La Segunda Casaca Benito Pérez Galdós ********* - I - ¡Qué infames eran los liberales de mi tiempo! En vez de conformarse a vivir pacífica y dulcemente gobernados por el paternal absolutismo que habíamos establecido, no cesaban en sus maquinaciones y viles proyectos, para derrocar las sabias leyes con que diariamente se atendía al sosiego del Reino y a hundir a todos los hombres eminentes que describí en la primera parte de mis Memorias. ¡Miserables, bullangueros! ¿Qué volcán os escupió de su pecho sulfúreo, qué infierno os vomitó, qué hidra venenosa os llevó en sus entrañas? No os contentabais con aullar en los presidios, clamando contra nosotros y contra la augusta majestad soberana del mejor de los Reyes, sino que también, ¡oh, vileza!, agitasteis con nefandas conspiraciones la Península toda, amenazándonos con un nuevo triunfo de la aborrecida revolución. Después de insultarnos a todos los que componíamos aquel admirable conjunto y oligarquía poderosa, para mangonear en lo pequeño y lo grande, con el Reino en un puño y el Trono en otro, os atrevisteis a conjuraros con militares descontentos y paisanos inquietos para cambiar el Gobierno. ¡Trece veces, trece veces alzó su horrible cabeza y clavó en nosotros sus sanguinolentos ojos el monstruo de la revolución! Trece veces temblaron nuestras pobres carnes, cubriéndose del sudor de la congoja y susto que tales tentativas de desorden nos producían. Así es que, en medio de la privanza y regalo en que vivíamos, se nos podía ahorcar con un cabello, y al despertar cada mañana, nos preguntábamos si había llegado ya la hora de bajar del machito. ¡Trece veces, trece conspiraciones! Al ver tal insistencia y la endemoniada tenacidad de aquella gente, que al pie de los cadalsos donde expiraba una conjuración, comenzaba a tender los hilos de otra nueva, cualquiera hubiera creído que el despotismo era la peor cosa del mundo y que el afligido Reino no se consideraba con vida hasta no sacudírselo de encima. ¡Embrollones, farsantes, que así desdoraban una institución tan buena! No quiero seguir adelante sin contar las abortadas conspiraciones que yo recuerdo: 1.ª Conspiración para asesinar a Elío y a La Bisbal (1814).- Fue una intriga misteriosa que unos atribuyeron a los masones y otros a la corte. 2.ª Conspiración de Cádiz (1814).- Tenía por objeto proclamar la Constitución del 12 y restablecer en el Trono a Carlos IV, que en sus buenos tiempos había dado pruebas de muy entendido en aquello del reinar y no gobernar. 3.ª Sublevación de Mina en Navarra (1814).- Abortó a los pocos días. 4.ª Conspiración del café de Levante en Madrid (1815).- Andaban en esto varios afrancesados. Dejáronse coger tontamente, y casi todos fueron condenados a presidio. 5.ª Conspiración de Porlier en la Coruña (1815).- Esto ya fue un poco más formal. Frustrose el plan y ahorcaron al Marquesito. 6.ª Conspiración de Richard en Madrid (1815).- Fue misteriosa, grave, atrevida, y la condujeron con destreza sus autores, que eran lo más perdido de todo el Reino, un comisario de guerra y un sargento de marina, un soldado y un fraile, diversa gente animada de brutales deseos. Los angelitos querían asesinar al mejor de los reyes durante su paseo a las Ventas del Espíritu Santo o en casa de Juana la Naranjera. La cabeza de Richard estuvo mucho tiempo clavada en un palo en la carretera de Aragón. Funcionó la horca, y algunos sufrieron un tormento muy simpático y persuasivo, que se llamaba los grillos a salto de trucha. 7.ª Conspiración del Conde de Montijo en Granada (1816).- El tío Pedrodel 19 de Marzo en Aranjuez, había sido después afrancesado en Bayona, agitador en Cádiz más tarde, y luego absolutista acérrimo en la Junta de Daroca. Hallándose de capitán general en Granada, dicen que preparó, ayudado del Grande Oriente, las sublevaciones militares que estallaron más tarde. 8.ª Gran conspiración de Lacy en Cataluña (1817).- Compañías sublevadas, gritos, entusiasmo, soborno, audacia, traición; y por fin mucha sangre y un bravo general arcabuceado en Mallorca. 9.ª Conspiración de Torrijos en Alicante (1817).- Proyecto de alzamiento militar en varias plazas de Levante. La Inquisición se encargó de castigar a los culpables; pero lo hizo tan mal, que desde entonces se dijo: inquisidores y masones todos son unos. 10. Conspiración de Polo en Madrid (1818).- Se dijo que Polo y sus amigos deseaban poner en el Trono al venerable Carlos IV. Enviose un emisario a Roma, y como el solitario Rey no tenía qué comer, no le pareció mal el proyecto. Militares muy altos anduvieron en estos enredos, pero descubierto todo, hubo muchas prisiones... 11. Conspiración de Vidal en Valencia (1819).- Trama espantosa contra el tirano Elío. Dios amparó a este y Valencia presenció una horrible tragedia. La horca y los fusiles la desenlazaron entre lágrimas y crujido de dientes. En las cárceles no cabían los presos. Para desahogarlas, fusilaban. La tierra, sedienta, pedía sangre que beber. Cruzaba los aires pavoroso hálito de odio. Oíanse pasos de gigante. Algo muy terrible se acercaba. 12. Conspiración del conde de La Bisbal en el Palmar (1819).- Durante su vida política y militar, el conde encendió siempre una vela al santo y otra al demonio. En 1814, cuando se dirigía a felicitar al Rey por su vuelta, llevaba dos discursos escritos, uno en sentido liberal y otro en sentido absolutista, para espetarle aquel que mejor cuadrase a las circunstancias. En 1819, después de merendar con los conspiradores de Cádiz y los oficiales del ejército expedicionario de América, los arrestó de súbito, haciendo una escena de farsa y bulla, que le valió la gran cruz de Carlos III. El ejército estaba furioso. Tenía la fiebre devoradora de la insurrección. Desde Madrid oíamos su resoplido calenturiento, y temblábamos. En las logias no había más que militares, infinitas hechuras de aquellos cinco años de guerra, los cuales habían de emplear en algo su bravura y sus sables. Todo indicaba tormenta. Cruzaban el negro cielo relámpagos de amenaza. Nos sentíamos en el cráter de la revolución, y nuestros pies se quemaban. A cada bufido de la subterránea lava creíamos ver la erupción. 13. Conspiración de los provinciales en Galicia (1819).- Órdenes falsificadas pusieron sobre las armas las milicias gallegas. ¡Qué escándalo!... ¡hasta las milicias gallegas!... Unos echaron la culpa a los empleados de la Inspección, otros a la Capitanía general de Galicia. Ello es que hasta los escribientes se creían autorizados para hacer revoluciones. Cada oficina era un infierno, y un ordenanza habilidoso, falsificando un sello, ponía con el alma en un hilo al Trono y al Gobierno. ¡Qué país! La 14 se verá más adelante. - II - ¡Qué hombre tan completo era el Sr. D. Miguel de Baraona! Su gran patriotismo, su caballerosidad, su fervor religioso, su rectitud, su entereza, le hacían tan respetable, que era imposible oírle sin subordinarse con filial sumisión a su voluntad y a su pensamiento. Merecía muy bien el remoquete de Patriarca del Zadorray yo se lo daba con frecuencia, para tenerle contento y parecer amable ante él. Pues ¿y aquella energía moral que desplegaba a los setenta y tantos años, cuando no podía ni empuñar la espada, ni alzar la voz sin peligro de estar tosiendo tres horas? Su cuerpo caduco participaba también de aquel vigor nervioso, más semejante a los tempranos ardores de la juventud que a las voluntariedades caprichosas de los viejos, y siempre que se enfadaba o se le contradecía, daba con la trémula mano tan fuertes bastonazos, que la casa se estremecía. Otro más celoso por la causa del Rey y por la monarquía absoluta no nació de madre. En su amor inmenso, en su fervor entusiasta y en su religiosa devoción por la patria inmutable, no había sutilezas, ni distingos, ni cabían transacción ni arreglo alguno. Para él la templanza era traición. Miraba al liberalismo como una especie de horrenda herejía, más digna aún del fuego que las de Lutero y Calvino. Juntaba la religión con la política, haciendo de todas las creencias una fe sola o un solo pecado, y había amalgamado dogmas y opiniones, haciendo un Evangelio, en el cual Elío no era menos que un apóstol. Comprendía que el sol se ennegreciera; pero no que sus principios pudieran variar. Según él, la sociedad estaba perfectamente arreglada tal como entonces la conocíamos, y constituida por leyes tan inmutables como las del mundo físico. Discutiendo, no cedía ni una pulgada de su terreno. - Mis principios - decía -, estos principios que sustento, no son míos, son de Dios, y no se puede ceder ni un ápice de lo ajeno. La maldad de los hombres no puede nada contra mis principios. Me vencerá la violencia; pero no me convencerá el sofisma. La infame revolución podrá triunfar un día por expreso consentimiento de Dios; pero no porque triunfe dejará de ser alcázar de pecados fundado sobre la arena de la traición. Había venido D. Miguel a la corte a varios asuntos privados y del común. Era hombre que no se acobardaba ante los desaires de las oficinas; ni ante la tiesura y desdén de los personajes más envanecidos. Tuvo la dicha de encontrarme después de dar los primeros pasos en la corte, y nos entendimos perfectamente. Todo aquello que podía resolverse con facilidad, fue arreglado entre los dos, sin que jamás frunciéramos el ceño por palabra ni por peseta de más o de menos. D. Miguel había traído un bolsón de cuero lleno de onzas de oro, y siempre que echábamos bendiciones, frotadas las manos con el dorado unto milagroso, se abrían de par en par las puertas de las oficinas y con ellas el corazón de los más cerrados covachuelos. Baraona había venido también a estar a la mira de un pleito de tenuta que no tenía trazas de acabarse en medio siglo. Acompañaba en Madrid a Baraona su nieta, una tal Jenarita, muy hermosa e interesante mujer, a quien yo había conocido en mis verdes Abriles en la Puebla de Arganzón. Era rubia, callada, grave, pensativa, poco franca, de carácter velado. Su tranquilidad y calma eran como la tenue oscuridad de los días bochornosos. Ya se sabe que detrás de las nubes está el sol. ¡Aquella hermosura, cuán distinta era de la de mi funesta Presentacioncita, la risueña asesina, que me ponía ante los ojos las frescas rosas de su cara para que no viera las aleves manos con que me empujaba a la muerte! Presentacioncita sin ser hermosa, era lindísima. Tenía toda la gracia de Dios en sus ojos flecheros, y burlándose de uno, daba idea de las bromas que deben de gastar los ángeles en el cielo. Jenara era hermosa como una ideal figura, antes soñada que vista; hermosa como las creaciones del arte que ha sabido escoger todas las perfecciones, desechando lo feo. No se burlaba nunca; hablaba seriamente, como habla la discreción pura, la prudencia suma, la cortesanía y la urbanidad. Su gracia (pues también la tenía), no era la desenvoltura picante y alegre de una muchacha juguetona; consistía en lo que llaman gracia los artistas clásicos, en la perfecta nobleza de los ademanes y de las palabras, en la armonía sin discrepancias, en el misterioso ritmo que se desprende de toda la persona y es don rarísimo acordado a pocos sobre la tierra. Distinguíase además por una expresión magnífica, tan llena de elegancia como de soberbia. Su fisonomía era pura, delicada, sin la más ligera incorrección, y su mirar de una diafanidad celeste. Hermosa hasta no más, se envolvía en una capa de nieve, bajo la forma de un silencio sistemático, de miradas castas, de indiferencia hacia la mayor parte de los asuntos y las personas. En 1815, como dije en la primera parte de mis Memorias, vinieron a Madrid el Sr. de Baraona y su nieta. Poco después se casó esta con un joven guerrillero, del cual no puedo menos de ocuparme para disipar las dudas que acerca de su persona puedan haber corrido. Carlos Navarro, hijo del nunca bien ponderado D. Fernando Garrote, fue gravemente herido en un duelo al día siguiente de la batalla de Vitoria. Dejole el fiero matador sobre el campo, del cual fue al poco rato recogido con más señales de muerte que de vida, pues la existencia se le iba a borbotones por la descomunal hendidura que su contrario le había abierto en el pecho. Largo tiempo estuvo el infeliz héroe suspenso de un hilo sobre el negro abismo del morir. Los médicos de Vitoria le sentenciaban todos los días para la mañana del siguiente. Pero la enérgica naturaleza del enfermo, ayudada por cuidados asiduos, le sostuvieron, hasta que al fin la aplanada y caída existencia se fue enderezando poco a poco. El convalecer fue tan largo como la enfermedad, y un año después del suceso, Carlos Garrote, reconocido coronel del ejército, apenas podía tener el sable en la mano. A principios de 1816 vino a Madrid y se casó con Jenara. Vivieron algún tiempo acompañados de Baraona en la calle de Cosme de Médicis. Pero en Setiembre del 18, Navarro tuvo precisión de ir a Treviño a asuntos de interés, y en los días a que me refiero no había vuelto todavía, aunque le esperaban todas las semanas. No podía haber ocurrido desavenencia en el matrimonio, porque ambos cónyuges se escribían con frecuencia. Repetidas veces oí a Carlos renegar de la corte y de los cortesanos, asegurando que Madrid era para él destierro espantoso más bien que agradable residencia. Yo vivía en una hermosa casa de la calle de la Inquisición, esquina a la Flor Baja, cerca del edificio de la Inquisición de corte y a poca distancia de los Premonstratenses. Mis servicios a determinado prócer diéronme aquella habitación demasiado grande para un soltero, mas tan suntuosa, que me acomodé con gusto en ella para aparentar grandeza ante el vulgo y dar en los hocicos con mi magnificencia a los pobres petates paisanos míos, que tanto me habían despreciado en mis tiempos de miseria y nulidad. No me envanecí poco con D. Miguel de Baraona, infanzón y ricacho alavés, mostrándole mi vivienda; y enamorose tanto de ella mi venerable paisano, que algunos meses después de la partida de su yerno, me dijo: - Pipaón, en esta gran casa vives tú como garbanzo en olla. ¿No te ha acontecido algún día perderte en sus cuadras y corredores y no poderte encontrar? En cambio yo estoy muy estrecho en aquella fría y triste casa de la calle de Cosme de Médicis. ¿Por qué no he de venirme a vivir contigo mientras llega el día en que, terminado ese maldito pleito, pueda volverme a la Puebla? Aquí hay espacio para todos, y sin que tú nos molestes ni molestarte nosotros a ti, podemos acomodamos. Yo pagaré lo que me corresponda, y si no lo llevas a mal ocuparemos mi nieta y yo estas hermosas piezas asoleadas que se abren al Mediodía y caen a ese patio, lindante con el jardín vecino. Aquí estamos muy bien guardados; por un lado la Inquisición; por otro el Santo Rosario. Acepté sin vacilar. Lejos de molestarme, me agradaba la compañía, y como me habían dado la casa sin otro gravamen que algunos censillos y costas de poco precio, nada más confortativo para mí que sacarle algún jugo, arrendando una parte de ella. Instalose en seguida Baraona, ocupando una deliciosa y alegre crujía solana que daba a lugar abierto, y desde la cual se veían los árboles de un jardín de la vecindad. Yo seguí en las mismas piezas que antes ocupaba, sin más novedad que la mejor compañía y algunos gastos menos. Cada cual tenía su servidumbre, y aunque comíamos juntos contribuíamos separadamente al plato común. Por las noches, después de la cena, nos reuníamos todos en amena tertulia, a la cual solía concurrir algún amigo, tal como D. Blas Arriaga, capellán de monjas, y D. Pedro Retolaza, secretario de la Inquisición de Logroño, ambos personajes establecidos accidentalmente en Madrid por motivo de pretensiones y otras cosillas. También nos honraba alguna vez D. Juan Esteban Lozano de Torres, que era entonces ministro de Gracia y Justicia, y mi antiguo protector D. Buenaventura, que era ya marqués. Allí no se hablaba más que de las conspiraciones descubiertas, de las que se iban a descubrir y de las que por todas partes descaradamente se fraguaban. Esta era entonces la comidilla habitual de las gentes en todo Madrid. Luego que cada cual expresaba