Aventura en el Centro de la Tierra (At the earth's core-1914) Edgar Rice Burroughs *********** Introducción En primer término les ruego que tengan presente que no abrigo esperanzas de que me crean esta historia. No se sorprenderían tampoco si hubieran presenciado una experiencia que tuve recientemente cuando, con la coraza de una ignorancia ingenua y estupenda, le narré alegremente a un Miembro de la Real Sociedad de Geología el meollo del asunto. Esto fue durante mi última visita a Londres. Sin duda hubieran pensado que me descubrieron cometiendo un crimen no menos atroz que el de robar las Joyas de la Corona, o el de envenenar el café de Su Majestad el Rey. El erudito caballero en quien deposité mi confianza se quedó helado antes que yo hubiera llegado a la mitad del relato, lo que lo salvó de salirse de sus casillas. Mis sueños de un Nombramiento Honorario, medallas de oro y un lugar en el Salón de Celebridades se desvanecieron en la fría aura de su reacción. Pero yo creo que la historia es verdadera, y ustedes también lo creerían, así como el docto Miembro de la Real Sociedad de Geología, de haberla escuchado de los labios del hombre que me la contó a mí. Si hubieran visto, como yo, el fuego de la verdad en esos ojos grises; si hubieran percibido el timbre de sinceridad en esa voz apacible, si hubieran comprendido lo patético que era, ustedes también creerían. No hubieran exigido la evidencia ocular final que yo tuve del extraño animal ramforincóceo que él había traído consigo del mundo interior. Lo conocí inesperadamente, en el linde del gran desierto del Sahara. Estaba de pie frente a una carpa de piel de cabra, en medio de un grupo de palmeras datileras, en un pequeño oasis. Había un aduar árabe de unas ocho o diez carpas en las cercanías. Yo había bajado desde el norte a cazar leones. Mi partida consistía en una docena de hijos del desierto y yo era el único hombre "blanco". Mientras nos acercábamos al grupo pequeño de árboles divisé a aquel hombre que salía de su carpa y nos escudriñaba protegiéndose los ojos con la mano. Al verme, se lanzó rápidamente a nuestro encuentro. - ¡Un hombre blanco! - exclamó -. ¡Gracias a Dios! He estado observándolos durante horas, esperando desesperado que esta vez hubiera un hombre blanco entre ustedes. Dígame la fecha. ¿En qué año estamos? Cuando se lo dije trastabilló como si hubiera recibido un golpe en plena cara, de modo que se vio obligado a aferrarse a mi estribo para no perder el equilibrio. - ¡Es imposible! - exclamó después de un instante. - ¡Es imposible! Dígame que está equivocado, que bromea... - Le estoy diciendo la verdad, amigo - repliqué -. ¿Por qué habría de engañar a un desconocido, o intentar hacerlo, en algo tan simple como la fecha? Se quedó callado durante un rato con la cabeza gacha. - ¡Diez años! - musitó al fin -. Diez años, ¡y yo que pensaba que como mucho podía haber transcurrido algo más de uno! Aquella noche me relató su historia, la historia que ahora transcribo con la mayor exactitud que mi memoria me permite. CAPITULO 1 Hacia los fuegos eternos Nací en Connecticut hace unos treinta años. Mi nombre es David Innes y mi padre era un acaudalado minero. Cuando yo tenía diecinueve años, falleció. Todas sus posesiones iban a ser mías en cuanto llegara a la mayoría de edad, a condición de que yo me dedicara con esmero, los dos años que faltaban, al gran negocio que habría de heredar. Hice todo lo que pude por cumplir con los últimos deseos de mi padre, pero no por la herencia, sino porque lo amaba y respetaba, de modo que durante seis meses trabajé en las minas y en las oficinas, pues quería conocer todos los pormenores de la actividad. Fue entonces cuando Perry me interesó en su invento. Era un hombre viejo que había dedicado la mayor parte de su larga vida a perfeccionar una excavadora subterránea mecánica. En sus momentos de ocio estudiaba paleontología. Revisé sus planos, escuché sus argumentos, inspeccioné el modelo armado y luego, convencido, puse a su disposición los fondos necesarios para construir una excavadora funcional de tamaño natural. No entraré en los detalles de la construcción del aparato, que ahora está allí afuera, en el desierto, a unas dos millas de aquí. Mañana, tal vez tenga usted interés en ir a verlo. Se trata, aproximadamente, de un cilindro de acero de treinta metros de longitud, ensamblado de tal modo que puede girar y retorcerse a través de la roca sólida si es necesario. En un extremo hay un poderoso taladro impulsado por un motor que, según Perry, genera más potencia por centímetro cúbico que los demás por metro. Recuerdo que él solía afirmar que ese invento por sí solo podía hacernos fabulosamente ricos. Ibamos a dar a conocer el artefacto públicamente después del resultado exitoso de nuestra primera prueba secreta, pero Perry jamás retornó de ese viaje de prueba, y yo acabo de volver después de diez años. Recuerdo como si fuera ayer esa noche memorable en que nos dispusimos a ensayar la utilidad de aquel maravilloso invento. Era casi medianoche cuando nos trasladamos a la alta torre donde Perry había armado su "topo de hierro", como era su costumbre llamarlo. El gigantesco hocico descansaba sobre la tierra rasa. Atravesamos las puertas que daban a la cámara externa, las cerramos, y luego de entrar en la cabina que contenía el mecanismo de control dentro del tubo interior, encendimos las luces. Perry miró el generador, inspeccionó los inmensos tanques en donde se guardaban los elementos químicos con los que debía fabricar aire fresco para reponer el que gastábamos al respirar, y examinó los instrumentos de registrar la temperatura, la velocidad, la distancia y analizar las capas que habríamos de pasar. Probó el dispositivo de conducción y revisó los poderosos engranajes que transmitían su increíble velocidad al torno gigante ubicado en la punta del extraño vehículo. Nuestros asientos, a los cuales nos sujetamos con cinturones de seguridad, estaban dispuestos sobre barras transversales de manera que permaneciéramos en posición vertical aún cuando el vehículo se estuviera abriendo paso hacia abajo, hacia las entrañas de la tierra, corriendo horizontalmente sobre un gran filón de carbón o dirigiéndose verticalmente hacia la superficie. Finalmente, todos los preparativos concluyeron. Perry inclinó la cabeza en un rezo, y durante un momento guardó silencio. Luego la mano del anciano asió la palanca de arranque, hubo un rugido espantoso debajo de nosotros - la gigantesca estructura vibró y se estremeció - seguido por un estruendo provocado por el paso de la tierra menos firme por el espacio hueco entre la cámara interna y la externa. ¡Habíamos partido! El estrépito era ensordecedor; la sensación, espantosa. Durante un minuto entero ninguno de los dos atinamos a hacer otro cosa que no fuera aferrarnos con la proverbial desesperación del ahogado a los brazos de nuestros asientos oscilatorios. Entonces Perry echó un vistazo al termómetro. - ¡Demonios! - exclamó -. ¡No es posible! ¡Rápido! ¿Qué indica el contador de distancia? Este, junto con el velocímetro, estaba ubicado en mi costado de la cabina, y cuando me volví para leerlo, pude oír que Perry refunfuñaba. - Un aumento de diez grados. ¡No es posible! - decía, y luego lo vi tironear del volante frenéticamente. Cuando al fin pude hallar la diminuta aguja en la tenue luz, comprendí la evidente excitación de Perry y se me hizo un nudo en la garganta. Pero al hablar disimulé el miedo que me acosaba. - Habrán pasado más de doscientos metros, Perry - dije -, antes que puedas colocarlo en posición horizontal. - Será mejor que me des una mano, entonces - respondió -, porque no puedo cambiar la dirección yo solo. Dios quiera que con nuestras fuerzas combinadas lo logremos. De otra forma estamos perdidos. Me arrastré hasta el anciano, sin duda de que la gran rueda cedería al instante bajo la presión de mis músculos jóvenes y vigorosos. Y mi confianza no era mera vanidad, pues mi físico siempre había sido motivo de envidia y admiración de mis compañeros. Y por esa misma razón se había desarrollado aún más de lo que la naturaleza se había propuesto, ya que mi orgullo natural por mi excepcional fortaleza me había llevado a cuidar y perfeccionar mi cuerpo y mis músculos por todos los medios posibles. Entre el boxeo, el fútbol y el béisbol, había estado entrenándome desde la niñez. Y así fue como, con la mayor confianza me aferré al enorme aro de metal; pero a pesar de poner cada gramo de mi fuerza en la tarea, no logré mejor resultado que Perry. La rueda no se movió en absoluto. ¡Aquel inexorable e insensato aparato nos llevaba en línea recta hacia la muerte! Finalmente abandoné mi esfuerzo inútil y, sin pronunciar una palabra, volví a mi asiento. Las palabras sobraban, al menos a mí entender, salvo que Perry quisiera rezar. Y yo estaba seguro de que lo haría, pues nunca dejaba escapar oportunidad alguna en que pudiera intercalar una plegaria. Rezaba cuando se levantaba a la mañana, rezaba antes de comer, rezaba después de haber comido y, antes de acostarse a la noche, volvía a rezar. Fuera de estas ocasiones, a menudo hallaba pretextos para rezar, aun cuando el motivo pareciese un tanto inverosímil a mis ojos mundanos. Ahora que estaba a punto de morir, tenía la certeza de que sería testigo de una verdadera orgía de oraciones, si se me permite referirme a un acto tan solemne de semejante forma. Pero para mi asombro descubrí que, con la muerte pisándole los talones, Abner Perry se había transformado en un nuevo ser. Fluían de sus labios, no ya plegarias, sino un cristalino torrente de juramentos dirigidos a ese terco pedazo de maquinaria impasible. - Yo hubiera pensado, Perry - le dije reprendiéndolo -, que un hombre tan declaradamente religioso se pondría de rodillas en vez de soltar blasfemias ante una muerte inminente. - ¡La muerte! - gritó -. ¿Es la muerte lo que te aterra? Eso no es nada en comparación con la pérdida que ha de sufrir el mundo. ¿No ves, David, que con este cilindro de hierro hemos abierto horizontes apenas soñados por la ciencia? Hemos dominado un nuevo principio y con él hemos dado vida a un pedazo de acero con la fuerza de diez mil hombres. El hecho de que dos vidas se extingan no es nada frente a la calamidad que implica la sepultura en el seno de la tierra de los descubrimientos que he hecho, comprobados por la exitosa construcción del aparato que nos lleva ahora cada vez más hacia los fuegos eternos centrales. Debo admitir francamente que, por lo que a mí me concernía, me preocupaba mucho más nuestro futuro inmediato que cualquier incierta pérdida que pudiera estar a punto de sufrir el mundo, Al menos el mundo desconocía lo que se perdía, mientras que para mí era una terrible y flagrante realidad. - ¿Qué podemos hacer? - pregunté ocultando mi desasosiego tras la máscara de un tono de voz bajo y tranquilo. - Podemos detenernos aquí y morir de asfixia cuando se acabe el oxígeno de los tanques - respondió Perry -, o podemos seguir adelante con la leve esperanza de lograr desviar la excavadora de la dirección vertical para hacerla describir un gran semicírculo que eventualmente nos conduzca a la superficie. Si conseguimos hacerlo antes de llegar a las temperaturas internas más elevadas, hay posibilidades de sobrevivir. Yo diría que hay una posibilidad entre varios millones de lograrlo. Si fracasamos moriremos más rápidamente pero no más violentamente que si permanecemos supinos esperando la agonía de una muerte lenta y horrible. Miré el termómetro. Marcaba 43 grados. Mientras hablábamos, el gran topo de hierro había taladrado más de una milla de roca de la corteza terrestre. - Continuemos, entonces - dije -. A este paso pronto habrá terminado todo. Nunca insinuaste que esta cosa alcanzaría semejante velocidad, Perry. ¿No lo sabías? - No - contestó -. No pude calcular con exactitud la velocidad, pues no tenía instrumentos para medir la inmensa potencia de mi generador. Estimé, sin embargo, que debía de andar a unos quinientos metros por hora. - Y estamos yendo a doce kilómetros por hora - concluí, con la mirada fija en el cuentakilómetros -. ¿Qué espesor tiene la corteza terrestre, Perry? - pregunté. - Hay casi tantas conjeturas al respecto como geólogos - fue la respuesta -. Hay quienes lo calculan en alrededor de cuarenta y ocho kilómetros, porque el calor interno, que aproximadamente aumenta a razón de medio grado cada veinte o veinticinco metros de profundidad, sería suficiente como para fundir aun la más refractaria de las sustancias a esa distancia. Otros afirman que, dados los fenómenos de procesión y rotación, la tierra, si no totalmente sólida, debe de tener al menos una cáscara de no menos de mil trescientos o mil seiscientos kilómetros de espesor. Allí tienes tu respuesta. Puedes elegir. - ¿Y en caso de ser sólida? - pregunté. - Da lo mismo para nosotros, David - contestó Perry -. En el mejor de los casos, nuestro combustible será suficiente para que andemos tres o cuatro días, mientras que el aire no puede durar más de tres. Ni uno ni otro bastan, por consiguiente, para llevarnos sanos y salvos a través de trece mil kilómetros de roca hasta las antípodas. - Si la corteza tiene suficiente espesor nos detendremos definitivamente en un punto entre mil y mil doscientos kilómetros bajo la superficie de la tierra; pero en el transcurso de los últimos doscientos cincuenta kilómetros de nuestro viaje seremos cadáveres. ¿No es así? - pregunté. - Completamente, David. ¿Tienes miedo? - No lo sé. Todo ocurrió tan repentinamente que creo que ambos a duras penas nos damos cuenta de lo realmente espantosa que es nuestra situación. Tengo la sensación de que debería estar lleno de pánico, pero no lo estoy. Supongo que el impacto ha sido tan fuerte como para aturdir parcialmente nuestra sensibilidad. Nuevamente me volví hacia el termómetro. El mercurio ascendía con más lentitud. Marcaba ahora apenas 60 grados, aunque habíamos penetrado a una profundidad de casi siete kilómetros. Le informé a Perry y éste sonrió. - Hemos echado por tierra una teoría al menos - fue su única observación, y luego volvió a la tarea que se había impuesto de vituperar con elocuencia contra el volante. En una ocasión yo había oído jurar a un pirata, pero sus más logrados esfuerzos hubieran parecido los de un novato al lado de las imprecaciones imperiosas y científicas de Perry. Una vez más intenté mover el volante, pero hubiera sido igual tratar de hacer virar la tierra misma. En respuesta a mi sugerencia, Perry detuvo el generador, y cuando nos detuvimos me arrojé nuevamente con saña en un esfuerzo supremo por mover el dispositivo, aunque no fuera más que un milímetro, pero los resultados fueron tan infructuosos como cuando avanzábamos a toda velocidad. Sacudí tristemente la cabeza y señalé la palanca de arranque. Perry le dio un tirón, y una vez más nos zambullimos verticalmente hacia la eternidad, a razón de doce kilómetros por hora. Me quedé sentado con los ojos fijos en el termómetro y el cuentakilómetros. El mercurio subía muy lentamente ahora, pese a que ya a 63 grados era casi insoportable estar dentro de los reducidos límites de nuestra prisión de acero. Alrededor del mediodía, es decir unas doce horas después de nuestra partida en este desventurado viaje, habíamos penetrado a una profundidad de ciento cuarenta kilómetros, punto en el cual el termómetro registraba una temperatura de 67 grados. Perry parecía más esperanzado, aunque no pude conjeturar con qué exiguo alimento nutría su optimismo. Había trocado las injurias por canciones, y supuse que la tensión había terminado por afectarle la mente. Durante varias horas no nos habíamos hablado más que para que yo le comunicara cada tanto, a su solicitud, los registros de los instrumentos. Mis pensamientos estaban plagados de inútiles remordimientos. Recordé numerosos actos de mi pasado que hubiera querido borrar con unos años más de vida. Estaba aquel asunto de los Comunes Latinos en Andover, donde Calhoun y yo habíamos puesto pólvora en la estufa y por poco liquidamos a uno de los directores. Y después... Pero qué importaba, estaba por morir y expiar éstas y muchas otras culpas más. El calor ya era bastante como para darme un anticipo del más allá. Unos pocos grados más y sentí que perdería el