La Dama de Blanco Wilkie Collins ************** LA HISTORIA COMIENZA CON WALTER HARTRIGHT, DE CLEMENT-S INN, PROFESOR DE DIBUJO I Refiérese esta historia a lo que puede soportar la paciencia de una mujer y lo que es capaz de conseguir la resolución de un hombre. Si el mecanismo de la Ley pudiera verse libre de la más leve sospecha de que los procedimientos de coacción del oro fueran capaces de modificar su marcha, todos los sucesos que a lo largo de estas páginas hemos de ver podrían reclamar su puesto para despertar la atención pública en un tribunal de justicia. Pero la Ley es, en determinados e inevitables casos, la esclava del mejor postor. Por este motivo, el relato de esta historia aparece por primera vez en estos lugares. Del mismo modo que el juez debió oírla en otro tiempo, así, ahora, la escuchará el lector. Desde la primera hasta la última página no hemos de alterar ninguna importante circunstancia. En todo momento en que quien escribe estas líneas a modo de prólogo, cuyo nombre es Walter Hartright, haya estado en contacto directo con los incidentes que aquí han de relatarse, los describirá personalmente. Cuando le falte la memoria, dejará ; su puesto de narrador para dar paso a otros que lo continúen en el punto y hora en que aquél hubo de abandonarlo, en espera de que éstos lo harán de forma tan clara e imparcial como aquél lo hizo. Así, pues esta historia será contada por más de una pluma, del mismo modo y con el mismo propósito que una falta contra las leyes se cuenta en el tribunal por más de un testigo. En los dos casos, se procura siempre presentar la verdad en su aspecto más directo e inteligible, con objeto de llegar a una reconstitución completa de los hechos, haciendo intervenir a las personas que más en íntimo contacto han estado con aquéllos para que repitan palabra por palabra los sucesos en que tuvieron parte o, cuando menos, presenciaron. Dejemos, pues, la palabra a Walter Hartright, profesor de dibujo, de veintiocho años de edad. II Era el último día del mes de julio. Acercábase la más calurosa época del verano, y nosotros, los fatigados transeúntes de las calles de Londres, comenzábamos a pensar en sombreadas alamedas, en campos de trigo y en otoñales brisas a orillas del mar. Por lo que respecta a mí, diré tan sólo que ya a principios de verano me quedé sin salud, sin humor y, para ser enteramente cierto, he de añadir que sin dinero alguno. Durante el último año transcurrido no administré mis recursos profesionales con el cuidado de costumbre, y la prodigalidad de ese tiempo no me dejó otra alternativa que transcurrir muy modestamente el otoño entre la pequeña finca de mi madre, en Hampstead, y mi casa de la ciudad. La tarde era calmosa y nublada. El ambiente, pesadísimo y asfixiante, apenas si dejaba oír el rumor distante del tránsito callejero. El leve pulsar de la vida dentro de mí y en el gran corazón de la ciudad que me rodeaba parecía latir al unísono, lánguidamente, cada vez más lánguidamente, serenándose como el sol que se ponía. Alcé los ojos del libro sobre el que estuviera soñando en vez de leer, y dejé mi cuarto para respirar el frío aire nocturno de los suburbios. Era aquella una de las dos noches que semanalmente acostumbraba a pasar en compañía de mi madre y de mí hermana. Por ello dirigí mis pasos hacia el Norte, en dirección a Hampstead. Los acontecimientos que voy a relatar me obligan a decir que mi padre había muerto algunos años antes de la época en que esto ocurre, y que mi hermana Sara y yo éramos los únicos supervivientes de una familia de cinco hijos. También mi padre fue profesor de dibujo. Por sus propios méritos consiguió muchos éxitos en la profesión que eligiera, y gracias a su admirable prudencia y capacidad de sacrificio, mi madre y mi hermana quedaron después de su muerte tan independientes como lo habían sido durante su vida. Yo le sucedí en la profesión, teniendo razones justificadas para sentirme satisfecho ante la perspectiva que se me ofrecía al comienzo de mi vida. Cuando llegué a la verja de la casa de mi madre, aún veíanse en el horizonte los colores del crepúsculo. Pero la vista de Londres aparecía a mis pies como un golfo de sombras. Apenas tocada la campanilla apareció en el umbral de la puerta, abierta violentamente, mi amigo el profesor Pesca, que se adelantó a recibirme muy amablemente, emitiendo tinos inarticulados sonidos, parodia del saludo inglés. Por sus muchos merecimientos, aparte de por el gusto que tengo yo en efectuarlo, el profesor merece una presentación formal. Las circunstancias han hecho que sea él el primero que aparezca en esta verídica historia. Le conocí por primera vez en cierta aristocrática mansión donde daba lecciones de su propio idioma y yo de dibujo. Todo cuanto supe de su vida era que había desempeñado un puesto prestigioso en la Universidad de Padua; que abandonó a Italia por cuestiones políticas y que hacia muchos años se había establecido en Londres como profesor de idiomas, siendo muy, respetado por cuantos le conocían. Siempre había reservado para sí la naturaleza de esas cuestiones políticas que le obligaron a abandonar su nación. Sin llegar a ser un enano, pues estaba perfectamente proporcionado de pies a cabeza, creo, que Pesca era el hombre más pequeño que he visto, aparte de los aparecidos como fenómenos en las salas de espectáculos. Notable por su apariencia, era mucho más impresionante por la inofensiva excentricidad de su carácter. La idea principal de su vida parecía ser la de mostrar constantemente su inmensa gratitud a la poderosa nación que le había ofrecido un asilo y medio de subsistir, haciéndole posible convertirse en un auténtico inglés. No contento con el cumplido que hacia al país en general, cargaba invariablemente con su paraguas, usando invariablemente también polainas y sombrero blanco, de copa alta, aspirando a convertirse en un inglés tanto en gustos y costumbres como en indumentaria. El hombrecillo experimentaba una gran devoción por el amor que nos distingue a los ingleses hacia toda clase de deportes, practicándolos siempre que tenía oportunidad de ello, firmemente convencido de que seria capaz de adoptar nuestras diversiones, del mismo modo y con la misma facilidad con que había adoptado las polainas y el sombrero blanco nacionales. Le había visto arriesgar ciegamente sus piernas en una caza de zorros, y en un campo de cricket , poco después, vi arriesgar su vida con la misma ceguera, en la playa de Brighton. Nos encontramos allí por casualidad y tomamos el baño juntos. Después de habernos alejado un poco de la orilla, me sorprendió no ver a mi compañero a mis alcances. Le busqué con la vista y con gran sorpresa mía y horror también vi tras de mí a dos pequeños brazos que se movían un momento y desaparecían a continuación bajo el agua. Horrorizado, me dirigí rápidamente al lugar aquel, y cuando llegué, el desventurado hombrecillo estaba ya tenido en el fondo del mar, con la calma de la resignación; me pareció, en aquel instante, mucho más pequeño que nunca. No sin dificultades logre sacarle de allí. El aire fresco, al devolverle el sentido, le devolvió también su inocente vanidad de nadador, y en cuanto el castañeteo de sus dientes le permitió emitir algunas palabras, procuró sonreír y me aseguró que debía haber sido un calambre. Cuando se hubo repuesto por completo y nos reunimos en la playa, su naturaleza meridional, tan expresiva, rompió en un momento la artificial reserva inglesa que él quería imponerse. Tuvo para mí las más calurosas muestras de gratitud y de afecto, y me juró, con la vehemencia propia de su exagerado estilo italiano, que, a partir de aquel momento, ponía su vida a mi disposición, añadiendo luego que nunca más se consideraría feliz hasta encontrar la oportunidad de demostrarme aquella inmensa gratitud con algún favor que yo a mi vez recordara constantemente hasta el fin de mis días. Hice cuanto me fué posible para detener el torrente de su llanto y, de sus protestas, insistiendo en considerar aquella aventura como un episodio humorístico, logrando, por último, terminar con la ruidosa gratitud de mi compañero. Ni mucho menos pensé entonces, y tampoco lo pensé cuanto terminaron nuestras agradables vacaciones, que la oportunidad de serme útil que con tanta ansiedad esperaba mi agradecido compañero había de presentarse muy pronto; que él se apresuraría a aprovecharla inmediatamente, y que al hacerlo había de cambiar por completo el curso de mi vida, dirigiéndola por derroteros nuevos. Y así fué. Si yo no hubiera sacado del fondo del mar al profesor Pesca, no hubiese tenido probabilidad alguna de verme mezclado en la historia que comienza en estas páginas. Tal vez tampoco hubiera oído nunca el nombre de la mujer que constantemente ha vivido en todos mis pensamientos, que se ha posesionado en todas mis energías y cuya influencia dirige todos los actos de mi vida. III La fisonomía y actitud de Pesca, la noche en que nos encontramos frente a frente ante la puerta de la casa de mi madre, eran más que suficiente, para demostrarme que había ocurrido algo ordinario. No obstante, fué inútil que yo le rogara una explicación inmediata. Tan sólo pude saber, mientras me arrastraba hacia el interior cogiéndome por ambas manos, que había ido a casa de mi madre, conociendo mi costumbre, para tener la seguridad de encontrarme allí, y que tenía algo muy importante que decirme. Nos precipitamos los dos a la sala de una forma asaz brusca e incorrecta. Al lado de la ventana abierta, riendo y abanicándome, estaba mi madre sentada. Pesca era unos de sus amigos favoritos, y todas las excentricidades de su carácter hallaban siempre una disculpa a sus ojos. ¡Pobre querida madre! Desde el instante en que supo lo mucho que el pequeño profesor quería a su hijo, abrióle sin reservas su corazón, excusando todas sus genialidades y sin tratar siquiera de comprenderlas. Mi hermana Sara era, a pesar de su juventud exuberante, algo menos indulgente. Hacía plena justicia a las excelentes condiciones de carácter y sentimientos del extranjero, pero no le aceptaba implícitamente, como hacía mi madre, por cariño o devoción hacia mí. Su británica corrección exaltábase indignada contra el desprecio sistemático que hacía Pesca de las apariencias, y mostrábase siempre más o menos desagradablemente sorprendida por la familiar manera con que nuestra madre trataba al original y pequeño extranjero. -No puedo pensar en lo que hubiera sucedido, Walter -dijo mi madre-, si no llegas a venir. Pesca está medio loco de impaciencia y a mí me ha vuelto medio loca de curiosidad. Dice que tiene importantísimas noticias que darnos, de gran interés para nosotros. Pero con la mayor crueldad se ha negado a adelantarnos ni una palabra hasta que su querido Walter se encuentre entre nosotros. -¡Qué fastidio! ¡Ya está el juego descabalado! -murmuró Sara entre dientes, entregada a la triste ocupación de recoger los restos de la taza. Mientras tenía efecto esta conversación, Pesca, radiante de alegría y sin conceder el menor interés a la mutilación irreparable que había sufrido el juego de té por su causa, empujaba una de las butacas de la sala a uno de los extremos de ésta, como si quisiera dirigirse a nosotros como un orador público a su auditorio. Habiendo vuelto la butaca con el respaldo hacia nosotros, se acomodó en ella de rodillas, y desde este improvisado púlpito se dirigió al reducido número de sus oyentes. -Ahora, queridos míos -comenzó Pesca, que siempre que decía "queridos míos" era cuando quería decir "amigos míos"-, prestadme atención. Ha llegado el momento de daros cuenta de una buena noticia. Por fin voy a hablar. - -¡Bravo, bravo! -gritó mi madre, siguiendo la broma. -Lo que se romperá seguidamente -murmuró Sara- será el respaldo del sillón. -Me dirijo al más noble de los seres creados -continuó Pesca entusiasmado, señalando mi humilde persona desde su butaca-. ¿Quién, a causa de un calambre, me halló muerto en el fondo del mar? ¿Quién me devolvió a la superficie? ¿Qué ; es lo que yo dije al volver de nuevo a la vida y vestir de nuevo mis ropas? -Mucho más de lo necesario -contesté lacónicamente, pues el hecho de animarle tratándose de este asunto implicaba, con toda seguridad, renovar la emoción experimentada por el expresivo profesor, que terminaba invariablemente derramando un torrente de lágrimas. -Dije -continuó Pesca- que mi vida pertenecía a mi salvador hasta el último día de mí existencia, y mantengo lo dicho. También dije que jamás volvería a sentirme feliz hasta tener ocasión de hacer algo en favor de mi querido Walter, que le demostrara mi gratitud, y por fin ha llegado este venturoso día. Así, pues - añadió, gritando casi, el hombrecillo, puesto de pie, entusiasmado, sobre el sillón-, el exceso de mi felicidad surge de todos los poros de mi piel como una especie de transfiguración benéfica, porque, por mi alma y mi honor lo juro, ya está hecho todo, y lo único que puedo añadir es que mi deuda está pagada. Debo advertir que Pesca considerábase un perfecto inglés en cuanto al lenguaje, lo mismo que por lo que respecta a su modo de vestir y de divertirse. Había logrado aprender algunas de nuestras expresiones más usuales y las prodigaba en su conversación por el solo gusto de pronunciarlas e ignorando la mayor parte de las veces su exacto significado. -Entre las casas de la buena sociedad londinense que frecuento yo para enseñar el idioma de mi país -continuó el profesor, entrando por fin en la esperada explicación y suprimiendo de raíz todo prólogo- hay una mucho más fina que todas las demás, situada en una gran plaza llamada Portland. Todos sabéis dónde está, ¿no es cierto? ¡Claro, claro, naturalmente! Esta casa aristocrática, queridos míos, alberga a una familia muy distinguida: una mamá bella y opulenta, tres preciosas señoritas, opulentas también, dos jóvenes hermosos y asimismo opulentos y un padre que es el más hermoso y opulento de todos, poderoso comerciante que apalea las onzas de oro, que también ha sido muy distinguido, pero que ahora, como quiera que se halla en plena calvicie y posee dos barbillas, no lo parece tanto. Bien. Atención ahora. Yo hablo del sublime Dante a las tres bellas señoritas. Pero, ¡ay, queridos míos! El lenguaje humano no basta para exponer la dificultad con que el sublime Dante penetra en aquellas lindas cabezas. Sin embargo, no importa. Todo requiere su tiempo, y cuanto más duren las lecciones, mucho mejor para mí. Repito que me prestéis atención. Figuraos ahora que estaba yo hoy, como cada día, dando mi lección a estas bellas señoritas. Los cuatro nos hallábamos en el Infierno , de Dante, en el círculo séptimo... Pero permitidme que no insista sobre esto, por cuanto para estas lindas muchachas todos los círculos de Dante son iguales. En el séptimo bostezaban, pues, a más y mejor. Yo, que Veíala dormirse por momentos, esforzábame en recitar y en explicar, consiguiendo tan sólo sofocarme con mi proverbial entusiasmo, cuando, de repente, me llega desde el pasillo un rumor de botas. No tarda en presentarse el opulento padre, con la cabeza calva y la doble barbilla. ¡Ah, queridos míos! Estoy más cerca del asunto de lo que creéis. ¿Me habéis escuchado pacientemente? No dudo de que en vuestro interior os habréis dicho: "Esta noche, Pesca trae más correa que nunca". Declaramos al unísono que le oíamos con profundo interés. El profesor continuó: -El opulento padre traía una carta en la mano y después de excusarse por molestarnos con los negocios de la tierra en nuestra visita a las regiones infernales, comenzó, como siempre empiezan los ingleses cualquier frase, con un inmenso: "¡Oh, oh, hijas mías! He recibido una carta de mi amigo el señor...". No recuerdo el nombre, pero ya volveremos sobre esto. Sí, si. "Así, pues", dijo el papá, "he recibido de mi amigo el señor N. una carta en la que me pregunta si no podría recomendarle a un buen profesor de dibujo que pudiera trasladarse a su casa de campo" ¡Dios me bendiga! Si me hubiera sido posible tener los brazos bastante largos para abarcar su humanidad hubiera cogido entre ellos, estrechándole contra mi corazón en un abrazo de gratitud, a aquel espléndido papá que había pronunciado tan magníficas palabras. Pero como todo esto no me era posible, me limité a moverme