su opinión sobre los peligros que amenazaban a la desdichada monarquía y sobre las probabilidades de que desapareciese arrastrado por huracanes de traición, pecado y osadía, el gallardo edificio del gobierno absoluto, se iban retirando los tertulios y quedábamos solos los de casa, charlando otro ratito, más ocupados de asuntos domésticos que de la revuelta política. Una noche, luego que Arriaga y D. Buenaventura se retiraron, Baraona, que había estado harto pensativo durante todo el tiempo de la tertulia, pronunció, en coloquio consigo mismo, no sé qué balbucientes expresiones, y golpeando repetidas veces el brazo del sillón en que se sentaba, se encaró conmigo y me dijo: -¡Vive Dios, que si ahora se nos escapa, estos justicias de Madrid merecerían ser ahorcados al lado de los ladrones a quienes ayudan y protegen! Yo le miré interrogándole con los ojos. - Querido Pipaón - añadió cuando las toses le dieron algún respiro -, tengo que comunicarte un asunto importante, y espero tu parecer y con tu parecer, tu ayuda. -¿Qué ocurre? - El infame asesino de mi hijo Carlos, del esposo de Jenara, está en España. -¡Salvador Monsalud en España! - exclamé -. No lo creo. Por D. Pedro Ceballos, con quien solía cartearse antes de que este fuera a Viena... (tratos de masonería, Sr. D. Miguel), por D. Pedro Ceballos, digo, que es un hermanuco de tomo y lomo, supe hace tiempo que Salvadorillo seguía en París. -¡Hace tiempo! No se trata de hace tiempo; se trata de ahora - dijo con impaciencia -. Es indudable que ese vil trabaja dentro de España en las tenebrosas conspiraciones que Dios está permitiendo para fines sólo conocidos de la Sabiduría infinita. - Puede ser. - No puede ser, sino que es - dijo repentina y enérgicamente Jenara, que hasta entonces había permanecido silenciosa -. Yo le he visto. -¿Le ha visto usted? ¿Luego está en Madrid? -¡En Madrid, en la corte, en donde está el Trono, el Gobierno, el Rey, los Consejos, la suprema Justicia! - exclamó Baraona con aquella furia senil que se desbordaba de su pecho en las contrariedades graves -. ¡Esto es escandaloso!... No sé de qué valen las medidas adoptadas contra los afrancesados... ¿Es esto gobierno?... ¿es esto justicia?... ¡Ah, Pipaón, aquí están poseídos de necedad! No persiguen más que a los mentecatos inofensivos y dejan en libertad a los perversos. ¡Ahorcan a los sargentos y permiten que todos los oficiales del ejército se vendan a la masonería! - Monsalud no es oficial del ejército. - Pero es malo, rematadamente malo, y listo... Ahí tienes el secreto de su impunidad... ¡Dios soberano! Ese Rey, esos ministros, esos consejeros, ¿en qué piensan? - Descuide usted, Sr. D. Miguel - dije agitando en mis manos la badila, después de acariciar la ya moribunda lumbre del brasero -. Si Salvador está en Madrid, no se escapara. - Muy pronto lo has dicho... Me parece que he de renunciar al más grande regocijo que ha soñado últimamente mi imaginación desconsolada. Me moriré sin ver el castigo de un miserable, convicto de los siguientes crímenes: asesinato, infidencia, herejía, afrancesamiento y traición. La idea de que ese monstruo naciera en aquella honrada tierra de Álava, que no ha sabido ser madre sino de hombres eminentes, de caballeros piadosos y ejemplares campesinos, me enardece la sangre Pipaón amigo. Según todos los indicios, él dio muerte a nuestro insigne compatriota, a aquel espejo de la caballería alavesa, e gran D. Fernando Garrote; también hirió gravemente al hijo de este y mío por los lazos del corazón, Carlos... - En duelo... - dijo Jenara interrumpiéndole -. Un duelo temerario y horroroso. - No fue duelo - afirmó Baraona resueltamente, enojado de la interrupción -. Aunque Carlos, impulsado por su noble generosidad lo diga así, y aun sostenga que él le provocó, es mentira, mentira, mentira... Hiriole a traición Monsalud. Cuando el pobre mártir cayó, apoderáronse del asesino algunos guerrilleros que a la sazón pasaban. Confesó él mismo su crimen con hipócritas palabras; hizo la farsa de que deseaba morir conformándose con su destino, y hubiera perecido, en efecto, al siguiente día, si la diligente protección de una señora afrancesada no comprara su libertad, primero con ruegos, después con dádivas; pues todas sus alhajas (que eran muchas y habían sido ocultadas en el momento de la derrota) las dio por ponerle en salvo. El criminal se refugió en Francia. Nosotros, deseosos de hacer pronta justicia, trabajamos porque el Gobierno español lo reclamase al Gobierno francés; pero nada se pudo conseguir. Allá están tan embobados como aquí. Respondieron que se ignoraba su paradero. Para averiguarlo, aprehendimos a la madre del delincuente. Diole tormento la Inquisición de Logroño, en cuyas cárceles está todavía; pero de los labios de la infeliz no ha salido una sola palabra que sea luz de nuestra oscuridad, certeza de nuestra ignorancia. ¡Ah!, Pipaón, mientras no se haga pronta justicia, mientras no desaparezca este espectáculo de los bribones, que se pasean impunes por la Península, insultando con sus miradas a la gente honrada, no tendréis Gobierno firme y respetable. Os ocupáis de tonterías: de crear cruces, de mudar los ministros todos los meses, de dictar leyes que no se cumplen. Esto es hacer pajaritas de papel, mientras el suelo se estremece, mientras la tempestad se prepara y el volcán ruge. Vendrá la revolución y os encontrará disputando sobre el color de una venera, o sobre si la Reina está o no está embarazada... En verdad, no sé dónde volveremos nuestras miradas los partidarios del Gobierno de Cristo, de la verdadera política cristiana, que tiene por base la justicia. ¡Desgraciado de mí! Cerraré para siempre los ojos, sin que en la postrera mirada de ellos pueda ver otra cosa que miseria y debilidades, los buenos patricios olvidados, los criminales libres, la revolución amenazando o quizás triunfante, los mayores delitos impunes o quizás premiados, y Salvadorcillo Monsalud paseándose tranquilo por las calles de Madrid. Hundió la barba en el pecho y permaneció en silencio largo rato. - Si está aquí - dije yo, por decir algo -, y mucho lo dudo... pero en fin, si está, es cosa muy fácil averiguar su domicilio y llevarle a la cárcel. Ya sabe usted que ahora estoy en desgracia y no puedo nada; pero, sin embargo, intentaré... - Harías la obra más meritoria y más patriótica de tu brillante carrera, Pipaón - manifestó Baraona con semblante adusto -. Mi nieta y yo te lo agradeceríamos mucho más que esos mil favores de oficina que nos hiciste. ¡La justicia! ¡El castigo del crimen, de la traición, de la herejía, del engaño!... Yo deliro por esto. La justicia sin aplicación no es ni será más que un ideal vago e inútil. No hay que decir que se encargue Dios de castigar al criminal, no. Aparte de esto, a nosotros, hombres, nos corresponde no dar paz a la cuchilla, para que los díscolos aprendan, para que los buenos teman y los extraviados se corrijan... ¿Por ventura habría llegado a la Tierra de Promisión el pueblo elegido, si Moisés, por orden de Dios, no hubiera aplicado tremendos y merecidos castigos? ¡Oh! ¡Cuán hermoso espectáculo dio aquí Su Majestad dictando a poco de su llegada rigurosas leyes contra los francmasones y liberales! Yo creí que el pueblo elegido llegaría a la Tierra de Canaán; pero no, ya veo que se quedará en mitad del camino. Todo es debilidad; las leyes no se cumplen; cada cual hace lo que más le agrada; son presos los pequeñuelos, mientras los grandes conspiran; alrededor del Trono alzan su cabeza enmascarada de sonrisas la traición y la sedición; todos los militares trabajan sordamente en la masonería. Es esto un constante hervidero de inquietud, de amenaza, de ambiciones locas que surgen, como los insectos en el muladar, de la gran escoria del Reino; los magnates se ocupan de convites y cenas, mientras los masones proyectan comerse a la Nación; son cogidos algunos criminales conspiradores, y a poco se les suelta; reina una confabulación espantosa entre los conspiradores y la policía, entre presos y carceleros, entre alguaciles y alguacilados para taparse sus respectivas infamias, y hasta la Inquisición, volviéndose tibia y complaciente, es un cuchillo que se ha hecho alfiler; apenas pincha... Todo es flojedad, enervación, raquitismo, pequeñez. La Nación que tan enérgica, varonil y potente ha sido contra el extranjero, es en su vida interior un juego de chiquillos, que juegan en el fango, y con el fango hacen bolas que se arrojan unos a otros, no para matarse, sino para mancharse... ¡Quiero morirme de una vez, si no he de vivir más que para ver esto! ¡Los hombres como yo estamos de más en reuniones de muchachos! El papel de Herodes es difícil, y el de maestro de escuela, ridículo. - III - Dijo, y siguió accionando en silencio durante un rato. Estaba desasosegado y colérico. La enorme desproporción entre su energía intelectual y su fuerza física, entre sus ideas y su posición, le ponían en aquel estado de frenesí, tan semejante a una monomanía furiosa. - En algunas cosas tiene usted razón, Sr. D. Miguel - dije -. No se castiga todo lo que debiera castigarse; pero si ese humor endiablado que usted tiene se ha de aplacar con la prisión y escarmiento de Salvador Monsalud, dese usted por curado... Hablaremos a Lozano de Torres... aunque sigo en mis trece, y sostengo que ese desgraciado no está en Madrid. Debe de haber error en esto. - Está, está en Madrid - afirmó Jenara, clavando en mí sus ojos azules, cuya serenidad se alteró visiblemente -. Yo le he visto. Al decir yo le he visto, se puso pálida. Su semblante expresaba más bien miedo que cólera. -¿Le ha visto usted? - pregunté con incredulidad. - Hace seis días - dijo poniéndose más pálida aún -, fui a misa a la iglesia del Rosario, que está aquí cerca. Después de oír misa y de rezar, me dirigí a la puerta. Estaba oscura la iglesia. Pasaba yo junto a la entrada de una capilla, cuando sentí más bien que observé la proximidad de un bulto, de una figura, de un hombre. Llegó hasta mí una corriente de aire frío, cual si una capa se agitara a mi lado; yo temblé. Al mismo tiempo, llevadas por aquel aire glacial, sonaron en mis oídos estas palabras, dichas con marcado tono de burla e ironía: "Adiós, Generosa...". Me estremecí toda; tropecé en una estera, y ya tocaban mis rodillas el suelo, cuando una mano me levantó con energía. En el mismo instante, como levantaron la cortina del cancel de la puerta, entró alguna luz, y vi a mi lado una cara muy morena, la misma cara. ¡Jesús! Jenara daba a su relación un interés inmenso. La patética emoción del drama se pintaba en su semblante. - Nunca he tenido - añadió - tan fuerte impresión, no sé si de miedo, no sé si de ira, no sé si de lástima... En término muy breve experimenté sensaciones diversas, traídas la una por la otra. Temblé, como si sintiera la mano del Demonio agarrando la mía... me pareció que iba a ser asesinada en aquel mismo instante... me pareció que aquel hombre no era un diablo ni un asesino, sino simplemente un pobre que me pedía limosna... se me representaron uno tras otro los crímenes de Monsalud, desde su traición a la causa nacional hasta su duelo con Carlos... no vi luego más que desgracia, mendicidad, hambre... ¡y qué cara, Santo Dios! -¿Le observó usted bien? - Está más moreno, mucho más moreno que antes. Sus ojos queman; su boca, al sonreírse con ironía, no sé si sanguinaria o hambrienta, muestra unos dientes más blancos que el marfil; su aspecto infunde miedo y dolor. Viste de un modo extraño, anda de prisa, pasa y mira. -¿Pero le ha visto usted una sola vez? - pregunté, asombrado de tantos detalles. Jenara estuvo un rato sin contestar. Luego, mirando al suelo, dijo: - Una sola vez. Yo corrí para salir de la iglesia. Desde la puerta miré hacia dentro, y vi que un fraile se le acercó. -¡Un fraile!... - murmuró sordamente Baraona -. ¡Buenos están también! -¿Y dice usted que desde ese día no ha vuelto a verle? - pregunté a Jenara. Después de vacilar, me contestó: - No... no puedo asegurar que le haya vuelto a ver... ni tampoco que no le haya visto... -¿Cómo es eso? - Quiero decir que la impresión que en mí produjo aquel encuentro ha sido tan duradera, que a veces se reproduce ella misma, sin causa real... La imaginación... - Diga usted los nervios. Cuidado con creer en duendes y apariciones - afirmé riendo. Después callamos todos, contemplando las menudas ascuas de la copa de bronce, que mezclándose con la blanca ceniza, lanzaban su último brillo; existencias que próximas a expirar, dirigían a los vivos su postrer mirada. Baraona, Jenara y yo, mirábamos en silencio la moribunda lumbre. Todo callaba en derredor nuestro. Era la hora en que los espíritus pusilánimes y los niños suelen tener miedo, y al ir a acostarse atraviesan corriendo y cantando para ahuyentarlo, los largos pasillos y las oscuras piezas. Era la hora en que las puertas de algún ventanejo alto y lejano suelen dar porrazos, estremeciendo la casa y el corazón de sus habitantes. Era la hora en que el gato trasnochador suele lanzar lastimeros ayes, que parecen llanto de criaturas o algazara de voladoras brujas que van por los aires a sus repugnantes asambleas. Era la hora en que el viento suele ponerse en la boca el tubo de la chimenea, como un gigante que sopla su bocina, y cantar o decir o refunfuñar alguna horripilante estrofa, que hiela la sangre en las venas del inquieto durmiente... Los tres nos hallábamos profundamente pensativos, cuando sonó de improviso en lo interior de la casa inusitado estrépito, una puerta que se cerró, un mueble que vino al suelo, un golpe, un tiro, qué sé yo... una nada, una tontería, un fútil accidente; pero que sin duda a causa de la hora y de cierta predisposición de espíritu, nos estremeció a todos. -¿Qué es eso? - exclamamos a una vez. Miré a Jenara. Estaba blanca como el papel, y sus dientes chocaban. - Es la puerta de mi cuarto que ha dado un golpe. Quedó abierta la ventana de la calle... - dije yo, tranquilizándome por completo. Al cabo de un instante me sentaba de nuevo junto al brasero, después de cerciorarme de la insignificante causa de nuestro pueril miedo. Jenara seguía temblando; yo me reí, y ella, arropándose en su mantón, dijo: - Tengo frío. - Vamos a acostarnos - dijo Baraona levantándose. Les acompañé a sus habitaciones. Al pasar por la larga galería que las separaba de las mías y del comedor, observé que Jenara dirigía miradas inquietas a un lado y otro. La sombra de nuestros cuerpos sobre la pared atraía sus miradas con más fijeza de lo que una vana sombra merece. Yo iba tras ellos. Cuando les despedí en la puerta, Jenara me dijo: "Entre usted". Seguía temblando, y como yo le interpelase sobre aquella injustificada desazón, no contestaba sino: - Tengo frío. Obligome a que registrase su habitación, a que asegurase las puertas, las cerraduras de las ventanas, y cuando me retiré al fin después de tranquilizarla respecto a lo innecesario de tales precauciones, echó llaves y cerrojos por dentro, quedándose acompañada de su criada. Dirigime a mis habitaciones, sin dar importancia a las voluntariedades de mi hermosa huéspeda; pero al llegar a mi alcoba y lecho, y cuando me disponía a acostarme, recibí una sorpresa, una impresión tan fuerte, que mis carnes temblaron, dieron unos contra otros mis dientes, y me quedé frío, absorto, mudo, petrificado. Sobre mi lecho y en la misma vuelta de las sábanas, había un papel escrito. Con trémula mano lo tomé; recorriéronlo mis ojos en un instante; decía así: "Infame Bragas: Tú que eres amigo y compinche del Tigre y del Zorro, podrás conseguir que manden poner en libertad a Fermina Monsalud, presa y atormentada en la Inquisición de Logroño por supuesto delito de infidencia. El Elefante trabaja en pro de la mujer inocente. Ha asegurado que la Culebra, es decir, tú, podrás ayudarle con éxito seguro. "Infame Bragas: Si dentro de quince días está libre mi madre, no te pesará; si no lo estuviere, te acordarás de SALVADOR MONSALUD". - IV - Juzgad ¡oh amigos!, de mi asombro, de mi anonadamiento. Largo rato estuve con el papel en las manos sin saber qué partido tomar, sin