conocimiento. - ¿Cuáles son ahora los registros, David? - la voz de Perry interrumpió mis sombrías reflexiones. - Ciento cincuenta kilómetros y 67 grados - repliqué. - ¡Dios mío, pero hemos hecho trizas esa teoría de la corteza de cuarenta y ocho kilómetros! - exclamó regocijado. - De mucho nos va servir ahora - gruñí. - Pero, hijo mío - continuó él -, ¿no te dice nada ese registro de la temperatura? ¡Sí no ha variado en los últimos diez kilómetros! ¡Piénsalo, hijo! - Sí, estoy pensando - respondí -; pero ¿de qué valdrá, cuando se consuma nuestra provisión de aire, que la temperatura sea de 67 o de 67.000 grados? Estaremos igualmente muertos, y de todas formas nadie notará la diferencia. Pero debo admitir que, por algún motivo inexplicable, la estabilidad de la temperatura renovó mis esperanzas desfallecientes. No podía explicar qué era lo que esperaba, ni intenté hacerlo. El hecho mismo, como Perry se afanó en explicar, de que se derrumbasen varias doctas hipótesis científicas dejaba en claro que no podíamos saber lo que nos aguardaba en las entrañas de la tierra. Por lo tanto podíamos seguir alentando una esperanza en tanto estuviéramos con vida, hasta cuando la esperanza ya no tuviera importancia para nuestra felicidad. Era un razonamiento convincente y lógico, y opté por adoptarlo. Cuando llegamos a los ciento sesenta kilómetros, ¡la temperatura había descendido a 66,5 grados! Cuando se lo anuncié a Perry, me abrazó. De ahí en adelante, hasta el mediodía del segundo día, la temperatura siguió bajando hasta ser tan incómodamente fría como antes había sido insoportablemente cálida. A los trescientos ochenta kilómetros de profundidad nuestros olfatos fueron asaltados, por abrumadores vapores de amoníaco y la temperatura había bajado a 24 grados bajo cero. Sufrimos durante casi dos horas ese frío intenso y penetrante hasta que, a una distancia de alrededor de trescientos noventa kilómetros de la superficie de la tierra, penetramos en un estrato de hielo sólido donde el mercurio subió rápidamente hasta el cero grado. Durante las tres horas siguientes atravesamos quince kilómetros de hielo macizo, y finalmente, llegamos a una nueva serie de estratos impregnados de amoníaco, donde la temperatura volvió a descender a veinticuatro bajo cero. Lentamente volvió a ascender hasta que nos convencimos, al fin, de que nos aproximábamos al interior hirviente de la tierra. A los seiscientos cuarenta kilómetros la temperatura había alcanzado los 67 grados. Febrilmente miré el termómetro. El mercurio subía poco a poco. Perry había dejado de cantar y esta vez se había puesto a rezar. Nuestras esperanzas habían recibido tal golpe mortal que gradualmente se incrementaba parecía, nuestra imaginación deformada, mucho mayor de lo que era. Durante una hora más observé la implacable columna de mercurio que ascendía, más y más, hasta que a los seiscientos sesenta kilómetros se inmovilizó en 67 grados. Ahora empezábamos a estar enteramente pendientes de aquellos registros, y los mirábamos jadeando de angustia. Sesenta y siete grados había sido la máxima temperatura alcanzada antes de la capa de hielo. ¿Se detendría nuevamente en ese punto o seguiría aumentando despiadadamente? Sabíamos que no nos quedaban esperanzas, pero nos aferrábamos a la vida misma y seguíamos con esperanzas, aun frente a la evidencia concreta. Ya los tanques de aire estaban menguando y apenas quedaban los suficientes y preciados gases como para durar dos horas más. Pero, ¿estaríamos acaso vivos para saberlo? parecía increíble. A los seiscientos sesenta kilómetros volví a leer el registro. - ¡Perry, compañero! ¡Está bajando! Está en 66 grados y medio. - ¡Demonios. ¿Qué querrá decir? ¿Es posible que la Tierra esté fría en el centro? - No lo sé Perry - contesté -; pero gracias a Dios, si he de morir no será quemado. Eso es todo lo que yo temía. Puedo soportar la idea de cualquier forma de muerte menos ésa. El mercurio seguía bajando hasta alcanzar el mismo nivel que a los doce kilómetros de la superficie de la tierra, y de repente la conciencia de que la muerte estaba a un paso nos dio de lleno en la cara. Perry fue el primero en descubrirlo. Lo vi manipular las válvulas que regulaban la entrada de aire y al mismo tiempo, sentí dificultad para respirar. La cabeza me daba vueltas, los brazos y las piernas me pesaban. Vi que Perry se desplomaba en su asiento. Se sacudió y volvió a erguirse. Luego se volvió hacia mí. - Adiós, David - dijo - supongo que éste es el fin - sonrió y cerró los ojos. - Adiós, Perry, y buena suerte - le contesté, sonriéndole a mi vez. Pero seguí luchando contra el letargo. Yo era muy joven y no quería morir. Durante una hora luché contra la implacable muerte que me envolvía y me rodeaba por todos lados, al principio descubrí que, trepándome al armazón podía hallar más cantidad de los preciosos elementos vitales y por un tiempo éstos me sostuvieron. Debía de haber transcurrido una hora desde que Perry había caído, cuando al fin me di cuenta de que ya no podía seguir en esta desigual contienda contra lo inevitable. Con un último y débil rayo de conocimiento me volví automáticamente hacia el cuentakilómetros. Estábamos exactamente a ochocientos kilómetros de la superficie, entonces, de pronto, el enorme vehículo quedó detenido. El tamborileo de las piedras sueltas, a través de la cámara hueca cesó. La loca carrera del gigantesco torno me dio la pauta de que estaba moviéndose en un medio de aire. En ese instante, me di cuenta de otra cosa. La punta de la excavadora estaba arriba de nosotros. Lentamente comprendí que desde que habíamos atravesado el estrato de hielo había estado en esa posición. Habíamos cambiado de rumbo adentro nos habíamos dirigido nuevamente hacia la corteza terrestre. ¡Gracias a Dios! ¡Estábamos a salvo! Me aproximé al tubo con el cual debíamos recoger las muestras durante la travesía por la tierra, y mis más fervorosas esperanzas se confirmaron: un torrente de aire fresco fluía hacia el interior de la cabina de hierro. El impacto que me produjo la reacción me hizo perder el conocimiento. CAPITULO 2 Un mundo extraño Estuve inconsciente poco más de un segundo, pues me caí de la viga transversal, a la cual había estado aferrado, el choque contra el piso me volvió en mí. Mi primera preocupación fue Perry. Me horrorizó la idea que a un paso de la salvación, pudiera estar muerto. Le abrí la camisa de un tirón y apoyé el oído en su pecho. Casi di un grito de alivio: su corazón latía con regularidad. Mojé el pañuelo en el tanque de agua y se lo pasé varias veces por la frente y las mejillas. En unos instantes, el abrirse de sus párpados recompensó mis esfuerzos. Durante unos instantes se quedó tendido con los ojos desorbitados sin decir nada. Luego su mente confusa se fue aclarando, y se incorporó husmeando el aire con una expresión de asombro en el rostro. - ¡Pero, David - exclamó al fin -, si es aire, tan seguro como que estoy con vida! Pero... pero, ¿qué significa? ¿Dónde diablos estamos? ¿Qué ha ocurrido? - Significa que hemos vuelto a la superficie, Perry - repuse -, pero a dónde, no tengo idea. Aún no abrí las compuertas. Estuve ocupado haciéndote revivir. ¡Hombre, te salvaste por un pelo! - ¿Dices que hemos vuelto a la superficie, David? ¿Cómo es posible? ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? - No mucho. Pasa que dimos la vuelta en el estrato de hielo. ¿No recuerdas que nuestros asientos rotaron repentinamente? Después de eso, el taladro se colocó encima de nosotros en lugar de abajo. No le prestamos atención en ese momento, pero ahora lo recuerdo. - ¿Quieres decir que volvimos hacia atrás desde estrato de hielo? Eso es imposible. La excavadora no puede de virar si no se desvía la punta. Si la punta hubiera sido desviada desde afuera por alguna fuerza o resistencia externa el volante hubiera respondido moviéndose. El volante no ha cambiado de posición desde que salimos, David. Tú lo sabes. Lo sabía; pero allí estábamos, con nuestro taladro zumbando en la intemperie y las abundantes ráfagas que llenaban la cabina. - No pudimos haber cambiado de rumbo en la capa de hielo, Perry; lo sé tan bien como tú - contesté -; pero el hecho es que ocurrió, pues aquí estamos, en este preciso instante, en la superficie otra vez, y quiero saber dónde exactamente. - Mejor será esperar hasta que amanezca, debe de ser medianoche, ahora. Eché un vistazo al cronómetro. - Las doce y media. Hemos estado afuera setenta y dos horas, así que tiene que ser medianoche. De todos modos quiero mirar ese bendito cielo que pensé que nunca volvería a ver - y con estas palabras levanté las trancas de la compuerta interior y la abrí. Había ante mí cantidad de materia suelta en la cámara, y tuve que removerla con una pala para llegar a la puerta externa. En poco tiempo había despejado suficiente tierra y piedra como para dejar libre la puerta de afuera. Perry estaba directamente a mis espaldas cuando la hice girar sobre sus goznes. La mitad superior estaba sobre el nivel del suelo. Con una expresión de sorpresa me volví a mirarlo a Perry. ¡Era pleno día afuera! - Algo anduvo mal, sean nuestros cálculos o el cronómetro - dije. Perry sacudió la cabeza. Había una mirada de extrañeza en sus ojos. - Miremos más allá de esa puerta, David - exclamó. Salimos juntos y nos encontramos contemplando en silencio un paisaje hermoso y extraño a la vez. Una playa baja y llana que llegaba hasta el mar se extendía ante mí hasta donde era posible ver, la superficie del agua estaba plagada de incontables islotes diminutos, algunos de maciza roca de granito, otros desbordando vegetación tropical, adornada por esplendorosas flores. Detrás de nosotros se levantaba un bosque oscuro e impenetrable de gigantescos helechos arbóreos entremezclados con las especies más comunes y primitivas de los bosques tropicales. Enormes enredaderas pendían entre árbol y árbol como lazos gigantes, y la densa maleza formaba una maraña entre los árboles y troncos caídos. En los límites externos podíamos vislumbrar el mismo colorido espléndido que realzaba a los islotes, pero entre las sombras espesas todo parecía penumbroso y lúgubre como una tumba. Y sobre todo esto, el sol de mediodía derramaba sus tórridos rayos desde un cielo sin nubes. - ¿Dónde diablos estamos? - pregunté, volviéndome hacia Perry. Durante unos momentos el anciano no respondió. Estaba parado con la cabeza gacha, absorto en sus pensamientos. Pero al fin habló. - David - dijo -, no estoy del todo seguro de que estemos en la tierra. - ¿Que quieres decir, Perry? - exclamé -. ¿Supones acaso que estamos muertos, y que éste es el cielo? Sonrió y, girando sobre sus talones, señaló el hocico de la excavadora que sobresalía del suelo a nuestras espaldas. - De no ser por eso, David, diría que estamos en un paraíso celestial. La excavadora desmiente esa teoría. No cabe duda de que no hubiera llegado al cielo. Estoy, sin embargo, dispuesto a admitir que en realidad, estamos en un mundo distinto del que conocemos. Si no estamos sobre la tierra, tenemos motivos de sobra para suponer que estamos dentro de ella. - Posiblemente hayamos deambulado a través de la corteza terrestre y emergido en alguna isla tropical de las Antillas - sugerí yo, pero nuevamente Perry movió la cabeza. - Ya lo sabremos, David - repuso -, y mientras tanto podríamos explorar a lo largo de la costa. Tal vez hallemos algún nativo que nos resuelva el enigma. Mientras caminábamos por la playa, Perry miraba larga detenidamente hacia el agua. Era evidente que se estaba devanando los sesos frente a un formidable problema. - David - dijo abruptamente -, ¿no percibes algo raro en el horizonte? Cuando me puse a observar con detenimiento, comencé a advertir el motivo de la rareza del paisaje que me había obsesionado desde el principio con una alucinante impresión de lo sobrenatural: ¡no había horizonte! Hasta donde podía verse, el mar se prolongaba con los islotes que flotaban en su seno, los más lejanos, reducidos a diminutos puntos; pero detrás de ellos seguía infinitamente el mar, hasta que la sensación de estar mirando hacia arriba, al punto más lejano, parecía muy real. La distancia se perdía en la distancia misma. Eso era todo: no había un trazo horizontal definido que marcara la pendiente del globo al hundirse bajo la línea de la visión. - Una idea se está empezando a formar en mi mente - prosiguió Perry, extrayendo su reloj -. Creo que he resuelto en parte el misterio. Son ahora las dos. Cuando salimos de la excavadora el sol estaba directamente sobre nuestras cabezas. ¿Dónde está ahora? Miré hacia arriba y vi que el enorme astro estaba aún inmóvil en medio del cielo. ¡Y qué sol! Apenas le había prestado atención hasta ese momento. Tenía por lo menos tres veces el tamaño del sol que yo conocía de toda mi vida, y estaba aparentemente tan cerca que, viéndolo le daba a uno la impresión de poder tocarlo con sólo estirar el brazo. - ¡Dios mío, Perry! ¿Dónde estamos? - exclamé azorado -. Este asunto está empezando a sacarme de quicio. - Creo que puedo aseverar rotundamente, David - comenzó a decir -, que estamos en... - pero no pudo seguir más. A nuestras espaldas, desde las proximidades de la excavadora, surgió el rugido más ensordecedor y terrorífico que jamás había oído. Nos volvimos ambos al mismo tiempo para averiguar la causa de tan espantoso ruido. De haber seguido yo con la presunción de que aún estábamos sobre la tierra, el espectáculo que vieron mis ojos la hubiera disipado definitivamente. Una bestia colosal, que se asemejaba mucho a un oso, estaba emergiendo de entre la maleza. Era tan voluminosa como el elefante más grande y sus patas estaban armadas de gigantescas zarpas. Su hocico pendía a unos treinta centímetros por debajo de la mandíbula inferior, a guisa de una rudimentaria trompa. Tenía el enorme cuerpo cubierto por un espeso y áspero pelaje. Se acercó a nosotros rugiendo horriblemente, con trote pesado y bamboleante. Me volví hacia Perry para sugerirle que buscáramos un sitio más seguro; pero, evidentemente, la idea ya se le había ocurrido a él pues estaba a cien pasos de distancia y ésta aumentaba segundo a segundo con sus prodigiosos saltos. Nunca había podido yo sospechar las posibilidades latentes de velocidad que poseía aquel viejo caballero. Vi que se dirigía hacia un punto del bosque que sobresalía en dirección al mar, no lejos de donde habíamos estado parados. Al ver que la formidable bestia - cuya aparición había espoleado de manera tan notable a Perry - se acercaba a mí, resueltamente, empecé a seguir a mi compañero, aunque a un paso algo más decoroso. Era evidente que el corpulento animal no podía correr demasiado rápido, por lo que lo único que me parecía necesario era llegar hasta los árboles con la suficiente ventaja como para treparme a un lugar seguro, en una rama alta, antes que me alcanzara. A pesar del peligro, no pude menos que reírme ante las desesperadas tentativas de Perry de ponerse a salvo subiéndose a las ramas bajas de los primeros árboles. Los troncos estaban pelados hasta una altura de unos cinco metros, al menos los de aquellos árboles que Perry procuraba escalar, los cuales, como eran los más voluminosos del bosque, evidentemente le habían dado mayor sensación de seguridad. Una docena de veces trató de treparse a los troncos como un enorme gato, y tras cada intento volvía a caer al suelo. Luego de cada nuevo fracaso echaba una mirada de terror hacia la bestia que se acercaba, emitiendo simultáneamente alaridos despavoridos que despertaban los ecos de aquel bosque macabro. Al fin, echó el ojo a una liana del grosor de la muñeca de un hombre, y cuando llegué hasta los árboles estaba trepando frenéticamente, poniendo una mano sobre la otra. Había casi alcanzado la rama más baja del árbol del cual pendía la liana cuando ésta cedió bajo su peso y cayó despatarrado a mis pies. La desgracia ya no resultaba divertida, pues la fiera se había acercado peligrosamente. Tomé a Perry por el hombro, lo puse de pie, y corriendo hacia un árbol más pequeño - uno al cual pudiera aferrarse con las manos y los pies - le di un empujón hacia arriba con todas mis fuerzas. Allí lo dejé para que se las arreglara solo, pues un vistazo por encima de mi hombro me permitió advertir que el espantoso animal estaba casi sobre mí. El