sobre mi asiento, como si me hubiera encontrado sentado en un trono de espinas. Sin embargo, nada dije y le dejé continuar. "¿Conocéis, tal vez?", preguntó el honrado comerciante, arrollándose la carta entre sus carnosos dedos, "¿conocéis, tal vez, mis queridas hijas, a algún profesor de dibujo a quien yo pueda recomendar?" Las tres se miraron unas a otras y contestaron respondiendo con el inevitable: "¡ 0h! Oh, no, querido papá. Pero aquí tenemos al señor Pesca". Al oír que mi nombre se pronunciaba, no pude contenerme más. Vuestro recuerdo, queridos míos, se me subía a la cabeza como si fuera sangre. Salté de mi silla y le dije en correcto inglés al poderoso comerciante: "Mi respetable caballero: yo tengo el hombre que usted necesita, el mejor profesor de dibujo del mundo. Recomiéndele hoy mismo por el correo de la noche y envíele con todo su equipaje, (frase eminentemente inglesa), con el tren de la mañana, temprano. "Bien, bien", exclamó el papá. " ¿Es un extranjero, o un inglés?" Inglés hasta los propios huesos, respondí. "¿Respetable?", preguntó el papá. Caballero, contesté vivamente, pues esta última pregunta me ofendió en lo más íntimo, caballero, la radiante llama del genio brilla en la frente de este esclarecido artista. Pero aun es más. Ha brillado antes en la de su padre. "No importa que tenga genio, señor Pesca", dijo el dorado y bárbaro papá. "En este país no nos interesa el genio si no se acompaña de la respetabilidad. Pero con esta condición última lo acogemos con sumo gusto. ¿Su amigo de usted, señor Pesca, puede presentar certificados que garanticen su corrección y respetabilidad?" Mo haya ganado. "¿Billete de Banco?", preguntó el padre con sorpresa. "¿Quién habla de billete de Banco? Digo un billete o nota para explicar las condiciones a las que se tendrá que someter su amigo. Continúe su lección, señor Pesca, y le daré un extracto de la carta de mi amigo". Dicho esto, el hombre se sentó ;, cogió la pluma, volví a mi Infierno de Dante y me acompañaron a él las tres lindas muchachas. La nota estuvo escrita al cabo de diez minutos, y de nuevo crujieron en el pasillo las botas del parda. Juro por mi alma y por mi honor, que desde ese momento ya no sé nada. La gratísima idea de que había logrado por fin encontrar la deseada oportunidad y que por mi mediación se había asegurado un brillante porvenir a mi queridísimo amigo, me embriagaba totalmente. Cómo logré salir y sacar a mis jóvenes y bellas discípulos de las regiones infernales; cómo pude llevar a cabo mis restantes quehaceres, y de qué modo ingerí mi modesta comida, son cosas para mí tan desconocidas como si hubieran ocurrido en la luna. Baste saber que estoy aquí con la nota del hombre hermoso y opulento en la mano y mas sofocado que si hubiera salido de un horno, pero mas feliz que un rey. ¡Ah, ah, ah! ¡Tres hurras por la Gran Bretaña¡ Y el buen profesor, al llegar a este punto, agitó sobre su cabeza la nota, terminando la voluble y prolija narración con un grito mitad italiano, mitad tirolés, pero que pretendía ser de un inglés purísimo. En cuanto el profesor hubo terminado, mi madre se levantó, y con las mejillas animadas y los ojos brillantes, cogió ambas manos del profesor y le dijo efusivamente: -Mi querido y buen amigo: no he dudado nunca de su cariño hacia Walter, pero ahora me siento más segura que nunca de él. -Sin duda alguna, todos estamos muy agradecidos al señor Pesca por su interés para con mi hermano -dijo Sara levantándose y acercándose a él. Pero viendo que el expresivo meridional cubría de besos las manos de su madre, se sentó de nuevo murmurando: -Si con mamá se permite estas familiaridades, ignoro lo que hará conmigo. Estas palabras, más que pronunciadas, fueron dichas con la expresión del rostro. A pesar de que yo también experimentaba una inmensa gratitud por el interés cariñoso de Pesca, no sentí interiormente la alegría que hubiera debido causarme la perspectiva que abría ante mis ojos aquel nuevo empleo. Cuando el profesor no encontró más besos que colocar en las manos de mi madre y yo le hube dado efusivamente las gracias por su interés amistoso hacia mí, le rogué que me permitiera ver el billete que el digno comerciante le había entregado. Pesca me dió el papel con un triunfal ademán de sus dedos. -Lea -dijo majestuosamente el hombrecillo-. Le prometo, mi querido amigo, que estas líneas trazadas por la mano del espléndido papá hablan por si solas. La nota estaba redactada en claros lacónicos términos. Me informaba de lo siguiente: "1°- El caballero Federico Fairlic, de la Casa Limmeridge, en Cumberland, necesita un profesor de dibujo de reconocida competencia, cuyos servicios habrán de ser utilizados durante un periodo aproximado de cuatro meses. "2°- Los deberes o servicios que éste profesor habrá de realizar serán dobles: dirigir la educación de dos señoritas en el arte de pintar acuarelas, y consagrar las horas libres en restaurar una valiosa colección de dibujos que se encuentran en un estado de total abandono. "3°- Los honorarios ofrecidos a quien haya de reunir cumplidamente las condiciones antedichas serán a razón de cuatro guineas semanales. Durante el tiempo convenido, el profesor habrá de residir en Limmeridge, donde recibirá el trato que corresponde a un caballero. "4°- Esta colocación no puede solicitarla nadie que no reúna excelentes referencias tanto profesionales como personales. Las referencias, deberán dirigirse a Londres, a las señas del amigo del señor Fairlie, quien tiene la correspondiente autorización para cerrar el trato." Todas estas instrucciones terminaban con el nombre y las serías del padre de las alumnas del buen profesor Pesca, con lo cual se daba fin a la nota o memorándum. Realmente, la perspectiva de una colocación semejante ofrecía gran número de alicientes. La colocación parecía tan fácil como agradable. En la época del año menos ocupada para mí se me hacía una excelente proposición. La remuneración, a juzgar por mi propia experiencia, era verdaderamente generosa. Comprendía perfectamente todo esto, y también que podía considerarme muy afortunado en el caso de conseguirla. Pero sin embargo tan pronto como hube terminado de leer la nota, sentí un deseo inexplicable de no volver a hablar más de aquel asunto. Jamás me pareció encontrar mi inclinación y mi deber en un desacuerdo tan profundo como en aquellos momentos. -Oh, Walter dijo mi madre, entregándome la nota después de haberla leído, tu pobre padre nunca tuvo tanta suerte. -Trato con gente distinguida -observó Sara, acomodándose en su butaca-, y, a lo que parece, según una perfecta igualdad. -Sí, claro. Realmente, las condiciones parecen muy agradables - ;añadí, impacientándome-. No obstante, antes de enviar mi referencia quisiera tener algún tiempo para reflexionar. -¡Reflexionar! -exclamó mi madre-. Pero, ¿te has vuelto loco, Walter? -¡Reflexionar! -repitió mi hermana-. Es inconcebible que hables así en estas circunstancias. -¡Reflexionar! -murmuró el profesor como un eco-. ¿Qué es lo que tiene usted que reflexionar? A ver, contésteme. ¿No se lamentaba usted de su salud? ¿No suspiraba por un soplo de aire campestre? Bien, ahí tiene usted un papel que le brinda bocanadas de purísimo aire durante cuatro meses. ¿Es, o no es así? ¡Ah! Creo que también me había usted dicho que no andaba muy bien de dinero. ¿Es que tal vez son despreciables cuatro guineas a la semana? ¡Por Dios, dénmelas a mí y ya verán ustedes cómo crujen mis botas lo mismo que las del papá, sabiendo el gran potentado que calzan! Cuatro guineas semanales, sin contar una buena cama, mejor comida, excelente té inglés, merienda, cerveza sin límite; y todo esto gratuitamente... Walter, querido mío, que Dios me perdone, pero, por primera vez en mi vida, no tengo ojos suficientes para mirarle a usted y no comprenderle. Ni la sorpresa de mi madre, ni las distintas ventajas de que había de disfrutar en ni¡ nuevo empleo fueron lo suficientemente eficaces para desvanecer la antipatía irrazonable que en aquellos momentos experimentaba hacia la Casa Limmeridge. Presenté distintas objeciones, todas las cuales fueron fácilmente rebatidas. Por último, me parece hallar una postrera, preguntando qué se había de hacer con mis discípulos de Londres, en tanto yo enseñaba a pintar a la acuarela a las hijas del señor Fairlie. Me contestaron que la mayor parte de aquéllos veranearían en esos meses, y los que quedaran en la ciudad estarían confiados a uno de mis compañeros, a cuyos discípulos también yo en una ocasión di lecciones durante un viaje que aquél hubo de llevar a efecto. Me recordó mi hermana que, precisamente, ese joven profesor de quien hablaron me habla ya ofrecido sus servicios en aquella estación, dado el caso de que yo hubiera pensado en efectuar algún viaje. Mi madre me dijo que no debía comprometer, por un capricho sin fundamento, el restablecimiento de mi salud, ni tampoco el adelanto en mi carrera. Pesca comenzó a gemir. Luego me suplicó que no rechazara aquella ocasión primera que tenía para demostrar la inmensa gratitud a aquel a quien había salvado la vida. La sinceridad y cariño evidentes con que todas aquellas observaciones estaban inspiradas hubieran bastado para torcer la decisión de un hombre dotado de cierta sensibilidad moral. Aun cuando no lograron convencerme, tuve, por lo menos, la virtud de avergonzarme de mi proceder y prometer gustosamente cuanto de mí quisieran. Con esto terminóse la discusión y todos se quedaron satisfechos. El resto de la velada transcurrió alegremente, efectuando comentarios humorísticos con respecto a mi futura vida de profesor en casa de las señoritas de Cumberland. Inspirado por nuestro grog nacional, Pesca, a quien se le subía a la cabeza dos minutos después de haber pasado por su garganta, pretendió asegurar su fama de perfecto inglés. Pronunció una serie de brindis en los que rápidamente hizo votos por la salud de los míos, la mí a propia, la del señor Fairlie y sus dos hijas. Por último, patéticamente, se dió a sí mismo las gracias en nombre de todos los favorecidos. -En confianza, Walter -me dijo con tono confidencial mi pequeño amigo, cuando ambos regresábamos a Londres-, me siento muy orgulloso de mi propia elocuencia. Mi pecho se inunda de ambición. Ya verá usted cómo me eligen miembro de vuestro noble Parlamento cualquiera de estos días. El sueño de toda mi vida es éste: Ilustrísimo señor Pesca, M. P. Al día siguiente envié las referencias pedidas al capitalista de Portland Place. Al cabo de tres días hube de suponer no sin una íntima satisfacción que mis referencias no debían de haber sido consideradas como insuficientes. No obstante, llego al cuarto día la contestación. Por ella supe que el señor Fairlie aceptaba mis servicios como profesor de sus hijas y esperaba que inmediatamente me dirigiera a Cumberland. En la postdata incluía las instrucciones necesarias para el viaje. Malhumorado, comencé a hacer los preparativos para llevar a cabo mi marcha al día siguiente. Ya de noche llegó, para despedirse de mí, el profesor Pesca. -El llanto que me ocasiona su ausencia -me dijo alegremente el pequeño italiano- lo enjugará la idea de saber que mi mano agradecida es la que le ha dado a usted el primer impulso para llegar a la fortuna y a la gloria. Vaya usted, pues, amigo mío. Cuando el sol brille en Cumberland (proverbio inglés) recoja usted la cosecha que le corresponda. Cásese con una de los jóvenes y llegue a ser el respetable Hartright, M. P. Y luego, cuando se encuentre en el auge de su carrera, recuerde que Pesca está aquí abajo y fue quien le proporcionó toda su suerte. Intenté sonreír a mi amigo ante su modo de despedirse, pero no me sentí capaz de dominar mi estado de espíritu. Algo me hería dolorosamente en lo más íntimo de mí ser, mientras él pronunciaba sus alegres palabras de despedida. Cuando volví a quedar solo no me quedaba más que hacer que dirigirme a Hampstead y despedirme de mi madre y de Sara. IV Durante toso el día, el tiempo fue excesivamente caluroso, y al anochecer hacia bochorno y el cielo estaba nublado. Mi madre y mi hermana tenían tantas últimas palabras que decir que era casi medianoche cuando el criado cerró tras de mí la verja. Apresuradamente me dirigí hacia Londres por el camino más corto, pero a los pocos momentos me detuve vacilando. Se habían disipado las nubes. La luna llena brillaba serenamente en el oscuro cielo. A mis pies envuelta en la niebla propia de los días sofocantes, aparecía la larga metrópolis. Pensé regresar a casa por el camino más sinuoso que hallase, para conseguir los solitarios y ventosos atajos bañados por la luna que cortaban el campo, y aproximadamente a Londres por el suburbio tomando el camino de Finchley y regresando, bajo el frío amanecer, por el lado occidental de Regent's Park. Encaminé mis pasos en esta dirección, disfrutando de la admirable soledad de la escena, contemplando los cambios suaves de luz y sombra que se encendían alternativamente en los campos a ambos lados de un camino. En tanto duro esta primera parte de mi paseo nocturno, mi mente, trastornada por las distintas impresiones que los cambios de paisaje me producían, no se ocupó en ninguna idea precisa, o, por mejor decir, no pensó absolutamente en nada. Unicamente cuando quedaron detrás de mí los campos y llegué; a la carretera, donde nada tenía que admirar, las ideas engendradas naturalmente en mis ocupaciones y costumbres se apoderaron de nuevo de mis pensamientos. Al terminar aquel camino me hallaba embargado totalmente por las visiones fantásticas de la Casa de Limmeridge, del señor Fairlie y de las dos señoritas cuya práctica en la acuarela en breve había de encontrarse bajo mi dirección. De este modo llegué a un lugar, encrucijada de cuatro caminos: el de Hampstead, por el que yo venía, el de Finchley, el de West End y el que conducía a Londres. Maquinalmente tomé este último y continué ensimismando caminando por la oscura carretera, pensando en el aspecto de las dos señoritas de Cumberland. De pronto se me quedó la sangre paralizada. Una mano, leve y súbitamente, se apoyo en mi hombro. Me volví con rapidez apretando los dedos en el puño de mi bastón. Allí, en medio del solitario y largo camino iluminado por los rayos de la luna, como si en aquel instante hubiese brotado de la tierra o caído del cielo, hallábase una figura solitaria de mujer vestida de blanco de pies a cabeza. Su cara inclinóse gravemente con una expresión interrogadora. Con su mano libre señalábame la neblina que envolvía a Londres. Me mostré tan sorprendido ante la rapidez de esta extraordinaria e inesperada aparición que no supe preguntarle lo que deseaba. Pero la extraña mujer habló primero. -¿Es éste el camino de Londres? -preguntó. La miré atentamente ante esta pregunta singular. Debía de ser entonces la una de la madrugada. Todo lo que pude distinguir a los rayos de la luna fue un rostro joven densamente pálido, demacrado e impresionante, cuyos contornos se agudizaban en las sombras; unos ojos grandes, de mirada seria y viva, labios nerviosos y trémulos de color castaño claro con reflejos dorados. Tenía una actitud tranquila y pausada, aunque un poco melancólica y expresando cierta desconfianza. A pesar de que no tenía precisamente las maneras de una dama, tampoco podía ser calificada como una mujer de humilde condición. El tono de su voz, a juzgar por sus palabras, me pareció mecánico. Hablaba con cierta rapidez. Sostenía con la mano una pequeña bolsa y todo su traje estaba compuesto por prendas blancas. Pese a mi inexperiencia, comprobé que no se componía de telas finas ni caras. Era esbelta y de mediana estatura. Nada indicaba el deseo de llamar la atención. Todo esto en cuanto pude observar en las circunstancias extraordinarias en que nos hallábamos. ¿Qué mujer sería aquella? ¿Qué ; hacía sola a semejantes horas en una carretera? Era para mí un misterio. Estoy seguro de que la mayoría de los hombres hubiera interpretado torcidamente su presencia en aquella hora sospechosa, y más aún en aquel no menos sospechoso lugar. -¿No me ha oído usted? -preguntó con la misma calma e igual rapidez, aunque sin manifestar ninguna impaciencia-. Le he preguntado si es éste el camino de Londres. -Sí -respondí-, éste es el camino. Va hasta St. Jhon's Wood y Regent's