poder concretar mis ideas, sin resolverme a dar un paso, ni poder formar un juicio claro sobre aquel hecho. En mi cerebro bullía el caos. Ocupaba mi espíritu un miedo horroroso, un miedo cual nunca lo he tenido. Pasé algún tiempo en dolorosa incertidumbre. Como si tuviera la conciencia de que mi cuerpo era una masa de apretada aunque suelta arena, que se iba a desmoronar al menor movimiento; no me atrevía a dar un paso ni a menear un dedo. Poco a poco fuime recobrando, empecé a discurrir; me esforcé en atenuar la gravedad del caso, y la curiosidad se abrió paso en mi espíritu. ¿Quién había traído aquella hoja amenazadora? El hombre que me escribía, mi camarada antaño, ¿por qué había ideado tan singular modo de comunicarse conmigo? ¿Era él realmente o algún chusco desocupado? Y quien quiera que fuese, ¿de qué medios se había valido para dirigirme tan atroz apercibimiento? Mi casa no era casa de duendes, aunque muy antigua y grande, propia por lo tanto para que se pasearan por ella los invisibles habitantes de la sombra, si el miedo les permitía la entrada. Felizmente yo no creía en brujerías, ni en chuscadas de duendes, ni en fabulosas correrías de almas en penas. Ni por un instante pensé en tales puerilidades. Pero al mismo tiempo yo tenía la seguridad, gracias a un reconocimiento prolijo que a poco de mi mudanza hice, de que mi casa, con ser de dos puertas, no tenía comunicaciones novelescas, ni sótanos, ni compuertas, ni armarios maravillosos, ni escotillones, ni ninguna tramoya de esas que en el teatro y en los libros dan materia para un sorprendente enredo. No teniendo, pues, mi casa secreto alguno, era evidente que alguno de los criados había sido mensajero del extraño mensaje. Eran tres: el primero, que tenía por nombre Farrancho, servíame de mandadero, ayuda de cámara y también de amanuense en casos de mucha urgencia, y era hombre de honradísimos antecedentes, por su cacumen casi incapaz de Sacramento, pues discurría como una acémila, por su carácter moral apreciabilísimo al parecer. Jamás le cogí en mentira, ni en hurto, ni en falta alguna. La segunda persona de mi servidumbre era una mujer, una venerable matrona bastante vieja y fea para no incurrir en deslices 4 amorosos, bastante joven y aseada para servir bien y guisar mejor; Marta por lo diligente y entendida en cosas domésticas, Magdalena por lo piadosa. Había servido a monjas durante veinte años, con lo cual dicho se está que era la prudencia misma, la santidad personificada, la honradez en efigie. Jamás se ocupó de chismes domésticos, y parecía carecer del uso de la palabra, como no fuera para emplear ciertas fórmulas piadosas, pues nunca entraba en mi cuarto sin decir lúgubremente el estribillo cartujo de morir tenemos. Su obediencia era ciega, su solicitud extremada, su cariño firme y mudo como el de los buenos esclavos, su arte culinario de plata, su silencio de oro. Hasta su nombre era admirable de concisión y santidad. Se llamaba Doña Fe. Había además en la casa otra hembra; pero no me servía a mí (aunque bien lo quisiera yo), sino a Jenara, de quien era doncella. Paquita, guapa moza, estaba desde poco antes en casa, y no me eran conocidas las prendas de su carácter. Parecía excelente muchacha. Mis sospechas recaían principalmente en ella, después en Farrancho. Doña Fe estaba libre de toda suposición desfavorable, porque además de tener un carácter formalísimo, incapaz de toda farsa o enredo, hallábase a la sazón en cama, molestada de horribles dolores en la cara y oídos. Después que mentalmente repasé las cualidades de aquel doméstico triunvirato, recayó mi atención en el asunto principal, en la extraña hoja que tan a deshora había venido a turbar la tranquilidad de un hombre de bien, servidor diligente de su Rey y de su patria. Lo más singular del singularísimo documento era que el autor de él, ya fuese en realidad Monsalud u otro cualquier pelanduscas de su propio estambre, al mismo tiempo que solicitaba mi auxilio, me ofrecía su protección, como parecía indicarlo el no te pesará. Pero a renglón seguido me amenazaba de un modo insolente. El te acordarás de mí me ponía en gran cuidado... ¿Sería aquello una farsa ridícula? El que ofrece protección o castigo es porque tiene poder; y si Monsalud tenía poder, ¿por qué solicitaba mi auxilio?... ¿Debía yo despreciar el escrito o fijar en él toda mi atención? Pensando en esto, venían a mi memoria recuerdos del ardiente carácter de mi antiguo amigo; surgía ante los ojos de mi imaginación su figura, representándomela desmelenada, horrible, teñida de la palidez siniestra del jacobinismo; volviendo a contemplar el escrito en cuyos caracteres se conocía la mano de Salvador, y dueño de mi espíritu, el miedo me sumergía de nuevo en vacilaciones sin fin. Las palabras del escrito indicaban una resolución firme. Lo que a mis lectores podrá parecer oscuro y enigmático, para mí no lo era entonces, por ser común y aun popular el tiznar con viles apodos la persona de hombres esclarecidos y respetabilísimos, que consagraban su vida al servicio del Reino. Así el Zorro, era D. Juan Esteban Lozano de Torres, ministro de Gracia y Justicia; el Tigre, mi amigo y protector D. Buenaventura, recientemente convertido en marqués de M***, y el Elefante, D. Ignacio Martínez Villela, consejero de Castilla y hombre muy metido en Palacio, aunque por entonces corrían voces de que era masón. Después de mucho meditar, no repuesto del mortal susto, juzgué que para requerir a los criados convenía esperar al siguiente día. Acosteme; pero el sueño huía de mis ojos. No se apartaban de mi mente las anécdotas que acerca de los masones y su audacia había oído contar últimamente sin darles importancia; recordé lo que por entonces se decía de connivencias misteriosas, de sobornos de criados, con otras artimañas atrevidas que establecían una verdadera mina dentro y debajo de la sociedad. Yo procuraba determinar algo; pero ninguna resolución definitiva lograba echar su raíz en mi vacilante y perturbada voluntad. Mi entendimiento excitado por la vigilia, iba de aquí para allí, entre las revueltas olas de un mar de ideas, empujado, ya de un lado, ya de otro, sin poder llegar a ninguna orilla, ni sumergirse en el silencioso y quieto fondo, que era el dormir y lo que yo más deseaba. Pero la luz del día ¡bendita sea mil veces!, disipó aquel delirio caliginoso en que mi pensamiento con angustia se revolvía como un loco en su jaula. Se me presentó el hecho en proporciones muy pequeñas, y libre ya del miedo, si no del recelo, tomé dos resoluciones: no hacer caso del escrito, e interrogar a mis criados para despedir de mi honrado hogar al delincuente. Cuando conté el caso a Doña Fe llenose de miedo, trajo al punto de la iglesia un cantarillo de agua bendita, y roció toda la casa, recitando exorcismos. La piadosa mujer, hecha un mar de lágrimas al ver el peligro que mi persona había corrido, me dijo haber visto a Farrancho en la calle el día anterior, secreteándose con individuos de aspecto tan revolucionario como heterodoxo, y aunque el tunante protestó y lloró, y me mojó las manos con la baba de sus hipócritas besos, le despedí. Su culpabilidad era evidente. Jenara me respondió de la inocencia de su doncella, y antes hubiera dudado yo de mí propio que de la venerable matrona a quien tan bien sentaba el nombre de Fe. Baraona quiso levantarse a deshora del lecho para dar dos palos al infame y desleal muchacho; pero le contuvimos, y durante un rato Jenara y yo hablamos vagamente del asunto. - Yo tampoco he dormido nada en toda la noche - me dijo. Le pregunté si también había recibido papelito; pero no se dignó contestarme. - V - El incidente que he referido dejó de preocuparme al siguiente día, y poco a poco fue olvidado por completo. Salgamos ahora de mi casa y veamos cómo andaban las cosas públicas en aquellos días, que eran los últimos de Octubre de 1819, a los once meses de la sangrienta conspiración de Vidal en Valencia y a los cuatro de los sucesos del Palmar. Grandes mudanzas habían ocurrido en la corte desde 1815 a 1819. En tan breve tiempo Fernando se había casado dos veces, la primera, con Isabel de Braganza (cuyas bodas concertó en el Brasil Fray Cirilo de Alameda y Brea, enviado secreto de Su Majestad Católica), la segunda, con María Amalia de Sajonia, hermosa y desabrida, humilde y bondadosísima, devota y también algo poetisa. Mientras reinó Isabel, la influencia política de los criados mermó mucho en Palacio, y este fue lo que debía ser, una vivienda de Reyes; pero desde Diciembre del 18, en que Dios se llevó de la tierra a la insigne Princesa, las culebras de la camarilla empezaron a recobrar su imperio. Sin embargo, ni Alagón ni Chamorro fueron tan poderosos. Ramírez de Arellano y un tal Villar Frontín, antiguo escribano del resguardo, eran los que se comían el Reino crudo. Nueva gente se encontraba en las oficinas, en los Consejos, en Palacio, y los ministros variaban a menudo; que no es la inconstancia don peculiar de los poderes constitucionales. En seis años vi bajar y subir tantos, que casi se pierde la cuenta de ellos. Ceballos se hundió en Octubre de 1816. D. Tomás Moyano había desaparecido también del escenario, cayendo en la oscuridad, de donde jamás volvió a salir, quedando tan sólo, cual muestra de su paternal administración, los mil y un parientes que en su breve poltronazgo sacó de la miseria y soledad del campo; D. Francisco Eguía también dejó por algún tiempo al ejército huérfano de su protección. Hubo un divertido minueto de señores ministros de la Guerra durante corto plazo, porque a Eguía sucedió Ballesteros, a Ballesteros el marqués de Campo Sagrado, y al marqués de Campo Sagrado otra vez el Sr. Eguía, sin cuya coleta parecía no poder existir la atribulada Nación. La Marina había perdido a Cisneros, y era gobernada por Figueroa. Desgraciada andaba la marina en aquellos tiempos, pues para que su orfandad fuera completa, también perdió en Abril de 1817 a aquel imponderable terror de los mares, el Infante D. Antonio Pascual, de quien dijo el poeta: ¡Neptuno, Tetis, Céfiro y Favonio, Eterno mostrarán llanto abundante, Pues falleció el Infante D. Antonio!!! Así terminaba el soneto que al triste suceso dedicó D. Diego Rabadán, el primero de los poetas de aquel tiempo, Rioja de los líricos y Herrera de los heroicos, hombre de esclarecido ingenio, gloria de su época, y al cual la envidiosa posteridad ha tratado injustamente, equiparándolo al D. Hermógenes de Moratín... ¡Como si no fuera la mejor pieza del mundo aquel célebre soneto en que, para decir que D. Antonio había muerto de pulmonía, se manifestaba que el cierzo quiso dar testimonio de su aridez, arruinando a la España su Almirante! No puede darse imagen más hermosa ni entonación más robusta que la de aquel comienzo: Ya vencidos de Acuario los rigores que aprisionan a líquidos cristales... Pero llevado de mi afición a la poesía y a los buenos poetas de mi tiempo, me he apartado de lo que estaba tratando, y era, si no recuerdo mal, los cambios de ministros. D. Felipe González Vallejo, a quien pusimos en Hacienda, salió como había entrado, es decir, que se lo llevó un viento cortesano, y el pobrecito con ser tan inocentón y tan para poco, no se libró del destierro. Entonces era común que a todos los caídos les recetaran un paseo higiénico para recobrar las fuerzas gastadas en el servicio de la patria. Sucediole Ibarra, luego López Araujo, que apenas sabía leer y escribir, y al fin entró el célebre D. Martín Garay, que más que hombre era una escuela, pues trajo al Ministerio todo un plan e idea completa para reformar la Hacienda pública, tarea equivalente a beberse el mar o a ponerse por montera el Moncayo. Gozaba aquel señor de mucha fama, que aún conserva su nombre; pero todos los hombres de mi tiempo, desde el Rey y los ministros y el clero hasta el último zascandil, se pusieron en contra suya, y tuvo que salir del Ministerio y marcharse con la música y el sistema a otra parte. Por fortuna no tuvo tiempo de hacer nada de provecho; que si le dejáramos, capaz hubiera sido de volver la Hacienda del revés, elevando los ingresos y mermando los gastos. Su sucesor Imas era un bendito. En Estado, el célebre León Pizarro, amigo y compinche de D. Antonio Ugarte, no duró mucho tiempo, ni tampoco Irujo, que empezó su carrera por paje de bolsa de un consejero y la acabó marqués y millonario. El duque de San Fernando, su sucesor, no fue menos afortunado, porque al principio de la guerra era soldado raso y en 1818 teniente general, duque, grande de España y no sé qué más. En Gracia y Justicia, después del obispo de Michoacán, que fue ministro veinticuatro horas (¡tanto se emprende en término de un día!) entró y duraba aún en la época de mi relación, D. Juan Esteban Lozano de Torres, la gran figura de aquellos tiempos, y no porque la tuviera gallarda ni aun digna de ser vista, sino porque con su hermosura moral tenía cautivados a todos, empezando por el Rey. Había sido Lozano de Torres en su mocedad relojero. No había hecho estudios de ninguna clase, siendo el primero y el único ministro de Gracia y Justicia lego en jurisprudencia. Ni siquiera sabía latín, cosa rara y chocante en aquellos tiempos. La carrera de este benemérito español había sido el comisariato del ejército. ¡Y qué herejías dijeron de él a propósito de la administración del hospital militar de la Isla! Con ser tan fuertes, sin embargo, las especies que acerca del comisario dijo el vulgo, no llegaban, ni con mucho, a lo que decían los enfermos, un atajo de tunantes que ponían el grito en el cielo desde que les faltaba caldo. ¡Qué tal fama de abastecedor y despensero tendría el niño, cuando, destinado a la Intendencia de Castilla la Vieja, no quiso darle posesión el gran Wellington, jefe del ejército aliado! La causa de su elevación a la silla de Gracia y Justicia fue el desmedido y loco amor que a Fernando tenía, el cual era de tal naturaleza que raras veces se presentaba ante Su Majestad sin derramar lágrimas de ternura, y para besarle la real mano hincaba la rodilla en tierra. Había en el alma de Lozano un sentimiento parecido a la dulce fibra del misticismo, que le llevaba a la identificación con el objeto amado, haciéndole partícipe no sólo de las impresiones morales de este, sino también de sus sensaciones físicas. Cuando Fernando estaba enfermo, Lozano de Torres se quejaba de la misma dolencia, y si a Su Majestad le dolía un pie, al punto cojeaba el amigo; tal era la fuerza de simpatía entre los dos. Pero cuando el ministro de Gracia y Justicia desplegaba toda la vehemencia de su alma fervorosa, era cuando la Reina Isabel estaba embarazada. En cierta ocasión mi hombre celebró en San Isidro por su cuenta solemne función religiosa y Manifiesto, que había de durar hasta que Su Majestad saliese de cuidado; y queriendo dar pública muestra de su amor a la Monarquía, hizo en medio de la iglesia tales aspavientos de devoción, golpeándose el pecho y desollándose las rodillas ante el altar, que los fieles no pudieron contener la risa. No quedó sin premio lealtad tan ardiente... ¡pues no faltaba más! Según puede verse en la Gaceta, Fernando VII dio a Lozano de Torres la gran cruz de Carlos III, por haber publicado el embarazo de la Reina. Desde 1815 éramos muy amigos D. Juan Esteban y yo. El pobrecito no recibía recomendación mía sin que al punto la despachase, y en la camarilla partíamos un confite, según éramos de tolerantes y condescendientes el uno con el otro, sin estorbarnos ni quitarnos de la boca el hueso, como hacían algunos, más semejantes a perros hambrientos que a cortesanos hartos. Yo no dejaba de prestarle servicios menudos, a más de los grandes, bien desempeñando ante Su Majestad un papel, entre Lozano y yo convenido, bien llevándole secretitos y noticias, sabiamente pescados al vuelo detrás de una cortina. Conste, ante todo, que yo estaba cesante desde el verano, pues una cuestión de delicadeza (yo siempre fui muy delicado), obligome a ceder mi plaza a un sobrino del ministro de Estado; pero se me había ofrecido el primer puesto que vacase en el Real Consejo. Como