desmesurado tamaño de la bestia fue lo que me salvó. Su enorme mole le restaba la agilidad necesaria para luchar contra la flexibilidad de mis músculos jóvenes. Por lo tanto pude esquivarla y ponerme detrás antes que sus lerdas reacciones le permitieran girar hacia donde yo estaba. Los escasos segundos de gracia que esto me concedió me permitieron ponerme a salvo en lo alto de un árbol que se hallaba a unos pasos de aquel donde Perry se había finalmente resguardado. ¿He dicho a salvo? En ese momento creí que estábamos seguros, y Perry también lo supuso. El estaba rezando - alzando la voz para agradecer que estuviéramos fuera de peligro - y acababa de terminar una especie de himno de gracias porque aquel ser no pudiera subir a los árboles, cuando la bestia, sin que nada lo hiciera prever se irguió sobre las patas traseras y su enorme cola, y extendió sus temibles zarpas hacia la rama donde Perry estaba agazapado. El rugido casi no se oyó por el grito de terror de Perry, que estuvo a punto de caer de cabeza en las fauces abiertas que lo esperaban, tan impetuosa fue su precipitación por dejar la rama donde estaba. Con un profundo suspiro de alivio lo vi llegar sano y salvo a una rama superior. Y entonces, lo que hizo la bestia, nos heló a ambos la sangre con un renovado espanto. Aferrando el tronco del árbol con sus poderosas zarpas, lo sacudió con toda la fuerza de su inmensa mole y la irresistible potencia de sus formidables músculos. Lenta, pero implacablemente, el tronco empezó a doblarse y centímetro a centímetro fue subiendo las zarpas a medida que el árbol se inclinaba. Perry se sostenía, pero los dientes le castañeteaban de espanto. Trepaba cada vez más alto en el árbol doblado y oscilante. Cada vez más rápidamente se acercaba la copa al suelo. Entonces me di cuenta por qué la fiera estaba armada con tamañas zarpas, pues el uso que les daba era precisamente aquél que la naturaleza había previsto. Aquella criatura semejante al perezoso era herbívora, y para alimentar semejante cuerpo debía desnudar árboles enteros de su follaje. La razón de que nos atacara podía atribuirse a un mal temperamento, como el que posee el feroz y tonto rinoceronte de África. Pero estas fueron consideraciones posteriores. En ese momento yo estaba demasiado preocupado por la suerte de Perry como para pensar en otra cosa que no fuera algún modo de salvarlo de la muerte que rondaba tan cercana. Sabiendo que podía dejar atrás al torpe animal en un espacio abierto, dejé mi refugio entre las ramas con la intención de distraer la atención de la bestia el tiempo suficiente como para que Perry encontrara amparo en un árbol más grande. Había unos cuantos en las cercanías que ni siquiera la inmensa fuerza del monstruo podría torcer. En el instante de tocar el suelo tomé una rama quebrada de la maraña que alfombraba el suelo del bosque, y poniéndome detrás del lomo peludo de la bestia sin que ésta lo notara, le descargué un tremendo golpe. El plan resultó como arte de magia, pero entonces desapareció todo rastro de la lentitud que yo le había atribuido a la bestia. Soltó el tronco con inaudita agilidad y se puso en cuatro patas, al mismo tiempo que blandía su temible cola con una fuerza que me hubiera fracturado todos los huesos de haber dado en el blanco. Afortunadamente, me había dado vuelta para huir en el preciso momento que sentí que el golpe daba en aquel lomo monumental. Cometí el error de correr por la orilla del bosque en lugar de dirigirme hacia la playa abierta, de modo que al poco tiempo me había hundido hasta las rodillas en el manto de vegetación putrefacto y la bestia se iba acercando rápidamente mientras yo tropezaba y forcejeaba por librarme. Un tronco caído me dio un segundo de ventaja, pues parándome sobre él pude saltar hasta otro que había unos pasos más adelante, y de este modo logré evitar la masa blanda y espesa que cubría el suelo. Pero este camino zigzagueante que me veía obligado a tomar me demoraba tanto que mi perseguidor me iba dando alcance progresivamente. De repente oí a mis espaldas una confusión de aullidos y ladridos estridentes y tajantes, semejantes a los que produce una manada de lobos al acosar a una presa. Involuntariamente me volví para averiguar la causa de ese nuevo y amenazador estrépito y la consecuencia fue que perdí el equilibrio y caí de bruces en la húmeda maleza. Mi titánico contrincante estaba tan cerca que sabía que iba a sentir el peso de una de sus afiladas zarpas antes que pudiera levantarme, pero para mi gran sorpresa, eso no ocurrió. La confusión de aullidos y gruñidos que había oído antes parecía estar ahora muy cerca de mí, y cuando me incorporé sobre las manos para mirar hacia atrás, vi qué era lo que había apartado al dírito, - como luego supe que se llamaba - de mi persecución. Una manada de alrededor de un centenar de criaturas lobunas - parecían perros salvajes - había rodeado al perezoso y lo atacaban desde todos lados, hincando sus blancos colmillos en la carne del torpe animal y retrocediendo para que no les alcanzasen sus poderosos zarpazos y coletazos. Pero eso no fue lo único que percibieron mis ojos atónitos. Farfullando excitada e ininteligiblemente a través del bosque venía un grupo de seres de aspecto humanoide azuzando evidentemente a la jauría. Eran de una apariencia muy semejante a la del negro africano: tenían la piel muy oscura y las facciones pronunciadamente negroides, aunque la cabeza era más chata por encima de los ojos de modo que apenas tenían frente. Sus brazos eran algo más largos y las piernas más cortas en proporción con el torso, comparados con la del hombre, y más tarde observé que los dedos de los pies sobresalían en ángulo recto. Esto se debía, supongo, a sus costumbres arbóreas. Además, tenían una cola larga y sinuosa que utilizaban, lo mismo que las manos y los pies, para escalar árboles. Me había puesto de pie no bien vi que los perros mantenían a raya al dírito. Al verme, varios de aquellos feroces animales abandonaron a su presa para dirigirse hacia mí mostrando los colmillos, y cuando me volví para huir en procura del refugio que ofrecían los árboles, advertí que había una cantidad de hombres-monos que saltaban y gritaban en el follaje del árbol más cercano. Entre ellos y las bestias a mis espaldas no había mucho que elegir, pero al menos existía la duda en cuanto al recibimiento que pudieran darme aquellos grotescos remedos de hombres, mientras que no cabía ninguna duda del destino que me aguardaba entre los dientes de mis salvajes perseguidores. Me precipité, pues, hacia los árboles con el propósito de pasar por debajo de aquellos donde se hallaban los humanoides y refugiarse en alguno más alejado. Los perros me pisaban los talones y yo había perdido ya la, esperanza de salvarme, cuando una de las criaturas que estaban en un árbol se hamacó con la cola enroscada en una rama y, aferrándome por debajo de las axilas, me subió a un sitio seguro. Sus compañeros se pusieron a examinarme con la mayor curiosidad y me tocaban la ropa, el cabello y el cuerpo. Me dieron vuelta para ver si yo tenía cola, y al descubrir que no la poseía rompieron a reír sonoramente. Tenían una dentadura muy blanca y pareja, excepto los caninos superiores, que eran un poco más alargados que los demás dientes y asomaban apenas cuando cerraban la boca. Después de revisarme un rato descubrieron que mi ropa no formaba parte de mí, con el resultado de que me arrancaron prenda tras prenda entre las más divertidas carcajadas. Como monos, intentaron vestirse ellos con mis ropas, pero no se dieron maña suficiente para hacerlo y pronto desistieron de su propósito. Mientras tanto yo había estado esforzándome por tratar de ver dónde estaba Perry, pero no lo distinguía en ninguna parte, aunque el grupo de árboles donde se había refugiado se veía claramente. Estaba muy afligido por el temor de que algo le hubiera sucedido, y aunque lo llamé a gritos repetidas veces no obtuve respuesta. Cuando se cansaron finalmente de jugar con mis ropas, las arrojaron al suelo, y asiéndome uno de cada brazo iniciaron una travesía por las copas de los árboles con una rapidez espeluznante. Nunca he experimentado un viaje así ni antes ni después de esa ocasión, y aun hoy día suelo despertarme de un profundo sueño acosado por el horrendo recuerdo de esa experiencia. Las ágiles bestias saltaban de árbol en árbol como ardillas voladoras. Un sudor frío me bañaba la frente cuando miraba hacía abajo desde aquella altura, puesto que, bastaba un solo paso en falso de cualquiera de mis portadores para que me precipitase al vacío. Mientras me transportaban, sentía mi mente colmada de pensamientos que me azoraban. ¿Qué había sido de Perry? ¿Lo volvería a ver alguna vez? ¿Cuáles eran las intenciones. de esos seres semihumanos en cuyas manos había caído? ¿Eran habitantes del mismo mundo en que yo había nacido? ¡No! No era posible. Pero ¿de dónde, entonces? Yo no había abandonado la tierra. De eso estaba seguro. Pero tampoco podía conciliar las cosas que veía con la creencia de que todavía estaba en mi propio mundo. Con un suspiro me di por vencido. CAPITULO 3 Un cambio de amos Debíamos de haber viajado varios kilómetros a través del oscuro y tétrico bosque cuando repentinamente llegamos a una aldea construida en lo alto de las ramas de los árboles. A medida que nos acercábamos mi escolta empezó a proferir un ruidoso griterío que fue contestado desde adentro inmediatamente, y un instante más tarde un enjambre de seres de la misma raza extraña que aquellos que me habían capturado salió a nuestro encuentro. Otra vez fui el centro de atracción de una estrepitosa horda. Me llevaron a empellones de un lado a otro, pellizcando y manoseándome hasta llenarme de moretones. No creo, sin embargo, que lo hicieran por maldad o crueldad, pues yo era una cosa curiosa, un fenómeno, un nuevo juguete, y sus mentes pueriles requerían la evidencia sumada de todos sus sentidos para respaldar el testimonio de sus ojos. Luego me arrastraron hacia el interior de la aldea, que consistía en varios cientos de toscos refugios hechos de ramas y hojas y asentados en los árboles. Las chozas se hallaban comunicadas unas con otras por medio de troncos y ramas secas que formaban como calles sinuosas. El conjunto de las viviendas y puentes formaba un piso casi compacto que distaba unos veinte metros del suelo. Me pregunté por qué aquellas ágiles criaturas precisaban esos puentes comunicantes, pero cuando más tarde vi la gran cantidad de animales semisalvajes que poblaban la aldea, comprendí la necesidad de las calles. Había una serie de aquellos mismos feroces perros que habíamos dejado ocupados con el dírito, y unos animales cabrunos cuyas abultadas ubres explicaban el motivo de su presencia. Mis guardias me detuvieron frente a una de las chozas y me empujaron hacia adentro. Dos de los simiescos personajes se pusieron en cuclillas frente a la entrada, sin duda para impedir que me escapara, aunque yo no tenía la menor idea de hacia dónde podría haberme escapado. Apenas hube entrado en la densa oscuridad del interior, mis oídos percibieron una voz familiar que oraba. - ¡Perry! - exclamé -. ¡Mi querido y viejo Perry! Gracias a Dios que estás a salvo. - ¡David! ¿Es posible que hayas escapado? Y el anciano vino vacilante a mi lado y me abrazó. Me había visto caer delante del dírito y luego lo había tomado prisionero un grupo de hombres-monos que lo había llevado a través de los árboles hasta la aldea. Sus secuestradores habían demostrado la misma curiosidad que los míos por su ropa, con idéntico resultado. Nos miramos y no pudimos menos que reírnos. - Si tuvieras cola, David - comentó Perry -, serías un mono muy apuesto. - Tal vez podamos conseguir un par - repuse -. Parecen estar muy de moda esta temporada. Me pregunto qué pensarán hacer con nosotros, Perry. No parecen realmente salvajes. ¿Qué supones que son? Estabas a punto de exponerme tu teoría cuando ese enorme tanque peludo se nos abalanzó. ¿Tienes realmente alguna idea de dónde estamos? - Sí, David - replicó -, sé exactamente dónde nos encontramos. ¡Hemos hecho un descubrimiento maravilloso, muchacho! Hemos probado que la tierra es hueca. Hemos atravesado totalmente la corteza terrestre y arribado a un mundo interior. - ¡Perry, estás chiflado! - En absoluto, David. Nuestra excavadora nos llevó a través de cuatrocientos kilómetros por debajo de nuestro mundo externo. En ese punto llegó al centro de gravedad de la corteza, de ochocientos kilómetros de espesor. Hasta ese momento habíamos estado descendiendo, aunque la dirección, claro está, es relativa. Luego cuando los asientos oscilaron - lo que te llevó a pensar que habíamos dado la vuelta y que volvíamos a la superficie - pasamos el centro de gravedad y, aunque no cambió la dirección en que avanzábamos, estábamos en realidad dirigiéndonos hacia arriba, hacia la superficie del mundo interior. ¿No te convence la fauna y la flora que has visto de que no estás en el mundo en que naciste? Y el horizonte, ¿podría presentar un aspecto tan raro como el que vimos si efectivamente no estuviéramos parados en el interior de una esfera? - ¡Pero el sol, Perry! - le recordé -. ¿Cómo demonios puede el sol brillar a través de ochocientos kilómetros de corteza sólida? - No es el mismo sol del mundo exterior, el que nosotros vemos. Es otro sol, totalmente distinto, que arroja su eterno resplandor de mediodía sobre la faz de esta tierra interior. Míralo ahora, David. Fíjate, si lo puedes ver desde la entrada de esta choza y verás que aún continúa en medio del cielo. Hace varias horas que estamos aquí y sin embargo todavía es mediodía. Es muy simple, David. La tierra fue al principio una masa nebulosa, se enfrió, y a medida que se enfriaba se encogía. Al final, una delgada capa de corteza sólida se formó sobre la superficie externa. Era una especie de cáscara; pero adentro contenía materia parcialmente derretida y gases altamente dilatados. A medida que seguía enfriándose, ¿qué ocurría? La fuerza centrífuga arrojaba rápidamente las partículas del núcleo nebuloso hacia la corteza cuando se iban solidificando. Habrás visto el mismo principio, en la práctica, en una moderna máquina de separar crema. Al poco tiempo, pues, quedó sólo un núcleo sobrecalentado de materia gaseosa dentro de un enorme vacío provocado por los gases que se contraían y se enfriaban. La idéntica atracción ejercida por la corteza maciza desde todas direcciones mantuvo a ese núcleo en el centro exacto de la esfera hueca, y lo que queda de él es el sol que viste hoy: una cosa relativamente pequeña en el centro de la tierra, que emite su luminosidad perpetua y su calor tórrido en forma pareja a todas las zonas de este mundo interior. Debe de haber pasado mucho tiempo después que apareció la vida en el exterior, para que esta parte interna se enfriara lo suficiente y también hubiese vida animal en ella. Pero es evidente que los mismos agentes afectaron a ambos mundos por las formas de vida animal y vegetal que hemos visto aquí, análogas a las que nosotros conocemos. Por ejemplo, el animal que nos atacó. Indudablemente se trata de algo similar al megaterio del período postplioceno de la corteza exterior, cuyo esqueleto fosilizado se ha hallado en América del Sur. - ¿Pero los grotescos habitantes del bosque? - pregunté -. ¿Seguramente no puede haber habido nada parecido en la historia de nuestro mundo? - ¿Quién lo puede saber? - repuso -. Tal vez sean el eslabón entre el mono y el hombre, cuyo rastro ha sido borrado por las innumerables convulsiones que sacudieron a la corteza exterior. O tal vez sean simplemente la resultante de una evolución un poco diferente. Cualquiera de las dos suposiciones es plausible. No pudimos seguir con nuestras especulaciones porque en ese momento aparecieron varios de nuestros secuestradores en la puerta del a choza, dos de los cuales entraron y los arrastraron afuera. Los precarios puentes y los árboles circundantes estaban atestados de aquellos oscuros hombres-monos, sus hembras y sus críos. No tenían un solo adorno, una sola arma ni una sola prenda. - Están bastante abajo en la escala evolutiva - comentó Perry. - Pero lo suficientemente alto como para hacernos mal, sin embargo - repliqué -. ¿Qué supones que piensan hacer con nosotros? No