Park. Perdóneme si no le he contestado antes. Me sorprendió un poco su súbita aparición en el camino y estoy un poco aturdido. -¡Oh, señor! Supongo que no pensará usted mal de mí, ¿verdad? No he hecho nada malo. Sufrí un accidente. Me considero muy desgraciada encontrándome sola aquí y a estas horas. ¿Cree usted que he cometido alguna mala acción? Hablaba con una gran seriedad y extremadamente agitada. Se alejó unos pasos de mí y yo intenté tranquilizar su ánimo. -No tengo ningún motivo para sospechar de usted, señora -le dije-. Crea que mi único interés es poder serle útil. Digo tan sólo que me ha sorprendido su presencia en este camino, porque momentos antes de verla me pareció estar solo. Ella se volvió y me señaló con un ademán unos arbustos al lado del camino. -Oí sus pasos -dijo la desconocida-. Me escondí para saber primero quién era el hombre a quien había de interrogar. Esperé asustada y dudando a que usted pasara. Tuve entonces que seguirle y tocarle en el hombro. -¿Seguirme y tocarme en el hombro? ¿Por qué no hallarme? Hubiera sido más sencillo. Todo esto es muy extraño. -¿Puedo tener confianza en usted señor? -preguntó -. ¿Pensará usted mal de mí porque he sufrido un accidente? Se calló, confusa, y suspiró amargamente. Me conmovieron la soledad y el desamparo evidente de la mujer. El natural y generoso impulso de la juventud se impuso a un juicio desfavorable. Con mayor sinceridad que lo hubiera hecho otro de mayor experiencia que yo, le dije a la desconocida: -Puede confiar en mí para cualquier cosa que no sea desagradable. Si ha de explicarle la extraña situación en que se encuentra no hablemos de ello. No tengo derecho a interrogarla y el ruego tan sólo que me diga en qué puedo prestarle mi ayuda. -Es usted muy bondadoso y me satisface haberle encontrado. Por primera vez, al pronunciar estas palabras, se reveló en su voz un leve temblor emocionado. Sin embargo, ninguna lágrima empañó aquellos grandes y extraños ojos, que continuaban mirándome fijamente. -Solamente he estado una sola vez en Londres -añadió, cada vez más rápidamente-. No conozco nada y, obre todo, esta parte. ¿Cree usted que pudiera conseguir un coche, aunque sea de cualquier clase? ¿No será ya demasiado tarde? Si usted pudriera indicarme donde conseguir un vehículo y quisiera prometerme no tratar de intervenir en nada y dejar que me aleje cuando sea oportuno... Tengo un amigo en Londres y se alegrará mucho de recibirme. No necesitaré nada más. ¿Me lo promete? ¿Qué podía hacer? Un ser desconocido hallábase enteramente en mis manos, y ese extraño ser era una mujer abandonada. No había casa alguna en las inmediaciones, ni un solo transeúnte a quien poder consultar, y ningún derecho ni divino ni humano tenía para ejercer la menor vigilancia, aunque hubiera sabido cómo. Escribo estas líneas en un gran desconsuelo, porque en ellas quedan reflejadas las sombras que proyectan acontecimientos posteriores y que oscurecieron incluso el papel en que las escribo. Sin embargo, repito, ¿qué podía hacer? Lo único que se me ocurrió fue ganar tiempo, sondeándola y haciéndole preguntas. -¿Esta segura que su amigo de Londres la recibirá en una hora así? -Absolutamente segura. Prométame que me permitirá que le deje en el sitio y hora en que yo le desee, y también que no se mezclará en mis asuntos. Lo hará usted, ¿verdad? Repitiendo por tercera vez estas palabras, apoyó su mano, una mano delgada y fría, según pude comprobar cuando la separé de la mía, sobre mi pecho, con un movimiento de dulce firmeza. Me extrañó sentir halada aquella mano en una noche tan calurosa. -¿Lo promete? -Sí. Una palabra, la pequeña palabra familiar que está en los labios de todos, en todas las horas del día. ¡Desventurado de mí! Ahora tiemblo escribiéndola. Dirigimos nuestros pasos a Londres, caminando juntos en la primera hora sosegada de un nuevo día..., yo y aquella mujer, cuyo nombre, cuyo carácter, cuya historia, cuyos propósitos en la vida, cuya propia presencia a mi lado en aquel instante eran para mi un verdadero misterio. Era todo como un sueño. ¿Era yo realmente, Walter Hartright? ¿Sería aquél el conocido y vulgar camino de los suburbios de Londres, tan frecuentados los domingos? ¿Era cierto que no había transcurrido más de una hora desde el momento en que había dejado la tranquila y digna casa de mi madre? Estaba demasiado aturdido para hablar con mi extraña compañera durante los primeros minutos. De nuevo fue su voz la que quebró el silencio. -Quiero preguntarle una cosa -dijo de improviso-. ¿Conoce a mucha gente en Londres? -Sí. -¿Muchas personas de buena posición? Había un inconfundible tono de desconfianza en esta singular pregunta. Vacilé antes de contestar. -Algunas -dije, después de un momento de silencio. -¿Muchas?... -Se interrumpió y miráronme sus ojos con ansiedad-. ¿Muchas que poseen el título de baronet? Excesivamente asombrado para contestar, le pregunté a mi vez: -¿Por qué lo pregunta? -Porque espero, en interés mío, que exista uno de ellos quien usted no conozca. -¿Puede usted decirme su nombre? -No puedo... Y no me atrevería... Me olvido de mí misma cuando lo menciono. -Hablaba con voz alta y casi con fiereza. Levantó la mano cerrada, sacudiéndola en el aire con nerviosismo. Luego, haciendo un esfuerzo, logró dominarse, y bajando la voz, añadió: -Dígame usted los nombres que conoce. No podía dejar de complacerla en una cosa tan sencilla y mencioné tres nombres. Dos de ellos eran los padres de unas alumnas mías; el otro, el de un solterón que me invitó en cierta ocasión a efectuar una travesía en su yate, con objeto de dibujarle algunos paisajes. -¡Ah, no lo conoce usted! -exclamó ella con un suspiro de alivio-. ¿Es usted también aristócrata? ¿ Cuál es su título? -Ninguno, y estoy muy lejos de ello. Soy profesor de dibujo. Apenas hube pronunciado esta respuesta, y por cierto con alguna amargura, cuando con la rapidez que caracterizaba todos sus actos me cogió el brazo exclamando: -No es usted aristócrata ni tiene título. -Luego añadió, como si hablara consigo misma: -Gracias a Dios. Puedo confiar en él. Por consideración a mi compañera, había procurado, hasta ese momento, dominar mi curiosidad. Pero no pude más y le pregunté: -Parece que algún aristócrata le ha dado a usted serios motivos de queja. Me temo mucho que el baronet, cuyo nombre no quiere usted revelarme, le ha ocasionado alguna grave ofensa. ¿Será acaso él la causa de que esté usted aquí, a esta hora de la noche? -No me pregunte nada. No me hable de ello -respondió-. No me siento dispuesta ahora. Fui cruelmente tratada, cruelmente engañada. ¿Sería usted tan amable que caminara más deprisa y no me preguntara nada? Necesito todas mis fuerzas para procurar tranquilizarme. Continuamos nuestro camino con mayor rapidez. Durante más de media hora no cambiarnos una sola palabra. De vez en cuando, ya que no podía hacer otra cosa, dirigía una mirada furtiva a su semblante. Siempre era el mismo: los labios, nerviosamente contraídos; la frente ceñuda y fija la mirada ante sí, que sin embargo, parecía no ver nada de lo que tenía delante. Habíamos ya alcanzado las primeras casas y nos encontrábamos muy cerca del colegio de Weslegan cuando de pronto sus facciones perdieron su dureza y de nuevo habló: -¿Vive usted en Londres? -preguntó. -Sí, vivo en él -contesté. Pero pensando que tal vez ella contara conmigo para algo, me apresuré a añadir: -Sin embargo, mañana me ausentaré de Londres por algún tiempo. Me voy al campo. -¿Adónde? -preguntó-. ¿Al norte o al sur? -Al norte. A Cumberland. -¿Cumberland? -repitió la palabra con dulzura-. ¡Ah! ¡Me gustaría mucho ir allí! He sido muy feliz en Cumberland. De nuevo intenté levantar la punta del velo que se interponía entre ella y yo. -Tal vez haya usted nacido en la bella región de los lagos - insinué. -No -me repuso-. Nací en Hampshire, pero durante cierto tiempo frecuenté una escuela en Cumberland. ¿Lagos? No me acuerdo de los lagos. Es a la aldea de Limmeridge, o, mejor dicho, a la casa de Limmeridge, donde me gustaría ir. ¡Cuánto me gustaría volver a verla! Ahora me llegó a mí el turno de sorprenderme. En la excitación de mi curiosidad en que me hallaba en aquel momento, la referencia fortuita al lugar de la residencia del señor Fairlie en labios de mi misteriosa compañera me dejó mudo de estupor. -¿Cree usted que nos siga alguien? -preguntó temerosa, mirando el camino en todas direcciones. -No, no -contesté, reanudando la marcha-. Me ha sorprendido el nombre de Limmeridge, que no hace mucha oí pronunciar a ciertas personas de Cumberland. -No serían los míos -añadió melancólicamente-. La señora Fairlie murió, y también su esposo. Probablemente su única hija esté ya casada y no sé dónde se encontrará ni quién vive ahora en Limmeridge, como tampoco si existe alguien que lleve hoy su nombre. Lo único que sé es que yo los quería a todos, especialmente a la señora Fairlie. Pareció como si quisiera añadir algo más, pero al pronunciar la última palabra nos hallábamos ante la verja de la Road Avenue. Sentí que su brazo se contraía y, mirando ansiosamente, me preguntó: -¿Nos mira el guarda? No se veía al personaje aludido. Cuando pasarnos la verja, tampoco vimos a nadie. La vista de los faroles y las casas parecía alterarla y aumentar su impaciencia. -Este es Londres -dijo-. ¿No sabría usted decirme dónde podría encontrar un coche? Estoy cansada y asustada. Quisiera encerrarme en él y que me llevara muy lejos. Le expliqué que aun debíamos andar algunos minutos antes de llegar a una parada de coches de punto, de no ser que tuviéramos la suerte de encontrarnos con alguno libre. Enseguida procuré reanudar la conversación sobre Cumberland, pero fué en vano. Ahora la dominaba por completo, y no podía pensar ni decir otra cosa, la idea de encerrarse en un coche y que la llevara muy lejos. Apenas recorrimos la tercera parte de la Road Avenue vimos un coche de punto detenerse en la acera opuesta. Del carruaje descendió un caballero, que no tardó en desaparecer a través de la verja de un jardín. Llamé al cochero cuando éste se disponía a fustigar al caballo. Al cruzar la calle se exaltó tanto la impaciencia de la desconocida que casi me obligó a correr. -Es muy tarde -me dijo-. Estoy angustiada por ello. -Caballero, no puedo servirle -me dijo el cochero con cortesía, al abrir la puerta del vehículo-, de no ser que vaya usted por el camino de Tottenham. Mi caballo está muerto de cansancio y no es posible llevarle por un camino distinto del de la cochera. -Perfectamente. Yo sigo ese camino -dijo la desconocida con su acostumbrada rapidez, mientras con mi ayuda se instalaba en el carruaje. Antes de dejarla entrar comprobé que el cochero no estaba bebido y que era relativamente cortés. Una vez acomodada en el interior, le supliqué que me permitiera acompañarla, para saber con seguridad si había llegado felizmente a su destino. -No, no, no -exclamó con vehemencia-. No corro ahora ningún peligro. Me encuentro muy bien. Si es usted un caballero, recuerde lo que me ha prometido. Adelante, cochero. Le avisaré cuando haya de detenerse. Muchas gracias. ¡Oh, muchísimas gracias! Inesperadamente, cogió mi mano, que había apoyado en la ventanilla del coche, y la besó con rapidez, al mismo tiempo que el coche se ponía en movimiento. Quedé solo en la calle. Durante un momento tuve la idea de volver a detenerla. Ignoro por qué llamé al cochero, pero no lo bastante fuerte para que me oyera. El rumor de las ruedas se debilitó con la distancia. El coche perdiose luego al volver una esquina y con él desapareció la mujer de blanco. Transcurrieron diez minutos, poco más o menos, y continuaba yo todavía en la misma calle, paseándome distraídamente y deteniéndome a intervalos. Hubo un instante en que dudé de la veracidad de mi aventura. Otros momentos experimentaba la vaga sensación de no haber procedido bien, y, al mismo tiempo, me preguntaba qué es lo que debiera haber hecho para obrar bien. No me acordaba de lo que tenia que hacer, ni adónde tenia que ir. No tenía conciencia de nada. Mi cabeza se hallaba en un mar de confusiones. Entonces, fui devuelto bruscamente a la realidad, por el sonido cada vez más cercano de unas ruedas que se acercaban detrás de mí. Encontrábame entonces en el lado más oscuro de la calle, oculto en las sombras que proyectaban los enormes árboles del jardín, en el lado opuesto y mejor iluminado. A poca distancia, un guardia de seguridad, ante mí, caminaba lentamente en dirección a Regent's Park. El carruaje pasó por mi lado. Era un cabriolé abierto, en el que se encontraban dos hombres. -¡Alto! -gritó uno de ellos-. Aquí hay un agente. Le preguntaremos. El coche se detuvo muy cerca de donde yo me encontraba. -Guardia - llamó el que habló primero-, ¿ha visto usted pasar por aquí a una mujer? -¿Qué clase de mujer, caballero? -Una mujer con un vestido rojo. -No, no -interrumpió el que hasta entonces había estado silencioso-. El traje que se le dió se ha encontrado en la cama. Se ha debido de marchar con el mismo vestido con que vino. Una mujer vestida de blanco, señor policía. -No la he visto, caballeros. -Si la encuentra usted o cualquiera de sus compañeros, le ruego que, convenientemente acompañada, la lleven a las señas de esta tarjeta. Pagaré todos los gastos y habrá una excelente propina. El policía cogió la tarjeta, -¿Por qué hemos de detenerla? -Preguntó-. ¿Qué es lo que ha hecho? -Escaparse de un manicomio. No lo olvide, guardia. Una mujer vestida de blanco. Cochero, adelante. V ¡Escaparse de un manicomio! Realmente, no puedo saber cómo estas palabras cayeron sobre mí con el peso de una terrible revelación. Algunas de las extrañas preguntas que me hizo la mujer del traje blanco, después de conseguir de mí la poco meditada promesa de dejarla libre para obrar de nuevo a su antojo, me sugirieron la idea de una mujer excesivamente nerviosa o que tal vez se hallaba bajo la agonía de alguna desgracia o de un determinado terror, capaz de alterar el equilibrio de sus facultades mentales. Sin embargo, puedo afirmar por mi honor que no se me había ocurrido en ningún momento la idea de la locura, que asociamos todos a la palabra manicomio. Nada había visto en ella que pudiera despertar mis recelos o mi sospecha de que se tratara de una enferma peligrosa. Incluso ahora, ante la luz que arrojaba sobre ella las palabras dichas al guardia, no encontré tampoco nada, ni en sus palabras ni en sus ademanes, que hiciera presumir esta desgraciada dolencia. ¿Qué había de hacer? ¿Ayudar a una víctima a escaparse de la más horrible de todas las prisiones y dejarla después sola e indefensa en el inmenso Londres, abandonando así a una pobre criatura enferma, cuyos pasos y acciones tenia el deber de vigilar? Cuando esta idea se apoderó de mí sentí una angustia infinita y me reproché amargamente al comprender que era demasiado tarde para poder remediarla. Dado el estado de turbación en que me encontraba, era ya inútil pensar en acostarme cuando llegué a mi alcoba de Clement's Inn. Al cabo de pocas horas había de emprender mi viaje a Cumberland. Intenté leer un poco y dibujar después. Pero la mujer del traje blanco se interpuso entre mis ojos y el libro y paralizó mi lápiz. Aquella pobre criatura, ¿habría sufrido algún daño? Fué ésta mi primera idea, a pesar de que mi egoísmo trataba de desvanecerla de mi mente. Se sucedieron numerosos pensamientos no menos desagradables. ¿Dónde habría mandado parar el coche? ¿Qué habría sido de ella? ¿Habrían conseguido detener los caballeros del cabriolé ;? Aquella desventurada, ¿sería capaz de juzgar sus propias acciones? ¡Quién sabe si a pesar de seguir caminos tan distintos y separados habríamos de volver a encontrarnos en alguna ocasión que nos deparara la misteriosa fortuna! Fué para mí un consuelo el momento de cerrar mi puerta y despedirme de Londres y de los amigos y ponerme luego en marcha hacia una nueva vida con nuevos intereses. Incluso el ruido y confusión propios de las estaciones tan incómodos y molestos en otros momentos, sirvieron para calmarme y alejar de mi mente la idea fija que me perseguía. Siguiendo las instrucciones de mi viaje, me dirigí a Carlisle, donde había de tomar un tren secundario que se dirigiera a la costa. El viaje comenzó con poca fortuna. Entre Lancaster y