la ambición y el dorado sueño de mi vida eran esta canonjía, la esperaba con viva ansiedad. ¡Crítico y solemne momento! A fines de Octubre estaba vacante una de las canonjías del Consejo. Yo tenía derecho a esperar que se cumpliría la oferta, no sólo por mis méritos personales, que eran muchos, dicho sea sin modestia, sino porque en repetidas ocasiones y por mediaciones de ambos sexos, me había prometido la plaza Su Majestad. Verdad es que las promesas de Fernando eran como los cien pájaros volando del viejo refrán; ¡pero tenía yo tantos amigos! Como el viajero que después de larga travesía divisa la ansiada orilla, así estaba yo cuando divisé la tal vacante. No cabía en mi pellejo de puro angustiado, inquieto y caviloso. Estudiaba hasta las más insignificantes palabras de los íntimos de Fernando; atendía a los gestos y a las miradas, porque no había accidente alguno en que no viese esperanzas de obtener mi prebenda. Andaba tan desasosegado que apenas comía. ¡Ay!, si hubieran provisto la vacante en individuo distinto del que está dentro de esta casaca, me habría muerto de pena... Y verdaderamente, había motivos para que no estuviese tranquilo, por ser España la tierra de la injusticia y de la ingratitud. ¿El sin par Colón no murió en el olvido? ¿No acabó sus días Hernán-Cortés oscurecido en una aldea? ¿Y qué diré de Cervantes?... ¡Vive Dios, que si no me daban la plaza, yo había de hacer algo sonado; Rey y cortesanos y ministros se habían de acordar de mí! Pero últimamente yo tenía en la corte el favor a que me hacían acreedor mis servicios y adhesión al Monarca. Tocome a mí también un poco de aquel hálito de desgracia que a tantos había matado y aunque no me persiguieron ni me desterraron, hallábame en situación bastante equívoca, ni elevado ni caído, lejos de Palacio, a pesar de que Su Majestad me enviaba hipócritas recadillos. Yo no podía tragar al Sr. Ramírez de Arellano, ni este me tragaba a mí. Supe que se hacían esfuerzos para desprestigiarme; pero como yo tenía tantos amigos, como conservaba excelentes relaciones con los hombres más eminentes, no sólo esperaba defenderme de los que me querían empujar hacia abajo, sino también recobrar el terreno perdido. Alagón, Ugarte, D. Buenaventura, Imas, Villela, San Fernando, Lozano de Torres, me tenían en gran aprecio y me halagaban con fastuosas promesas. Yo no descansaba. Comprendiendo, como groseramente dice el refrán, que el que no llora no mama, vivía sobre un pie, de visita en visita, de conferencia en conferencia, de lamento en lamento, pidiendo a todos, ya en desnudas ya en artificiosas razones; exponiendo mis méritos, como se exponían entonces; desacreditando a todo el que estuviese en olor de candidato; trabajando a lo topo y a lo castor, en la oscuridad y a la luz del día; armando muchos enredillos y ganando voluntades y levantando polvaredas de intriga y humaredas de adulación; en fin, practicando todo lo que un hombre listo practicaba entonces y practica hoy en circunstancias análogas, que estas viejas mañas son de hoy como ayer, y primero faltarán garbanzos que Pipaones en España. Oí decir un día que la vacante se proveería al siguiente. Corrí a ver al Sr. Lozano en su despacho del ministerio, y cuando me vio puso cara agridulce, como de quien sonríe para disimular disgusto. Temblando aguardé mi sentencia. Lozano de Torres era pequeño y cari-fruncido, con un airoso moñito de pelo rubio sobre la frente, graciosamente arremolinado. Iba ya para viejo; sus movimientos eran tardos, sus pasos meditados, y al andar, colocaba en el suelo con una especie de estudio el blando pie, calzado con zapato de paño. Poníase ordinariamente muy serio, queriendo de este modo tomar la máscara de los hombres de saber; pero con los amigos de confianza, y cuando no se trataban asuntos graves del ramo, era francote y risueño, mostrando a las claras su alma sencilla y su rústico entendimiento. Tan declaradamente manifestaba su índole al hablar, que sólo le faltaba decir: "¡Dios mío, cuán bobo soy!". Hízome sentar a su lado; ofreciome un polvo, que rehusé; diome después un cigarrillo, y tras un par de toses, habló de esta manera: - Querido Pipaón, anoche me habló largamente de usted Su Majestad. Conviene en la precisión de dar a usted un puesto correspondiente a sus dilatados... a sus dilatados servicios. - En efecto - repuse -; la última vez que tuve el honor de entrar en la cámara real Su Majestad me dijo que la plaza vacante del Consejo Real sería para mí. El ministro cerró fuertemente un ojo, torciendo con extraño mohín la boca. -¿La vacante del Consejo?... - balbuceó -. Sí... en efecto; yo mismo prometí a usted... Si de mí solo dependiese; pero... -¿Pero qué... pero qué? - dije remedando la perplejidad de Lozano -. ¿Es esto formal? ¿Se puede decir hoy una cosa y mañana otra? Si se me cree indigno de formar parte de una corporación en la cual han entrado peluqueros, boticarios y mozos de caballerizas, díganlo de una vez... ¿Por ventura la he pretendido yo? - No, ya sé que es usted modesto. - Yo no he pedido la plaza... han venido a ofrecérmela, empezando por el Rey; me han estado pinchando mucho tiempo; me han sacado de mis casillas... Si yo no quiero ser consejero, si no quiero figurar... Por todo el oro del mundo no sacrificaría mi dignidad en cambio de una posición. - Vaya, Sr. de Pipaón, no se amosque por tan poca cosa - dijo el buen Torres -. ¿Por qué no espera usted ocasión más favorable? Siendo usted quien es, no tardará en ser consejero. Pronto habrá más vacantes. Aguarde usted unos meses... Su Majestad la Reina Doña Amalia estará embarazada bien pronto. Cuando venga lo que ha de venir, se repartirán muchas mercedes, sobre todo si es Príncipe... - Señor Ministro - repuse, sin poder contener mi sofocación -; se han burlado ustedes de mí. Esto no se hace con un hombre que ha prestado tantos y tan difíciles servicios al Reino, al Rey, a los amigos, a usted mismo. - Es verdad, por eso dije que anoche acordamos darle a usted una recompensa magnífica - afirmó su excelencia melifluamente. -¿Cuál? - Puede usted escoger. La Superintendencia de la Moneda en Méjico, la... -¿Indias, Sr. Lozano? - exclamé con el mayor desdén -. Ya sabe usted que no me gusta viajar por mar. Puesto que se me trata de ese modo, renunciaré a servir en la Administración. Para ir a América y labrarme en cinco años una fortuna, no necesito que el Gobierno me dé un destino con visos de destierro. - Entonces, amiguito... Debo advertirle que Su Majestad fue quien manifestó deseos de que marchase usted a América. - Es raro - respondí -. La última vez que nos vimos, Su Majestad no me dio un canastillo de cerezas como a Campo Sagrado, ni un mazo de cigarros como a Villamil. Yo no pretendí la plaza de consejero; yo no la quería; yo no di paso alguno para que se me diera; pero me la ofrecieron: se ha dicho que yo iba a entrar en el Consejo; he recibido ya las felicitaciones y aun algunos regalos anticipados como previa acción de gracias por beneficios que no he hecho todavía... por consiguiente, si ahora salimos con que no hay nada, mi situación no puede ser más grotesca. Mi dignidad, mi honor, indúcenme a no admitir otro destino que el de Consejero. - Pues hijo - repuso Lozano, dando un suspiro -. Lo que es eso... La vacante está ya provista. Y me alargó un papel que tomó de la próxima mesa. - VI - -¡Me lo figuraba! - exclamé con indignación, devolviendo la minuta después de leerla -. El nuevo consejero es el sobrino del marqués de M***. ¡Bonito nombramiento! La ira apenas me permitía articular las palabras. Pegajosa saliva entorpecía mi lengua, y con los crispados dedos arañaba los brazos del sillón en que me sentaba. -¡El sobrino del marqués de M***! - repetí -. ¡Me lo temía!... - Mañana aparecerá en la Gaceta. - Y mañana sabrá España, ¿qué digo?, sabrá la Europa entera, sí señor, la Europa entera, cuáles son las prendas, cuáles los antecedentes que se necesitan aquí para escalar los puestos del Consejo. En primer lugar, ser jugador, borracho, calavera, no pagar las deudas contraídas, deber más de tres mil reales en Canosa; y en segundo lugar, no saber más que un poco de latín, echársela de traductor de Horacio, decir mil pedanterías a propósito de leyes antiguas, defender malamente algún pleito de tenuta, criticar en todo, fantasear en la Sala de Alcaldes, hablar mal de los funcionarios honrados y respetables como usted, y también tener de brevas a higos algún tratadillo con los masones de Granada y de Madrid. D. Juan Esteban alzó los hombros. -¡Qué personajes, Santo Dios! - proseguí sin que con tanto hablar se desfogara mi cólera -. Tal sobrino para tal tío... - Silencio - dijo vivamente Lozano -. El marqués de M*** está aquí. En efecto, sin previo anuncio, porque a causa de su intimidad con el ministro no lo necesitaba, apareció en el despacho el marqués de M***, el cual no era otro que aquel famoso personaje a quien puse el nombre de D. Buenaventura, tapando con esta especie de benevolencia el suyo propio, para que la posteridad no le mortificase. Fue mi protector, mi amigo, mi Providencia en los primeros años de mi carrera. Por esta razón infundíame siempre mucho respeto, y aunque últimamente solía mostrar cierta envidia de mi rápido encumbramiento y me molestaba cuanto podía, yo, hombre agradecido, le ponía generosamente a él como a sus sobrinos, fuera del alcance de mis artimañas y de mi lengua. D. Buenaventura, a quien solían llamar el Tigre, se había hecho marqués de la manera más sencilla. Nombrado consejero de Hacienda en 1814, hizo en poco tiempo una gran fortuna, comprando fincas que estaban adjudicadas al crédito público. Por aquellos tiempos, necesitando los padres de Atocha algún dinerillo para reparar su templo, dioles Fernando dos títulos de nobleza para que los vendiesen. D. Buenaventura compró en veinte mil duros el de marqués de M***. Era familiar de la Inquisición, hombre cruel, y absolutista tan fanático, que se pasaba la vida buscando masones por todos lados y averiguando picardías de liberales para contárselas al Rey. Tenía en 1819 gran privanza en Palacio; pero le hacía sombra Villela, de quien se contaban no sé qué masónicas liviandades. Conmigo sostenía buenas relaciones, pero a pesar de eso, solapadamente y sin dejar de halagarme, bebió los vientos para quitarme la plaza de consejero; y a pesar de lo mucho que me moví, ganome la partida, como se ha visto. -¿Se murmura, eh? - dijo amistosamente, después de saludarnos -. Este diablo de Pipaón no está nunca contento. - Ya le he dicho que puede esperar mejor ocasión - añadió D. Juan Esteban, ofreciendo un cigarrillo a su amigo -. Grandes acontecimientos van a venir... Puede que nazca un Príncipe... - Es claro - dijo el marqués, mirándome con sorna -. Pero ¿tú qué crees? ¿se hacen consejeros a los treinta y seis años? Estos sietemesinos, apenas dejan el biberón, ya ambicionan los primeros puestos del Estado... ¡qué tiempos, señores!, no sé a dónde vamos a parar. He aquí un chiquilicuatro a quien saqué de las covachuelas hace seis años. Le hemos visto subir como la espuma, le hemos ayudado como buenos amigos, y ahora, ingrato y desconsiderado, todo lo quiere para sí. Paciencia, amiguito, paciencia y aguardar. Felizmente no estamos en los tiempos en que el Sr. Chamorro y Paquito Córdova disponían de los destinos y sueldos del Reino. Ya los caprichos de una bella no conmueven la monarquía: ya no caen y se levantan los ministros al compás de la escoba de los mozos de retrete: estamos en tiempos mejores. - Las personas han variado, convengo en ello - respondí con malicia -, pero las cosas no. Entre las ruinas de la antigua camarilla, eleva su majestuosa frente la negra del Sr. Villela. - Silencio - dijo Lozano de Torres -. Le espero de un momento a otro, y puede venir. -¿Quién gobierna? ¿Quién aconseja a Su Majestad? ¿Quién empuña el timón de la nave como generalmente se dice? - proseguí -. Todos sabemos que si Artieda no tiene el poder que tenía, lo tienen Ramírez de Arellano y Villar Frontín, pues los ayudas de cámara también caen y se levantan, como los ministros, aunque sin canastillos de cerezas ni mazos de cigarros. - Bueno - dijo D. Buenaventura, riendo -. Sigue tú en la agencia universal y diplomática de D. Antonio Ugarte. Sigue comprando barcos rusos y contratando empréstitos. ¿Qué más quieres, pelafustán? ¿Aspiras también a comprar a los rusos sus barbas, para ponérnoslas a nosotros después de hacérnoslas pagar? D. Juan Esteban se reía como un bendito. -¿Quieres ser consejero? - añadió el marqués -. ¿Y para qué? ¿Qué vas tú a hacer en el Consejo? Sepámoslo. ¿Meditas algún informe luminoso sobre cualquier materia? ¿Vas a poner en olvido las dotes eminentes de Jovellanos, Campomanes, D. Arias Mon y demás notabilidades? Para traer y llevar los recados de D. Antonio Ugarte, para ayudarle en sus negocios, ¿no estás mejor en cualquier oficina que en el Consejo? A pesar de ello, yo te prometo que te apoyaré decididamente en la primera vacante, ¿qué más quieres? - Sé lo que es el Consejo - respondí breve y sentenciosamente -; sé lo que son las oficinas; todo lo conozco y aprecio en su justo valor, menos las influencias que imperan hoy, las cuales son de tal naturaleza, que no sabe uno a qué atenerse. Me levanté para marcharme. En el mismo instante un portero anunció a D. Ignacio Martínez de Villela, que no tardó en entrar. Me quedé. Este venerable señor, uno de los que más trabajaron en 1814 cuando la persecución de los diputados, era entonces muy influyente en Palacio. Él y Lozano de Torres y otros que no menciono, formaban a la sazón la pequeña corte del Monarca, sustituyendo a la antigua, que con gran trabajo desbancaron y de la cual tuve la gloria de formar parte. Era Villela, además de corpulento como un elefante, hombre muy vividor, y en la apariencia grave y respetable, con grandes humos de probo y justiciero. Oyéndole, parecía que por su boca hablaba el derecho público y privado. Poseía bastantes conocimientos jurídicos, lo cual le daba respetabilidad, poniéndole en situación muy favorable; porque desde 1816 y desde la venida de la Reina (que coincidió con el eclipse de nuestra camarilla), comenzaron a estar en alza los llamados sabios, los jovellanistas, y los de la escuela de Garay, verificándose un descenso rápido en el influjo de toda la gente lega y romancista. Pero la mayor notoriedad del magistrado en cuestión no era su sabiduría, sino su negra, una tal Doña Inés, ama de llaves y gobernadora de la casa, de cuya intervención en los negocios públicos se habló durante mucho tiempo. Habíase captado de tal modo la voluntad de su dueño, que teniendo este la clave de muchos nombramientos, túvola ella también. Especialmente las mitras, que se concedían siempre a propuesta del Consejo, fueron de tal modo monopolizadas por Doña Inés, que esta no abría la mano sin que saliera de ella un obispo. Había previo convenio y eclesiástico arreglo antes de que una mitra fuese provista, y era cosa sabida: ni el más pintado, aunque fuera el mismo San Pedro, empuñaba el báculo, si antes no se ponía a bien con la tal negra, impetrando y consiguiendo su soberana gracia. Con este motivo ocurrió más adelante un suceso curioso que no quiero callar. Vacó la diócesis de Astorga, y siguiendo los trámites ordinarios, fue presentado para la silla un sujeto, cuyo nombre no hace al caso. Llevose el decreto al Rey para que lo firmara, y Fernando, que tenía felicísimas salidas de aticismo cómico, leyó detenidamente el pliego, sonriendo con la socarronería que le era habitual. Estaba verdaderamente cargado, como ahora se dice, de aquella ambición desmedida de la negra de su amigo, y decidiendo emplear su iniciativa y usar sus prerrogativas con tanta insolencia usurpadas, no colérico, sino con mucha calma y gravedad, tomó la pluma y al margen de la propuesta puso estas sencillas palabras, que constan en un archivo: "Será obispo de Astorga D. X... X.... y perdone por esta vez Doña Inés". Pues bien, aquel que acababa de entrar en el despacho del venerable Magistrado era el venerable magistrado, el celoso Juez de 1814, el