tardamos en saberlo. Del mismo modo en que nos habían llevado a la aldea dos de aquellas poderosas criaturas nos levantaron y nos transportaron a través de los árboles, mientras una horda estridente y burlona de negros y simiescos seres nos seguía. En dos ocasiones mis portadores pisaron en falso, y mi corazón se detuvo mientras nos zambullíamos en el vacío hacia una muerte instantánea. Pero ambas veces las ágiles y poderosas colas nos salvaron enrollándose en alguna rama, y ninguna de las dos criaturas aflojó siquiera un poco la mano que me aferraba. En realidad, los incidentes no parecieron preocuparles más de lo que uno le preocupa o por tropezar al cruzar una calle. Se rieron estrepitosamente y siguieron avanzando. Durante algún tiempo continuaron a través del bosque, aunque no pude calcular cuánto. Estaba aprendiendo algo que más tarde se grabó muy fuertemente en mi mente, y era que el tiempo deja de ser un factor de importancia desde el momento en que se carece de un instrumento para medirlo. Habíamos perdido nuestros relojes y habitábamos bajo un sol estático. Ya me resultaba difícil calcular la cantidad de tiempo que había transcurrido desde que habíamos emergido al mundo interior. Tal vez eran horas, o tal vez días... ¡Quién diablos podía saberlo cuando siempre era mediodía! Según el sol, no había pasado el tiempo, pero yo calculé que hacía varias horas que estábamos en aquel extraño lugar. Finalmente el bosque terminó y salimos a un prado uniforme. Frente a nosotros, a escasa distancia, se alzaban unas colinas bajas y rocosas. Hacia ellas nos llevaron, y luego de un rato entramos por un angosto paso y nos encontramos en un diminuto valle circular. Aquí se pusieron a trabajar y nos convencimos de que íbamos a morir, ya sea en una fiesta romana o de algún otro modo. El comportamiento de nuestros acompañantes se transformó en el momento en que entraron al anfiteatro natural entre las colinas. Las risas cesaron. Una sanguinaria ferocidad se dibujó en sus rostros bestiales y nos amenazaron mostrándonos los colmillos. Nos colocaron en el centro de la arena y el millar de criaturas formó un círculo alrededor de nosotros. Luego trajeron uno de los perros salvajes - un hienodonte, según lo llamó Perry - y lo soltaron dentro del círculo. El cuerpo del animal tenía el volumen de un mastín adulto. Las patas eran cortas y poderosas, y las mandíbulas anchas y temibles. Un pelaje oscuro y espeso le cubría el lomo y los costados, mientras que en el pecho y el vientre era blanco. El animal se dirigió hacia nosotros con paso furtivo; presentaba un aspecto formidable con las fauces entreabiertas mostrando los colmillos. Perry estaba de rodillas, rezando. Yo me agaché y recogí una pequeña piedra. El movimiento hizo cambiar la dirección de la fiera, que empezó a dar vueltas en nuestro derredor. Evidentemente no era la primera vez que recibía una pedrada. Los hombres-monos saltaban y azuzaban a la bestia con gritos salvajes hasta que ésta, viendo que yo no arrojaba la piedra, embistió. En Andover, y más tarde en Yale, yo había sido lanzador en equipos ganadores de béisbol. Mi velocidad y puntería debían de ser fuera de lo común pues me hice tan famoso durante el último año del colegio que me propusieron para integrar uno de los equipos de primera. Pero ni en el más difícil de los lanzamientos que había hecho antes había sido necesario que tuviese tanta puntería como en ese momento. Mientras me disponía a tirar, mantuve un estricto control de mis nervios y músculos, aunque las mandíbulas hambrientas se abalanzaban sobre mí a una velocidad espeluznante. Y entonces tiré, con cada gramo de mi peso y de mi fuerza y con toda mi habilidad puestos a contribución en ese lanzamiento. La piedra le dio de lleno al hienodonte en el hocico, y rodó sobre el lomo. En ese mismo momento surgió un coro de alaridos y aullidos de los espectadores, y por un instante pensé que la derrota de su favorito era la causa de aquello, pero enseguida vi que estaba equivocado. Los simios se dispersaron en todas direcciones, hacia las colinas circundantes, y entonces advertí el verdadero motivo del alboroto. Detrás de ellos, atravesando en tropel el paso que daba al valle, venía una multitud de hombres hirsutos semejantes a gorilas, armados de lanzas y hachas, y con unos escudos largos y ovalados. Esos seres se lanzaron sobre los hombres-monos con terrible saña, y el hienodonte, que había vuelto en sí, huyó despavorido. Perseguidores y perseguidos pasaron a nuestro lado, y todo cuanto hicieron los hirsutos fue echarnos un vistazo hasta que hubieran evacuado la arena de sus anteriores ocupantes. Luego se volvieron hasta nosotros, y uno que parecía tener cierta autoridad sobre ellos ordenó que nos llevaran. Cuando dejamos el anfiteatro para salir al vasto prado vimos una caravana de hombre y mujeres - seres humanos como nosotros - y por primera vez sentí esperanzas y alivio en mi pecho. Hubiera gritado de júbilo, tal era mi felicidad. Es cierto que presentaban un aspecto salvaje y que estaban semidesnudos, pero al menos se asemejaban a nosotros. No tenían nada de grotesco ni de horrible como los demás seres con los que nos habíamos topado en ese mundo extraño e inexplicable. Pero cuando nos fuimos acercando, nuestras esperanzas se esfumaron una vez más, pues descubrimos que los pobres desdichados estaban encadenados en una larga fila, y que los hombres-gorilas eran los guardianes. Sin mucha ceremonia nos incorporaron a la hilera y reanudaron la marcha sin más demora. Hasta ese momento la excitación nos había mantenido despabilados, pero ahora la extenuante monotonía de la travesía por la llanura calcinada por el sol nos hacía sentir todo el cansancio debido al sueño insatisfecho. Seguimos hora tras hora a los tropiezos bajo aquel odioso sol de mediodía. Si trastabillábamos nos pinchaban con una puntiaguda lanza. Nuestros compañeros encadenados no se tambaleaban. Caminaban erguidos orgullosamente. De tanto en tanto intercambiaban algunas palabras en un idioma monosilábico. Tenían una apariencia noble, la cabeza bien formada y un físico perfecto. Los hombres llevaban espesas barbas y eran altos y musculosos; las mujeres, más pequeñas y graciosas, eran de cabellera negra como el azabache y la usaban atada sobre la cabeza. Las facciones de ambos sexos eran bien proporcionadas y no había un solo rostro que pudiera llamarse siquiera vulgar según los cánones terrestres. No usaban adorno alguno; pero más tarde supe que eso se debía a que los habían despojado de todos los objetos de valor, las mujeres vestían una túnica de una piel moteada, de color claro, similar a la del leopardo. La usaban alrededor de la cintura, sujeta por una tira de cuero de modo que pendiese un poco por debajo de la rodilla de un lado, o bien echada delicadamente por encima del hombro. Calzaban sandalias de piel. Los hombres tenían taparrabos hechos de pellejo de algún animal peludo, de los cuales colgaban largos pedazos atrás y adelante que casi rozaban el suelo. En algunos casos al final de estos extremos estaban las garras de la fiera a la cual se le había quitado el pellejo. Nuestros guardianes - a quienes ya describí como hombres parecidos a gorilas - eran de cuerpo más liviano que el del gorila, pero no obstante debían de tener una fuerza imponente. Sus brazos y piernas estaban moldeados más de conformidad con los de los seres humanos, pero estaban enteramente cubiertos por un pelaje de color marrón, y en su cara se reflejaba la misma brutalidad que la de aquellos especímenes de gorilas embalsamados que yo había visto en los museos. Su única característica favorable era el mayor desarrollo de la cabeza por encima y detrás de las orejas. En este aspecto no eran una pizca menos humanos que nosotros. Su atuendo consistía en una túnica de tela ligera que les llegaba hasta las rodillas. Debajo de ella llevaban solamente un taparrabos del mismo material, mientras que a modo de calzado usaban sandalias más bien pesadas, hechas de una gruesa piel de algún gigantesco animal del mundo interior. Alrededor de los brazos y del cuello llevaban una cantidad de adornos de metal, primordialmente de plata, y en las túnicas tenían bordadas unas cabezas de diminutos reptiles que formaban extraños dibujos aunque bastante artísticos. Hablaban entre ellos mientras marchaban a nuestro lado, pero en un idioma que difería del que hablaban los prisioneros. Cuando se dirigían a éstos usaban lo que parecía ser un tercer lenguaje. Después me enteré de que se trataba de una lengua híbrida, análoga al inglés que hablan los jornaleros chinos. No tenía idea de cuánto habíamos andado, ni Perry tampoco, pues ambos dormitábamos durante horas la mayor parte del tiempo antes de hacer un alto. En ese momento nos desplomamos. He dicho "durante horas", pero ¡cómo medir el tiempo, allí, donde el tiempo no existe! Cuando comenzamos la marcha, el sol estaba en el cenit; al detenernos, nuestras sombras aún señalaban hacia el nadir. Si había transcurrido un segundo o una eternidad de tiempo terrestre, era imposible saberlo. Nunca sabré si esa marcha insumió nueve años y once meses de los diez años que permanecí en aquel mundo, o si duró una fracción de segundo. Pero lo que sí sé es que desde que usted me dijo que han pasado diez años desde la iniciación de mi viaje, he perdido todo respeto por el tiempo. He empezado a pensar que tal cosa no existe más que en la mente débil y finita de los hombres. CAPITULO 4 Dian la Hermosa Cuando nuestros guardianes nos despertaron de nuestro sueño, estábamos considerablemente renovados. Entonces nos dieron de comer unas lonjas de carne salada, que nos infundió un nuevo vigor, de modo que nosotros también nos pusimos a andar con la cabeza erguida y el paso firme. Al menos yo lo hacía, pues era joven y orgulloso. Pero el pobre Perry detestaba caminar, tanto que en la tierra le había visto a menudo tomar un taxi por una cuadra. Ahora lo estaba pagando con creces, y sus vetustas piernas le temblaban tanto que tuve que rodearlo con un brazo y sostenerlo durante el resto de ese infernal trayecto. El paisaje empezó a variar por fin, y empezamos a subir desde la llanura uniforme por enormes montañas de granito virgen. La vegetación tropical de las tierras bajas era más rala en ese sitio, pero aun allí los efectos de un calor y una luz constante se hacían notar en el tamaño de los árboles y en la lozanía del follaje y de las flores. Arroyos cristalinos corrían torrencialmente entre las piedras, alimentados por las nieves eternas que podíamos ver sobre nosotros. Encima de los picos nevados flotaban grandes masas de nubarrones. Perry explicó que éstos servían al doble propósito de renovar las nieves que se derretían y de protegerlas de los rayos directos del sol. Para ese entonces teníamos ya algunas nociones del idioma bastardo en que nos hablaban los guardias. También había hecho progresos en la lengua un tanto encantadora de nuestros cofrades prisioneros. Inmediatamente delante de mí, en la cadena había una joven. Un metro de cadena nos vinculaba en un compañerismo obligado del cual yo, al menos, empecé a disfrutar. Hallé en ella a una complaciente maestra que me enseñó el lenguaje de su tribu y todo lo que ella sabía de la vida y las costumbres del mundo interior. Me dijo que se llamaba Dian la Hermosa y que pertenecía a la tribu de Amoz, que moraba en los acantilados sobre el Darel Az, o mar poco profundo. - ¿Y cómo llegaste aquí? - le pregunté. - Estaba huyendo de Jubal el Feo - me contestó, como si con esta explicación todo hubiera quedado aclarado. - ¿Quién es Jubal el Feo? - le pregunté -. ¿Y por qué huías de él? Me miró sorprendida. - Y por qué una mujer le huye a un hombre? - dijo - respondiendo a mi pregunta con otra. - No ocurre así en el lugar de donde yo vengo - repliqué -. A veces los persiguen ellas. Pero no logró entender ni pude hacerle comprender que yo provenía de otro mundo, tan convencida estaba como muchos de la tierra exterior de que la creación sólo había producido a su especie y al mundo que habitaba. - Pero - insistí -, háblame de ese Jubal el Feo y de por qué te escapaste para que te encadenaran y te arrastraran por la faz de la tierra. - Jubal el Feo colocó su trofeo frente a la casa de mi padre. Era la cabeza de un gran iandor. Allí permaneció, y ningún trofeo mejor fue puesto, a su lado. Supe entonces que Jubal el Feo vendría a tomarme como su hembra. No había nadie tan fuerte como él que me deseara, si no habría matado una bestia mayor y me hubiera ganado. Mi padre no es un gran cazador. Una vez lo fue, pero un sadok lo lanzó por el aire y su brazo derecho nunca recuperó las fuerzas. Mi hermano, Dacor el Poderoso, había ido a las tierras de Sari a raptar a una compañera para él. De modo que, como no había nadie, mi padre, mi hermano, ni amante que pudiera salvarme de Jubal el Feo, me escapé y me oculté en las colinas que rodean la tierra de Amoz. Y allí me hallaron estos Ságotas y me tomaron prisionera. - ¿Qué harán contigo? - pregunté -. ¿Adónde nos llevan? Nuevamente me miró atónita. - Casi podría pensar que vienes de otro mundo - dijo -, ¿pues de otro modo es inexplicable tal ignorancia? ¿Realmente quieres decir que no sabes que los Ságotas son los soldados de los Mahars, los temibles Mahars que creen ser los dueños de Pelucidar y de todo cuanto camina o crece sobre su superficie, se arrastra y repta por debajo, nada en los lagos y océanos, o vuela en los aires? ¡Lo único que faltaría es que nunca hayas oído hablar de los Mahars! Le tuve que confesar a pesar mío que así era, y su desprecio aumentó. Pero no quedaba otra alternativa si yo deseaba adquirir conocimientos, así que le confesé abiertamente que ignoraba todo sobre los Mahars. Estaba escandalizada, pero hizo lo posible por explicarme, aunque gran parte de lo que me decía era tan incomprensible como si hubiera sido el griego para ella. Describía a los Mahars principalmente por medio de comparaciones, que en cierto sentido eran como un típdar y, en otro, lampiños como el lidj. Lo que pude deducir fue que eran bastante horrendos y que poseían alas y pies con membranas entre los dedos; que vivían en ciudades edificadas bajo tierra, podían nadar bajo el agua durante mucho tiempo y eran sumamente sabios. Los Ságotas eran sus armas defensivas y ofensivas, mientras que las razas como la de ella les servían de manos y pies, pues sus individuos eran esclavos y sirvientes que hacían todo el trabajo manual. Los Mahars eran los cabecillas - los cerebros - del mundo interior, de modo que yo ansiaba ver aquella maravillosa raza de superhombres. Perry aprendió el idioma conmigo Cuando deteníamos cada tanto, aunque parecía que pasaba una eternidad entre alto y alto, se sumaba a la conversación, lo mismo que Ghak el Velludo, quien estaba encadenado inmediatamente delante de Dian la Hermosa. A continuación, en la fila, se encontraba Hooja el Astuto, que también participaba de vez en cuando en la conversación, si bien la mayoría de sus comentarios los dirigía a Dian la Hermosa. No era preciso ser muy observador para adivinar sus intenciones, pero la chica parecía estar totalmente ajena a sus insinuaciones apenas veladas. ¿He dicho apenas veladas? Existe una tribu en Nueva Zelandia o Australia - no recuerdo con exactitud - que demuestran su preferencia por una dama aporreándola con un garrote. En comparación con este método podría llamarse escasamente velado el galanteo de Hooja. Al principio me hizo ruborizar intensamente, aunque había estado en algunos lugares de Broadway de los menos respetables, así como en Viena y Hamburgo. ¡Pero la chica era magnífica! Era evidente que se consideraba muy por encima y apartada de quienes la rodeaban. Hablaba conmigo, con Perry y con el parco Ghak porque éramos respetuosos, pero no soportaba ver siquiera a Hooja el Astuto, y menos aún escucharlo, y eso lo ponía furioso a él. Después quiso convencer a uno de los Ságotas para que trasladara a la chica delante de él, pero el guardia se limitó a darle un puntazo con la lanza y decirle que ya había elegido a la chica para él. Pensaba comprársela a los Mahars no bien llegaran a Futra. Futra, al parecer, era la ciudad hacia donde nos dirigíamos. Después de pasar la primera cadena montañosa orillamos un mar salado en el que