Carlisle, la locomotora experimentó una avería y el retraso producido por este accidente me hizo perder el tren secundario en el que debía haber partido a continuación. Tuve que esperar varias horas. Cuando, por fin, el último tren me dejó en la estación más cercana a Limmeridge, era ya algo más de las diez de la noche. Estaba tan oscura que apenas pude encontrar el coche que me había enviado el señor Fairlie, Al cochero, sin duda, le molestó mi tardanza y se encontraba en el apogeo del respetuoso malhumor peculiar de los criados ingleses. Rodó; el vehículo a través de la oscuridad, sin que ni el cochero ni yo rompiéramos nuestro silencio. Los caminos estaban en muy mal estado, y la impenetrable oscuridad de la noche hacía la marcha muy lenta. Según mi reloj, transcurrió más de hora y media antes de que mis oídos advirtieran el rumor del mar y de que las ruedas rodaran sobre terreno arenoso. Después de haber atravesado la puerta de la tapia que rodeaba la finca llegamos a otra antes de la casa. A la puerta de ésta salió a recibirme un solemne criado sin librea, que me indicó que la familia se había retirado a descansar. Me acompañó luego a una habitación muy espaciosa en cuyo centro veíase una amplia mesa de caoba servida con una excelente cena. Estaba demasiado cansado y muy abatido para poder comer y beber mucho, especialmente bajo la vigilancia de aquel solemne criado que servía la solitaria cena a un modesto profesor, pero con la misma ceremonia como si se tratara de un banquete nupcial. Al cabo de un cuarto de hora estaba ya dispuesto a trasladarme a mi habitación. El criado me condujo a una alcoba muy bella, sencilla y elegantemente decorada. Dirigió una mirada en torno suyo, para convencerse de que todo estaba a punto y después de haber dicho: " El desayuno es a las nueve", se inclinó y desapareció en silencio. "¿Cuáles habían de ser mis sueños aquella noche?", pensé al apagar la luz. "¿La mujer del traje blanco? ¿Los desconocidos habitantes de esta casa?" Dormir en una mansión sin conocer a nadie, ni siquiera de vista, me producía una sensación muy extraña. VI Cuando, a la mañana siguiente, me levanté y abrí los postigos de la ventana de mi habitación, ante mis ojos se extendió; alegremente el mar iluminado por los espléndidos rayos del sol de agosto. En el horizonte formaban una raya azulada las costas de Escocia. Este espectáculo deslumbrador me produjo tal sorpresa, sintiéndome tan fatigado al ver las eternas paredes de ladrillo de Londres, que pareció como si entrara en mi una nueva vida, y numerosos pensamientos invadieron mi cerebro. Una confusa sensación de haber roto por entero con mi pasado me acometió, sin que por ello supiera cuáles eran las características de mi presente ni lo que el porvenir me reservaba. Todos los acontecimientos que días atrás se habían producido se desvanecieron en mi memoria como si pertenecieran a épocas muy remotas. El pintoresco modo con que mi amigo Pesca me dió conocimiento de las grandes ventajas de mi nuevo empleo, la despedida de mi madre y hermana, e incluso la aventura misteriosa que me había sucedido a mi regreso a Londres, todo parecía como si hubiera tenido efecto en las más lejanas épocas de mi vida. Aun a pesar de que la mujer vestida de blanco subsistía en mi recuerdo, había, sin embargo, palidecido y sus rasgos eran menos distintos. Minutos antes de las nueve me dirigí al piso bajo. El solemne criado que la pasada noche me recibiera volví a encontrarlo en el pasillo, y apiadado de mí, me acompañó al comedor. Inmediatamente se abrió la puerta, mi mirada se fijó en una mesa muy grande sobre la cual había servido un abundante desayuno. La habitación era espaciosa y poseía numerosas ventanas. Mis miradas se dirigieron de la mesa a una de aquéllas, a la que se había asomado una dama que, en este momento, me volvía la espalda. Me admiró la rara belleza de su silueta, y la gracia natural de su actitud. Era alta, pero no en demasía; esbelta y de admirables proporciones. Su cabeza, bien dispuesta sobre los hombros, tenía una cierta elegancia que no excluía de ella la firmeza. Su cintura era sencillamente perfecta, incluso para el hombre amante de la estética más exigente, pues ocupaba exactamente su lugar. Era de correctas proporciones y no parecía deformada por el corsé. La dama no advirtió mi entrada en el comedor, y durante algunos minutos pude recrear mi vista en la contemplación de tantas maravillas, hasta el momento en que moví una silla con objeto de distraer su atención. Rápida, se volvió hacia mí. La elegancia fácil de todos sus movimientos y de sus pasos casi felinos y firmes, al dirigirse a mi encuentro desde el lugar en que se encontraba, acentuaron mi impaciencia por ver de cerca su rostro. Había pensado antes, mientras estaba asomada a la ventana, que debía de ser morena. Ahora, al andar, pensé que sería joven. Pero al acercarse no pude por menos de exclamar interiormente, y no sin gran sorpresa mía, que era una mujer muy fea. Todos los errores de la naturaleza se señalaban en aquella mujer, sin que pudiera comprender cómo. Nunca, y de una forma tan rotunda, quedaba desmentida la promesa de belleza que había trascendido de su figura, como por aquella fisonomía. Su cutis era casi bronceado; la sombra de su labio superior podía calificarse casi de bigote; la boca era firme y demasiado grande, excesivamente varonil; tenía los ojos pardos y penetrantes, y en ellos se adivinaba una viva resolución; sus abundantes cabellos, de un tono negro azulado, crecían demasiado cerca de los ojos; su expresión, animada, inteligente y franca, estaba completamente falta de modestia y de dulzura, que constituyen el patrimonio del sexo débil, condiciones sin las cuales la más hermosa mujer no puede serlo, en realidad, nunca. El espectáculo de ese rostro sobre unos hombros que cualquier escultor hubiera tenido a orgullo modelar, el admirar las numerosas perfecciones de aquella figura excepcional, y encontrarse luego con una fisonomía de facciones completamente masculinas, producía un extraño malestar, muy parecido al que se experimenta durante las pesadillas, cuando en ella observamos contradicciones y anomalías que nos molesten vivamente y que por ningún medio podemos evitar. -¿El señor Hartright? -preguntó la joven. Y una graciosa sonrisa iluminó su rostro, que pareció dulcificarse al hablar. -Anoche -continuó- tuvimos que acostarnos sin tener el placer de saludarle. Le ruego que nos perdone por esta aparente falta de cortesía, y permítame que me tome la libertad de presentarme yo misma como una de sus nuevas discípulas. ¿Verdad que nos estrecharemos las manos? Supongo que sí, puesto que un día u otro habremos de hacerlo, y de momento ya tenemos esto adelantado. Estas curiosas palabras de bienvenida fueron pronunciadas por la joven con una voz clara y sonora, cuyo timbre era sumamente grato. La mano que me extendió, ciertamente grande, pero de líneas admirables, llegó a mí con la seguridad y la gracia propias de una mujer de excelente cuna y educación. Me rogó que me sentara a la mesa con toda franqueza y cordialidad, de tal modo que, inmediatamente, me pareció ; que la conocía de mucho tiempo antes, y que ambos éramos dos buenos amigos que se encontraban después de una larga ausencia, en lugar de dos desconocidos, como en realidad éramos, que se ven por primera vez. -Supongo que habrá llegado usted aquí de excelente humor y dispuesto a pasarlo lo mejor que le sea posible -siguió la joven-. De momento, tendrá usted que contentarse con que únicamente yo le acompañe en este desayuno. Mi hermana, por ahora, no puede salir de sus habitaciones, porque le aqueja ese padecimiento, esencialmente femenino que se llama jaqueca. Su institutriz, la señora Vesey, le hace compañía y le da de vez en cuando tazas de té. Nuestro tío, Mr. Fairlie, no se sienta nunca a la mesa. El estado de su salud no se lo permite, y continúa su vida de soltero retirado en sus habitaciones. En la casa no queda nadie más que yo. Sin embargo, hemos tenido aquí a dos amigas nuestras, que se marcharon ayer, las pobres, desesperadas. Esto no tiene nada de sorprendente. Durante todo el tiempo que ha durado su estancia aquí, y en virtud del estado de salud de mi tío, no nos ha sido posible presentarles a ningún ejemplar del sexo masculino con quien ellas pudieran charlar, bailar y esencialmente hacer el amor. Por tanto, la consecuencia inevitable de todo es que a nosotras no nos quedaba más solución que regañar, especialmente a las horas de comer. ¿Cómo quiere usted que cuatro mujeres coman solas todos los días en paz y sin discordia? Somos tan tontas que no nos es posible distraernos solas. Por lo que le digo, señor Hartright, puede usted darse cuenta perfectamente de que no me hago ninguna ilusión con respecto a mi propio sexo - hizo una pausa y preguntó-: ¿Prefiere usted té o café? -Y añadió luego, continuando la conversación-: Tampoco se las hace ninguna mujer, pero muy pocas tienen la franqueza de confesarlo. Parece como si le sorprendieran a usted mis palabras. ¿Por qué, señor Hartright? ¿Piensa usted, acaso, que le vamos a aguar el desayuno? En este caso, como buena amiga, le aconsejo que no tenga usted en cuenta ese jamón frío que tiene cerca del plato y que espere a que le sirvan la tortilla. Mientras tanto, le ofreceré un poco de té, para que se sienta más tranquilo. Yo haré todo cuanto pueda hacer una mujer, que en mi caso es bien poco, para contenerme y no hablar más. Diciendo esto me ofreció mi taza con una alegre sonrisa. Su divertida conversación y discreta confianza con un extraño se acompañaban de una total naturalidad y de un profundo dominio de sí misma. Aunque era imposible permanecer en su compañía frío y en reserva, lo era más aun tomarse la menor libertad ni siquiera de pensamiento. Lo sentí instintivamente mientras me contagiaba su comunicativa alegría. -Bien, bien -contestó ella, después de haberme disculpado yo por mi distracción-. Comprendo perfectamente que usted no conoce nada ni a nadie de aquí, y que le sorprenden mis familiares referencias con respecto a los dignos habitantes de esta casa. Ya le digo que lo comprendo y que debiera haberlo pensado antes. Sin embargo, trataremos de arreglarlo. Empezaremos por mi misma, ¿no le parece? Me llamo Marian Halcombe, y, por lo tanto, falto a la verdad, como hacemos generalmente las mujeres, considerando tío mío al señor Fairlie y hermana mía a su hija. Mi madre se casó dos veces, la primera con el señor Halcombe, mi padre, la segunda con el señor Fairlie, padre de mi hermanastra. Exceptuando el hecho de que ambas seamos huérfanas de madre, somos, en todos sentidos, bastante diferentes la una de la otra. Mi padre fué un hombre pobre, y el de la señorita Fairlie, un hombre rico. Yo nada tengo, y ella posee una fortuna. Yo soy morena y fea, y ella rubia y bonita. Todo el mundo dice que soy excéntrica y rara, y no sin razón, y todas consideran a mi hermana dulce y encantadora, y esto con mayor razón, sin duda. En una palabra, que ella es un ángel y yo... Pruebe usted esta mermelada, señor Hartright, y, por favor, en nombre de la corrección femenina, tenga la bondad de terminar esta frase, que a mi no me es posible. Con respecto al señor Fairlie, ¿qué puedo decirle? Le aseguro que no lo sé. Probablemente le mandará llamar después del desayuno, y mejor es que le juzgue usted por las propias impresiones que le produzca. Por mi parte, le informaré tan sólo diciéndole que es el hermano menor del difunto señor Fairlie, soltero y tutor de su sobrina. Yo no quisiera vivir sin ella, y ella no puede vivir sin mí. Por esta razón me encuentro en Limmeridge House. Mi hermana y yo nos queremos sinceramente, lo que probablemente, es inverosímil en estas circunstancias. Su posición, señor Hartright, es muy delicada, agradará usted a las dos, o no agradará a ninguna, y lo que es peor aún, habrá de contentarse con nuestra única compañía. La señora Vesey es una excelente persona. Posee todas las principales virtudes y, en realidad, es como si no existiese. Y en cuanto, al señor Fairlie, está demasiado enfermo para poder hacer compañía a alguien. Yo ignoro lo que le aqueja. Los médicos también, y él no sabe decirlo. Todos suponemos, no obstante, que son los nervios. Pero no sabemos qué decir. Sin embargo, le aconsejo que siga usted, cuando le vea, sus inocentes manías; admire su colección de monedas, de grabados y acuarelas, y ganará su corazón. Le aseguro que si le es a usted suficiente una vida campestre habrá de sentirse muy bien aquí, entre nosotros. Desde la hora del desayuno hasta la de la comida no tendrá usted más remedio que entretenerse con los dibujos del señor Fairlie. Luego, mi hermana y yo tomaremos nuestras cajas de colores y saldremos al campo con objeto de calumniar a la naturaleza, bajo su dirección. Su capricho favorito es dibujar (hablo, naturalmente, de mi hermana, no de mí), pero comprendo que las mujeres no podrán nunca llegar a dibujar bien. Su inteligencia es muy superficial y poco observadora su mirada. Sin embargo, no importa. A ella le gusta y por complacerla hay que emborronar papel y gastar colores con la gracia que pueda tener cualquier joven bien educado. Por lo que respecta a las noches, procuraremos por nuestra parte que las pase usted lo menos mal posible. La señorita Fairlie toca maravillosamente el piano. Yo no conozco las notas, pero sí podemos jugar una partida de ajedrez o ecarté, y, naturalmente, con las inevitables deficiencias femeninas, le puedo acompañar a jugar al billar. ¿Qué le parece este programa? ¿Cree usted posible soportar esta vida tan tranquila y monótona? ¿Estará usted tal vez deseando cambios y aventuras, y le acuciará el deseo de dejar inmediatamente los bosques de Limmeridge? Todo esto fué dicho con la sencilla gracia y espontaneidad que la caracterizaba, y sin otra interrupción por mi parte que los obligados murmullos de cortesía. Pero la palabra "aventuras", aun cuando había sido pronunciada con un sentido muy diferente, me recordó de pronto el encuentro con la mujer del traje blanco, y me propuse descubrir la relación que podría existir entre la desconocida fugitiva del manicomio y la difunta propietaria de Limmeridge Rouse. -Aun cuando yo fuera el más aventurero de los hombres -le dije-, le aseguro a usted, señorita que no tendría ningún interés en desear vivirlas, por lo menos durante algún tiempo. La noche antes de salir de Londres ya me ocurrió una cuyo recuerdo, se lo aseguro a usted, durará mucho más que el tiempo que habite en Cumberland. -¿Qué es lo que dice usted, señor Hartright? ¿ Puedo conocer esa aventura? -Tiene usted perfecto derecho. Su heroína me fué perfectamente desconocida, y tal vez lo sea también para usted. Pero sus labios pronunciaron con un equívoco acento de gratitud y cariño el nombre de la difunta señora Fairlic. -¡El nombre de mí madre! Me interesa, extraordinariamente. Le suplico que continúe. Conté entonces mi encuentro con la mujer del traje blanco, tal y como había ocurrido, y palabra por palabra repetí aquellas que ella dijo con respecto a la señora Fairlie. Los brillantes y resueltos ojos de la joven me miraron fijamente hasta que mi relato hubo terminado. En su rostro se pintaba el más vivo interés y la más grande de las sorpresas. Pero nada más. Evidentemente, ella estaba tan lejos de tener en sus manos la clave del misterio como yo mismo. -¿Está usted completamente seguro de que fueron esas las palabras que dijo con respecto a mi madre? -Completamente. Quien quiera que sea la mujer que pasé una temporada en Cumberland, debió, indiscutiblemente, de ser tratada con gran afecto por su señora madre, y en recuerdo de todas esas bondades, la pobre loca experimenta un sincero afecto por todas las personas que la rodearon. Ella no ignoraba que la señora y el señor Fairlie habían muerto, y habló de la señorita Fairlie como si la hubiese conocido de niña. -Pero, por lo que usted dice, esa desventurada no era de ¿verdad? -No. Dijo que era de Hampshire. -¿No tiene usted idea de cuál pueda ser su nombre? -No, ninguna. -Es muy extraño, pero por lo que usted dice, me parece que hizo usted bien devolviéndole la libertad, puesto que ningún acto justificaba el que se le privara de ella. No obstante, hubiera sido para