Consejero de la Sala de Justicia del Consejo Real, con honores del de la de Cámara; era el amo de su negra, en fin. - VII - - Señores - dijo sin responder a nuestro saludo -. Ocurre una cosa muy importante. El Sr. Requena acaba de morir de un ataque de apoplejía fulminante. ¡Pobre señor, pobre amigo mío! ¡Nos queríamos tanto!... Pero, en fin, puesto que Dios ha querido llamarle a su seno... ello es que con esta muerte hay ya otra vacante en el Consejo. Yo di un salto en mi sillón. -¡Una vacante en el Consejo! - repitieron el marqués de M*** y Lozano de Torres. - Sí, señores - añadió Villela sentándose -; una vacante en la Sala de Provincia. - No podía venir más a propósito - dijo Lozano de Torres mirándome. - Ahí tienes, Pipaón, ahí tienes... - dijo el marqués de M***-. La Providencia no abandona jamás a quien confía en ella. He aquí que cae del cielo una vacante y te toca en la punta de la nariz. - Poco a poco, señores - dijo el Sr. Villela de muy mal talante, mirándome por encima de sus gafas verdes -. No me toquen a esa vacante, que es para mi primo. Toda la hiel de mi cuerpo vino a mis labios al oír esto, y era tanto lo que se me ocurría decir, que no dije nada. - Tengo promesa de Su Majestad para la primera vacante - añadió Villela -, y además, amigo Lozano, ¿no hablamos de esto la otra noche? - Sí, es cierto... - repuso con turbación el ministro -; pero a la verdad, no sé cómo contentar a todos. Pasan ya de media docena las personas a quienes Su Majestad ha prometido la primera vacante. Creo que lo mejor será echar suertes. -¡Bah! - exclamó Villela con su impaciencia habitual y mirándome de hito en hito - ; ¿lo dice usted por Pipaón, que nos está oyendo? Amiguito, usted es joven aún y puede esperar. En mis tiempos no se entraba en el Consejo antes de los sesenta años. En los que vivo no he visto un mozo más favorecido por la fortuna que usted... Cuando mucho se sube, más peligrosa puede ser la caída. Usted se ha encaramado con excesiva prontitud, y me temo que si no se detiene un tantico, vamos a ver pronto el batacazo... Un polvito, señor marqués; un polvito, Sr. Lozano; amigo Pipaón, un polvito. Describió un lento semicírculo con su caja de rapé, en la cual iban entrando sucesivamente los dedos de los amigos. - Sr. D. Ignacio - repuse yo, aspirando con placer el oloroso polvo -, admito los consejos de una persona tan autorizada como usted... pero debo hacer una indicación. Jamás pretendí la plaza de Consejero; pero como se me ha ofrecido repetidas veces y se ha hecho pública mi pronta entrada en la insigne corporación, sostengo el cuasi derecho que me da la real promesa. -¡Oh!... usted puede sostener lo que quiera - repuso Villela, volviendo risueño el rostro y elevando la mano, cuyos dedos sostenían aún el polvo -. Cada uno es dueño de tener las ilusiones que quiera. Por eso no hemos de reñir. - Con perdón del Sr. Villela - dije yo, inclinándome y poniendo un freno a mi cólera -, seguiré esperando, que Su Majestad no me ha de dejar en ridículo. - Tantas veces han puesto en ridículo a Su Majestad personas que yo conozco... - indicó el Consejero de la Sala de Justicia, llevándose a la nariz los dedos y aspirando el tabaco con cierto adormecimiento voluptuoso en sus ojos ratoniles. -¡No lo dirá usted por mí! - repuse colérico. Villela se puso muy encendido. - Por todos - murmuró. - Señores, señores, basta de tonterías - dijo el ministro, conociendo que la cuestión se agriaba un poco -. Basta de pullas. Se procurará contentar a todos. Esto se acabó. - Por mi parte, concluido - dijo Villela estirando el cuerpo, arqueando las cejas, sacudiendo los dedos y tirando de la punta del monumental pañuelo; para sacarlo del bolsillo. - Por mi parte, ni empezado siquiera - indiqué yo. - Háblese de otra cosa - dijo el marqués de M***. - Hablarán ustedes, porque yo me voy al Consejo - dijo Villela, después de sonarse con estrépito. -¿Tan pronto? - Pero no sin hacer al señor ministro una recomendación. A eso he venido. Diciendo esto Villela sacó un papelito. - Veamos qué es ello. - Lo primero que pido al Sr. Lozano de Torres, confiado en que lo hará - añadió Villela -, es una obra de justicia, es que ponga término a una iniquidad horrenda, a un atropello impropio de los tiempos que corren. -¿Qué? - En las cárceles de la Inquisición de Logroño - continuó Villela -, está una pobre mujer anciana, llamada Fermina Monsalud, a la cual se ha dado tormento para arrancarle declaraciones en la causa que se sigue a un hijo suyo que vive en Francia. Es mujer piadosísima y a nadie se le ha ocurrido tacharla de herejía. ¿Por qué ha de pagar esa inocente las faltas de otro? Si no pueden atar a la rueda al verdadero criminal ¿por qué se ensañan en la que no ha cometido otra falta que haberle parido? -¿Cómo se llama esa señora? - preguntó Lozano, haciendo memoria -. Ese apellido... - Fermina Monsalud - repuso Villela, guardando el papelito. - Monsalud... - repitió D. Buenaventura, apoyando la barba en la mano y haciendo también memoria. Tuve intenciones de hablar; pero después de un rápido juicio, resolví no decir una palabra y observar tan sólo. - Esto es una iniquidad, una brutalidad sin nombre - exclamó Villela, golpeando el brazo de la silla -. Hablé anoche de ello a Su Majestad y Su Majestad se escandalizó... El ministro y el Marqués meditaban. - Pero eso es cosa del Supremo Consejo - observó Lozano de Torres. - Yo no quiero cuentas con el Supremo Consejo - repuso Villela -. Bien sabemos todos que este no hace sino lo que le manda el Ministro de Gracia y Justicia. Haga usted que pongan en libertad a esa pobre mujer, y cumplirá con la ley de Dios. - Y con la de los masones - murmuré. -¿Alguno de los presentes tiene que decir algo en contra de lo que he manifestado? - preguntó Villela con soberbia. Nuevamente sentí deseos de hablar; pero el recuerdo de la epístola, acompañado de cierto miedo, me cortó la voz y callé. D. Buenaventura no dijo tampoco nada, y seguía meditando. - Déjeme usted nota - indicó Torres -. Yo veré... El Consejero escribió la nota y la entregó al ministro. Al retirarse, habló así: - Tengo gran empeño en ello, Sr. Lozano, pero grandísimo empeño. Si consigo arrancar a esa mártir de las garras de los verdugos de Logroño, me conceptuaré dichoso. Cuando D. Ignacio Martínez de Villela se fue, alzó de súbito la meditabunda frente el Sr. D. Buenaventura, y dando un porrazo con el bastón, exclamó: -¡Vive Dios, Sr. Lozano de Torres, que ya no me queda duda! D. Juan Esteban reía como un zorro, y graciosamente se atusaba con la mano derecha el remolino de cabellos rubios que Dios, cual digno coronamiento de una obra perfecta, había puesto sobre su frente. -¡Fermina Monsalud! - repitió, leyendo el papel que había dejado Villela. - Madre de Salvador Monsalud - dijo el Marqués -; madre del hombre que anda trayendo y llevando mensajes de los masones; de ese que ha logrado hasta ahora burlar, con su ingenio peregrino, las pesquisas de la justicia. - El mismo - añadió Lozano -. Ese pobre Sr. Villela... Vamos, parece increíble. - Vox populi, vox cœli - repuso el marqués -. Hace tiempo se viene diciendo que muchos elevados personajes de la corte están en connivencia con la masonería; hace tiempo se viene diciendo que el Sr. Villela... Lo que digo: vox populi, vox cœli. - Cuando el río suena, agua lleva - afirmó Lozano, que, por no saber latín, expresaba la misma idea en refrán español -. Para mí hace tiempo que no es un secreto el francmasonismo de Villela; pero Su Majestad, a quien D. Ignacio ha sabido embaucar con tanto arte, no consiente que se le hable de esto, y sostiene que todo lo que se dice de las sociedades secretas es pura fábula. - También yo tengo datos para asegurar el francmasonismo del señor Consejero que acaba de salir - dijo D. Buenaventura. - Desde que estoy en esta casa - afirmó Lozano -, no ha pasado una semana sin que haya venido con pretensiones de indulto, de sobreseimiento o de evasión en favor de algún agitador o revolucionario. - Y este empeño por que se ponga en libertad a la mamá de ese... Cuando la Inquisición de Logroño le ha dado tormento, ya sabrá por qué lo ha hecho. - Pues claro está. - Salvador Monsalud... ¿dónde he oído yo ese nombre? - dijo D. Buenaventura, procurando recordar e irritado de su fatal memoria. - Hace días que hablé de él en este mismo sitio - repuso Lozano -. Es un revoltoso a quien no se ha podido prender nunca. - Ya... si no se puede castigar a nadie - dijo el marqués con enfado -. Si todos los criminales se escapan, protegidos por estos señores que afectando servir al trono y a las buenas ideas, son los más firmes auxiliares de la revolución. No sé cómo Su Majestad protege a tan pérfidos hipócritas... Ya lo he dicho, la serpiente de la anarquía se agasaja en los mismos cojines del regio solio... ¡Y pretende ahora la nueva vacante del Consejo! Pipaón, o hemos de poder poco, o será para ti. Me incliné dando las gracias con lenguaje mudo. - Es triste lo que está pasando - dijo el ministro -. Prendemos a los revolucionarios, y los más altos personajes del absolutismo, los más íntimos amigos del Rey, vienen a implorar que se ponga en libertad. - Soy familiar de la Santa Inquisición - exclamó con vehemencia el marqués -. Mi deber es seguir la pista a los criminales. Es preciso trabajar con pies y manos para que no se nos venga encima la revolución, ¿estamos? Adelante: es urgente desenmascarar a los bribones, poner de manifiesto las malas artes y la perfidia de los que les protegen. - Pues señor familiar de la Inquisición - dijo Lozano sonriendo -, descúbrame usted el paradero de ese Salvador Monsalud; proporcióneme los medios de cogerle, y yo le respondo de que no se burlará por más tiempo de los ministros de Su Majestad... -¿Está en Madrid? - preguntó el Marqués. - Creo que no. - Está en Madrid - dije yo, rompiendo al fin el silencio. El Ministro y D. Buenaventura me miraron asombrados. - No se pasmen ustedes - añadí -; yo no soy masón. Por una casualidad he sabido que está en la corte ese señor mensajero de los revoltosos. Hablando con toda franqueza, debo decir que en nuestra primera mocedad fuimos amigos Salvador Monsalud y yo; pero desde el año 13 no nos hemos vuelto a ver. -¿Y cómo sabe usted que está en Madrid? - Una señora paisana mía, que por desgracia le conoce muy bien, asegura haberle visto hace días. - Soy familiar de la Inquisición - repitió gravemente D. Buenaventura -: y como tal tendría un gozo vivísimo en poder echar mano a un propagador del jacobinismo y de la herejía... ¡Ah, Pipaón, si tú quisieras ayudarme!... ¿Dices que le conociste en tu juventud? - Somos paisanos. -¿Y qué tal hombre es? Me llevé el dedo a la frente para indicar ingenio. - Sí, debe de ser listo... pero un tunante, ¿eh? - Sirvió al Rey José. -¡Afrancesado! -¿Y tú respondes de que está en Madrid? - Respondo. - Ha demostrado en las últimas conspiraciones un atrevimiento y una constancia que confunden - dijo Lozano. - Vamos, es preciso cogerle aunque no sea sino por dar en los hocicos al masón vergonzante Sr. Villela que le protege... - dijo el marqués -. Pipaón, ¿me ayudas o no? - Ayudo. - Soy familiar de la Inquisición; pondré de mi parte cuanto pueda. ¿No hemos visto a los más insignes hombres de la nobleza, a los Medinacelis y Albas y Osunas saltando de tejado en tejado, en calidad de alguaciles mayores del Santo Oficio, para perseguir a los criminales? - Voy a dar a ustedes un resumen de las fechorías de ese salvador Monsalud - dijo Lozano de Torres, tirando de la campanilla -. Los corregidores y las audiencias han suministrado algunos datos, los cuales, unidos a los informes que tomé en el ministerio de Seguridad pública, forman un curioso expediente. Se presentó un oficial de secretaría, el cual, por indicación de Lozano, trajo poco después un grueso legajo. - Se cree que tomó parte en la conspiración de Richard para asesinar a Su Majestad - dijo Lozano fijándose en el primer pliego. - Se cree... eso es; y debe de ser cierto - indicó D. Buenaventura -. No puede menos de ser cierto. - Viósele en Granada el año 16 - continuó Lozano leyendo -, y al poco tiempo estuvo en Murcia y Alicante, donde le protegían López Pinto, el brigadier Torrijos y algunos oficiales del regimiento de Lorena. - Esta fue la conspiración del regimiento de Lorena, que abortó por fortuna... Ojo, señores. Por empeños de Villela fueron puestos en libertad los conspiradores. - El año 17 estuvo en los baños minerales de Caldetas, donde pasaba por criado del malogrado Lacy, y el 5 de Abril salió de Tarragona con las dos compañías de Quer. Desapareció en Arenys de Mar. - Desapareció... - dijo con enfado D. Buenaventura -. Si no existiera esta sorda y astuta confabulación de todos los pillos, no se habría evaporado tan fácilmente. - Volvió a aparecer en Gibraltar, visitando la casa del judío Benoltas, que dio dinero para la sublevación de Alicante - continuó Lozano, hojeando los papeles -. Después se le vio en Murcia muy unido a Romero Alpuente y a Torrijos; pero cuando este fue descubierto y preso, el otro... desapareció. -¡Desapareció!... Lo de siempre. - Pero al poco tiempo se le vio en Madrid, donde los masones de Murcia tenían tan buenas aldabas. Sostuvo relaciones epistolares con D. Eusebio Polo y con Manzanares, oficiales de Estado Mayor, y otros muchos militares distinguidos que están afiliados en la masonería. Cuando estos fueron reducidos a prisión, se pudo echar mano al Monsalud; pero al poco tiempo de encierro... - Desapareció. Ya sabemos lo que son esas desapariciones - afirmó colérico el familiar de la Inquisición -. Los Hermanos del Grande Oriente han tenido buen ojo en la elección de sus venerables. Son estos algunos señores de la grandeza, generales y consejeros como Villela. - Reapareció en Valencia - prosiguió Lozano - a principios de este año. Trabajó con don Diego Calatrava en los preparativos de la conspiración de Vidal. Frustrada esta, fue herido gravemente y preso con otros muchos. Llevado a la cárcel en camilla, se le encerró en un calabozo, donde era imposible la evasión. Cuando fueron a sacarle para conducirle al patíbulo, encontraron en su lugar... -¿Qué? - Un muñeco vestido con sus ropas. - Esto es burla... Pero sea lo que quiera, Pipaón ha dicho que el desaparecido está en Madrid. - Así me lo han asegurado - repuse -. Creo que podemos saberlo con toda certeza. - Soy familiar de la Inquisición, y tú, Pipaón, un hombre listísimo. Si de esta vez no hacemos algo de provecho, tengámonos por dos alcornoques de tomo y lomo. - Pero si hacemos algo, mi Sr. D. Buenaventura - dije -, que sea para desenmascarar a un magistrado tan corrompido como el señor Villela. - Vamos - repuso riendo -, a ti lo que te escuece es la vacante de consejero que Villela se quiere apropiar, caliente aún el cuerpo del Sr. Requena. Por mi parte te juro que aborrezco a Villela. Siempre he visto en él un hombre tan astuto como peligroso, que está sirviendo a la revolución. - Ya se lo dirán de misas. Soy... - Cójame a ese Monsalud, Sr. D. Buenaventura - dijo el ministro -. Vamos, ¿a que no se atreve? -¿Que si me atrevo? Pipaón: vete por casa mañana. Hablaremos. - Pues hasta mañana, señor marqués. - No hay más que hablar. - VIII - Veamos lo que pasaba en mi casa. Detenido en ella el Sr. D. Miguel de Baraona por ciertos achaquillos en las piernas que no le permitían zarandearse en paseos y cafés, mataba el aburrimiento escribiendo cartas o perorando, si por mi desgracia lograba echarme el guante. Jenara hacía vida muy distinta. Menos ocupada que antes en sus labores de mano, salía a la calle con alguna frecuencia, pasando largas horas fuera. Todo revelaba en la hermosa Jenara que traía entre manos un asunto importante, asunto de verdadera acción que requería tanta actividad como cavilaciones. No tuve que hacer grandes esfuerzos para descubrirlo, porque ella misma me lo reveló todo una noche junto al brasero, después que Baraona se recogió en su cuarto. -¿Ha averiguado el Gobierno - me preguntó - el paradero de Salvador Monsalud? ¿Sabe que está conspirando? - El Gobierno, señora - le respondí -, lo sabe todo y no sabe nada; mejor dicho, sabiendo que se conspira a más y mejor, es completamente incapaz de descubrir y más aún de castigar las conspiraciones. -¡Qué Gobierno! - exclamó Jenara -. Bien dice mi abuelo que estos que hoy mandan son como los muñecos que se ponen en el campo cuando se acaba de sembrar: espantan a los pájaros, pero no a los hombres. Diga usted que sabe tanto - añadió con jovialidad -, ¿por qué no se habían de encargar a las mujeres ciertas cosas del Gobierno? - Porque no. Ahí están Catalina de Rusia, Isabel de Inglaterra y otras, que gobernaron a sus pueblos... - No, no es eso lo que digo. Gobiernen a los pueblos los hombres; lo que, según mi entender, podía confiarse a las mujeres, es un trabajo menudo y que no requiere ciencia de libros; por ejemplo, el descubrimiento de las conspiraciones. - En Francia dicen que hay muchas mujeres empleadas en la policía secreta. - Las mujeres - dijo Jenara con gravedad y gracia -, son más leales que los hombres, sirven con más ardor y más honradez a una causa cualquiera, son menos accesibles a la corrupción, poseen instinto más fino y mayor agudeza de ingenio, mayor penetración. Ustedes piensan; nosotras adivinamos. - Es verdad; ustedes adivinan - dije con mucha sorna -. Vamos a ver: ¿ha adivinado usted el paradero de Salvador Monsalud? - Sí señor - repuso mirándome con fijeza, y sonriendo vanidosa y triunfalmente -. Sí señor; lo he adivinado, lo he descubierto, lo sé. -¿Pero es broma, es sospecha o presunción?... - pregunté lleno de asombro. - Es certidumbre, Sr. D. Juan. -¡Es usted un tesoro, es usted una diosa, Jenara! - exclamé con entusiasmo -. Pero dígame usted: esas salidas diarias, esa multitud de recados, esa ocupación constante durante más de una semana, ¿se han consagrado al servicio de la patria y del Rey? Me parece inverosímil. - Si he de hablar con verdad, no he atendido gran cosa al servicio de la patria y del Rey... He tenido fijo el pensamiento en mi esposo, acuchillado y moribundo. - Verdad es que la persona a quien queremos castigar ha sido por mucho tiempo la pesadilla y el espantajo de su familia de usted. - Yo no sé hacer nada a medias - dijo Jenara con solemne voz -. Me impulsaba a dar estos pasos un sentimiento que inflama mi corazón, un sentimiento criminal que ofende a Dios, lo sé; un sentimiento... -¡Jenara! - Sí, Sr. de Pipaón, el odio; hablo del odio que se ha fijado en mí desde hace algunos años como un puñal que me atraviesa el corazón. Incapaz de tranquilidad, escandalizada de la debilidad de los hombres, que han dejado sin castigo a tan grave criminal, me he lanzado resueltamente y con todo el ardor de mi carácter a un trabajo impropio de mi sexo y condición. He desfallecido muchas veces, he sufrido grandes sonrojos; pero al fin la fuerza de mi propia pasión me ha dado energía, y con la energía una luz extraordinaria. ¡Qué no conseguirá la voluntad de una mujer, su penetrante instinto, su admirable sagacidad!... - Esas prendas, señora, han revuelto el mundo muchas veces, han provocado guerras y revoluciones - dije contemplándola fijamente, por ver si descubría cuáles eran las verdaderas ideas y los sentimientos efectivos de Jenara en aquella ocasión. No era fácil averiguar esto, y en vano clavaba mis ojos en la marmórea beldad que ante mí tenía. Por experiencia sabía yo que respecto al conocimiento del alma de Jenara, era preciso atenerse a lo que decían sus labios, dejando al tiempo o al acaso la misión de describir el color y los astros de aquel cielo siempre cubierto de nubes. Al mismo tiempo no podía hacer grandes observaciones fisiognómicas, porque mis ojos, lo mismo que mi atención, se distraían con el recreo y embobamiento que tan grande hermosura les producían. ¡Lástima grande que bajo aquella serenidad majestuosa, aunque algo artificial como los papeles del teatro, se escondiese, cual serpiente en nido de rosas, el odio tan ponderado verbalmente por ella! - Si es cierto - dije -, que merced a las averiguaciones que ha hecho usted, como principal agraviada, se logra descubrir y capturar a ese hombre, el Estado y el Rey están de enhorabuena. Precisamente nuestro amigo el Sr. Lozano bebe los vientos por ponerle la mano encima. ¿Pues y D. Buenaventura?... Poco contento se va a poner cuando yo le diga... Como que nuestro paisano es el alma y la clave de las conspiraciones. Parece mentira que una señora haya conseguido lo que intentaron hasta ahora en vano tantos y tan buenos espías... -¡Espías! Los de la Inquisición, lo mismo que los del Gobierno, están vendidos a los masones - afirmó Jenara con desprecio. - Cuénteme usted todo; cuénteme esos prodigios. Ella sonrió, y por breve rato puso los ojos en el brasero, sin dejar la sonrisa que parecía esculpida en su rostro. - Si le contara a usted todo lo que he hecho - dijo al fin -, se asombraría de algunas cosas y de otras se reiría, formando mala idea de mí. - Vamos a ver. - Es preciso hacerse cargo de la impresión que produjo en mí la vista de ese hombre en la iglesia del Rosario, para comprender las locuras que he hecho. Yo estaba aterrada; parecía que me apretaban el corazón con tenazas de hierro; yo no podía dormir; la terrible imagen iba tras de mí a todas horas, infundiéndome miedo y una congoja extraña. - Lo conocí. - Yo presagiaba toda clase de males; atribuía a ese hombre un poder maléfico; tenía un desasosiego inexplicable. Era tal mi turbación y lo preocupada que yo vivía, que una noche creí verle deslizarse por esos pasillos como un fantasma. -¡Jenara! - Sí; la imaginación me lo puso delante... ¡y con cuánta verdad! Vi su cara, sentí el ruido que hacía su capa rozando en las paredes... Yo me quedé frío. - Pero no... no se asuste usted... yo no creo en fantasmas. ¡Cosas de mis ojos, que suelen ver lo que no existe!... Ya me ha pasado lo mismo otras veces... Ello es que la propia exaltación mía me dio fuerzas para sobreponerme al miedo, a la congoja, y furiosa me revolví contra mi atormentador. El placer de castigarle, de hacerle sentir el peso de una mano justiciera dirigida por mí, dio mayor fuerza a mi voluntad. ¡Era preciso buscarle, burlar su astucia, sorprenderle, cogerle, destrozarle! - Veamos lo que hizo usted. - Desde luego, sabiendo que ese hombre estaba en Madrid parecía natural creer que vivía en alguna parte. - Eso no tiene la menor duda. - Yo pensé de otra manera; yo pensé que viviría en muchas partes. - Ya... es decir, que cambiaría todos los días de domicilio para desorientar a sus perseguidores. - Justamente. Pero esta idea tenía poco valor, mientras no se averiguase una por lo menos de las guaridas del miserable. Empecé sin resultado mis pesquisas, cuando de repente vino en mi ayuda la casualidad, proporcionándome un nuevo encuentro con él cierta noche que volvíamos a casa Paquita y yo un poco tarde. -¿Y le habló a usted? -¡Qué disparate! No me conoció: yo sí le conocí perfectamente, a pesar de que iba embozado hasta los ojos. -¿Y dónde fue ese encuentro? - En la calle Mayor. Eran las nueve. Él iba en dirección a la plaza de la Villa. Paquita y yo veníamos de casa del Sr. Grima, corregidor que fue de Vitoria. - Y usted y Paquita, llenas de terror, avivaron el paso para huir de él. - Al contrario, volvimos atrás... y le seguimos. -¿Le siguieron? - Sí, señor. Nos arrebujamos muy bien en nuestros mantones y le seguimos a cierta distancia. Como él anda tan aprisa, llegamos sin aliento a la calle de Santiago. - Donde se escurrió por algún portal, y aquí paz y después gloria. - Entró, sí, en una casa; pero yo no me desconcerté por eso, y con toda serenidad examiné el edificio detenidamente. Era un palacio enorme, pesado y triste, con grandes balcones y un escudo formidable sobre el del centro. Parecía la vivienda de un Grande de España, y Monsalud, al entrar en ella, iba a visitar a alguien; de ningún modo a quedarse allí. - Muy bien pensado; pero las casas de los grandes, sobre todo si los que las habitan no son muy grandes, suelen tener bohardillas que se alquilan a gente pobre, y a las cuales se sube por la escalera de servicio. - También pensé yo esto - dijo Jenara demostrándome su prodigioso método de raciocinio -; y para salir de duda me decidí a preguntar al portero. - Lo que no dejaba de ser aventurado y sospechoso. - No me importaba: yo entré resueltamente y dije al portero: "¿Vive en las bohardillas de esta casa una pobre viuda enferma, llamada Doña Petra, que ha puesto un anuncio en el Diario, pidiendo una limosna a las almas caritativas?". El portero me informó de lo que yo quería saber, diciendo: "En esta casa no hay bohardillas alquiladas, ni aun vivideras, ni aquí vive nadie más que mi amo el Sr. Conde...". Ya estaba segura de que Monsalud no vivía allí y de que más tarde o más temprano saldría. Paquita y yo nos llenamos de paciencia, y aguardamos. -¡Qué valor, qué constancia sublime!... En una noche fría... dos mujeres solas en la calle. - Nadie se metió con nosotras. Antes de las once Monsalud salió. -¿Y le siguieron ustedes? - Le seguimos. Él miraba atrás algunas veces; pero viendo transeúntes indiferentes o mujeres, seguía tan tranquilo. -¿Y fue larga la segunda caminata? - No muy larga. Entró en el café de Levante, pero no por la puerta del local público, sino por otra lóbrega y estrecha que hay al costado y por la cual creo se sube a la tertulia. - Así es en efecto. Supongo que no entrarían ustedes en el café ni aguardarían tampoco la salida del aventurero, porque tales garitos no se vacían hasta la madrugada. - Entrar no; pero aguardar sí - me contestó con una serenidad que me dejó pasmado -. En aquella acera, que es de gran tránsito a causa de las puertas de los cafés cercanos, hay muchas mujeres y chicos que piden limosna, castañeras, ciegos que venden villancicos, y también muchos rateros y gente sospechosa, con la cual alternan en amor y compañía los alguaciles. Paquita limpió el lodo junto a la puerta por donde él había entrado y por donde esperábamos que saliera, y... -¡Jesús, María y José! - exclamé interrumpiéndola -: ¿fue usted capaz? - Sí señor; nos sentamos allí - repuso con la mayor naturalidad del mundo -. Con los mantos sobre la cabeza, no nos diferenciábamos gran cosa de la sociedad allí reunida... Yo no me acobardaba ante ningún obstáculo. Resuelta a marchar derecha a mi objeto, llena y encendida toda el alma con la llama de un aborrecimiento que era mi sostén y mi martirio, no reparaba en dificultades. Sólo así se vence, Sr. Pipaón. -¿Y hasta cuándo duró la guardia? - Hasta las cuatro de la mañana. Fue aquella noche que estuve fuera de casa. ¿Se acuerda usted? Entré por la mañana diciendo que había estado acompañando a una amiga parturienta. - Me acuerdo, sí. - Hasta las cuatro, sí. Nos levantamos de allí medio heladas - continuó riendo -. Él salió con otros tres; marchó hacia la calle Mayor. A la entrada de la de Boteros, uno de ellos se separó, y Monsalud con los dos restantes entró en la plaza. Les seguimos a bastante distancia; pasaron a la calle de Toledo y pasamos también nosotras. Detuviéronse en la esquina de la calle Imperial, y entonces resolvimos adelantarnos y pasar junto a ellos para que no sospecharan que les seguíamos. Cuando pasamos oí claramente la voz de Salvador, que decía a sus compañeros: "Estoy muy fatigado, y me voy a acostar...". Siguiéndole, pues, hasta el fin, era seguro que sabríamos dónde vivía. -¡Qué admirable paciencia! El más astuto y diligente alguacil no haría otro tanto. - Esto no puede hacerlo la justicia que es mercenaria y venal; lo hace una mujer. -¿Y dónde vivía? - En la calle de Segovia. Detúvose en una puerta, y después de dar varios golpes, bajaron a abrirle y entró. - Dando fin con esto a las investigaciones de usted, pues no creo... - No entramos... ¡qué disparate! Pero examiné cuidadosamente la casa. En los balcones del piso segundo de ella había los papeles que suelen ponerse en las casas de pupilos. En la parte exterior del portal vi una muestra que anunciaba lo siguiente: Pepita Rojo, bordadora en fino. En el principal, otra tabla decía Planchadora; y en el tercero había un balcón roto y algunos tiestos. -¿Significan algo el balcón roto y los tiestos? - Nada; pero lo digo para que vea usted cómo examiné uno por uno todos los accidentes de la fachada de aquella casa, como se examinan las facciones del facineroso que nos ha robado, para poder dar sus señas a la justicia. -¿De modo que le tenemos allí? - No cante usted victoria todavía, señor mío, que aún falta mucho por contar... Nos retiramos a casa. Yo calculaba que un hombre que se acuesta a las cinco de la mañana no podría levantarse muy temprano. -¿Pues qué? ¿Proyectaba usted nuevas excursiones? - pregunté con la mayor sorpresa. - A las ocho, después de charlar un poco con mi viejo, estábamos en la calle Paquita y yo. ¿No se acuerda usted? - Sí, me acuerdo. - Salimos, sí, en dirección a la calle de Segovia. Llegamos; pregunté en el portal por Pepita Rojo, bordadora en fino, y dijéronme que vivía en el sotabanco; Paquita entró en la casa de huéspedes del segundo pidiendo pupilaje. -¡Qué demonio! Fue cuando Paquita estuvo fuera de casa tres días, y usted dijo que había ido a Daganzo de Abajo a ver a su madre, enferma. - Eso es. Yo entré en casa de la bordadora a encargarle una obra muy difícil y costosa. Sin hacer alarde de riqueza, me mostré generosa; volví al día siguiente, llevando un regalito a sus niños; conocí a su marido, que es herrero, y no parecía tener trato alguno con revolucionarios; pero ni mi observación ni mi dinero me dieron luz alguna. -¿Y Paquita? - Vivió allí tres días. Hízose, por encargo mío la desenvuelta, para comunicarse fácilmente con los demás huéspedes, y principalmente con un tal Núñez, algo misterioso, que en la misma casa vivía, teniendo consigo a un primo, que se decía recién llegado de Valencia. - Ese primo... - Yo iba a visitar a Paquita, porque esta no podía hacer gran cosa sola. Apenas había visto la fisonomía de Monsalud y no conocía el metal de su voz. El tercer día de mi visita temblé de pavor y al mismo tiempo de alborozo; había oído la voz del miserable en una habitación inmediata. Al punto nos encerramos, y Paquita, practicó sigilosamente un agujero en el endeble tabique detrás de un cuadro. Oímos algo; pero nada importante. Núñez y Monsalud habían llamado a la patrona y contaban el dinero para pagarle, pues se marchaban de la casa. Su conversación era indiferente, y ni una palabra dijeron que indicase cuál iba a ser su nuevo domicilio. Llegó entonces un tercero, salieron todos, y metiéndose en un coche que a la puerta les esperaba, partieron, sin que fuera posible averiguar nada. -¡Perdido otra vez! ¿Y no se dio usted por vencida? - Nada de eso. Paquita y yo entramos después en conversación con la patrona, tratando de descubrir algo; pero nada sacamos en limpio. La buena mujer ponderó la puntualidad y largueza con que semanalmente le pagaba Núñez, calificando a este y a su primo de excelentes sujetos. No hacía un cuarto de hora que habían salido, cuando llegaron... ¿quiénes dirá usted? - No sé. - Los alguaciles de la Inquisición de Corte, con un señor familiar a la cabeza. -¿A prenderles? ¡Estuvieron buenos!... Esa gente es como el humo: lo ve uno y no puede echarle mano. - Tranquilizada y en paz la casa, luego que los alguaciles, con el señor familiar al frente se marcharon, reanudamos nuestra conversación Paquita, la pupilera y yo. Fingí ser persona de escasos posibles, viuda de un militar, y dije que me acomodaría en aquella casa al lado de mi amiga, si me admitían por poco dinero. Era mi deseo penetrar en la habitación abandonada por los fugitivos, para ver si habían dejado algún objeto que aclarase un poco las tinieblas en que me encontraba. Enseñome el cuarto la posadera, y al punto lo examiné todo, paredes, muebles, piso. En un rincón de este había varios pedazos de papel, una carta rota. En un momento en que estuvimos solas, los recogí, y guardados cuidadosamente, me los traje a casa para juntarlos y leerlos. Diciendo esto, sacó de su costurero un papel en que estaban pegados los pedazos de la epístola. - Lo que