nadaban incontables bestias horripilantes. Había unas criaturas parecidas a las focas, cuyo largo cuello sobresalía más de tres metros de su cuerpo macilento, y cuyas cabezas de serpiente tenían una hendidura en donde se erizaban innumerables dientes. También había gigantescas tortugas marinas que chapoteaban entre los otros reptiles y que, según Perry, eran plesiosaurios. Yo no puse en tela de juicio sus afirmaciones, pues podrían haber sido cualquier cosa por lo que a mí me concernía. Dian me informó que eran tandes, o tandores del mar, y que los otros reptiles más feroces que ocasionalmente emergían de las profundidades para combatir con los primeros, eran azdíritos, o díritos marinos. Perry los llamaba Ictiosaurios. Se asemejaban a la ballena, aunque con cabeza de cocodrilo. Yo me había olvidado de la escasa geología que había estudiado en el colegio. Casi lo único que me había quedado era la impresión de horror que me habían causado las ilustraciones de los monstruos prehistóricos restaurados, y la firme convicción de que cualquier individuo que dispusiese de una pata de chancho y mucha imaginación podía "restaurar" el monstruo paleolítico que se le diera la gana y destacarse como paleontólogo de primera. Pero cuando vi con mis propios ojos esos cuerpos lustrosos que brillaban a la luz del sol y que movían sus enormes cabezas; cuando vi que el agua chorreaba por sus sinuosas pieles y formaba diminutas cataratas mientras surcaban el mar, ya sea en la superficie o medio sumergidos; cuando los vi luchar, boquiabiertos, bufando y gruñendo, en su titánica e interminable belicosidad, me di cuenta de lo fútil que es la imaginación del hombre comparada con el increíble genio de la naturaleza. Pero Perry estaba fuera de sí, según él mismo me lo dijo. - David - dijo, después que hubimos bordeado aquel espantoso mar durante largo rato - David, yo he enseñado geología y creía en lo que enseñaba; pero ahora sé que me engañaba, que es imposible creer en tales cosas sin verlas con los propios ojos. Damos por sentadas cosas quizás porque nos la repiten una y otra vez, y no tenemos manera de comprobarlas. Como ocurre con las religiones, por ejemplo; pero en realidad no creemos en ellas, sólo nos imaginamos que creemos. Si alguna vez vuelves al mundo exterior, verás que los paleontólogos y los geólogos son los primeros en tildarte de embustero, pues están seguros de que ninguno de los animales que restauraron realmente existió. Está bien imaginar que existieron en una época imaginaria... pero ¿ahora?... ¡Puf! En el descanso siguiente Hooja el Astuto logró arrimarse bastante cerca de la joven. Estábamos todos de pie, y cuando se acercó a la chica ésta le dio la espalda de un modo tan terrenalmente femenino que apenas pude reprimir una sonrisa. Pero no duró mucho, pues en ese instante la mano de Hooja se posó sobre el brazo desnudo de la chica para atraerla violentamente hacia sí. Yo no estaba en ese entonces familiarizado con las costumbres y la ética propias de Pelucidar, pero aun así no me fue necesaria la mirada de aprensión que me echó la chica con sus espléndidos ojos para instarme a tomar medidas. No me detuve pues, a indagar cuáles eran las intenciones del Astuto, y antes que la asiera con la otra mano le propiné un derechazo en la punta del mentón que lo tumbó ahí mismo. Un coro de aprobación se levantó entre los prisioneros y Ságotas que habían presenciado el breve suceso, pero más tarde me enteré de que no había sido por haber defendido a la muchacha sino por la manera hábil, y para ellos sorprendente, en que había enfrentado a Hooja. ¿Y la chica? Al principio me miró con los ojos desorbitados y asombrados, y luego bajó la cabeza con la cara ladeada y las mejillas teñidas de un leve rubor. Durante unos momentos se quedó en silencio en esa posición y después levantó la cabeza y me volvió la espalda como lo había hecho con Hooja. Algunos de los prisioneros se rieron, y vi que el semblante de Ghak el Velludo se tornaba sombrío y me echaba una mirada penetrante. Y por lo que podía ver, las mejillas de Dian habían pasado del rojo al blanco. Proseguimos la marcha de inmediato, y aunque comprendí que yo había ofendido a Dian de una manera o de otra, no logré que me explicara en qué había yo errado. Es más: lo mismo me hubiera dado estar hablando con una tapia por la respuesta que recibí. Al final, mi propio y recio orgullo se interpuso y me disuadió de seguir intentando nada más. De este modo, la relación que había entablado y que, sin darme cuenta, tanto me importaba, se cortó. De allí en adelante me limité a hablar con Perry. Hooja no insistió más con la chica ni se aventuró a acercarse a mí. Nuevamente la marcha extenuante y aparentemente inacabable se convirtió en una pesadilla. Cuando más me daba cuenta de la trascendencia que tenía para mí la amistad de la chica, más la anhelaba y más inexpugnable se volvía la barrera de orgullo tonto. Pero yo era muy joven y no quería pedirle a Ghak que me diera la explicación que sin duda podía dar y que hubiera rectificado toda la situación. Durante la marcha y en los descansos, Dian se negó en todo momento a fijarse en mí. Cuando sus ojos se dirigían hacia donde yo estaba, miraba por encima de mi cabeza o directamente a través de mí. Al final comencé a desesperarme y decidí dejar a un lado mi amor propio y suplicarle que me dijese en qué la había ofendido y cómo podía reparar la afrenta. Resolví hacer esto en el alto siguiente. Nos aproximábamos a otra cadena montañosa en ese momento, pero cuando llegamos, en lugar de cruzar por algún paso elevado, entramos por un gran túnel natural, una serie de grutas laberínticas, oscuras como el Erebo. Los guardias no poseían antorchas ni medio de iluminación de ningún tipo. En realidad, desde nuestra llegada a Pelucidar no habíamos visto luz artificial ni señales de fuego. En una tierra donde el mediodía es eterno no hace falta otra luz a la intemperie, pero me asombró que carecieran de medios para iluminarse el camino a través de estos sombríos pasajes subterráneos. Avanzamos a paso de tortuga, trastabillando y tropezándonos. Los guardias entonaban una especie de cántico delante de nosotros, en el que intercalaban cada tanto ciertas notas más agudas que servían para advertirnos de los lugares más escabrosos o donde el camino se torcía. Los altos eran ahora más frecuentes, pero no quería hablarle a Dian hasta poder ver en su rostro cómo reaccionaba ante mis disculpas. Al fin, una tenue claridad más adelante nos anunció que el túnel llegaba a su término, por lo cual yo al menos me sentí inmensamente aliviado. Entonces, después de una curva repentina, salimos a plena luz del día. Pero al mismo tiempo me percaté de algo que me significó una verdadera catástrofe: Dian ya no estaba, así como tampoco otra media docena de prisioneros. Los guardias también lo advirtieron y montaron en una terrible cólera. Sus espantosas caras se crisparon en muecas diabólicas mientras se acusaban mutuamente de ser responsables de la pérdida. Finalmente se arrojaron sobre nosotros, golpeándonos con los astiles de sus lanzas y sus hachas. Habían ya dado muerte a dos, y probablemente hubieran acabado con todos, cuando el jefe intervino y puso fin a la brutal matanza. Nunca en mi vida había presenciado una exhibición tan horrenda de ira bestial, y agradecí a Dios que Dian no hubieran estado allí para soportarla. De los doce prisioneros que estaban encadenados delante de mí, seis habían sido liberados alternadamente, comenzando por Dian. Hooja se había fugado. Ghak aún estaba. ¿Qué significaban ¿Cómo había sucedido? El comandante de los guardias estaba investigando y pronto descubrió que las rústicas cerraduras de las argollas que ceñían nuestros cuellos habían sido hábilmente forzadas. - Hooja el Astuto - musitó Ghak, quien ahora estaba junto a mí en la fila -. Se ha llevado a esa chica a quien tú rechazaste - prosiguió, mirándome de soslayo. - ¡Que yo rechacé! - exclamé -. ¿Qué quieres decir? Me miró detenidamente durante unos instantes. - He puesto en duda tu historia de que vienes de otro mundo - dijo al fin -, pero no hay otro modo de explicar tu ignorancia con respecto a las costumbres de Pelucidar. ¿Realmente no sabes que has ofendido a Dian la Hermosa, y de qué manera? - No tengo idea, Ghak - repuse. - Entonces te lo diré. Cuando un hombre de Pelucidar se interpone entre otro hombre y la mujer que éste desea, la mujer corresponde al vencedor. Dian la Hermosa es tuya. Deberías haberla aceptado o haberla dejado en libertad. Si la hubieras tomado de la mano, eso hubiera significado que deseabas desposarla, y si hubieras alzado las manos por encima de su cabeza para luego dejarla caer, habría significado que no la querías como hembra a tuya y que la liberabas de toda obligación hacia ti. Al no hacer ninguna de las dos cosas la has ofendido de la peor forma que un hombre puede ofender a una mujer. Ahora es tu esclava, ningún hombre la desposará, ni puede hacerlo sin perder el honor, mientras no te derrote en combate. Los hombres no desposan esclavas, al menos no los hombres en Pelucidar. - No lo sabía, Ghak - exclamé -. Yo no lo sabía. Por nada del mundo hubiera hecho daño a Dian la Hermosa ni con la mirada, ni con acto alguno... ni de palabra, no la quiero como esclava. No la quiero como... - pero aquí me detuve. La visión de aquel rostro dulce e inocente flotaba ante mí en medio de la suave neblina de la imaginación. Aunque sólo me aferraba al recuerdo de una tierna amistad perdida, ahora me parecía desleal de mi parte decir que no deseaba a Dian la Hermosa como esposa. No había pensado en ella sino como una amiga grata en un inundo desconocido y cruel. Aun en ese momento no creía amarla. Creo que Ghak leyó la verdad más en mis ojos que en mis palabras, pues inmediatamente puso una mano en mi hombro. - Hombre de otro mundo - dijo -, te creo. Los labios pueden decir mentiras, pero cuando el corazón habla a través de los ojos no dice más que la verdad. Tu corazón me ha hablado. Sé ahora que no has tenido intención de ofender a Dian la Hermosa. No es de mi tribu, pero su madre es hermana mía. Ella lo ignora. Su madre fue raptada por su padre cuando éste vino con otros hombres de la tribu de Amoz a arrebatarnos nuestras mujeres, las más hermosas mujeres de Pelucidar. En ese entonces su padre era rey de Amoz, y su madre era hija del rey de Sari, a quien yo, su hijo, he sucedido en el trono. Dian es de linaje real, aunque su padre ya no es más rey desde que se enfrentó con el sadok y Jubal el Feo le quitó el trono. Debido a su ascendencia, el mal que le has hecho se ha agrandado ante los ojos de todos los que te vieron. Ella no te perdonará jamás. Le pregunté a Ghak sí no había alguna forma de liberarla de la esclavitud y la ignominia en que inconscientemente la había puesto. - Si alguna vez la encuentras, sí - respondió. - Simplemente tienes que alzar su mano en presencia de otros y luego dejarla caer. Pero ¿cómo la encontrarás, ahora que tú también estás destinado a una vida de esclavitud en Futra, la ciudad enterrada? - ¿No hay escapatoria posible? - pregunté. - Hooja el Astuto se fugó y se llevó a los otros consigo - respondió Ghak -. Pero no hay más lugares oscuros en el camino a Futra, y una vez allá no es tan fácil: los Mahars son muy precavidos. Aun cuando uno pudiera huir de Futra, tendría que enfrentar con los típdaros, y entonces... - Ghak el Velludo se estremeció. - No, nunca te escaparás de los Mahars. Era una alegre perspectiva. Le pregunté a Perry qué pensaba del asunto, pero se limitó a encogerse de hombros y seguir con una prolongada plegaria que había empezado un rato antes. Había tomado por costumbre asegurar que el único punto favorable de nuestro cautiverio era el tiempo de sobra que tenía para improvisar oraciones, lo cual se estaba transformando en una obsesión para él. Los Ságotas habían empezado a tomar nota de esa costumbre suya de pasar largos trayectos declamando en voz alta. Uno le preguntó qué decía, a quién le hablaba. Su pregunta me dio una idea, y contesté rápidamente antes que Perry pudiera abrir la boca. - No hay que interrumpirlo - dije -. Es un hombre muy pío en el mundo de donde vinimos. Habla con espíritus que no se pueden ver; no lo interrumpas o saltarán sobre ti desde el aire y te harán pedazos... ¡así! - Y di un brinco hacia el guardia, al tiempo que gritaba "¡Buh!", que lo hizo trastabillar. Me di cuenta de que era arriesgado, pero si podía sacarle algún provecho a la inofensiva manía de Perry, quería hacerlo mientras aún tuviera esa posibilidad. Y funcionó a las mil maravillas. Los Ságotas nos trataron con marcado respeto durante el resto del viaje, y luego transmitieron la información a sus amos, los Mahars. Hubo dos descansos más después de aquel episodio, y a la sazón llegamos a la ciudad de Futra, cuya entrada estaba señalada por dos altas torres de granito que resguardaban una escalinata que conducía a la ciudad enterrada. Los Ságotas montaban guardia tanto allí como en un centenar o más torres dispersas sobre una vasta planicie. CAPITULO 5 Esclavos Mientras descendíamos por las amplias escaleras que llevaban a la avenida principal de Futra vi por primera vez a la raza que dominaba en el mundo interior e involuntariamente retrocedí ante la criatura que se acercó a inspeccionarnos. Sería imposible imaginar algo más horroroso. Los omnipotentes Mahars de Pelucidar son grandes reptiles de unos dos o tres metros de largo, de cabeza alargada y angosta y grandes ojos redondos. Tienen la boca en forma de pico y dientes blancos y filosos, el dorso de sus cuerpos de lagarto está recorrido, desde el cuello hasta el extremo de la cola, por unas protuberancias óseas semejantes a los dientes de una sierra. Los pies constan de tres dedos unidos entre sí por membranas, mientras que de las patas delanteras sobresalen alas membranosas en ángulo de 45 grados, unidas al cuerpo cerca de las patas traseras, que terminan en punta casi un metro por encima del cuerpo. Eché un mirada de reojo a Perry mientras aquel ser pasaba a mi lado y nos inspeccionaba, el anciano observaba fijamente a la horrible criatura con los ojos desorbitados y cuando ésta pasó de largo se volvió hacia mí. - Un ramforinco del Olítico Medio, David - dijo - pero ¡por Dios, qué enorme! Los restos más grandes descubiertos por nosotros nunca fueron de un tamaño mayor que el de una vaca. Mientras atravesábamos la avenida principal de Futra vimos muchos miles de esas criaturas dedicadas a sus tareas cotidianas, las que nos prestaron escasa atención. Futra está edificada bajo tierra con una regularidad que indica una notable maestría arquitectónica. Está hecha de piedra caliza sólida. Las calles son anchas y de una altura uniforme de unos siete metros. Cada tanto hay tubos que atraviesan el techo de la ciudad subterránea y que mediante lentes y reflectores transmiten la luz solar, amortiguada y difusa, para disipar lo que de otro modo sería una oscuridad total. Además, cumplen la función de suministrar aire. Perry y yo fuimos llevados, justo con Ghak, a un amplio edificio público donde uno de los Ságotas que había integrado la escolta le explicó a un funcionario Maharano las circunstancias de nuestra captura. El método de comunicación entre ambos era de lo más singular, pues no intercambiaban ninguna palabra hablada, sino que empleaban una suerte de idioma por señas. Después supe que los Mahars no poseen oídos, ni, por consiguiente, un lenguaje hablado. Perry dedujo que entre ellos se comunican por medio de lo que debe de ser un sexto sentido que pertenece a una cuarta dimensión. Nunca llegué a comprenderlo del todo, aunque se empeñó en explicármelo en repetidas ocasiones. Yo sugerí que se trataba de telepatía, pero él dijo que no era eso, ya que sólo podían comunicarse cuando estaban unos en presencia de otros, y que no podían hablar con los Ságotas ni con los demás habitantes de Pelucidar por el mismo medio. - Lo que hacen - dijo Perry -, es proyectar sus pensamientos en la cuarta dimensión, donde el sexto sentido de quienes escuchan pueden captarlos. ¿Me explico? - En absoluto, Perry - le respondí. Sacudió la cabeza con desesperación y volvió a su trabajo. Nos habían puesto a trasladar una gran cantidad de literatura Maharana de una habitación a