crimen de marras iba a tener imitadores, como los tuvieron Jack el Destripador o Troppmann. Apenas prestó atención a la retransmisión de Londres. Estaba demasiado ocupado en introspeccionarse. Llegó a la conclusión de que se había vuelto mucho más sensible a los ambientes, a las atmósferas, a los acontecimientos, desde que se había instalado en América. Le gustaría saber qué había sido de aquella distante frialdad que tan suya era cuando vivía en Inglaterra. Aquella mañana había tenido intenciones de volver a examinar las instrucciones de su tatarabuelo y, después de desayunar, sacó el sobre de papel Manila y se puso a la obra, esforzándose por encontrar algún sentido a lo que allí había escrito. Se dedicó especialmente a estudiar las "reglas" o directrices, examinando detenidamente cada una de ellas. No podía impedir "que el agua deje de manar alrededor de la isla", porque desde hacía tiempo no corría por allí riachuelo alguno. En cuanto a "alterar la torre", suponía que ya lo había hecho al quitar la piedra colocada en el techo. ¿Pero qué diablos habría querido decir Alijah al conjurarle a no "implorar a las piedras"? ¿Qué piedras? Dewart no podía imaginar más piedras que aquellas que le habían recordado a Stonehenge. Si efectivamente de ellas se trataba, ¿por qué se había figurado Alijah que alguien pudiera implorarías como si poseyeran inteligencia? No consiguió explicárselo. Quizá pudiera aclarárselo su primo Stephen Bates, si se acordaba de enseñarle el documento cuando viniera. Siguió adelante. ¿A qué "puerta" se refería su tatarabuelo? A decir verdad, toda la frase era un completo rompecabezas. "No ha de abrir la puerta que conduce a tiempo y lugar extraños ni invitar a El Que Acecha en el umbral ni invocar a las montañas". No entendía ni una palabra. Dewart pensó que, en cierto modo, la época actual, el presente, sería un " tiempo extraño" para Alijah. ¿Acaso éste pretendía, pues, dar a entender que él, Dewart, no debía intentar descubrir los secretos del pasado? No era imposible, pero, en tal caso, ¿qué quería decir con el "lugar extraño"? Lo de "El Que Acecha en el umbral" sonaba decididamente siniestro. Era innegable: sonaba siniestro y ominoso, tanto que el sonido de tales palabras debería ir acompañado por un golpe de platillos y el profundo retumbar de un trueno. ¿Y qué umbral? ¿Y quién era El? Y, por último, ¿qué rayos podía pretender Alijah al ordenar a su heredero que no invocara "a las montañas"? Dewart se imaginó a sí mismo o a otro cualquiera de pie en el bosque invocando a las montañas. No era exactamente una imagen cómica pero tenía algo de ridículo. También tendría que enseñarle esto al primo Stephen. Pasó a examinar la tercera regla. Desde luego que no sentía el menor deseo de molestar a ranas, luciérnagas o chotacabras. Por lo tanto no había ningún riesgo de que contraviniera las instrucciones a este respecto. Pero "no vaya a abandonar cerrojos y defensas". ¡Cielo santo! ¿Podía haber algo más desconcertante, más inconcreto, más ambiguo? ¿Qué cerrojos? ¿Qué defensas? Era indudable que su tatarabuelo escribía enigmas. ¿Pretendía entonces que su heredero se esforzara en descifrar esos enigmas? ¿Y cómo descifrarlos en tal caso? ¿Desobedeciendo las reglas y esperando a ver qué pasaba? Realmente esta solución no parecía ni prudente ni eficaz. Volvió a dejar el papel, cada vez más disgustado. Se sentía frustrado: cada paso que daba en su investigación le conducía a nuevos descubrimientos pero también a nuevos misterios. De los datos que había recogido era imposible sacar conclusiones, salvo que aquel maldito viejo se dedicaba sin la menor duda a alguna clase de actividad que no era desde luego bien mirada por la gente de la comarca. Dewart pensó que quizá fuera contrabando, que lo realizaría probablemente remontando el curso del Miskatonic y luego el del pequeño afluente que en sus días circundaba la islita de la torre. Durante el resto del día, Dewart se ocupó de asuntos relativos al cargamento que había desempaquetado el día anterior. Tenía que rellenar impresos, pagar facturas y comprobar que no faltaba nada. Al examinar una lista de pertenencias de su madre, escrita por ella misma y que él no había visto hasta entonces, se encontró con que uno de los objetos enumerados era un "Pap. Cartas Bishop a A. P. B.". El apellido Bishop le hizo recordar inmediatamente a la vieja que había visitado en los alrededores de Dunwich. El paquete de cartas estaba a mano y lo cogió. Tenía como rótulo la