pude reunir y junté de este modo - dijo mostrándomelo - no es más que una tercera parte de la carta, y sólo resultan frases sueltas de oscuro sentido. Vea usted: "... mingo a las nueve de la noche te espero en la esquina... ana vieja no puedes venir a mi casa... que mi ma... Caraban..., enojada, furiosa y no mereces... Andrea". - IX - - No entiendo una palabra de esta monserga - dije, devolviendo el papel. - Pero basta fijarse un poco para comprender que es una cita amorosa. La firma de la dama es Andrea. -¡Andrea!... - conozco yo varias Andreas. - A mí no me importaba conocer a la dama: lo principal era saber el punto en que se verificaría la cita amorosa, y esto bien se descubría reflexionando un poco. -¿En dónde? - En la esquina de la calle de la Aduana vieja. - Es verdad... el domingo. ¿Y fue usted? -¿Pues no había de ir? Aquella noche Paquita y yo la pasamos también en claro. Vi a los dos amantes. Se me figura que él no está muy entusiasmado; ella debe de valer poco; separáronse pronto. -¿Y le siguió usted de nuevo? - Por todo Madrid; hasta que después de diversas paradas y escalas aquí y allí, paró cerca de la madrugada en la casa donde vivía y donde vive ahora. -¡Admirable, sorprendente! - Desde que descubrí su nuevo albergue comenzó Dios a favorecerme, porque Paquita reconoció en aquella la casa donde vive una parienta suya y paisana, con la cual tiene muy buena amistad. Fue a visitarla al día siguiente, y por ella supe que el marido de Doña Teresona (que así se llama la de Daganzo) es portero, conserje o guardián de la tal casa, perteneciente a bienes mostrencos y habitada por un administrador de estos. El Sr. Roque pertenece en cuerpo y alma al habitante principal de la casa. Es difícil corromperle; pero no así la señora Teresona, que insensible primero a mis ruegos, se ablandó con los regalos que le hice. Todos mis ahorros y el producto de parte de mis alhajas que vendí, lo he empleado en tentar la codicia y ganarme la voluntad de aquella mujer. He penetrado anoche en la casa, y escondida en un miserable cuarto trastero que da al patio y a la escalera grande, he visto entrar a Monsalud con otros dos, encender luz y encerrarse en la única pieza habitable del piso alto, cuyos largos corredores desnudos, abiertos, fríos y solitarios tiemblan y crujen cuando alguien pasa por ellos. Nada más necesito decir a usted sino que cuando la justicia quiera apoderarse del conspirador, puede hacerlo cómodamente y sin peligro ni ruido. - Mañana mismo - dije frotándome las manos de gozo -. ¡Gracias a Dios! España verá al fin un día de justicia, ya que ha visto tantos de bajezas, debilidades e infames sobornos. -¿Y se hará justicia?, pregunto yo ahora - dijo Jenara con energía -. Este indigno espionaje que he referido, ¿será un vano capricho de mujer furiosa? - La Inquisición sabe dónde tiene la mano derecha. - La Inquisición no sabe nada - repuso ella con desprecio. Sueño con la justicia, y la justicia debe hacerse, debo hacerla yo misma. ¿Para qué he de fiar mi justa venganza a la Sala de Alcaldes o a la Inquisición? ¿Necesito acaso de ellos? ¿Por ventura no estoy yo aquí? Al decir esto, el vivo rayo de sus ojos indicaba una contumacia y una virilidad (permítase la palabra) que me infundían miedo. Aquella mujer no necesitaba de nadie para realizar sus ideas. - Veo - le dije -, que usted será capaz de suplir con su acerada voluntad a nuestra débil e impotente justicia. A tanto vilipendio han llegado el siglo y los tiempos, que una mujer sola, sin más auxilio que su corazón de fuego y su iniciativa poderosa, podrá dar satisfacción a la moral pública y a la patria ultrajada. ¡Admirable espectáculo! ¡Cuán grande es la mujer cuando quiere serlo! ¡Qué heroísmo! ¡Qué lección a los vanos y corrompidos hombres, señora!... Dios infunde a una mujer esta energía potente; Dios envía un destello de su justicia sobre el ser más débil y más bello de la creación, para que la gran idea no se extinga en el mundo. Yace la autoridad hecha pedazos en el fango de las logias y en las alfombras de los palacios. Dios da a una mujer el encargo de recogerla, y la gran fuerza vuelve a brillar como un acero terrible sobre la cabeza de los pueblos, atontados y embrutecidos por el democratismo y la revolución... Jenara, profundamente abstraída, no contestó nada a mis ditirambos. - Pero yo - continué con el mismo calor -, yo, en cierto modo representante de esa justicia oficial que tan mal cumple sus deberes, estoy interesado en que recobre su esplendor; he adquirido cierto compromiso en este asunto, y por tanto, me atrevo a reclamar el delincuente. -¿Para prenderle mañana y soltarle pasado mañana? - dijo con el mayor desdén. - No, yo juro a usted por Dios que nos oye, que Salvador no quedará esta vez sin castigo... Pues no faltaba más... Respondo de ello... - Es usted como todos - me dijo gravemente -. Pero este asunto me causa tanto terror, que no puedo empeñarme en llevar adelante mi primer pensamiento. Es una locura, un extravío... Mi corazón irritado y furioso me ha impulsado hacia un fin terrible; pero en mi alma hay también destellos de luz religiosa; tiemblo, retrocedo y me digo: "Jenara, ¿qué vas a hacer?...". Mientras buscaba a mi insultador y asesino de mi esposo, no me causaba espanto el considerar la merecida expiación de sus culpas; pero ahora que le tengo, ahora que le veo en mi poder, casi puedo decir dentro de una jaula, siento frío en el corazón. "¿Qué debo a hacer?" me pregunto. Si fuera hombre, la cuestión estaba resuelta. Si mi esposo estuviera aquí, también. Pero me encuentro sola. ¿Qué puede hacer una mujer? Antes me condenaré a los tormentos del despecho toda mi vida, que comprar con oro una mano extraña. Si tan horrible idea cupo un día en mi cerebro, hoy la rechaza mi corazón... Le tengo en mi poder y vacilo... Cuando le perseguía, todas las ferocidades del castigo, hasta el asesinato, me parecían naturales... Mi mano le coge al fin, y todo es congoja e indecisión... Ahora me acuerdo - añadió sonriendo -, de un caso ocurrido el otro día y que no por trivial, deja de ser muy apropiado a lo que ahora nos ocupa. Dispénseme usted lo frívolo del cuento y óigalo. Durante muchas noches me mortificaba en mi cuarto un miserable ratoncillo, quitándome el sueño y adjudicándose multitud de objetos de mi propiedad. Cuanto ideamos Paquita y yo para apoderarnos del vándalo fue inútil. Yo me desesperaba, y desvelaba por las travesuras ruidosas de nuestro intruso, tramaba mil proyectos de exterminio contra él. Estrujarle, aplastarle, quemarle vivo, ahogarle, todo me parecía poco. Oyendo el rumor de sus dientes y sus menudos pasos, mi corazón se abrasaba (no se ría usted) en furores de venganza. Ningún placer había comparable al placer de verle en la boca de un gato o en las tenazas de la cocinera, o en las manos de un pilluelo de las calles... Por último, le cogí en la ratonera que usted nos dio. Cuando le vi preso y en capilla, toda aquella tempestad de crueldades que rugían en mi corazón desaparecieron como por encanto: aparté la vista con horror y repugnancia, y entregando la ratonera a Paquita, le dije: "mátale donde yo no le vea ni le sienta"... ¿Querrá usted creer que me puse nerviosa... que casi estuve a punto de llorar... que fui corriendo de mi cuarto, porque desde él se sentían los chillidos lastimeros del pobre animal? -¡Corazón generoso en voluntad firme! - exclamé -. Bien, señora mía; entrégueme usted esa ratonera donde acaba de caer el vándalo. Yo juro... - Usted jurará todo lo que quiera; ¿pero de qué valen todas sus buenas intenciones contra la flojedad del Gobierno? Le prenderán hoy, y mañana... - Hay una gran irritación contra él; y no es fácil que se le suelte. Vea usted cómo la señora Fermina Monsalud cayó en poder de la Inquisición hace años, y aún se pudre en un calabozo, a pesar de los esfuerzos que hacen los masones para salvarla. - La prisión y el tormento que han dado a esa buena mujer es una iniquidad que me horroriza. -¡También usted se interesa por ella! - Por la justicia. Toda infamia me irrita, y jamás perdonaré a mi esposo y a mi abuelo la crueldad con que han tratado a esa pobre señora inocente. ¿Es ella responsable de los crímenes de su hijo? - Hasta cierto punto... - Hasta ningún punto - dijo bruscamente y con enojo -. ¡Cuántas veces he reñido con Carlos, echándole en cara su conducta en este particular! ¿No es inicuo, no es contrario a todas las leyes divinas y humanas atormentar a una infeliz mujer, para qué?... para que declare que es cómplice de los crímenes de su hijo. Si no lo es, ¿cómo ha de declararlo? Advertí en el semblante de Jenara una emoción muy visible, fenómeno raro en ella. Era la primera vez que aparecía conmovida durante nuestro largo coloquio de aquella noche. - Veo que el odio de que hablaba usted hace poco - le dije -, tiene también sus suavidades. - Sobre mi odio está mi justicia - repuso -. Y qué, ¿puede negarse que esta iniquidad de mi familia atraerá sobre nosotros la cólera de Dios? Yo preveo desgracias, yo preveo desastres en mi casa. ¡Ay!, ¿por qué no somos felices? En este matrimonio, en esta joven familia llena de tristezas, hay una cosa negra que todo lo envuelve. Quedose meditabunda. Contemplándola y tratando de penetrar en los antros de su alma, yo decía entre dientes: ¿Qué misterios hay en ti, mujer? ¿Qué tienes detrás del cielo de esos ojos? Luego hablé en voz alta, diciéndole: - Verdaderamente es una crueldad inútil atormentar a esa desgraciada. Se conoce que Salvador bebe los vientos por librarla de los señores inquisidores. Ya vio usted aquella insolente hoja... - Debió usted hacer algo en pro de la infeliz mujer - dijo en tono de viva reconvención -. ¡Qué ocasión tiene usted para hacer una obra de caridad y contentarme al mismo tiempo! Dijo esto, y se levantó con la súbita agitación de una persona impaciente. -¿Qué más deseo yo sino agradar a usted? - Dirá usted que es capricho; pero mi conciencia me repite que es ley. - Y lo será. - Usted tiene buenos sentimientos. - Sin duda. - Pues haga lo que piden la justicia y la piedad: empéñese usted con Lozano para que mande poner en libertad a la mártir Fermina Monsalud. Yo me quedé perplejo. La animación de Jenara, su encendido color y el rayo de sus ojos indicaban sensibilidad muy viva. El cambio repentino de aquella alma que había pasado de la fría impasibilidad inquisitorial a un arranque de compasión ardiente, me confundía. - Es difícil que Lozano de Torres consienta... - Pues me quedo con mi prisionero - exclamó, con un destello de ira -. Yo haré de él lo que me convenga. Alcé los hombros, y sin decir nada, acerqué las palmas de mis manos a la lumbre. - Me guardo mi prisionero; me guardo mi víctima; me guardo mi reo. Yo le pondré en capilla cuando me convenga. - Bueno - dije sencillamente -. En ese caso no hay nada que añadir. Lo más que puedo hacer es hablar a Lozano de Torres. - Y hacerle ver la injusticia y atrocidad que están cometiendo - añadió suavizándose -. ¡Ay, Pipaón; desde hace tiempo deseaba yo que alguien de esta casa se interesase por esa pobre mujer! No me atreví a decirlo por no enfadar a mi abuelo; pero créalo usted, ¡me causaba tanta pena!... Tenía vergüenza de manifestarlo; ¡parece mentira que cause bochorno la piedad!... Se me figura, además, que esta horrible injusticia ha de traer grandes calamidades a mi familia; pienso mucho en esto, estoy viendo venir el castigo de Dios. - Nada, nada, señora, por mí no quedará. - Pero qué locuras digo - añadió, tranquilizándose -. ¡He dicho que guardaba a mi prisionero! ¿Para qué le quiero yo?... No, la obra de caridad que solicito nada tiene que ver con ese hombre. El perdón de la madre inocente hará resaltar más la justicia si se castiga al hijo malvado. - Usted ha dicho que se reservaba para sí el prisionero. - Una tontería, Pipaón. ¿Quiere usted saber ahora mismo dónde está Salvador? En la calle del Divino Pastor, núm. 4, junto a Monteleón. - Gracias, gracias. - Justicia, pido justicia; y pues usted se presta a hacerla en mi nombre, ponga usted en libertad a Fermina Monsalud; líbreme usted de ese remordimiento que sufro por crueldades ajenas; aparte usted de mi familia y de mí esa sangre que está cayendo gota a gota sobre nosotros, y lo agradeceré con toda mi alma. - Lo intentaré, señora; pero estoy confuso. Los extraños sentimientos de usted no se explican fácilmente. De pronto una furia inquisitorial contra el hijo... de pronto una sensibilidad plañidera en favor de la madre. ¿Qué es esto? -¿Acaso lo sé yo? Amigo D. Juan, la holgazanería del corazón trae estos extremados apasionamientos. -¡La holgazanería del corazón! - La falta de afecciones tranquilas. Mi soledad, el alejamiento de mi marido, el no ser ni madre, ni hermana de nadie, traen un estado en que el corazón ocioso trabaja buscando afectos. Es como un desheredado que ha de ganarse la vida. Trabaja, discurre o coge lo que encuentra. - Me alegraré de que el Sr. D. Carlos vuelva pronto. Entre tanto, señora, abogaré por la mamá; y en cuanto al hijo... - No le nombre usted más - repuso, volviendo el rostro con repugnancia -. Lo que resta por hacer no me corresponde a mí. Cójale usted, enciérrele, mátele, descuartícele enhorabuena. No me verá usted conmovida ni alarmada, con tal que el castigo se haga lejos de mí. - Le cogeré, le encerraré, le mataré, le descuartizaré. - Le entrego a usted la ratonera - dijo riendo -, y aparto la cara y me tapo los oídos. Mi rencor acaba donde empieza el verdugo. - Muy bien; en el otro asuntillo yo hablaré mañana mismo al ministro. - No diga usted que es cosa mía. Si Carlos lo supiera... - No, lo haré por mi cuenta. Dudo mucho que consiga nada... - Insista usted. Ponga usted ese favor por condición ineludible para la entrega del conspirador más atrevido de estos tiempos. - No es mala idea. ¿Y no se nos escapará de aquí a mañana? -¿Cree usted que he gastado en balde mi dinero y mi tiempo? - dijo en tono de seguridad -. Esté usted tranquilo. - Pues no hay más que hablar. - Nada más. Y nos despedimos para retirarnos. - X - Al día siguiente, cuando me disponía a salir, entró un amigo, y me dijo que corría por Madrid la noticia de que dejaba el Ministerio de Gracia y Justicia el Sr. Lozano de Torres. Esto varió de improviso el curso de mis ideas, obligándome a apresurar mi visita al mencionado señor, y quitándome al mismo tiempo las pocas esperanzas que tenía de conseguir de él lo que a solicitar iba, por ser muy difícil tocar la fibra de la piedad en un ministro sentenciado. Pero no había dado veinte pasos por la calle Ancha, cuando otro amigo, oficial en el Ministerio de Gracia y Justicia, me detuvo, diciéndome: - En la casa se asegura que sucederá a D. Juan Esteban el señor marqués de M***. Nuevas confusiones en mi cabeza. Poco después estaba en el despacho de Su Excelencia. Cuando yo entraba entró también el Sr. D. Ignacio Martínez Villela, circunstancia que no carecía de significación para mí. El Sr. Lozano estaba meditabundo y como acongojado, sin duda porque veía encima el palo con que la Majestad de Fernando recompensaría pronto un amor desmedido. A nuestras preguntas, no obstante, contestó que nada sabía de destitución, y que el Rey se había mostrado la noche anterior más cariñoso que nunca, lo cual, en puridad, no quería decir nada. Pero lo que más me sorprendió desde el principio de mi visita, causándome mucho gusto, fue que el ministro recibió a Villela con extraordinarias muestras de aprecio. - Ya le he dicho a usted - manifestó este -, que ha tiempo que el marqués le mina a usted el terreno. Usted no quiere hacer caso de mí, no quiere seguir mis consejos... El Zorro no contestó nada, y seguía muy taciturno. - Ya nos cayó que hacer - dijo jovialmente Villela, sacando su caja de tabaco -, porque el Sr. D. Buenaventura va a entregarse a la persecución de masones con un celo lamentable, y ahora... ya se sabe... vamos a ser masones y jacobinos todos los que no pensamos como él. Seré masón yo, será masón usted... -¡Yo!... - dijo el ministro. - Sí, ahora, amigo mío, todo aquel que no tenga la suerte de agradar al señor