otra, para luego ordenarla en los estantes. Pensé y así se lo dije a Perry, que estábamos en la biblioteca pública de Futra; pero más adelante, a medida que fue descifrando la clave del lenguaje escrito, me aseguró que se trataba de los antiguos archivos de la raza. Durante este período pensé constantemente en Dian la Hermosa. Evidentemente me alegraba que hubiera podido escapar de los Mahars, y el destino que le esperaba en manos del Ságota que había manifestado su propósito de comprarla. Me preguntaba a menudo si la pequeña partida de fugitivos habría sido alcanzada por los guardias que volvieron a buscarlos. A veces no sabía si no hubiera sido mejor que Dian estuviera allí, en Futra, antes que a merced de Hooja el Astuto. Ghak, Perry y yo hablábamos con frecuencia de una posible fuga, pero el Sariano estaba tan aferrado a su convicción de que nadie podía huir de Futra, a menos que fuese por obra de un milagro, que no nos era muy útil. Su actitud era la de quien espera que el milagro se produzca solo. Según propuse, Perry y yo hicimos unas espadas de unos pedazos de hierro viejo que encontramos entre la chatarra que había en las celdas donde dormíamos, pues teníamos una libertad de acción casi ilimitada dentro del recinto del edificio al cual estábamos asignados. Había tal número de esclavos para servir a los habitantes de Futra que ninguno de nosotros tenía que trabajar en exceso, ni éramos maltratados por nuestros amos. Escondimos nuestras armas debajo de las pieles que nos servían de lecho, y luego Perry concibió la idea de construir arcos y flechas, armas que aparentemente eran desconocidas en Pelucidar. Después necesitaríamos escudos, pero resultaba más sencillo hurtar éstos de las paredes de la sala de guardias externa del edificio. Habíamos concluido estos preparativos para defendernos en cuanto saliéramos de Futra, cuando los Ságotas que habían ido a dar caza a los prisioneros fugitivos volvieron con cuatro de ellos entre los que estaba Hooja. Dian y otros dos habían logrado eludirlos. Dio la casualidad de que, como Hooja fue confinado al mismo edificio que nosotros, le dijo a Ghak que no había visto a Dian ni a los otros después de haberlos soltado dentro de la oscura gruta. No tenía ni la más remota idea de lo que les pudiese haber acontecido, si bien tal vez estuvieran aún vagando perdidos en medio de aquel túnel laberíntico, si no muertos ya de hambre. Mi aprensión por Dian aumentó aun más, y en ese momento, supongo, fue cuando me di cuenta de que mi afecto por la chica surgía de algo más que de la amistad. Durante las horas de vigilia ella ocupaba constantemente mis pensamientos, y, cuando dormía, su rostro tierno rondaba mis sueños. Estaba más decidido que nunca a escapar de los Mahars. - Perry - le confié un día al viejo - si es preciso buscaré en cada centímetro cuadrado de este mundo diminuto hasta dar con Dian la Hermosa y subsanar el mal que le he hecho. Esa fue la excusa que le di a Perry. - ¡Mundo diminuto! - respondió con sorna -. No sabes lo que dices, muchacho - y extrajo un mapa de Pelucidar que había descubierto en el manuscrito que estaba ordenando. - Mira - exclamó, señalando -, esto es agua, evidentemente y todo esto es tierra. ¿Notas la configuración de las dos zonas? Donde hay mar en la superficie exterior, aquí hay tierra. Estas áreas relativamente pequeñas de océanos siguen los contornos generales de los continentes de la corteza de nuestro mundo. Sabemos que la corteza de la tierra tiene ochocientos kilómetros de espesor; luego, el diámetro interior de Pelucidar debe de ser de 11.000 kilómetros, y la superficie de unos 400 millones de kilómetros cuadrados. Tres cuartos corresponden a la tierra. ¡Piensa en eso! ¡Una superficie terrestre de 300 millones de kilómetros cuadrados! Nuestro mundo no tiene más de 80 millones cuadrados de tierra, y el resto está cubierto de agua. Así como a menudo comparamos a los países por sus superficies relativas, de la misma manera podemos comparar estos dos mundos y nos encontramos con la extraña anomalía de uno grande dentro de otro más pequeño. ¿Dónde buscar en Pelucidar a Dian, entonces? Sin estrellas, ni luna, ni un sol cambiante, ¿cómo hallarla aun cuando supieras dónde puede estar? La teoría me deshizo y quedé sin aliento; pero sentí que se redoblaba mi afán de encontrarla. - Si Ghak nos acompaña tal vez lo logremos - dije. Perry y yo fuimos a buscarlos y le preguntamos directamente. - Ghak - dije - estamos decididos a escaparnos de esta esclavitud ¿Nos acompañarás? - Nos echarán encima a los típdaros - dijo -, y nos matarán. Sin embargo... - vaciló - me arriesgaría si existiera la posibilidad de huir y volver con los míos. - ¿Podrías encontrar el camino de regreso a tu tierra? le preguntó Perry -. ¿Y puedes ayudar a David a buscar a Dian? - Sí. - Pero ¿de qué manera - insistió Perry - puedes viajar a un país extranjero sin cuerpos celestes ni brújula para guiarte? Ghak no sabía qué eran cuerpos celestes ni brújulas, pero aseguró que se podía llevar a cualquier hombre de Pelucidar con los ojos vendados hasta el rincón más recóndito del mundo, y que sabría regresar a su casa por el camino más directo. Le sorprendió que eso nos maravillara. Perry dijo que debía de ser un instinto similar a aquel que poseían las palomas mensajeras. Yo no sabía con exactitud de qué se trataba, pero él me dio una somera idea. - Entonces ¿es posible que Dian haya vuelto directamente a reunirse con su gente? - pregunté. - Sin duda - respondió Ghak -, a menos que alguna fiera la haya matado. Yo estaba a favor de intentar la fuga cuanto antes, pero tanto Perry como Ghak aconsejaron esperar un momento más propicio para asegurarnos una mayor posibilidad de éxito. No veía que accidente podía acaecerle a una comunidad entera en una tierra donde siempre hay un perpetuo mediodía y los habitantes carecen de horas específicas para dormir. Tenía la certeza de que algunos de los Mahars nunca dormían, mientras que otros, durante largos lapsos se arrastraban hacia los oscuros recovecos debajo de sus viviendas y se acurrucaban en prolongado sueño. Perry afirmaba que si un Mahar permanecía despierto durante un año, después podía recuperar el sueño perdido en una siesta de un año. Puede ser que sea verdad, pero yo no vi mas que a tres de ellos durmiendo, y fue justamente este hecho el que me inspiró una idea para nuestra fuga. Había estado investigando en los niveles inferiores donde no se permitía ir a los esclavos, a unos quince metros por debajo de la planta baja del edificio. Allí, en medio de una red de pasillos y departamentos, me topé inesperadamente con tres Mahars que dormían acurrucados en una cama de pieles. Al principio los creí muertos, pero después su respiración regular me convenció de mi error. Se me ocurrió como un chispazo la maravillosa oportunidad que ofrecían esos reptiles dormidos de eludir la vigilancia de nuestros amos y de los guardias Ságotas. Volví con toda prisa a donde estaba Perry absorto en el estudio de una pila de jeroglíficos que, para mí eran incomprensibles y le expliqué mi plan. Para mi sorpresa, se mostró escandalizado. - Sería un asesinato, David - exclamó. - ¿Un asesinato, matar a un reptil monstruo? - pregunté atónito. - Aquí no son monstruos, David - respondió -. Aquí son la raza que domina. Nosotros somos los "monstruos", las especies más bajas. En Pelucidar la evolución ha avanzado de otra forma que en la corteza exterior. Las terribles convulsiones de la naturaleza que se sucedieron una y otra vez extinguieron las especies existentes. De no ser por eso, algún monstruo de la era Saurozoica podría estar reinando en este momento en nuestro mundo. Aquí vemos lo que pudo haber ocurrido en nuestra historia si las condiciones se hubieran dado del mismo modo. La vida en Pelucidar es mucho más nueva que afuera. Acá, el hombre ha llegado a una etapa análoga a la de la Edad de Piedra en la historia de nuestra humanidad, pero durante incontables millones de años estos reptiles han estado evolucionando. Posiblemente sea el sexto sentido que estoy seguro que poseen lo que les ha dado una ventaja sobre los demás animales más fuertemente armados, aunque tal vez eso no lo sepamos nunca. Nos miran como nosotros miramos a los animales del campo, y me he enterado leyendo estos archivos que los Mahars se alimentan de nombres. Los guardan en grandes rebaños, tal como nosotros hacemos con nuestro ganado. Los crían con sumo cuidado, y cuando engordan lo suficiente los matan y los comen. Me estremecí. - ¿Qué tiene de horrible, David? - Preguntó el viejo -. No nos entienden a nosotros más de lo que nosotros entendemos a las especies más bajas de nuestro mundo. Fíjate esto, que me he encontrado aquí con tratados muy científicos sobre si los Glaks - es decir, hombres - tienen algún medio de comunicación, un autor alega que ni siquiera razonamos, que nuestros actos son puramente mecánicos o instintivos. La raza dominante de Pelucidar, David, aún no sabe que los hombres conversan entre sí y que razonan. Al no conversar como ellos, no pueden imaginar que lo hacemos de otro modo. Es la misma lógica que aplicamos nosotros con las bestias de nuestro mundo. Saben que los Ságotas poseen un lenguaje hablado, pero no lo pueden comprender, ni saben siquiera cómo se manifiesta, ya que no tienen aparato auditivo. Creen que sólo con los movimientos de los labios transmiten la idea. El hecho de que los Ságotas puedan comunicarse con nosotros es incomprensible para ellos. Sí, David - concluyó -, sería un asesinato tu plan. - Muy bien, Perry - repliqué -. Entonces me convertiré en asesino. Revisamos el plan cuidadosamente, y por algún motivo que no entendí claramente, insistió en que describiera minuciosamente los pasillos y departamentos que acababa de explorar. - Me pregunto, David - dijo al fin -, si ya que estás decidido a llevar a cabo tu descabellado proyecto, no podríamos también hacer algo permanente y auténtico en beneficio de la población humana de Pelucidar. Escucha, he aprendido muchas cosas sorprendentes en estos archivos de los Mahars. Para que puedas apreciar mejor mi plan, te daré un breve resumen de la historia de la raza. En una época, eran los machos los que mandaban, pero hace mucho tiempo que las hembras, poco a poco, tomaron el dominio. A lo largo de los años, no hubo ningún cambio notable en la raza de los Mahars, y éstos siguieron progresando bajo la dirección hábil y provechosa de las damas. La ciencia avanzó a grandes pasos. Esto ocurrió principalmente con las ciencias que nosotros conocemos como biología y eugenesia. Finalmente, cierta científica anunció que había descubierto un método mediante el cual los huevos podían ser fertilizados químicamente después de puestos, pues, como sabes, todos los verdaderos reptiles nacen de huevos. ¿Qué ocurrió? Inmediatamente dejó de ser necesario que existieran machos. La raza ya no dependía de ellos. Y así siguió pasando al tiempo hasta hoy, en que encontramos una raza formada exclusivamente por hembras. Pero este es el punto capital. "El secreto de esa fórmula química lo guarda una sola raza de Mahars y está precisamente en la ciudad de Futra; y a menos que me equivoque de medio a medio, por tu descripción de las bóvedas que viste hoy, deduzco que se halla oculta en el sótano de este edificio. Hay dos motivos para guardarla con tanto celo. Primero, porque de ella depende la vida misma de los Mahars; y, segundo, porque cuando se tenía acceso a ella públicamente había tantos qué experimentaban que se corría el peligro de la superpoblación. David, si podemos huir y llevar con nosotros ese tremendo secreto, ¡qué es lo que no habremos hecho por la raza humana de Pelucidar! El solo pensar en eso me abrumaba. Nosotros dos nos encargaríamos de darles a los hombres del mundo interior su lugar debido entre los seres vivientes. Sólo los Ságotas se interpondrían entonces entre ellos y la supremacía absoluta, y no estaba seguro de que los Ságotas no debiesen todo su poderío a la inteligencia superior de los Mahars. No podía creer que esos animales con aspecto de gorilas fueran mentalmente superiores a la raza humana de Pelucidar. - ¡Claro, Perry - exclamé -, tú y yo podemos rescatar un nuevo mundo! Juntos podemos guiar a las razas de hombres desde las tinieblas de su ignorancia hacia la luz del progreso y la civilización. Con sólo un paso podemos trasladarnos de la Edad de Piedra al siglo veinte. Es maravilloso pensar en eso. - David - dijo el anciano -, yo creo que Dios nos envió aquí justamente con ese propósito. Dedicaré mi vida a enseñarles Su palabra, a guiarlos hacia la luz de Su misericordia mientras los instruirnos para que usen su corazón y sus manos en bien de la civilización y la cultura. - Tienes razón, Perry - dije -, y mientras les enseñas a rezar yo les enseñaré a luchar, y entre ambos haremos una raza que constituirá nuestra honra. Ghak había entrado en la habitación un rato antes que concluyera nuestra conversación, y ahora quería saber por qué estábamos tan entusiasmados. Perry pensó que era conveniente no contarle demasiado, de modo que me limité a decirle que tenía planeada la fuga. Cuando le di a conocer el plan, a grandes rasgos, pareció estar tan horrorizado como Perry, pero por otro motivo. Ghak el Velludo pensaba solamente en el terrible destino que nos aguardaba si nos descubrían, pero finalmente logré convencerlo de que aceptase mi plan como el único realizable, y cuando le aseguré que yo tomaría toda la responsabilidad en caso de que nos capturaran, aceptó de mala gana. CAPITULO 6 El comienzo del horror En Pelucidar, un momento da lo mismo que otro. No había noches para encubrir nuestra tentativa. Todo debía hacerse a plena luz del día, todo menos el trabajo que yo tenía que hacer debajo del edificio. Decidimos, por lo tanto, poner en práctica el plan lo antes posible para que los Mahars que lo hacían posible no se despertaran antes que llegásemos a ellos; pero enseguida nos llevamos una desilusión, pues no bien descendimos hasta el piso principal del edificio rumbo a las bóvedas de abajo, nos topamos con grupos de esclavos que salían del edificio empujados apresuradamente por escoltas de Ságotas hacia la avenida. Otros Ságotas corrían de aquí para allá buscando esclavos, y en el momento en que aparecimos saltaron sobre nosotros y nos incorporaron a las filas de humanos. Ignorábamos cuál era el objeto o la naturaleza de ese éxodo general, pero a poco empezó a correr en las filas de esclavos el rumor de que dos de los fugitivos habían sido prendidos. Eran un hombre y una mujer, y nos llevaban a presenciar su castigo, pues el hombre había dado muerte a un Ságota del destacamento que los había perseguido y capturado. Con esa noticia se me subió el corazón a la garganta, pues estaba seguro de que los dos eran los que habían huido en la oscura gruta con Hooja el Astuto, y que Dian era la mujer. Ghak y Perry también pensaron lo mismo. - ¿No podemos hacer nada para salvarla? - le pregunté a Ghak. - Nada - respondió. Marchamos por la bulliciosa avenida. Los guardias nos trataban con una crueldad inusitada, como si nosotros también fuéramos culpables del asesinato de su compañero. El evento se efectuaba para darles una lección a todos los demás esclavos y hacerles ver el peligro y la futilidad de intentar escapar, así como las fatales consecuencias de quitarle la vida a un ser superior. Por eso imagino que los Ságotas se sentían con sobrado derecho de hacer que todo el asunto fuera lo más desagradable y doloroso posible. Nos pinchaban con sus lanzas y nos golpeaban con sus hachas por la menor provocación, e inclusive sin que mediase provocación alguna. Fue una media hora de lo más incómoda, hasta que finalmente nos empujaron a través de una entrada baja que daba a un edificio gigantesco cuyo centro había sido convertido en una amplia arena. Este espacio abierto estaba rodeado de bancos por todos lados menos por uno, donde estaban apiladas unas enormes piedras que llegaban en forma escalonada hasta el techo. Al principio no pude deducir para qué servía esa imponente pila de rocas, a menos que sirviera de fondo rústico y pintoresco para las escenas que se desarrollaban en la arena. Pero al poco tiempo, cuando los bancos de madera estaban casi llenos de esclavos y Ságotas, advertí el