inscripción "Cartas Bishop", escrita por una mano desconocida. La caligrafía era desigual y apenas legible, pero parecía enérgica. Abrió el paquete y sacó cuatro cartas escritas según la moda de muchas décadas atrás. No llevaban sello sino una señal que indicaba que se habla pagado el franqueo, y en su día habían estado selladas, pues aún quedaban restos de lacre. La misma mano desconocida que había escrito el rótulo exterior del paquete también había numerado las cartas, de manera que podían leerse en orden correlativo. Dewart abrió la primera de ellas con todo cuidado. No iban metidas en sobres, sino que estaban escritas en un papel grueso y resistente que, al doblarlo y sellarlo, hacía las veces del mismo. La letra era tan menuda que resultaba difícil acostumbrarse a ella. Dewart miró las cartas una a una para ver en qué año habían sido escritas, pero no lo ponía. Una vez cumplidos estos preliminares se sentó a leerlas en orden. Nuevo Dunnich, 27 Abril Estimado amigo: Con respecto a temas de los que ya hemos conversado, anoche vi un ser que tenía apariencia tal como la buscábamos y alas de substancia obscura y como serpientes recorriendo Su cuerpo mas unidas a El. Le llamé al Monte y Le contuve en el círculo, mas no sin gran trabajo y esfuerzo, que talmente parecía como si el circulo no fuera lo bastante poderoso para sujetar por mucho tiempo a uno de Esos. Intenté hablar con El, pero no lo conseguí del todo, aunque si entendí de su jerigonza que venía de Kadath, la del Desierto de Hielo que está cerca de esa Meseta de Leng que se menciona en el Libro. Diversas personas presenciaron el luego que encendí en el Monte y hablaron de él y entre ellas es seguro que por lo menos uno va a procurar molestarnos: se llama Wilbur Corey y es hombre que se tiene en gran estima a sí mismo, y curioso por naturaleza. ¡Ay de él si va al Monte cuando esté yo! Pero seguro estoy de que no irá. Me consumen la impaciencia y el deseo de profundizar cada vez más en esa ciencia de la que fue Maestro vuestro ilustre antepasado Rich. B., cuyo Nombre ha de quedar grabado para siempre en las piedras consagradas a Yogge Sothothe y todos los Primordiales. Celebro que os halléis de nuevo en las cercanías y espero visitaras en cuanto vuelva a disponer de mi Garañón, pues no me resigno a montar en otro. Hace pocas noches oí grandes gritos y alaridos que venían de vuestro Bosque y pensé que sin duda habíais regresado a Casa. En breve os haré una visita, si ello conviene a vuestra comodidad, y mientras tanto, Señor, me reitero vuestro humilde Servidor Jonathan B. Terminada la primera carta, Dewart pasó inmediata mente a la segunda. Nuevo Dunnich, 17 Mayo Respetado Amigo: Vuestra nota llegó a mi poder. Lamento que mis pobres esfuerzos os hayan acarreado dificultades, así como también a nosotros y a todos cuantos servimos a Aquel Que No Debe Ser Nombrado o a los Primordiales, pero lo que ocurrió fue que ese estúpido curioso de Wilbur Corey me sorprendió en medio de las piedras mientras celebraba una Ceremonia, ante lo cual gritó que yo era un Brujo y que me denunciaría. Profundamente alterado de oírle hablar así, solté sobre El a Aquel con quien me hallaba conversando, y quedó desgarrado y ensangrentado y fue arrebatado de mi vista, llevándoselo Aquel hacia el lugar de donde venia, mas no sé si le dejaría muy lejos o muy cerca, pero sí que no se le Volverá a ver por estas partes en condiciones de contar a nadie lo que vio y oyó. Confieso que lo que vi me llenó de espanto, y tanto más cuanto que no sé qué opinan de nosotros Los de Afuera y pienso con frecuencia que sólo están medianamente agradecidos por la salida que les proporcionamos Además, temo sobremanera que pueda haber Otros esperando Ahí Afuera y tengo razón en temerlo, pues no hace mucho que cierto anochecer, habiendo alterado levemente las palabras del Libro, vi durante un breve instante, y en el lugar de costumbre, Algo verdaderamente horrible. Era un Ser enorme y su Forma cambiaba constantemente que era espantoso de ver, e iba secundado por Seres menores que tocaban unos instrumentos parecidos a flautas y la música era la más extraña que he oído en mi vida y distinta de cualquier otra música, viendo y oyendo lo cual desistí lleno de espanto, y la aparición se desvaneció al momento. Quien fuera ese Ser, yo lo ignoro y tampoco se dice en el Libro palabra que lo explique, salvo que se trata de algún Demonio de Yr o de más allá de Nhhngr, que queda en la parte más lejana de Kadath, la del