mi una alegría el que usted hubiese conseguido saber su nombre. Hemos de averiguarlo. Creo prudente que no digamos nada de esto ni al señor Fairlie ni a mi hermana; con toda seguridad, ellos no saben más que yo de este asunto. Pero los dos, en muy distintos modos, son nerviosos y se excitan demasiado. Sólo conseguiría usted excitarles y alarmarlos sin provecho ninguno. Por lo que a mí respecta, me siento llena de curiosidad. Desde este instante me propongo consagrar todas mis energías a descubrir este misterio. Cuando llegó mi madre después de su segundo matrimonio, fundó la escuela del pueblo y ésta ha subsistido tal y como ella la dejó. Pero los antiguos maestros han muerto ya, y por ese lado nada podemos saber. De todos modos, es posible que exista un medio. Interrumpió nuestra conversación la llegada de un criado que me anunció seguidamente que el señor Fairlie tendría un gran placer en recibirme después del desayuno. -Espere usted en el salón -dijo la señorita Halcombe, contestando por mí al criado-. En cuanto termine, se apresurara a cumplimentar al señor Fairlie-. Y continuó en cuanto, hubo desaparecido el criado-: Decía que tanto mi hermana como yo tenemos mucha correspondencia de mi madre, dirigida a nuestros parientes. Como quiera que no tenemos, de momento, otros medios de información, mañana volveré a leer las cartas escritas desde aquí al señor Fairlie. Pasaba éste largas temporadas en Londres, y mi madre le escribía desde aquí todo lo que ocurría en la aldea. Sus cartas estaban repletas de anécdotas y alusiones No creo imposible poderle dar alguna pequeño noticia en cuanto volvamos a vernos. La hora de la comida señor Hartright, es a las dos. Tendré entonces el gusto de presentarle a mi hermana. Por la tarde daremos un paseo en coche y haremos que usted admire nuestros lugares favoritos. Así, pues, hasta las dos, señor Hartright. Y diciendo esto, me saludó con una inclinación de cabeza tan llena de adorable familiaridad como todo cuanto había hecho o dicho. Luego desapareció por una de las puertas laterales del comedor. Cuando se hubo marchado, dirigí mis pasos al salón, donde hallé al criado, y éste me llevó por primera vez a presencia del señor Fairlie. VII Mi acompañante me hizo subir de nuevo las escaleras, y en el mismo pasillo donde se encontraba mi alcoba abrió una puerta inmediata a ésta y me rogó que la cruzara. -Mí amo me ha ordenado que le enseñe a usted su sala particular y le pregunte si es de su gusto. Poco contentadizo hubiera tenido yo que ser para no darme por satisfecho. La ventana daba al mismo panorama que tan gratamente me había impresionado por la mañana desde mi dormitorio. Los muebles eran elegantes y de buen gusto. La mesa estaba abundantemente provista de libros lujosamente encuadernados, y de un también lujoso recado de escribir, como así ; mismo de un magnífico jarrón con frescas flores naturales. Sobre otra mesa, colocada al lado de la ventana, encontrábanse todos los materiales necesarios para el dibujo y la acuarela. Las paredes estaban adornadas, con cuadros de tonos claros, y el suelo, cubierto por una alfombra fina de color maíz con adornos rojos. Era uno de los más lindos y elegantes salones que yo había visto, y lo admiré con verdadero entusiasmo. El criado me pareció demasiado rígido y solemne para expresar la menor satisfacción. Se inclinó fría y ceremoniosamente cuando mis sinceros elogios se hubieron agotado, y volviendo a abrir la puerta, me dejó paso al corredor. Doblamos un recodo y nos adentramos por otro pasillo, a cuyo extremo se encontraban unos escalones, deteniéndonos ante una puerta que aparecía cubierta con una gruesa cortina de terciopelo azul. El criado levantó ésta, abrió la puerta y me introdujo en una especie de salón. Abrió después otra puerta, levantó ; una nueva cortina de seda de color verde pálido y casi murmurando dijo: -El señor Hartright -y cerró en cuanto hube entrado. El silencio que reinaba en la estancia era absoluto, y todo aquel lujo refinado, toda aquella luz y silencio eran el apropiado marco a la solitaria figura del dueño de la casa, recostado en un enorme sillón, en uno de cuyos brazos se encontraba un atril y al otro una mesa diminuta. Si pudiera precisarse por las apariencias la edad de un hombre que ha cumplido ya los cuarenta años y que acaba de salir del tocador, la del señor Fairlie había de pasar de los cincuenta, pero no llegar, sin embargo, a los sesenta. Su cara, escrupulosamente afeitada, estaba pálida y demacrada, pero carecía de arrugas. Su nariz era aguileña y en extremo afilada. Tenía los ojos grises y saltones, mostrando cercos rojos en torno a los párpados. El cabello era escaso y fino, y tenía ese color rubio ceniza que es el más tardo en encanecer. Vestía una levita oscura, de una tela especial, más fina que el paño, y pantalones y chaleco de una blancura inmaculada. Sus pies, casi femeninos por su pequeñez, estaban cubiertos por finísimos calcetines de seda y unas chinelas dignas de una mujer. Sus dedos aristocráticos lucían dos sortijas cuyo valor, incluso mis inexpertos ojos comprendieron que debía de ser muy grande. Tanto la habitación como el caballero ofrecían a mis miradas un conjunto frágil, lánguido, excesivamente refinado, notablemente singular y desagradablemente delicado para asociarlo todo a la idea de un hombre. Pero resultaba imposible transferirlo al personal, aspecto de una mujer. La conversación tan grata que había sostenido con la señorita Halcombe durante el desayuno me había predispuesto en favor de todos los miembros de la casa, pero no puedo asegurar que el señor Fairlie obtuviera a primera vista mis simpatías. Al acercarme más a él vi que no estaba tan desocupado como me había parecido. En medio de los numerosos objetos de arte que llenaban una mesa que se encontraba al alcance de su mano, hallábase un pequeño armario, de ébano con incrustaciones de plata, cuyos pequeños, cajones, forrados de rojo terciopelo, contenían toda clase de monedas de distintas épocas y tamaños. Uno de ellos, descansaba sobre la mesita que se encontraba al lado del brazo de la butaca, y cerca de él veíanse unos minúsculos cepillos como los usados por los joyeros, un trozo de gamuza y un pequeño frasco con un líquido desconocido, es decir, todo lo que debe emplearse en la perfecta limpieza de las monedas. Sus blancos y frágiles dedos jugueteaban negligentemente con lo que mi inexperiencia consideró un informe pedazo de metal abollado por las orillas. Entonces me detuve a respetuosa distancia para saludarle con una inclinación de cabeza. -Es para mí un gran placer ver a usted en esta casa, señor Hartright -dijo con voz agria y ronca, cuyo tono alto y discordante se acordaba de una forma desagradable con una modulación muy lánguida-. Le ruego que se siente, pero sin mover las sillas. Mis nervios están en un estado lamentable, tanto, que el menor ruido es para mí un tormento. ¿Ha visto usted las habitaciones que le he destinado? ¿Merecen su aprobación? -Acabo de ver el saloncito, señor Fairlie, y le aseguro a usted... Cortó la frase, cerró los ojos y extendió una de sus blancas y transparentes manos. Me quedé sorprendido, y pronto la voz del señor Fairlie me expuso con una especie de cacareo la causa de aquel ademán. -Perdóneme usted, pero, ¿le sería posible hablar con un tono más bajo? En el terrible estado en que se encuentran mis nervios, cualquier ruido es para mí una tortura insoportable. Disculpe usted a un enfermo, pero considere el fatal estado de mi salud como lo que me obliga a hacer estas advertencias a todos los que se encuentran a mi lado. ¿De veras le gustan a usted las habitaciones? -No se me hubiera ocurrido desearlas más lindas ni más cómodas -contesté con voz baja y empezando a descubrir que la egolatría del señor Fairlie y el estado de sus nervios eran una misma cosa. -Me felicito de ello. Aquí no encontrará usted más que personas deseosas de hacerle lo más llevadera posible su vida en estos lugares. En esta casa no se participa de las mezquinas ideas inglesas con respecto a la posición social de los artistas. En mi he viajado bastante, tanto, que puedo decirse he mudado de naturaleza con respecto a este particular. Me gustaría estar en condiciones de poder afirmar lo mismo en cuanto a la aristocracia, palabra detestable, pero que no tengo más remedio que emplear en este momento, en cuanto a la aristocracia de la vecindad. Todos, señor Hartright, son totalmente profanos en cuestiones de arte. Son gente que se hubiera quedado confundida de sorpresa si hubieran visto recoger a Carlos V los pinceles del Tiziano. ¿Quiere usted hacerme el favor de trasladar este cajoncito a aquella mesa, y alcanzarme otro? Mis nervios me impiden el menor ejercicio... Así. Es usted muy amable. Esta subrepticia orden, como comentario final a la amplia teoría con la cual me había distinguido, no dejaba, sin embargo, de tener gracia. Trasladé el cajoncito con toda la cortesía que me fué posible, y le entregué el que me pedía. Comenzó entonces a jugar con la nueva colección de monedas y los cepillitos, mirando y remirando con languidez a las primeras mientras me hablaba. -Muy agradecido, y de nuevo discúlpeme. ¿Siente usted algún interés por las monedas antiguas? ¿De veras?... Vaya. Tenemos entonces otro lazo de unión además del arte. Y con respecto a mis proposiciones económicas, ¿le satisfacen a usted? -Completamente, señor Fairlie. -Me alegro muchísimo, y... ¿qué más tengo que decirle? ¡Ah, sí!, ya me acuerdo. Algo con respecto a la insignificante remuneración que usted se digna aceptar a cambio de sus conocimientos artísticos. Mi mayordomo tiene el encargo de satisfacer la cuenta al fin de cada semana. ¿Algo más?... Curioso, ¿no es cierto? Sé positivamente que tengo mucho más que decirle, pero, según parece, se me ha olvidado por completo. ¿Tiene usted algún inconveniente en hacer sonar esa campanilla? De nuevo, muy agradecido. Llamé y otro criado apareció en silencio, un extranjero, sin duda alguna, con una eterna sonrisa en los labios, los cabellos muy planchados, el ayuda de cámara, por antonomasia. -Luis -dijo el señor Fairlie con sonador acento, limpiándose la punta de los dedos con unos de los diminutos cepillos-, he hecho esta mañana algunas apuntes en mis libretas. Búsquelas. Perdóneme señor Hartright, temo incomodarle. Como quiera que cerrara él los ojos antes de que me fuera posible contestar, y como, en efecto, me estaba molestando extraordinariamente, continué en silencio y me puse a admirar la Virgen de Rafael. Discretamente salió el criado de la habitación, volviendo a poco con unas pequeñas libretas con tapa de marfil. El dueño de la casa, aparentando un extremo cansancio, emitió un débil suspiro y entreabrió los ojos. Tomó luego el librillo de marfil, y levanto la otra mano con el cepillito, como si quisiera decir al criado que esperara sus nuevas órdenes. -Si, es ésta -dijo, consultándola-. Luis, quite usted de ahí ese infolio -y señaló uno que se encontraba cerca de la ventana, en un estante de caoba-. No, no; el encuadernado en piel verde. En ese se encuentran mis grabados de Rembrandt. ¿Le gustan a usted los grabados, señor Hartright? ¿Sí? Me encanta. Otro vínculo más que une nuestra amistad. El infolio de la encuadernación roja - continuó-. Por Dios, no se le caiga. No puedo explicarle, señor Hartright, el sufrimiento que experimentaría si a Luis se le cayera. ¿Está seguro sobre esa silla? ¿Quiere usted hacerme el obsequio de comprobarlo?... ¿Sí? Muchas gracias. ¿Sería usted tan amable de hojear esos dibujos, si tiene la seguridad de que no han de caerse? Puede usted retirarse, Luis. ¡Es un imbécil! ¿Por qué no recoge el librillo? ¿No está usted viendo que me canso? ¿Por qué espera a que yo se lo mande? De nuevo, señor Hartright, le ruego que admita mis excusas, pero estos criados son unos asnos, ¿no es verdad? Dígame ahora qué le parecen esos dibujos. Los adquirí en una almoneda y están en un lamentable estado. Se me figura que huelen horriblemente a comerciante, y que incluso se ven en ellos impresos los poco aseados dedos. ¿Podría usted, encargarse de su restauración? Aunque mis sentidos no eran lo suficientemente finos para advertir el plebeyo olor que molestaba tanto a las aristocráticas narices del señor Fairlie, mi gusto, sin embargo, estaba lo bastante cultivado para permitirme apreciar el valor de aquellos dibujos mientras los examinaba. En su mayor parte eran valiosos ejemplares del arte inglés de la acuarela, y merecí ;an, indiscutiblemente, un trato mucho mejor que el que parecían haber sufrido en manos de su anterior dueño. -Los cartones -comencé a decir- necesitan una completa restauración, y creo que la merecen. -Perdóneme -interrumpió el señor Fairlie-, ¿no tomará usted a mal que cierre los ojos? Incluso esta luz es demasiado fuerte para ellos. ¿Me decía usted?... -Que estos cartones merecen, a mi juicio, una cuidadosa restauración, todo el tiempo, el trabajo... De pronto, el señor Fairlie abrió los ojos, y con una expresión de exagerada alarma dirigió su mirada en dirección a la ventana. -Le ruego que me perdone -dijo casi murmurando pero estoy seguro de haber oído gritar a unos niños en el jardín, en mi jardín privado, precisamente aquí, debajo de mi ventana. -No sabría decirle, señor Fairlie -respondí- ;. No he oído nada. -Le quedaré muy agradecido... Ha tenido usted ya muchas consideraciones con mis pobres nervios. Repito que le quedaré muy agradecido si tiene usted a bien correr una punta de la persiana y comprobarlo. Por Dios, le ruego que no deje entrar un rayo de sol, señor Hartright. ¿Ha corrido usted ya la persiana? ¿Sí? Pues hágame el favor de mirar a ver si ve a alguien en el jardín. Cumplí el nuevo encargo. El jardín estaba provisto de una cerca excelente y en su interior no veíase a ninguna criatura humana, ni grande ni pequeña. Rápidamente comuniqué la grata nueva al enfermo. -Le quedo muy agradecido, señor Hartright. Sin duda han sido ilusiones mías. Gracias a Dios, no hay criaturas en casa. Pero esta servidumbre, que ha nacido sin nervios, a lo mejor hubiera consentido la presencia en el jardín de algún chiquillo de la aldea. Son unos granujas. ¡Dios mío, qué granujas! ¿Tendré valor para decírselo, señor Hartright? A mi parecer, se está imponiendo una modificación en la construcción del ser humano. Según parece, la única idea de la naturaleza al construir a estos seres fué producir una máquina de ruido incesante. ¿No cree usted mucho más acertado la concepción: de nuestro divino Rafael? Señaló el cuadro de la Virgen. En su parte superior veíanse a varios querubines, característica del arte italiano, que asomaban sus celestiales cabecitas entre blancas nubes. -Sería un modelo de familia -exclamó el señor Fairlie, señalando a los querubines-. Caras lindas, redondas, alas suaves y blancas, y nada más. Nada de piernas sucias, correr, meterse por todos partes, ni un asomo de pulmón con que poder gritar. ¡ Qué magníficamente superior es todo esto a la construcción actual! Si me lo permite usted, volveré a cerrar los ojos. Así, ¿decía usted que es posible el arreglo de los cartones? ¡Oh, cuánto me alegro! ¿Tengo, algo qué decir? No sé. Si lo tengo, lo he olvidado por completo. Llamaremos a Luis. Me acometían tan vehementes deseos de acabar con aquella entrevista, que decidí hacer innecesaria la intervención del criado, y me dispuse a marchar por mi cuenta y riesgo. -Lo único que queda por discutir, señor Fairlie, es el plan de enseñanza que he de seguir con las dos señoritas. -¡Ah, precisamente! -contestó-. Me gustar a poder tener fuerzas para tratar de este asunto. Pero no las tengo. Ellas, que han de aprovechar su talento, que lo decidan por sí mismas. Mi sobrina es una aficionada a su arte encantador, y sabe lo suficiente para reconocer sus numerosos defectos. Le ruego que se interese cuanto pueda por ella. ¿Hay otra cosa?... No. Estamos completamente de acuerdo, ¿no es cierto? bien, no tengo derecho a retenerle más. Me encanta ver que coincidimos en todo. ¡Qué gran descanso se experimenta después de haber trabajado tan intensamente! ¿Le molestará a usted llamar a Luis para que le lleve a su habitación los cartones? -Si usted me lo permite, señor Fairlie, yo mismo los llevaré . -¿De veras no le molestará