marqués... ya se sabe. - Pues que no me busque el señor marqués - exclamó Lozano, súbitamente arrebatado de ira -, porque me encontrará. Villela rompió a reír. Su doble barba temblaba al compás de la risa. - Pero hombre, si se lo estoy diciendo... - gruñó D. Ignacio -, y usted no quiere creerme; y usted cada vez más condescendiente con el señor marqués; y usted erre que erre, creyendo que el señor marqués es el brazo derecho de la nación. Hace tiempo que en esta casa somos tratados como perros todos los que tenemos esa acendrada admiración y culto por el ínclito marqués de M***. -¿Como perros? - O como masones. Hace tiempo que aquí le niegan a uno hasta los favores más insignificantes, si no obtienen la venia del Sr. D. Buenaventura, de esa lumbrera, sin cuyos resplandores parece que los de esta casa no se ven la punta de la nariz... - Pues qué, ¿no he accedido a todas las peticiones de usted? - dijo el ministro con pena. - A ninguna, Sr. D. Juan Esteban. En cambio el señor marqués, a quien se indica para sucesor de usted, y que tanto trabaja para conseguirlo, no ha tenido más que boquear para ver realizados toda suerte de antojillos. Ya se cobrará los favores que ha recibido, descuide usted. Ahora, es corriente, todos somos masones. Preparémonos, Sr. D. Juan Esteban, a que caiga sobre nosotros la familiaridad del familiar. -¿Qué dice a esto, Pipaón? - me preguntó el ministro. - Sólo sé que en Madrid no se habla de otra cosa que de la entrada del Sr. D. Buenaventura en este Ministerio - dije con gran aplomo. - No se habla de otra cosa... - repitió Lozano, sin poder disimular que tenía traspasado el corazón. - Y un amigo mío que ahora venía de Palacio me lo dijo también - añadí -. Si aquí nadie está seguro... ¿De qué sirven una lealtad acrisolada, una disposición extraordinaria y una experiencia no común?... Pero consuélese usted, Sr. Lozano de Torres, con saber que quedarán en el país excelentes recuerdos de la paternal administración de usted... -¿Sí, eh? - Es evidente. El hombre honrado, el hombre inteligente, el hombre que cumple con su deber, tiene por premio la admiración y el respeto de los pueblos, ¿qué más quiere?... Goza usted de fama además de hombre benigno y que aborrece las crueldades... - Lo que es eso... - Hasta cierto punto - dijo Villela sonriendo. - Hasta donde se ha podido - dije yo -. El Sr. Lozano no abandonará esta casa sin dar la última prueba de su caritativo corazón y sentimientos cristianos. Sí, ¿por qué no he de decirlo de una vez? Hoy vengo aquí con una pretensión de generosidad que proporcionará a usted, amigo mío, ocasión de mostrar la bondad de su alma. - Para pedirme una obra de caridad no se necesita tanto aparato - dijo el ministro -. Si no es más que eso... - Vengo a solicitar, en nombre y a petición de varios paisanos míos, que la Inquisición de Logroño ponga en libertad a Fermina Monsalud, inicuamente atormentada. Lozano de Torres frunció el ceño. - Aquí te quiero ver - dijo Villela, echando hacia atrás el inmenso cuerpo, y riendo como un ídolo asiático -. Si esa es la petición que yo hice el otro día... pero no, no agrada al Sr. D. Buenaventura... ¡Pues no faltaba más, sino que se fuera a poner en libertad a una mujer inocente!... ¡Duro en ella, señor ministro! La religión y el Estado exigen que esa mártir perezca. Sus risas atronaban la sala. Aquí hay una madre presa y un hijo que conspira - dijo el ministro. - Eso es - gruñó Villela -. ¿No se puede coger al hijo?... pues descoyuntar a la madre. ¿Hay nada más lógico? - Es una iniquidad - dijo Lozano con movimiento repentino -. Esa pobre señora debe ser puesta en libertad. Alargó la mano para tomar pluma y papel. - Tate, tate - exclamó con toda la fuerza de su mordaz ironía el Elefante -. ¿Qué va usted a hacer? Cuidadito; se enojará D. Buenaventura... - Es una obra de caridad. - Masónico, eso es masónico puro - gritó Villela, dejándose caer en el sillón. - Mandaremos al Consejo Supremo que disponga inmediatamente la libertad de esa mujer - dijo Lozano escribiendo. - Hombre de Dios - manifestó el Consejero variando al fin de tono y hablando seriamente -, ¿no solicité lo mismo hace tres días? Ha necesitado usted que otro lo recomendara para hacerlo... - Mis paisanos... - indiqué yo. - Sr. Pipaón - dijo Villela, volviendo a las burlas -. Usted es masón. -¿Por qué? - Porque ha pedido que se pusiera en libertad a una víctima de la Santa... y también yo soy masón, porque lo pedí antes, y también es masón el Sr. Lozano, porque lo concede. Preparémonos a que los espías del marqués se metan en nuestras casas. Lozano escribía. -¿Usted manda a la Suprema que dé las órdenes? - preguntó el Consejero, mirando por encima del hombro de Lozano lo que este escribía. -¡A raja tabla! - respondió Torres, echando una rúbrica que parecía una puñalada. Estaba furioso. Parecía un gatillo contrariado, y cuando tiró de la campanilla para llamar a un oficial, sus ojuelos azules despedían un fulgor vengativo. - Ya está hecho - dijo con placer de quien ve el éxito de su primer rasguño. - Ha hecho usted una obra admirable - afirmó Villela, alargando sus brazos hacia el ministro -; permítame que le abrace. Y ahora me toca a mí. Tenemos que hablar mucho. Si Pipaón tuviera la bondad de dejarnos solos... - Precisamente tengo que hacer... Di las gracias a Lozano, que me reiteró verbalmente su estimación. Villela me dijo al despedirme: - El ministro y yo vamos a hablar de masonería. Si ve usted a D. Buenaventura, denúnciele esta logia. - Pues hablemos de masonería - repitió Lozano sentándose junto a la corpulenta humanidad de su amigo -. Pipaón, adiós. Yo estaba tan sorprendido como satisfecho. Presentábanse aquel día las cosas a pedir de boca, pues después de conseguir del ministro amenazado lo que poco antes me resultara imposible o al menos dificilísimo, me quedaba ancho y expedito el camino para congraciarme con el ministro sucesor, proporcionándole uno de los más vivos goces que pudiera anhelar. La Providencia, que jamás me abandonó, disponía en aquella ocasión que quedase bien con todos, bien con Lozano de Torres, y mejor aún con el marqués, principal imán de mis complacencias a la sazón, porque los servicios que yo le prestara habían de influir mucho en la provisión de la primer vacante en el Consejo. Recibiome D. Buenaventura gozoso, aunque con modestas razones aseguró no tener noticia de su proximidad al sillón de Gracia y Justicia. Cuando le comuniqué las verídicas noticias que llevaba, púsose más alegre y al punto se vistió para ir en busca del Gobernador de la Sala de Alcaldes y el señor Alguacil Mayor de la Inquisición de Corte. El Estado y la Iglesia estaban de enhorabuena. Tomáronse desde por la mañana con el mayor sigilo todas las precauciones imaginables, porque el Sr. D. Buenaventura era uno de los esbirros más celosos y más diligentes que por entonces tenía el absolutismo. Para que se vea qué vehemencia acostumbraba poner aquel piadoso varón en sus gestiones inquisitoriales, dejaré hablar por un momento a un célebre cronista de aquellos tiempos. "El marqués de M***, familiar del Santo Oficio, hombre fanático por la Inquisición, y oficioso por ella con delirio, había por sí y ante sí organizado una tropa de espías, que él pagaba a sus propias expensas y en la que figuraba con distinción un antiguo oficial suizo, que conociendo el flaco de este corifeo, lo embaucaba y hacía creer mil maravillas. Nadie osó ofrecer al Rey mi nueva captura con la decisión que este digno caballero". D. Buenaventura, aunque marqués, vivía en una casa de huéspedes de la calle de la Abada. Amigo de la casa y obsequiador de las tres hermosas niñas de la patrona era un tal Núñez, compinche de los conspiradores, el cual se había dado muy buenas trazas para espiar a los espías del marqués y al marqués mismo de un modo tan seguro como ingenioso. Y fue que las niñas habían practicado un agujero en el tabique de la estancia del familiar, el cual huequecillo, cubierto con un mapa, les permitía oír desde la pieza inmediata cuanto en aquella se decía. Desde que iba el suizo a dar parte de sus pesquisas o a recibir órdenes de D. Buenaventura, ya estaban las niñas con el oído pegado a la pared, y junto a ellas el travieso Núñez. Véase por esto si daría resultados la policía del marqués. Cuando todo quedó concertado, después de mis revelaciones para dar el golpe seguro contra el astuto agitador, aquella misma noche, mi ilustre amigo y protector me dijo: - Querido Pipaón, no puedes figurarte cuánto hemos penado al señor Alguacil Mayor y yo, noches pasadas. Recorrimos toda una manzana de casas, saltando de tejado en tejado, más parecidos ambos a gatos que a grandes de España. El señor duque se destrozó una pierna contra la reja de una buhardilla, y yo resbalé por las tejas... ¡ay!, poco me faltó para rodar hasta el alero y caer a la calle... Y por fin de fiesta, no cogimos nada... por todas partes gente honrada y piadosa. Madrid, y sobre todo los pisos altos, desvanes, sotabancos y chiribitiles, están atestados de modelos de virtud... Los espías que pago son perros jóvenes que apenas tienen olfato... se equivocan siempre. Denuncian un conspirador hereje en tal o cual buhardilla, vamos allá, y resulta un ex-abate hambriento que compone villancicos y romances para los ciegos... Nos hablan de una logia; corremos a ella, y después de rompernos las piernas contra las chimeneas, hallamos un altar donde se adora entre flores y velas a la Santísima Virgen... O los espías no sirven para el oficio, o la sociedad toda es una mentira, pura hipocresía y enredo... En fin, si es verdad lo que me has dicho, esta noche haremos algo de provecho, mayormente si Su Majestad se digna nombrarme ministro. Como supongo que estás impaciente por saber el resultado del golpe, en cuanto todo esté hecho te mandaré un recado con Perico. Yo dejé a D. Buenaventura entregado a sus dulces proyectos, y después de despachar varios asuntos, me retiré ya de noche a mi casa, donde encontré a D. Antonio Ugarte, que pocos días antes había llegado de Andalucía y me estaba esperando para hablar conmigo, según dijo, de un negocio interesante. Desde que le vi, diome un vuelco el corazón, anunciándome con su ignoto lenguaje que algo grave iba a tratar conmigo el tal sujeto. Era Ugarte el hombre a quien yo más respetaba en aquella época. Su suprema inteligencia y tino me subyugaban de tal modo, que no podía dejar de obedecerle ciegamente. Sus presunciones, sus barruntos, eran leyes para mí; y a pesar de mi amistad con diversas personas, sólo aquella influía de un modo poderoso en mis ideas y en mi conducta. Al mismo tiempo él me tenía por auxiliar tan poderoso de sus planes, que me podía llamar su brazo derecho. Ugarte no podía ir a mi casa para una tontería. Advertí que traía un paquete bajo la capa; algo estupendo iba a salir de sus sibilíticos labios. El coloquio que ambos sostuvimos encerrados en mi cuarto y sentados frente a frente es tan útil para la perfecta inteligencia de estas Memorias mías, que no puedo pasarlo en silencio. - XI - - Pipaón - me dijo con el tono reprensivo que empleaba siempre para echarme en cara mi conducta, cuando esta no le convenía -, de algún tiempo a esta parte estás haciendo tantas y tan grandes tonterías, que apenas te conozco. No sólo te haces daño a ti mismo, sino que me lo haces a mí. - Ya me dijo usted, Sr. D. Antonio - le respondí con humildad -, que encontraba censurable mi empeño en ser consejero; pero también he dicho a usted que no es por el huevo sino por el fuero; que es para mí un caso de honra, de dignidad. - Nada de eso hace al caso. Importa poco lo que pretendas por esta o la otra razón; lo que encuentro perjudicial y aun soberanamente necio es que lo solicites, cualquiera que sea el motivo. Llevas trazas de no conseguirlo nunca, y aun de perder lo que has adelantado en tu carrera. Como no podía penetrar el sentido de aquellas razones, esperé sin decir nada a que el gran Antonio I me las explicara. - Mi situación en la Corte no es hoy lo que hace un par de años - dijo muy preocupado -, ni la tuya tampoco. - Desde la compra de los malhadados barcos rusos - respondí -, nos hemos averiado un tanto, y navegamos mal. Demos gracias a Dios por no habernos estrellado ya. -¡La compra de los barcos rusos! - exclamó, fija la vista en el suelo y moviendo la cabeza -. Ahí tienes un servicio eminentemente prestado a nuestro país, y sin embargo, nadie nos lo ha agradecido. Hice un esfuerzo supremo para no reírme. - Verdaderamente - añadió D. Antonio -, los barcos no valían ni para leña. Hablando aquí en confianza, amigo Pipaón, yo no creí que fueran tan malos. El Sr. Bailío me aseguró que podían hacer un viaje. - No creo que sea posible un negocio peor, Sr. D. Antonio; dígolo con referencia al país. Si las quinientas mil libras que nos dieron los ingleses para indemnizar a los perjudicados por la abolición de la trata se hubieran repartido equitativamente entre los españoles pobres... - No te hagas eco tú también de las vulgaridades que corren a propósito de los cinco navíos y la fragata que compramos al Emperador de Rusia - dijo con cierto enfado -. Si ha resultado que esos buques están podridos, la culpa no es mía. ¿Entiendo yo de barcos? Además aquí no quieren sino gangas. ¿Pues qué, con quinientas mil libras, o sean cincuenta millones de reales, se podían comprar seis buques acabaditos de salir del astillero? - Sr. D. Antonio, si el gran Alejandro sigue con tan buen ojo para los negocios, pronto no cabrá el dinero en todas las Rusias de Europa y de Asia. -¿Y a mí que me cuentas? - dijo amostazándose más -. El tratado secreto que se celebró para comprarlos, firmelo yo como secretario íntimo; pero fue el Rey quien lo hizo. Era tal su impaciencia por cerrar el trato de una vez, que estaba el hombre desasosegado y fuera de sí. Yo quise ir con tiento, yo quise establecer alguna garantía; pero amigo Pipaón, si vieras cómo estaba, cómo se puso ese hombre... Parecía sediento, ávido; parecíale que si no se compraban pronto los barcos, se iban a convertir en humo las quinientas mil libras de los ingleses. ¿Qué dices a esto? - Parece mentira que tal haga y de tal modo se apure un hombre que tiene a su disposición más de cien millones del Tesoro público y otras gangas... - Si es un saco roto. ¡Y el vulgo necio cree que de la compra de los cachuchos podridos me he aprovechado yo!... - dijo Ugarte con cierta expresión que indicaba como lástima de sí mismo -, ¡yo, Pipaón!... No me ha tocado sino una miseria, un bocado, indigno de mí y de los muchos afanes que pasé. Pero querido, los revolucionarios se valen de todos los medios... Ni los barcos son tan malos como dicen, ni es absolutamente imposible que se den a la vela. - Los marinos han dicho que no se embarcan en ellos. -¡Los marinos! ¿Ignoras que todos están vendidos a la masonería?... Pero es preciso desplegar gran energía contra esa gente; sino... Al capitán de navío D. Roque Gruzeta se le ha puesto preso por haber dado un informe desfavorable a los cinco buques. - Es que no quieren embarcarse, Sr. D. Antonio; es que nadie quiere ir a América. - Exactamente; ese es el mal primero y más grave, y ayer se lo he dicho claramente a Su Majestad. Ni militares ni marinos quieren correr los riesgos de una navegación larga, ni exponerse a las epidemias de América, ni menos entrar en campaña con los rebeldes en un país tan vasto como aquel. Los que vuelven, escuálidos y moribundos, quitan a los expedicionarios las pocas ganas que tienen de embarcarse. Con esta cobardía general, toda guerra ultramarina es imposible, y las Américas se perderán, amigo Pipaón. - Claro es que se pierden. Si este último esfuerzo no da algún resultado... -¿Qué esfuerzo ni qué niño muerto? ¿Pero tú crees que las tropas del ejército expedicionario que yo dispuse llegarán a embarcarse? ¡Necedad! Fui a Cádiz hace poco y pude ver por mí mismo cómo está aquella gente. Hay que oírles, amigo. Con decirte que no hay un solo oficial que no esté afiliado en alguna sociedad secreta, está dicho todo; hablan con el mayor desparpajo del mundo de ideas liberales,