Desierto de Hielo, y os ruego me deis vuestro parecer sobre este asunto, y vuestro consejo, que no quisiera resultar destruido yo mismo antes de finalizar la búsqueda. Espero poder veros sin tardanza y me reitero, Señor, vuestro obediente Servidor por el Signo de Kish. Jonathan B. Es evidente que entre la segunda y la tercera carta había transcurrido un lapso de tiempo considerable, pues, aunque la tercera carecía de fecha, las referencias que en ella se hacían al tiempo atmosférico indicaban que había pasado por lo menos medio año. Nuevo Dunnich Respetado Hermano: Me siento vivamente apremiado a explicar lo que descubrí anoche por azar en la nieve, que eran grandes huellas pero no de pies sino más bien como de garras gigantescas. Tendrían éstas como diámetro bastante más de un pie a lo ancho y mayor longitud aún, quizá dos pies, y su apariencia era la de que los dedos estaban unidos entre sí, al menos en parte, por membranas, y todo ello resultaba de lo más misterioso y extraño. Una de tales huellas fue descubierta por Olney Bowen, que había salido al bosque a cazar pavos, y al regresar contó lo que había visto y nadie le creyó excepto yo, que le escuché sin llamar la atención, enterándome de dónde había visto la huella y yendo luego yo en persona para verla con mis propios ojos. Y cuando hube visto la primera de ellas tuve el presentimiento de que encontraría otras más en la espesura de los bosques. Subí, pues, por entre los árboles y vi otras iguales en diversas partes, tal como me lo había figurado, y donde más había era por donde las piedras, que allí había muchas, pero no divisé criatura viva en los alrededores, mas estudiando las huellas llegué a la conclusión de que pertenecían a seres alados, pues las huellas quedaban tal como si las hubieran dejado criaturas dotadas de alas. Hice la circunferencia en torno a las piedras y la prolongué para darle mayor amplitud, hasta que me topé con las huellas de un muchacho y las seguí, observando que las huellas de dicho muchacho se espaciaban entre sí como si se hubiera echado a correr, ante lo cual quedé sobrecogido y alarmado. Y razón tenía de estarlo, pues las huellas terminaban en la linde del bosque, ya en la otra vertiente del Monte, y vi en la nieve una escopeta, varias plumas de pavo y una gorra que me sirvieron para identificar a Jedediah Tyndal, de catorce años. Inquiriendo esta mañana acerca de él, me enteré de que faltaba, como yo me temía. Tras de lo cual juzgué que había debido quedar alguna clase de Grieta por donde había entrado Algo, pero no sé Quién podía ser y os ruego que, si lo sabéis, me indiquéis en qué parte del Libro vienen las palabras para hacer que se vuelva al lugar de donde procede, aunque diriase, por la cantidad de huellas, que había más de uno, y todos de buen tamaño, mas no sé si eran invisibles o no, pues nadie los ha visto, ni yo tampoco, y desearía saber en especial si es posible que sean servidores de N. o de Yogge Sothothe o de Algún Otro y sí os ha ocurrido algo parecido alguna vez. Os ruego encarecidamente que os deis prisa, no vayan a causar más daño esos Seres, que parecen bebedores de sangre como los otros y nadie es capaz de adivinar cuando van a volver a salir por la Grieta para cazar a la gente y alimentarse de ella. Yogge Sothothe Neblod Zin Jonathan B. La cuarta carta era en cierto modo la más terrorífica. Las tres primeras le habían dejado helado de espanto, pero la cuarta sugería horrores intolerables, aunque no por lo que decía textualmente, sino por sus implicaciones. N.° Dunnich, 7 Abril Respetado y Querido Amigo: Mientras me preparaba anoche para dormir oí a Aquél que se llegó a mi ventana, llamándome por mi Nombre y prometiéndome venir por mí. Mas me atreví a levantarme en la oscuridad y a acercarme a dicha ventana; y al mirar a través del cristal y no ver nada, la abrí y al momento olí un hedor tan insoportable a putrefacción, que caí hacia atrás. Y en esto que Algo entró por la ventana y me tocó en la cara. Era como una substancia de gelatina, escamosa en partes y tan asquerosa de tocar que casi perdí mis sentidos, quedando aturdido durante un tiempo que no sé calcular. Por fin cerré la ventana y volví al lecho, pero apenas me había metido entre las sábanas que la casa entera empezó a retemblar y descubrí que ello se debía a que la propia Tierra retemblaba como si Algo enorme caminara pesadamente por los alrededores, muy cerca de la casa. Y una vez más oí que me llamaba por mi Nombre y me hacía la misma