el hacerlo? Tendrá usted bastantes fuerzas? ¡Qué dicha poder ser tan robusto! ¿Tiene usted la seguridad de que no se le caerán? Es para mí una gran satisfacción ofrecerte esta residencia mía de Limmeridge. Por mi desgracia, mis sufrimientos no me permitirán disfrutar continuadamente de su compañía. ¿Me autoriza usted a rogarle que tenga el mayor cuidado en no cerrar las puertas de golpe ni dejar caer los dibujos? Muchísimas gracias. Corra usted la cortina suavemente. El menor ruido me hiere como un cuchillo. Buenos días. Cuando hube corrido la cortina verde y cerrado las dos hojas de la puerta, me paré un instante en el salón cuadrado que daba acceso a la habitación de donde acababa de salir, y emití un suspiro de honda satisfacción. Encontrándome, por fin, fuera de la alcoba del amo de la casa, experimenté la misma sensación de haber salido a la superficie del agua, después de haber permanecido en ella durante largo tiempo. En cuanto me encontré cómodamente instalado en el bello salón que me destinaron, tomé la primera resolución, que fué la de no volver a dirigir mis pasos a la habitación del señor Fairlie, excepto en el caso, muy improbable, de que éste me honrara con una invitación especialísima para efectuarle una visita. Decidido satisfactoriamente mi plan de conducta con respecto al señor Fairlie, no tardé en recobrar la serenidad de ánimo de que momentáneamente me había privado la altanera familiaridad e imprudente cortesía de mi amo actual. Las siguientes horas de la mañana transcurrieron para mí contemplando con atención las acuarelas, arreglándolas por series, cortando sus márgenes destrozados y llevando a cabo los trabajos preliminares para emprender definitivamente la restauración. Tal vez hubiera podido adelantar algo más en ello, pero al acercarse la hora de la comida me sentí tan inquieto y nervioso, que me fué de todo punto imposible fijar mi atención en el trabajo, aunque éste era tan sencillo. A las dos en punto bajé de nuevo al comedor, operación que hice no sin alguna ansiedad. Ignoro por qué al acercarme a ese lugar de la casa se despertó en mí un secreto interés. Mi presentación a la señorita Fairlie acercábase por momentos. Además, si las investigaciones que pensaba hacer la señorita Halcombe en las cartas de su madre habían dado el resultado que apetecíamos, no tardaría en aclarar el misterio de la mujer del traje blanco. VIII Al entrar en el comedor bailé sentadas a la mesa a la Señorita Halcombe y a una señora de cierta edad. Era ésta la antigua institutriz de la señorita Fairlie, descrita por la mañana por mi graciosa compañera de desayuno como una persona que posee todas las virtudes primordiales y que, sin embargo, no sirve para nada. No puedo por menos de testimoniar aquí mi admiración con respecto a la señorita Halcombe por la fidelidad de su retrato. La señora Vesey parecía la personificación de la humana compostura y de la amabilidad femenina. La sonrisa plácida de su rostro casi redondo mostraba el tranquilo disfrute de una vida apacible. Algunos de nosotros parece como si resbaláramos a través de la vida, otros, en cambio, la atraviesan a saltos. La señora Vesey pasó por la vida sentada; sentada en casa de la mañana a la noche; sentada en el jardín; sentada junto a la ventana; sentada en sillas portables cuando se trataba de ir a paseo; sentada antes de mirar alguna cosa; sentada antes de iniciar una conversación; sentada antes de contestar afirmativa o negativamente, y sentada siempre con la misma plácida sonrisa y la misma actitud de benevolencia distinguida y análoga posición de brazos y de manos; aunque las circunstancias fueran completamente distintas. Una dulce, inofensiva e inalterablemente tranquila señora, para quien ninguna ocasión sugería la idea de haber estado viva algún día, desde el de su nacimiento. -Veamos, señora Vesey -comenzó la señorita Halcombe, que parecía más vivaz y despierta en comparación con aquella señora inexpresiva-, ¿qué es lo que desea usted tomar? ¿Prefiere una chuleta? La señora Vesey cruzó plácidamente sus manos en el borde de la mesa y, sonriendo con análoga placidez, dijo: -En efecto, querida. -¿Qué es lo que tiene usted ahí, señor Hartright? Gallina hervida, ¿verdad? Me parece que le gusta a usted más la gallina que las chuletas, ¿no es verdad, señora Vesey? La aludida separó las manos del borde de la mesa y las cruzó sobre su falda. Miró luego contemplativamente a la gallina y dijo: -En efecto, querida. -Bien, entonces, ¿qué es lo que usted quiere tomar hoy? El señor Hartright le servirá a usted la gallina, ¿o prefiere que le dé yo la chuleta? La señora Vesey separó las manos de su falda y las colocó de nuevo sobre el borde de la mesa. Vaciló un instante y dijo por último: -Como usted guste, querida. -Vaya por Dios. No ha de ser como a mí me guste, sino como a usted le plazca. Será mejor que tome usted de ambas cosas, empezando por la gallina, pues veo que el señor Hartright está impaciente por servírsela. La señora Vesey levantó una de sus manos de la mesa, sonrió ; de nuevo y, dedicándome una inclinación de cabeza, me dijo: -Muchas gracias, caballero. He de repetir que era para mí una dulce, imperturbable e inofensiva señora, pero, por ahora, no hablemos más de la señora Vesey. Hasta aquel momento no había visto ni la menor señal de la señorita Fairlie. Terminamos la comida sin que ésta apareciera. La señorita Halcombe, a cuyos penetrantes ojos nada podía escapar, se dió cuenta de que mis miradas se fijaban de vez en cuando en la puerta. -Le comprendo perfectamente, señor Hartright. Usted se pregunta, sin duda, qué es lo que se ha hecho de su segunda discípula. Se lo diré yo. Ha logrado que se le pasara la jaqueca y ha bajado al comedor, pero aun no tenía el suficiente apetito para acompañarnos. Si le parece a usted bien ponerse a mis órdenes, creo que conseguiremos encontrarla en algún rincón del jardín. Cogió la sombrilla, que se hallaba al lado de una butaca, y se dispuso a cumplir su ofrecimiento, saliendo del comedor por una puerta que conducía directamente al jardín. Creo inútil añadir que abandonamos a la sonriente señora Vesey, sentada todavía a la mesa y, al parecer, con la intención de continuar allí durante todo el resto de la tarde. Al pasar por uno de los senderos, me miró la joven moviendo la cabeza. -Su misteriosa aventura -me dijo- continúa aún envuelta en una oscuridad impenetrable. He pasado toda la mañana leyendo las viejas cartas de mi madre, y hasta ahora no he conseguido hacer ningún descubrimiento. No obstante, no desespere usted, señor Hartright. Es un asunto muy interesante y tiene por aliada a una mujer. En estas condiciones, tarde o temprano el éxito es seguro. Aun me quedan por mirar más de tres paquetes de cartas, y puede usted estar seguro de que me enteraré esta tarde de lo que dicen. Sin embargo, también sobre este particular vi defraudadas mis esperanzas. Sin saber por qué, empecé a temer que mi presentación a la señorita Fairlie constituyera un nuevo desencanto para las ilusiones que desde la hora del desayuno me había formado. -¿Qué tal se ha entendido usted con el señor Fairlie? -Me preguntó al abandonar el paseo por una senda sombría, la señorita Halcombe-. ¿Se sintió usted muy nervioso esta mañana? Señor Hartright, no necesita usted pensar tanto su contestación. Sólo con pensarla me deja usted que la adivino, y me parece leer en su cara que le ha hallado usted en una de sus crisis. Como no quiero que participa usted ahora de su estado, no quiero preguntarle más. Hablando de este modo salimos a una plazuela, en la que se encontraba un pabellón semejante a una casa suiza en miniatura. La única habitación estaba ocupada por una joven, que en aquel momento se encontraba de pie ante una mesa rústica, contemplando el paisaje desde una ventana; en la mano tenía un álbum de dibujos, cuyas hojas volvía distraídamente. Era la señorita Fairlie. ¿Cómo describirla? Y, sin embargo, no me era posible separarla de mis propias sensaciones y de todo cuanto después había sucedido. ¿Puedo verla ahora como la primera vez que mis ojos la contemplaron? Ante mí tengo en este momento la acuarela que tiempo después hice de Laura Fairlie, en la misma actitud y en el mismo lugar en que entonces se encontraba, y la representa tal y como era en aquel instante. La miro y la veo destacarse sobre el fondo verdioscuro de la ventana abierta. Es una figura esbelta y leve como la de una Hada, sencillamente vestida con un traje de fina muselina, cuyo dibujo estaba formado por grandes rosas blancas y de azul claro. Un chal de gasa, también azul, caía de sus hombros con una gracia natural. Cubría su cabeza un sombrero de paja del mismo color, sin otro adorno que un lazo armonizando con el tono del vestido. Una sombra suave y perlada velaba la parte superior de la cabeza. Su cabello era de un castaño muy claro, ceniciento casi, pero más claro y más brillante aún que si fuera dorado; estaba dividido en dos partes, según un peinado sencillo, formando rizos naturales sobre su frente. Sus cejas eran un poco más oscuras que el cabello, y los ojos tenían ese asombroso azul turquesa tantas veces cantado por los poetas y tan pocas visto en la vida real; ojos bellos por el color, por la forma, grandes, tiernos, inteligentes y apacibles, pero bellos particularmente por la mirada de profunda lealtad que brillaba en ellos y que a través de todos sus cambios de expresión persistía como un rayo de purísima luz procedente de un mundo mejor. El suave pero penetrante encanto que trascendía su rostro cubría y transformaba sus pequeños y humanos lunares, de tal modo, que era muy difícil poder aquilatar el verdadero mérito de los demás rasgos. Había mucho que mirar antes de descubrir que la parte inferior del rostro se afilaba hacia la barbilla para poder llamarse un óvalo perfecto; que la nariz, en lugar de la curva aguileña, siempre dura y cruel en una mujer, aun considerada bella abstractamente, inclinábase un poco en sentido contrario, perdiendo así la línea griega, y que, además, los dulces y maravillosamente dibujados labios tenían una especie de contracción nerviosa, que los inclinaba ligeramente hacia el lado izquierdo al sonreír. Es muy posible que se puedan notar estos defectos leves en el rostro de otra mujer, pero no lo era observándolos en el suyo. Estaban íntimamente ligados con todo lo que era individual y característico en su expresión, y esta impresión, que difundíase sobre todas las facciones, parecía adquirir su primer impulso en aquellos incomparables ojos celestes. Entre todo el número de sensaciones que experimenté al fijar mi mirada, por primera vez en ella, sensaciones que conocemos todos, que la vida hace surgir en casi todos los corazones, que mueren en muchos de ellos y con igual intensidad se renuevan en muy pocos, había, entre todas, una que era la que más me confundía y molestaba. Mezclada con la impresión vivísima que me había producido el encanto de su hermoso rostro, armoniosa figura y sencillez encantadora, hubo otra que por caminos tortuosos me indujo a pensar que faltaba algo. Pensaba unas veces que provenía de ella la falta, otras que era de mí. Y todo esto me impedía comprenderla como se merecía. Cuando me miró, la impresión se hizo más intensa, es decir, cuando pude apreciar toda la armonía y belleza de su rostro, acentuóse también la perfección de algo incompleto que yo no podía descubrir. "Falta algo, falta algo", me repetía una voz interior, y no podía precisar el qué ni donde se encontraba la falta. Este capricho de mi imaginación no era lo más a propósito para permitirme ser dueño de los actos en mi primera entrevista con Laura Fairlie. Me fué casi imposible corresponder a sus frases afectuosas de bienvenida, tal y como la cortesía más elemental ordena. La señorita Halcombe, dándose cuenta de vacilación y considerándola, sin duda, y con bastante acierto, como consecuencia de un acceso de mi timidez, se propuso, con su natural viveza, animar nuestra conversación. -Vea usted aquí, señor Hartright -dijo, señalando el álbum de dibujos y la bella mano que pasaba las hojas-, creo que estará usted de acuerdo conmigo en que por fin, ha encontrado una discípula modelo. En el instante en que se ha enterado que usted sé hallaba en nuestra casa, ha comenzado a mirar los árboles y se le hace tarde para empezar. La señorita Fairlie rió de tan buen humor, que pareció su risa un rayo de sol iluminando aquella hermosa tarde. -No puedo enorgullecerme de lo que no es cierto -dijo la niña, y su mirada clara y franca nos miró alternativamente-. Tengo una gran afición por la pintura, pero soy la primera que está convencida de mi ignorancia. Y no sé si tengo miedo o deseo empezar. Sabía que había llegado usted ya, señor Hartright, e instintivamente me he puesto a repasar mis trabajos, como acostumbraba a hacer con mis lecciones, cuando niña, temiendo que no fueran presentables. Dijo esto con graciosa sencillez y seriedad infantiles, y volvió a observar las páginas de su álbum. La señorita Halcombe cortó aquella pequeña confesión con sus particulares y resueltas maneras. -Buenos malos o regulares, los dibujos de la discípula han de pasar por el severo fallo del maestro. No hay mas que hablar. ¿Qué te parece, Laura, si nos los lleváramos ahora y dejáramos que el señor Hartright los examinara entre los tumbos que ha de dar el coche al pasar por los baches de la carretera? ¿Si consiguiéramos, además, que se confundiera con estos tumbos cuando mire al paisaje y no vea la diferencia entre la naturaleza tal como es y tal como no es en nuestros álbumes? Tal vez consiguiéramos dejarle en tal estado de desesperación, que hasta nos dedique algunos cumplidos y pasen estos trabajos nuestros entre sus dedos expertos sin perder, ninguna de las llores de su vanidad. -Confío en que el señor Hartright no me dirigirá ningún cumplido -dijo Laura al salir del pabellón. -¿Puedo permitirme preguntar -dije yo, dirigiéndome a ella por primera vez- el motivo de este deseo? -Es muy fácil, me creería todo, cuanto usted me dijera - ;contestó con sencillez. Estas palabras me dieron la clave del conocimiento de su carácter. La confianza generosa en los demás era consecuencia de la lealtad y rectitud de su proceder. Lo comprendí entonces por instinto, y hoy lo sé por experiencia. No perdimos más tiempo que el necesario para avisar a la señora Vesey, que continuaba sentada ante la mesa del comedor. Terminó así esta primera parte, o, mejor, este prólogo, antes de llegarnos al coche y dar comienzo nuestro prometido paseo. La digna viuda y la señorita Halcombe ocuparon la parte delantera, y la señorita Fairlie y yo nos sentamos ante ellas con el álbum sobre las rodillas y entregado yo, por fin, a la crítica de mis ojos profesionales. Aunque mi intención hubiera, sido juzgar con toda severidad aquellos trabajos, lo hubiesen hecho imposible las graciosas ocurrencias de la señorita, Halcombe empeñada en aquel momento en no ver más que la parte ridícula del arte practicado por su hermana, y particularmente por ella y por todas las mujeres en general. Recuerdo que la conversación me pareció mucho más interesante que los dibujos, que contemplaba maquinalmente, sobre todo la parte que correspondía a la señorita Fairlie, y ésta ha quedado tan vivamente, impresa en mi memoria, como si hubiera ocurrido hace unas pocas horas. Reconozco que en este primer día me abandoné al encanto de su presencia, dejando que se apoderara de mí de tal modo, que no me acordé ni de la posición mía en aquella casa. La más insignificante de sus preguntas con respecto al manejo de los pinceles o mezcla de los colores, el más leve cambio de expresión en sus ojos adorables, que me miraban con el sincero deseo de saber todo cuanto yo pudiera enseñar, despertaron más mi atención que los más pintorescos paisajes que desfilaban ante nosotros o los distintos cambios de luz y sombra sobre las masas oscuras de follaje o los bancos de arena de la playa. Sean cuales fueren las circunstancias que nos rodeen, qué breve poder real tienen sobre nosotros los objetos del mundo en medio de los cuales vivimos. Tres horas había durado nuestro paseo cuando volvimos a pasar las verjas de Limmeridge House. De vuelta, dije a mis acompañantes que escogieran a su