propósito de los cantos rodados, pues los Mahars empezaron a desfilar por la entrada. Marchaban directamente a través de la arena hacia las rocas del otro extremo donde desplegaron sus alas de murciélago y se elevaron por encima de la alta pared que rodeaba el pozo hasta ubicarse en la cima de las piedras, que resultaron ser los asientos reservados, los palcos de los elegidos. Como eran reptiles, la áspera superficie de la roca les resultaba tan suntuosa como el terciopelo y el tapizado para nosotros. Se repantingaban en ese sitio, parpadeando con sus ojos horribles, y sin duda conversaban entre ellos en su idioma de sexto sentido y cuarta dimensión. Por vez primera vi a la reina. No parecía diferir de los otros en nada que pudiera discernir mi ojo de terrícola, pues, en realidad todos los Mahars, a mi parecer, se asemejaban. Pero cuando cruzó la arena después del resto de sus súbditos femeninos, fue precedida por una cantidad de enormes Ságotas, los más grandes que yo había visto, y acompañada de cada lado por dos gigantescos típdaros, mientras que atrás seguía otra escolta de guardias Ságotas. Al llegar a la barrera los Ságotas treparon con agilidad simiesca, mientras que la altiva reina se elevó con sus alas, con dos impresionante dragones cerca de ella, y se situó en la roca de mayor tamaño que estaba exactamente en el centro de la parte del anfiteatro que correspondía a la raza dominante. Y allí se quedó en cuclillas aquella reina de lo más repulsiva y desagradable; aunque seguramente tan convencida de su belleza y de su derecho divino a reinar como el más orgulloso monarca del mundo exterior. Y entonces empezó la música, pero ¡música sin sonido! Los Mahars no pueden oír, por lo cual los tambores, las flautas y los cornos de las bandas terrestres eran desconocidos por ellos. La "banda" consistía en veinte Mahars o más, que desfilaron por el centro de la arena de modo que las criaturas que estaban sobre las piedras pudieran verlos, y allí actuaron durante quince o veinte minutos. La técnica consistía en mover la cola y la cabeza en una sucesión regular de movimientos rítmicos cuyo resultado era una cadencia que evidentemente complacía tanto a la vista de los Mahars como nuestra música instrumental complace a nuestros oídos. De tanto en tanto la banda daba pasos medidos al unísono hacia un lado o el otro, o hacia atrás y adelante. A mí, eso me parecía tonto y carente de sentido; pero al concluir la primera pieza, los Mahars situados en lo alto de las rocas dieron las primeras muestras de entusiasmo que yo les veía manifestar. Batieron las alas de arriba abajo y golpearon con la cola sus asientos rocosos hasta hacer temblar la tierra. Luego, la banda comenzó otra pieza y todo volvió a quedar en silencio como una tumba. La música de los Mahars tenía eso de bueno: si a uno no le gustaba, bastaba con cerrar los ojos. Cuando la banda hubo terminado con su repertorio levantó vuelo y se sentó en las rocas alrededor de la reina. En ese momento empezó la función. Un par de guardias empujaron a un hombre y una mujer al interior de la pista, y entonces yo me incliné hacia adelante para escrutar a la mujer, rogando que no fuera Dian la Hermosa. Al principio estaba de espadas a mí y su espesa cabellera negra como azabache me llenó de alarma. De repente se abrió una puerta de un costado de la arena y entró un enorme animal de características bovinas. - Un bos - susurró Perry, excitado -. Esa especie vivió en la corteza exterior, junto con el oso cavernícola y el mamut, hace mucho tiempo. Hemos vuelto atrás un millón de años, David hasta la infancia del planeta. ¿No es maravilloso? Pero yo lo único que veía era el pelo negro de una chica semidesnuda y mi corazón se detuvo angustiado mientras la miraba. Poco me importaban las maravillas de la naturaleza. De no ser por Perry y Ghak hubiera saltado a la arena para compartir lo que el destino le deparara a esa inapreciable joya de la Edad de Piedra. Al entrar el bos - ellos lo llaman taga en Pelucidar - arrojaron dos lanzas a los pies de los prisioneros. Me pareció que una honda hubiera sido tan eficaz contra semejante bestia como esas míseras armas. Mientras el animal se iba aproximando, piafando y bramando con la fuerza de varios toros, otra puerta se abrió directamente debajo de nosotros y de ella salió el rugido más tremebundo que jamás hayan percibido mis oídos. Al principio no pude ver al animal que profería ese temible desafío, pero aquél surtió el efecto de hacer girar bruscamente a las dos víctimas hacia el lugar de donde provenían, y entonces pude ver el rostro de la chica... ¡que no era Dian! y casi lloré de alivio. Mientras los dos se quedaban helados de terror, el ser que había emitido aquel bramido se fue deslizando cautelosamente ante la vista de todos. Era un enorme tigre, como los que acechaban en las junglas antiguas, cuando el mundo era aún joven. Por su figura y color no era distinto del más auténtico de los tigres de Bengala de nuestra tierra, pero así como sus dimensiones eran exageradamente colosales, también sus colores eran exageradamente chillones. El amarillo era vívido e intenso; el blanco parecía el del plumón del pato, y el negro eran brillante como el más fino carbón de antracita. Era de pelaje largo y espeso como el de la cabra montañesa, y sin duda era un animal hermoso. Pero si sus colores y tamaño resultaban exagerados en Pelucidar, lo mismo ocurría con la ferocidad de su temperamento. No solamente es miembro ocasional de la especie que se alimenta de seres humanos - todos se alimentan de hombres -, sino que no se limitan a comer hombres, pues no existe carne de ningún tipo en Pelucidar que no sean capaces de comer con gusto en su continuo afán de darle a su cuerpo gigantesco el suficiente sustento como para mantener en forma sus poderosos músculos. De un lado de la pareja condenada avanzaba bramando la taga, y del otro acechaba el tarag con las fauces abiertas y babeando. El hombre tomó las lanzas y le dio una a la mujer. Los rugidos del tigre y los bramidos del toro eran un verdadero frenesí de furor. Nunca en mi vida había yo oído un estrépito tan infernal como el que producían aquellas dos bestias, ¡y pensar que todo eso se desperdiciaba para los horrendos reptiles sordos que habían preparado un espectáculo! La taga embistió desde un lado, y el tarag desde el otro. Aquellos dos insignificantes seres de pie entre ambos, parecían estar perdidos; pero a último momento, cuando las bestias estaban casi sobre ellos, el hombre asió a su compañera del brazo y juntos se hicieron a un lado, mientras los animales enfurecidos chocaban entre sí como dos locomotoras. A partir de ese momento se desarrolló un combate cuyo salvajismo y terrible ferocidad sobrepasaba los límites de la imaginación. Varias veces el colosal toro arrojó por los aires al enorme tigre, y cada vez que éste caía a tierra volvía a su encuentro sin que le menguaran las fuerzas y con redoblada furia. Durante un rato, el hombre y la mujer se preocuparon únicamente de apartarse del paso de los animales, pero después vi que se separaban y que cada uno se dirigía sigilosamente hacia uno de los combatientes. El tigre se había subido sobre el enorme lomo del toro, y estaba aferrado al grueso cuello de éste con los colmillos mientras con las garras le hacía jirones la piel de los flancos. Durante un instante el toro bramó y se estremeció de furia y de dolor, con sus patas hendidas extendidas y agitando la cola con furia. Luego, en medio de una desenfrenada sucesión de coces, se echó a correr por la arena tratando desesperadamente de desprenderse de su sanguinario jinete. A duras penas, la chica logró evitar la ciega embestida del animal herido. Todos los esfuerzos del animal por deshacerse del tigre parecían inútiles, hasta que en el colmo de la desesperación se arrojó al suelo y comenzó a rodar. Esto desconcertó a tal punto al tigre, dejándolo, me imagino, sin aliento, que se soltó. Veloz como un gato, la gran taga se puso de pie y clavó sus poderosos cuernos en el abdomen del tarag sujetándolo contra la arena. El tigre desgarro la cabeza peluda del toro hasta dejarlo sin ojos ni orejas, y todo cuanto quedo de ella fueron unos colgajos de carne en el cráneo. Pero a pesar de ese tremendo castigo, la taga se mantuvo inmóvil sujetando a su adversario. En ese instante el hombre intervino, y viendo que el toro ciego sería el menos formidable de los dos enemigos, atravesó el corazón del tarag con la lanza. Cuando cesaron los movimientos del tigre, el toro levantó la cabeza ensangrentada y ciego con un terrible rugido, cruzó la arena y se precipitó a los saltos directamente hacia el muro donde estábamos sentados, y por un accidente, uno de sus brincos lo elevó por encima de la barrera en medio de los esclavos y los Ságotas que estaban delante de nosotros. Blandiendo su sangrante cornamenta, la bestia abrió un amplio camino que iba en línea recta hacia nosotros. Ante él, los esclavos y los gorilas luchaban en una desenfrenada estampida por escapar de la amenaza de los estertores del animal, pues esa espantosa embestida no podía ser otra cosa. Los guardias se unieron a la desbandada general y se olvidaron por completo de nosotros. Las salidas abundaban en el muro del anfiteatro, a nuestras espaldas. Perry, Ghak y yo quedamos separados por el caos imperante después que la bestia traspuso la pared de arena, cada uno de nosotros con la sola idea de ponernos a salvo. Corrí hacia la derecha y atravesé varias salidas atestadas por una multitud aterrorizada que pugnaba por salir, parecía que había toda una manada de tagas sueltas y no un solo animal ciego y moribundo. Tal es el efecto que provoca el pánico en una muchedumbre. CAPITULO 7 Libertad Una vez fuera del alcance del animal perdí el temor, pero otra sensación se apoderó de mí con igual rapidez: la esperanza de huir, que facilitaba la desmoralización de los guardias. Pensé en Perry, y de no ser por la convicción de que, estando yo en libertad, tendría mayores posibilidades de liberarlo a él, hubiera abandonado de inmediato la idea de fugarme. Me apresuré entonces hacia la derecha y busqué alguna salida hacia la cual no se dirigiese ningún Ságota. Al final la hallé: una abertura pequeña y angosta que conducía a un pasillo oscuro. Sin pensar en las posibles consecuencias, me interné en las sombras del túnel y anduve un trecho a tientas en medio de la penumbra. El ruido del anfiteatro había ido disminuyendo a medida que avanzaba, y ahora todo estaba silencioso como una tumba a mi alrededor. Por momentos se filtraba una luz tenue a través de los tubos de ventilación e iluminación, apenas suficiente como para que mis ojos vieran en la oscuridad, por lo cual me vi obligado a avanzar con extrema cautela, tanteando el camino paso a paso con una mano apoyada en la pared. Repentinamente la luz empezó a aumentar y un momento después, para mi alivio, me topé con una escalera que conducía hacia arriba donde, a través de un hueco que había en el suelo, se derramaba la refulgente luz del sol del mediodía. Sigilosamente subí las escaleras hasta el final del túnel, y cuando me asomé vi la vasta planicie de Futra ante mí. Las altas y numerosas torres de granito que marcaban los diversos accesos a la ciudad subterránea estaban frente a mí; detrás se extendía la llanura ininterrumpida hasta las colinas próximas. Había salido, pues, a las afueras de la ciudad, y mis posibilidades de huir eran inmensamente grandes. Mi primer impulso fue esperar a que oscureciera para intentar cruzar la planicie, tan profundamente arraigados estaban los hábitos de mi pensamiento; pero de inmediato recordé la perpetua luminosidad diurna que envuelve a Pelucidar y, con una sonrisa, salí a la luz del sol. Una hierba exuberante que llega hasta la cintura cubre la llanura de Futra. Es la hierba espléndida y lozana del mundo interior, cuyas hojas terminan en una diminuta flor de cinco puntas. Parecen estrellas brillantes de mil colores que titilan entre el verde follaje para darle aún otro encanto más al extraño y hermoso paisaje. Pero, en ese momento, lo único que me interesaba era llegar a las colinas donde esperaba hallar resguardo, de modo que apreté el paso sin reparar en que pisoteaba las exquisitas flores. Perry dice que la atracción de la gravedad en la superficie del mundo interior es menor que la del exterior. Me lo explicó en detalle en una ocasión, pero como yo nunca fui demasiado brillante para esas cosas, la mayor parte se me olvidó. Por lo que recuerdo, la diferencia se debe a la contra atracción de la porción de la corteza terrestre directamente opuesta al sitio de Pelucidar en donde uno realiza sus cálculos. Sea como fuere, a mí siempre me pareció que me movía con mayor velocidad y agilidad en Pelucidar que en la superficie externa. Había cierta etérea ligereza en el andar, que era sumamente agradable, y una sensación de liberación física sólo comparable a la que se experimenta a veces en sueños. Y en esa ocasión en que crucé la llanura de Futra salpicada de flores me pareció estar volando, aunque no sabría decir hasta qué punto esa sensación no se debía a una autosugestión por lo que me había dicho Perry, o a algo real. Cuanto más pensaba en Perry, menos me deleitaba la libertad que había reencontrado. No podía haber libertad alguna para mí en Pelucidar si el anciano no la compartía conmigo, y sólo la esperanza de hallar algún modo de ayudarlo a huir fue lo que impidió que diera media vuelta y volvieran Futra. No tenía idea de qué modo exactamente iba a socorrer a Perry, pero esperaba que alguna circunstancia fortuita me resolviera el problema. Era bastante evidente, sin embargo, que tendría que ocurrir poco menos que un milagro, pues ¿qué podría yo lograr en ese mundo extraño, desnudo e inerme como estaba? Era dudoso que perdiera de vista la planicie, pero aun suponiendo que pudiera volver sobre mis pasos hasta Futra una vez fuera posible, ¿qué auxilio podría llevarle a Perry? El asunto me parecía más imposible cuanto más pensaba en él, pero no obstante seguí avanzando hacia las colinas con obstinada insistencia. Detrás de mí no había señales de persecución; adelante, no vislumbraba a ningún ser viviente. Era como si me moviera a través de un mundo muerto y olvidado. No tengo idea, claro está, de cuánto tardé en llegar al límite de la llanura, pero al fin me interné entre las colinas siguiendo el curso de una cañada que subía hacia las montañas. A mi lado jugueteaba un arroyuelo risueño que discurría veloz y ruidosamente hacia el silencioso mar. En los remansos más tranquilos descubrí una cantidad de pequeños peces que pesarían de ocho a diez kilogramos cada uno. En apariencia, aunque de distinto color y tamaño, se asemejaban a la ballena de nuestros mares. Mientras los observaba jugar noté que amamantaban a su cría y, además, que a intervalos regulares subían a la superficie a respirar y alimentarse de ciertas plantas y de un liquen extraño de color escarlata que crecía en las rocas sobre el nivel del agua. Esta última costumbre me dio la oportunidad que necesitaba para atrapar uno de esos cetáceos herbívoros - así los llamaba Perry -, comerlo y disfrutar hasta donde es posible disfrutar de un pescado crudo y de sangre caliente. Aunque ya me había acostumbrado a tomar alimentos en su estado natural, todavía me disgustaban los ojos y las entrañas, para diversión de Ghak, a quien siempre le cedía esos manjares. Agazapado junto al arroyo, esperé hasta que una de aquellas minúsculas ballenas purpúreas emergiera para mordisquear los largos pastos que pendían sobre el agua, y luego, como el animal de caza que es realmente el hombre, salté sobre mi víctima y sacié mi apetito mientras aún se revolvía. Después bebí del estanque cristalino, me lavé la cara y las manos y proseguí mi fuga. Cuando llegué al nacimiento del arroyuelo trepé a la cima de una accidentada cresta. Del otro lado había un escarpado declive que daba a la playa de un plácido mar interior en cuya superficie flotaban varias islas hermosas. La vista era encantadora, y como no había animal ni hombre que pusiera en peligro mi reciente libertad, me deslicé por encima del peñasco y, entre resbalones y saltos, caí en un delicioso valle cuyo aspecto era el de un refugio de paz y seguridad. La