promesa, a lo cual no di respuesta alguna mas pensé ¿qué he hecho? Primero se presentaron las criaturas aladas de N., salidas de la grieta que había quedado por culpa de haber usado incorrectamente las palabras del Arabe, y ahora aparece este Ser, del cual no tenía conocimiento, salvo que sea ese Caminante de los Vientos al que otros conocen por Nombres diversos, a saber: Windeego, Ithaka o Loegar, a quien jamás he visto y acaso no vea jamás. Me encuentro muy trastornado de espíritu, pues temo que cuando implore a las piedras e invoque a los Montes, no sea N. el que acuda, ni tampoco C., sino este otro que pronunciaba mi Nombre con acentos que no son de este Mundo. Y si esto llegare a suceder, os imploro que vengáis, aun de noche, y cerréis el portal, no vayan a entrar otros que no deben andar entre los hombres, pues la malignidad de los Grandes Primordiales es excesiva para seres como nosotros, pues ni aun los Dioses Ancestrales los destruyeron, sino que los aprisionaron en esos espacios y en esas profundidades que pueden alcanzarse mediante el uso de las piedras cuando llega el tiempo en que la Luna y las Estrellas se sitúan en posición. Creo que me encuentro en Peligro Mortal y celebrara que no fuera así, pero he oído mi Nombre llamado en la Noche por un Ser que no es de este Mundo y temo con fundamento que mi hora ha llegado. No leí vuestra carta con suficiente cuidado, pues interpreté incorrectamente vuestras palabras cuando decíais: "No invoques a Ninguno que a su vez pueda llamar algún poder contra ti, que con él no sirvan de nada tus más poderosos Artificios. Llama siempre a los menores, no vayan a querer los Mayores dar Respuesta y manden más que tú. "Pero si he cometido error en esta Causa, os ruego encarecidamente que lo remediéis si es tiempo. Vuestro Obediente Servidor en el servicio de N. Jonathan B. Dewart permaneció largo rato contemplando estas cartas. Ya no le cabía duda de que su tatarabuelo había estado mezclado en asuntos diabólicos, en los que había iniciado a Jonathan Bishop de Dunwich, aunque sin proporcionarle una información adecuada. La índole del asunto escapaba al entendimiento de Dewart, pero de momento parecía relacionado con brujería y nigromancia. Sin embargo, lo que sugerían aquellas cartas era tan terrible y a la vez tan increíble, que casi se inclinaba a suponer que formaban parte de algún engaño bien urdido. Había un medio de descubrirlo, aunque bastante tedioso. La biblioteca de la Universidad del Miskatonic estaría todavía abierta y allí podía consultar los tomos encuadernados de los semanarios de Arkham y ver si se mencionaban los nombres de personas desaparecidas o muertas en circunstancias extrañas entre 1790 y 1815, intervalo que cubriría adecuadamente el período que le interesaba. No le apetecía nada ir. Por una parte, aún no había terminado de ordenar las cosas que se habla traído, y, por otra, le aburría volver otra vez a rebuscar en las viejas colecciones de revistas. Sin embargo, éstas eran de pequeño formato y cada número tenía pocas páginas, por lo que no le llevarla demasiado tiempo examinarlas. Así, pues, se puso en marcha con la intención de trabajar durante la hora de cenar y aun después si le era posible. Cuando terminó su tarea era ya muy tarde. En el tomo correspondiente a 1807 había encontrado no sólo lo que buscaba, sino mucho más. Con los labios apretados de horror, redactó una lista exacta de cuanto acababa de descubrir y, en cuanto llegó de regreso a la casa del bosque, se sentó a intentar asimilar y analizar los hechos. La primera desaparición registrada había sido la de Wilbur Corey. Luego seguía la del muchacho Jedediah Tyndal. A continuación se mencionaban cuatro o cinco desapariciones más, bastante distanciadas entre si, y por último ¡la del propio Jonathan Bishop! Pero los descubrimientos que acababa de hacer Dewart no se limitaban a esta serie de desapariciones. Antes incluso de que desapareciera Bishop, habían sido encontrados Corey y Tyndal, uno de ellos cerca de New Plymouth y el otro en los alrededores de Kingsport. El cuerpo de Corey se hallaba muy desgarrado y mutilado, y en cambio el de Tyndal apenas tenía ninguna señal. Ambos, desde luego, estaban muertos, pero desde hacía poco tiempo. ¡Y, sin embargo, sus restos no se habían encontrado sino varios meses después de haberse registrado su desaparición! Estos hallazgos proporcionaban una horrible consistencia a las cartas de Bishop. No obstante los datos recién descubiertos, el conjunto de lo