gusto el paisaje que debían dibujar a la tarde siguiente de acuerdo con mis primeras instrucciones. Cuando me abandonaron para vestirse para la comida de la tarde, la más ceremoniosa de todas las del día; cuando volví a encontrarme solo en el bello salón que me destinaron, pareció como si todo mi valor me abandonara de pronto. Me sentí inquieto y poco satisfecho de mí mismo, no sabia por qué. Acaso por primera vez había de reprocharme el haber gozado de aquel paseo mucho más como huésped que como maestro de dibujo. Acaso volvía a acometerme la extraña sensación de que algo le faltaba a la señorita Fairlie o bien a mí. Sin embargo, experimenté un gran consuelo cuando la hora de comer me obligó a abandonar mi soledad y reunirme con las señoras de la casa. Al entrar en el comedor, me sorprendió el contraste de los tocados de las damas. La señora Vesey y la señorita Halcombe vestían lujosamente, según su edad. La primera, de gris plata, y la segunda, con un vestido color de oro, que tan bien sentaba a su morenez y a sus cabellos negros. Laura vestía un traje de gasa blanco, que resultaba sobre ella de una pureza y elegancia incomparables. Pero, en realidad, era un traje que lo mismo podía haber llevado una muchacha de clase modesta y que resultaba mucho menos costoso que el de la señora Vesey. Tiempo después, cuando aprendí a conocerla mejor, supe que aquel curioso contraste se debía a su excesiva delicadeza y a la aversión profunda a todo género de personal exhibición de su riqueza. Al terminar la comida volvimos al salón. El señor Fairlie, con objeto, sin duda, de emular la condescendencia de Carlos V, que recogió los pinceles del Tiziano, había encargado a su mayordomo que tuviera dispuestos los vinos que yo prefiriera para la sobremesa. Resistí a la tentación de quedarme a solas rodeado de botellas que yo había elegido, y de acuerdo con las civilizadas costumbres extranjeras, rogué a las señoras que me autorizaran a levantarme de la mesa al mismo tiempo que ellas y a acompañarlas durante las veladas, en tanto durara mi permanencia en Limmeridge. El salón en el que ahora nos habíamos instalado encontrábase también en el piso bajo, y tenía la misma forma y proporciones que el comedor. En uno de sus extremos daban paso a la terraza, profusamente adornada de flores, unas grandes puertas de cristales. El aire, suave y tibio de la noche, lleno de los perfumes de todas ellas, nos saludó a nuestra entrada con el aroma que penetraba por las abiertas puertas vidrieras. La buena señora Vesey, la primera siempre cuando se trataba de sentarse, se acomodó en una butaca cerca de la terraza y se preparó a descabezar tranquilamente un sueño. La señorita Fairlie, cediendo a mi ruego, se sentó al piano, y yo a su lado. Desde allí pude ver a la señorita Halcombe que aprovechaba las postreras luces del crepúsculo para hojear un paquete de cartas, tal vez las de su madre. ¡Cuán vivamente, mientras escribo, surge en mi recuerdo la calma de aquella escena¡ Desde el lugar en que me encontraba me era fácil ver la figura graciosa de la señorita Halcombe, envuelta en parte por la sombra y esforzándose en leer las cartas que tenía en sus manos. Admiraba también el delicado perfil de la encantadora pianista que se destacaba claramente sobre el fondo oscuro de las paredes del salón. Afuera, en la terraza, las flores perfumadas. En el parque, las extensas praderas verdeantes movíanse agitadas tan suavemente por la brisa de la noche, que su rumor no llegaba siquiera a nuestros oídos. Estaba el cielo sin una nube, y la luna empezaba a levantarse en el horizonte, tiñendo con su pálida luz todo el paisaje. La sensación de aislamiento insensibilizaba los nervios y envolvía la mente en un celestial reposo. Este dulce descanso que nos rodeaba, armonizábase admirablemente con la ternura sublime de la música de Mozart. Fue una noche sin palabras, pero de aquellas que nunca se olvidan. Continuábamos todos en silencio en los lugares que habíamos escogido. La señora Vesey dormía. Laura tocaba el piano y su hermana leía hasta, que se acabó la luz. La luna había llegado a dominar con su luz la terraza, y sus blancos y misteriosos rayos iluminaron el salón a través de las grandes puertas. El contraste de aquella luz plateada con la oscuridad era tan bello, que, de común acuerdo se ordenó al criado qué retirara los candelabros que traía, y quedamos en el salón sin más luz que la de las velas del piano. Todavía duró el concierto media hora. Luego, la claridad y belleza de la luna tentó a Laura a contemplar la terraza. Yo la seguí. Al encenderse las velas del piano, Marian cambió de sitio para continuar leyendo las cartas. Se quedó sentada en una silla baja, al lado del piano y tan absorta en su ocupación, que no se dio cuenta de nuestra marcha. Apenas estuvimos juntos cinco minutos ante la puerta de la terraza, cuando oí la voz de Marian sin su tono alegre, antes aterrada, pronunciar mi nombre. -¡Señor Hartright! -dijo-. ¿Quiere usted, hacerme el favor de venir? Necesito hablarle. Me apresuré a obedecer su ruego. Junto al piano, continuaba con las cartas esparcidas sobre la falda, examinando una a la luz de las velas. Me senté en un pequeño diván situado cerca del piano, y como estaba más cerca de la terraza podía distinguir la figura ideal de Laura cada vez que pisaba ante la puerta paseando lentamente a la luz de la luna. -Me gustaría que oyera usted los pasajes de esta carta que voy a leerle ahora - dijo, Marian-. Dígame usted si aclaran su extraña aventura de Londres. Está dirigida por mi madre a su segundo esposo, el señor Fairlie, y está fechada once o doce años atrás. Entonces, mi madre, su marido y mi hermana Laura habían vivido aquí y vivieron durante algún tiempo. Yo estaba en esa época completando mi educación en un colegio de París. Estaba muy seria y me pareció algo intranquila. Laura miró entonces desde la puerta, y viéndonos ocupados, se retiró lentamente. Marian empezó a leer: -"Empezaré por aburrirte, mi querido Felipe, si no hablo más que de mi escuela y de mis discípulas. Pero más que yo, tiene la culpa de esto la monotonía de mi vida. Hoy tengo, además, algo nuevo que comunicarte con respecto a la nueva discípula. "Conoces a la vieja señora Kempe, la de la tienda de al lado. Desde hace muchos años, el doctor no le da esperanzas y se consume poco a poco y día a día. Su única pariente, una hermana, llegó aquí no hace mucho para cuidarla. Vino de Hamshire, y se llama Catherick. Hace cuatro días vino a verme, acompañada de su única hija, una dulce y preciosa niña de un año más que nuestra querida Laura... " Al pronunciar esta frase, Laura pasó de nuevo ante la puerta de la terraza. Cantaba a medía voz una de las suaves melodías que acababa de tocar al piano. Marian, esperó a que desapareciera su hermana y continuó su lectura. -"La señora Catherick es una mujer decente y respetable, más joven que su hermana, y que parece haber sido bastante agraciada. Sin embargo, hay algo en su aspecto y en sus maneras que no acabo de comprender. Es muy reservada con respecto a sí misma, pero, a pesar de todo, hay algo que no puedo explicarte en su rostro, que parece esconder un secreto. Es lo que puede llamarse un misterio viviente. Su deseo al venir a verme a Limmeridge House es muy sencillo. Al abandonar la casa de Hampshire para cuidar a su hermana en esta enfermedad se vio obligada a traer a su hija con ella, puesto que no tenía con quien dejarla en la casa. Su hermana podía morir de pronto o durar algún tiempo, y su visita era para pedirme que su hija pudiera ser admitida en la escuela con la condición de que a la muerte de la señora Kempe pudiera sacarla para volver a su casa. Consentí sin dificultad, y aquella misma tarde, al salir Laura y yo de paseo, acompañamos a la niña, que tiene ahora once años, a la escuela." De nuevo, la figura ensoñadora de Laura, envuelta en las gasas blancas de su vestido e iluminada por la gloriosa luz de la luna, pasó ante la puerta. Una vez más, su hermana interrumpió la lectura hasta que se perdió de vista. Entonces prosiguió: -"Quiero mucho a la nueva discípula, por razones que me reservo para darte una sorpresa. Como quiera que la madre no me ha dado indicación alguna con respecto a ella y a su hija, he tenido que descubrir yo sola, y esto fue al primer día y a la primera lección que le di, que la inteligencia de la pobre no está desarrollada lo suficiente con respecto a su edad. Al saberlo, decidí inmediatamente traérmela a casa y hacer venir al doctor para que la examinara con todo cuidado y me diera después su parecer. Según él, la niña puede vencer estas deficiencias en la época del desarrollo, pero dijo, además, que el género de educación a que se la someta es de gran importancia, pues la lentitud con que asimila las ideas hace que se aferre a las pocas que pueden penetrar en su mente. "No creas, querido Felipe, con tu ligereza habitual, que me he encariñado con una imbécil. No. La pobre Anita Catherick es una niña buena y cariñosa. Incluso a veces, como podrás juzgar ahora, dice cosas tiernas, y lindas; pero lo hace siempre de un modo extraño, rápido y casi asustada. Por ejemplo: un día, viendo que estaba muy limpiamente vestida, aunque la calidad y el gusto de su traje dejaban mucho que desear, ordené a la doncella que arreglara, uno de los trajecitos blancos que ya no se pone Laura, y un sombrero del mismo color. Cuando vino, traté de explicarle que a las niñas de su edad, y, sobre todo, a las de su cutis, les sienta mejor el blanco que otro color cualquiera. Al principio pareció vacilar y no comprender lo que le decía, pero, de pronto, una llama de rubor le subió al rostro, como si hubiera realizado un violento esfuerzo. Me cogió las manos entre las suyas, tan pequeñas, ¡pobrecilla!, y me las besó diciéndome, con una solemnidad que no correspondía a sus años: "Mientras viva, iré siempre vestida de blanco. Cuando esté lejos y ya no la vuelva a ver, continuaré vestida del mismo modo, y así me parecerá que le gusta a usted más". Esto es sólo una muestra de las ocurrencias de esta niña. ¡ Pobre angelito! Voy a enviarle una ¡colección de trajes blancos para todas las estaciones..." Marian hizo una pausa y me miró. -La mujer que encontró usted en la carretera, ¿era tan joven? -me preguntó-. ¿Tendría veintidós o veintitrés años? -Sí, señorita -respondí-. Debía de tener aproximadamente esa edad. -¿Dice usted que iba completamente vestida de blanco? -Sí. Al dar esta contestación, Laura, cruzó la puerta por tercera vez. En lugar de continuar su paseo, se paró un momento con la espalda vuelta hacia nosotros. Se apoyó en la baranda y contempló el parque que se extendía a sus pies. Se había cubierto la cabeza con un ligero chal blanco. Me fijé entonces en aquella figura blanca, y una innominada sensación, que no podía definir, pero que aceleraba los latidos de mi corazón, me invadió de pronto. -Sí, de blanco -repitió Marian-. Las frases más importantes, señor Hartright, están al final de la carta. Se las voy a leer a usted ahora. No he podido por menos de fijarme en la coincidencia del traje blanco que vestía la desconocida y el que causó una extraña contestación en la pequeña discípula de mi madre. Tal vez el doctor se equivocase al pretender que la edad había de corregir las deficiencias mentales de la pobre niña. Posiblemente no se hayan corregido nunca, y lo que empezó siendo un capricho de gratitud de una niña normal haya concluido siendo la costumbre de una loca. Pronuncié algunas palabras que ni siquiera sé cuáles fueron, porque mi atención estaba absorbida por la blanca silueta de Laura. -Escuche usted las últimas frases de la carta -dijo Marian-. Tal vez le sorprendan. Al levantar la carta para leer a la luz de las velas, Laura se volvió lentamente y se detuvo, ante nosotros, quedando inmóvil. Mientras tanto, Marian me leyó las frases aludidas. -"Ahora, amigo mío, puesto que va a terminar mi carta, no puedo demorar por más tiempo la prometida sorpresa que explicará el motivo principal de mí súbito afecto por Anita Catherick. Puedo asegurarte, mi querido Felipe, que aunque ni con mucho es tan linda, por uno de esos extraños caprichos de la naturaleza, que vemos a veces sin comprender, es el vivo retrato, en cuanto al color de cabellos, las facciones y el color de los ojos..." -Salté del diván, antes de que Marian hubiera terminado la frase. Experimenté el mismo escalofrío que me estremeció en medio de la carretera, cuando la mujer del traje blanco apoyó su mano sobre mi hombro. Ante mí estaba Laura, poética y solitaria figura iluminada por los rayos de la luna, y su actitud, en la forma de su cabeza y en las líneas de su rostro, contemplado a aquella distancia y en aquella penumbra, era la viva reproducción de la mujer del traje blanco. Aquella idea que, durante tantas horas lo había logrado precisar, surgió en mi mente con la rapidez del relámpago. Era algo aquel que le faltaba, era el reconocimiento del extraordinario parecido con la desdichada fugitiva de un manicomio y su propia imagen. -También usted conviene en ello dijo Marian, dejando, caer la carta y mirándome con ojos brillantes-. Lo ve usted ahora como mi madre lo vio hace once años. -Sí, aunque quisiera negármelo a mí mismo. Creo que es verter una sombra en el porvenir de la brillante heredera que se encuentra ante nosotros compararla con aquella desgraciada mujer perdida y sin amigos. Permítame usted que deseche de mí esta impresión lo antes posible. Llámela usted, se lo ruego. Llámela. -Señor Hartright, me produce usted una extraordinaria sorpresa. Sean lo que quieran las mujeres, supuse siempre que los hombres estaban por encima de las supersticiones. -Le ruego a usted que la llame. -Silencio. Viene por su propia voluntad. Callémonos en su presencia. Quisiera que este secreto de la semejanza continuara siéndolo para los demás. Ven, Laura, y despierta con el piano a la señora Vesey. Ahora mismo me pedía el señor Hartright un poco de música, y esta vez la quiere ligera y alegre. IX Concluyó así mi emocionante día en, la casa señorial de Limmeridge. Marian y yo conservábamos el secreto. Después del descubrimiento de la semejanza, no veíamos medio de obtener nuevas luces que nos aclararan el misterio de la mujer vestida de blanco. Marian, a la primera oportunidad que tuvo, llevó cautelosamente la conversación a hablar de su madre y de recuerdos de los antiguos tiempos, entre los que se encontraba el nombre de Ana Catherick. Los recuerdos de Laura sobre este particular eran muy vagos. Sí recordaba, no obstante, haber oído hablar de la semejanza existente entre ella y la discípula favorita de su madre. Pero no dijo nada del regalo del traje blanco ni de las palabras con que la niña manifestó su agradecimiento. Estaba segura de que Ana estuvo una temporada en Limmeridge, y que regresó después a Hampshire, pero no podía decir si la madre y la hija habían vuelto en alguna ocasión o si de ellas se habían tenido noticias. En las restantes cartas de la señora Fairlie, cartas que estudió su hija con mayor atención, nada encontramos que despejara el misterio que nos preocupaba tanto. Habíamos, sin embargo, establecido la identidad de la desgraciada a quien encontré de noche, sola, en medio de una carretera. Habíamos relacionado la también la deficiente mentalidad de la niña y su exaltada gratitud hacia la señora Fairlie con el traje blanco de la fugitiva, y terminaron ahí nuestros descubrimientos. Días y semanas se sucedieron. Las brisas del otoño comenzaron a dorar las verdes hojas de los árboles. ¡Ah, qué cortos, tranquilos y felices días! Mi narración se desliza sobre vosotros con la misma rapidez con que vosotros pasasteis ante mis miradas. De todos los placeres y comodidades que pródigamente me entregasteis, ¿ qué es lo que quedó que tenga suficiente importancia para ser mencionado en estas páginas? Tan sólo la confesión más triste que puede hacer un hombre: la de su propia locura. No me costará demasiado esfuerzo descubrir el secreto que revela esta confesión, porque ya, indirectamente, lo he hecho. Las pobres e incoloras palabras con que en vano trato de describir a Laura, me han traicionado, al describir las impresiones que me había proporcionado su contemplación. Todos somos así. Cuando se nos