playa ligeramente inclinada por la cual caminaba estaba llena de caracolas de colores y formas extrañas. Algunas estaban vacías, otras aún contenían una variedad de moluscos que arrastraban sus perezosas vidas por las mudas playas de aquel mundo antediluviano. Mientras andaba, no podía evitar compararme con el primer hombre del mundo exterior. La soledad que me rodeaba era completa y las virginales maravillas de la naturaleza adolescente estaban intactas en su primitivismo. Me sentía como un segundo Adán abriéndose paso a través de la infancia de un mundo, buscando su Eva. Este pensamiento me despertó la imagen de los exquisitos rasgos de una cara perfecta rodeada de una cascada de maravilloso cabello negro. Como caminaba con la vista baja no vi el objeto que derrumbó mis sueños de soledad, paz y seguridad hasta que estuve casi encima de él. Se trataba de un tronco hueco que estaba en la arena. En el fondo yacía una suerte de remo tosco. Aún me estaba recuperando del imprevisto impacto que me había producido el descubrimiento de lo que podía representar una nueva forma de peligro, cuando oí un tamborileo de guijarros sueltos que provenía del peñasco. Me hacia esa dirección y vi al causante del estrépito: hombre enorme de color cobrizo que corría hacia mí. Había algo en la precipitación con que venía que daba claros indicios de su belicosidad, por lo que no me hizo falta ver su cara ceñuda y la lanza que blandía para darme cuenta de que en modo alguno me hallaba en situación segura. Pero era de suma importancia decidir hacia dónde huir. La velocidad del sujeto excluía la posibilidad de escapar por la playa. Quedaba una sola posibilidad: el rústico esquife. Con la misma celeridad que él, empujé el bote al agua y cuando éste estuvo flotando le di un empellón final y trepé a bordo. El dueño de aquella primitiva embarcación profirió un sonido de cólera, y un segundo más tarde la lanza de punta de piedra me rozó el hombro y se clavó en la proa del bote. Tomé el remo y con desesperada prisa traté de alejarme en aquella precaria embarcación. Al mirar sobre mi hombro advertí que el nativo de piel cobriza se había zambullido en el agua y nadaba rápidamente hacia mí. Sus poderosas brazadas acortaban velozmente la distancia que nos separaba, pues yo avanzaba muy lentamente en ese bote con el cual no estaba familiarizado. Este viraba en todas direcciones menos en la que yo quería, de modo que despilfarraba la mitad de mis energías en poner su obstinada proa en el rumbo debido. Sólo había recorrido unos cien metros cuando tuve la certidumbre de que mi perseguidor iba a llegar a la popa del bote con media docena más de brazadas. Presa de la desesperación, puse todo mi empeño en un inútil esfuerzo por escapar, pero el gigante seguía dándome alcance. Su mano estaba por asirse de la popa cuando vi un cuerpo esbelto y sinuoso salir como disparado de las profundidades. El hombre también lo vio, y el brillo de terror que había en sus ojos me persuadió de que ya no tenía que temerle más, pues era el miedo a la muerte segura lo que se traslucía en su mirada. Se enroscaron alrededor de él los poderosos pliegues de aquel horrendo monstruo de las profundidades prehistóricas: una viscosa serpiente de mar, de mandíbulas dentadas y lengua bífida. Tenía ojos saltones y protuberancias óseas en la cabeza y el hocico que formaban cuernos cortos y poderosos. Mientras presenciaba aquella lucha mis ojos se encontraron con los del hombre, y podría haber jurado que había en ellos una expresión de desesperanzado súplica. Pero sea esto cierto o no, de pronto sentí compasión por el nativo. Era, sin duda, mi congénere; y el hecho de que probablemente me hubiera eliminado con gusto de haberme atrapado se me olvidó en ese momento de peligro. Inconscientemente había dejado de remar cuando la serpiente se irguió para enfrentar a mi perseguidor, de manera que en ese momento el esquife flotaba cerca de ellos. El monstruo parecía estar jugando con su víctima antes de aprisionarla definitivamente con sus espantosas mandíbulas y llevarla a su oscura morada bajo la superficie para devorarla. El gigantesco cuerpo de la serpiente se enroscaba y se desenroscaba alrededor de la presa y su boca se abría y se cerraba cerca de la cara de ella mientras aquella lengua bífida recorría como un relámpago su piel cobriza. El gigante luchaba heroicamente por su vida, asestando golpe tras golpe con su hacha de piedra sobre la armadura huesuda que cubría el temible cuerpo, pero el mismo daño le habría hecho si le hubiere pegado con la palma de la mano. Al final no pude soportar más el quedarme mirando tranquilamente cómo aquel congénere se precipitaba a una muerte horrible a causa del reptil. La lanza arrojada por quien yo repentinamente deseaba salvar estaba clavada en la proa del esquife. La arranqué de un tirón y poniéndome de pie en la embarcación la introduje entre las mandíbulas abiertas del monstruo con todas las fuerzas de mis dos brazos. Con un fuerte silbido la serpiente abandonó a su presa y se volvió hacia mí. Pero la lanza, hundida en su garganta, le impedía asirme, aunque estuvo a punto de volcar el bote en sus desesperados intentos por alcanzarme. CAPITULO 8 El templo Mahar El aborigen, aparentemente ileso, se trepó rápidamente al esquife y agarrando la lanza me ayudó a mantener a distancia el monstruo enfurecido. La sangre del reptil herido enrojecía el agua alrededor de nosotros, y por los esfuerzos cada vez más débiles que realizaba era evidente que estaba herido de muerte. Repentinamente cesó por completo en su intento de alcanzarnos, y con unos movimientos convulsivos se quedó muerto flotando de espaldas. En ese momento me di cuenta del apuro en que yo mismo me había puesto. Estaba completamente a merced del salvaje a quien le había hurtado el bote. Sin soltar la lanza lo miré a la cara, y lo encontré escudriñándome de cerca. Nos quedamos así varios minutos, ambos agarrando la lanza tenazmente mientras nos mirábamos con embobado asombro. Ignoro lo que pasaba por su cabeza, pero en la mía estaba solamente la pregunta de cuándo recomenzarían las hostilidades. Me empezó a hablar, pero en un idioma que yo no entendía. Sacudí la cabeza como para darle a entender que desconocía el idioma. Al mismo tiempo, me dirigí hacia el en la lengua bastarda que los Ságotas utilizaban para comunicarse con los esclavos de los Mahars. Para alivio mío, descubrí que me comprendía y me respondió en la misma jerga. - ¿Para qué quieres mi lanza? - preguntó. - Sólo para que no me atravieses con ella - le conteste. - Yo no haría eso - dijo -, pues acabas de salvarme la vida - y con esas palabras la soltó y se sentó en cuclillas en el fondo del esquife. - ¿Quién eres, y de qué país vienes? - preguntó. Yo también me senté, dejando la lanza entre ambos, y traté de explicarle cómo había llegado a Pelucidar, y de dónde; pero le fue tan imposible captar y creer el extraño relato como me temo que lo sea para los habitantes de la corteza exterior el creer en la existencia del mundo interior. Parecía sumamente ridículo imaginar que hubiese otro mundo bajo sus pies, habitado por seres similares a el, de suerte que empezó a reír sonoramente cuanto más pensaba en esa posibilidad. Pero siempre ha sido así. Aquello que no ha entrado en el campo de nuestra insignificante y magra experiencia no puede existir. Nuestras mentes finitas no pueden comprender lo que no está en concordancia con las condiciones que conocemos sobre ese grano de polvo que traza su diminuto derrotero a través de los astros del universo: esa húmeda fécula que con tanto orgullo llamamos Tierra. Me di por vencido y le pedí que me hablara de él. Me dijo que era un Mezop y que su nombre era Ja. - ¿Quiénes son los Mezops? - le pregunté -. ¿Dónde habitan? Me miró sorprendido. - Realmente me atrevería a creer que eres de otro mundo - dijo -, pues que persona de Pelucidar puede ser tan ignorante. Los Mezop viven en las islas de los mares. Que yo sepa, ningún Mezop vive en otra parte, y nadie más que los Mezop viven en las islas. Pero, claro está, tal vez sea distinto en otras tierras lejanas. No lo sé. Aquí, al menos en este mar, es cierto que sólo los de mi raza moran en las islas. Vivimos de la pesca, aunque somos grandes cazadores también. A menudo vamos a tierra firme a buscar las presas que escasean en todas salvo las más grandes de las islas. Somos también guerreros - añadió con orgullo -. Hasta los Ságotas nos temen. Hubo un tiempo, cuando Pelucidar era joven, que los Ságotas solían capturarnos como esclavos al igual que a los demás hombres de Pelucidar. Así cuenta la tradición de nuestra raza. Pero luchamos tan encarnizadamente y matamos tantos Ságotas, y aquellos que fueron capturados dieron muerte a tantos Mahars en sus propias ciudades, que al fin comprendieron que era mejor dejarnos en paz. Más tarde llegó la época que los Mahars se volvieron demasiado perezosos hasta para pescar, salvo por diversión; y, como necesitaban proveerse, se hizo un pacto entre las dos razas. Ahora nos dan ciertas cosas que no podemos producir a cambio del pescado que sacamos, y los Mahara y los Mezops viven en armonía. Hasta vienen a nuestras islas. Es allí donde, lejos de la curiosa mirada de los Ságotas, practican sus ritos religiosos en los templos que han construido con nuestra ayuda. Si vives con nosotros, sin duda verás sus ceremonias, que son sumamente raras y muy desagradables para los pobres esclavos que llevan para que tomen parte en ellas. Mientras Ja hablaba tuve oportunidad de observarlo más detenidamente. Era gigantesco; debía de medir más de dos metros, estaba muy bien desarrollado y tenía una pigmentación cobriza similar a la del indio norteamericano. A decir verdad, en sus facciones también había una semejanza: tenía la misma nariz aguileña que se encuentra en las tribus superiores, los pómulos altos y prominentes, los ojos y el cabello negros, aunque su boca y sus labios estaban mejor formados. En conjunto, Ja era un ser imponente y apuesto, y además, hablaba bien en el pobre lenguaje improvisado que nos veíamos obligados a usar. Durante la conversación, Ja había tomado el remo e impulsaba el esquife con vigorosas brazadas hacia una amplia isla que distaba medio kilómetro de la tierra firme. La destreza con que manejaba la tosca e incómoda embarcación provocó mi más profunda admiración, ya que tenía escasísimo tiempo yo había probado hacerlo con los resultados tan lastimosos que ya he referido. Cuando arribamos a la playa uniforme, Ja salió de un salto y yo lo seguí y juntos arrastramos el bote hasta los matorrales que crecían más allá de la arena. - Debemos esconder nuestras canoas - explicó, pues los Mezops de Luana siempre están en guerra con nosotros y nos las hurtan, cuando las encuentran. Señaló con la cabeza una isla que se hallaba adentro del mar y tan distante que parecía una mancha suspendida en el cielo. La curva de Pelucidar, que se dirigía hacia arriba, no dejaba de ofrecer sorpresas para los ojos desacostumbrados del habitante de la corteza externa. Ver la tierra y el agua curvarse hacia arriba hasta fundirse con el cielo lejano, y sentir el mar y las montañas suspendidos directamente encima, requería tal reversión de las facultades de percepción y razonamiento que lo dejaba a uno estupefacto. No bien ocultamos la canoa, Ja se internó en la selva y al poco rato desembocamos en una senda angosta, pero claramente marcada, que serpenteaba bruscamente al modo de las sendas de todas las tribus primitivas, aun cuando había una particularidad en ésta que la distinguía de todas las demás sendas que había visto en la tierra: la senda continuaba un trecho, clara y bien definida, y de repente terminaba en una maraña de vegetación selvática. Entonces Ja volvía sobre sus pasos unos metros, trepaba un árbol, bajaba del otro lado sobre un tronco caído, y saltaba por encima de un arbusto hasta toparse con una nueva senda por donde seguía otro kilómetro más hasta que ésta acababa tan brusca y misteriosamente como el tramo anterior. Volvía entonces a retroceder, y luego de trasponer alguna cosa sin dejar rastro, retomaba la senda más adelante. A medida que entendiendo el propósito de este notable proceso, no pude menos que admirar la sagacidad de los primeros Mezops al idear ese plan para despistar y detener a sus enemigos en sus intentos de llegar hasta las ciudades ocultas. A los terrícolas les puede parecer una forma lenta y tortuosa de viajar a través de la selva; pero, de ser de Pelucidar, sabrían que el tiempo no es un factor importante allí donde el tiempo no existe. Estas sendas son tan laberínticas y sinuosas y los pasos que la conectan tan complejos y variados, que el Mezop a menudo llega a la pubertad sin conocer todas las que conducen desde su propia ciudad hasta el mar. En realidad, casi las tres cuartas partes de la educación de los jóvenes Mezops consisten en familiarizarse con esas avenidas selváticas, y el prestigio de que gozan los adultos se basa principalmente en la cantidad de sendas que pueden seguir dentro de su propia isla. Las mujeres nunca lo aprenden, pues desde su nacimiento hasta su muerte nunca abandonan el claro donde su aldea natal está edificada, salvo en el caso de que se casen con un hombre de otra aldea, o de que sean capturadas por algún enemigo de su tribu. Después de recorrer a través del bosque una distancia de alrededor de cinco kilómetros, salimos a un claro en cuyo centro se levantaba una aldea sumamente extraña. Grandes árboles habían sido talados hasta una altura de unos cinco o seis metros sobre el nivel del suelo, y sobre éstos se habían construido habitáculos esféricos de paja tendida cubierta de barro. Cada casa redonda estaba coronada por una especie de imagen tallada. Ja me explicó que ésta indicaba la identidad del dueño. Una aberturas horizontales de unos quince centímetros de altura y un metro de ancho, aproximadamente, servían para la ventilación y la iluminación. Las entradas de las asas eran pequeños orificios en la base de los árboles en cuyo interior ahuecado había una rústica escalera que daba, a las habitaciones de arriba. Las casas eran de dos y tres habitaciones. La de mayor tamaño que yo conocí esta dividida en dos plantas y ocho piezas. Alrededor de la aldea hasta el límite de la jungla, había campos muy bien cultivados en donde los Mezops plantaban los cereales, las verduras y las frutas que necesitaban. Las mujeres y los niños que trabajaban en esas huertas cuando cruzamos hacia la aldea, saludaron a Ja con deferencia, pero a mí no me prestaron atención alguna. Entre ellos y alrededor del borde exterior de una cultivada había una cantidad de guerreros que también saludaron a Ja, tocando con la punta de sus lanzas el suelo. Ja me condujo a una casa grande en el centro de la aldea a la casa que tenía ocho habitaciones y me llevó al interior donde me dio comida y bebida. Allí conocí a su esposa, una chica agradable con un niño de pecho en los brazos. Ja le contó que yo le había salvado la vida, y de allí en adelante me trató con mucha amabilidad y hospitalidad, dejándome inclusive sostener y divertir al diminuto ser que algún día - según me dijo Ja - habría de reinar en la tribu, pues Ja era, en realidad, el jefe de la comunidad. Comimos y descansamos, e incluso yo dormí - lo cual divirtió a Ja quien, al parecer dormía en raras ocasiones -, y luego me propuso que lo acompañara al templo de los Mahars que no estaba muy lejos de la aldea. - No debemos visitarlo - dijo -, pero ellos no pueden oír y si nos mantenemos fuera de su vista nunca sabrán que hemos estado allí. Por mi parte, los detesto y siempre los he detestado, pero los demás jefes de la isla consideran conveniente que mantengamos una relación amistosa entre las dos razas. De no ser por eso, con gusto llevaría a mis guerreros y exterminaría a esas horrendas bestias. Pelucidar sería un lugar mejor para vivir sin ellos. Estaba completamente de acuerdo con Ja, pero se me ocurrió que no sería tarea fácil exterminar la raza dominante de Pelucidar. Y así, charlando, seguimos por la senda que conducía al templo, con el cual nos topamos en un pequeño claro rodeado por enormes árboles similares a aquellos que quizás existieron en la corteza externa durante el período carbonífero. Allí se l