ofende y cuando sirven a nuestro deseo, las palabras nos parecen monstruos. La quería. Conozco perfectamente la amargura y tristeza que guardan en sí estas dos palabras. Al hacer esta triste confesión, suspiro como la más sensible de las mujeres que me lea y me compadezca. Y, sin embargo, puedo sonreír con el desprecio y el sarcasmo del más cruel de los hombres que prescinda desdeñosamente de estas páginas. La quería. Despreciadme o compadecedme, pero yo lo confieso con la serena resolución que se debe a la verdad. ¿No había para mí disculpa alguna? Es posible que sí, mientras duró el contrato de mis servicios. Una tras otra, apacibles, en la reclusión de mi propio saloncito, transcurrían las horas de la mañana. Me había entregado a la tarea de restaurar las acuarelas del inválido, y tenia suficiente trabajo para ocupar las manos, y los ojos en una tarea agradable. Pero, mientras tanto, mis libres pensamientos gozaban el peligroso lujo de que nadie los encadenara. Vivía en una peligrosa soledad, porque duraba lo suficiente para enervarme, y, en cambio, era demasiado corta para fortalecerme. Soledad peligrosa formada por tardes y veladas que transcurrían invariablemente en la compañía de dos mujeres, una de las cuales reunía todos los encantos de la viveza, la gracia y la perfección, mientras que en la otra acumulábanse los más poderosos aún, de la inocencia, de la juventud y de la belleza, que la convertían en un ser excepcional e irresistible para un hombre. Las noches que siguieron a las excursiones de por las tardes cambiaban y fomentaban todavía más ciertas familiaridades inocentes. Mi afición natural a la música, que interpretaba ella con un sentimiento tan tierno y con un gusto femenino tan delicado, y el deseo manifestado por la bondad de recompensar mis esfuerzos con su arte por los progresos que con el mío yo lograba de ella, eran la suficiente razón para que estuviéramos juntos casi siempre. Las incidencias de la conversación, las sencillas costumbres, que daban cierta regularidad a cosas tan poco importantes como nuestros sitios en la mesa; las risas y ocurrentes observaciones de Marian dirigidas siempre contra nosotros dos, para ridiculizar mis afanes de profesor o sus entusiasmos de discípulo, incluso el inofensivo juicio de la señora Vesey al asociar a Laura y a mí bajo la expresión de "modelo de jóvenes que nunca estorban", todas estas pequeñas cosas sin importancia y otras muchas más, combinábanse a cada momento envolviéndonos en una misma atmósfera doméstica, y nos encauzaba, sin darnos cuenta a una misma finalidad sin esperanzas. Comprendo que debiera haber recordado a tiempo mi posición en aquella casa, colocándome inmediatamente a la defensiva. Quise hacerlo, pero fué demasiado tarde. Con Laura me faltaron toda la discreción y experiencia que con otras mujeres me había servido, impidiéndome que cediera a la tentación. Mi práctica, profesional había adquirido durante varios años el hábito de hallarse en contacto continuo con mujeres de todas edades y belleza. Yo aceptaba esa situación como una parte primordial de la carrera de mi vida. Me acostumbré a prescindir de todas las simpatías propias de mi edad en el momento en que atravesaba el umbral de las casas donde daba mis lecciones, del mismo modo que prescindía de mi paraguas en el momento de entrar en la habitación. Mucho antes había aprendido a comprender que mi situación de profesor impedía en todo momento que ninguna de mis discípulas, por mi situación asalariada me cobrara un cariño especial. Esta ha persuadido de que si se me autorizaba a vivir entre discípulas jóvenes y hermosas, me convertía en una especie de animal inofensivo y doméstico del que no hay nada que temer. Esta prudente experiencia, que adquirí hacía mucho tiempo, me había llevado a través de mi modesto camino de artista por el sendero de una estricta austeridad, sin permitirme en momento alguno el menor paso dado por una senda que no fuera la del deber. Pero ahora, por primera vez en mi vida, esta experiencia y yo nos habíamos separado. En efecto, el dominio que había conseguido sobre mí mismo, alcanzado de una forma tan dura, lo perdí de tal modo que me pareció no haberlo tenido jamás. Lo perdí del mismo modo que muchos hombres, en situaciones semejantes, siempre que aparecen mujeres de por medio. Comprendo ahora que hubiera debido examinarme a mí mismo desde mi entrada en aquella casa, preguntarme por qué cualquier rincón de ella me pareció un paraíso en cuanto aparecía Laura y un desierto en cuanto salta, por qué despertaba mi atención cualquiera de las modificaciones que imponía a su modo de vestir, particularmente cuando nunca me había fijado en este detalle con respecto a otras mujeres, y, por último, por qué la contemplaba, la escuchaba y tocaba sus manos día y noche, cuando nos las dábamos, como nunca había contemplado, escuchado y tocado a mujer alguna. Todo esto debía haberlo examinado desde el fondo de mi corazón, y, al sorprender en él esta raíz nueva y extraña, arrancarla de cuajo antes de que se fortaleciera. Pero para mi confesión bastaban, como explicación de todo cuanto me ocurría, estas dos palabras: la quería. Transcurrieron días, y semanas, y se acercaba el término del tercer mes de mi estancia en aquella casa. Aquella vida deliciosa y monótona y el aislamiento común, me embriagaban de tal modo que me dejaba sin lucha arrastrar por el encanto de aquella corriente suave. El recuerdo del pasado, mis aspiraciones para el futuro, el sentimiento de lo falso y desesperado de mi posición, continuó culto en mis, sentimientos bajo la apariencia de una calma engañosa. Aturdido por el canto de la sirena, que dentro de mi propio corazón oía, cerré ojos y oídos a cuanto pudiera señalarme un peligro y navegué acercándome cada vez más a las rocas fatales, de mi desgracia. Me despertó el alba, al fin, acusándome de mi propia debilidad. Fué la más leal, la más bondadosa de todas las luces, porque tácitamente venía de ella. Una noche como las demás nos despedimos. Mis labios, ni ese día ni otros anteriores, habían pronunciado la menor palabra que pudiera traicionarme o sorprenderla con el conocimiento de la verdad. Pero cuando por la mañana volvimos a encontrarnos, se había operado en ella un cambio, y esta transformación me lo dijo todo. Me horroricé entonces, y todavía su recuerdo me produce espanto, al invadir el más, íntimo santuario de su corazón y abandonarlo a las miradas de los demás, como hice con el mío. Diré tan sólo que la primera vez que ella sorprendió mí secreto fué en el mismo momento, estoy seguro, en que sorprendió el suyo, y ocurrió esto cuando su modo de ser cambió con respecto a mí en una noche. Demasiado leal para engañar a nadie, era también, al mismo tiempo, demasiado sincera para engañarse a sí misma. Cuando se manifestaron en su corazón los primeros síntomas de lo que yo, con toda cobardía, había callado en el mío, se enfrentó con ellos diciendo resuelta y sencillamente: "Lo siento por los dos". Yo, entonces, no supe interpretar, que esto, y muchas más cosas, decían sus miradas. Pero, en cambio, supe comprender claramente la transformación que experimentaron sus maneras, el crecimiento de su bondad y de su viveza para cumplir mis menores deseos aun antes de que los expresara; y luego, una desconocida tristeza y tirantez que yo nunca había visto en ella, además de una nerviosa ansiedad que la impulsaba a ocuparse febrilmente en algo cuando nos quedábamos solos. Ahora comprendía por qué aquellos dulces y rosados labios sonreí an de una manera extraña y forzada, y por qué sus dulces ojos azules me contemplaban a veces con una angelical piedad y otras con la perplejidad inocente de un niño. Pero aún llegó más lejos la confusión de todo. Una muda expresión de temor, que era casi siempre un reproche, poníase de manifiesto en la frialdad de sus manos y en la rigidez antinatural y extraña de su rostro. Si embargo, había algunas sensaciones, experimentadas en común, que, a pesar de estos cambios y tal vez a consecuencia suya, parecían querernos unir más íntimamente, a pesar de que otras sensaciones empezaban ya a separarnos. En mi confusión y perplejidad, en mi recelo de que algo oculto apareció ante nosotros y que yo, por mí mismo, había de descubrir con mi único esfuerzo, dirigía mis suplicantes miradas a Marian, como si rogara no su ayuda, sino las luces de la verdad. No era posible, viviendo en una intimidad como la que compartíamos, que se produjera en nosotros la menor alteración sin que los demás, o su interés, se dieran cuenta de ello. El cambio de Laura tuvo un eco en su hermana. Pero a ella no se le escapó siquiera una palabra que pusiese de manifiesto la alteración de nuestras relaciones. Y, sin embargo, sus penetrantes ojos adquirieron entonces, la costumbre de observarme constantemente. Algunas veces me pareció leer en ellos una cólera contenida; otras, el temor, y muchas algo que yo no podía interpretar. En esta tirantez mutua transcurrió todavía una semana. Agravada mi situación por el conocimiento de mi propia debilidad, y el demasiado tardío de mi posición de asalariado, se me iba haciendo todo intolerable. Me daba cuenta de que era necesario terminar con aquel estado de cosas. Pero para conseguirlo no sabía qué hacer ni qué decir. Marian me salvó de esta posición humillante y triste. Sus labios me manifestaron la amarga, la necesaria e inesperada verdad. Su bondad enérgica me sostuvo en el golpe terrible que sus palabras, me ocasionaron. Su valor y su buen sentido no tuvieron dificultad en imponerse a mí y hacerme humillar la cabeza ante un suceso que era el más trágico de todos cuantos pudieron ocurrir durante la temporada que pasé en Limmeridge. X Cumplíanse aquel martes los tres meses de mi residencia en Cumberland. Cuando por la mañana bajé al comedor a la hora del desayuno, vi que Marian, por primera vez, no ocupaba su acostumbrado sitio en la mesa. Laura paseaba por el parque. Me saludó desde lejos, pero no se reunió conmigo. Ni de sus labios ni de los míos se había escapado una palabra que pudiera alterar la situación, y no obstante, ambos nos comprendíamos tácitamente y procurábamos no encontrarnos solos. Hasta que llegaba la señora Vesey o Marian, ella esperaba en el parque y yo en el comedor. Y pensaba que, quince días antes, ¡ cuán rápidamente hubiera ido a su encuentro y con que alegría hubiese estrechado sus manos! Transcurrieron algunos minutos y entró, Marian. Parecía preocupada y se disculpó por su tardanza. -No he podido venir antes -me dijo-. El señor Fairlie me ha hecho una consulta a propósito de asuntos domésticos. Laura entró en el comedor. Como de costumbre, nos saludamos. Su mano me pareció más fría que otras veces. Estaba pálida y no me miró. Incluso la señora Vesey se dió cuenta de que algo anormal ocurría en cuanto entró en el comedor. -Tal vez sea el tiempo dijo la -señora-. Se acerca el invierno. Sí, querida, estamos muy cerca del invierno. Pero en el corazón de los dos, el invierno ya había llegado. Nuestro desayuno primero, tan lleno antes de animadas y deliciosas discusiones sobre los planes del día, fué esta vez corto y silencioso. Parecía que Laura se sentía oprimida por las largas pausas y que suplicaba a su hermana que las llenara; ésta, después de alguna vacilación totalmente Impropia en su carácter, dijo: -He hablado con tu tío esta mañana, Laura. Cree que debe disponerse el cuarto púrpura y me ha confirmado lo que, yo ya te había dicho: que es el lunes, y no el martes. Al pronunciar estas palabras, Laura fijó la mirada sobre la mesa. Sus manos se crisparon sobre, la servilleta. La palidez de su rostro se comunicó a sus labios, y éstos comenzaron a temblar visiblemente. Creo que todos notamos estos síntomas, y, sobre todo, Marian, que, para disimularlo, se levantó de la mesa. Laura y la señora Vesey salieron juntas de la habitación. Los bellos ojos azules me dedicaron una mirada en la que se adivinaba la tristeza de una próxima despedida que había de ser eterna. En mi propio corazón, que me advertía amargamente que no tardaría en perderla y que la quería más que nunca, encontré la respuesta. Cuando se hubo marchado, salí al jardín. Marian, junto a la gran puerta que daba a él, con el sombrero y el chal en la mano, me miraba atentamente. -¿Me puede usted conceder unos minutos antes de entregarse a su trabajo? -Con, mucho gusto, señorita Halcombe -contesté-. Siempre puedo hacerlo cuando se trata de servirla. -Quiero tener una pequeña confidencia con usted -añadió-. Tome usted el sombrero y salgamos al parque. Creo que a estas horas nadie nos molestará. Al salir nos encontramos con uno de los ayudantes del jardinero, que se dirigía a la casa con una carta en la mano. Marian le detuvo. -¿Es para mí? -preguntó. -No, señorita -repuso el muchacho, mostrándosela-. Es para la señorita Laura. -¡Qué letra más rara! -murmuró Marian, cogiendo la carta y examinándola-. ¿Quién podrá escribirle? -Luego, dirigiéndose al muchacho, preguntó- : ¿Quién te la ha dado? -Una mujer, ahora mismo, señorita. -¿Quién? -Una mujer de alguna edad. -¿La conocemos nosotros? -No puedo decirle, señorita, porque no la he visto nunca. -¿Por dónde se fué? -Por ahí -dijo el muchacho con resolución, volviéndose y señalando toda la parte sur de Inglaterra con el brazo. -Es extraño -murmuró Morían, dando vueltas a la carta-. Probablemente se tratará de alguna limosna. Bueno, toma -dijo entregándosela otra vez al muchacho-. Llévala a casa y dásela a una doncella. Si no tiene usted inconveniente, señor Hartrigth, continuemos nuestro paseo. Pasamos así por algunas avenidas siguiendo el mismo camino del primer día de mi llegada a Limmeridge, y llegamos al pabellón en que por primera vez vi a Laura. Morían rompió entonces el silencio que hasta aquel momento había mantenido. -Para lo que tengo que contarle, es este el mejor sitio. Entró en el pabellón, se acercó a una de las sillas y me indicó otra para que me sentara. Yo ya había sospechado lo que iba, a suceder cuando me habló en el comedor; ahora estaba seguro. Señor Hartrigth -comenzó -, empezaré por hacerle una confidencia leal, y añadiré, sin frases literarias, que detesto, ni adulaciones, que desprecio, que durante su estancia en esta casa, ha logrado usted inspirarme una amistad sólida y sincera. Me he sentido inclinada en su favor desde el primer día que me contó su proceder con la desgraciada mujer a quien halló usted en tan extrañas circunstancias. Quizá haya sido un tanto imprudente su intervención sobre este particular, pero me ha demostrado la delicadeza y compasión de un caballero. Este principio me hizo esperar mucho de usted, y he de confesarle que mis esperanzas no se han defraudado. Calló un momento, pero con la mano me hizo un ademán de que no necesitaba contestación. Yo, al entrar en el pabellón, había olvidado por completo a la mujer vestida de blanco. Ahora, las palabras de Marian traían a mi memoria la aventura. -Como buena, amiga suya -continuó- he de decirle, lisa y llanamente porque así es mi forma de ser, que he descubierto el secreto. Pero tenga usted, en cuenta que ha sido sin ayuda ni advertencias de nadie. Con sobrada ligereza, señor Hartrigth, se ha permitido usted enamorarse, y creo que profundamente de mi hermana. No quiero que pase usted por la vergüenza de confesarlo. No le acuso; antes le compadezco por haber alimentado su corazón con un amor sin esperanzas. Sé que usted no ha intentado aprovecharse de ninguna de las ventajas que le concede su posición en esta casa para hablar a mi hermana de ello. Unicamente es culpable de debilidad y desatención a sus intereses. Nada más. Si hubiera usted procedido, bajo cualquier pretexto o concepto, con menos modestia o delicadeza, le hubiera dado la orden de que abandonara esta casa inmediatamente y sin que hubiese tenido que consultarlo con nadie. Hoy viendo cómo han ocurrido las cosas, culpo tan sólo a la fatalidad, a sus pocos años y a su posición. No le acuso. ¿Quiere usted que nos estrechemos las manos? Lamento tener que hacerle sufrir, pero no es posible evitarlo. Estreche usted primero la mano de su amiga Marian Halcombe y continuaremos después. Aquella repentina bondad, la enérgica simpatía que con tal franqueza hacía que me hablara, apelando dire